Vergüenza española (“La última cena”)

Tras un largo curso, los alumnos de tercero de Ciencias Políticas de una facultad española se quieren ir juntos de cena. Desgraciadamente, y como en cualquier tipo de clase, no será fácil elegir las condiciones de la reunión, ya que hay varios bandos de miembros unidos por intereses comunes.

La mayor parte de afectados atiende al clásico perfil de universitario al que le va la cena en un sitio de menú cualquiera (que incluya el vino y los chupitos), para luego irse de fiesta. Sin embargo y pese al común interés, este grupo grande está dividido en dos que se llevan mal entre ellos porque cuatro o cinco dentro de cada grupo no pueden ni ver a otros cuatro o cinco del otro.

Más allá de este principal perfil, tenemos a un grupito de gente que no se relaciona demasiado y le da bastante igual, a los que no les gusta salir y en cuanto la cena acabe tratarán de huir a sus casas, y a la gente más mayor, que está interesada en que los profesores vayan a la cena, en contra de lo que la mayoría popular quiere.

Para determinar qué hacer, en primer lugar, abren un enorme grupo de WhatsApp. Como en cualquiera de estos, la acción se centra en un porcentaje mínimo de los participantes, que ponen en común sus propuestas de lugar, junto con ciertos tintes de reproche hacia los que le caen mal. Por supuesto, los que más hablan son los de los grupos grandes que están enfadados entre ellos, mientras que de vez en cuando alguno de los mayores manda una parrafada en la que incluye que no ha leído nada con tanto mensaje y que en su opinión hay que llevar a los docentes.

Tras mucho debate wasapero, se decide que —aprovechando la falta de un profesor a media mañana— hay que hacer una especie de reunión para acordar los términos.

De portavoz de por qué están ahí tienen a una de las cabecillas de uno de los grupos grandes enfrentados, la cual (entre una nube de brazos cruzados en las gradas y algún reproche a comentario dicho sin malicia) trata de poner en común las propuestas que se han dado.

El grupo más grande de los dos grandes quiere un sitio (cómo no) grande, y barato, amén de no llevar a los profesores; además, a un iluminado se le ha ocurrido alquilarlo después para hacer una especie de fiesta con barra libre de garrafón por un precio muy, muy asequible. A sus rivales el sitio les vale, pero nada de alquilarlo después, por llevar la contraria; prefieren no llevar a los profesores, pero ahora dicen que les da igual también por llevar la contraria, así como de paso ganarse la simpatía de “la gritona”. Y es que en el pequeño grupo de los mayores solo habla la más exaltada, la de los párrafos grandes en WhatsApp, que pide ir a un sitio más caro y llevar a los profesores, que por un día no pasa nada, que hay que hacer contactos y que, si no, te cogen manía, mientras que el resto de los de su grupo le siguen la corriente y se miran entre ellos como diciendo “bueno, que haga lo que quiera”. El resto tienen opiniones variadas, pero realmente se la sopla bastante adónde ir o a quién llevar mientras cumplan el trámite, aunque casi mejor si es barato.

Llegado a un punto, votan por las diferentes opciones propuestas. Gana el grande y barato, evidentemente; no habrá alquiler posterior —cada uno de fiesta donde quiera—; irán un par de profesores majos por satisfacer la indignación de la gritona y poco más.

Todos lo asumen y todos refunfuñan por tener ceder en algo, pero la cena ha salido adelante y acaba llevándose a cabo con todos contentos de algún modo.

¿Tan complicado es tener un gobierno en España?

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