Seguir o dejarlo: mucho más que un juego de parejas

A veces nos empeñamos en seguir con cosas que nos molestan pese a la evidente incomodidad que nos presentan. En ocasiones, lo hacemos por orgullo; otras, por la satisfacción personal de su resolución; cómo no, también por necesitarlo. Pero… ¿dónde debemos poner el límite a lo que debemos soportar en una situación insatisfactoria?

Las razones para seguir

Empezamos por las razones para seguir adelante, esas a las que agarrarnos cuando los vientos de la vida soplen fuerte.

Las responsabilidades ineludibles

Si bien soy un gran defensor del hacer valer la felicidad en la vida por encima de la continuidad en ciertos aspectos, en ocasiones no nos es opcional el romper con algo, al ser nuestra responsabilidad el seguir adelante.

Un ejemplo claro son las familiares ineludibles. Por mucho que estés incómodo en el trabajo, si tienes una hipoteca que pagar y dos niños que mantener, no vas a poder abandonar tu estable puesto sin haber encontrado una nueva vía de acceso a la pela.

La satisfacción de la meta

Si la diana a la que apuntas es lo bastante satisfactoria, acostumbra a valer la pena aguantar un par de sinsabores. En general, eso sí: porque en muchos casos nos vamos a victorias momentáneas que no valen la pena. Piensa que, en muchos casos, la satisfacción la vas a tener durante un mínimo porcentaje de tiempo con respecto al invertido, y te aseguro que —salvo afortunadas excepciones— no te va a compensar el esfuerzo.

La satisfacción de la meta se vuelve razón cuando es más que una semanita de “lo logré”, cuando puedes recordarlo como un verdadero logro que contar cuando seas un viejecito achacoso, o también, claro, cuando lo que cuesta es poco.

La inversión

Otro motivo clave, muy similar, es el que el soportar permita acceder a algo realizador en el futuro. Por ejemplo, empezar desde abajo y trabajando en lo que no te gusta en una empresa en la que tienes garantías de desarrollo personal hacia lo que deseas, o el aprender un idioma que acabará dándote la posibilidad de mejorar en tu carrera o ser capaz de defenderte en el extranjero.

Deja de ser relevante cuando los beneficios se obtienen demasiado tarde (trabajar como un animal 40 años para ser rico a los 70) o cuando el esfuerzo acaba con tu persona.

Cosas como estudiar inglés o ir al gimnasio pueden resultar frustrantes, pero llega a valer la pena cuando puedes evitar el Google Translator y romper paredes de un puñetazo

Las falsas deudas y el “Tú estás tonto”

Frente a las fundadas razones para seguir, nos encontramos con esas situaciones en las que es tan absurdo continuar que en algún momento aparecerá un colega para —en un amago de cachete ojiplático— decirnos: “¿Tú estás tonto?”.

No ganar nada estando

Si en un lugar o actividad no sacas una mínima satisfacción personal, un aprendizaje para el futuro o un fajo de billetes, lo más probable es que estés perdiendo tu tiempo.

En la mayor parte de casos pensarás que les debes algo. No suele ser así. Puedes deberte a ti mismo el deberles algo, es decir, sentir que debes corresponderles por algo pasado, pero en realidad, en la mayor parte de situaciones no será verdad el que ellos sientan que les estás en deuda. Tal y como hay gente que no se preocupa en absoluto por lo que los demás opinen de ellos —cayendo en egoístas comportamientos que, por otro lado, no suelen tener castigo—, es muy frecuente el que las personas nos sintamos en compromiso con una situación o grupo, pese a no tener por qué. Eso suele generar una gran insatisfacción, la cual en muchos casos acabará trasladándose al grupo. Por lo tanto, ¿para qué estar? No ganas nada estando.

Estás mal

Si no solo no ganas nada, sino que estás mal, es posible que también estés tonto.

En la mayor parte de casos no es así, poniendo como claro ejemplo el mundo laboral. A día de hoy, el encontrarse mal en un puesto de trabajo no acostumbra a ser motivo para dejarlo salvo que haya indicios claros del poder encontrar uno nuevo, lo cual es más que entendible teniendo en cuenta que hay hipotecas que saldar, niños que mantener y facturas que pagar.

Caso diferente es el de, por ejemplo, grupos sociales. ¿Los antiguos alumnos de tu clase de danza del vientre quedáis todos los martes, pero tú detestas Telecinco y lo único de lo que saben hablar es de Belén Esteban? Déjalo. No les debes nada. Recuerda que aquí el tiempo no es eterno: búscate nuevas aficiones, túmbate en el sofá mirando al techo si te apetece, ¡pero no estés mal! ¡No les debes nada!

sofá

La única deuda que tienes contigo mismo es ser feliz.

Las razones no válidas para seguir

Más allá de las del estar tonto, hay razones que, aun teniendo aparente sentido, no pueden ser consideradas como válidas a la hora de seguir adelante. Pueden servirte para apoyar a otras razones que sí lo sean, pero nunca por sí solas.

El “Por mis co…”

Con orígenes entre Vizcaya y la Pampa argentina, este comportamiento deriva de la cabezonería más absurda. “Ya que lo he empezado, voy a terminarlo”.

No.

¡Noooo!

¡No tienes por qué terminarlo!

Vamos a ver, no voy a volver a enlazar Fugit, pero ¡es que la vida es corta! Y esto te vale para cualquier ámbito, desde un libro hasta un curso de ordenadores: ¡si no estás a gusto con algo, no hace falta que sigas hasta que te comas el ánimo! Vale, puede que encuentres satisfacción personal en acabarlo, pero —por favor— eso si hablamos de un proyecto corto, como una novela de 300 páginas o el dar ocho sesiones de vals para una boda, ¡no para un proyecto de cinco, diez o ni siquiera un año!

Si te hartas, sal, vete y disfruta de las muchas alternativas que esta sociedad primermundista te da, ¡pero no tires tu vida por ser cabezón, joé!

El “por jo…”

Otro clásico. “Como al que le caigo mal le molesta que yo esté aquí, pues me quedo y le fastidio”. Craso error.

En general, este es un comportamiento rebote a la marginación disimulada. El marginador se muestra incómodo con un miembro y lo hace notar; el marginado no sumiso pasa entonces a un comportamiento de “no podrás”, y aguanta en el grupo por “fastidiar” al otro. Esto, como es lógico, genera un malestar no solo mutuo, sino creciente y contagioso al resto de miembros, dando una incomodidad palpable al equipo, tanto en trabajos, como en actividades de ocio o grupos de amigos.

Si tienes otras razones para quedarte de las que ya hemos hablado es valorable el aguantar, pero que tu razón principal sea fastidiar a otro solo demuestra realidades poco aplaudibles, encabezadas por la falta de madurez. No pierdes por irte: ganas tiempo para ti y la reflexión de que no eres un niñato. Poco ha de importarte lo que piense gente como esa cuando te largues.

A veces pensamos que quedarnos en medio de la carretera de los grupos por tocar las narices o terquedad es inspirador. En realidad, solo se suele acabar rompiendo parachoques y malherido.

Y si hay que seguir…

Si no queda, pues, más remedio que seguir adelante, la solución pasa por dos puntos principales: el esforzarse en buscar una alternativa o el tratar de cambiar lo que hace molesto la situación.

A veces nos engañamos creyendo que el mal momento en el que estamos obligatoriamente no tiene solución, y lo cierto es que siempre vas a tener acceso a utilizar tus recursos para tratar de mejorar lo que va mal o para ir buscando otras opciones mientras estés. En cualquier caso, no te resignes al malestar: fíjate nuevas satisfacciones, busca nuevos alicientes, pero recuerda que siempre, en el fondo, tienes que tener algún verdadero motivo para estar ahí.

Si no lo tienes, ya estás tardando en decir adiós.

Correr una maratón cuesta, pero con unas buenas zapatillas se lleva mejor

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4 comentarios en “Seguir o dejarlo: mucho más que un juego de parejas

  1. Bien dicho. En lo personal, la causa a la que suelo aferrarme es una que expones: La inversión. Es el motivo por el que muchas veces no dejo algo, un trabajo, una relación, un proyecto… colega, duele mucho haberte dejado el alma en algo, y luego cambiarlo simplemente porque las cosas no van bien. Pero vale, algunas veces no hay alternativa, pienso que mientras más terceros estén involucrados, más probable es que algo llegue a un punto sin solución. Siempre he considerado (no estoy seguro) que la probabilidad de éxito es directamente proporcional a qué tanto dependa de ti mismo lograr algo. En el caso de una relación, tienes el 50% de responsabilidad por mantener a flote el barco, por mucho que hayas invertido cosas invaluables (tiempo, esfuerzo, detalles) en alguien, si al final esa persona no pone de su parte… hay que dejarlo. Lo mismo con un trabajo donde no puedes avanzar puestos porque el jefe es un mandilón, un proyecto donde dependas del compromiso de otras personas, etc.

    Y pues nada, yo solo quería comentar u_U Por cierto, una novela de 300 páginas no me parece un proyecto que te tome poco tiempo llevar a cabo jajaja.

    ¡Saludos!

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