Olés de la sociedad de la amargura laboral

Esta semana, una compañera dejaba el trabajo por encontrar algo mejor. Olé ella.

Si hay algo que caracteriza a nuestra sociedad laboral es la amargura. Las declaraciones de satisfacción con el trabajo son una mezcla entre animal en peligro de extinción y taza de Mister Wonderful: hay pocas, van a menos y para la gente suena a azúcar a cortar de la dieta. Frente a ellas, la estabilidad se impone como referente: da igual estar amargado, hay que mantenerse para poder cobrar. Eso sí, boicoteando el ánimo del de al lado y, si eso, del proyecto para que A, el entorno piense igual y podamos expandir el desánimo en medio de un mar de empatía rancia, y B, con algo de suerte la empresa se venga abajo y no nos quede más remedio que salir de la zona de confort, buscar algo mejor y pasar entonces a centrar nuestras críticas en ello hasta también echarlo abajo. Si puede ser, entre alabanzas a nuestra antigua empresa, en la que se trabajaba mucho mejor, más cómodamente o adverbio laudatorio que corresponda.

Esta semana una compañera dejaba el trabajo porque encontró algo mejor. Y olé ella.

«Olé ella» porque lo que una persona tiene que hacer cuando no está a gusto es buscar estarlo. Dentro de la situación, tratando de estar mejor en ella o mejorándola; trabajando por ello con cosas útiles y a quien se debe, no con críticas al aire de la nada o el desánimo colectivo. Si no se puede, pues buscando algo nuevo en lo que te encuentres a gusto: puede que no estés donde tienes que estar.

Pero claro, es que aquí seguramente te sientas donde debes. Porque aquí vivimos en la sociedad de la amargura laboral.

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Entornar los ojos en el trabajo está a punto de hacerse característica indispensable: unos, por ver todo mal; otros, por el hastío de que todo se vea mal

El objetivo parece haber dejado de ser la supuesta utopía de un entorno de trabajo en el que se esté bien y haciendo lo que a uno satisface. Ahora se lleva lo de encontrar el trabajo en el que se sea trituradora de ilusión ajena y del que no se pueda escapar.

Porque la capacidad de creación de ataduras en nuestro panorama laboral es extraordinaria.

En primer lugar, buscando optar al funcionariado para poder acceder a un puesto —en general— para toda la vida, cuya estabilidad y buenos salarios sirvan de excusa para justificar la muerte de ilusiones de algo mejor. Al tiempo, el inmovilismo y la inacabable cadena jerárquica típicas de la gigantesca Administración Pública garantiza la crítica y la posibilidad de trasladar la responsabilidad de la mejora a un ente abstracto (que si «el Estado», que si «los de arriba») que nada hace.

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De poco vale tomarla con una estatua. Si quieres cambiar algo, acude a quien puede hacer algo o acceder a hacer algo. Criticar una estatua es fácil, pero no va a hacer nada.

En el caso de lo privado, la excusa suelen ser los compromisos extralaborales. «Qué más dan las condiciones de trabajo cuando hay una hipoteca, un coche, una casa que mantener: estar amargado en el trabajo es el precio a pagar por ello.» A esto se le suman disculpas como el contrato, los compromisos de permanencia, los «tengo a los chavales en el colegio de al lado», los «no lo voy a dejar a medias ahora», los «me necesitan» y demás familia.

¿Sabéis algo? Buscar otra cosa mejor mientras se está no cuesta nada. Y si no la hay, puede aparecer con el tiempo.

¿De qué te sirve investigar un mes, rendirte y dejarlo para estar veinte años en un sitio que no te gusta? Comentaba una colega el otro día, con respecto a otro tema, que no hay que conformarse con un 7, sino ir a por un 10. Pues los dieces no aparecen doce veces al año: hay que currárselo, y si hay que dedicarse a buscar algo mejor un poco tiempo al día, a la semana, estando en un entorno en el que estás amargado, pues se busca. Cuando ese 10 —ese 8, lo que aspires que sea mejor que lo que tienes— aparezca, te vas. No te quedas amargado y amargando toda la vida en un entorno en el que no estás contento: la oportunidad va a aparecer si estás capacitado para ella.

Y si no estás capacitado para un trabajo de lo tuyo en otro lugar… Bueno, con objetividad, no hay que ser muy inteligente para ver que lo que puede estar ocurriendo es que el problema no esté tanto en tu puesto actual como en la incapacidad que tienes para afrontarlo. Las opciones en tal caso son claras: fórmate más, emprende o afina más el puesto de trabajo que quieres conseguir o en el que realmente eres bueno.

Si aun así las excusas siguen siendo las mismas… no te quejes tanto de otros y asume tanto los motivos y ventajas que hacen que te quedes como tu responsabilidad en la culpa de la situación que te amarga.

El ser humano tiene la costumbre de echar piedras al tejado de los demás para que los agujeros en el suyo no se noten tanto. Pero las goteras están ahí y esas no las tapa la verborragia de disconformidad y criticismo inocuo: uno está donde quiere y puede estar.

Olé a quienes tienen el valor de aspirar a algo mejor. Y un último olé, también y cómo no, para aquellos contentos en su trabajo.

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