Las expectativas en las historias o un porqué (sin spoilers) del cabreo con el final de Juego de tronos

Que no se preocupe quien no haya visto o acabado la serie: no va a haber el más mínimo spoiler más allá de que haya mucho indignado. Lo cual no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta los antecedentes de grandes series de culto.

¿A qué se debe el enfado en redes? La miniencuesta en mi deshojado Twitter considera los 3 factores que yo encuentro como más frecuentes para este tipo de enfados, a los que sumo un “Para no perder la costumbre” más cínico que otra cosa.

– Malos finales.

– Que la gente se cabree porque cabrearse parezca ser siempre una buena opción.

– El no cumplimiento de expectativas.

Los resultados (pese a la baja participación, dentro de los esperados) apoyan hasta el momento que el cabreo se debe a unas expectativas de final que no se cumplen o, como bien apunta mi colega Amarga para quien no lo vea dentro de esto, a que no acabe como la persona esperaba (55%).

Analicemos pues cómo la expectativa afecta a una obra de ficción y cómo se originan.

Las expectativas generadas

Al consumir una obra, en el lector o espectador se genera, de forma voluntaria o no, una especie de predicción de acontecimientos o sensaciones sobre lo que va a pasar.

Cualquier artista de ficción argumental debe tener muy clara la importancia de la generación de expectativas en su obra. El trabajarlas y valorar su eficacia antes de lanzarlas es parte clave del éxito posterior. De ahí que, en los buenos trabajos, la mayor parte de expectativas sean creadas por el consumidor, pero generadas por la propia narración.

Por ejemplo, si antes de que el personaje doble una esquina ciega ponemos una melodía de tensión, al espectador le surge la expectativa de que algo va a aparecer al doblarla. Evidentemente, es la mente del espectador quien la crea, pero la expectativa está muy buscada.

La expectativa trabajada en guion y relato tiene dos funciones principales: enganchar y satisfacer.

La primera función se basa en atrapar al lector o espectador. Mecanismos como los cabos sueltos o los elementos o personajes sin sentido claro a primera parte de obra tienden a que nos hagamos preguntas sobre qué hacen ahí. Preguntas que, de ser las dudas de buena calidad, nos harán querer seguir en el relato para descubrir qué hay detrás.

La segunda función es la satisfacción por la resolución de estas. Este es el punto más complicado y el que suele ocasionar reacciones como las que vemos en finales históricamente odiados.

Explicar por qué es tan difícil es, paradójicamente, tan fácil de explicar como exponer dos realidades contradictorias del mundo de la ficción:

– Que las expectativas del lector o espectador se cumplan le da satisfacción.

– Lo previsible genera desencanto y sensación de argumento poco profundo.

Existe la creencia de que una trama de calidad suele tener giros imprevisibles para el consumidor del contenido. Sin embargo, que no ocurra lo que el consumidor en el fondo de su corazoncito espera que suceda le sienta muy mal. Más si cabe en producciones tan largas como la propia GOT.

¿Cómo se acomete entonces esto en producciones muy largas?

Veamos tres de las estrategias más comunes de resolución de expectativas: el inesperado desenlace predicho, el final inesperado y el desenlace obvio.

Una tendencia muy común es la de que al principio tengamos claro el desenlace, pero el asunto se enrevese tanto que al final, cuando se cumple nuestra primera idea, nos parece hasta sorprendente.

Esta estrategia hace que, al menos, una expectativa interna se cumpla. Esto hace que no nos resulte incoherente, pero a la vez da sensación de inesperado.

¿Inteligente? Parece que sí. ¿Funciona? De vez en cuando. Y es que, cuando se ha usado esta estrategia típica de grandes historias románticas o comedias que a muchos se le vendrán a la cabeza, el rechazo en redes tampoco ha faltado a la cita.

La segunda opción clara es el final para nadie esperado. Obviamente, como digo siempre, la historia siempre tiene que entrar dentro de la coherencia argumental y el realismo interno de la historia, pero los finales inesperados suelen ser un recurso habitual, por alimentar esa parte del espectador que quiere ver algo que no espera.

El problema gordo de esta estrategia se encuentra, precisamente, en el caso de producciones muy largas. Cuanto más corta es la historia, más tolerancia hay al final inesperado. En el caso de historias de amplia duración, este tipo de desenlaces también tienden al desprecio mediático. Esto se debe a que el trabajo de generación de expectativas, las charlas durante las temporadas, las tertulias, los comentarios, todo ese universo social que se genera en torno a la serie hace que el cumplimiento de la satisfacción por expectativa cumplida se vuelva más necesario e irracional. En las obras grandes, el espectador tiende a sentirse engañado, cuando en las pequeñas lo ve como un agudo y travieso juego con su mente.

La última opción es la más típica de todas: lo predecible. Cuando uno va a ver una obra ligera, en general, busca que todo acabe como se espera. Las expectativas se cumplen, la satisfacción fácil te cubre y la misión está cumplida, ya que no se esperaba más. De hecho, la gente se suele tomar bastante a mal que la cosa no sea así.

Su principal crítica es, obviamente, la falta de innovación y profundidad, así como que las tramas raramente buscan la complejidad del primero de estos tres modelos.

El espectador guionista

Tuiteaba esta semana Gómez-Jurado que GoT le ha hecho descubrir que, más allá del consabido entrenador de fútbol y político, cada espectador lleva dentro un guionista. Tengo la sensación de que es una hipérbole con respecto a Juego de Tronos y cuándo lo ha descubierto, porque —como autor— sabe de sobra y desde hace mucho que así es.

El que consume muchas horas de un tipo de espectáculo tiende a esta idea de creerse superdotado en la elección de recursos que los profesionales han tomado de forma diferente. En parte, ahí está la magia y el genio de un verdadero guionista o escritor de ficción: en el tener la capacidad de demostrar que se es capaz de ser mejor que esos intrusos a los que en realidad se debe. En la responsabilidad que se lleva encima en hacer algo grande y con lo que estar satisfecho.

Fuera de ello, el espectador siempre va a tener la última palabra, y siempre va a haber bocazas que te digan que algo no es tan bueno como se esperaba de ti. Más que nada porque opinar es gratis y vivimos en una época en que hay gente que solo vive para dañar.

El que a alguien no le guste el trabajo que para ti es bueno, por desgracia, es la única expectativa que siempre se cumple.

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Como soy muy antispoilers, no voy a invitar a poner ejemplos sobre obras cuyos desenlaces te hayan marcado por las expectativas. Sin embargo, no dudes en hacer lo que te salga de dentro en la cajita por ahí abajo, que nadie aquí muerde.

Gracias de nuevo por leerme y no dudes en compartir, dar like, seguir y demás familia. ¡Nos vemos en el próximo! 😀 😀 😀

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7 consejos para escribir una novela corta o relato largo

El post de esta semana va dedicado al motivo por el que no he publicado en el último mes: la escritura de un proyecto literario de tamaño medio.

Muchas veces nos encontramos con que nuestro argumento no cabe en las pautas de tamaño de un relato corto típico. Al mismo tiempo, tratar de alargar un argumento para que pueda entrar en los cánones de novela suele acabar por resultar en un texto con exceso de paja.

La salida suele ser este tipo de relatos, generalmente divididos por capítulos y con una dimensión que los deja en tierra de nadie en lo que a lo publicable se refiere.

Sin embargo, suelen ser proyectos también se demuestra el gusto por la escritura y el honor a ella, ya que suele tratarse de obras que combinan lo mejor de los dos mundos: la concisión del relato corto y su apuesta por la acción junto con la evolución de personaje y los recursos de narración propios de la novela.

Hoy os presento unas cuantas ideas extraídas de mi experiencia con el que he estado escribiendo estas semanas y que yo tendría en cuenta a la hora de llevar adelante este tipo de relatos, que yo fijaría a partir de las diez mil palabras.

Consejo 1: Piensa siempre a dónde vas

En la práctica totalidad de obras literarias, tener clara la estructura de lo que va a pasar es imprescindible. Quien escribe tiene que tener claro en todo momento hacia donde se van a desarrollar los acontecimientos de las principales tramas de la obra, ya que mientras trabaja diferentes pasajes intermedios puede tomar mucha ventaja de ello.

En el caso de no seguir una estructura, lo habitual es la divagación en los capítulos puente, la acumulación de escenas prescindibles y la aparición de errores de coherencia.

Hay quien defiende la libertad de que el texto se desarrolle según viene; yo espero que se refieran a que en determinadas escenas se te presenten nuevas ideas no previstas y que aporten. Una desviación en el motor general de la obra puede derivar en que esta se convierta en algo completamente diferente en cuanto a significado o lo que se buscaba y, sobre todo, en cuanto a los elementos que aparecen en ella.

Tomar una decisión inesperada en el décimo capítulo puede hacer que tengamos que variar pautas de lo ocurrido en multitud de previos y en los que están por venir, de ahí que, en líneas generales, sea clave que haya una estructura clara a seguir previa a la escritura.

Consejo 2: Programa tiempos

Este tipo de obras suelen tener una temporalidad clara. Esto hace que sea muy importante tener en cuenta elementos de tiempo para evitar incoherencias.

Pongamos un ejemplo básico para ilustrarlo. Si un personaje trabaja en una oficina, lo más obvio es que no trabaje en fin de semana, con lo que habrá que tener en cuenta que —si en el relato van pasando los días— no va a ir más de cinco seguidos al trabajo. De ir a la oficina todos los días del relato, cuando este transcurre en dos semanas, tendremos un problema de coherencia.

El problema se agudiza sobre todo cuando introducimos elementos que se conocen a posteriori, pero que no hemos descubierto en el primer momento de la redacción.

Si, por ejemplo, nos es necesario que algo haya pasado tres días antes del final, habrá que tener cuidado de que tenga coherencia temporal. Si el final se da en martes, eso no podrá ser algo que solo ocurra durante la semana.

Caso similar son temas como el clima. Si en la narración hemos dicho que tal día cayeron chuzos de punta y tiempo después decimos que tal personaje se fue ese mismo día de camping bajo un sol espléndido, puede pasar desapercibido, pero es un grave error de realismo interno.

Consejo 3: Establece una ficha de identidad de los personajes

Una de las diferencias clásicas entre relato corto y novela está en que el primero tiende a ser centrado en la acción y la segunda en los personajes.

El que el relato largo tenga tal duración, permite una buena construcción de personajes que el corto no nos deja, de ahí que tengamos que tener muy claro el funcionamiento mental y las características físicas de estos tanto para no caer en clichés como para generar ventajas en cuanto a calidad del relato.

En general, en estos relatos va a haber un número contado de personajes, de ahí que no debemos sucumbir a la pereza a la hora de tener clara nuestra imagen de cada uno. Mi recomendación es tirar de un formulario de datos que se cubre enfocándolo a cada personaje y al que se recurre en caso de duda. Esto nos permite evitar un error muy común: el de dejarnos llevar por lo que creemos obvio en cuanto a sus actitudes, haciendo que valoremos mejor lo que podría hacer el personaje en realidad. Eso es lo que le da profundidad.

¿A qué me refiero con formulario de datos? Preguntas generales y para todos, como por ejemplo: edad, educación, tipo de familia, adjetivo que lo defina, qué ama, qué odia o su comida favorita, por ejemplo. Así con unas cincuenta, jejeje.

Consejo 4: Dale identidad a cada capítulo y aprovecha las ventajas de estos

Sinceramente, creo que este tipo de proyectos es el que más aprovecha las ventajas del uso de capítulos.

Como primera ventaja está en que, al ser más acción que una novela, el capítulo suele ser susceptible de tener una identidad propia, que nos permite darle su propia personalidad y tono, y darle estructura interna para convertirlo, en sí, algo similar a un microrrelato o relato corto propio.

Por otro lado, los capítulos permiten el cliffhanger, el conocido mecanismo de dejar el final en pleno suspense para generar necesidad de seguir leyendo.

Otra ventaja es la posibilidad de utilizar un narrador específico en cada capítulo. Siempre con coherencia, se puede utilizar una narración enfocada a un personaje en uno y a otro en el siguiente; mecanismo típico de la novela, pero que el relato corto limita.

Claro está que, de nuevo, la coherencia en el uso de estos recursos es importantísima. No conviene utilizar aquello que nos puede descontrolar la lógica del material.

Consejo 5: No obvies las tramas secundarias o aquellas que no se ven

Un error típico es tener muy claro lo que va a ocurrir en cada momento, pero solo tener la visión del protagonista o personaje afectado por ello.

De nuevo, tiremos de un ejemplo precoz para explicarlo. El prota avanza hacia el final cuando, en ese momento, su tía le traiciona y se descubre parte del complot de los malos. No solo tenemos que preocuparnos de que tenga lógica interna que esto ocurra (que esta señora tenga cierta presencia, aunque mínima, o que sepamos la relación que tiene con él): necesitaremos que tenga una historia detrás que le dé sentido a esa actuación, que tengamos claro que la mueve y que le demos suficiente presencia en el relato para que el lector no sienta que lo tomamos por tonto.

Las historias que no se ven pueden llegar a ser muy importantes para el sentido del proyecto. Aunque en algunos casos no sea necesario ni recomendable relatarlas por completo o explicar cada detalle, si es importante que quien escribe tenga claro el porqué de cada acto.

El «porque sí» en cualquier obra de ficción dice muy poco de su profundidad.

Consejo 6: No te dejes llevar por lo que tú conoces pero no aparece en el texto

Muy relacionado con el consejo previo, un error muy común es que trabajemos tanto el programa que creamos haber metido datos importantes en relato cuando, en realidad, no lo hemos hecho en ningún momento.

Cuanto más largo es el relato, más peligroso es que esto ocurra, ya que suponemos haberlo puesto en alguna parte y —por las dificultades para ubicarla entre el mar de páginas y sinónimos— aceptamos que así ha sido, cuando no.

El método más eficaz es, sin duda, que otra persona lea la obra antes de publicar: lo que a nosotros se nos hace muy complicado, es fácil de ver por un lector ajeno con un mínimo de atención. De no poder o querer recurrir a estos lectores cero, el mecanismo va dentro del último consejo: dejar espacio a la obra y ser objetivo con ella.

Consejo 7: Revisa como es debido

Siempre he defendido que lo que hace a uno un escritor no es escribir, sino revisar. Así que, por importancia y pese a no ser específico del género, lo incluyo sin ningún rubor.

La revisión es parte fundamental de la creación de una buena obra literaria y lo que le da el salto de calidad a estas.

¿Qué hace falta para una buena revisión? Para mí, la clave, es el espacio con la obra.

Yo soy uno de esos escritores que revisa y revisa como un desgraciado, desde que acabo el capítulo, hasta durante, incluso cuando cada vez que lo leo en Word por diversión. Sin embargo, la principal revisión de calidad es aquella que se hace cuando ya hay una cierta distancia con la obra.

Esto es de Perogrullo para quien lleva tiempo escribiendo, pero aún así repetiré la pregunta retórica una vez más: ¿no os pasa que cuando leéis algo vuestro con el tiempo le veis fallos por todas partes? Pues para la revisión es tal cual: obviamente, no podemos dejar años el relato antes de revisarlo, pero si al menos le damos una semana o dos, la revisión es mucho más eficaz.

Mi consejo es que al poco de escribir, lo reviséis, pero que nunca publiquéis o mandéis a concurso nada que no hayáis revisado al menos una vez tras dejarlo descansar una semana o dos. Y menos cuanto más largo sea el texto.

Fuera de esto, lo normal: sé objetivo, sé honesto, no te autoengañes, cambia lo que haya que cambiar, descarta lo que sepas que no pega y, si pides consejo a lectores cero para que te hagan ver fallos, escúchalos como es debido y pondéralos.

Un último apunte

Como dije al principio, este tipo de relatos suelen no encontrar cabida en lo que a publicar se refiere por no entrar en los parámetros típicos de duración para ser editados. Sin embargo, si algo saco de esta experiencia, es una gran satisfacción con la obra por todas las ventajas ya mencionadas.

Con el tiempo y los daños, es como que se nos hace creer que, si algo no es susceptible de que podamos llevarlo a una publicación, no vale la pena. No olvidemos que, si empezamos a escribir, no fue por la fama ni por el publicar, sino por el gusto por las letras, por las historias. Pues este tipo de relatos es una auténtica declaración de amor.

Lo he disfrutado mucho, me ha dado grandes momentos y me ha hecho progresar. Creo que a cualquiera que lo haya vivido le habrá valido mucho la pena.

La ficción que abría la mente y los nuevos malos

Los motivos que llevan a una persona a ser más o menos abierta son fáciles de intuir y complicados de determinar.

Leyendo artículos y publicaciones sobre estudios del tema, suelo encontrar elementos que pueden influir. Más allá de los que serían poco menos que ir a lo fácil, como la educación y la genética, podemos encontrar indicios de que la empatía o el haber vivido experiencias muy distintas o con otras culturas serían factores de incidencia demostrable.

En otro orden de cosas (y de estudios, de hecho), a lo largo del tiempo he encontrado diferentes publicaciones en las que se alude a que, a la hora de consumir ficción, el cerebro integra la información consumida como vivencia, en especial si se produce la suspensión de incredulidad.

De ser ambas corrientes de estudio correctas, la conclusión silogística es fácilmente alcanzable: el consumo de ficción tiene influencia en la apertura mental.

¿Fin del post? Bueno, la conclusión es de por sí interesante. Sin embargo, quiero ir más allá ofreciendo algo nuevo que a alguien con mis intereses por la apertura mental y la escritura de ficción le parece muy interesante: ¿el nuevo cambio en los roles de protagonista y antagonista están afectando a que la ficción ya no abra la mente del mismo modo?

La ficción que abría

Supongo que a muy pocos de los lectores de este post sorprenderá que, a lo largo del tiempo, publicaciones científicas o de divulgación hayan encontrado evidencias sobre la relación entre ficción, empatía y apertura mental. Según algunos investigadores del cerebro, la lectura de ficción y la suspensión de incredulidad llevan a parte del cerebro a sentir que está experimentando la historia en sus propias carnes. Esto genera, según lo visto arriba:

  • Una mayor capacidad de apertura mental.
  • Una mayor empatía con el estereotipo de personas cercanas en características a ciertos personajes con los que compartimos historia.

Leía ayer una frase de don Miguel de Unamuno que decía «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Yo lo traduciría por «Cuanto menos se vive, más daño hace lo que se vive».

Si bien puede parecer exagerado, creo que a nadie escapa que cuanto más cerrado es el entorno de una persona en cuanto a experiencias nuevas y gente diferente más tiende hacia fenómenos clasistas y prejuiciosos como la discriminación por motivos de raza. Del mismo modo, son comunes las demostraciones de que discriminación y la generalización se da mucho más en personas con menor cultura y menor movimiento en diferentes ambientes (por mucho que a todos se nos vengan a la cabeza gente despreciable del espectro contrario).

Esto, ya llevado al mundillo de la ficción, me conduce al enlace con un elemento que antiguamente se trataba de otro modo en los consumos de entretenimiento argumental.

Protagonistas y antagonistas

Los cuentos infantiles y nuestros inicios en la ficción nos llevan a la habitual concepción generalizada de que el personaje protagonista y «el bueno» son sinónimos. Evidentemente, la propia mención de esto ya nos hace saltar la alarma de que no es así siempre: algunas grandes historias han sido protagonizadas por personas que tienen poco de buenas.

A partir de aquí, diferenciemos pues a los buenos de los protagonistas y quedémonos con la dualidad típica del estilo de participantes en la ficción: protagonista, como el personaje central del discurrir de la obra, y antagonista, como personaje con intereses contrapuestos a los del protagonista.

Por poner un ejemplo que sirva de puente, protagonistas serían Caperucita, Batman, Sherlock, Katniss, Oliver Atom, Harry Potter. Y como antagonistas, el lobo, el Joker, Moriarty, Snow, Marc Lenders o Voldemort.

El protagonista malvado

Obviamente, si tiramos de los ejemplos más obvios de protagonismo y antagonismo, nos encontramos con la antes mencionada coincidencia de buenos y malos respectivamente. Sin embargo, durante mucho tiempo las historias han sido llevadas adelante por protagonistas malvados.

El problema para los ejemplos suele estar en que los antagonistas buenos no suelen ser tan recordados por la potencia argumental que el prota malo asume.

Por ejemplo, cuando pensamos en El padrino no es fácil que se nos vengan de primeras los antagonistas. Casos similares serían los de El perfume, El lobo de Wall Street o tantas otras historias en las que la naturaleza malvada del protagonista eclipsa a cualquier tipo de antagonista. ¿Quién conoce el nombre de la familia de los 101 dálmatas? Cruella de Vil acapara el recuerdo y con toda lógica.

Una frase muy común en el mundo de la ficción es la de que una historia vale lo que su malo. Los protagonistas malvados son pura demostración de esta lógica.

Lo que nos dio el protagonista malvado

Enlazando pues lo visto, los protagonistas malvados, los antagonistas que nos narraban o aquellas narraciones que nos daban el punto de vista del malo nos invitaban a la empatía con la gente que pensaba diferente a nosotros. Lo fácil que resulta vernos reflejados en protagonistas hacia que, al menos, nos viésemos conducidos a entender cómo pensaban y que podían tener sus razones para ellos lógicas, aunque no las compartiésemos.

Las verdaderas buenas historias de protagonista malvado o fuera de norma nos surtieron durante mucho tiempo del hacernos pensar en la coherencia de lo que desde la teoría se hace impensable. El padrino nos hizo entender qué puede conducir a personas con valores a volverse un delincuente; Breaking bad, qué motiva y conduce a un padre de familia al mundo de las drogas; Shame, qué puede haber detrás de una adicción silenciada por el asco que supone a la sociedad.

Por supuesto, en ningún caso digo que las conductas dejaran de resultarnos condenables. Lo que sí encontramos fue la posibilidad de aprender a pensar en que hay personas tras los hechos. Lo cual, en la sociedad de la instantaneidad, el estereotipo y las personas que no son personas, sino perfiles, nos venía muy muy bien.

Pero justamente, cuando más falta hacía, lo estamos perdiendo.

El malo actual

Si algo ha aprendido la ficción en los últimos tiempos es a dar características distintivas a los personajes.

Si bien en historias con muchos podemos vernos obligados a tirar de los arquetipos para no embotar la cabeza del espectador, la tendencia actual parece ser meter mucha miga en personajes secundarios o incluso terciarios, como extrañas peculiares adicciones, sexualidades, marcas pasadas. Tendencia que, por otro lado, está contradiciendo otro de los grandes principios de la ficción: no aportar datos superfluos que entorpezcan y no aporten a la historia.

En el caso de los malos en lo comercial, el camino a seguir parece estarse torciendo.

Por un lado, se están lanzando constantes reinterpretaciones de las historias clásicas por el lado del antagonista malvado, las características que se les imprimen reducen lo antes exagerado en el otro lado y lo orientan hacia el perfil del protagonista clásico, mientras a los buenos convertidos en antagonistas se les exageran las virtudes hasta hacerlos odiosos, imprimiéndoles al mismo tiempo defectos antes no presentes.

Por otro, más grave a mi ver, el perfil del malvado de nueva creación se está exagerando de forma extrema. Si bien en casos específicos, como la Villanelle de Killing Eve, el acierto es pleno, en los productos comerciales como la netflíxica You, se perciben claramente que las exageraciones no van en línea con el perfil del personaje, sino que buscan directamente la generación del rechazo del espectador con recursos que encaucen al lector hacia la interacción en redes por encima de la coherencia o el ejercicio de poner sobre la mesa una personalidad perturbada.

Esto hace que nos sea muy complicado ponernos en su piel como lo hacíamos antes, generando daños a la suspensión de incredulidad y a la capacidad que las historias con protagonista malvado tenían para hacernos sentir algo en su mente. De esta gente rechazamos sentirnos parte, solo queremos asquearla, odiarla y comentarlo por ahí. Y eso es precisamente lo buscado.

Lamento la subjetividad del siguiente comentario, pero el nuevo perfil de protagonista malvado con el que nadie se identifica es una demostración de que a los espectadores nos tratan como borregos. Si hace años podíamos distinguir perfectamente lo oscuro del comportamiento de personas como los Corleone o el Patrick Bateman de American Psycho, ahora deberíamos ser de igual modo capaces de identificar en Villanelles, Cerseis o Joe Goldbergs a malos de nuestro tiempo sin tener que usar manual de instrucciones. Que caigan mejor o peor no nos priva de verlo, tal y como antes no lo hacía.

Conclusión: la apertura mental pierde un nuevo amigo

Recordando por utilidad la conclusión ya en el inicio de que la lectura y consumo de ficción aportaba directamente a la apertura mental y la empatía, la principal idea a extraer llegado este punto es que la reducción de consumo literario y la búsqueda de que los nuevos malos despierten unánime odio social en redes ataca directamente a las lógicas esperanzas que el exponencial consumo de ficción en las nuevas generaciones pudiese traducirse en una mayor apertura mental.

No voy a negar que creo que la apertura mental es mayor hoy que hace veinte años: no venimos del paraíso en ese aspecto ni mucho menos, así que no era tan difícil. Sin embargo, sí convendría plantearnos qué se está haciendo con la ficción. Si nos convienen más los planteamientos que hacen que no todos queramos ser del mismo equipo o realmente queremos seguir cayendo en ficciones de un único color que nos obliguen a sentir simpatía por los mismos y odiar a lo que es fácil odiar, cual autoritarismo de pensamiento.

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Como de costumbre, pregunto: ¿qué opinas de lo leído? ¿Te preocupa querer que al malo le salgan bien las cosas? ¿Ves a la ficción como una manera de intoxicar a la sociedad o de vacunarla? ¿Crees que la gente era más abierta antes? Comenta sin miedo, comparte, opina por ahí adelante, pero menciona también para que pueda verlo (@osgonso y esas cosas).

Sombras de lo que odiamos

El otro día escuché una opinión que, directamente, me ha parecido motivo de post. El comentario fue algo así: «Creo que cuando no sabes muy bien cómo eres o lo que piensas de un tema, una buena solución es pensar con quién no compartes pensamientos y ponerte del otro lado». La gente asintió en medio de cierto silencio raro.

No me extraña que no hubiese comentarios, porque no a cualquiera deja indiferente semejante afirmación: por un lado, habrá quien la vea verdad absoluta; por otro, quien llevado por la rimbombancia de la afirmación directamente no se pare en su mensaje; yo me quedo con un tercer (y existente) lado. El de la metafórica boca abierta de que haya quien piense que la naturaleza humana se basa en algo tan simplista como los opuestos.

Ya cuando hice la saga sobre la crisis de la divergencia y el pensamiento propio echaba de menos una entrada relacionada con el esfuerzo social que se imprime en el dividir todo en dos. No es que la tendencia sea nueva: el que ahora escribe es hijo del bipartidismo, del «o eres del Barça o del Madrid» o de la luz y la oscuridad, si nos ponemos trascendentales. Sin embargo, en un mundo tan dado a la personalización de contenidos, experiencias y demás, cualquiera pensaría que algo más de capacidad crítica nacería. Algo más de libertad de cara a poder construirnos con cierta independencia de lo clichés.

¿Soy un iluso? Puede. Pero creedme si os digo que no soy un iluso por no ser un desilusionado.

El que no te gusten las tradiciones no implica que disfrutes de la vida moderna. Quien odia la salsa no tiene por qué amar el hard rock. Y no porque a alguien no le gusten las chicas tienen por qué gustarle los tíos.

Os diría que el ser humano es como una moneda que puede caer de canto, pero eso sigue siendo una absoluta gilipollez: el ser humano es como un cubo de Rubik de infinitos lados, con miles de tonos, con la capacidad de ser únicos. ¿En serio alguien puede creer que se puede construir lo que somos en base a lo que no somos?

La propia mención de la idea debería espantarnos, porque si nos constituimos en base a lo que no somos… ¿qué somos entonces? Sombras de lo que odiamos. Algo nacido de lo que no podemos ni ver delante, cuando tuvimos la alternativa de ser lo que queríamos ser.

Así pues, ¿qué quieres ser tú? ¿Lo que eres o la sombra de lo que no eres?

Yo me quedaré siendo lo que de mí ha nacido, embrión de lo que aún no nació, ignorante de lo que desconozco y amigo de lo que he amado. No me busques en odios porque no soy sombra de nadie. Yo elijo ser multicolor, blanco, gris, oscuro y brillante.

Quizás apasionado

Pides que de pasiones te hable, pero… ¿qué buscas en las pasiones de un uno cuando tanto te has esforzado en cubrirlas de tu todo?

Si hablamos de mis pasiones, quizás sea la justicia, que un día es blanca y otro negra según si son muchos o pocos a quienes interesa su aplicación.

O quizás sea la hipocresía, que culpa de lo que no se peca y calla cuando cae en su propia evidencia.

Quizás, la solo algo diferente diferencia. La de las personas que son, no son, entonces sí, ahora no. Distintas, iguales, a tramos, por pasos; hermanas, rivales, apoyos, desequilibrios. «¡Qué buenos!». O quién sabe si, al día siguiente, «qué malos».

Quizás sea lo inexplicable. De todo. De nada. O de toda y de nado, por corrientes que tejen verdades, a pares de fallos crear. «Crear»…

Quizás sea crear, porque quien vive crea, tenga pasión por la vida, la explique, la distinga, le mienta o la crea justa. Esa es una buena pasión. Una buena y mía pasión: crear nueva realidad.

Hacerla crecer. Crecer con ella. Amarla y odiarla. Para acabar por dársela a quien ya no se escucha más que a sí misma. Darte algo a ti, sí: a ti, sociedad. Tal vez en eso consista la pasión que en mí buscas. En ser algo para alguien que no es alguien y a quien no le importa lo que tú seas.

Pero… ¿sabes? Quizás eso solo sea un quizás.

Quizás solo un quizás apasionado.

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Esta semana me he decantado por esta pequeña pieza sobre alguna de mis pasiones que he escrito para un pequeño curso de escritura creativa en el que participo una vez por semana. Hay gente para la que las pasiones son actividades; para otra, paisajes; para mí, por ejemplo, conceptos.

¡Coméntanos si quieres tu pasión en comentarios! Siempre es bonito ver que a la gente aún le late algo en el pecho.

Gente que cambia, que no, que cree que la gente cambia y que cree que no

Si hay algo que todos conocemos es que las contradicciones en las principales premisas de cómo vivir según la sociedad son tan innumerables como las briznas de césped en una ladera de los Alpes suizos. Hoy vamos a analizar una muy común, la idea de que la gente cambiamos constantemente frente a la de que la gente no cambia, y veremos qué daños puede provocar la diferente perspectiva al usarla según conviene.

En tiempos de que lo que se hace se es

Viniendo de un post dedicado al rencor, tenemos bastante claro que la gente, por lo general, tiende a ese mecanismo de defensa típico ante el daño pasado.

La mente humana advierte el potencial daño en base al sufrido con el más puro sistema animal de ensayo-error: si cierta persona te ha hecho cierto daño es porque tiene capacidad de hacerlo y podría volverlo a hacer, de ahí que debamos tener cuidado con ella. Dado que, habitualmente, la gente sufre tendencia a cometer los mismos errores, quizás no sea tan descabellado pensar que podría volver a cometerlo 30 años después.

Porque la gente no cambia, ¿no?

En constante movimiento

La sociedad de la información es, al mismo tiempo, la sociedad del aprendizaje. La evolución de la tecnología, el entretenimiento y las modas es la más rampante de la historia, generando unos niveles de volatilidad y cantidad de información aprendida, interiorizada y mal interiorizada muy por encima de lo nunca visto. ¿Qué supone esto? Entre otras cosas, un fuerte acceso al cambio en las personas.

Por un lado —y como no puede ser de otra manera—, cierto porcentaje de la población no se saldrá de su carril en lo que a ocio, personas y demás se refiere, estando décadas atados a unas creencias y comportamientos casi inmutables por la ausencia de más estímulos que aquellos que se vean forzados a experimentar, como los cambios en su economía, vivienda o familia. Sin embargo, a nadie escapa que las redes sociales, los cambios tecnológicos precoces y otros mecanismos están volviendo mucho más complicada una estabilidad de pensamiento, dado que el número de nuevos estímulos y la habilidad del cerebro humano para reconfigurarse ante ellos hacen que el mantenimiento del status quo sea mucho más complicado que en siglos pasados.

Estás muy cambiado

Esta capacidad de absorción de lo nuevo, llevada a la mentalidad personal, tiende a generar una mayor capacidad de adaptación a las diferentes circunstancias. Incluso el tan reputado término de resiliencia en más gente de lo habitual.

Sin embargo, ya no sería tan habitual la imagen de la resiliencia como aquella del árbol que se inclina con el viento para volver a su posición inicial tan pronto pasa: más bien el árbol se haría con ventajas de ese viento para ponerse en una mejor posición. Puede que con una ráfaga el árbol se parezca mucho y que con veinte apenas sufra cambios. Sin embargo, y aunque sean muy reducibles bajo su término, los años son muy largos en cuanto a metafóricas ráfagas se refiere y, con el tiempo (sobre todo, con los fuertes cambios) las personas somos bastante diferentes a lo que éramos.

A nadie se le escapa el cambio físico de una persona desde su niñez a su adolescencia. O de esta a una edad ya considerable adulta. Cuando vemos después de muchos años a alguien con quien no tenemos relación apenas, pensamos «oh, qué cambiada está esta persona», con sentimiento no solo de lo físico o incluso lo mental, sino de que estamos ante otra diferente. Sin embargo, cuando nos encontramos a alguien con capítulos en nuestro pasado, entonces nos cuesta más pensar que está distinta.

Se trata de un mecanismo típico humano: el de hacer que ante un encuentro de dos personas separadas muchos años atrás tendamos a retomar la relación como en aquel momento. Algo parecido a esa mascota que ve a su antiguo dueño años después y se abalanza como si no hubiese cambiado nada.

Obviamente, en cuanto el tema de conversación pasa a lo genérico, en cuanto ese efecto que nos lleva a lo común se desvanece un poco, vemos las diferencias nítidamente: cómo de pronto defiende cosas que antes no hacía, cómo tiene hábitos que antes no tenía, y entonces nos extrañamos y empezamos a ver que la persona no es la misma que dejamos, habitualmente con un cierto desencanto.

En el caso de alguien con quien tuvimos relación, pero no nos cae bien, eso no pasa: directamente aplicamos la primera parte, el entenderlo como alguien igual que era antes, pero no avanzamos hacia la sensación de que ha cambiado, de que ya no es la misma persona, porque el rencor, el sentimiento animal de ensayo-error o lo que sea nos invita a pensar que esa persona no ha cambiado, que aún tiene la capacidad de hacernos daño. Mientras, a nuestro lado, ese amigo que no ha tenido más relación con ella en el pasado que el conocerla de vista, la entiende como una persona completamente nueva.

Quien interesa, cambia; quien no, es igual que siempre

¿Dirías que veinte, diez, cinco años después, eres la misma persona que eras? ¿Que cometerías los mismos errores? ¿Que te reirías de las mismas cosas? ¿Que crees lo mismo de la gente, el mundo, lo que está bien, lo que está mal, lo que harías, lo que no?

Probad a mirar fotos, vuestra letra, redes sociales, mensajes incluso: el aprendizaje cambia, la experiencia cambia. El mundo gira y si las personas no cambiamos con él tras miles de esas vueltas, es que algo estamos haciendo mal.

Pensad si vuestros colegas han cambiado. Si estás con la misma gente, o si la gente con la que sigues estando hacen actividades que antes no hacían, escuchan música que antes no escuchaban o comen cosas que antes no.

Pues al igual que tanto tú como ellos perfiláis vuestros valores, os volvéis más o menos egoístas, educados, abiertos, sabios, reservados, felices, específicos o inocentes, la gente que no conoces, la gente que te cae mal, la que te cae bien pese a que nunca has hablado con ella y la que solo conoces por haber oído hablar de ella, también cambia. Más o menos, poco o mucho, la gente cambia.

Tal y como hay tímidos que con el tiempo se abren y se vuelven muy extrovertidos, existen extrovertidos que acaban por encontrarse incómodos por diferentes experiencias o en otros ambientes. Tal y como alguien guapísimo puede ser ahora horrendo y alguien superfeo ahora un adonis, alguien que era una bellísima persona, puede ser ahora un desgraciado y alguien que era un bicho, ahora puede ser ahora una tía genial. Lástima que los cambios de pensamiento no puedan verse como los físicos, ¿no?

En cualquier caso, el último tramo de este post no va a ir hacia lo de perdonar a quienes odiéis y al dar segundas oportunidades de estar con uno. Va a ir hacia los juicios injustos.

Cuando lo pasado es eterno

El mundo es simplista: si alguien roba una manzana ante alguien, ya es por siempre un ladrón; si alguien aplaude a un máximo rival, ya es por siempre un traidor; si alguien una vez insultó en público, para siempre es un maleducado.

¿Lo apruebas?

Porque te recuerdo que una vez te dieron mal el cambio y no dijiste nada. Una vez empujaste a alguien que te tocó las narices y al que le hubieses partido la cara si no llega a ser por las consecuencias. Otra, dejaste que otros se metiesen de leches cuando con la ayuda de tu amigo podías haberlo evitado. Viste ese vídeo porno aun no gustándote lo que hacían. Te alegraste de que tu amiga sacase menos nota que tú en esa asignatura. Dijiste que no sabías de qué te hablaban cuando fue todo culpa tuya. Gozaste de la espectacular forma en que murió ese malo y te hizo gracia ese chiste que ahora te da asco y vergüenza. ¿Así que eso eres? ¿Un ladrón? ¿Un violento? ¿Un cobarde, un pervertido? ¿Una traidora, una mentirosa, una sádica? ¿Un imbécil? ¿Mereces que te juzguen por ello, cuando no volverías a hacerlo, cuando el contexto es muy distinto, cuando tu vida es diferente, cuando ha pasado tanto tiempo, incluso cuando fue una acción puntual? ¿Crees que mereces aparecer en una lista de escarnio?

Pues que sepas que hay gente que dice cosas de estas de ti sin ni siquiera conocerte. Por lo mismo que tú andas diciendo de otra gente cosas que una vez has visto o alguien te ha dicho, y que asumís por un hecho tan aislado y falto de contraste y contexto como todos esos de arriba en tu caso.

Los juicios hay que emitirlos para cada momento, no por lo que en otro han sido. Tal y como tú no eres la persona que hace diez se ha sacado esa foto, ni ves justo que se te juzgue por ello, esa persona a la que defines por lo que hizo entonces tampoco tiene porqué aguantar que la traten por lo que ya no es.

La inocencia y la culpabilidad según la higiene de manos

Como último apunte, decir que la hipocresía convenida quizás debería ser dejada a un lado en cuanto a lavarnos las manos en este aspecto.

Es muy bonito decir que hay cosas en las que la gente cambia y otras no según aquello en que nosotros mismos somos perfectamente estables, inocentes y respetables por la sociedad en general. Pero creo que no hace falta más que esa frase para que se vea que en ese tipo de comportamientos hay más autoprotección y creencia de superioridad de las creencias propias a las ajenas que justicia equitativa e inclusiva.

Lo que consideramos más estable pueden ser lo menos mutable en nosotros y lo que la sociedad en general considera más estable, lo que menos cambia generalmente, pero eso no implica en absoluto la inexistencia de gente que pueda cambiar mucho antes que otra en ciertos aspectos, cuando el número de estímulos y personas es tan inmenso.

Por no hablar de que ciertas circunstancias le pueden pasar a cualquiera por muy limpias que tenga las manos.

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Le he quitado un apartado porque tocaba con temas muy diferentes, quizás lo haga en algún momento. Por lo pronto, ¿te ha gustado este? Pues comenta, emegea, comparte sobre todo: ya sabes que todo es bienvenido (y sobre todo, agradecido) en este mundo en el que el único aprecio es a las palabras vacías de sentido.

Elitontismo

Mientras pensaba en cómo hacer el post, descubrí que aquello a lo que me disponía a criticar no tenía un término demasiado claro.

«Minoría selecta o rectora», dice la RAE de la élite. Sí, está bien. Y, por ello, ni qué decir tiene que élites hay en todos los aspectos de la vida: ni mucho menos todas excluyen a todos, ni mucho menos puedes escapar de ellas. Claro que existen las élites intelectuales, artísticas y de la sociedad, pero también existe la élite de la telebasura o la élite del marujeo de barrio, igualmente selectas y rectoras. Por existir, hasta yo podría considerar a mis amigos cercanos una élite: son un grupo selecto de personas con algo difícil de encontrar. Quizás sea que no sean elitistas.

Sí, diría que la crítica de este post podría ser precisamente a eso: no a la existencia de élites, sino a los elitismos tontos que a veces algunos se marcan.

Elitontismo: principios y comportamientos

De nuevo según la Real Academia Española, el elitismo sería la «Actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común». Ahora sí que no entiendo nada: si eso es el elitismo (yo le llamo divergencia), entonces es imperativo que —por su abundancia en nuestra sociedad— acuñemos un nuevo término para engoblar lo que yo veo. Pongamos… elitontismo.

Definiremos elitontismo como los comportamientos traducibles a la mirada por encima del hombro típica de los elitistas de m***** que se creen mejor que los demás por su pertenencia a tal élite.

El elitontismo suele acarrear comportamientos tales como:

Monologuismo. No confundir con el mongolismo. El elitonto tiende a hablar sin parar sobre sí mismo y sus intereses, en un constante speech sobre sus fantásticos atributos, prácticas y vida elitonta.

Falta de empatía y condescendencia. El elitista no empatiza: cómo va a hacerlo, si no escucha. Cuando lo hace, porque necesita recuperar saliva, recurre a la escucha activa-condescendiente: aquella en la que asiente con lástima, con independencia de lo bien que tú creas que te va.

Ambición apisonadora de crecer en su propio grupo. En las élites también hay élites, de ahí que en sus interacciones tiendan a una constante búsqueda de puntos débiles en los de menor nivel en la escala social para dejarlos quedar mal y con ello, pisar cabezas para subir puestos.

Rango de miradas de superioridad. Para poder pertenecer al elitontismo, hay que dominar al menos tres tipos de miradas básicas: la de «te estoy haciendo un favor solo con hablarte», la de «qué pena me da esta pobre gente inferior» y la de «qué bien sé fingir que valoro tu presencia». Hay a quien con dos le llega, pero bueno: esos son la élite de los elitontos.

La élite de verdad

Creo que todos nos hemos encontrado a lo largo de la vida con el mismo comentario, no sé si os sonará. Hay a quien se lo dijo un abuelo cuando tenía 10 años en el parque. Hay quien lo escuchó tres platos más allá en el bautizo de una prima segunda. Cuentan que unos pocos llegaron a vivirlo en sus propias carnes. En mi caso particular, uno de los dos o tres que recuerdo decía algo de este estilo:

«Tenía dinero como para no volver a trabajar en su vida, sin embargo, nunca le verías presumir de nada. Si tenía que remangarse, sin problema. Y no había un solo día en que no te dijese, como mínimo, “Buenos días”, aunque estuvieses perdido de viruta. Esa persona sí que era un rico de verdad

Yo más bien diría «esa persona sí que era de la élite de verdad».

¿Y lo es por el dinero? No.

¿Lo es por la educación? No, aunque podría.

¿Lo es por la humildad que se le supone, pese a que se gastase lo que le diese la gana? Tampoco, diría yo.

Esta persona (o cualquier otra de muy distinto ámbito) es para mí élite de verdad porque demuestra una unicidad, una excelencia, una (si lo quiere la RAE) «actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común», que poco o nada tiene que ver con el elitontismo que a día de hoy tiene de especial y diferente lo que un garbanzo en un cocido madrileño.

Consejos de alguien sin clase

Yo no tengo clase, ni más élite que esa actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común, pero si me permitís trasmitir el seguro escozor que alguno querrá ver en las siguientes líneas, dejadme lanzar un par o dos de consejos al aire, aun sabiendo que ninguno abrirá cabezas duras como cáscara de cigala:

– Aquellos que os creéis mejores que otros por tener más, sabed que lo importante es sentir más.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por el dinero (seguramente de mamá y papá), sabed que el dinero da la oportunidad, pero la oportunidad —igual que ellos— no dura siempre.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por haber visto más, por haber leído, por haber consumido más, sabed que lo importante no es lo visto, leído o consumido, sino lo cambiado y crecido a partir de ello.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por conseguir más corazones, sabed que los de verdad laten fuera de la pantalla.

Para los demás, mi consejo es que no aceptéis menosprecios que no sea alas para volar más alto. Que no os quedéis con alas si lo que queréis son aletas. Que nadéis contracorriente si río arriba está vuestra sonrisa. Que recordéis que las de ellos en las pantallas ocultan imperfecciones que les tuercen el rostro ante sus grandes espejos. Que el espejo en el que debéis miraros debe admiraros, y no haceros temblar de envidia. Que la envidia no es lo mismo que la ambición, y que la ambición no implica pisar a otros, sino pisar fuerte, con voz propia, donde otros callan que se resbalan. Y, por último, que a veces es mejor callar. Pero no para que os amordacen, sino para escuchar a quienes escuchan.

Hablando, solo se refuerza lo que ya eres. Escuchando, se crece.

Porque si en mundo de ciegos el tuerto es el rey, en mundo sin oídos, quien escucha es la élite.