Exámenes de septiembre

Como ya hice ver el otro día, parte de la Educación en la España actual hace que mi sentido de justicia me provoque —entre otros males— sarpullidos, arcadas y hasta manos a la cabeza. Una de mis grandes alergias en este mundo tiene nombre de mes y empieza con los tan odiados exámenes. A mi ver, uno de los mayores absurdos en la política educativa actual.

Cómo crear una víctima del sindescanso

Tal y como de costumbre, ninguna de las críticas que pueda hacer afecta a los estudiantes privilegiados como seguramente seamos tú y yo —los cuales tenemos o tuvimos acceso a los casi tres maravillosos meses de verano para reposar u olvidar todo lo aprendido—; la víctima del título de este post es el alumno que no consigue la plenitud de aprobados, quedando al borde de la exclusión de caer en septiembre en etapas tempranas.

Paso pues a reflejar la situación del “mal estudiante” actual en comunidades en las que el inicio de septiembre patrocina su pase o no al siguiente nivel.

Suspensas en junio, pongámosle, 5 asignaturas —una media que considero entendible, dado el nivel de fracaso educativo de mi país—, el alumno clásico pasaría un verano medianamente sabático en cuyo desenlace de —adivinemos— 20, 30 días, apuraría para sacarlas. Hasta ahí todo correcto: el alumno descansa un tiempo tras el año de clases diarias y luego retoma el estudio justo antes de iniciarse el nuevo curso, en una especie de pretemporada, similar a la de los deportes de élite. Puede ser criticable la enorme distancia entre la última vez que recibió clases y el examen, pero es entendible.

Lo que no se puede calificar como tal es lo que nos estamos encontrando ya desde tiempo atrás.

El alumno suspende esas —volvamos a ponerle— 5 asignaturas, es castigado por ello, claro, para a continuación ser anotado a una academia donde pasará todas las mañanas de sus vacaciones, de lunes a viernes y con ejercicios para el día siguiente, los cuales deberá hacer por la tarde. El afectado, en un primer término, sufrirá de una indignación tan entendible como fácilmente extinguible con un “haber estudiado antes, te lo mereces”; en realidad, esa indignación es uno de los factores con más sentido entre los que deambulan por esta situación.

El cateador verá pasar los meses de verano con parte de la libertad que la adolescencia anhela rota por un encierro extraño. Tras él, llegará septiembre, y allí se jugará el que haya valido la pena o no la actuación de sus padres o tutores.

Pongamos que, en el mejor de los casos, aprueba todo —aunque en realidad el resultado a largo plazo vaya a ser el mismo—. El “recuperador” habrá obtenido su objetivo y pasará al siguiente nivel con, ¿cuánto?, ¿una semana de descanso?, ¿llegan a dos? Ahí, el no descansado joven encarará la nueva maratón de nueve meses, tras los cuales cabe adivinar —y me salto pasos— suspenderá alguna más. ¿Y entonces qué? Pues repetimos: nos cargamos su descanso y volvemos a ingresarlo en una academia para que tres meses después remonte su media docena de suspensos, y vuelva a empezar el curso sin apenas descanso.

Creo que nadie se sorprenderá si aquí llego a la conclusión de que la fatiga mental que un hormonal adolescente puede soportar hasta caer en el hartazgo, el mal comportamiento durante el curso y la falta de eficacia en sus exámenes no es la de un adulto, y que fomentarla a base de estivales presidios sucesivos solo la eleva potencia tras potencia.

Tampoco creo que ninguno de esos supuestamente preocupados padres me vayan a escuchar mientras ven cómo los fiascos de sus vástagos se le acumulan sin entenderlo: al fin y al cabo, ellos están gastando su dinero en que estudien, ¿desde cuándo no es el dinero la solución? “La culpa es de esos desagradecidos que no lo aprovechan”.

Yo más bien veo una falta de respeto al descanso.

Jugando con el descanso del futuro

“Yo lo que necesito es unas buenas vacaciones”, dice el adulto cuando hace tres meses que ha despedido sus más recientes, mientras se gana la vida en trabajos en los que la repetición de funciones y actuaciones sientan sus principios. “Este nuevo software va a acabar conmigo”, dice el adulto cuando algo mínimo rompe esa monotonía de hábitos y tiene que aprender algo nuevo, horror, qué cansado es.

Pues he aquí el recordar que nuestros jóvenes están día tras día teniendo que lidiar con nuevos conocimientos de una media de diez asignaturas diferentes. Qué fácil es echarles en cara el que teniendo vacaciones de forma habitual—por Navidad, Semana Santa, esos puentes inacabables— acaben dando malos comportamientos o bajo rendimiento; ya me gustaría a mí ver la paciencia de un adulto ante esa situación (bueno, estoy más que acostumbrado a verla en los cursos para adultos…).

El humano, para interiorizar conocimientos nuevos necesita de algo a día de hoy muy menospreciado: el descanso. El dormir ocho horas para críos de la generación del WhatsApp es poco menos que un sinónimo de carcajada, así que esos periodos antaño casi inacabables se vuelven ahora clave.

Usarlos para recuperar asignaturas o para —como invitan algunos profesores—estudiar para los exámenes a la vuelta se vuelve a día de hoy un detonante de fracaso escolar a largo plazo, encabezado por el ya comentado verano de estudio para afrontar septiembre.

La solución pasa pues por ofrecer una alternativa de descanso prácticamente obligatorio, la cual ya está más que establecida en algunas zonas.

El césar julio y los Brutos de la educación

Cuesta no ver intereses egoístas en el hecho de que septiembre tenga la hegemonía sobre julio a la hora de regentar los exámenes de recuperación finales: está a casi tres meses de la última vez que el alumno recibió clase, mucho más cerca del nuevo curso que del que se evalúa, e invita a destrozar el necesario tiempo de descanso del estudiante; por su parte, julio proporciona un mes de estudio libre para llegar a él justo tras acabar las lecciones y algo más de un mes de descanso posterior antes de arrancar el nuevo curso. ¿Qué sentido puede tener pues la preferencia por el primer mes del otoño? En mi opinión, aparecen aquí dos terribles realidades ocultas detrás de lo que se considera tradición.

La primera, la que favorece a los docentes del propio centro. Tras una larga temporada de nueve meses, el acabar en junio y no volver hasta mediados largos de agosto supone un periodo de descanso largo y maravilloso que se vería partido al medio de tener que lidiar con una pila de exámenes a mediados de julio.

La segunda va más allá de los profesores y alumnos para afectar a un colectivo que en la sombra encuentra en las víctimas del sindescanso su alimento: las academias. Septiembre supone casi tres meses de clientes y numerosos puestos de trabajo, los cuales verían uno de sus negocios más fructíferos rotos de haber preocupación por el descanso de los estudiantes en forma de exámenes a medio verano. Esa situación supondría no tener a quién dar clases desde ahí hasta más allá de septiembre, cuando los exámenes estarían de vuelta, lo cual devendría en un tremendo contratiempo para aquellos que viven de la ineficiencia del alumnado y la enseñanza obligatoria.

Así pues, no interesa que el alumno descanse. No interesa la cordura de comportamientos con adolescentes, ni el asentamiento de una educación para un futuro sólido. Como ya es costumbre, vivimos del “pan para hoy y hambre para mañana”.

Veremos adónde nos lleva. Veremos qué cementerio social será capaz de dar cabida a tanta víctima de la falta de preocupación por el futuro.

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