El muerto (finalista Casa del Marqués 2014)

El anciano despierta en su cama, como cada día, o tal vez no, porque al poco de levantarse, ponerse las zapatillas, ir al baño y dar los buenos días a su nieto y su nuera, que no responden, se da cuenta de que ha muerto. ¡Por fin!

Lleva un par de meses pensando en ello: al fin y al cabo la muerte no está tan mal cuando ya nada tienes que hacer. Lo que él tiene son ochenta y cuatro años, en principio bien llevados —aunque algunos piensen que trabajar toda una vida es algo malo, no lo es, sino que hace que dures más—. A él, para ser sincero, no le hacía mucha falta pasar de los ochenta y tres, los ochenta y tres son una buena edad: <<Fallecido en su casa de (…) a los ochenta y tres años>> suena genial. Sin embargo, ahí está, con ochenta y cuatro, alejándose cual asteroide por el vacío de su edad de defunción ideal. Bueno, hasta ahora, que ha muerto.

Al parecer, la muerte no es como se imaginaba. No ve túneles, ni luces, ni nubes ni blancas barbas al otro lado preguntándole por su nombre para ver si lo mandan a la clase de los buenos estudiantes, a la de los malos o al reformatorio doscientos años. En su muerte todo está igual. Así que se va a la cocina tras ponerse su batín y se calienta la leche en el microondas como cualquier otra mañana, para desayunar al lado de su familia como si nada hubiese pasado, solo que —claro está— no pueden verlo. Si la muerte era tan rutinaria, cualquier día iba a morirse de aburrimiento.

Levantándose y dejando su taza en el fregadero —para qué lavarla, si en realidad no la ha manchado—, se va a asear, se cambia y de camino a la puerta de salida avisa de que se va con un leve grito que nadie responde pues está muerto y los muertos no gritan —o al menos no se oyen sus gritos, que para algo están muertos—.

Sale a la calle y es un día como otro cualquiera. Camina entre la gente, esquivando: a pesar de que siempre le ha resultado divertido lo de que los espectros atraviesen gente no se le da por probar. Decide sentarse en un parque cercano, ya que a pesar de muerto, sigue cansado. Observa a los demás pasear y a las palomas acercarse a las fugitivas migajas de hojaldre que alguien ha dejado antes a sus pies. Las palomas no se espantan. Las palomas no ven fantasmas.

La mañana vuela sin alas y tras hojear un periódico olvidado en el banco de al lado decide volver a casa. Con retraso y un poco de apuro, se preocupa por el qué habrá pensado la gente al ver un periódico sostenido por manos invisibles, pero pronto recuerda que las cosas más extraordinarias pasan a nuestro lado sin que nadie las llegue a mirar.

La comida es igual que el desayuno: una suerte de alimentación con escaso parloteo. A veces y por costumbre, se le escapa alguna aportación, pero por suerte nadie lo oye. Mejor: no quiere asustarlos. Ella está cansada, trabaja tanto y tan a disgusto que la cara de mala leche se le ha quedado pegada como sello a carta. El chico parece también contrariado, más que nada porque es un adolescente temprano y los adolescentes tempranos siempre parecen estar contrariados. Su padre no está, trabaja fuera, viaja mucho, no lo ve apenas, apenas se ven ambos, mejor dicho, no lo ven, aunque no está muerto. Es curioso. Qué más da.

Al acabar se levanta, deja el plato en el fregadero —sobre la taza del desayuno para los demás inexistente— y se va a sentar al sofá. Le esperan los leones, las cebras, los caribús y las ballenas. En otras palabras, le espera una buena siesta.

Cuando despierta ya es media tarde, o larga tarde mejor dicho, las seis, tal vez, las siete. Cuando era más joven, pensaba que la siesta era una pérdida de tiempo: durmiendo no se aporta nada, así que se trata de dormir poco, lo justo o menos; ahora que muerto nada ha cambiado, piensa que tampoco pasa nada. Tiene años, siglos y milenios para hacerlo. Pues con la muerte nada cambia.

Deambula por la casa con liviandad tambaleante: ¿quién no se levanta de la siesta bamboleado? El chico está con el ordenador, en su habitación, música a tope, y teclado chisporroteante. El muerto no entiende mucho de nuevas tecnologías, pero algo le dice que el chaval no está escribiendo relato. Ella no está: lo más probable es que se haya ido de compras o a comprar —que no es lo mismo— al supermercado. Él podría haber ido, antes iba a menudo con su lista para no olvidar nada, pero claro, ahora no puede, más que nada porque ha muerto.

<<Esto de estar muerto es un asco>>, se dice. Y es que sin cielo, infierno, karma, ángeles, ni colegas fallecidos de la infancia no hay nada nuevo, ni entretenido, ni nada. Piensa en si los demás muertos estarán igual que él. ¿Dónde estará su mujer? Con el tiempo se ha acostumbrado a dejar de echarla de menos, a no sentir su aliento en su espalda, ¿pero ahora qué?: ahora la necesita, y quiere verla, y quiere sentirla de nuevo y quiere estar con ella.

Pero aquí el único muerto es él.

Tras un par de horas de insoportable tedio, llega la cena. Mismo silencio, mismas caras, misma mesa. De vez en cuando un “¿Has hecho los deberes?” o “pasas demasiado tiempo en el ordenador” resuena en los azulejos. Como siempre. Por fortuna o por desgracia, la sopa no tarda en acabarse.

El anciano se levanta, apoya el plato en el del mediodía, sobre la taza, y se dispone a salir del cuarto, cuando algo lo detiene.

—¿Es que no piensas lavarlos?

<<¿Cómo…?>>

El hombre se gira y, sorprendido, encuentra la mirada de asco de su nuera posada en la suya, sin ser capaz de entenderla, ya que él no está, pues está muerto.

Y sin embargo ella lo mira. Y sin embargo ambos lo miran.

Y él comprende.

Así que se dirige al fregadero, lava las tres piezas y, dando unas buenas noches que su nieto y nuera no responden, va al baño, se quita las zapatillas, se pone el pijama y se acuesta, como cada día, dándose cuenta de que está muerto.

De que está muerto en vida.

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3 comentarios en “El muerto (finalista Casa del Marqués 2014)

  1. Pingback: ¡¡¡Cumplimos un año!!! | oscargonzalezsoto

  2. Pingback: ¡ÚLTIMA HORA!: Osgonso renuncia a sus sueños | oscargonzalezsoto

  3. Interesante vórtice de sensaciones el que transmite este relato, una prueba fehaciente de que la sencillez, no tiene por qué enfrascar simplicidad. Me ha hecho reflexionar, reír, y el final me ha dejado un nudo en la garganta. Magnífico ^_^

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