Malditas lenguas

Prácticamente al tiempo que yo entraba a trabajar en mi nuevo empleo hace un par de semanas, una chica en prácticas de carrera hacia lo propio. Un encanto de mujer —animada, voluntariosa, con valores—. No tardé en verle el parecido físico a mi ex María. Así pues (teniendo en cuenta que empezamos a la par, el extraordinario recuerdo que guardo a mi primera novia y mi ya de por sí frecuente tendencia al apego) no tardé en cogerle estima.

Este jueves se despedía de nosotros cinco meses y medio antes de lo acordado.

Tras su madre, encantadora, lucía sempiterna sonrisa en el rostro y mil disculpas en los labios, insistiendo en que no era culpa nuestra, que la habíamos tratado de maravilla y que nos agradecía todo.

“¿Qué ha pasado aquí?”, se preguntaban mis compañeros al tiempo que madre, hija y jefa conversaban en otro despacho. Yo no tuve dudas ni por un momento de lo que ocurría.

Porque yo siempre he sufrido un miedo atroz a que me pasase lo que a ella. Y, pese a que acabé engañado por sus alegres gestos y sonrisas, tenía que haber sabido desde el principio que esto iba a pasar.

Malditos idiomas.

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Dicen que hablando se entiende la gente. Prueba a hablar con alguien que no habla los idiomas que dominas.

Adoro mis dos lenguas nativas. Imposible no hacerlo, con todo lo que me dan.

El castellano ha sido mi vida. Con él, he escuchado, he pensado, conversado. Con él he crecido, he llorado, me he emocionado. Con él he escrito. Mucho. Con él he enamorado y me he enamorado. Demasiado.

El gallego me emociona. Me da el recuerdo de quienes en mi infancia me rodearon. Me trae el aroma a humo de las reuniones familiares en mi pueblo. Me hace volver a ver las fiestas y las series de niño en la televisión autonómica, que nunca serán iguales en otro idioma, no: nunca. El gallego me permite llegar a la confianza de mucha gente que con solo compartirlo te hace sentir uno de ellos.

Quiero a mis dos idiomas puros muchísimo, y ni por un momento este post tiene que hacer dudar de que sienta que son parte de mi alma.

Sin embargo, daños como el de esta chica portuguesa hacen que mire la variedad de lenguas con un odio acérrimo.

¿Es justo que esta pobre mujer —motivada, trabajadora, animosa— tenga que tomar la determinación de irse por el sufrimiento que le supone la incapacidad para comunicarse y la soledad de la incomunicación?

Las reacciones a la noticia fueron prontas; previas, de hecho. Ya desde que llegó, la jefa le había ofrecido estar una temporada con ella en casa, hasta adaptarse. En anteriores ocasiones, se habían dado cursos de español rápido que no costaría aplicarse en alguien con un idioma hermano.

No obstante, la realidad que aquí presento va bastante lejos de la que yo considero adecuada intervención de mis compañeros. Va a que este tipo de cosas no pasaría ante el dominio de un idioma general por parte de todos.

Y es que las situaciones son insufribles.

Querer ser cordial y hacer que resulte incómodo. Preocuparte por cómo está un compañero y acabar haciéndolo sentir mal y sintiéndote mal tú mismo. Estar bien en un momento, querer aprovechar el clima para unir y acabar rodeando vuestras mentes de incomprensión y soledad.

No sé si el tiempo ahorrado en no generalizar el inglés u otro compensa tanto daño. Yo sé que estaba al lado de una persona que me traía los mejores recuerdos de alguien a quien quise mucho y, en lugar de la ilusión que siempre me genera este tipo de cosas, sentía una distancia e impotencia inacabables.

Esta sensación, unida a una soledad que bien podríamos haber tratado de enfrentar de haber tenido noticia de ella, ha mandado a casa a una pobre chica en su primera gran experiencia fuera de su tierra.

Algunos la tildaréis de cobarde. Algunos de cría. Pero… ¿cómo vas a poder llegar a confiar en alguien lo suficiente para decirle que te estás hundiendo cuando no eres capaz de tener una conversación con él? Ella solo quería no molestar.

Ella solo se moría sola.

¿Y quién es el culpable objetivo de su muerte con nosotros? ¿Ella, por no decir nada? ¿Nosotros, por no darnos cuenta de lo que era complicadísimo de percibir? ¿Programas que mandan fuera a la gente sin medios para defenderse de los miedos que aún no conocen? No. La culpa la tiene no haber tenido un código común que nos permitiese comunicarnos.

Porque sé perfectamente que, de haber podido realizar su labor como en su país seguramente podrá, con esta gente hubiese disfrutado muchísimo. Porque, al fin y al cabo, ella solo quería aportar y nosotros aportarle a ella y, solo por no tener medios de verdad para podernos decir algo así entendiéndonos, todos hemos perdido la oportunidad de disfrutar de su experiencia aquí.

Y sí: el idioma es la identidad de una cultura. Y sí, cada lengua que desaparece es un mundo que con ella cae.

Pero, al menos hoy, dejadme que diga bien alto que malditos idiomas.

Malditas lenguas.

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Un comentario en “Malditas lenguas

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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