Gente que cambia, que no, que cree que la gente cambia y que cree que no

Si hay algo que todos conocemos es que las contradicciones en las principales premisas de cómo vivir según la sociedad son tan innumerables como las briznas de césped en una ladera de los Alpes suizos. Hoy vamos a analizar una muy común, la idea de que la gente cambiamos constantemente frente a la de que la gente no cambia, y veremos qué daños puede provocar la diferente perspectiva al usarla según conviene.

En tiempos de que lo que se hace se es

Viniendo de un post dedicado al rencor, tenemos bastante claro que la gente, por lo general, tiende a ese mecanismo de defensa típico ante el daño pasado.

La mente humana advierte el potencial daño en base al sufrido con el más puro sistema animal de ensayo-error: si cierta persona te ha hecho cierto daño es porque tiene capacidad de hacerlo y podría volverlo a hacer, de ahí que debamos tener cuidado con ella. Dado que, habitualmente, la gente sufre tendencia a cometer los mismos errores, quizás no sea tan descabellado pensar que podría volver a cometerlo 30 años después.

Porque la gente no cambia, ¿no?

En constante movimiento

La sociedad de la información es, al mismo tiempo, la sociedad del aprendizaje. La evolución de la tecnología, el entretenimiento y las modas es la más rampante de la historia, generando unos niveles de volatilidad y cantidad de información aprendida, interiorizada y mal interiorizada muy por encima de lo nunca visto. ¿Qué supone esto? Entre otras cosas, un fuerte acceso al cambio en las personas.

Por un lado —y como no puede ser de otra manera—, cierto porcentaje de la población no se saldrá de su carril en lo que a ocio, personas y demás se refiere, estando décadas atados a unas creencias y comportamientos casi inmutables por la ausencia de más estímulos que aquellos que se vean forzados a experimentar, como los cambios en su economía, vivienda o familia. Sin embargo, a nadie escapa que las redes sociales, los cambios tecnológicos precoces y otros mecanismos están volviendo mucho más complicada una estabilidad de pensamiento, dado que el número de nuevos estímulos y la habilidad del cerebro humano para reconfigurarse ante ellos hacen que el mantenimiento del status quo sea mucho más complicado que en siglos pasados.

Estás muy cambiado

Esta capacidad de absorción de lo nuevo, llevada a la mentalidad personal, tiende a generar una mayor capacidad de adaptación a las diferentes circunstancias. Incluso el tan reputado término de resiliencia en más gente de lo habitual.

Sin embargo, ya no sería tan habitual la imagen de la resiliencia como aquella del árbol que se inclina con el viento para volver a su posición inicial tan pronto pasa: más bien el árbol se haría con ventajas de ese viento para ponerse en una mejor posición. Puede que con una ráfaga el árbol se parezca mucho y que con veinte apenas sufra cambios. Sin embargo, y aunque sean muy reducibles bajo su término, los años son muy largos en cuanto a metafóricas ráfagas se refiere y, con el tiempo (sobre todo, con los fuertes cambios) las personas somos bastante diferentes a lo que éramos.

A nadie se le escapa el cambio físico de una persona desde su niñez a su adolescencia. O de esta a una edad ya considerable adulta. Cuando vemos después de muchos años a alguien con quien no tenemos relación apenas, pensamos «oh, qué cambiada está esta persona», con sentimiento no solo de lo físico o incluso lo mental, sino de que estamos ante otra diferente. Sin embargo, cuando nos encontramos a alguien con capítulos en nuestro pasado, entonces nos cuesta más pensar que está distinta.

Se trata de un mecanismo típico humano: el de hacer que ante un encuentro de dos personas separadas muchos años atrás tendamos a retomar la relación como en aquel momento. Algo parecido a esa mascota que ve a su antiguo dueño años después y se abalanza como si no hubiese cambiado nada.

Obviamente, en cuanto el tema de conversación pasa a lo genérico, en cuanto ese efecto que nos lleva a lo común se desvanece un poco, vemos las diferencias nítidamente: cómo de pronto defiende cosas que antes no hacía, cómo tiene hábitos que antes no tenía, y entonces nos extrañamos y empezamos a ver que la persona no es la misma que dejamos, habitualmente con un cierto desencanto.

En el caso de alguien con quien tuvimos relación, pero no nos cae bien, eso no pasa: directamente aplicamos la primera parte, el entenderlo como alguien igual que era antes, pero no avanzamos hacia la sensación de que ha cambiado, de que ya no es la misma persona, porque el rencor, el sentimiento animal de ensayo-error o lo que sea nos invita a pensar que esa persona no ha cambiado, que aún tiene la capacidad de hacernos daño. Mientras, a nuestro lado, ese amigo que no ha tenido más relación con ella en el pasado que el conocerla de vista, la entiende como una persona completamente nueva.

Quien interesa, cambia; quien no, es igual que siempre

¿Dirías que veinte, diez, cinco años después, eres la misma persona que eras? ¿Que cometerías los mismos errores? ¿Que te reirías de las mismas cosas? ¿Que crees lo mismo de la gente, el mundo, lo que está bien, lo que está mal, lo que harías, lo que no?

Probad a mirar fotos, vuestra letra, redes sociales, mensajes incluso: el aprendizaje cambia, la experiencia cambia. El mundo gira y si las personas no cambiamos con él tras miles de esas vueltas, es que algo estamos haciendo mal.

Pensad si vuestros colegas han cambiado. Si estás con la misma gente, o si la gente con la que sigues estando hacen actividades que antes no hacían, escuchan música que antes no escuchaban o comen cosas que antes no.

Pues al igual que tanto tú como ellos perfiláis vuestros valores, os volvéis más o menos egoístas, educados, abiertos, sabios, reservados, felices, específicos o inocentes, la gente que no conoces, la gente que te cae mal, la que te cae bien pese a que nunca has hablado con ella y la que solo conoces por haber oído hablar de ella, también cambia. Más o menos, poco o mucho, la gente cambia.

Tal y como hay tímidos que con el tiempo se abren y se vuelven muy extrovertidos, existen extrovertidos que acaban por encontrarse incómodos por diferentes experiencias o en otros ambientes. Tal y como alguien guapísimo puede ser ahora horrendo y alguien superfeo ahora un adonis, alguien que era una bellísima persona, puede ser ahora un desgraciado y alguien que era un bicho, ahora puede ser ahora una tía genial. Lástima que los cambios de pensamiento no puedan verse como los físicos, ¿no?

En cualquier caso, el último tramo de este post no va a ir hacia lo de perdonar a quienes odiéis y al dar segundas oportunidades de estar con uno. Va a ir hacia los juicios injustos.

Cuando lo pasado es eterno

El mundo es simplista: si alguien roba una manzana ante alguien, ya es por siempre un ladrón; si alguien aplaude a un máximo rival, ya es por siempre un traidor; si alguien una vez insultó en público, para siempre es un maleducado.

¿Lo apruebas?

Porque te recuerdo que una vez te dieron mal el cambio y no dijiste nada. Una vez empujaste a alguien que te tocó las narices y al que le hubieses partido la cara si no llega a ser por las consecuencias. Otra, dejaste que otros se metiesen de leches cuando con la ayuda de tu amigo podías haberlo evitado. Viste ese vídeo porno aun no gustándote lo que hacían. Te alegraste de que tu amiga sacase menos nota que tú en esa asignatura. Dijiste que no sabías de qué te hablaban cuando fue todo culpa tuya. Gozaste de la espectacular forma en que murió ese malo y te hizo gracia ese chiste que ahora te da asco y vergüenza. ¿Así que eso eres? ¿Un ladrón? ¿Un violento? ¿Un cobarde, un pervertido? ¿Una traidora, una mentirosa, una sádica? ¿Un imbécil? ¿Mereces que te juzguen por ello, cuando no volverías a hacerlo, cuando el contexto es muy distinto, cuando tu vida es diferente, cuando ha pasado tanto tiempo, incluso cuando fue una acción puntual? ¿Crees que mereces aparecer en una lista de escarnio?

Pues que sepas que hay gente que dice cosas de estas de ti sin ni siquiera conocerte. Por lo mismo que tú andas diciendo de otra gente cosas que una vez has visto o alguien te ha dicho, y que asumís por un hecho tan aislado y falto de contraste y contexto como todos esos de arriba en tu caso.

Los juicios hay que emitirlos para cada momento, no por lo que en otro han sido. Tal y como tú no eres la persona que hace diez se ha sacado esa foto, ni ves justo que se te juzgue por ello, esa persona a la que defines por lo que hizo entonces tampoco tiene porqué aguantar que la traten por lo que ya no es.

La inocencia y la culpabilidad según la higiene de manos

Como último apunte, decir que la hipocresía convenida quizás debería ser dejada a un lado en cuanto a lavarnos las manos en este aspecto.

Es muy bonito decir que hay cosas en las que la gente cambia y otras no según aquello en que nosotros mismos somos perfectamente estables, inocentes y respetables por la sociedad en general. Pero creo que no hace falta más que esa frase para que se vea que en ese tipo de comportamientos hay más autoprotección y creencia de superioridad de las creencias propias a las ajenas que justicia equitativa e inclusiva.

Lo que consideramos más estable pueden ser lo menos mutable en nosotros y lo que la sociedad en general considera más estable, lo que menos cambia generalmente, pero eso no implica en absoluto la inexistencia de gente que pueda cambiar mucho antes que otra en ciertos aspectos, cuando el número de estímulos y personas es tan inmenso.

Por no hablar de que ciertas circunstancias le pueden pasar a cualquiera por muy limpias que tenga las manos.

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Le he quitado un apartado porque tocaba con temas muy diferentes, quizás lo haga en algún momento. Por lo pronto, ¿te ha gustado este? Pues comenta, emegea, comparte sobre todo: ya sabes que todo es bienvenido (y sobre todo, agradecido) en este mundo en el que el único aprecio es a las palabras vacías de sentido.

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