Injustificado (La muerte del conocimiento personal no certificado I)

¿Cuánto hace que no publico? ¿Un año, tal vez? En cierto modo, me molesta. Me pica en la parte de detrás de la cabeza: que soy bueno, que no desaproveche. En cierto modo, tuve toda la razón del mundo y ninguna: no las hay para hacerlo.

Este post me viene muy bien para exponer porqués y al mismo tiempo tratar un tema que me daña tanto como me lleva apasionando durante todo este año de vacío: la muerte del conocimiento personal no certificado. Creo que me dará para varios.

Recuerdos del ignorante

En Ignorante  —uno de los últimos antes de la sequía de publicación, que no de pensamiento—, ya empezaba a notar cómo cierta hemorragia me iba a acabar por dejar bastante silente y amordazado. En él defendía mi libertad para equivocarme en mis opiniones, aunque en el fondo —no de forma tan transparente— también hablaba de cómo sentía que dijese lo que dijese era cuestionado, obviándome cualquier tipo de conocimiento. Una herida bastante sangrante en mis últimos tiempos.

Lo hablaba recientemente con un amigo: tengo y tenemos la sensación o realidad de que el papel del amigo que aporta opinión a tener en cuenta fuera de lo personal está pasando a la extinción. Porque para poder dar a día de hoy un razonamiento que se tenga en cuenta sobre algo no personal —sin tirar de discurso buscalikes, diplomacia, autoritarismo y demás daños— necesitas poco menos que un certificado.

La justificación sin justificación

La tecnología móvil y la conectividad son un auténtico regalo para el conocimiento. La capacidad de estar conectados a una fuente de datos de tal calibre como internet en la palma de la mano en cualquier momento del día nos vuelve poco menos que androides plenos de información. A priori, esto es un don, no algo negativo. Sin embargo, como con tantas otras cosas, la precocidad de su implantación está dejando víctimas a nivel pensamiento que uno duda que deban serlo. Y si no, contemplemos esta anécdota no basada en un hecho real pero que seguramente todos hayamos vivido en algún momento.

Estás hablando con alguien y, ante un comentario suyo, aportas algo que conoces del tema. Tu acompañante te dice «¿Sí?» con el ceño fruncido y tú «Sí, lo vi el otro día», no sabiendo muy bien qué día lo viste, pero sabiendo que lo has visto. La otra persona saca el móvil y se pone a escribir. «Pues aquí no pone nada». Y tú, que sabes que es así, le dices que bueno, que no lo pondrá, pero que así es, a lo que el otro asiente con la boca cerrada con firmeza y el entrecejo todavía arrugado. No hace falta ser muy empático para percibir que no te cree.

¿De veras es necesario tener que entregar una bibliografía con sus correspondientes enlaces de interés cada vez que uno aporta una información a alguien? Por momentos, parece que la nueva era lo presupone. Pero entonces…

La credibilidad que la red robó a la confianza

Cuando uno piensa en valores (no en valores de currículum, ni valores de principios), hay varios que siempre saltan a la palestra: amistad, amor, fraternidad, familia, equipo… Unidos a cada uno de estos van la escucha y la credibilidad.

¿A quién le hacemos caso desde siempre? A los amigos. A las parejas. A la familia. A nuestros padres. A la gente que queremos, vamos. ¿Y por qué? Porque tiene nuestra credibilidad.

Obviamente, la credibilidad clásica temblaba cuando de un tema nosotros teníamos más conocimientos: si un amigo que siempre restaba dos puntos en los exámenes por no acentuar nos venía diciendo que patata llevaba acento en la segunda a, podíamos no llegar a creerle o contradecirlo, pero era más bien residual, porque en general la gente teníamos mucho respeto a la opinión de nuestros allegados o personas de confianza. Podíamos creer que se equivocaban, pero en ningún caso dudábamos de que la credibilidad de lo que nos decían, de que lo decían creyéndolo.

La nueva realidad es un puñal para este modelo.

Aun creyendo que se estabilizará en algún momento y que es la precocidad de la adopción de la nueva conectividad lo que ha derivado en esta situación, lo que estamos viendo a día de hoy se enmarca en dos o tres términos de lo más impactantes para lo que vinimos viviendo durante toda la existencia humana: hay incredulidad ante la palabra de quien apreciamos, hay desconfianza ante lo que cree el compañero y hay una soberbia y sentimiento de egolatría y de “yo lo sé todo con esto que tengo en la mano” cada vez más extendidos y dolorosos.

Porque hacen que quienes creemos tener cosas que aportar propias, originales y formadas por nuestra experiencia nos veamos coartados por el tener que justificarlas con un medio ajeno, cuando durante siempre hemos tenido nuestra palabra y nuestros méritos como justificante válido.

Y el problema no está solo en que nuestros más o menos allegados se crean con derecho a desconfiar de nosotros en nuestra cara o se escuden en la supuesta imparcialidad de internet (qué gracia) para dudar de lo que les estamos contando. El problema gordo está en que:

A: el dato que se saca en primer término de una web es el de una persona desconocida legitimada por quién sabe cuántos desconocidos que, parece ser, solo con ser muchos tienen razón.

Y B: a ti se te quitan las ganas de aportar. Porque cuando tú no pones en duda la verdad personal en la palabra de quien te rodea, tampoco tienes por qué aguantar que quienes están a tu alrededor lo hagan de la tuya, cuando si les estás aportando es precisamente para que podáis aprender del otro y crecer juntos.

Y no, no digo que tengas por qué creerle. Digo que no tienes por qué dudar de que esa persona sí lo cree.

Injustificado

Con esto pongo punto y final a la primera parte de esta serie: básicamente, una breve exposición del seguramente gran motivo para no publicar este tiempo.

No pido que se me escuche, ni exijo que se me crea. Es tan solo que me da asco sentir que por no tener el respaldo de unas masas ovejiles y poco menos que sectarias detrás no merezco credibilidad. Si no la tengo, ¿para qué pierdes el tiempo escuchándome?

Espero poder ofrecer pronto una mayor explicación de cómo el nuevo perfil conectado desarticula el poder del pensamiento diferente al ovejil, acabando por hacer que no publiquemos nada nuevo en años, así como la naturaleza de esa verdad web que aceptamos como principio absoluto.

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Si te ha gustado y tal, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. Piensa que podrías tener que usarme como contradicción a lo que alguien está diciendo mientras charláis 😉

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4 comentarios en “Injustificado (La muerte del conocimiento personal no certificado I)

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