Jugar en tiempos modernos

Si bien el pasado jugar era un concepto íntimamente relacionado con la infancia, la realidad actual de los países desarrollados nos presenta el juego como algo universal y para todos los públicos. Este nuevo marco ha generado reacciones de gran controversia entre sectores de la sociedad más conservadora en este aspecto, desde cuyo punto de vista este tipo de actitudes en adultos o ancianos desnaturaliza el comportamiento asociado a cada etapa de la vida del humano.

Hoy analizamos diferentes realidades del juego en la actualidad.

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Cuando jugar era pecado

Yéndome a una de las perspectivas obsoletas del concepto de jugar, juega quien no trabaja, y por tanto —en una sociedad con ratios de desempleo históricos a nivel mundial— a nadie con la citada perspectiva extraña que el juego esté en auge. El tiempo libre se ha caracterizado como principal fuente de espacio para él, y por ello también se ha visto este denostado por la población tradicional mentada en la introducción y primera línea de este párrafo: aquella que presuponía en la presencia de tiempo de ocio haraganería.

El adulto en sociedad clásica, trabajaba, descansaba y se iba a cama: he ahí el concepto que se han empeñado en darnos. Ya fuese la huerta, los animales o cualquier trabajo de 12 horas, una vez la adultez llegaba (de forma, como sabéis, mucho más temprana que a día de hoy), las opciones de jugar pasaban a mejor vida. Disfrutar (que no jugar) era penado por el decoro público; jugar, siendo mayor, un tabú considerado práctica digna de desprecio social en los “omniscientes” sermones dominicales.

“Trabaja. Haz y mantén hijos hasta que puedan trabajar. Duerme para poder repetir al día siguiente”.

“Y que ni se te ocurra hacer de eso un juego”.

El kidult y la adultescencia

Gracias a Dios —valga la gracia (y la redundancia)—, los tiempos cambiaron, dándonos la posibilidad de no regir nuestras vidas por el mandato de personas enmascaradas de deidades en púlpitos, sino por otras cosas más terrenales.

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Es evidente que el dinero no es precisamente el más justo juez de este proceso que es nuestra vida, pero —mientras el estar bien con nosotros mismos estudia oposiciones que de momento no se van a convocar—los billetes defienden al menos la satisfacción personal.

Esta satisfacción personal que el nuevo mundo nos ha dado reside en muchas cosas, desde ver una peli a tener un niño, pasando por un buen libro, leer posts de Osgonso o hacer un viaje a Dubai. Es, por otro lado, interesante ver cómo pocas de ellas combinan el ser eficaces, baratas y rápidas tan bien como lo hace jugar.

De hecho, ninguna de ellas.

Jugar se ha convertido de forma inequívoca en uno de los modos más sencillos de obtener una satisfacción casi instantánea. Sin embargo, y pese a que la posibilidad de jugar es gratuita en la práctica totalidad de los juegos grupales, el juez Dinero ha aliado su marketing con la obsoleta creencia tradicional de que el adulto debe avergonzarse de jugar, para forzarnos al público adulto a que, de hacerlo, lo hagamos individualmente y/o en nuestra soledad, mediante apps, webs o consolas.

Cosas que suelen costar…

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(Este es MC Dinero, por cierto)

El kidult y la adultescencia

En sociedad superdesarrollada, el concepto de familia tradicional yace herido de gravedad, tirado en un rincón del pensamiento de épocas represivas.

Si bien la llamada del reloj biológico suele acabar sonando, últimamente no para de darle al Posponer del despertador, si es que no pasa directamente de llantos nocturnos y pañales de fétida fragancia. Las economías familiares no están para tirar cohetes en la mayoría de hogares con paro o bajos salarios, así como la facilidad para encontrar pareja con la que a uno le apetezca estar años y años pudiendo ir y venir cual péndulo sexual (eso si es que tienes acceso a gente que satisfaga tu sexualidad).

El caso es que todos estos factores han generado dos resultados bastante comunes en nuestra sociedad: mucho tiempo libre (con respecto a otras épocas) y la soledad con dinero.

La falta de grandes responsabilidades económicas familiares como niños, hipotecas o coches tan típicos de las antiguas generaciones de veintilargoañeros han hecho que las modernas solitarias generaciones con temor a la independencia o piso heredado y que disponen de un trabajo de salario y horario medio se encuentren con un panorama económico y de tiempo libre formidable. Esto, sumado al marketing, sumado a los recuerdos de la adolescencia, sumado a las frustraciones de no haber podido comprarse lo que quisiesen durante ella, sumado a que jugar ya no está bajo pena de infierno han llevado a todo una explosión y desarrollo de la tendencia antaño conocida como Síndrome de Peter Pan, para dar lugar a términos adultescencia o kidult (kid+adult).

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Hablamos de adultos que, fuera de las características típicas de su categoría, se divierten con productos antaño destinados al público infantil, así como en casos como el de la citada adultescencia, llegan a tener comportamientos sociales típicos de la época teen, desde lo amoroso a la evasión de responsabilidades.

El principal problema en estos casos suele aparecer a la hora de determinar el límite entre lo patológico y la libertad de la nueva situación, ya que —tal y como ocurre en épocas posteriores a dictaduras— estamos viviendo una etapa de adaptación a las nuevas realidades, tendente a lo diametralmente opuesto a lo anterior hasta que el equilibrio acabe llegando décadas después.

Volviendo a jugar

Más allá de extremos, si algo queda claro es que los adultos de la nueva sociedad estamos volviendo a “aprender a jugar”.

Cuantos más cursos y actividades complementarias para formarme hago, más tengo claro que lo que la mayor parte de gente de a partir de treinta busca en los cursos de tiempo libre no es aprender alfarería, a tapizar un sofá o a pintar un bodegón: es divertirse. Competir riendo. Que les devuelvan ese algo que la falsa adultez clásica les robó en algún momento.

Jugar.

A lo largo de mi vida, el concepto de jugar me ha dado gran parte de lo que a día de hoy soy. Me ha permitido estar en forma, estudiar sin aburrirme, hallar entretenimiento en las cosas más cotidianas y sosas, incluso rendir más en el trabajo en base a jugar con el superarme a mí mismo.

En algún punto, a toda esta gente le quitaron esa posibilidad. A ellos, les dijeron que aprender era hincar los codos. Que ir al trabajo era partirse la espalda por cuatro desgraciados. Que salir a jugar se pronunciaba ir al gimnasio; ir a correr, hacer deporte. Que diversión era ver, escuchar, contemplar, y ya nunca más hacer.

Un día, a mí me dijeron que las personas nos hacemos mayores y que, llegado un punto, tenemos que crecer. Pero nunca, nunca jamás, me han dicho que crecer era dejar de jugar.

Más que nada porque no hay púlpito, dinero o presión social que sea capaz de arrancar del corazón de una persona grande lo que jugar significa.

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¿Hace cuánto que no juegas? ¿Vienes de la generación del no jugar? ¿No? ¿Piensas jugar cuando seas adulto? ¿¿¿Qué haces leyendo esto si no eres adulto???

Comenta, comparte, opina, twittea, facebookea, baila la conga con este post, pero hagas lo que hagas… ¡¡¡JUEGA, LEÑEEEE!!!

¡JUEGA!

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2 comentarios en “Jugar en tiempos modernos

  1. “¿¿¿Qué haces leyendo esto si no eres adulto???” Eso me ha sacado una risotada, yo pensé lo mismo justo antes de leer la pregunta jajajaja xD En lo personal, hace un par de meses tuve que debatir entre comprar una nueva computadora portátil (solo tengo una de escritorio algo vieja) o un play station 4. Al final, ganó la batalla uno de los instintos más primitivos en mi ser, que aunque con el tiempo se ha contenido, jamás ha menguado y espero nunca lo haga: Jugar. Así que ahora sufro en la universidad por no tener una portátil que llevar, pero disfruto todas las noches gritando goles en FIFA 16 :V Más allá de lo suprefluo de mi comentario, el punto es que cierto día visitaron mi casa y preguntaron por la consola, conté la historia y me dijeron: “Vaya, no sabía que tuvieras actitud de niño todavía” y me molesté, pero por el respeto al que me obligaron las circunstancias no dije nada. Me parece increíble lo que dices de que en vista de que uno ya no encuentra más “adultos” que quieran jugar, se termina refugiando en un videojuego, y con suerte termina jugando dicho videojuego con alguien más. Pero claro, es toda una utopía (y se queda corta la palabra) poder escribir en un grupo de whatsapp donde estén tus mejores amigos: Hey, colegas, ¿Les parece si vamos a jugar a la tenta[1] el domingo y luego vamos por unas birras? O para que sea más recreativo e inolvidable, invertir el orden de los eventos.

    [1] No sé como le llamen en tu país, en el mío jugar a la tenta es correr tras los demás participantes hasta tocar a alguien, y luego al que tocaste le toca tener que tocar a alguien más, y así eternamente hasta que suene la campana de fin de recreo, o las madres comiencen a llamar a los niños porque es hora del almuerzo o ya es demasiado tarde. Joder, cómo amaba ese juego.

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    • (El pilla, el pilla, aquí jajajaja)
      Es tremendo cómo nos han obligado a dejar de jugar por el prejuicio social, cuando es evidente que muchos de ellos (en especial los colectivos) invitan al ejercicio físico, a mejorar relaciones, a fomentar el trabajo en grupo tan “defendido” a día de hoy.
      Yo creo que la tendencia a no perder la capacidad de jugar va a ser creciente, y que llegará un punto en el que (aun cuando las responsabilidades nos quiten tiempo) gran parte de la población acabará aprovechando unas horitas a la semana para hacerlo.
      PD: que vivan los juegos de fútbol ;P

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