El mal funcionamiento de lo penal (1): El castigo inadecuado y la reinserción injusta

Tenía esta semana una productiva conversación con mi mejor amigo, en la que analizábamos una interesante puesta en común de ideas que había tenido con un colega.

Este último comentaba —con mucha menos palabrería y eufemística que yo— que el habitual castigo de prisión era un desatino, poniendo como alternativa la tortura variada.

ojos como platos naranja mecanica wtf

(inciso)

Si bien a la mayor parte de los criados en este curioso paradigma llamado Derechos Humanos este tipo de ideas nos pueden resultar medievales, lo cierto es que aún mucha gente tiene un sentido del castigo penal muy distinto al característico de las principales sociedades desarrolladas: la prisión.

Y es que la falta de libertad no acaba de ser considerada un castigo en condiciones. Quizás porque nuestro modelo de castigo no tiene nada que ver con que “nos manden a nuestra habitación”.

Castigando a niños grandes

Desde hace un tiempo, se abre en mí la sensación de que lo que una persona considera un castigo se crea en la infancia, y a partir de lo aprendido lo exportamos a lo adulto.

Pensemos en los habituales castigos infantiles y juveniles.

“Te quedas sin salir.” “Te vas a tu habitación.” “Te quedas sin postre.” “Te quito la paga.” “Hoy te quedas en casa limpiando.” “Castigado sin móvil.” “Pues no te compro eso.” “Me voy sin ti.” “No me hables.” “¡Que te doy una torta!” “Me duele más a mí que a ti.” Y el silencio.

Pensemos ahora en los habituales castigos adultos a lo largo del mundo.

Cárcel. Multa. Incautación de bienes. Trabajos forzados. Aislamiento y desprecio social. Tortura. Paliza. Pena de muerte.

Cuesta no ver las posibles relaciones.

Entre los castigos infantiles y los adultos, no relaciones de este tipo ¬¬

El no poder salir o irse a su habitación encajaría con la falta de libertad de movimientos típica de la prisión, así como lo hace el no poder comunicarse cuando quieres con el móvil. La ausencia de paga, de regalos o de postre, con la multa. El ser obligado a hacer un trabajo contra tu voluntad —como limpiar la casa, el garaje y demás cuando no nos gusta ni toca—, con los trabajos forzados. El dejar atrás o el ignorar, con el desprecio social; la “ostia a tiempo”, con la tortura y la paliza. La pena de muerte, seguramente un nivel más, entre la violencia y el dejar atrás para siempre, aunque yo tengo la personal sensación de que se trata de algo más bien instintivo, un comportamiento casi animal que nada tiene que ver con el castigo infantil.

Pueda tener más razón o menos, mi sensación es que el tipo de castigo que se nos enseña de niños como tal es el que determina la clase de pena que contemplamos como adecuada en la madurez.

Y, obviamente, no a todos se nos mandaba a nuestro cuarto o a limpiar, lo cual vuelve algunos castigos ineficientes o, en muchísimos casos, un auténtico despropósito. Ya que no conseguimos en modo alguno el objetivo de encerrar a alguien.

El garrafallo de meter en la cárcel a quien nunca han encerrado en su habitación

En primer lugar tenemos que pensar en por qué mandamos a alguien a prisión y qué buscamos con ello.

La respuesta a ambas cuestiones parece muy evidente: a la gente la encerramos como castigo por algo que ha hecho mal, y con ello pretendemos que no lo vuelva a repetir una vez fuera.

Observemos, sin embargo, lo que nos ocurre en el modelo tradicional de prisión tan típico de las películas cuando la persona no tiene el encierro como su castigo adecuado.

Aparentemente, un niño bien relacionándose con un rapero en el patio

Encerramos a alguien. Por lo general, esto se hace mucho después de que haya cometido el delito, no identificando el cuerpo que las privaciones que a continuación vendrán se correspondan con el acto por el que están ahí. Además, el castigo es extraño para él y no lo reconoce como tal, más que como una incomodidad física y de libertad de movimientos: tiene comida y acceso a sus necesidades básicas, de vez en cuando sale al patio a tomar el aire, se relaciona con otras personas poco pero lo suficiente, tiene la posibilidad de ponerse en contacto con su familia de vez en cuando y tiene la atención del personal de las instalaciones.

Claro que es una putada estar encerrado, lo incómodo de la celda y el no poder hacer lo que quieres, pero para alguien al que estar en su habitación no le haya sido impuesto como castigo, difícilmente va a notarlo con la potencia con la que debería.

Avancemos más en lo que le va a pasar a este hombre dentro. El trato duro y las privaciones seguramente le lleven por dos caminos: o a endurecerlo y volverlo más frío, desconfiado y demás, o a debilitarlo y convertirlo en una persona triste y con problemas internos. Va a conocer a gente poco recomendable, con la que se va a relacionar de un modo u otro. Seguramente, va a generar un desprecio a la autoridad y la Ley, ya que el ambiente va a poder crearle tanto la sensación de culpa interna como sobre quien ahí lo metió, siendo esta última la más común. Como persona, será complicado que salga igual que entró.

¿Y con qué nos encontraremos al tenerlo en la calle? Con alguien seguramente no mejor que cuando cometió el delito, el cual tendrá que lidiar con la no aceptación por parte de su entorno, cuando se supone que ya ha pagado su pena. Este, se corresponde con otro de los castigos infantiles, y bastante más frecuente que el del encierro en la habitación: el “Me voy sin ti” y el “No me hables, estoy enfadado contigo”. El desprecio y el aislamiento social.

discriminado multitud

Lo odian porque es blanco, pero tiremos de imaginación y pongamos el níveo color como metáfora de haber salido de la cárcel. Lo tiene negro.

Visto todo esto, ¿hemos conseguido el objetivo? ¿Aquel que buscaba que no volviese a hacerlo? ¿Esta persona no reincidirá? Puede. Pero ahora tenemos entre nosotros a alguien al que el mundo de fuera no quiere, que ahora conoce a gente poco recomendable que lo ha tratado, como mínimo, igual que como estas personas libres que lo desprecian y no quieren saber nada de él lo están tratando.

Esta persona, en la mayor parte de casos, no es mejor para la sociedad ni para sí mismo que cuando entró. El castigo no adecuado lo ha hecho peor para todos.

La reinserción

Siendo tan evidente que el funcionamiento de las prisiones no era el más adecuado a la hora de “corregir” a gran parte de los individuos (valga la barbaridad del término), las políticas de reinserción y trabajo psicológico con la persona para cambiar su mentalidad con respecto al delito han experimentado un crecimiento galopante.

En general, se busca forjar unos valores en los condenados de los que carecieron en el momento de la falta a través del aprendizaje constructivo, en clara oposición al aprendizaje a través del castigo típico de la prisión clásica. Estas prácticas de reinserción suelen basarse también en las interacciones grupales, la puesta en común de experiencias y el trabajo colaborativo, actividades que —como es evidente— suelen generar en los sujetos sensaciones de alivio y satisfacción.

Lo cual, teniendo en cuenta que están penando por un delito, es un verdadero sinsentido para las víctimas.

Que alguien que ha perdido a un familiar vea que el culpable está recibiendo este tipo de satisfacciones cuando para él debería estar “pudriéndose en la cárcel” es un problema moral enorme

Castigo VS Reinserción: un irresoluble duelo al sol de lo inversamente proporcional

El resumen a trazar empieza con que, para que sea eficaz, el castigo debe ser adecuado al que el condenado considera como tal, y acaba con que —no siendo así y no pudiendo aplicar el correspondiente— la reinserción se convierte en la vía más eficiente de cara a la consecución del objetivo de la no reincidencia. Esta, sin embargo, va en contra de la sed de justicia/venganza (vosotros elegís) de las víctimas.

Este último tema, así como el de la “lapidación” de los condenados por la sociedad cuando vuelven a sus vidas, en próximas entregas.

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Hoy hay mucho que comentar: el tema es escabroso. ¿Llega con el castigo para paliar el daño? ¿La condena implica necesidad de saciar la sed de venganza de las víctimas? ¿Rezas cada noche por el regreso de la guillotina? ¿Qué opinas? ¿Qué opina tu gente?

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Un comentario en “El mal funcionamiento de lo penal (1): El castigo inadecuado y la reinserción injusta

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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