Lo jodido de trabajar a la siesta

Por desgracia para mí, esta no va a ser una entrada dedicada a lo difícil que es gestionar la siesta. No, no os voy a hablar de testados recursos para que sea más reparadora, ni de cómo recostarse contra el respaldo del sillón para favorecer la circulación del relax desde la planta de los pies al cerebelo paliodigital. No, amigos: este no va a ser un post sobre lo duro que es currarse la nacional fiesta vespertina.

Esto va del arduo combate al que he tenido que enfrentarme esta tarde, espero, no una de muchas.

siesta española

La siesta, también conocida como “la posesión ibérica” es una afección paulorretroalimentaria que afecta a buena parte de la población mundial en los periodos posteriores a un buen almuerzo.

Como algunos sabréis, trabajo a medio ciento de kilómetros de mi casa. Dada su naturaleza de turno partido, bien podría despedirme de mi vida durante la semana si llego a tener un horario de 9 a 2 y de 4 a 7 al que sumar la media hora de conducción de ida y la de vuelta. Por fortuna (y agradezco la consideración con los responsables de ello), la realidad es que dispongo de una cierta libertad horaria mientras cumpla mis ocho horas diarias de desempeño; libertad que aprovecho para volver lo antes posible de comer y así estar saliendo por la puerta entre las 5 y media y las 6 según la vitalidad del cocinero y los camareros.

Al evitar dejarme sin día o el que —de hacerlo seguido— llegue a las 5 y media de la tarde a casa sin haber comido, la situación parece ideal para este tipo de trabajo; de mis opciones, la mejor, aunque tiene un claro inconveniente: hace que recién comido me siente ante la pantalla a realizar los variopintos quehaceres de mi cargo.

Y tenga que enfrentarme a la hora de la siesta.

Reconozco que lo llevo muy bien. Antaño, era un odiador de la patriótica costumbre, pero hace algo más de año y medio —por tóxicas debilidades—acabé cayendo en ella y el sofá que trae incorporado.

Deseando cargarme lo más parecido en mí a la drogodependencia, el nuevo trabajo y mi concepto de la profesionalidad prometían ser mucho más eficaces que los parches de nicotina y los propósitos de Año Nuevo para los fumadores. Increíble: ni el mínimo recuerdo de aquellas tardes de sueños con las cortinas al fondo de la estampa durante la primera semana.

El primer indicio de que la siesta planeaba una venganza hamletiana habría de llegar cuando, a mediados de la pasada, un leve “¡A dormir!” acudió a mi corazón tras llegar a la oficina con señor cordon bleu con salsa de champiñones y las patatas de medio Xinzo de Limia entre pecho y espalda. No iba a ponérselo tan fácil: acudí a buscar noticias que compartir en el Facebook de la empresa sabiendo lo que vendría a continuación. Efectivamente, mi acérrimo desprecio por el cuñadismo omnipresente en la red social de Zuckerberg me espabiló al instante, decantando la balanza a favor de mi desvelo. 1-0.

La siesta no se rindió. Hizo cambiar el tiempo a lluvioso y la sensación térmica de la oficina a qué-calentito-se-está-aquí. Por un momento, creí que se las apañaría para poner la chimenea de leña de mi pueblo en lugar de la impresora.

Con lo que ella no contaba era con lo fuerte que está el café con leche en ese pueblo. Es peor que lamer un limón. Y eso que el limón es ácido y el café, amargo.

red bull versus café.png

Red Bull embiste sin éxito a un cortado de la zona. (Se nota que tengo tiempo para currarme los montajes, ehhhh…?, ehhhhhhhh???)

Poquito a poco, la victoria se cernía sobre mis pretardes: estaba casi desintoxicado. Había conseguido adaptarme al despertador a las 8 menos cuarto, a quedarme frito en torno a las 12 e incluso había articulado una agenda útil para este tipo de momentos de desazón poliquemeduermo, mediante la cual reservaba labores tan automatizadas y claras que hasta en el séptimo cielo podría hacerlas. Los cafés ya ni eran necesarios y los semibostezos posescalope milanesa se habían convertido en “¡Vamos!” rafanadalianos (yo tampoco he entendido nada, no preocuparse).

Sin embargo, la siesta reservaba su mayor plan para hace unas horas…

20 de octubre. Cuatro días para mi cumple. El de mi abuela, en paz descanse.

Las prisas por estar pronto ante la pantalla y poder irme antes me llevaron al restaurante que más rápido me hace salir (y menos me cobra, ciertamente). Ante mí, una lasaña cuyo nombre se le queda corto pues ensañose con mi apetito lo que la saña con nadie se ensaña. Soberbia, excepcional. Gigantesca.

Llegada al trabajo antes que nunca, el estómago calentito y pesado, sin hueco para café con leche con café en vez de leche y Monster en vez de café. El calorcito típico de la oficina. La impresora que parece la chimenea en la que a veces mi gato posa para mí. ¿Y qué hago yo, maldito prepotente, ante todos esos indicios de que Freddy Krueger me esperaba para matarme en sueños? Pues me pongo a ver cómo van las estadísticas de nuestra página.

En Awstats.

aws

No son las nuestras, evidentemente, pero así os hacéis una idea de las ganas que tengo de que Toño me dé acceso a sus datos de Google Analytics.

Por un momento, en el medio de una barra marcando el número de personas que permanecían entre 30 segundos y un minuto en nuestra página, vi las cortinas sobre el sofá de mi piso. El ratón pegó contra el teclado (sí, tengo de sobremesa) y los ojos me saltaron de las cuencas como si hubiese estado al borde de quedarme dormido al volante en el regreso de una noche de fiesta.

Cerré las gráficas, abrí el Facebook entre temblores y me tragué enterita la primera noticia cuñada que vi (vale, dos párrafos, no tengo ese aguante).

Me había ganado este asalto.

 

Desde aquí, quiero hacer un llamamiento a todos aquellos grandes profesionales que trabajáis con ansia después de comer: vosotros sois los verdaderos MVP.

Pero recordad, no os fiéis de ella, ni de las lasañas demasiado ricas para precios tan asumibles.

La siesta nunca duerme.

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Un comentario en “Lo jodido de trabajar a la siesta

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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