Las lágrimas perdidas del niño que no dejaba de llorar

Hacía mucho que no lloraba.

Supongo que el tiempo nos endurece como costras que acaban cayendo, haciéndose recuerdos de los que se quedan para barrerlas.

El paso de los años en la pared de mi cocina me ha cambiado más de lo que nunca hubiésemos pensado. Ni yo, ni nadie, ni tú si me hubieses visto.

No tengo apenas recuerdos de mi infancia. Vivo demasiado cada palabra como para recordar mi historia más lejana. Pero sí recuerdo que mi sueño para cuando fuese adulto era tener una empresa exitosa con mucha gente debajo y ganar mucho dinero para tener felices a mi amada mujer e hijos. Incluso el dibujo de mi casa con lápices de colores como emblema de ello.

De aquellas sí que lloraba una barbaridad. De hecho, es posible (no) que ahora nada me haga hacerlo por la cantidad de Mares Muertos llenados en aquella época. ¿Tal vez fueron todas aquellas lágrimas las que se llevaron mi conservador plan de vida?

No sé de dónde viene el cambio. No sé por qué ya nada me hace llorar cuando antes vivía de ello. Quizás un día descubrí que la tristeza era la sangre de la desgracia, y supe desangrarme para acabar con ella.

Fuese como fuese, un día salí de ese infierno mojado en el que de pequeño me caí solo. Y lo que encontré en mis espejos ya no se parecía en nada al pozo.

Ya no había mansiones dibujadas con papel de colores en mi mente. Ya no mujeres florero. Ya no soledades insoportables.

Pero tampoco caras bañadas.

Ya no lloraba ni en las tristezas más grandes. La emoción era sonrisa. La tristeza, aceptación y seguir adelante. La frustración, “hay que seguir intentándolo”.

A veces, pienso en las nubes tras el soleado sueño en el que me he convertido. Pienso en si ya no volveré a llorar por alguien que ya no está.

Tras meses de no mojarme las pestañas en sal, la última vez que había llorado (hace siglos para mí y hoy se cumplen solo dos meses) fue realmente algo poco común: una noche de mantas y móvil apagado en la que, repasando mi vida, me encontré mirando al niño a los ojos, con sus lágrimas saliendo de los míos por no haber sido capaz de hacernos justicia a ambos. Pero ese no es el llanto al que yo me refiero: no es el mío. Es el llanto de cualquier persona que vea cómo se le mueren los sueños entre las manos pese a haber intentado dar lo mejor de uno, ¡cualquiera lloraría eso! De hecho, sé que en realidad el mundo fue quien lloró por nosotros y sus lágrimas las que me rebosaron los párpados. No, ni siquiera se me torció el rostro, solo notaba su tristeza caer hacia la almohada. Esa vez no lloré yo.

Y quizás por eso, a veces, me pregunto qué será de la parte buena del chico aquel. Del que se emocionaba de verdad con cualquier pequeño detalle que ahora no ve empañado tras el agua saliendo.

A veces, me preguntaba si dejar de llorar es el precio que debo pagar por ser feliz.

 

Pensando en las lágrimas de hace unas horas —siendo feliz y mías, solo mías, escuchando una canción para los demás normal—, sé ahora que por la felicidad no se paga.

Se trabaja. Se lucha más o menos por ella.

Pero la felicidad no tiene precio. Ni mucho menos en lágrimas.

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Un comentario en “Las lágrimas perdidas del niño que no dejaba de llorar

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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