Pasajeros de complicadas moralejas

No sé qué quiero que saquéis de la siguiente historia o experiencia, no sé por qué está aquí. Pero si de algo estoy seguro es de que —de querer hallarla— no os va a resultar complicado sacar una moraleja, aunque en nada se parezca a la que tu vecino, amigo o persona sentada a tu lado leyendo esto pueda encontrar si os quedáis sin comentarla, solo con lo que los ecos en vuestras cabezas os cuenten al oído.

El sábado vi a alguien que no esperaba ver. Es solo eso. Supongo que para mí significa algo más.

somos gente pasando

Han pasado ya cinco años.

He repetido tantas veces el comienzo de este guion que ya siento que a algunos molesto; por fortuna, el final siempre cambia. Y eso mola.

El caso es que, insisto, han pasado ya cinco años. Estudiaba algo de lo que no dejo de lamentarme, solo por no poder irme fuera de mi ciudad (no por mis padres, sino por mi infantil comportamiento cuando con 17 años tuve que elegir). Solía acabar a las dos de la tarde, allí cogía un autobús, allí la encontré.

No seré todo lo precioso que fui en anteriores relatos de la historia, simplemente diré que ella salía del instituto y siempre cogía ese bus con sus amigas. No sé cuánto tiempo me habré pasado mirándola, ni cuántas miradas fueron devueltas más allá de muchísimas, solo sé que llegado a un punto me moría por conocerla y lo notaba mutuo. Creo que no era nada amoroso, solo percibía en ella un algo, no sé, tenía que hablarle.

Pero soy un tío tímido. No una vez hablo con alguien y mi carácter extrovertido inunda los uno para uno hasta mover el alma del otro: soy un tío tímido cuando he de hablar a un desconocido sin razón alguna. Siento que atravieso una barrera, entre la educación y el respeto, más poderosa de lo que mi cultura me permite. Aun sabiendo que la otra persona pueda estar deseándolo, como mil chicas que he dejado pasar en fiestas tras millones de miradas. Como ella.

El caso es que, tras dos años, tres, ya ni lo recuerdo, su época de instituto acabó, ella se fue por siempre, y yo no fui capaz de hablarle, no di.

No volví a verla.

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Un par de años más tarde, algo cambió mi destino por ella y, por el mero hecho de parecérsele, conocí a alguien muy querido. Como esta última persona dice cuando la sombra de la chica del bus pasa, supongo que nada hubiese cambiado de ser completamente distinta a ella: que hubiésemos acabado llevándonos igual y terminado de la misma manera, ya que —al fin y al cabo— lo único que la desaparecida hizo fue darle a mi nueva amiga más puntos de los que le correspondían en un primer momento.

Sin embargo, cuando el tiempo pasó y los recuerdos de mi vieja musa se evaporaron bajo el rostro del más moreno presente, mis sentimientos de querer conocer a la evaporada pasaron a convertirse en el más inmenso y profundo y puro agradecimiento. Pero no volví a verla, salvo por encontrarla en el Twitter, y que mi propia amiga-clon descubriese que estudiaba en su universidad a 100 kilómetros. Ya era igual: me había dado inspiración para relatos pasados, a alguien importante, poco más podía ofrecerme, salvo la redención de dejar que pudiese darle las gracias por todo ello.

Y entonces, un día, por la calle, la vi.

Entré tras ella en un H&M para forzar el que —al fin, y tras 3, 4 años, quién sabe— nuestros rostros se cruzasen en una mirada de reconocimiento. Embargado de mi incombustible espíritu de justicia, supe que tenía que romper la barrera que me impide hablar con extraños porque sí y decirle al menos un “Hola”.

Y “Hola” le dije cuando nos cruzamos por el pasillo.

Ella pasó de largo sin responder.

Ofelia3

Este sábado, despidiendo la temporada con la última orquesta del año, vi a alguien de espaldas entre la multitud. Alguien que hizo que mi mente estallase al instante con su nombre dicho al aire. La reconocería entre miles.

Y así, cuando se giró y confirmé mi realidad con esa cara por primera vez de noche, supe que entonces —y al fin— la pelota no estaba en mi tejado. Que tras el “Hola” en un pasillo solitario, que tras el follow en su abandonado Twitter para que pudiese encontrarme, que tras las sonrisas, los paseos, los combates con su doble, ya no tenía por qué sentirme en deuda con ella por no haberle hablado cuando debería haberlo hecho.

Y me lo pasé genial sintiéndola mirándome.

Notando cómo esquivaba mis ojos cuando me giraba con la sonrisa de la fiesta a ver de frente a mis amigos disfrutando. Sabiendo que —más tarde que temprano, seguramente— nuestros pasos volverán a colidir y entonces yo no seré nunca más un cobarde que tuerza la cara, no.

Porque nos conocemos aun sin hablarnos. Porque somos viejos compañeros de asiento en un autobús mucho más grande que, aún hoy, a veces, nos junta en lugares inesperados. Porque no hay más conocido que el que crece en tu pensamiento.

No lo hay.

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3 comentarios en “Pasajeros de complicadas moralejas

  1. Pingback: ¡¡¡Cumplimos un año!!! | oscargonzalezsoto

  2. Interesante esto de encontrarle una moraleja a tu historia. Vale, a todos nos ha pasado algo parecido a lo tuyo, supongo… ¿O soy solo yo? Me recordaste a mi película animada favorita, es un drama romántico muy realista llamado: 5 centímetros por segundo.

    Ahora contestando a la pregunta, la moraleja que me dejó es que todo tiene un momento, y por mucho que hagas las cosas bien no basta con eso, haz lo correcto, en el momento correcto. Ambas aseguran el éxito, solo una asegura el fracaso, o una prórroga. Quién sabe, a diferencia de lo que muchos piensen, algunos trenes si pasan dos veces. O quizá es que la primera vez que paró en tu estación, no era para que te subieras, sino para que lo esperaras. Esperar… ese es un tema del que se puede sacar mucha plática en otra ocasión.

    ¡Saludos!

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  3. Mi moraleja es que cuando haces todo lo que en tus manos está para compensar un error, aun no obteniendo el perdón ajeno, sí tienes que ser capaz de hallar el tuyo. Y ese es el que tiene verdadero valor. ¿Cuál es la tuya?

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