La ciudadanía mundial, señor Trueba

cada uno con su bandera

Hay que ver lo en boga que está el patriotismo y las fronteras últimamente.

La otra semana me veía sorprendido por las curiosas declaraciones del 100% brasileño —a pesar de haber vivido toda su vida en España— Rafinha Alcántara, mientras que esta semana era el señor Fernando Trueba el que —en un amago de defensa a la no-frontera evidentemente infausto— se metía en un importante berenjenal al recibir el Premio Nacional de Cinematografía. Por supuesto, obvio el que estemos en pleno apogeo del conflicto político por la independencia de Cataluña, el cual que nadie piense va a acabarse de hoy a mañana cuando da tanta carnaza a las televisiones, medios de comunicación y opinadores baratos.

Frente a todo esto, y ya desde hace tiempo, surge el utópico pero atractivo concepto de la ciudadanía mundial.

La ciudadanía mundial

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Como excepcionalmente bien explica el glosario cibernético DefiniciónABC, la ciudadanía mundial es un concepto que defiende la ausencia de naciones a la hora de determinar la identidad de una persona, por el considerar tener la misma procedencia que cualquier otro integrante de la especie humana nacido en cualquier otra parte del globo: el propio mundo.

Esta corriente, en gran momento por la globalización e internet, considera que la conciencia como persona es muy anterior al nacimiento de las fronteras y los Estados y—oponiéndose a la división y fragmentación de la especie humana bajo diferentes banderas— que uno es tan igual a otro en un país como su igualdad al haber nacido en el mundo lo hace.

Una de las frases que más podría identificar a esta cultura sería el popular eslogan de la cervecera San Miguel “Ciudadanos de un lugar llamado mundo”.

Una utopía bella

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A nadie escapan las ventajas de los extremos de este irrealizable modelo.

En un primer punto ya podríamos hablar del desvanecimiento a largo plazo de los odiosos clichés culturales (tacaño como un catalán, indeciso como un gallego, currante como un chino…): difícilmente podríamos establecer este tipo de parejas —marginadoras de forasteros— de no haber procedencias. Como consecuencia de esto, la reducción del racismo se volvería notable, más si cabe teniendo en cuenta la tendencia a la polirracia (como es de adivinar, “multiplicidad de razas”) en las sociedades desarrolladas.

Tema de importancia capital se volvería también la disminución de conflictos bélicos por ideales patrióticos. Aunque la causa última de la mayor parte de ellos sea la sed económica de los gobiernos, difícilmente se puede mover a un pueblo a la guerra o el conflicto regional sin tocar la fibra patriótica y las rencillas con el vecino. Buen ejemplo podría ser el actual programa político de Convergencia Democrática de Cataluña: revalidar el poder en base a tapar la mala gestión económica con la senyera, aun teniendo que unirse a un partido de mentalidad tan distinta como puede ser ERC. Este tipo de comportamientos de cuestionable ética se evaporarían de entenderse al humano como única bandera, quedando solo los datos económicos y las falacias en los mítines como recurso para obtener un voto o no. A día de hoy, la gente seguimos votando con el corazón, cuando los políticos nos lo están haciendo latir con sus bocas y cabezas.

Más allá de ello y para terminar con las ventajas principales, está —en el extremo del modelo— la libertad. Poder recorrer el mundo sin pasaportes, ni visados. Montarte en el coche en Chile y parar en Paraguay sin que nadie te diga de dónde eres. “Somos del mundo, narices, ¿o es que acaso no ves que ambos tenemos brazos, ojos y sueños?”

Una utopía que es eso: una utopía

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Eso es, y por eso lo recalco tanto, pese a ser un gran seguidor de la tendencia. Y lo es porque la gente, como siempre, abusamos de las ventajas hasta corromperlas.

Siria, septiembre de 2015. Los países abren sus puertas para que los refugiados puedan huir de las bombas, los edificios derrumbados y todas esas cosas que acaban con niños ahogados a orillas de una playa. Y de pronto vemos como una avalancha de gente que nada tiene que ver con esas necesidades se abalanza sobre la frontera en masa, volviendo la capacidad para alojarlos nula y dejando en las aduanas a gente sin hogar, ni recursos, ni nada.

El principal contra del modelo es la mentalidad humana y la desigualdad económica actual.

El mundo nacionalizado está dividido en zonas ricas y pobres delimitadas por fronteras que de vez en cuando se suavizan de ver que los vecinos tienen un nivel de vida por el estilo (véase la Unión Europea). En el momento en que las fronteras caen entre dos áreas con diferencias claras, el resultado se vuelve igual de transparente: éxodo del país pobre al rico para aprovecharse del modelo de vida de aquel que se ha desarrollado más. La situación potencial de una supresión global de aduanas se vuelve pues obvia: saturación de la población en las zonas ricas, desorden estructural, paro descomunal, escasez de suministros —con su consiguiente delincuencia—, caos, caos y caos.

He ahí pues las principales raíces de que imaginar una supresión política de las fronteras sea un absoluto despropósito.

La solución (parece evidente) recae en la equiparación económica de las zonas, lo cual en apariencia solo podría darse con una reducción drástica del nivel de vida en los países desarrollados, un descenso abismal de población mundial o la renuncia a la vida humana en enormes territorios —como un par de continentes—.  Y estas opciones, amigo lector, sí son una verdadera utopía.

La ciudadanía mundial social

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Por otro lado, y vamos a ver, no tenemos por qué ser tan radicales a la hora de aplicar el concepto general: la gente puede sentirse ciudadana mundial dentro del modelo actual de países. De hecho, el sistema que veíamos arriba, la supresión de los Estados, es un extremo que quizás ya escapa a lo básico. Lo citado en el último apartado nos habla de un antinacionalismo pleno, lo cual deja de tocar la función principal de la ciudadanía mundial, la igualdad entre personas independientemente de donde vengan, para pasar a ser algo político, lo cual (a mi entender) nos preocupa bastante poco a los defensores del estándar.

La ciudadanía mundial tiene que ser, pues, un movimiento social positivo e integrador, no una excusa para imponer un sistema político idealista y de ciencia ficción, como muchos seguramente van a intentar hacer ver. De lo que trata este concepto es de hacer entender a la gente que no tenemos por qué atacar al de fuera, o por qué aplaudir gestos por venir de nuestro país si no estamos de acuerdo. Que no tenemos por qué abuchear a España en el Eurobasket por ser franceses; que podemos ir con Federer o con Rossi si queremos pese a tener Nadales o Lorenzos en los circuitos de tenis o motos.

Y señor Trueba, que el otro día dijo que siempre iba con los de fuera por ser de fuera: podemos sentirnos orgullosos de los representantes del país en el que nacimos si nos caen mejor, si nos gusta como juegan, si queremos compartir las sensaciones con la gente que nos rodea. Señor Trueba, podemos defender los colores de la bandera de nuestro país y a la vez defender que somos tan humanos como un japonés, un marfileño o un alemán. Podemos.

Señor Fernando Trueba: decir que le hubiera encantado que Francia ganase la Guerra de la Independencia por ser de fuera no es ser un defensor de la ciudadanía mundial. La igualdad se consigue viéndonos como iguales y no defendiendo los intereses de uno de los bandos a extinguir por encima de los del otro. Así no funciona esto, señor Trueba.

Que nadie diga ser uno de los míos cuando muestre preferencias por uno u otro solo por su procedencia. Jamás lo será.

niños jugando diferente camiseta

Me gustaría acabar con la frase final del, para la ciudadanía mundial, excepcionalmente representativo Anthem del musical Chess:

“Deja que las pequeñas naciones de los hombres se desgarren entre ellas: las únicas fronteras de mi tierra están alrededor de mi corazón”.

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