Cuando el problema perfecto chocó con el humano desesperado

Qué complicado es cuando te enfrentas a un problema inafrontable y a la vez ineludible.

Cualquier persona con la que alguna vez haya hablado del tema sabe muy bien cuál es mi principal consejo a la hora de afrontar tristezas o calamidades irresolubles: la distracción.

No pudiendo plantar cara al monstruo de tú a tú por tener él más brazos y piernas —y también nubes, truenos, avisperos y falta de humanidad—, la mejor alternativa es dedicarse a hacer cosas que aparten de tu mente el asunto.

“No hay mayor desprecio que no dar aprecio”, dicen algunos, y lo cierto es que es bastante aplicable al tema problemas: si no es “atacable”, si no puedes enfrentarlo (subrayo), apartar el problema de tu mente es la solución óptima habitual, ya que la práctica totalidad de ellos tienden a remitir con el tiempo.

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Hacer deporte o empezar una serie nueva -como puede ser Black Mirror, que vuelve en nada y dios qué ganas vale ya me callo-, puede venir muy bien para capear el temporal mientras no pasa; pero ojo, solo si el problema no es determinante o fácilmente resoluble. Haz el favor de bajar al súper a comprar comida y apártate de esa amiga que te tiene amargada

Enfrentarse a lo ineludible es un caso aparte.

Muy de vez en cuando hay problemas que no podemos solucionar ni obviar, pues no somos más que metafóricos Simbas sin Mufasas en medio de una estampida de sentimientos hechos ñus.

¿Cuál suele ser la habitual solución humana? Contar los problemas a otros.

No digo que no sea una alternativa viable—especialmente cuando son problemas comunes, existe una solución obvia, necesitas un empujón o tus amigos son bastante más sabios que tú—, pero en general, tratar un problema inarreglable e ineludible con un amigo puede, y suele, tener idéntica eficacia que pegarse un tiro en el pie.

Los problemas inatacables son como caca. Caca pegaj- y olorosa. Cuando se nos estropea la cisterna y no podemos deshacernos de ella, podemos asumirlo o cerrar la puerta e ignorarla hasta que no nos quede más remedio que volver o llamar a alguien para que nos las arregle. Pero si nuestros amigos no son buenos fontaneros para este tipo de atasco en particular, lo más probable es que acabemos llenando del santo aroma de nuestro retrete toda la casa, ya que no solo estaremos rayados con i griega, sino que tendremos a gente que no puede ayudarnos paseando por ella oliendo a mierda —para poco espabilados, aunque dudo que aquí los haya, recordándonos el tema insistentemente—.

rallar o rayarse

Mi agradecimiento a Nana Moscurry y la Fundeu por resolverme tan rallante duda

Parece claro que el problema del retrete tiene su solución llamando a un especialista, pero creo que todos nosotros conocemos casos, como este mismo, en los que es incómodo tirar de un tipo con conocimientos técnicos. De hecho, pienso que los mismos todos nosotros tenemos alguna experiencia en la que la persona que domina el tema no se explica un problema y, a base de tener que sufrirlo y no aguantar más, nuestra mente parece entrar en la nave de los de Matrix, enchufarse un pincho en la cabeza, aprender una FP en un minuto y resolverlo en un instante.

Esto, se debe a que el ser humano tiene una asombrosa habilidad para superar sus límites cuando el problema lo acorrala.

Esta es, a mi ver, la principal alternativa a la hora de enfrentarse al problema a la vez irresoluble e inevitable: tirar de la “omnipotencia” que nos da la no escapatoria.

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La parte instintiva suele funcionar bien en casos extremos. Desde lo físico, con el típico subidón de adrenalina que nos vuelve levantadores de peso, a lo mental, que hace que Homer tumbe rinocerontes a base de lo que parecen ser palomitas. Pero… ¿cómo hacemos con lo conceptual?

¿Cómo hacemos para afrontar un problema de nuevo milenio? ¿Uno de esos que el cuerpo no detecta como tal y no podemos resolver con la violencia o la comida?

A día de hoy, pensamos. Mucho. Nos rayamos. Nos lamentamos. Nos compadecemos. Analizamos una y otra vez lo pasado y vemos las mil formas de haberlo hecho de otra manera que no hemos llevado adelante ni lo podremos llevarlo más. Por otro lado, le contamos nuestra situación a otra gente para que ellos nos analicen y den su opinión, nos digan qué harían. Pero lo que nunca hacemos es unir lo mejor de uno y otro.

Nunca vemos nuestra situación actual, nos paramos a analizarla y damos nuestra opinión.

Nunca nos escuchamos a nosotros mismos.

Cuando funciona maravillosamente, por no decir otra cosa…

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Ya está, ya lo he disho

Funciona de puta madre porque el mayor experto en solucionar nuestros problemas somos nosotros entre la espada y la pared. Nosotros que conocemos de cabo a rabo el mundo en nuestra cabeza, nuestros valores, nuestra realidad, nuestra situación, fronteras y pasados mejor que nadie.

Y hay mil formas de escuchar y opinar sobre uno mismo. Aunque yo solo me acuerde de ella cuando estoy al extremo, tengo bastante clara la que me funciona, por mi deformación profesional: escribir mi situación en tercera persona, como un personaje más. Me permite ver las cosas muy bien. Hay a quien le gusta el modelo diario, escribir lo que siente y luego releerlo. Para otros, será más fácil hablar solo o ante una grabadora de móvil y luego analizarlo, parando cuando haga falta. Cada uno tendrá su modo favorito.

Y sí es verdad que es complicado. Sí es verdad que abrirse a uno mismo —sobre todo al tratar un problema de calibre— a veces rompe, y te encuentras débil, y cayendo y demás.

Pero la realidad es que, cuando de veras un mundo que no se va a levantar solo te aplasta, resistir su peso hasta que el corazón te salga por los lacrimales no te va servir de mucho. Y en este caso tampoco lo va a hacer mirar para otro lado, ni caer en el victimismo ante otros, ni mucho menos taparlo con violencias y alcoholes que pertenecen a otra época. No.

Los problemas sin solución pueden ser invencibles. Pero cuando de veras no tenemos escapatoria, las personas podemos ser todopoderosas.

¿Os suena lo de la fuerza irresistible y el objeto inamovible?

Pues a ver quién gana.

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Diría lo de comentar, compartir y tal, pero bueno, gracias por estar. Es mucho.

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Un comentario en “Cuando el problema perfecto chocó con el humano desesperado

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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