La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

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Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

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Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

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Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

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Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.

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3 comentarios en “La película, el libro y el disfraz

  1. Pingback: 2 años! | oscargonzalezsoto

  2. Bonito escrito. Aunque, partiendo de tu conclusión, donde los límites de esta vida nos lo ponemos nosotros mismos, sí que se puede tocar el cielo en un templo, golpeándose el pecho, u haciendo sacrificios. En fin, cada quién con su invierno, o con sus primaveras. La película, ¿Es La la land? yo me he propuesto verla por primera vez al lado de una dama que valga la pena. Espero no tener que esperar mucho…

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    • La cosa no es que no puedas vivir con su espiritualidad, sino su costumbre de hacernos creer que con las prácticas distintas no se puede. “SOLO hay un cielo, el nuestro”. “A la paz SOLO se llega con esto”. Mucho atacar la egolatría y luego ellos son los únicos que pueden dar eso.
      En cuanto a la peli, sí, fue La La Land. Que tengas suerte en la búsqueda de acompañante jajaja

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