Amor de verano (o algo parecido)

Esto va por ti, que das nombre al amor de verano.

Te amé más que a nadie, no hubo Preciosa que me hiciese sentir lo que por ti sentí. Eso es mucho, ya lo sabes; llámalo infinito si quieres ser justo con ellas.

Cada año hay un día, durante la primavera, en que salgo a la calle sin chaqueta y la piel de las chicas brilla al sol, lejos de capas de más o menos hermosa ropa de invierno que ojalá nunca hubiese existido. Yo sé que es tu carta para avisar de que ya llegas; yo sonrío, qué le quieres. Cuando al fin entras por mi televisor —que sé que no volveré a ver más hasta que te vayas—, voy a recogerte a mis amadas piscinas de Monterrey y, con las briznas de hierba y los pinchos de las narices en los pies (qué paradoja), te abrazo sobre mi toalla, esparciéndote por mi piel en forma de crema solar de Nivea.

Y entonces soy feliz.

Cuando era joven, te traías contigo a los de Suiza y País Vasco; por vosotros estudiaba y fui buen alumno, y a ti he de agradecer cada halago a mis notas y cada septiembre al que no acudí. Hoy, me traes a aquellos que durante el año están cerca lejos, por responsabilidades y presiones que solo tu sol sabe secar a la orilla del mundo real.

Algún día entenderé qué tienen sus rayos para desenmascarar tanto contento falso; algún día, seré parte de tu cielo azul y nos dedicaremos a desterrar nubes de compromisos inventados. Hasta entonces, durante tus meses de paraíso tan cíclico como efímero, seguiré aprovechando el que tras las mañanas de trabajo que no se considera trabajo lleguen las únicas tardes que merecen ser consideradas tardes.

Podré dejar de salir solo a la calle para ir hacia algún lado en el que sentarme o no a hablar con quien entonces existe. Podré arder en los cuarenta y pico grados del coche al sol y sonreír, porque sé que el agua espera tras aparcar. Podré hacer cenas con los mejores en las que chocolates quemados nos sepan a… chocolate quemado, ¡pero nos dé igual! Podré salir con el resto y sentirme bien a la vuelta a casa, doliéndome los pies sin necesidad de Enrique Iglesias: es el calzado. Podremos ir a lugares a los que nunca hemos ido, sin un duro. Porque la felicidad en verano es barata si sabes que el mejor Ibiza es el coche de tu colega cuando vamos todos, a ritmo de canciones que nunca serán del ayer.

Y es por eso que cuando, al final de una cadena de buenas felicidades, me encuentro ante la hoja en blanco viendo a mi gato tumbado a la sombra, con las toallas a secar sobre su cabeza y el canario cantando allí arriba, me doy cuenta de que tengo que decírtelo. Porque todo agradecimiento a ti es poco, porque todos los poemas al estío se te quedan cortos ante la felicidad que solo tú puedes dar.

Así que gracias por todo, amor mío: no dejaré que ninguno de tus días pase en vano.

No, Verano.

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2 comentarios en “Amor de verano (o algo parecido)

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  2. Pingback: El mundo tras el cristal del volver a empezar | oscargonzalezsoto

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