Sonrisas de un San Valentín solo

El sonido del tráfico cruza la calle. Ha atardecido, pero aún no hay luces amarillas arriba. Todo tiene ese azul pálido que desata tristezas y recuerdos salpicados de agua salada y brisa invernal. Los daños, junto con el recuerdo de ser catorce de febrero, me hacen mirar atrás.

A cuando quise. A cuando quise, perdí, quise, perdí, quise, perdí y volví a querer. Verano, sol, pantalones cortos y sonrisas a la sombra de un árbol quizás ya no visitado.

Te echa de menos, no sé si lo sabes…

Je. Yo también lo echo de menos. Pero ahora miro al frente.

No hay tiempo para ser aquel. Hace tiempo que no lo soy. Que no lo eres.

Y por ello sigo.

Esquivo olas de gente en dirección al lugar que me pertenece por derecho a ser de nuevo yo. Cuento historias de verdades que ya no mienten: ya no sé mentir a los ojos de quien sueño. Eso se quedó en la playa de mis decepciones y, ahora, mar adentro, ya no la veo. Ya no hay faros apagados por días trece. Hoy, solo respiro luces que yo mismo hago brillar, a base de verme iluminado por soles más grandes que mis sueños rotos.

Y el cielo se prende.

Las luces amarillas empiezan a encenderse sobre mis pasos vibrantes de ilusiones nuevas. El miedo no nos engañará de nuevo. Ya no. Recuerdo cada redacción de amor verdadero, cada espera para verla tres minutos, cada palmera y piruleta de corazón, cada “¿puede haber algo más bonito?”. Cada imagen, cada latido, hace feliz a mi pecho, y no: no dejaré de escucharlos. ¿Quién sería tan estúpido cómo para no quedarse a escuchar un Te quiero? Lo quiero. Los quiero todos.

Y el mundo brilla.

Lo sé sin verlo ni necesitarlo. Porque mis ojos no son más que los suyos, los del niño que amó y ama, se ama y amará por no poder hacer otra cosa. ¿Quién soy yo para prohibírselo? He de dejarlo querer, sentir y vivir. He de dejarlo quererse, sentirse y vivirse. Porque solo con él puedo ser quien quiere, siente y vive la verdad que protagoniza su vida.

Que vive quien quiere. Quien quiere vivir. Quien quiere sentir.

Más allá de velas. Más allá de pétalos.

Más allá de pelis. Más allá de besos.

Más allá de fotos en Insta. Más allá de textos en Facebook.

Más allá de todas las líneas que suenan a versos, en catorce de febrero, en quince de mayo, en veinte de enero, vive quien quiere. Vive quien ama.

Y por ello, aunque al final de esta calle con luces de mil colores saliendo de cada baldosa no haya nadie y vuelva solo a casa sin alguien a quien acompañar a su portal, no estaré triste.

Porque esté o no esperando, sentada en su banco bajo el árbol de un verano que no olvidaré nunca, siempre lo estará dentro de mí. Allí donde vive cada pequeño momento en el que fui feliz solo por tenerla a mi lado.

En cada vuelta en el coche. En cada cafetería. En cada foto mala. En cada ida de olla por WhatsApp. En cada sueño. En cada día.

¿Cómo no voy a sonreír por San Valentín, por muy sin ella pareja que esté, por muy comercial que sea? Por mucho que lo hayan atado las muñecas con mil lazos de regalos sin sentimiento, por mucho que lo hayan sepultado entre miles de pétalos de rosas secas por la obligación, por mucho que lo hayan encerrado en mil habitaciones de hotel sin estrellas en los ojos, el catorce de febrero es el día de los que aman.

Y yo no he sabido dejar de hacerlo ni por el más pequeño instante.

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Un comentario en “Sonrisas de un San Valentín solo

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

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