El mal del nombre común y la fortuna de Santas Pascuas

En casa tenemos gato nuevo. Como podéis ver en la imagen, una auténtica monada. No consentiré lo ocurrido en anteriores ocasiones.

Tras Negrita (blanca y negra), Tigretón (con rayas), Roxiña-“Grisita” en gallego (gris), Conejita (peluda) y las Siamesas (siamesas), mi paciencia a la hora de ver cómo le ponen a las mascotas que luego van a crecer a mi amparo nombres hasta el absurdo redundantes, epitéticos y bochornosos está viendo aparecer sus límites. Tal vez por ello cuando —en un ataque de descubrimiento de una expresión típica de los 7 años— mi sobrina se refirió al nuevo inquilino como “Santas Pascuas” supe que ante mí se presentaba la oportunidad que tanto había ansiado…

¿Es la frecuencia de nombres repetidos un síntoma de lo poco que para los demás nos diferenciamos los integrantes de una sociedad?

Odio los nombres comunes. No los sustantivos comunes: los nombres propios comunes. No tengo nada en contra de la palabra mesa. Sí en contra de que alguien se llame Manuel García.

A mi entender, cada persona es única: al menos eso nos han hecho creer con respecto a nosotros mismos, ¿no? Y sin embargo, tratas de encontrarte en internet y con lo que te encuentras es con que hay como veinte mil seis Óscar González Soto, incluido uno de tu ciudad con un Facebook en el que no se le ve bien la cara y tiene de foto un tractor. Eso duele cuando sabes que la mitad de empresas a las que mandas currículos te buscan en Google y se creen que ese eres tú. No por el tractor. Sino porque en lugar de ver representadas tus habilidades como comunicador, escritor y motivador vean un armatoste de 5000 kilos con una fresadora. No creo que lo interpreten como una metáfora de fuerza y trabajo duro.

Por cosas como estas, siempre he tenido devoción por el inventarme nombres. A lo largo de mi vida he llevado encima un montón de distintos y, por ejemplo, estoy encantado con lo de Osgonso.

Ningún vecino ni niño en la piscina se llama Osgonso. Eso es bueno.

A veces, uno no se siente identificado con el nombre que sus padres le han dado

¿En cuántos libros habéis visto nombres repetidos? Yo es que soy de los que por momentos sufrieron leyendo Cien años de soledad. No porque el ya difunto Gabo (otro al que el Gabriel García se le quedó corto) escribiese mal ni nada por el estilo. Es que cuando todos os llamáis Aureliano, Emiliano o José Arcadio, pues uno se lía y ya no sabe quién está atado a un árbol.

Al menos el efecto era buscado.

Caso aparte es la familia clásica en la que el “de tal palo, tal astilla” se llevaba hasta en el DNI. Padre, hijo y nieto con el mismo nombre, no vaya a ser que se pierda la tradición. Útil a la hora de ir a comer —“Secundino, a la mesa”, e iban los tres—; poco a la hora de repartir tareas —“Gumersindo, estira la manguera; Gumersindo, abre el grifo; Gumersindo, riega”, y claro: el pobre Gumersindo estresado mientras los otros dos se echaban una brisca—.

Qué desolación el día en que se decidió ponerle al nuevo “Jonatan”, y qué orgulloso el innovador hasta que llegó al Registro Civil y le dijeron que ese nombre no existía. Y es que, para quien no lo sepa, hubo una época en la que lo de la originalidad en el nombre se reducía a la ironía de ponerle el de un actor famoso: hasta bien entrada la democracia, aquí a los niños había que ponerle un apelativo que estuviese en el registro.

¿Sabéis cuando, tras esa pregunta sin respuesta, se os da por buscar en el calendario que te han dado en la carnicería cuando es la onomástica de tu sobrino Iván? Pues por el estilo: como no apareciese, la llevabas clara, que por mucho que te empeñases en llamarlo así en casa, al presentar la declaración de la renta iba a tener que decir ser Juan hasta el tedio.

Poner nombres obsoletos puede derivar en marcas de moda de nombre horrible

Al menos, todo eso pasó. Sí, dependes de la creatividad de tus padres. O de tu talento para hacer valer tu alias a base de ponértelo en Insta y Face y Twitter (y al presentarte ante otros, sí… ¿por qué no decirlo?). Incluso puedes jugarte el perder cuentas bancarias cambiándotelo en el Registro Civil en aras del reconocimiento de tu verdadera, original y única identidad en el DNI.

Hoy en día ya nadie podrá impedir que te llames Melgibson o Tomcruise.

Mientras tanto yo seguiré envenenando las mentes de mi familia hasta conseguir mi meta. Como que me llamo Óscar González Soto, alias “Osgonso”, alias “el que tiene nombre de tío con foto de un tractor”, que voy a conseguir que el nuevo gato se llame Santas Pascuas.

¡Y santas pascuas!

Durante la edición de este post, el gato ha sido finalmente bautizado como Osito.

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2 comentarios en “El mal del nombre común y la fortuna de Santas Pascuas

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