El poder del anónimo en la red social y la ruptura de la máscara

Barbijaputa, fenómeno tuitero anónimo

No creo que muchos se llenen la cabeza de interrogantes si menciono el término “anónimo” en referencia a este tipo de perfiles en redes sociales. Si bien Facebook y similares se han esforzado de lo lindo para acometer esta tendencia, lo cierto es que lo de crear cuentas anónimas con las que interactuar desde la libertad de opinión ya está largamente establecido. Este post va dedicado a algunas de las razones que han hecho el anonimato en red social grande, así como a mi personal y almada defensa a la no ruptura de la máscara.

Libre. Como el sol cuando anonece, yo soy libre

Si con algo hemos crecido los herederos de las nuevas tecnologías es con esa vocecita rimbombante tras nuestras nucas que día tras día nos sigue comiendo la moral con locuciones como “Internet es peligroso”, “Ten cuidado con lo que cuelgas”, “Eso del Facebook… jum” o “Hay gente muy mala”. Andamos con pies de plomo, o de hierro, o de hormigón armado. Si bien en algunos casos la rebeldía adolescente sale en la ayuda del explorar y el equivocarse a base de Tuentis e Instas, en otros surgió tiempo atrás la escapatoria por el anonimato, esa maravillosa opción que permite expresarse de forma libre a cambio de ocultar tu identidad a la sombra de un avatar.

La cuenta en general es clara. El usuario anónimo tiende o a no ser anónimo (si es conocido por todos sus conocidos quien se oculta detrás) o a hacer nacer una red social de contactos ajena a la de quienes le rodean en la realidad. Además, suele tener una esperanza de vida media bastante inferior a la del perfil original, suele dar más libertad de opinión en primeros momentos —para luego ir paulatinamente ajustándose a lo que de él espera su nuevo grupito de amigos— y, en caso de popularidad, suele acabar por generar en su titular una cierta “envidia”, al no poder llevarse los méritos o amistades a su imagen personal.

Por otro lado, tema distinto es el que en la actualidad existan numerosas aplicaciones y redes de “anonimato total”, en las que se puede tomar parte sin ser necesario ni siquiera la creación de ese avatar o perfil falso, dando frecuente lugar a la muestra de conductas, a mi entender, a denunciar.

Captura del típico Ask de quinceañera. Aplicaciones de anonimato total (Whisper, Secret) o con opción a él (Ask.fm) permiten ver a diario conductas como bullying o acoso sexual a menores por parte de usuarios de cualquier edad y con carta blanca para el abuso al no tener necesidad de registro.

Pero —obviando este último apéndice y centrándonos en el “anónimo bueno” que tiene como principal misión separar su vida en la red de su nombre—… ¿qué hace grande al anon de calidad?

Cuando el humano encuentra la eternidad en el personaje

No voy a fingir ser original haciendo esta afirmación, ya que no dudo de que —a lo largo de nuestras sobrecultivadas vidas—  nos la hemos encontrado de mil maneras distintas: el humano tiene defectos, tiene fallos, comete errores, envejece, mientras que el personaje puede ser eterno e inmortal.

El personaje, la leyenda, es el único camino que el ser humano tiene hacia la inmortalidad, y el anónimo que crece hasta el punto de volverse tan popular como un humano famoso es mucho más grande que él, ya que no tiene por quién temer: ni familia, ni seres queridos, ni miedo a sacar lo que lleva dentro, hasta el punto de ser la perfecta inspiración, hasta el permitir que cada cual vea en él lo que quiere ver, y ser. De hecho, en el caso de cuentas con un anónimo bien perfilado (por lo que se ve usar juguetes infantiles como avatar funciona bien), la identificación con el anónimo es tremenda.

Como nunca lo será con el humano tras él.

Y es que el anónimo popular arrastra tras de sí un problema que también roza la intemporalidad, el cual —como en el pasado ocurrió a escritores, músicos y todo tipo de creadores de ideas anónimos— supone la gran fisura en este tipo de perfiles a largo plazo: la falta de reconocimiento a la persona tras el mito.

Un ejemplo de carácter similar es el del actor encasillado en un papel. Numerosos son los casos de estrellas frustradas por el que todo su trabajo se le atribuya a un personaje.

La ruptura de la máscara

He aquí el punto para mí más trágico de la entrada: la destrucción del anónimo por el orgullo de la persona tras él.

La persona se harta, se desenmascara y —cual Señor X de Los Simpsons— revela quién se oculta tras el interrogante para decir al mundo “Oye, este soy yo”. Al fin y al cabo, es una persona y quiere que se le reconozca su esfuerzo, su personalidad, su creatividad. Y he ahí, en la mayor parte de casos, la muerte de su leyenda. Yo la atribuyo a dos factores principales.

Uno de los elementos más importantes para que alguien sea valorado es su identidad. Cuando dejas de ser lo que eres para ser otra cosa, la sociedad te castiga: no le gusta el cambio de naturaleza. Se ve claramente cuando un colega de grupo cambia de aficiones, de carácter o incluso se echa novia: el grupo tiende a echarlo, ya que entiende que deja de ser quien él es, que pierde su función en el equipo. En este caso, la identidad es ya en sí un gran golpe.

Pero el verdadero atentado, al menos para mí, está en el no valorar a los demás usuarios. El ser anónimo hace que las personas identifiquemos a esa cuenta con los valores que el “llevar máscara” le da: deja de contar el físico, todas esas tonterías que nos empeñamos en decir que no importan pero en realidad sí lo hacen en la vida real. Romper esa máscara rompe también la figura que la persona al otro lado tiene de ti, y eso —aunque en raras excepciones no— suele generar una especie de decepción, de ángel caído: la imagen inmortal, el sin edad, el incorpóreo, el idealizado, cae, estalla y, de pronto, es uno más, un simple humano, con cicatrices, miedos y todo lo demás. Y no, da igual que seas bello, diferente o hecho para lo que esta sociedad quiere: nunca serás tan grande, nunca tanto como lo es la máscara en el que has puesto tu alma y te ha hecho ser más perfecto de lo que nunca podrás ser por ti mismo.

Por todo ello, desde aquí, me gustaría mandar ánimos a todos aquellos anónimos que, día a día bajo vuestro disfraz, inspiráis sin ser reconocidos. Sé que no tenemos derecho a pediros que no queráis ser vosotros, pero solo os puedo repetir una vez más: el humano puede inspirar, pero es mortal; la imagen, el mito, el personaje es la única vía al ser eternos.

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Un comentario en “El poder del anónimo en la red social y la ruptura de la máscara

  1. Pingback: Rolidades | oscargonzalezsoto

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