Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

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Recuerdos de música rota (What about us)

Iba a ponerme a escribir cuando un correo entró a mi vieja cuenta de Hotmail.

Recuerdo cuando Hotmail era una especie de página del señor X llena de mujeres desnudas en lugar de Jesucristos y tostadoras aladas. Según Wikipedia, eso nunca fue así, o sea que tal vez nunca haya hecho allí o en Latinmail mi primera cuenta de correo electrónico, en una clase extraescolar de informática con menos de una cifra en mi edad. Dando lo mismo esto último, se me vino a la cabeza lo que cambia el mundo para que pases de ser un correo en una especie de página de contactos a ser una marca de época en lo que a mails se refiere. Y, dando también igual lo entre los últimos dos puntos, abrí mi vieja cuenta de Hotmail para ver el correo sobre una supuesta vulnerabilidad en mi otra cuenta, de Google.

La bandeja de entrada se hallaba saturada de mensajes de Twitter con origen en una cuenta que hace tiempo dejé atrás. Motivado por un orden que en mí cuesta reconocer, me dispuse a borrar a lo bomba atómica cuando la vocecita tras mi nuca me pidió que recordase que una vez ese fue mi correo principal. Pasé pues a limpiar de forma escalonada, sin demasiados parones en mi andadura de destrucción. Hasta que al fin llegué allí.

El nombre de aquella chica me impactó como una hostia en la cara. De modo tal que ni siquiera percibí los demás mensajes tratando de poner nubes de tormenta a su resplandeciente presencia. ¿Qué hacía allí aquel nombre…?

La gente odia. Muchas veces es por el mero hecho de ser imbéciles, pero normalmente también por miedos, daños o vergüenzas pasadas. Aquella chica hoy me odia, o me ha olvidado; al menos, no me quiere. Ni romántica ni “comopersona”mente. Tal vez.

¿Cuántos años han pasado desde la última que hablamos? ¿3? ¿4? Recuerdo dejarla junto con su amiga en la puerta de una tienda de tejidos, riéndonos con o sin ironía del que me tuviese bloqueado, cual si fuese una niñería el haberlo hecho, aunque no por ello motivo de desbloqueo. En ocasiones, la gente quitamos hierro al daño. Es una lástima ver que todo el óxido que nos cubre sea precisamente eso: manchas sangrantes de un pasado en el que fuimos mejores y más brillantes. Y estábamos juntos. Y éramos jodidamente felices por el simple hecho de poder estarlo un rato. Juntos, digo.

Pero la gente odia. Muchas veces, por el mero hecho de llevar el asco en las venas, pero también para olvidar que una vez nos supimos amor incondicional a otra persona. Si del amor al odio hay un paso, lo da el dolor de amar de forma injusta. Y esta injusticia es precisamente lo único que queda de este amor cuando se vuelve odio, tristeza profunda, miseria de corazones y música rota.

Creo que así sentí abrir ese correo (Felicitación…). De felicidad nada: música rota.

Leí como perdido en algún lugar en el que lo pude ver todo sin poder hacer nada.

Ella llegaba tarde, había estado ocupada y —desde el tono de quien no sabe que exteriorizar a partir de la inocencia de no querer aceptar realidades es una parodia al propio sentimiento— me deseaba un feliz vigesimosegundo cumpleaños, con la pureza de quien ya tiene las cicatrices cerradas pero aún no quiere mirarles a la cara.

Hasta volver a ver el correo, no recordaba ese momento. En realidad tampoco haber recibido el correo, o contestado. Sí lo hice. Creo. No quiero mirar qué contesté, pero estoy convencido de que lo he hecho. Tal vez fuese la penúltima vez que hablamos por escrita. La siguiente o no, discutimos porque las heridas no estaban en realidad cerradas y, al revelarse descosidas, la sangre de seguir siendo parte del otro nos cegó lejos de ver el placer de llorar de alegría por ello: nuestro tiempo ya había sido, “pasado” si lo preferís. Como poco no era momento de volver. No lo ha sido desde entonces.

Hoy no sé qué es de ella. Hace cuatro días, han pasado cinco años de ese correo. De vez en cuando, Instagram me la hace aparecer en Sugerencias. No entro, no sé ni si lo tiene privado: una vez quise recuperarla, una vez hice daño; ya no más. La querré siempre. Una parte de mí, siempre la esperará por hacerlo.

Pero, cerrando el mensaje de música rota, pensé en qué fue de nosotros. Ella, la chica del mail, ya no era la que yo recuerdo fue, ni por seguro ahora es. Y yo, yo pienso en ese niño que recibió el correo y solo sé que fue feliz. Lo siento, siento su emoción muy dentro, más allá de mis ojos y mis borrados te echo tanto en falta. Cómo quería a esa chica cuando recibió ese mensaje de cumpleaños atrasado. Cómo la quiso cuando se besaron —lejos del mundo— en aquel castillo. Y —en medio de él— en la tarde de las dos lunas, de aquella cafetería, rodeados de amigos cotillas y nadie.

Dios…: qué poco, queriéndola (distinto, sí, pero queriéndola), me parezco a ese chico. No lo reconozco, no lo siento, ni sé sentir algo por él. Pero, ay: qué feliz sé que fue recibiendo ese correo.

Mientras sobre el correo de amor perdido de quien un día se fue por los daños se cernían las nubes de otros mensajes que querían atacar al chico, cerré la cuenta y volví a la realidad de su ausencia enmascarada en su heredero y odiador de su ayer.

La gente odia. Por momentos, a sí misma.

Pero también sonríe recordando que, una vez, estuvo felizmente equivocado.

La satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda

Hoy cumple años una de mis personas favoritas.

A mediados del anterior agosto, descubrí que lo había olvidado. Y me sentí extraño. En realidad, no cambió nada: ella no quiere que la felicite, ni por respeto a sus deseos yo pensaba hacerlo. Pero me sentí extraño.

Hubo una época en que nunca olvidaba un cumpleaños. Ni apuntarlos me hacía falta. Era como un reloj interno que me llevaba a acordarme ya días antes. Preparaba un mensaje en condiciones, recordaba los buenos momentos, felicitaba y esperaba las sonrisas, el “Muchas gracias” y la miniconversación posterior.

De pronto, me encontré con Insta y sus +1, Facebook y sus notificaciones y empezaron a pasárseme. Todo un problema cuando la mitad de la gente de la que me importa sus aniversarios lo usa aún menos que yo o, directamente, ni siquiera nos tenemos de amigos. Empecé a ver que “el lunes fue aquel aniversario”, que “no recuerdo si era en marzo o noviembre”. Sentí que una de las partes bonitas de mí se había despedido.

Hay que ver cómo el cuerpo se acostumbra a que seas un gilipollas. Le das algo hecho y pierde funcionalidades. Tenía un amigo que, de tanto usar el reloj digital, olvidó saber qué hora era mirando a uno de agujas. Muchos, que no se saben su propio número de teléfono o de identidad, porque pueden buscarlos en la agenda del móvil o la cartera cuando quieren darlos.

No sé cómo llamar a esto. Adoro los avances, detesto las incapacidades. Al final no sé si somos mejores, más hábiles y ágiles, o simplemente unos dependientes a los que si se nos quita alguna de las ventajas que se nos han dado, nos vemos sumidos en una desorientación e inutilidad ante la que los que llamáis “paletos” nos darían un repaso. Pero qué más da. Al fin y al cabo, nunca nos van a poner al mismo nivel que aquellos que con su pasividad, apoyo u otros actos nos han dejado vivir en ese escalón que consideramos superior. Nunca nos vamos a tener que “rebajar” a ellos, ¿no?

Sea como sea, sin Facebook, ni +1, ni verla en años y años, hoy me he acordado del cumple de María y he sonreído. No sabéis cuando espero poder seguir haciéndolo con el tiempo, por muy lejos que estemos o por muy inútil que sea hacerlo.

Al fin y al cabo, son ese tipo de cosas las que hacen que, dentro de nosotros, podamos seguir notando que —en ciertos momentos— el sentir algo porque sientes, y no porque te favorece, te da una satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda.

Sí pero no: lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser

Viendo este post dedicado al desamor y habiendo ya avisado un tal San Valentín de su inminente llegada, me temo que febrero va a ser un mes romántico en este blog. Preparen pues sus latidos sonrientes y sus recuerdos dolorosos, abróchense los cinturones que no pudieron desabrochar y recibamos a la primera entrega de la segunda temporada de 2017: Lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser.

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El pasado sábado, una pizza, un pedazo de roscón y un quiche con dudas sobre su verdadera naturaleza fueron testigos de un estudio de caso a cuyo análisis —ajeno a lo tratado en esa reunión— dedicaremos este post. Aunque la situación parezca altamente improbable, numerosas estadísticas inventadas por mí en este momento indican que resulta incomprensiblemente frecuente.

X y Z son dos personas con feeling. Se conocen de no hace mucho, pero el apego ha sido precoz: hablan sin parar. Z tiene pendiente otro asuntillo amoroso de su pasado, pero se encuentra cómoda con el nuevo colega. A X, directamente, le mola Z.

X quiere más y, cuando así lo siente, se dispone a avanzar. Pero la cabeza de Z no está aún para otro devaneo amoroso, así que —aunque su nueva más bonita casualidad le mola— no es momento.

Produciéndose aquí el hecho clave:

—Tú me gustas, pero ahora no puedo.

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Puede parecer una frase cualquiera pero por si alguien no lo sabe, esta frase está en la Gran enciclopedia de frases catastróficas de National Geographic entre “Vaya pepinazo” y “No me pasa nada”

El flujo de acontecimientos posterior a la declaración es desencadenado como una pandemia en cualquiera de los dos principales modelos de comportamiento del pretendiente: el seductor aciago o el no tan común pasivo paciente.

En el primer caso, la declaración de que sí le gusta motiva a X, que redobla esfuerzos en aras de lograr la mutua satisfacción de dos personas que se gustan juntas. La insistencia suele devenir entonces en el agobio y la presión sobre la persona con dudas. Y no: no son buenas palabras a la hora de seducir a alguien. La sensación de inalcanzabilidad que genera en X enamora más si cabe, reafirmando un proceso retroalimentado que va a peor con el tiempo.

En el caso menos común del pasivo paciente, la estrategia pasa por darle el tiempo que, —aparentemente— la otra persona está pidiendo, manteniéndose en una indefinida posición de amistad con ganas de más. Esto tiende a acabar en el friendzoneo (colocación del otro en la friendzone o zona amigos) por parte del personaje Z.

El ratio de final feliz de ambos casos suele ser muy bajo, siendo frecuentes las situaciones de caída de ánimos por parte de la persona enamorada y las de aparición de pretendientes con más éxito en la vida de quien quiere.

Analicemos ahora dos conceptos clave a la hora de determinar cómo se produce el distanciamiento: el desequilibrio y el momento.

La situación de desequilibrio se produce cuando, tras un periodo de relativo equilibrio, una de las partes quiere más que la otra.

No hay que confundir esto con la idea bastante extendida de que en toda pareja estable hay uno que se esfuerza más que el otro, por algunos mal-llamados (¿por qué no se da escrito sin el guion…?) el fuerte y el débil.

Cuando hablamos de desequilibrio aquí, lo hacemos de una fuerte y creciente barrera que impide que pase algo entre dos personas, motivada porque el nivel de querer que pase es diferente.

En el ejemplo de X y Z, el momento en que se produce el desequilibrio es claro: la negativa por parte de Z. Hasta ese punto, la situación era más o menos equilibrada: estaban bien el uno con el otro, había feeling. Sin embargo, en el momento en que X da el salto y Z no, el desequilibrio brota. X quiere más que Z y esa situación le hace verse “detrás”, generando numerosos síntomas de la enfermedad del desamor: falta de confianza, arrastramiento, rayadas mentales, sobrepreocupación por el otro, hacer las cosas por satisfacer al otro, dejar de ser uno mismo ante él. Estos elementos no solo le incapacitan y suelen hacer perder el atractivo hasta ese momento, sino que el desequilibrio se pronuncia, soliendo generar graves problemas en la relación entre ambas personas.

Si bien es cierto que el desequilibrio también causa rupturas una vez comenzada la relación (como dudas de la pareja por falta de confianza propia que acaban minándola), la situación si cabe grave cuando aún no ha pasado nada entre las dos. El difícil mantenimiento de la moral y la autoconfianza pasa por ser la principal vía para restituir el momento de feeling y equilibrio previo con la otra persona.

Aunque parezca una tontería, la clásica frase de “no va a cambiar nada que sepa que le gustas” es cierta muchas más veces de lo que parece: lo que más cambia es el comportamiento del que quiere algo ante quien sabe que lo quiere, y es este comportamiento diferente el que suele hacer que el otro también cambie el suyo. Por ello, si se fuese capaz de no sufrir los ya mencionados efectos del desamor, seguramente la negativa no cambiaría apenas nada.

El problema para quien pretende tener algo está en la aparición del otro elemento clave para que pase algo entre dos personas.

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¿Quién no ha escuchado alguna vez lo de que cada cosa tiene su momento?

Da igual que hablemos de un lío de una noche, un futuro matrimonio con tres niños o una infidelidad consentida: en cualquier tipo de historia de atracción hay un punto en el tiempo que cual agujero negro te atrae hacia él inexorablemente, obligando a que o pase algo en él y sus alrededores o no pase.

Es como un fenómeno astronómico de la relación: puede suceder una vez en la vida, repetirse con cierta frecuencia en una época o estar sin ocurrir años y años. La sensación interna, además, es tan eficaz como mirar al móvil para saber qué hora es: se percibe claramente cuándo tiene que pasar. Es como si el mundo se hiciese a la medida de que pase.

Lo mejor es que, de forma extraordinaria, este reloj suele marcar lo mismo que el de la otra persona. No me preguntéis cómo funciona, pero en la mayor parte de casos ambos miembros de una pareja coinciden en saber perfectamente cuándo ha llegado el momento decisivo, quieran o no que pase.

Es por ello que cuando ocurren situaciones como las de nuestros amigos X y Z —en las que el momento llega y pasa con pena y sin gloria—, la situación no es solucionable en unos días. Y claro que a la persona con dudas puede gustarle la otra cuando se lo dice: si no lo sintiese, el afilado “Te veo como un amigo” sería una opción mucho más probable que el “Me gustas pero ahora no puedo”. Lo que a veces ocurre es que en ese instante sí puede creer que ambos estarán ahí cuando haya pasado la tormenta, pero —cuando las nubes se van— la corriente ha alejado sus sentimientos hasta dejarlos solos en sus respectivos mares.

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Más claros o más oscuros

¿Tiene arreglo? Puede. Que algún día recuperen el equilibrio, un nuevo agujero negro aparezca y sus botes se crucen. Pero el mar es grande y (hasta nunca o hasta entonces) la imbebible friendzone o el distanciamiento es todo lo que les queda.

Junto con el recuerdo de los buenos días en que eran nada, y más que todo.

Rolidades

Permitidme que introduzca el post de esta semana con el ejemplo que ha dado lugar a él. Entre la larguísima lista de conocidos de vista dentro de una de mis redes sociales más usadas, tiene presencia un personaje recientemente vuelto de lo más llamativo para mí. Se trata de una joven con una cultura de lo más reseñable, prostituta de alto standing y madre. Las últimas características las descubrí hace poco: si bien me cruzaba con ella alguna vez, me centraba más en su fantástica capacidad de escrita y opinión; siendo de sobra conocido mi gusto por los modelos de ruptura de estereotipos, descubrir lo demás no hizo sino llamar mi atención positivamente.

Dado el declive de la citada red social y la popularidad de nuestra de momento protagonista, en los últimos tiempos se suceden sus apariciones en mi muro (o página principal si es de mayor agrado para vuestros ojos y oídos). Se trata de una persona con una experiencia muy interesante. Nada de zafiedades, nada de romanticismos, nada de centrarse en sus características más llamativas para el público respiraprejuicios. Dada mi falta de continuidad en el frecuente hábito de etiquetar a la gente cual ganado, no tardó en no extrañarme el que no me hubiese percatado de las condiciones que, en un principio, presiden su cuenta. Cosa curiosa teniendo en cuenta lo que me esperaba en el siguiente párrafo.

Allí donde, al grano, la veo escribir entre corchetes hablando de ella en tercera persona y con un tono bien diferente. Allí donde se me da por leer la descripción de su perfil y pegarme de narices con que “las preguntas tienen que ir dirigidas a X, que es un PERSONAJE FICTICIO”.

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(mi reacción)

Creo que el 90 por ciento de los que leeréis esto sabéis que entre mis cinco facetas más típicas difícilmente se escapa la de relatista y creador de personajes; no tantos —quizás el 20 por ciento— conocéis de sobra mi fascinación por los perfiles anónimos en redes sociales, y un porcentaje que sí que no me atrevo a aventurar sabréis que tengo varios amigos con los que llevo años hablando por internet sin haber podido aún conocerlos, en general por la distancia. Sabiendo todo esto, el cien por cien de vosotros habrá llegado a la conclusión de que descubrir el caso ante el que me encontraba me fascinó al instante.

Fascinación número 1: la persona que no existe, pero es

 

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Este fenómeno de interpretar un personaje y generar una red social en torno a una figura ficticia no es nuevo, pero sí está en un momento de plena forma. La sociedad de la interacción por internet permite ejecutar los modelos clásicos de rol o vida virtual tan vistos en videojuegos (Los Sims, WoW) con personas reales en un entorno con una capacidad mucho mayor que la del potencial gráfico de una consola o un ordenador: la imaginación humana.

He ahí que la creación de realidad del personaje pueda ser de lo más inmersiva: estando habituados en nuestro ambiente al despliegue y progreso de amistades en el plano virtual, el comenzar una con alguien que solo existe en las palabras de esa conversación y las otras que pueda mantener es tanto posible como perturbador.

Porque esa persona para ti existe, pero no es más que un títere de palabras en manos de alguien que también existe, solo que en carne y hueso.

Fascinación número 2: la persona que existe tras la persona que no existe, pero es

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La gente que hay detrás de este tipo de cuentas fake difícilmente sale a la luz, y su naturaleza es de lo más misteriosa.

En ocasiones, esa gente son inocentes que solo buscan la diversión u otro fin en nada perjudicial para otro. Por ejemplo, la persona tras el personaje que abre el post puede ser de cualquier tipo, pero en ningún momento esconde su carácter ficticio. Nadie puede acusarla de un engaño, cuando en su propia descripción de perfil está reconociendo su fakeismo.

Por lo general, este tipo de gente se mueve en entornos en los que es habitual este tipo de actuaciones, en los que o bien se da por hecho que lo creado no es real o en los que, de no serlo, tampoco extraña a nadie. Se me ocurre ahora el ejemplo de las fotos falsas en webs de citas, un cliché muy extendido.

Otro caso es el de los clásicos estafadores que buscan aprovecharse. De sobra es conocido el clásico modelo de amante digital estafador que necesita dinero para el vuelo a estar juntos, o el que lo pide para su aldea somalí.

Caso intermedio (y en este caso, extremo) sería el de la gente que se encierra en el mundo de irrealidad que le ofrece la pantalla, confundiendo su realidad con la del personaje que ha creado, o más bien, encerrándose en ese ideal para alejarse de un mundo en el que las cosas no le van tan bien. Recuerdo que en mi adolescencia temprana había pavor a los juegos de rol por parte de algunos padres, ya que de vez en cuando aparecía algún chaval muerto por motivos relacionados con ellos. Y es que llegado al punto de que la consciencia de la verdadera realidad se tambalea…

Fascinación número 3: la “muerte” de la persona que no existe, pero es

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Un aspecto muy interesante es la muerte del personaje por las razones del dueño. En general, este tipo de “vidas secundarias” nacen del tiempo de sobra de su creador, su entretenimiento o sus motivaciones temporales en la mayor parte de casos. Eso suele hacer que, llegado un punto, la cosa se acabe y el personaje “muera”, poco menos que de forma inesperada.

Por supuesto, para la persona que lo trabaja es un algo que se va, y —en general— no más que una pérdida mínima para la gente en contacto con el personaje. Caso aparte es cuando esta persona creada desaparece sin previo aviso ni solución dejando atrás a quién sabe cuántas personas que lo apreciaban.

Cuando una persona desaparece de una red social sin aportar modo alguno de contactar con ella, presenciamos una auténtica muerte de la era digital.

Aquí solemos ver una de las grandes diferencias de las amistades físicas y digitales: mucho decir que valoramos las segundas, pero —en la mayor parte de casos— si nos marchamos de una red social y la otra persona no tiene alguna de las nuevas que tengamos, muchas veces ni nos molestamos en conservar el contacto con la mayor parte de los que nos caían bien. Perdemos 50 coleguitas para siempre como quien cierra una persiana por la noche.

El caso del “personaje” creado es —si cabe— todavía peor, ya que en gran parte de los casos, ese personaje está asociado a una red social y, cuando esta llega a su obsolescencia o la persona tras la persona lo deja, desaparece para todos y para siempre. De dar un modo de contacto ajeno, enfrentan a su amigo a la persona en carne y hueso y no a la que conocieron en la red social, fracaso de la amistad con la inventada en un alto porcentaje, salvo que usen recursos como cuentas falsas o incluso móviles secundarios en los que tengas de foto de WhatsApp algo muy diferente a ti. Lo cual ni es muy factible (más bien rarito), ni evita la posibilidad de un fracaso posterior.

Fascinación número 4 y última: cuando la persona que existe tras la persona que no existe, pero es, no existe

Y es que, volviendo a mi habitual lugar común en el que las cosas que alguien no sabe no existen en su realidad, ¿qué hay de esa gente que de pronto ve desaparecer a su amigo por internet, su novio, su musculitos de 1,90 en Badoo?

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La gente le tiene pavor al tercero. No conocen el miedo que da el primero conforme pasan los días y no hay ni explicación ni noticias de quien ya no lo recibirá

La desaparición de esa persona sin más puede suponer un golpazo de realidad. Que un amigo deja de serlo, puede romperte el corazón; que tu pareja te deje, lo mismo; pero… ¿y si desaparece de tu vida sin explicación y sin poder encontrarlo?

Propietarios de cuentas anónimas y titiriteros de personajes inventados: sed responsables. Las interacciones con la gente que quiso a quien nunca existió salvo para él pueden llegar a ser todo un reto en los próximos años tanto para profesionales como para propietarios de hombros sobre los que se lloran pérdidas que nunca se produjeron.

La realidad que no aparece en Google

Me preguntaba hoy  —a saber en qué estaba pensando— qué personas me parecen las más simpáticas de mi entorno. Una de mis primeras ideas —y la única, ya que no seguí pensando en ello— fueron Jota y Pombar: mis dos amigos son asombrosamente ingeniosos, de un humor extraordinario.

Esta pareja de nombres me recordó que suele ser una predicción típica del teclado de mi móvil cuando estoy enumerando gente para ir a echar un partido. Y justo en ese momento (imaginaos cómo tengo la mente) se me vino a la cabeza buscar en Google a ver si por casualidad aparecía algún resultado al introducir entre comillas “Jota y Pombar”:

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¿A quién le importa “Jota y Pombar (sin comillas)”…?

Dicen que lo que no está en internet no existe. Que algo tan grande como esta pareja no exista me dejó conmocionado, y empecé a buscar más, evidentemente paranoico tras ver cómo mi realidad se venía abajo.

Sorprendentemente, no pude encontrar en YouTube vídeos de mi nacimiento. Tampoco es que sea una deshonra para el ojo que todo lo ve: yo tampoco tengo entre mis datos cómo salí de entre las piernas de mi madre; pero es que resulta que esta tampoco aparece en la primera página de Google, ni mi padre, ni la mayor parte de mi familia. Ante la evidencia de que algo raro ocurría, pasé a cosas de las que sí tengo testigos de su existencia.

Busqué “pachangas en Calvelle”. Años de fines de semana jugando —unas ochenta personas en total, tranquilamente— y tampoco aparece nada. Tiene gracia que si las busco individualmente sí están, pero si busco “Cristian vino en vaqueros” o “los Gayoso aún están comiendo” no da resultado, cuando sería imposible que alguien lo dijese entre los que formamos aquello y no saliese al menos una sonrisita.

Si busco “tardes de viernes”, no aparecen las clásicas tardenoches de café, cena y Sherlock con mi mejor amigo, y si escribo el Magosto en que nos conocimos en Imágenes, Google se hace el Ikea y dice no saber de qué le estoy hablando. “¡¿Pero cómo no vas a saberlo, si todo lo sabes?!”

Mi primer beso no está en internet. No. Tampoco aquel en una cafetería rodeado de colegas, ni el que quise que lo sustituyese en aquel castillo en un parque en medio de la nada. No está el que pinchaba junto a una mantis religiosa, ni ese otro en que la chica fingió que no había sido hasta que dudamos de si había pasado o no y acabamos liándonos como dios manda. Es más probable que estén los que no he dado y quise dar que todos esos que sí fueron, y aun así dudo que apareciesen. Debe de ser por no haberlos encontrado nunca que no sé cómo buscarlos.

Si busco “ME”, me salen como 11 mil millones de resultados, cuando en mi cabeza solo existe una. Si busco “Las preciosas”, una telenovela sobre presidiarias. ¿Cómo no vas a saber de ellas, Google, cuando es lo único con lo que siempre he soñado?

Mis sueños no aparecen ni con su polisemia. Ni mis metas ni mis paseos con Morfeo hacen acto de presencia cuando le pregunto. Ahora entiendo por qué me cuesta recordarlos: no están en internet, no existen.

Y sin embargo yo sigo soñando.

Es ahí cuando —de tanto soñar sin que en verdad sueñe—, me encuentro ante una evidencia que a aquellos que dicen que lo que no está en internet no existe les va a doler: las cosas que de verdad hacen una vida, esos momentos que tejen nuestra existencia, no aparecen en Google.

Así que, a veces siempre, hay que levantar la vista del verdadero Gran Hermano del siglo XXI y hacer recuerdos que no pueda captar. Porque los únicos ojos que todo lo ven son los que dejamos abiertos a que el mundo nos sorprenda.

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Cuando el problema perfecto chocó con el humano desesperado

Qué complicado es cuando te enfrentas a un problema inafrontable y a la vez ineludible.

Cualquier persona con la que alguna vez haya hablado del tema sabe muy bien cuál es mi principal consejo a la hora de afrontar tristezas o calamidades irresolubles: la distracción.

No pudiendo plantar cara al monstruo de tú a tú por tener él más brazos y piernas —y también nubes, truenos, avisperos y falta de humanidad—, la mejor alternativa es dedicarse a hacer cosas que aparten de tu mente el asunto.

“No hay mayor desprecio que no dar aprecio”, dicen algunos, y lo cierto es que es bastante aplicable al tema problemas: si no es “atacable”, si no puedes enfrentarlo (subrayo), apartar el problema de tu mente es la solución óptima habitual, ya que la práctica totalidad de ellos tienden a remitir con el tiempo.

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Hacer deporte o empezar una serie nueva -como puede ser Black Mirror, que vuelve en nada y dios qué ganas vale ya me callo-, puede venir muy bien para capear el temporal mientras no pasa; pero ojo, solo si el problema no es determinante o fácilmente resoluble. Haz el favor de bajar al súper a comprar comida y apártate de esa amiga que te tiene amargada

Enfrentarse a lo ineludible es un caso aparte.

Muy de vez en cuando hay problemas que no podemos solucionar ni obviar, pues no somos más que metafóricos Simbas sin Mufasas en medio de una estampida de sentimientos hechos ñus.

¿Cuál suele ser la habitual solución humana? Contar los problemas a otros.

No digo que no sea una alternativa viable—especialmente cuando son problemas comunes, existe una solución obvia, necesitas un empujón o tus amigos son bastante más sabios que tú—, pero en general, tratar un problema inarreglable e ineludible con un amigo puede, y suele, tener idéntica eficacia que pegarse un tiro en el pie.

Los problemas inatacables son como caca. Caca pegaj- y olorosa. Cuando se nos estropea la cisterna y no podemos deshacernos de ella, podemos asumirlo o cerrar la puerta e ignorarla hasta que no nos quede más remedio que volver o llamar a alguien para que nos las arregle. Pero si nuestros amigos no son buenos fontaneros para este tipo de atasco en particular, lo más probable es que acabemos llenando del santo aroma de nuestro retrete toda la casa, ya que no solo estaremos rayados con i griega, sino que tendremos a gente que no puede ayudarnos paseando por ella oliendo a mierda —para poco espabilados, aunque dudo que aquí los haya, recordándonos el tema insistentemente—.

rallar o rayarse

Mi agradecimiento a Nana Moscurry y la Fundeu por resolverme tan rallante duda

Parece claro que el problema del retrete tiene su solución llamando a un especialista, pero creo que todos nosotros conocemos casos, como este mismo, en los que es incómodo tirar de un tipo con conocimientos técnicos. De hecho, pienso que los mismos todos nosotros tenemos alguna experiencia en la que la persona que domina el tema no se explica un problema y, a base de tener que sufrirlo y no aguantar más, nuestra mente parece entrar en la nave de los de Matrix, enchufarse un pincho en la cabeza, aprender una FP en un minuto y resolverlo en un instante.

Esto, se debe a que el ser humano tiene una asombrosa habilidad para superar sus límites cuando el problema lo acorrala.

Esta es, a mi ver, la principal alternativa a la hora de enfrentarse al problema a la vez irresoluble e inevitable: tirar de la “omnipotencia” que nos da la no escapatoria.

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La parte instintiva suele funcionar bien en casos extremos. Desde lo físico, con el típico subidón de adrenalina que nos vuelve levantadores de peso, a lo mental, que hace que Homer tumbe rinocerontes a base de lo que parecen ser palomitas. Pero… ¿cómo hacemos con lo conceptual?

¿Cómo hacemos para afrontar un problema de nuevo milenio? ¿Uno de esos que el cuerpo no detecta como tal y no podemos resolver con la violencia o la comida?

A día de hoy, pensamos. Mucho. Nos rayamos. Nos lamentamos. Nos compadecemos. Analizamos una y otra vez lo pasado y vemos las mil formas de haberlo hecho de otra manera que no hemos llevado adelante ni lo podremos llevarlo más. Por otro lado, le contamos nuestra situación a otra gente para que ellos nos analicen y den su opinión, nos digan qué harían. Pero lo que nunca hacemos es unir lo mejor de uno y otro.

Nunca vemos nuestra situación actual, nos paramos a analizarla y damos nuestra opinión.

Nunca nos escuchamos a nosotros mismos.

Cuando funciona maravillosamente, por no decir otra cosa…

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Ya está, ya lo he disho

Funciona de puta madre porque el mayor experto en solucionar nuestros problemas somos nosotros entre la espada y la pared. Nosotros que conocemos de cabo a rabo el mundo en nuestra cabeza, nuestros valores, nuestra realidad, nuestra situación, fronteras y pasados mejor que nadie.

Y hay mil formas de escuchar y opinar sobre uno mismo. Aunque yo solo me acuerde de ella cuando estoy al extremo, tengo bastante clara la que me funciona, por mi deformación profesional: escribir mi situación en tercera persona, como un personaje más. Me permite ver las cosas muy bien. Hay a quien le gusta el modelo diario, escribir lo que siente y luego releerlo. Para otros, será más fácil hablar solo o ante una grabadora de móvil y luego analizarlo, parando cuando haga falta. Cada uno tendrá su modo favorito.

Y sí es verdad que es complicado. Sí es verdad que abrirse a uno mismo —sobre todo al tratar un problema de calibre— a veces rompe, y te encuentras débil, y cayendo y demás.

Pero la realidad es que, cuando de veras un mundo que no se va a levantar solo te aplasta, resistir su peso hasta que el corazón te salga por los lacrimales no te va servir de mucho. Y en este caso tampoco lo va a hacer mirar para otro lado, ni caer en el victimismo ante otros, ni mucho menos taparlo con violencias y alcoholes que pertenecen a otra época. No.

Los problemas sin solución pueden ser invencibles. Pero cuando de veras no tenemos escapatoria, las personas podemos ser todopoderosas.

¿Os suena lo de la fuerza irresistible y el objeto inamovible?

Pues a ver quién gana.

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Diría lo de comentar, compartir y tal, pero bueno, gracias por estar. Es mucho.