El móvil boom o aquella vez que vimos una peli completa

Lo que ocurre cuando el león de la Metro te ve con el móvil en la mano

Hablaba hace un par de entradas de la tremenda dificultad que hoy en día supone, para muchos de nosotros, el leer una novela ante la variedad de competencia de entretenimiento veloz que la actual realidad nos ofrece. Desaparecer durante 10, 15, 20 horas de ella es complicado aunque hagas múltiples descansitos entre capítulos en aras de comparar los diferentes estilos de vuelo de la mosca cojonera. Sin embargo, la pesadilla del ocio breve es aún más tenebrosa si vemos su traslado a uno de los antiguos intocables del entretenimiento de masas: el cine.

Durante casi cien años, el séptimo arte ha atrapado a espectadores de todos los estilos y condiciones, los cuáles permanecimos absortos mirando para diferentes estilos de pantalla, como la enorme de la sala de cine (extinguida en 2009 por la incapacidad del visitante medio para permitirse una entrada) o la caja tonta, que —desde La película de la semana de La 1 a la de domingo y seis de la tarde de Antena 3— nos ha ofrecido horas y horas de mirada perdida a las pasiones, asesinatos, venganzas y persecuciones por las cuestas de San Francisco. Sin embargo (y aunque tal vez la tele debería habérselo imaginado tras ser relevo de su prima la grande), un nuevo y más pequeño rey, un Tyrion Lannister de la vida, se ha impuesto en el juego de tronos a base de su facilidad para romperse al caer al suelo y su también atractiva capacidad interactiva y táctil.

El mayor rival del disfrutar de una película, y un bebé

El móvil, alias “el celular”, dio la sorpresa años atrás para pasar de ser el peor enemigo del espectador —con especial habilidad para lanzarse a sonar en las escenas clímax de las películas— a convertirse en el niño mimado del nuevo concepto de televidente, capaz de sacarle una sonrisa cuando recibe un wasap en el preciso instante en que la pobre de Winslet va a soltar a DiCaprio de la tabla.

Cuando al principio del tema contesta al teléfono, el cantante de Travesuras dice “Hola bebé”. Dada la frecuencia con la que ocurre, no me extrañaría que esa situación esté inspirada en la última vez que vio Gladiator, así como empiezo a sospechar que no se lo dice a la persona al otro lado, sino al propio aparato.

Dos bebés, dos móviles o un bebé y un móvil

Y es que… ¿realmente hay tanta diferencia entre un móvil y un bebé al ver una película?

Si nos reclama, da igual que estemos a punto de descubrir quién mató a todos los personajes de los que durante el metraje nos hicimos hasta amigos: vamos a dejarlo todo por él. Si nos alejamos de él para disfrutar de una buena peli (es decir, lo dejamos cargando en la habitación de al lado o con los abuelos), no lo haremos nunca, ya que nos pasaremos las dos horas de metraje preocupados porque nos estén llamando. Y, ¡ay de si estás en ese ya mitológico lugar llamado cine!: da igual lo poderoso que sea ese apasionante thriller con Michael Fassbender y Matthew McConaughey, da igual la calidad del sonido envolvente de la sala con esos efectos de sonido del nominado al Oscar a mejores efectos de sonido en 2015: la mayor tensión de la película es la que nos ofrece el que minutos antes hayamos tenido que apag… (ja) que quitarle la vibración antes de empezar. ¡¿Y si nuestro bebé, digo, móvil suena, digo, llora, digo, suena y nosotros no nos damos cuenta?! ¡Qué tipo de padres seríamos!

En fin, al menos siempre tendremos excusas que poner. Que a quién se le ocurre hacer pelis de dos horas y media, que la culpa es de los de Mediaset por poner tanta publicidad.

Qué más da, llegará un punto en que no será necesario buscarlas: al fin y al cabo, está en el instinto humano el proteger a esos regalos de la naturaleza que no saben valerse por sí mismos, ni caminar; a los que hay alimentar y acariciar; con los que hay que jugar de vez en cuando, y no se cansan de sacarte sonrisas.

Y bueno, lo mismo si tienes un bebé, claro.

Prototipo del nuevo Galaxy Y

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