Animación

Hace un par de vueltas de mundo, al llegar la noche a mi sin internet casa del pueblo, me propuse ver alguna película en la cada vez menos caja cada día más tonta. Suele haber muchos estrenos por estas fechas, así que por seguro alguno caería y me permitiría ver dos o tres años después lo que el precio de una entrada no deja ver cuando se hacen grandes campañas: al fin y al cabo, el bolsillo suele pesar más que la propaganda. Mi elegida fue Intruders, una de estas mitad terror, mitad suspense, no mi género, pero rodada aquí con gente de Hollywood, ¿por qué no darle la oportunidad? Pues por la desgracia para ella de que haciendo zapping apareciese la roedora figura de Remy, protagonista de esa maravillosa comedia que es Ratatouille. El pobre Clive Owen no tuvo nada que hacer.

Cuesta entender cómo, aun a día de hoy, a algunos les cuesta tanto valorar el cine de animación actual. Quiero creer que es por la ignorancia del no haber visto ninguna más allá de por el prejuicio de que sean dibujos, o —más bien— me resulta imposible creer que alguien pueda ver una de ellas sin enamorarse.

Ya se llame Ratatouille, Toy Story, Buscando a Nemo, Ice Age o incluso —horriblemente— Cómo entrenar a tu dragón, parece que la animación digital haya sido tomada por una suerte de halo celestial capaz de convertir en oro (o platino) todo lo que sale, consiguiendo no solo que los niños, como siempre, entren en berrinche porque se los lleve a las salas, sino que los padres tengan que disimular para que no se les vea más deseosos que los retacos.

Tramas apasionantes, personajes carismáticos, valores que entran por los ojos con más fuerza que una intravenosa y una belleza estética capaz de arrancar el aplauso interno son algunas de las principales señas de un tipo de cine que, por méritos propios, tiene que ser alzado al pedestal que le corresponde. Ya no es una sorpresa. Ya no es un El rey león perdido entre un recopilatorio de bostezos paternos hechos película: estamos ante una nueva era de sonrisas universales que el prejuicio no debe ni puede robarnos.

Es el momento de cerrar los ojos a la tontería y abrirlos a la belleza de estas grandes historias hechas cine. Porque esto no es solo cine de animación. Esto es cine, cine y cine.

wall-e oscar gonzalez soto osgonso

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