Cuando la prensa y la justicia dieron a luz al mal menor

Periodistas

Comentaba en La Guardería que la semana pasada asistí a las jornadas Justicia, prensa y sociedad de la UNED en mi ciudad natal, donde numerosos temas de polémica y conflicto mental se empeñaron en aparecer frente a nosotros. En ese artículo debatimos si deben ser castigadas las opiniones más desafortunadas en las aún inmaduras redes sociales; este, lo dedicaremos al otro gran tema de las jornadas: la relación entre justicia y libertad de información y prensa.

“Prensa y justicia: una relación en tensión permanente”

pulso prensa jueces

Me permito utilizar el título de una de las grandes mesas redondas del programa, como homenaje a lo adecuadísimo (y comercial) de la unión de sus siete palabras.

La imparcialidad de alguien se viene abajo con la presión social y la incorporación de datos ajenos a los que se pueden usar para juzgar, mientras que la gente tiene derecho a saber que se está juzgando a alguien por una causa de interés público. Por ello, la tendencia natural del juez debería ser el tratar de que se sepa lo menos posible, en aras de mantener conceptos como el buen juicio o la presunción de inocencia, mientras el periodista, por naturaleza informadora, tratará de sacar a los ojos de la opinión pública cada mínimo detalle que a esta pueda interesar. La cuestión es: ¿dónde acaba la libertad de que el público general esté informado y empieza la de poder hacer justicia plena?

Imputados y el mal menor

Término de moda la imputación, eso que en argot jurídico viene a ser informar a alguien de que está siendo investigado y en ojos de la opinión pública es una sentencia ya dictada de que la persona es un chorizo.

El cerebro humano es muy puñetero. Como —pongámosle— el 95 por ciento de los imputados acaban siendo condenados, pues ya asumimos que así va a ser, tal y como lo hacemos con que quien se cae de un quinto se mata, o con que si Telecinco saca un nuevo programa va a ser telebasura. Eso facilita el “no comernos la cabeza”, a cambio —claro está— de destrozar de cuando en vez a un inocente. Al parecer, es un mal menor.

Pongamos como caso práctico y ajeno a ningún hecho real el que esa víctima sea, por ejemplo… un político justo en previa de elecciones. Un escándalo económico salpica a gente de su entorno y, preventivamente, se le imputa para poder defender bien que no está implicado (curioso, teniendo en cuenta que aquí todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario). A día de hoy, este político justo —según la opinión social actual, un milagro andante— se quedaría fuera de la carrera por ser informado de que se está siendo investigado: tendría que dimitir al estar imputado, incluso siendo perfectamente inocente. Cuesta no pensar que a un juez con integridad superior a la de las leyes (que la hay) podría temblarle el pulso a la hora de notificarlo con la imputación en caso de tener bastante clara su no participación. Y ahí entramos en un límite de la justicia.

La imputación es pública, claro, el periodista tiene todo el derecho a anunciar con altavoces y megáfonos varios el que este reputado (e inventado) político hasta entonces santo ha sido imputado: la gente quiere saberlo, es una noticia con relevancia pública, y por no vivir al lado del juzgado (donde el boca a boca ya se encargaría de hacerlo rodar de estar oculto) no tienen que ser excluidos de conocer lo que en esa ciudad se extiende como la pólvora —paso por alto el que a día de hoy, por lógica, de no hacerlo los medios, ya se encargaría el Twitter de difundirlo—.

Así pues, por no llevar el tema de forma privada, esta persona inocente (pública, cierto es) ha visto su carrera llevada a la basura por la combinación entre la publicidad de su declaración como imputado y el estar rodeado de gente corrompida. Pero qué más da: al público le valió la pena por poder saber todo de todos, insultar, despellejar y lapidar al otro 95, o 99 por ciento de los juzgados que son culpables, ¿no?

Mal menor.

Wanninkhofs y el mal menor

Tema mucho más interesante es cuando la sociedad despedaza los principios de la justicia, la privacidad y la presunción de inocencia por pura impaciencia y sed de sangre.

Pongamos pues ahora como ejemplo que la víctima sea una señora a la que, sin hacer nada, se acuse de haber matado a una menor, hija de su excompañera sentimental, y que un jurado popular bombardeado con la carnicería mediática contra ella la acabe condenando. Pongamos que hablo del Caso Wanninkhof.

¿Hubiese ocurrido eso de llevarse el caso de forma sutil y privada? ¿De haber dejado hacer justicia imparcial? ¿Se hubiese arruinado la vida a Dolores Vázquez si se hubiese respetado su derecho a ser juzgada como la persona desconocida para la opinión pública que era?

Qué más da, dirán algunos: valió la pena por poder saber todo de todos, insultar, despellejar y lapidar al otro 95, o 99 por ciento de los juzgados que son culpables, ¿no?

Mal menor.

El autoengaño puede llegar a ser una fantástica solución cuando la culpa hace estallar la posibilidad de que puedas dormir por las noches.

¿Y acaso hay alternativas?

¿Acaso las hay? El juicio ha de ser público para evitar lo que en siglos pasados —jueces corruptos protegidos por las inaccesibles paredes de las salas— y, si esto se cumple, la prensa (recordemos, clásico representante del ojo público) siempre va a tener derecho a informar de lo que pasa.

¿Podríamos pues conseguir que, de alguna manera, los juicios llegasen a ojos de la sociedad, garantizando el control por su parte, sin que los juicios paralelos de este afectase al veredicto basado solo en las pruebas?

Pues sí. De hecho, en la época de las nuevas tecnologías, parece ridículo no ver un modo bastante evidente.

El vídeo.

Puerta cerrada. Juicio grabado. Bocas cerradas. ¿Prisión preventiva mientras no se dicta sentencia? El medio lo informa, es público, pero no se conoce nada del desarrollo. En cuanto la sentencia se pronuncia, vídeo íntegro del juicio a los medios y que estos le hagan llegar a la opinión pública qué ha pasado. El juicio se convierte en imparcial y se mantiene la garantía de que fue justo gracias a las cámaras.

¿Factibilidad de este proceso? Nula.

Es una utopía.

Y es que no podemos olvidar que estamos en un país en el que el cotilleo infundado lidera la audiencia, en la que el opinar de lo que no se entiende es movimiento cultural y la justicia es una especie de concepto extraño que solo nos afecta cuando se nos acusa de algo que no hemos hecho. ¿Se resignaría la gente a quedarse sin saber qué ocurre en directo por el que se haga con desconocidos? ¿Sería capaz la escasa gente dentro de la sala de cerrar el pico cuando salga para conseguir un juicio imparcial? ¿Podrían esos seudoperiodistas que consideran el término tertuliano categoría —cuando todos sabemos que es sinónimo de maruja— soportar el hablar solo de lo que es hecho en lugar de pelearse por llevar razón en un tema del que aún no se sabe verdad?

¡Venga ya!

Venga ya.

La justicia aquí no vale más que el malopinar. Eso nos lo guardamos para esos sueños en los que somos personas.

A las orillas del mal menor

no mas seudoperiodistas

Tratando de ser lo justo que otros no son, me gustaría acabar con un alegato en favor de la verdadera prensa y los verdaderos juzgados de mi sociedad.

Y es que, pese a todo, lo que más abunda en estos dos medios son buenos profesionales. Son jueces que colaboran con los periodistas para hacer llegar de forma adecuada lo que ocurre dentro aun a riesgo de meter la pata y ser acusados de delitos cometidos inconscientemente; son periodistas de los que no se sientan en sillones de platós, sino que se mojan y desesperan por conseguir la información y redactar las otras 4 noticias que por la precariedad de su sector están obligados a escribir a diario. La caja tonta refleja extremos, lo que la sociedad caníbal adora, pero la evidencia de que esta gente está teniendo que lidiar con una sobrecarga de trabajo incomprensible no debe ser obviada.

Desde aquí, compartir mi respeto para todos aquellos que día a día se esfuerzan por cumplir donde otros no sabrían ni tenerse en pie. Ojalá algún día el público sea capaz de aplaudirle a ellos.

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