El misterio tras la Santísima Trinidad del smartphone nacido para morir

A nadie escapa la certeza de que el smartphone es ya, y desde hace mucho tiempo, uno de los pilares de la sociedad tecnológica. Con uso constante y presencia casi inevitable en nuestra vida cotidiana, el móvil moderno se ha convertido en uno de los símbolos del redsocialismo y la interconexión instantánea rompefronteras. Sin embargo, son numerosas las discordancias entre lo primordial de su uso y sus capacidades actuales, algunas de las cuales dejan bastante que desear por razones para las que la excusa de que aún es un producto joven y en desarrollo parece no bastar.

En esta entrada, nos preguntaremos qué hay detrás de estas incoherencias, de la mano de tres extraños casos de la realidad movilística actual.

Caso 1: la batería que desafía la realidad

Ya desde hace tiempo, viene ocurriendo en mis prenoches veraniegas un suceso digno de la mayor investigación seudocientífica que jamás se haya llevado a cabo. Iker Jiménez, Belén Esteban… numerosos son los casos de interesados en un enigma que seguramente no pase a la historia de lo paranormal, pero que para normales como yo supone algo tan espeluznante, como difícilmente imaginable o entendible para la psique del que ha crecido en nuestra cultura primermundista.

Pedraio City, Ourense. Julio de 2015.

Acabo de dejar morir mi smartphone en aras de favorecer la esperanza de vida de su batería en una suerte de paradoja difícilmente entendible para el personaje medieval. El extremo del cargador penetra con suavidad metálica en la ranura del mini USB y —tras aproximadamente cinco segundos— su pantalla brilla en lo que en términos humanos sería una reanimación cardiopulmonar exitosa, mientras que para el moderno apéndice humano es solo motivo para presumir de su nombre durante tres o cuatro segundos, antes de volver al trabajo.

Tres por ciento de batería, indica. Suficiente para retomar las segadas conversaciones de WhatsApp, seguir dando FAVs en el Twitter, corazones en Insta, pulgares en Facebook, MG en el resto: al fin y al cabo, todos los herederos de lo tecnológico tenemos como única realidad absoluta que los aparatos electrónicos conectados a una pared tienen vida eterna, salvo apagón o bajada del automático. Es ley de vida.

Cuál será mi sorpresa cuando —con apenas dos de las sociales aplicaciones abiertas, el WiFi y el GPS desactivado, el brillo bajo y solo tres conversaciones en el was (¡solo tres!)—, el 2 por ciento, brillante en la parte superior de la pantalla, se convierta en un 1.

Por un momento, pienso que mi móvil, tras 8 meses y medio de intensa vida táctil, al fin está perdiendo la cabeza y pese a tener más batería que hace treinta segundos, se cree que tiene menos. “Pobre viciado”, pienso, pero lo que menos me imagino es que en apenas tres minutos y medio contemplaré un fenómeno nunca antes visto por el ojo humano.

Efectivamente, tras ese tiempo la pantalla se vuelve tan blanca como mi cara al verlo y —con la clásica y exasperante parsimonia casi paródica de aquel que se supone que no tiene batería para seguir funcionando, pero sí para deleitarnos con un colorido adiós seguido de una posterior vibración a lo último aliento— me deleita con un colorido adiós seguido de una posterior vibración a lo último aliento.

El móvil se ha apagado.

Cargando.

Y las fronteras de lo que es posible o no empiezan a ser trazadas más allá de la que hasta entonces ha sido mi única realidad, dándome a luz en un abismo donde ya nada entiendo.

Caso 2: las víctimas de la tarifa de datos insuficiente

Llevo un par de meses a 10 kilómetros del potente WiFi de mi piso (gracias por todo, R), teniendo que tirar, cuando manejo mi ciborguiano cerebro portátil, del al parecer pobre paquete de datos que me ofrece: 800 megas mensuales. Tras 28 días, el temido y guadañero SMS del haber agotado el 90 por ciento me ha alcanzado, con la promesa de reducirme la velocidad de navegación a términos de molusco que saca los cuernos al sol. Según mis cuentas, sin adelantar la renovación, me pasaré un día en el que preferiré darle descanso a mi táctil compañero para no odiarlo. Cualquier relación necesita de momentos de distancia para seguir siendo grande; aquella entre un móvil y su propietario no es distinta.

Es curioso que cada vez que comento lo de que es la primera vez en dos, tres años, que voy a agotar la tarifa, reciba somera carcajada.

Y es que a mis colegas les dura 4 días.

4 días.

A partir de ese tiempo, los pobres tienen que navegar, en ausencia de WiFi, a una velocidad que a mí, más allá de generarme desesperación, podría hacerme renunciar a tener su activa vida social para pasar a volverme un ermitaño con conocimientos de astrología a la altura de los doscientos libros apilados en la esquina de habitación que dedicaría a ello. Pero ellos parecen resignados ante un hecho que no parece despertarles sorpresa.

Caso 3: la pantalla que duró ocho meses y medio

El último de los tres casos de incomprensibilidad del móvil lo protagoniza la fragilidad de la pantalla táctil.

Esta semana, y tras diez años usando teléfonos portátiles, he resquebrajado mi primera pantalla de móvil en tonto golpe, y apenas ni me ha sentado mal, ya que sabía que acabaría pasando tarde o temprano, tal y como a todos mis colegas le acaba pasando al mes o dos meses de uso.

De hecho, ayer, tomando algo, uno de ellos —en gesto nervioso tan extravagante como común, valga de nuevo la paradoja— estaba mordisqueando la esquina de plástico en la parte superior de su LG cuando el falso cristal le respondió con un “crack” acompañado de una raja de arriba abajo.

Yo ya ni reaccioné.

Más allá de la obsolescencia programada

Móviles de menos de un año que se descargan mientras cargan, cuyas pantallas se rompen a la mínima y con unas tarifas de datos ridículas nos parecen a día de hoy lo más normal y tolerable del mundo, casi como una realidad inmutable, como tener que ir al baño o hacer la cama.

Pero… ¿acaso es normal?

¿Es normal la falta de vida útil de las baterías? ¿El tiempo de carga? ¿La ausencia de medios para hacerlo fuera de casa?

En cuanto a la pantalla, por apenas un billete rojo hay soluciones de sobra en el mercado para volverlo bastantes veces más resistente sin reducir apenas la precisión táctil. ¿Tan complicado es ofrecer teléfonos con cristales de duración superior a la de una caída en perfecta verticalidad?

Pero bueno, más allá: ¿cómo puede ser que una tarifa de datos móvil insuficiente de una operadora generalista cueste en torno a 10 euros? Suena bastante inconcebible en comparación al precio (ya a mi entender carísimo) del ilimitado WiFi. ¿Cómo es posible soportar tal falta de movilidad en la mano inteligente de la sociedad digital? De aquí a veinte años yo pienso que este tipo de tarifas a semejante precio nos va a resultar ridículo. ¿De veras es normal semejante precio por mega de un producto que, si bien no imprescindible, supone el avance de una sociedad y la reinterpretación del término de inteligencia humana?

Y es que, como no me he cansado de repetir en este post, para las nuevas generaciones —y la sociedad futura, sobre todo— el uso de internet en el móvil o instrumento portátil del momento van a ser una parte del cuerpo más del humano, un almacén de inteligencia y memoria portátil casi imprescindible para la superdesarrollada sociedad en construcción. ¿Cómo se pueden alcanzar tales precios en productos que acabarán por determinar el avance y realidad de la nueva era?

Solamente me gustaría dejar caer lo curioso que es que en esta época se lleven a cabo tal cantidad de movimientos, críticas y change.org y sin embargo se oigan tan pocas voces en favor de un recurso que, a día de hoy (y ya no digo de mañana) torna a verse como de primera necesidad. Por momentos parece que esta ultradependencia nos vuelve idiotas ante lo que parece ser una precoz obsolescencia programada; por momentos, uno se plantea cómo es posible la falta de difusión en medios tradicionales y de nueva generación de una conciencia en favor de drenar estas lagunas.

Habría que plantearse las causas.

social-media-logos

Algunos de los principales soportes de opinión y, casualmente, algunas de las apps más usadas en móviles

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2 comentarios en “El misterio tras la Santísima Trinidad del smartphone nacido para morir

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  2. Pingback: ¡¡¡Cumplimos un año!!! | oscargonzalezsoto

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