La guardería que destapó el Caso Zapata

Me encuentro actualmente participando en unas jornadas de la UNED bajo el título Justicia, prensa y sociedad, a mi entender, basadas en la relación entre las libertades de información y el correcto desarrollo de una Justicia imparcial. El derecho del ciudadano de a pie a estar informado suele chocar de frente con la realización de juicios no influidos por la opinión pública, en especial de ser mediáticos o con jurados populares, difícilmente neutrales ante el bombo mediático que un Caso Asunta puede originar.

Se trataban en los dos primeros días conceptos como la libertad de información sobre personas públicas o cómo internet y las redes sociales se habían convertido en uno de los principales retos en cuanto a límites de la legalidad. Creo que la fortuna ha sonreído a los organizadores en una semana en la que el concejal de Ahora Madrid Guillermo Zapata se veía obligado a renunciar a su inminente cargo como titular de Cultura por una huella digital —más que políticamente incorrecta— desgraciada.

Tras cuatro años y lejos de su vida política actual, los chistes de humor negro sobre —entre otros— el pueblo judío (sí, lleva acento, señor concejal) o la víctima de atentado Irene Villa, difundidos en dudoso contexto en la red social Twitter, ponían en un brete al por las urnas elegido. Con su cabeza reclamada por la mayor parte de la prensa, el señor Zapata acabó por decidir renunciar a su potencial cartera, pasando a ostentar un cargo como concejal raso que días después sigue generando crítica.

Parece pues, una vez más, evidente el perogrullo de que hay que tener cuidado con lo que se cuelga en la red. En el caso que nos ocupa, el fantasma de las navidades pasadas ha alcanzado a su víctima tras cuatro años, una distancia temporal para unos abismal y para otros intrascendente. Una legislatura. La espera para un Mundial de fútbol, para unos nuevos Juegos Olímpicos.

La cuestión es qué ocurrirá cuando la red sea adulta y en vez de cuatro sean dieciséis, o treinta y dos años. ¿Privarán del éxito profesional los comentarios que un chaval de 18 años pueda hacer hoy en día?

Las incógnitas de la digitalización de la personalidad

Los delitos prescriben. Las opiniones, a día de hoy, no.

Si bien el borrar puede parecer una solución, los contratos electrónicos firmados con redes sociales —como bien apuntaba el señor Otero Pombo en el curso anteriormente citado— presuponen la posibilidad de almacenaje de esa información, de la que en la mayor parte de los casos es titular la página en la que ese comentario es depositado.

La perfecta adecuación del derecho al olvido parece estar precisamente en él, y a día de hoy cuesta asegurar que con el paso del tiempo se vayan a establecer soluciones claras que impidan la posibilidad —tan conspiranoica como factible incluso a día de hoy— de que se establezcan departamentos dentro de estas gigantes de la información personal dedicados a buscar trapos sucios con los que poder estrangular libertades presentes con afiladas cuerdas de pasado.

Parece evidente que la necesidad de una regulación de este tipo de hechos es poco menos que acuciante en un momento actual donde el proceso de digitalización de la personalidad se está universalizando, como evidente también, y por otro lado, parece que la lentitud en el tomar medidas va a darse.

Mientras tanto, ¿qué hará la sociedad? ¿Valorará cada caso en particular de la forma que los medios de comunicación le hagan ver conveniente? ¿Apaleará a unos y será condescendiente con otros como si de deportistas predilectos o denostados se tratasen?

Más vale hasta entonces el volver a recalcar lo evitable de ciertos comportamientos en una red social. Se ha hablado mucho durante estos últimos años del concepto de uso responsable de las redes sociales, y más que se va a hablar.

La cantidad de bestialidades protagonizadas por figuras públicas va a ser uno de los grandes temas a tratar cuando la universalización de la digitalización de la personalidad se estudie con perspectiva futura.

El uso responsable de las redes sociales, también llamado “la madurez”

Un aplaudido Miguel Diéguez Díaz establecía en las citadas jornadas de la UNED una relación entre la imbecilidad en las redes sociales y la imbecilidad en la vida real. Si bien estoy de acuerdo en que el imbécil real difícilmente no trasladará su característica a sus redes, yo creo que no siempre se dará a la inversa. Y es que, a día de hoy —junio de 2015 para más datos—, las redes sociales e internet son una guardería.

Hablo desde mi experiencia personal cuando sostengo que el comportamiento de aquel que se adentra en el universo digital sin mayor tutela no cuenta con grandes diferencias por ser protagonizado por un chaval de clase media y 15 años atecnológico o un también atecnológico de clase media de 45. Ambos recibirán su nuevo smartphone, empezarán a usar el WhatsApp de forma calamitosa y reenviarán cadenas como si los siete años sin amor que patrocinan fuesen sentencia judicial, para luego —adentrándose en redes sociales— cometer las mismas torpezas, entiéndase, la constante publicación de contenidos superfluos o la interacción insípida e innecesaria. En definitiva, todos esos típicos errores de falta de experiencia que a los usuarios veteranos nos hacen torcer el gesto, como cuando un niño se comporta como lo que es en un autobús o comida familiar.

Y es que la actualidad del mundo digital es la que es. Pese a que ya llevemos unos cuantos añitos, este universo es todavía inmaduro, con constantes nuevos y vírgenes usuarios y aplicaciones a las que hemos de adaptarnos con nuestra experiencia previa y la propia práctica en ellas, así como con la utilización de nuestra inteligencia.

He aquí mi principal idea en torno a este aspecto: el uso responsable de las redes sociales se adquiere a través de dos vías: la inteligencia y la experiencia.

De ahí que, a mi ver, difícilmente podamos acusar de temeridad a la mayor parte de usuarios con escaso recorrido en una red, sino más bien de inexperiencia o —en el caso de aquellos a los que se le presume una buena capacidad intelectual— la falta de ella.

“Me voy a África. Espero no coger el SIDA. Es coña. ¡Soy blanca!”. Sacco comenta en el libro sobre su caída que no esperaba que nadie se lo tomase de forma literal. La falta de inteligencia demuestra ser uno de los aspectos clave en la aparición del garrafallo digital.

Cuando nos hagamos mayores

Mi conclusión es que, con la universalización de la digitalización de la personalidad, dentro de unos años se igualará en la práctica totalidad de la sociedad la madurez digital con la natural. La aparición de los nativos digitales y el muy inferior tiempo necesario para maduración en redes hace imaginar que en unos años los comportamientos irracionales en estas se atribuyan a personas con este tipo de comportamientos en la realidad, alcanzando casi rango de sabiduría la afirmación de Diéguez Díaz de que quien es un imbécil en las redes sociales es un imbécil en la vida real.

Hasta entonces, mi opinión es que hay que ser paciente con los exabruptos que inmaduros puedan cometer en ellas por falta tanto de experiencia como de una inteligencia privilegiada. Además, considero que apenas existen casos en los que un comportamiento en este nivel de inexperiencia pueda justificar actuaciones como cesaciones obligadas de un cargo o no contrataciones, más si cabe habiendo una distancia temporal relevante. A mi ver, de aquí a unos años y en generaciones digitales maduras, estos comportamientos no abundarán en personas adultas, y será complicado que un presidente del gobierno electo no pueda tomar posesión de su cargo por un mal chiste años antes.

En cuanto a actuaciones u opiniones nacidas en edades tempranas, como la adolescencia, pienso que se habrá de ser consecuente con la realidad de esas épocas, tal y como lo somos con nuestros jóvenes.

Con todo, creo que conviene finalizar con el recordatorio de que una regulación del poder de información que los gigantes redsociálicos como Facebook, Google o Twitter dominan es —y, sobre todo, será— imprescindible.

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2 comentarios en “La guardería que destapó el Caso Zapata

  1. Pingback: Lo políticamente incorrecto en la época de la incorrección política | oscargonzalezsoto

  2. Pingback: Cuando la prensa y la justicia dieron a luz al mal menor | oscargonzalezsoto

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