GO-SO y el despertador injusto

Nada duele más que un despertador injusto.

Me explico: que un despertador suene a unas siete, siete y media, seis de la mañana incluso, destrozando sueños a medias para hacerte llegar a tiempo a tu puesto de trabajo, instituto, cita con el especialista o todo aquello que podría hacerte programar la alarma, puede doler —según más o menos umbral de dolor de bella durmiente tengas—, pero raramente será injusto.

De hecho, soy el tipo de persona a la que levantarse tras escasas horas por una causa similar a las citadas provoca un frío aterrador por el destemple, pero no molesta en absoluto, pese a ser una persona con buena capacidad para dormir largo y tendido —valga la metáfora más allá de la realista estampa—. Mi mente tiene claramente interiorizado que la responsabilidad es todo un justificante para evitar el pegado de sábanas tan amado en domingo.

Sin embargo, hoy a las siete, noté ante el ominoso sonido a mi derecha cómo mi mirada se volvía ácida y mis jugos gástricos amenazaban con ser lanzados a lo llama escupidora de ácido contra el árbol de tan amargo y desgraciado fruto.

Y es que se trataba de un caso de despertador injusto.

El despertador injusto puede ser también un móvil, y ser este el estado en el que te gustaría dejarlo

Este debería ser mi cuarto año consecutivo estudiando inglés en la escuela oficial de idiomas de mi ciudad —tercero y cuarto en intensivo (B1), quinto, sexto (B2) y, ahora, séptimo (C1) —. Sin embargo, hace aproximadamente un mes hube de enfrentarme a una revelación de naturaleza perturbadora.

La oferta de plazas del último nivel del Centro en este momento era terriblemente inferior a la descomunal demanda que el veintipico por ciento de desempleo y la conciencia de que el inglés es el futuro provocan. Para hacer supuesta justicia (sí, la misma que mi despertador hoy parecía no comprender), se adjudicarían las plazas según criterios que daban preferencia a repetidores ante alumnos aplicados que vamos aprobando curso por curso y nuevos estudiantes, pasando una vez nacidos los evidentes problemas de espacio (digamos que habría unas 100 plazas para, pongámosle, 250 preinscritos) a hacer que las letras de los apellidos fuesen el juez. Al menos —y como no podía ser de otra manera—, la letras por las que se empezaría y desde la cual se irían dando matrículas hacia delante se establecería por sorteo.

Tocó la HE (pongamos, Hernández) para el primer apellido, y en caso de mismo apellido arrancar con WI en el segundo. Es decir, los más afortunados y con más probabilidades de entrar serían los de letras posteriores y cercanas a la H (los Martínez, los Rodríguez, pongámosle) y, en caso de acabarse las plazas en un primer apellido repetido, los Williams, Yáñez, Zapatero y (ahora en serio) los de las primeras letras del abecedario.

Como podéis ver por todos lados, me apellido González Soto. Sí, la G es la letra anterior a la H. Sí, uno de los cinco apellidos más comunes de España. Sí, la letra S no está precisamente al principio del abecedario.

Lo más duro de la primera convocatoria no fue ver cómo me quedaba fuera: era evidente que no había sitio para los “GO-SO” (qué falta de cortesía no dejarme al menos participar con la N de Osgonso); lo fue el ver cómo la totalidad de mi talentosa clase el año pasado (con unos resultados asombrosos en febrero) se quedaba fuera salvo la señora de casi setenta años que se apuntó en el último momento por no perder el nivel, pero sin intención de sacarse el preciado título. Derrumbados, los restantes empezaron a buscar alternativas mientras esperaban la posibilidad de que una falta de matriculados entre los preinscritos les diese la opción en el segundo plazo. Los GO-SO ya ni eso esperábamos, claro, y —no, no finjamos sorpresa— recibimos la noticia de que tampoco habíamos conseguido la plaza en la siguiente convocatoria. Sí fue al menos un consuelo el ver que hasta algo más de la C consiguieron entrar, con lo cual apenas dos idiotas nacidos bajo el signo de F y G estábamos fuera.

Y he aquí cuando las dos historias, la del despertador injusto y la del GO-SO chocaron de forma irremediable.

Dramatización: puede que el impacto no haya sido tan grande como el de dos coches en pruebas de seguridad

El tercer plazo de matrícula no solo hacía que sintiese que me tomaban el pelo, sino que —ya en lugar de mirarlo cómodamente en casa con el ordenador— nos convocaba a los prescritos, digo, preinscritos no aceptados a presentarnos en el edificio en la otra punta de la ciudad a las 8 de la mañana, en aras de repartir las escasas plazas a las que la gente había renunciado también en la segunda vuelta. Por un momento, pensé en redactarles un email “¿Por qué me hacen esto? No ven que soy del C1 y me llamo GO-SO”, pero claro, no tienen correo para estos asuntos y además tenía que ir para poder luego lamentarme por el wordpress.

Así que ahí, con dificultades para dormir por el a la postre infausto aunque sabroso café con galletas de 8 de la tarde con una colega, dejé programado el despertador para que por la mañana hiciese sonar el atributo de injusto.

Lo que pasó entre los dos párrafos

Hoy, a las siete, noté ante el ominoso sonido a mi derecha cómo mi mirada se volvía ácida y mis jugos gástricos amenazaban con ser lanzados a lo llama escupidora de ácido contra el árbol de tan amargo y desgraciado fruto. Cuarenta minutos más tarde recorría la para mí negra ciudad con ganas de quejarme.

Y allí me encontré, salón de actos, viendo cómo la directora (compañera en el club de lectura, por cierto) llamaba uno por uno hasta acabar las plazas vacantes, sabiendo que mi nombre nunca llegaría a sonar. Sí lo hizo el de mi compañero y su F —qué grandes son las F cuando las plazas son pocas y las González son víctimas de los García y los abecedarios que acaban a media H—. Sí lo hicieron muchos, en una sala que parecía un equipo de fútbol de Garcías. Y de pronto, cuando mi mente ya estaba más pensando en el artículo que en nada…

—“Óscar González Soto”.

No sé qué fue mejor, si mi salto de la butaca brazos en alto a lo Rocky, si la sonrisa de la directora diciéndome que nos vemos en el club, si el poder elegir mi horario predilecto, si la indignación de los restantes de la sala cuando la lista, tres nombres después del mío, llegó a su fin. Bueno, esto último no es que fuese bueno, pero al final los realmente preinscritos pudieron entrar también.

Ahora, tengo claro qué es lo mejor.

Que el no rendirse, el agarrar cada pequeña oportunidad con ambas manos y tirar de ella pese a un mil números en contra, por una vez, tuvo su recompensa.

Y el despertador dejó de ser injusto.

Le he hecho café con galletas para que me perdone. Si en un rato no se lo toma, me encargaré yo. No es plan que se enfríe.

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