Máscaras de graduaciones con tortilla de patatas

Nunca me gradué en el instituto. Es decir, conseguí la educación obligatoria, me saqué el bachillerato, pero nunca me hicieron una graduación, ni entonces ni después. Supongo que de aquellas aún no se había puesto de moda.

Esta semana, y con años de retraso, he acudido por fin a mis dos primeras graduaciones de instituto.

Dado que me parece inapropiado colgar fotos de ellas, ¡de aleatorias que van!

La de ayer fue la graduación de la elegancia. Teniendo que graduar a 140 alumnos y no queriendo hacer explotar su salón de actos como en anteriores ediciones, el antiguo instituto de alguno de mis mejores amigos trasladó su ceremonia a una de las aulas magnas más espaciosas de la cercana universidad. El espectáculo era tremendo: el espacio para cuatrocientas personas sentadas a rebosar de gente de pie, exalumno invitado, discursitos varios, matrículas y menciones de honor como churros, gracias de calidad intermitente.

Y tanta hipocresía que me siento asqueado.

Vamos a ver, yo entiendo que decir lo que la gente quiere escuchar en actos en los que seiscientas personas escuchan es algo a lo que el instinto humano nos conduce. Pero el que una persona que durante las clases ha menospreciado constantemente y con testigos a un alumno salga dando las gracias a los alumnos por hacerle “mejor persona” a mí me parece un insulto. Que otro que se dedica a tildar de retrasado al alumnado venga con que “son un grupo maravilloso”, de vómito. La, aunque metafórica, auténtica felación por parte del alumnado a gente que han criticado como cotorras, un claro ejemplo de que la educación que agradecen haber recibido no les ha enseñado a ser honestos o decir lo que piensan.

La de ayer, insisto, fue la graduación de la elegancia. Qué lástima que la preciosa tortilla española de los pinchos llevase más pan que huevo.

La de hace dos días, fue una graduación austera.

Hacía ocho años que no pasaba del hall de mi antiguo instituto, al que subo cada vez que tengo que votar. Los globos por todo el suelo del amplio recibidor, los vestidos y trajes y la hora de los relojes seguramente fuesen el único indicio de que algo se cocía. El salón de actos para doscientos no se llenó. En mi instituto no entienden de cambiar los altavoces, que siguen sin funcionar 8 años después, ni de tecnologías más allá de hacer que sea la presentadora la que tenga que poner el Powerpoint. No entienden de exalumnos invitados (no, no fui para dar un discurso), ni de aparecer en el periódico, ni de ser grabados, ni de ir al típico lugar cultural a cenar una vez acabado.

Ellos son más de repartir como si no hubiese un mañana.

Y así, fui presente de cómo mis viejos profesores —acabados, mayores, rasgados, comidos por un tiempo que no hace justicia a mi recuerdo— eran apaleados por vídeos de 4 minutos imitándoles, constantes paseos al escenario a recibir trofeos al demérito y chistes sobre sus calvas o sus fracasos juveniles.

La del otro día, fue la graduación del desprecio. El desprecio por el público, a cuya asistencia no se hizo referencia alguna; al que se le hizo estar dos horas y media sentado sin escuchar bien la mitad de veces, tragarse un extracto de una obra de teatro con actores con papeles cambiados para publicitarla. El desprecio al alumnado mismo. Las fotos de bebé que no coincidían, el que en mitad de las actuaciones de alumnos al piano o la guitarra la gente se ponga de cháchara.

Al menos, la tortilla de patata fue sincera con nosotros. Y, por haber, había hasta salmón ahumado.

Yo tuve dos graduaciones. La de mi carrera, convencional y grande; la de mi máster, íntima y funcional. Apenas las recuerdo, tal vez debería, se supone que es algo especial que todo titulado debería llevar dentro. Estoy seguro de que las dos que he vivido en los dos últimos días, sus protagonistas, no las olvidarán.

Entre la hipocresía y el desprecio no puedo elegir ni elijo, pero… ¿qué hemos hecho mal para sufrir estos extremos?

Tal vez fueron los profesores, que no supieron ser empáticos con los alumnos. Tal vez fueron los alumnos, que no supieron ver los límites de sus maestros. Quizás fue la Administración, que hizo que no dispusiesen de medios para llevarlo a cabo; quizás fue el no haber visto la paja en el ojo a pesar de verla en ajenos.

El caso es que, tras todos esos diplomas, menciones y matrículas, todos (o casi) no aprendieron algo. Y no hace falta tener un acto de graduación para verlo.

Por fortuna, los protas del acto suelen ser felices por un rato. Eso es lo que cuenta =)

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¿Y tú que te cuentas de tu acto de graduación? ¿Qué recuerdas? ¿No te has graduado aún? ¿Lo esperas con ganas?

¡Comenta! ¡Comparte! ¡Recuerda!

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Un comentario en “Máscaras de graduaciones con tortilla de patatas

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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