La satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda

Hoy cumple años una de mis personas favoritas.

A mediados del anterior agosto, descubrí que lo había olvidado. Y me sentí extraño. En realidad, no cambió nada: ella no quiere que la felicite, ni por respeto a sus deseos yo pensaba hacerlo. Pero me sentí extraño.

Hubo una época en que nunca olvidaba un cumpleaños. Ni apuntarlos me hacía falta. Era como un reloj interno que me llevaba a acordarme ya días antes. Preparaba un mensaje en condiciones, recordaba los buenos momentos, felicitaba y esperaba las sonrisas, el “Muchas gracias” y la miniconversación posterior.

De pronto, me encontré con Insta y sus +1, Facebook y sus notificaciones y empezaron a pasárseme. Todo un problema cuando la mitad de la gente de la que me importa sus aniversarios lo usa aún menos que yo o, directamente, ni siquiera nos tenemos de amigos. Empecé a ver que “el lunes fue aquel aniversario”, que “no recuerdo si era en marzo o noviembre”. Sentí que una de las partes bonitas de mí se había despedido.

Hay que ver cómo el cuerpo se acostumbra a que seas un gilipollas. Le das algo hecho y pierde funcionalidades. Tenía un amigo que, de tanto usar el reloj digital, olvidó saber qué hora era mirando a uno de agujas. Muchos, que no se saben su propio número de teléfono o de identidad, porque pueden buscarlos en la agenda del móvil o la cartera cuando quieren darlos.

No sé cómo llamar a esto. Adoro los avances, detesto las incapacidades. Al final no sé si somos mejores, más hábiles y ágiles, o simplemente unos dependientes a los que si se nos quita alguna de las ventajas que se nos han dado, nos vemos sumidos en una desorientación e inutilidad ante la que los que llamáis “paletos” nos darían un repaso. Pero qué más da. Al fin y al cabo, nunca nos van a poner al mismo nivel que aquellos que con su pasividad, apoyo u otros actos nos han dejado vivir en ese escalón que consideramos superior. Nunca nos vamos a tener que “rebajar” a ellos, ¿no?

Sea como sea, sin Facebook, ni +1, ni verla en años y años, hoy me he acordado del cumple de María y he sonreído. No sabéis cuando espero poder seguir haciéndolo con el tiempo, por muy lejos que estemos o por muy inútil que sea hacerlo.

Al fin y al cabo, son ese tipo de cosas las que hacen que, dentro de nosotros, podamos seguir notando que —en ciertos momentos— el sentir algo porque sientes, y no porque te favorece, te da una satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda.

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