La rotación de amistades y el menudo imbécil

En la actualidad, la rotura de relaciones de amistad nos parece un hecho de lo más común. Sin embargo, ¿son realmente necesarios estos comportamientos en el caso de relaciones profundas y duraderas? Hoy analizaremos algunos aspectos sobre por qué la gente pasa de ser uña y carne a no hablarse y si realmente esto es necesario.

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Bajar la cabeza suele ser un comportamiento habitual tras estas roturas

Comentaba el otro día con una vieja amiga que, pese a los problemas que había tenido con una común que no me dirige la palabra, yo le guardo mucho cariño por los buenos momentos que por épocas tuvimos. Ella se considera incapaz: por ejemplo, cree que el que alguien la haga sentir mal y no le pidan disculpas supera con creces todos los buenos momentos que hayan pasado.

Visto así, puede parecer una posición extremista, pero lo cierto es que la gente tenemos la mala costumbre de aferrarnos a los problemas para justificar el alejamiento con una persona antaño muy cercana. Si bien con no demasiado próximas —como amiguetes y colegas— el que nos tiremos meses sin vernos o preocuparnos por el otro no supone el mayor problema, cuando quien se aleja es alguien a quien queremos o tenemos muy cerca tendemos, por lo general, a la ruptura de amistad.

Que si reproche por aquí, que si “ya no quedamos nada”, que si “está cambiadísimo”. Normal: de veros todos los santos días y evolucionar juntos por el compartir situaciones y aficiones, habéis pasado a vivirlas con otros y en otros lugares, y a comprobar el estado de tu antiguo amigo con una periodicidad harto mayor. ¡Cómo narices no va a estar diferente!

La gente, aunque nos empeñemos en decir que somos fieles a nosotros y siempre hemos sido los mismos, vamos creciendo y cambiando y mutando y experimentando nuevas sensaciones en cada paso de nuestra vida. Y, si no queremos verlo, solo tenemos que mirar una foto de hace años o nuestros pasatiempos de no hace tanto y compararlos sin venirnos con cuentos de vendas en los ojos.

Miley Cyrus antes y después (y un tipo que le pone la mano en el hombro)

Más allá de ello, es un tema muy interesante el ver a qué se debe el que vayamos perdiendo amigos con el paso del tiempo.

Y a esto no es difícil llegar si empezamos por ver ejemplos de a qué se debe que los ganemos. Las razones son tantas que me voy a quedar con solo unas cuantas, a lo brainstorming:

  • Nuevas aficiones. Cuando empezamos una nueva afición, solemos conocer a personas nuevas, y el compartir experiencias en ella suele derivar en la opción a tener nuevas amistades.
  • Nuevo ambiente laboral. Del mismo modo, cuando empezamos en un nuevo puesto de trabajo, compartimos muchas horas con nueva gente con la que, ¿por qué no?, podemos irnos a tomar un café al salir.
  • De fiesta. La salida la otra noche a la discoteca o el karaoke ha hecho que conozcas a un grupito de chicas muy majas con las que ahora sales de vez en cuando.
  • Que nos presenten. Un colega se trae a su nueva novia o a la que conoció en cualquiera de las anteriores situaciones u otras, o a su primo del País Vasco, y cualquiera de los dos que sea (novia o primo) se trae a una amiga para no sentir la presión de entrar en un grupo formado en soledad.

Vamos, que no va a ser por opciones de introducir nuevas piezas a tu círculo de amistades, de las que —pongamos una al año, o a los dos— salga un buen amigo.

Así pues, echando cuentas, una persona de 25 años debería haber ganado, en los últimos diez, unos siete u ocho amiguísimos. Visto esto, ¿es tan difícil entender que haya una cierta rotación de amistades? Estar diez años de vida con una persona y que en cada una de las etapas de esta —afectada por el resto de amistades, su situación en el hogar, estudios, trabajo y demás— se esté bien es muy poco usual. Prácticamente habría que encontrar a alguien que te complemente en personalidad y eliminar gran parte de las opciones de estímulos no comunes, por ejemplo, hablando un montón a diario.

Esto, con una persona, es factible —de hecho, es una de las bases fundamentales de la mayor parte de matrimonios estables de la actualidad—; con tres, cinco, diez amistades profundas que hayas hecho a lo largo de tu vida, es imposible. Por pura falta de tiempo.

Se podría tirar de cosas como un grupo de WhatsApp en el que todo contasen todo de todos y no hubiese rencillas, pero claro, no estamos en la casa de la gominola en la calle de la piruleta ¬¬

Con todo lo hablado, parece bastante claro que en la sociedad de la falta de tiempo la mayor parte de las relaciones de amistad dependiente —estas en las que tienes que estar ahí porque de no estarlo hay discusiones— están abocadas a la desaparición o a la reducción de categoría a conocidos.

Sin embargo, siendo gente importante para nosotros, ¿por qué se tiende tanto a dejar de hablarse?

Las razones son variopintas, y analizables en cada caso, pero veamos algunas probables:

  • Principios animales de pertenencia. Esa idea de que el grupo es inmutable y el que no está en él es el enemigo. Esa conciencia de que la pérdida del statu quo de mejor amigo o amiguísimo ha de ser castigada con el destierro. Bienvenidos al paleolítico.
  • El miedo a lo que sabe. “Fijo que le cuenta todo a sus nuevos amigos. ¡Sabe ¡Lo que les habrá contado ya!” Si bien es cierto que por generar pertenencia en grupo nuevo, el humano mediocre tiende a la rajada del que le cae mal a ese grupo (por ejemplo, los miembros del anterior, que le hacen la competencia en cuanto a tiempo dedicado), a mi entender, una persona que deja caer dañinos secretos de amistad por presión social me parece escoria. En general, alguien maduro no tiene esos comportamientos.
  • Ya no se encaja. Tal vez era una persona maravillosa para salir de fiesta, pero ahora que con 40 años hemos sentado cabeza y ya no salimos más que para tomar algo y charlar, pues no nos aportamos nada, y es mejor verse menos. Ahora bien… ¿hay que dejar de hablarse por ello? ¿Fingir que no has visto las fotos de que es su cumpleaños? Por favor…
  • Apartarse de la persona querida porque te hace daño verla cambiada. La pupa. Qué mal lleva el cambio la sociedad: antes se prefiere no ver a tu antiguo mejor amigo más que verlo distinto, cual si fuese negarse a escuchar los últimos discos de tu cantante favorito porque ya no es lo mismo. Este daño es muy complicado de afrontar, porque es también ampliable al estar triste por cómo acabó, cuando tanto lo querías. Esto, afecta a esos puntos de culpa, injusticia e impotencia que el humano tan bien se empeña en ocultarse a sí mismo a través de desprecio, odio y falsas justificaciones en las que es no mejor pensar para no verlas desmoronadas cual castillos de arena.

Castillo de arena y redundancia

Si bien espero que cada uno elija la suya propia —más grande y más fuerte—, la conclusión básica a la que quiero hacer llegar con este artículo es que la rotación de amistades, su ganancia y pérdida, es una realidad incontestable en la sociedad de la falta de tiempo.

Al menos con las principales y salvo casos extremos, van rotando, eso es triste realidad: no puedes dedicarles horas y atención plena a todos tus amigos, y eso se suma a las condiciones personales para derivar en cambios de situación y alejamientos inevitables.

Lo que no lo es, es el tener que excusarnos en el primer entuerto para justificar la completa pérdida de una amistad, amparándonos en un orgullo postizo cuando los motivos son otros, mucho más humanos y subsanables.

No es necesario destrozarse mutuamente hasta el odio para poder alejarse de alguien a quien quieres, y —por supuesto— no hay que ignorar todos los buenos episodios pasados, todas las risas, todos nuestros 17 o 24 solo porque ya no estemos juntos.

Tenemos que empezar a entender que el mundo es muy grande y el tiempo es muy largo. Que quizás nunca volvamos a poder sonreír con una persona, pero, si no nos lo permitimos, quizá jamás podamos recuperar una amistad cuyo momento puede volver más fuerte incluso que antes, por habernos encontrado antes de tiempo. Tenemos que darnos cuenta de que a veces, cuando hemos perdido a alguien, ha sido por poder crecer como personas. Eso no debe ser motivo de enfado, odio, desprecio y toda esa basura, sino de recordar que —si dolió perderlos— fue porque, una vez, con ellos también crecimos y fuimos felices.

Sí, tenemos que entender que aunque esto gire, salvo unos cuantos, aquí seguimos estando los mismos. Y más vale alegrarse al ver a alguien que torcer la cara pensando que menudo imbécil.

Más que nada, porque —en parte— te lo dices a ti.

___________________________________

¿Alguna vez ha perdido a alguien sin sentido alguno? ¿Tienes que bajar la cabeza ante personas a las que has querido y aún aprecias mucho? ¿Quieres darle a alguien en la cara por haber hecho algo de esto? ¿Crees que la imagen del castillo de arena no era realmente necesaria?

Comenta, comparte, twitea, mándala al Facebook, lo que sea, ¡pero tú dale!

Y gracias por leer 😉

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3 comentarios en “La rotación de amistades y el menudo imbécil

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

  2. La sociedad de la falta de tiempo, coincido al cien por ciento contigo. A mi me pasó algo muy marcado en mi corta vida, y fue cuando pasé del décimo grado (tercero básico le decimos en mi país) a la educación media (diversificado, en mi país) y es que básicamente, mi #DreamTeam (Entiéndase el grupo de amigos que más aprecio, cuyo número nunca ha sido superior a cinco) se cambió por completo, fui reemplazando uno a uno a cada miembro debido a la falta de contacto. Con un par aún compartimos algunas llamadas o conversaciones por chat al año, y me he dado cuenta de que a veces por mucho que uno intente hacer conversación, las cosas no salen. Ya no sabemos nada el uno del otro, y es como hablar con un simple conocido. Es triste, pero pienso que es también parte de la vida. Además, los errores se cometen una sola vez, si llegan a incidir ya no son errores, sino elecciones. Así que la próxima vez que pierda contacto con un buen amigo, será mi decisión. Con eso en mente, espero que el #DreamTeam se llene lo suficiente como para inscribir un equipo de fútbol once en algún campeonato, ¡Joder!, que no puedo morirme sin ganar un campeonato de fútbol.

    Saludos 🙂

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