Lo que la verdad (absoluta) esconde

Digan lo que digan, la verdad —en muchos, muchos momentos— es muy relativa. Es lo que ocurre cuando algo es inventado por un ser con una subjetividad de potencial rayano a la inmensidad creativa.

El humano inventa. A decir verdad, cada pensamiento es un nuevo invento.

Miras al frente y, ¿qué ves? Tal vez digas que un texto. Tal vez, que una pantalla. Una entrada en un blog. Basura, cómo no, pensarán algunos, o tal vez lo pienses tú (disimula si es así, y disfruta). Yo, por ejemplo, veo a una parte de mí hecha letra. Sin embargo, la verdad objetiva, por lo que hemos aprendido, debiera ser solo una. Si bien cada una de estas anteriores podría ser un elemento de ella —al menos la del texto, la de la pantalla o la de la entrada de blog—, lo cierto es que no hay una única, y que por supuesto casi nadie va a reducir a tan pocas palabras lo que ante sí está leyendo, volviendo complicado el ver coincidencias de verdades.

Pero la verdad única existe, ¿no? Eso nos han enseñado, o nos han intentado hacer creer, al menos.

Pongamos que sí y, por un párrafo, demos por hecho que la verdad de lo que tienes delante la tiene alguien, mientras el resto de nosotros fallamos o damos medias verdades, incompletas incluso en su naturaleza de ser solo medias. ¿Será ese alguien, que en este particular caso la posee, un pozo de sabiduría? ¿Un afortunadísimo visionario, quizás? ¿O nos resignaremos a creer que solo un ente superior sería capaz de tener la verdad absoluta sobre lo que ahora escribo y tú estás leyendo, más tarde, pero a la vez al tiempo?

Venga ya.

La verdad absoluta no existe, no vale la pena que lo haga.

Este texto será un texto, una imagen en una pantalla, un post, un entretenimiento (tuyo y mío), una mentira, una verdad, una cábala, una media verdad e, incluso de yo quererlo, una verdad absoluta, ya que difícilmente mi universo creador de certezas podrá ser roto si —en mi cabezonería— no doy mi brazo a torcer, girar y romper.

Y es que si alguien es capaz de convencerse a sí mismo de que algo es verdad con toda su alma, puede que lo que diga para nosotros no sea verdad. Puede que los elefantes no vuelen, el mundo no sea verde y el cielo no esté debajo. Pero si alguien se empeña en creerlo hasta el punto de hacerlo su realidad, nuestro rechazo colectivo o universal poco podrá hacer para destruir su mundo.

Nadie podrá hacer nada para que eso deje de ser cierto, tal y como seguramente nadie pueda hacer nada para que esa verdad lo sea para nosotros.

Entonces… ¿cuál de las dos es verdad?

Diremos que la nuestra, ¿a que sí? Siempre va a ser la nuestra, o la de aquellos en quienes deseemos creer y hayamos depositado nuestra fe, en todo caso.

Pero sabes que no es así.

Un día, el humano —especie inventora— creó un término con el que poder encerrar parte de su realidad y le llamó verdad. Durante millones de años, ese término nunca existió, con lo cual, la única verdad absoluta es que la propia verdad absoluta no es más que un producto —un utópico y hermoso producto— de nuestra propia imaginación.

Y nuestra imaginación no es de nadie.

No es de grupos, ni de leyes, ni de padres, ni de sociedad. Nuestra imaginación es solo nuestra. Así que no te resignes a creer lo que todos.

Sé tu propio inventor, crea, pinta, mueve tu mundo, tu verdad absoluta, a tu antojo.

Juega.

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