Ramos

Este domingo me toca ir a misa. Será que es Domingo de Ramos.

Hace ya tiempo que no soy católico, supongo que es lo que tiene el tener imaginación, tiempo y pensamiento individual. De pequeño te dicen qué debes creer y —ya sea por la confianza en tus padres o por no tener respuestas— crees. En mantos de colores, en cielos e infiernos, en tener que contar qué haces mal a cambio de poder optar a ir o no ir a ellos. No deja de ser curioso el cómo la desconfianza que tan bien aprendemos, la que tanto daño hace a nuestras sociedades, no desmonta todo ello en un instante. Pero en fin, supongo que eso mismo se preguntan anarquistas, víctimas de terrorismos o descendientes de nazis.

Y sin embargo este domingo me toca ir a misa, y no, no por obligación, ni por decencia, ni por miedo a infiernos, demonios o miedos. Voy porque es Domingo de Ramos.

Por ver a toda esa gente junta como no se atreven a estar en más lugares. Por los reencuentros, por los abrazos, por la nostalgia de saber que, durante años, fui inocente. No, no voy por fe, podéis llamar a vuestro diablo inventado: voy por sentirme niño de nuevo, por llevar el ramo de laurel en la mano y creerme un pequeño héroe de verde espada. Voy porque, a veces, solo en este tipo de momentos nos sentimos un grupo, y no solo entes aislados buscando ser mejor que otros.

Dice la canción, “parece increíble el que las cosas más grandes puedan nacer de algunas terribles mentiras”.

Firmo debajo.

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Un comentario en “Ramos

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