In albis

Una vez terminado el VI Concurso de Relatos de Sttorybox (hace un siglo, dicho sea: queda una semana para el fallo del VII), posteo aquí también mi relato participante en él, dado que ya queda como publicado en la red y pierde su característica de inédito a la hora de poder usarlo en otros concursos.

Se trata de In albis, controvertida y exagerada crítica al egoísmo, la política de lo que queremos escuchar y la sociedad del odio a todo.

en blanco

Miró a aquel extraño hombre a los ojos y, sin muchas dudas, firmó el papel.
Se trataba de un A4 estándar, ligeramente más gordo de lo normal. Un día muy distinto, en una realidad suya muy distinta, le habían dicho cómo se conocía a este tipo de folios. Que, aunque algo más caros, en los currículums daban «otra presencia». De aquellas y en este Ahora falso, pues ya es pasado, pensó que lo que de verdad importaba era el contenido. En el aula, porque creía que nadie contrataría a otro por el grosor del documento, sino por lo en él escrito. Frente al extraño hombre al que volvía a clavar la mirada, porque en la hoja que acababa de rubricar sobre la palabra Firma y la fecha no había más que un enorme espacio en blanco.

Corre hoy en día el rumor de que no quedan políticos limpios. Nuestro protagonista sabía que esto no es más que una exageración. Sin embargo y por desgracia para la realidad, su figura es de las que contribuye a la expansión de esta idea.
Ante sus espejos cada día más grandes, no se consideraba un político. Simplemente, era un oportunista con ambición y lengua. Tiempo atrás, no habría meditado ni por un momento lo de entrar en campos de este estilo. No obstante, consideraba absurdo no aprovechar la inestabilidad en torno a la gran crisis europea de principios del XXI. Más aún en su situación de estable desempleo.
A base de labia, redes sociales, contactos y —cómo no— esfuerzo, dos años después era el líder de un partido de nueva formación y de crecimiento imparable. Dado que era de mentalidad abierta y viendo la fuerte competencia de progresistas, había aprovechado lo peor de la gente para crear un partido entre lo LePeniano y lo Trumpero. Más allá de derechas o izquierdas, de «ultradesprecio».
Su gran concepto de la debilidad humana —del miedo, del echar la culpa a lo diferente, del decir ser todos únicos pero pensar lo mismo— lo había llevado a generar tras él un público de intolerantes bajo el mantra de «hay que dejar de fingir y decir lo que de verdad piensas». Había culpado a la inmigración de gran parte de los males de desempleo; había aprovechado los excesos del ultrafeminismo antihombres para justificar ataques al feminismo más puro e igualitario; había devuelto a cierta gente el terror a presenciar tendencias sexuales fuera de lo hetero, y todo ello lo había aderezado con numerosas promesas de medidas sociales para las «personas de bien».
Las inacabables críticas en sus apariciones sociales eran solventadas con una perfecta mezcla entre victimismo y chulería, así como en diferentes medios encaraban a las posturas contra su grupo con un fuerte movimiento de defensores del ser natural y no defender las cosas solo porque sea lo políticamente correcto o lo que está bien.
«Lo que está bien es algo que se nos ha enseñado —había pronunciado en uno de sus discursos más valorados—, pero ¿por qué ellos tienen que tener razón? La única razón que yo entiendo es la que mi corazón me pide que entienda. Y a latir no me ha enseñado nadie. Porque NADIE tiene derecho a decirme cómo me debo sentir o qué tiene que ser para mí lo malo o lo bueno.»
Había visto las suficientes charlas de motivación para saber qué decir en cada momento. Era un orador populista y antipopulista a la vez. Una máquina comunicacional con capacidad para levantar un partido racista, homófobo y medieval con la simple idea de decir a su público objetivo lo que su naturaleza más animal quería escuchar, y así poder justificar sus actos.
Todos ellos para alcanzar un propósito. Un único propósito.
Por el que acababa de firmar un contrato en blanco.

Mientras él empuñaba el maletín del suelo a su izquierda, el extraño hombre enfrente lo seguía mirando con odio atroz.
Se trataba de otros de los candidatos a la presidencia, otro de los partidos de nueva formación. Tal y como nuestro protagonista había llevado adelante su campaña a base de incorrección política, el cuarentón de enfrente —vestido de forma informal, con su característico pendiente y su blanca dentadura— la había basado precisamente en lo opuesto. Había centrado su discurso en el progreso, en los fracasos de los partidos antiguos, a base también de una constante aparición en medios de gran público, un eficiente uso de las redes sociales y, cómo no, un odio acérrimo a la formación cuyo trajeado líder tenía delante, en un lugar sin ventanas, con solo una mesa, sendos secretarios a sus espaldas, un notario y poco más, esperando a que el otro le extendiese su respectivo papel, ahora fuera del maletín.
El más joven examinó las condiciones del formulario una vez más antes de pasárselo a su rival de campaña. Según los puntos, el líder del partido homófobo sería nombrado futuro presidente del gobierno de su país. La asignación salarial para este puesto sería triplicada, así como los pagos una vez retirado de su cargo y disponiendo además el llevar adelante un decreto no revocable por el que no tendría por qué pagar ningún tipo de impuesto por el resto de su vida. El partido rival se comprometía a no hacer ningún comentario ofensivo o susceptible de serlo contra su persona durante toda la legislatura. Y, por último, a que ningún otro documento firmado en esa misma fecha pudiese revocar ese contrato.
El líder progresista no pudo evitar torcer el gesto leyendo las condiciones. No podía imaginar estar ante alguien con semejante nivel de egoísmo delante. Ni una sola de las medidas a pactar defendía a sus votantes o a su partido: solo a él mismo. No podía aceptar trato semejante, iba contra cualquier idea de democracia.
Sin embargo, al otro lado de la mesa, a centímetros de la mano del desgraciado más grande que había conocido, había una carta blanca para ellos. Sumando los escaños de su partido con los escasos del contrincante, tendrían mayoría absoluta sobre los demás, y —bien rellenado— su partido podría gobernar el país como a ellos les viniera en gana, salvo por tener que aguantar a un presidente sin ningún tipo de poder real.
Toqueteándose el arillo en su oreja, no podía creer el valor que tenía el chaval enfrente. Estaba dándole a su enemigo la oportunidad de hacerle quedar como un traidor ante millones de personas que habían confiado en su programa. En fin: no era su problema.
Firmó el papel, se lo devolvió al otro y este hizo lo mismo al lado, pasándole después una de las copias debajo, con papel de calco, para que cada uno tuviese un ejemplar. Con él, le entregó también el contrato limpio, pidiéndole con una sonrisa que le mandase también una copia una vez cubierto. El cuarentón, tendiéndole los papeles a su secretario, no pudo evitar gruñir ante su arrogancia.
Ni siquiera se dieron la mano.

Cinco minutos después, el pendiente del futuro líder de gobierno en la sombra brillaba ante una enorme cantidad de flashes. Postergando las consecuencias, insistió en que los detalles del acuerdo se irían conociendo con el paso de los días, con la transparencia que su partido siempre había defendido.
Sin más dilación, se dirigió con los documentos a la urgente asamblea de partido. Allí debatirían durante horas con qué contenido rellenar el espacio en blanco.
Entrando en el edificio entre nuevos flashes, recibió felicitaciones de diferentes miembros de su formación con contento. Tras alcanzar el primer piso, accedió a la sala de reuniones envuelto en aplausos y sonrió.
Lo primero que le pidieron, cómo no, fueron los dos contratos. Azorado, alcanzó en el portapapeles la copia del formulario con las concesiones realizadas y la entregó pidiendo disculpas por ello, insistiendo en que el otro documento iba a ser suficiente pago. Buscó pues, entre el resto de folios blancos de grosor ligeramente superior, aquel con la firma. No encontrándolo de primeras, vació la carpeta sobre la amplia mesa y, desesperado, dio la vuelta a cada uno de los folios en busca de aquel impregnado de tinta y codicia.
Pero no dio con él.
Airado, preguntó por su secretario, por el maldito becario que había consentido que lo sustituyese por enfermedad esta semana, recibiendo el aplauso de la prensa por su actitud integradora con los más jóvenes.
Pero, del chaval al fondo de la imagen de la firma, no había ni rastro.

Mientras el caos se extendía por el edificio del partido progresista, su líder rival esperaba con ansia la llegada de su infiltrado.
Más allá de un comunicador excepcional, el en blanco firmante era un seductor excelso. Sin mayor dificultad, había conseguido que el atractivo huérfano hubiese puesto su cuerpo a disposición de sus fantasías más prohibidas, para luego dejarlo enganchado hasta las trancas. Hasta el punto de convencerlo para su arriesgada jugada maestra.
Habiendo comprado al abogado para fingir una enfermedad, consiguió colar al talentoso joven en aras de sustraer y eliminar el contrato en blanco en cuanto este se firmase. Como resultado, tendría una declaración del líder de su mayor rival en la que se comprometía a llevar a cabo múltiples medidas opuestas a su defendida política sin nada a cambio. Una herramienta de lo más usable.
Ahora, solo le quedaba esperar a que el chaval llegase a su nido de amor para darle su pactada nueva identidad, su dineral, su más que seguro polvo de agradecimiento y la reiteración de la promesa de que tras la legislatura —que pintaba corta— se reuniría con él.
Sin embargo, el chico nunca llegó.

Hoy, las noticias abren con el asesinato del presidente del Gobierno a manos de un miembro de su propio partido.
El motivo parece evidente: la llegada a manos de la prensa de una declaración en favor de los derechos de los homosexuales firmada por el ahora fallecido político, así como un vídeo sexual explícito en el que mantenía relaciones sexuales con un joven estudiante de Secretaría que podría ser menor en el momento de la grabación.
El propio autor de los disparos ha declarado, mientras abandonaba el hemiciclo, que había hecho lo que su corazón le había pedido: acabar con el mayor hipócrita de la Historia reciente; un modelo de esperanza para la sinceridad de sentimientos vuelto en realidad un majadero invertido.
Si bien tanto el país como la opinión internacional se encuentran conmocionados ante el hecho, muchos se preguntan ahora quién dirigirá la cámara de representantes. Mientras que los partidos políticos clásicos insisten en la necesidad de unas nuevas elecciones, tras el escándalo del partido de nueva formación **** por el pacto de su líder para convertir en presidente al difunto **** lo más probable es que el gobierno quede temporalmente en manos de su segundo de a bordo, el reconocido neonazi ****.

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Un comentario en “In albis

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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