Por qué el amor es útil para una buena ficción

El otro día recibía el mensaje de una colega con un excelente gusto literario agradeciéndome la recomendación de La verdad sobre el caso Harry Quebert:

terminado harry quebert

Lo cierto es que la novela de Jöel Dicker es un librazo por muchas razones. Entre ellas:

terminado harry quebert 3

Conociendo su nivel como lectora, me llamó bastante la atención el que no estuviese acostumbrada a la combinación entre estos géneros. Bueno, y también porque…

terminado harry quebert 4

Ficción y realismo interno: un matrimonio forzoso

Hace nada me puse a ver Juego de Tronos. Gran serie, sin duda: me la acabé en un mes. Sin embargo, había algo, positivo o no, que me pasaba con una frecuencia pasmosa: veía lo que iba a pasar a continuación.

you know nothing edward

Al contrario que muchas personas queridas, yo soy de las que se tapan los ojos ante el autospoiler: me gusta disfrutar las historias desde dentro, meterme, que me ciegue la suspensión de incredulidad. Sin embargo, con GOT me era imposible hacerlo, porque (al contrario que lo que la opinión general presume, diciendo que acaba con personajes a lo loco) la serie, salvo escasas excepciones, tiene una gran coherencia argumental.

La coherencia tiene que ver con eso que explicamos en Realismos y fantasías: el realismo interno. Para salvarse de la quema del espectador o lector, cualquier historia tiene que respetar una serie de valores que el universo de la propia propone. Si en medio de El Retorno del Rey apareciese Darth Vader, la gente quemaría el libro o tiraría Coca-Colas a la pantalla por insultarles. Si queremos colar un elemento de fantasía en una historia realista, más vale que haya cosas que nos puedan hacer entenderlo o el ataque va a ser claro.

Una de las tendencias más queridas de la actualidad es que esa coherencia se extienda también a lo argumental. Cuando esto ocurre, la gente suele quedarse satisfecha por un par de razones principales: hace sentir listo y hace sentir satisfecho, guste o no (“Es como tiene que ser”).

El principal problema nace, por supuesto, en uno de los grandes principios de la ficción: el ofrecer algo que no existe, nueva realidad.

Leía hace poco que consumir ficción mejora los parámetros de empatía (“mentalización”, decía). Si siempre nos movemos mediante las cosas que sabemos, nuestra mente se va cerrando, mientras que si nos ponemos ante realidades que no conocemos o nos sorprenden, aprendemos y crecemos.

leer imaginar

¿Por qué el amor es útil para una buena ficción?

Pues que es el perfecto enlace entre la coherencia y lo impredecible.

El amor es un sentimiento universal, y rara es la persona que no conozca los macabros efectos que puede tener en el correcto raciocinio. De ahí que —utilizándolo con inteligencia— sea una herramienta fabulosa para generar ‘vértigo’ en el argumento sin que el realismo interno falle.

Anuncios

Cosas de amar incorrectamente

Si algo soy es alguien que ama. Supongo que —por la felicidad que me da, por el sueño que no me roba, por los latidos que me impulsa— querer es una de las razones de mi existencia. Quizás por ello y lo no correspondido, me hice un máster en amores fuera del cuento de hadas, en metas inalcanzables que dan de comer sin pan. Algunos dicen que tóxicos. Otros, que no es amor. Que digan lo que quieran: no saben nada.

Dicen que el amor de verdad es correspondido. Eso es que ninguno de ellos ha visto desaparecer mi estómago al verla llegar con sus pantaloncitos cortos y su sonrisa al verme. Si eso no es amor de verdad, que se mueran los científicos. Porque solo con esa imagen mis sueños brillan de mil colores.

Dicen que amor de verdad solo hay uno. Si solo hay un amor de verdad, ese amor no es alguien, sino el propio amor, eterno. El que hace que ilusiones se acaben y otras empiecen, y muertas renazcan, y odies, quieras, descubras, pierdas, recuperes y vuelvas a querer de nuevo, a la misma, a la otra, a la nueva, a la ex, a todas, a ninguna, solo a ella. Que amor de verdad solo hay uno, dicen. Doy gracias por haber amado tanto a tantas personas.

Dicen que el amor de verdad no duele. Qué sabrán ellos lo que es el dolor que te hace sentir vivo. Hay cicatrices que curan más que vacunas. Hay dolores que hacen más grande que mil hormonas de crecimiento. Ir al fisio duele, salir a hacer ejercicio cansa. Querer mata, pero querer sana.

Porque el amor de verdad no te pega. El amor de verdad no es una persona. Nunca. El amor de verdad no te maltrata, no abusa de ti, no te hace sentir una mierda. Eso no es amor: solo son monstruos disfrazados de ello, lobos a cazar, vestidos de cordero de ilusiones. El amor de verdad está dentro. El amor de verdad te baja, pero te sube. Es una montaña rusa de miedos y sensaciones. Un trampolín al mar del sentimiento que en sí es.

Y si hay que pagar un daño por las mil sonrisas que su agua salada saca, que me robe la cartera. Que me la robe cuantas veces quiera mientras me deje el carné de mi identidad amante. Aquel que hace que nunca deje de querer sentir mientras otros viven en muerte.

Dicen que el amor de verdad te entiende. ¿Cómo si no se entiende a sí mismo? ¿Cómo, si cada amor es único, si cada querer distinto, si cada sueño una realidad en un universo diferente? Claro que puede entenderte, pero si no te comprende, ¿no te ama? Matan lo bonito de querer por el mero hecho de querer que sea telepático, cuando el amor no tiene nada que entender. Por algo no hay quien lo entienda.

Dicen que el amor de verdad espera. El amor de verdad no se para. El amor de verdad, recuerda, perdona, sonríe y sigue adelante. Porque el amor que vive de sueños rotos, no es amor, sino tristeza. Y el amor nace, muere y crece sin orden ni paradas. No, el amor de verdad no aguarda, simplemente, a veces llamas a su puerta y lo encuentras en casa. Que te invite a cenar y a ver vuestras viejas fotos juntos, sentados en el sofá de aquella vez en que todo era perfecto, es tema aparte.

Dicen que el amor de verdad es perfecto. Lo único perfecto en este mundo es ella cuando estás enamorado. No, el amor no es perfecto. Son sus imperfecciones las que te tocan la fibra, las que te acarician el alma.

Dicen que el amor de verdad existe. No sé si existe. No sé si alguna vez lo he visto, lo he sentido o lo he tenido. Solo sé que una vez soñé con él. Y que desde entonces vivo soñando.

Sonrisas de un San Valentín solo

El sonido del tráfico cruza la calle. Ha atardecido, pero aún no hay luces amarillas arriba. Todo tiene ese azul pálido que desata tristezas y recuerdos salpicados de agua salada y brisa invernal. Los daños, junto con el recuerdo de ser catorce de febrero, me hacen mirar atrás.

A cuando quise. A cuando quise, perdí, quise, perdí, quise, perdí y volví a querer. Verano, sol, pantalones cortos y sonrisas a la sombra de un árbol quizás ya no visitado.

Te echa de menos, no sé si lo sabes…

Je. Yo también lo echo de menos. Pero ahora miro al frente.

No hay tiempo para ser aquel. Hace tiempo que no lo soy. Que no lo eres.

Y por ello sigo.

Esquivo olas de gente en dirección al lugar que me pertenece por derecho a ser de nuevo yo. Cuento historias de verdades que ya no mienten: ya no sé mentir a los ojos de quien sueño. Eso se quedó en la playa de mis decepciones y, ahora, mar adentro, ya no la veo. Ya no hay faros apagados por días trece. Hoy, solo respiro luces que yo mismo hago brillar, a base de verme iluminado por soles más grandes que mis sueños rotos.

Y el cielo se prende.

Las luces amarillas empiezan a encenderse sobre mis pasos vibrantes de ilusiones nuevas. El miedo no nos engañará de nuevo. Ya no. Recuerdo cada redacción de amor verdadero, cada espera para verla tres minutos, cada palmera y piruleta de corazón, cada “¿puede haber algo más bonito?”. Cada imagen, cada latido, hace feliz a mi pecho, y no: no dejaré de escucharlos. ¿Quién sería tan estúpido cómo para no quedarse a escuchar un Te quiero? Lo quiero. Los quiero todos.

Y el mundo brilla.

Lo sé sin verlo ni necesitarlo. Porque mis ojos no son más que los suyos, los del niño que amó y ama, se ama y amará por no poder hacer otra cosa. ¿Quién soy yo para prohibírselo? He de dejarlo querer, sentir y vivir. He de dejarlo quererse, sentirse y vivirse. Porque solo con él puedo ser quien quiere, siente y vive la verdad que protagoniza su vida.

Que vive quien quiere. Quien quiere vivir. Quien quiere sentir.

Más allá de velas. Más allá de pétalos.

Más allá de pelis. Más allá de besos.

Más allá de fotos en Insta. Más allá de textos en Facebook.

Más allá de todas las líneas que suenan a versos, en catorce de febrero, en quince de mayo, en veinte de enero, vive quien quiere. Vive quien ama.

Y por ello, aunque al final de esta calle con luces de mil colores saliendo de cada baldosa no haya nadie y vuelva solo a casa sin alguien a quien acompañar a su portal, no estaré triste.

Porque esté o no esperando, sentada en su banco bajo el árbol de un verano que no olvidaré nunca, siempre lo estará dentro de mí. Allí donde vive cada pequeño momento en el que fui feliz solo por tenerla a mi lado.

En cada vuelta en el coche. En cada cafetería. En cada foto mala. En cada ida de olla por WhatsApp. En cada sueño. En cada día.

¿Cómo no voy a sonreír por San Valentín, por muy sin ella pareja que esté, por muy comercial que sea? Por mucho que lo hayan atado las muñecas con mil lazos de regalos sin sentimiento, por mucho que lo hayan sepultado entre miles de pétalos de rosas secas por la obligación, por mucho que lo hayan encerrado en mil habitaciones de hotel sin estrellas en los ojos, el catorce de febrero es el día de los que aman.

Y yo no he sabido dejar de hacerlo ni por el más pequeño instante.

Sí pero no: lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser

Viendo este post dedicado al desamor y habiendo ya avisado un tal San Valentín de su inminente llegada, me temo que febrero va a ser un mes romántico en este blog. Preparen pues sus latidos sonrientes y sus recuerdos dolorosos, abróchense los cinturones que no pudieron desabrochar y recibamos a la primera entrega de la segunda temporada de 2017: Lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser.

si-pero-no-daisies.jpg

El pasado sábado, una pizza, un pedazo de roscón y un quiche con dudas sobre su verdadera naturaleza fueron testigos de un estudio de caso a cuyo análisis —ajeno a lo tratado en esa reunión— dedicaremos este post. Aunque la situación parezca altamente improbable, numerosas estadísticas inventadas por mí en este momento indican que resulta incomprensiblemente frecuente.

X y Z son dos personas con feeling. Se conocen de no hace mucho, pero el apego ha sido precoz: hablan sin parar. Z tiene pendiente otro asuntillo amoroso de su pasado, pero se encuentra cómoda con el nuevo colega. A X, directamente, le mola Z.

X quiere más y, cuando así lo siente, se dispone a avanzar. Pero la cabeza de Z no está aún para otro devaneo amoroso, así que —aunque su nueva más bonita casualidad le mola— no es momento.

Produciéndose aquí el hecho clave:

—Tú me gustas, pero ahora no puedo.

raw.gif

Puede parecer una frase cualquiera pero por si alguien no lo sabe, esta frase está en la Gran enciclopedia de frases catastróficas de National Geographic entre “Vaya pepinazo” y “No me pasa nada”

El flujo de acontecimientos posterior a la declaración es desencadenado como una pandemia en cualquiera de los dos principales modelos de comportamiento del pretendiente: el seductor aciago o el no tan común pasivo paciente.

En el primer caso, la declaración de que sí le gusta motiva a X, que redobla esfuerzos en aras de lograr la mutua satisfacción de dos personas que se gustan juntas. La insistencia suele devenir entonces en el agobio y la presión sobre la persona con dudas. Y no: no son buenas palabras a la hora de seducir a alguien. La sensación de inalcanzabilidad que genera en X enamora más si cabe, reafirmando un proceso retroalimentado que va a peor con el tiempo.

En el caso menos común del pasivo paciente, la estrategia pasa por darle el tiempo que, —aparentemente— la otra persona está pidiendo, manteniéndose en una indefinida posición de amistad con ganas de más. Esto tiende a acabar en el friendzoneo (colocación del otro en la friendzone o zona amigos) por parte del personaje Z.

El ratio de final feliz de ambos casos suele ser muy bajo, siendo frecuentes las situaciones de caída de ánimos por parte de la persona enamorada y las de aparición de pretendientes con más éxito en la vida de quien quiere.

Analicemos ahora dos conceptos clave a la hora de determinar cómo se produce el distanciamiento: el desequilibrio y el momento.

La situación de desequilibrio se produce cuando, tras un periodo de relativo equilibrio, una de las partes quiere más que la otra.

No hay que confundir esto con la idea bastante extendida de que en toda pareja estable hay uno que se esfuerza más que el otro, por algunos mal-llamados (¿por qué no se da escrito sin el guion…?) el fuerte y el débil.

Cuando hablamos de desequilibrio aquí, lo hacemos de una fuerte y creciente barrera que impide que pase algo entre dos personas, motivada porque el nivel de querer que pase es diferente.

En el ejemplo de X y Z, el momento en que se produce el desequilibrio es claro: la negativa por parte de Z. Hasta ese punto, la situación era más o menos equilibrada: estaban bien el uno con el otro, había feeling. Sin embargo, en el momento en que X da el salto y Z no, el desequilibrio brota. X quiere más que Z y esa situación le hace verse “detrás”, generando numerosos síntomas de la enfermedad del desamor: falta de confianza, arrastramiento, rayadas mentales, sobrepreocupación por el otro, hacer las cosas por satisfacer al otro, dejar de ser uno mismo ante él. Estos elementos no solo le incapacitan y suelen hacer perder el atractivo hasta ese momento, sino que el desequilibrio se pronuncia, soliendo generar graves problemas en la relación entre ambas personas.

Si bien es cierto que el desequilibrio también causa rupturas una vez comenzada la relación (como dudas de la pareja por falta de confianza propia que acaban minándola), la situación si cabe grave cuando aún no ha pasado nada entre las dos. El difícil mantenimiento de la moral y la autoconfianza pasa por ser la principal vía para restituir el momento de feeling y equilibrio previo con la otra persona.

Aunque parezca una tontería, la clásica frase de “no va a cambiar nada que sepa que le gustas” es cierta muchas más veces de lo que parece: lo que más cambia es el comportamiento del que quiere algo ante quien sabe que lo quiere, y es este comportamiento diferente el que suele hacer que el otro también cambie el suyo. Por ello, si se fuese capaz de no sufrir los ya mencionados efectos del desamor, seguramente la negativa no cambiaría apenas nada.

El problema para quien pretende tener algo está en la aparición del otro elemento clave para que pase algo entre dos personas.

moment.png

¿Quién no ha escuchado alguna vez lo de que cada cosa tiene su momento?

Da igual que hablemos de un lío de una noche, un futuro matrimonio con tres niños o una infidelidad consentida: en cualquier tipo de historia de atracción hay un punto en el tiempo que cual agujero negro te atrae hacia él inexorablemente, obligando a que o pase algo en él y sus alrededores o no pase.

Es como un fenómeno astronómico de la relación: puede suceder una vez en la vida, repetirse con cierta frecuencia en una época o estar sin ocurrir años y años. La sensación interna, además, es tan eficaz como mirar al móvil para saber qué hora es: se percibe claramente cuándo tiene que pasar. Es como si el mundo se hiciese a la medida de que pase.

Lo mejor es que, de forma extraordinaria, este reloj suele marcar lo mismo que el de la otra persona. No me preguntéis cómo funciona, pero en la mayor parte de casos ambos miembros de una pareja coinciden en saber perfectamente cuándo ha llegado el momento decisivo, quieran o no que pase.

Es por ello que cuando ocurren situaciones como las de nuestros amigos X y Z —en las que el momento llega y pasa con pena y sin gloria—, la situación no es solucionable en unos días. Y claro que a la persona con dudas puede gustarle la otra cuando se lo dice: si no lo sintiese, el afilado “Te veo como un amigo” sería una opción mucho más probable que el “Me gustas pero ahora no puedo”. Lo que a veces ocurre es que en ese instante sí puede creer que ambos estarán ahí cuando haya pasado la tormenta, pero —cuando las nubes se van— la corriente ha alejado sus sentimientos hasta dejarlos solos en sus respectivos mares.

kari-mar-oscuro

Más claros o más oscuros

¿Tiene arreglo? Puede. Que algún día recuperen el equilibrio, un nuevo agujero negro aparezca y sus botes se crucen. Pero el mar es grande y (hasta nunca o hasta entonces) la imbebible friendzone o el distanciamiento es todo lo que les queda.

Junto con el recuerdo de los buenos días en que eran nada, y más que todo.

Las cicatrices de lo que me queda de vosotras

Ayer cumplía años mi primer amor. Dicen que nunca se olvida; yo nunca olvido su cumpleaños. Ya no siento nada, es solo que… sus cicatrices me la han dejado ahí, donde ya no duele, pero su marca permanece.

El mes pasado, olvidé el cumpleaños de dos de mis ex.

De la segunda, me lo recordó Facebook, aunque yo ya lo sabía. Simplemente, preferí no hacerle mucho daño caso. Dejé correr el día hasta que se murió y solo quedaron mis dudas de si hice bien. Sé que sí. No reavivaré más heridas a medio curar.

En cuanto a la primera (mi primera), lo olvidé completamente. De hecho, hablé a su mejor amiga un par de días más tarde sin percatarme de que podría parecer un nuevo acercamiento. No, ya no. Algo ha cambiado en mi alma, que antes luchaba por las justicias para mí y ahora solo quiere las felicidades para ellas.

Hasta el punto de hacerme ver realidades que nunca hubiese creído en mí.

Darme cuenta de que he olvidado cosas que antes consideraba imborrables. Sentir que no tengo que aprovechar las oportunidades para traer de vuelta a quien quise y se fue lejos de lo bien que habríamos podido estar juntos pero separados. Que la oportunidad la tiene que tomar quien la perdió. Y que yo, solo tengo que ser yo. Feliz con un presente que me quiere como ellas me quisieron y a ellas quise, es decir: mucho, siempre y de forma irreversible.

Y sin embargo, de ellas, ¿qué me queda?

Recuerdos borrosos pintados de mensajes de adiós. El encontrar de vez en cuando a antiguos amigos suyos en fotos de Instagram y pensar “¿Cómo has llegado aquí?”, “¿Qué haces con esta persona que nada tiene que ver?” o “Recuerdo que eras de las pocas a las que les caía bien”. También me quedan los cumpleaños en el calendario, olvidados o no, a posta o sin quererlo.

Y me queda la música.

Como la que me hizo ver que tenía que escribir esto. Tras tropezarme con aquella canción que tanto me encantaba, para que la primera estrofa me recuerde que la descubrí contigo sentada a mi lado.

A ti también te encantaba. Tal vez, a mí me encantaba porque te encantaba.

Y aún me encanta.

Aparte de eso, ¿qué más me queda de todo aquello? No sé qué más quiero que quede del paraíso que hemos arrasado a base de no poder dar más.

Lo que ahora sí sé es que, al final, sí que podía apartar mis ojos de vosotras. Y perdonarme por haber sentido tantísimo que debía pedirme perdón, cuando —siendo el que más daño hizo— soy el único que tiene cicatrices. Y, quizás, el único curado.

corazón curado

Decadencia y muerte de las First Dates

Pasaba ayer por delante de una atractiva pareja de jóvenes, sentada a un banco del centro de mi ciudad. Físicamente —valga el prejuicio—, tal para cual.

Él le preguntaba si “eso” no era “tal”, a lo que ella respondía que “no”, que esa era “en la tercera saga”, que en “la de los 70” era “otra cosa”. El chico asentía y sonreía entre la frustración y la incomodidad.

Qué jodido es, a día de hoy, tener primeras citas.

Resultado de imagen de first dates

Me siento viejo y acabado; achacoso. Mi antigua amodestia física ha pasado a convertirse en un “No te preocupes: para lo que lo usas…”. Ya no creo demasiado en el clásico modelo de una primera cita cuando sé que todo está dicho por Direct o WhatsApp. Ya no espero poder vivir eso de conocer a alguien una mañana e invitarle a tomar algo.

Murió hace mucho.

Sin embargo, sea por el programa de Sobera en el que vemos a varias parejas de desconocidos tener una primera cita ante las cámaras o por una nostalgia de tiempos pasados impropia de un chaval de solo cuarto de siglo, lo de las “first dates” lleva un par de meses llamándome la atención.

No tardé ni cinco pensamientos en darme cuenta de que el concepto está fastidiado.

Resultado de imagen de first dates

Al contrario que el programa: viento en popa

Si hay ganas de comer y espacio para hacerlo, la cosa está chupada: la risita en el silencio llega rápido y el abalanzamiento (¿abalance? ¿abalorio? ¿avalancha?) se produce sin mayor problema, pero… ¡ay como la conversación tenga que hacerse protagonista!

En primer lugar, porque a la hora de establecer conversación con desconocidos, tiramos de temas manidos que, o bien nos resultan incómodos o bien nos la lían mucho:

—¿A qué te dedicas?

—Estudio Historia. ¿Y tú?

—Veterinaria.

—Ah… —Silencio incómodo—. ¿Qué tal lo de meter el brazo en vacas?

No.

Cuando no tenemos más que una idea general de la profesión del otro, hablar de trabajo no funciona bien. Además, puede derivar en todo un clásico: el empezar con la política o “lo mal que está todo”. Que puede hacernos empatizar, sí. Pero en un plano de cabreo y bajada de ánimos que no viene bien en absoluto.

Resultado de imagen de first dates

Participante de First Dates ríe profusamente tras ordenar a su perro arrancarle la nariz a su cita. Él acaba de decirle que “si estás parada es porque quieres”.

Quedémonos con lo de no dominar el tema en el que el otro es experto y llevémoslo al plano de las aficiones. Antiguamente, hablar de música y películas era una opción de lo más común y útil; a día de hoy, es una bomba de relojería.

La enorme variedad de entretenimiento a la que optamos y los nuevos medios —como la televisión a la carta o el visionado por internet— han hecho no solo que el que coincidamos en un producto de entretenimiento sea complicado, sino que de coincidir, un miembro suela estar a un nivel más que el otro:

—¿Ves Strange Things?

—No. ¿Tú True Detective?

—No, la tengo ahí aparcada. ¿American Horror Story?

—No me va mucho… —Se le enciende la bombilla—: ¿Juego de Tronos…?

—¡Claro! ¡Empecé ayer, llevo cuatro!

—(Principiante… ¬¬)

Tanto con la música como con las películas pasa algo por el estilo: el entretenimiento ha pasado a dividirse y especializarse tanto que el antiguo perfil común de espectador mainstream que veía lo que ponían en la tele ha pasado a un segundo plano, creando gente con un dominio altísimo sobre ciertas series y sagas que nadie en su entorno ve. Esto suele generar comportamientos de superioridad al hablar del producto que domina y de completa falta de interés e incomodidad cuando le hablan del que no. La escena de la pareja en el banco a principio de post, todo una muestra de ello.

Resultado de imagen de first dates incómodo

No te preocupes, Diana: es bastante frecuente que nadie aguante a nadie

La razón por la que nos tenemos sentados uno frente al otro suele ser un buen recurso.

Por ejemplo, “nos ha presentado un colega, vamos a ir por ahí”. Hablar de otros es un clásico en todo tipo de conversaciones de ambiente informal. Aunque claro, en una primera cita, los datos que das sobre tu amigo suelen medirse bien por un posible fracaso. ¿Qué quiere que sepa el otro? ¿Qué sabe realmente de mi colega? Lo más probable es, pues, que el tema se extinga rápidamente tras un par de halagos a la celestina, o que se trate de llevar a más conocidos comunes que —dado que no conocíamos la relación antes— hacen dominar a las posibilidades de que no se lleven, se caigan mal o no favorezcan nuestra imagen frente a la de que sea todo un acierto.

Si —otro ejemplo— estamos tomando algo con alguien que acabamos de conocer en una charla sobre termodinámica o introducir el brazo en vacas, la cosa suele ser mucho más sencilla. Está claro que la afición suele ser común y a partir de ahí fluyen bien temas como si con los dedos extendidos o el puño cerrado, o cómo fue su primera vez (en el interior de una ternera gallega), así como lo bien o mal que lo hizo el ponente de la conferencia.

Quizás es por eso que muchas relaciones salen de este tipo de situaciones: del haber compartido una experiencia de la que habéis salido airosos juntos.

Resultado de imagen de first dates cinema

Ir al cine en una primera cita está desfasado y la mayor parte de autores lo ven poco recomendable. Sin embargo, antiguamente tenía una defensa bastante lógica: generar una experiencia común. Además de tenerla a oscuras con la mano junto a la tuya y evitar charlas que se carguen la cita, claro.

La experiencia común seguramente sea (más allá de la atracción sexual) la clave del funcionamiento de una primera cita.

Habiéndonos cargado el atractivo de la conversación barata y de libro, así como las aficiones en común, el tiempo libre y la necesidad de tener pareja, vivir fuertes experiencias juntos de las que salir reforzados y que permitan alcanzar los besos y el sexo que luego vuelvan más satisfactorias las conversaciones es la realidad del éxito en una primera cita actual.

La primera cita romántica ha muerto. Larga vida al meter brazos en vacas.

Amor

Antes de nada, os pongo en alerta: esta publicación no se titula Amor por uno de mis queridos dobles sentidos o polisemias. No se trata de un nuevo y enmascarado homenaje al verano, ni de un canto a la vida con apariencia romántica. El siguiente va a ser el post más pasteloso hasta el momento en este blog, sin paliativos ni antidiabéticos.

Y no, no esperéis tampoco encontrar una nueva declaración fallida a una Preciosa con motivo de un nuevo día especial. Mis sueños son para el Whatsapp; los de muchos, para el blog. Y es que tras todo lo visto últimamente, tengo que escribir esto y dedicárselo a todo aquellos que alguna vez lo habéis sentido de verdad. Porque esto es un sentimiento que va más allá de lo personal. Porque pillarse es una cultura.

amor google.png

Si da casi mil millones de resultados en menos de medio segundo, es que puede que la Wikipedia esté en lo cierto y sea algo universal

Creo habéroslo contado alguna que otra vez, pero cuando era un crío tenía un sueño barato: ganar un montón de pasta para tener una casa muy grande y contentos a mis niños y mi enamorada. Gracias a dios, un par de décadas después mi infantil cuñadismo sesentero queda atrás, pero sí que es cierto que yo venía romántico de serie. Tenía chica que me gustaba con 3 años, con 8 o así iba corriendo a casa para ver a la que me molaba pasar de camino a casa, estuve a punto de ir a otro instituto por la siguiente y desfiguré la firma de la posterior a base de besos cada vez que pasaba por delante de ella, colgada en mi habitación. Mejor no hablar de cuando llegaron las Preciosas.

Si los protas de Mario Casas se fusionasen con los de Richard Gere para tirarse a Bridget Jones, de su descendencia —metida en el cuerpo de Paul Rust pero con nariz humana—, saldría yo de aquellas.

Con el tiempo y los golpazos, sin embargo, aprendí a torcer el morro ante las canciones empalagosas. Los excesos de azúcar en película empezaron a hacer que tomase metformina con palomitas y empecé a ver a las chicas sin alas y aureolas en torno a su cabeza. Un día dejé de enamorarme y empecé a ser el uno más que el mundo quiere que seamos. A tener novias que quería pero no amaba y con las que me hartaba de hacer el amor sin lo del amor, ni lo de hacer, pero con efes y elles.

Y es que qué fácil es seducir cuando puedes mirar a los ojos a centímetros sin que tu pecho se abra al medio, ¿eh? Qué fácil entrarle cuando la tienes de frente, cogida de la mano entre una multitud pensando en otras cosas y no hay una luz vibrando en su rostro que te hace verla como la cosa más perfecta que existe y que, de fallar, podrías perder tal vez por siempre.

Exagerado. Lo sé.

No la vas a perder. Ella —con la que llevas el excesivo tiempecillo que ha hecho que haya dejado de gustarte para pasar a hacer saltar tu diafragma al verla— no va a romper la bonita amistad contigo solo porque le intentes entrar y no quiera. En todo caso te dirá un “Lo siento” que siente. Y tú. Como una patada en el estómago.

Pero no dejarás de poder hablarle, estar a su lado y demás familia. No la vas a perder de por vida: es solo que te habrás roto. Tu ilusión no premeditada se partirá al medio y sufrirás de sentimientos que por no ser pensamientos no controlarás ni podrás curar con nada en un buen rato.

¿Cómo no va a ser difícil entrar a alguien de quien estás pillado cuando te juegas un dolor inapelable?

El cuerpo es y no es tonto. No lo es porque te pone en alerta para que no te fractures un hueso del alma arriesgándote a la cobra más venenosa del mundo: la de la chica que te gusta. Pero por otro lado es gilipollas, porque si te dejases de historias y tuvieses la confianza para saber que nadie la va a besar como besa lo que tú la quieres, le romperías los reparos al medio. Y es que no le estás dando un anillo de bodas.

Tan solo la besas.

Estoy de acuerdo en que la parte instintiva del humano nunca ha sido una especialista en tomar riesgos por el bien de la felicidad de su dueño, pero —teniendo en cuenta que nuestra especie se ha caracterizado por sus constantes tropezones en la misma piedra, hacer apuestas absurdas o cruzar semáforos en rojo jugando al Pokémon Go—… ¿por qué el cuerpo no puede echarle un par y cumplir sueños?

Pues seguramente porque, aun sin correspondencia, estar enamorado es algo genial.

in love quotes.png

“Me enamoré de ti por el millón de cosas que nunca supiste que hacías”. Pongámoslo en plural y presente, así jugamos todos. Nos enamoramos por un millón de cosas que van más allá de lo que nuestra amada o amado sabe que hace o —directamente— que nuestro amado hace. He ahí que el estar con él complete, realice, saltes. Pero he ahí también por lo que no tenerlo no es un trauma, teniendo en cuenta lo bonito que es amar.

¿Sabéis? Desde que me pasó, no hay un día que me haya ido al séptimo cielo sin que se me haya venido a la cabeza en algún momento del día. No hablo del amor, creo que entendéis a qué Cosa me refiero.

Y eso es alucinante.

Lo es porque los momentos en los que en mi boca o mente ha aparecido “cientuplican” a los que la he tenido. Veo escenas nunca sucedidas, sueño escenarios que nunca se producirán, finales alternativos a mis fracasos con base en “Y si”, proyectos de tarde que nunca llegaremos a disfrutar de ese modo ni parecido, conversaciones nunca pronunciadas que de recopilar me harían vender best-sellers. La veo en canciones.

Y no, insisto en que no veáis declaraciones, frustraciones o penas, porque si para algo pongo esto es para que se vea que el amor es algo mucho más grande que el tener a quien quieres. Que el ella y yo, que el nosotros y toda la tropa. Cuando estás pillado, vives inspirado.

Y, si te paras a escuchar las gilipolleces que dices mientras piensas en ella, es que entiendes cada letra empalagosa. Es que no puedes dejar de mirarla. Es que te deslumbra. Es que sabes que muera el amor o no, la querrás hasta que las estrellas se caigan del cielo. Y claro que morirías por ella, joder: si es que día a día te mueres por ella, ¡¿dónde está la sorpresa…?!

Pero adonde quiero llegar es a que eso no es solo por esa persona: eso nace en cada uno. Nuestros enamorados no son más que meros pozos que sacan afuera cada mar de sentimientos al fondo de nuestra alma. Un océano de caramelo solo de nuestro gusto, que nos puede sentar mal por el empacho, pero que también puede hacernos brillar como de otra manera sería imposible.

Así que, aquellos que aún amáis, aquellos que ya habéis seguido adelante y aquellos que lo empezáis a sentir, brillad. Ahora que muero de miedo porque se me acabe por el tiempo pasado, os pido más que nunca que brilléis por él.

No por esa persona. No por lo fallado. No por lo no alcanzado. No por lo perdido. No por lo llorado. No por lo robado, lo caído, lo inmerecido.

Por un momento, pensad en lo feliz que fuisteis por un momento y brillad por él.

Por el amor. Y por haber aprendido a brillarlo.