Despertando a sueños

Ayer recibí mi último regalo de cumpleaños de este año, de una persona muy querida cuya existencia incluso desconozco.

Principalmente, era una revista. La había visto en foto: ella me había enviado su sorpresa tiempo atrás, cuando había descubierto mi nombre firmando un relato en una de las páginas. Yo ni siquiera sabía que me lo habían publicado. Me puso muy contento.

Tengo unas cuantas publicaciones por ahí. Aparezco en remotos lugares de la web. Fui finalista en algún que otro concurso y —por lo que sé— alguno de mis relatos apareció en algún que otro libro recopilatorio de participantes.

Sin embargo, pese a llevar más de 10 años mostrando a otros lo que escribo por diferentes vías, nunca había visto nada mío en el papel de quien se juega dinero con él, aunque sea una página y su tinta. Pese a todas las letras que han estado conmigo desde que el uso de razón llegó a mi mundo, nunca había podido tener entre mis manos el testimonio de que una vez mis textos han existido fuera de pantalla para alguien más que yo.

Lo cierto es que no sabía cómo sentirme ante aquella revista. Sabía lo que ocultaba la página marcada con un imán diciendo cosas bonitas, pero no sabía qué sentir, como muchos otros creen saber perfectamente qué hacer ante una nueva situación por lo visto en pelis, leído en libros, oído en mesas. Yo nunca leí en mesas con pelis qué sentir cuando ves que uno de tus sueños desde pequeño, aunque en pequeño, te mira desde el papel.

Y quizás por ello, ante aquello que tiempo atrás escribí para estar en esas páginas, en un momento de homenaje a mi amor muriendo y naciendo a la vez, en un momento de sangre y hacerse mayor y lo que tienes que hacer, me encontré con el niño que se contaba historias antes de dormir. Con el adolescente muerto de amor roto. Con el proyecto de adulto hecho de decepciones y lucha por ser mejor. Y me emocioné mucho. Joder si me emocioné mucho.

Este es un post para los que sueñan. Sí, también es un post para Hari y su amor a un imbécil, y también para mí, y también para el propio amor en sus múltiples formas, horrores y felicidades de mil colores y paradas cardíacas. Pero este es un post para los que sueñan y a veces dudan de si seguir haciéndolo.

Soñad. Puede que los sueños no lleguen, puede que la espera sea eterna. Puede que la decepción, la injusticia y otras faenas rodeen vuestra estampa y las realidades del mundo del enchufe y el cuñadismo sean la verdad día tras días. Pero soñar, con esfuerzo, con lucha, con crecimiento, con esfuerzo otra vez, hace que —de cuando en cuando— un fruto llegue. Y, por pequeño y sin zumo que sea, aunque solo sea por el darte cuenta de lo precioso de donde has llegado, va a ser un momento muy bonito, merecedor de todo pasado en el séptimo cielo de estar con los ojos abiertos.

Lo bueno de soñar es que a veces despiertas al sueño. Y da gusto ver que los sueños, vidas son.

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Recuerdos de música rota (What about us)

Iba a ponerme a escribir cuando un correo entró a mi vieja cuenta de Hotmail.

Recuerdo cuando Hotmail era una especie de página del señor X llena de mujeres desnudas en lugar de Jesucristos y tostadoras aladas. Según Wikipedia, eso nunca fue así, o sea que tal vez nunca haya hecho allí o en Latinmail mi primera cuenta de correo electrónico, en una clase extraescolar de informática con menos de una cifra en mi edad. Dando lo mismo esto último, se me vino a la cabeza lo que cambia el mundo para que pases de ser un correo en una especie de página de contactos a ser una marca de época en lo que a mails se refiere. Y, dando también igual lo entre los últimos dos puntos, abrí mi vieja cuenta de Hotmail para ver el correo sobre una supuesta vulnerabilidad en mi otra cuenta, de Google.

La bandeja de entrada se hallaba saturada de mensajes de Twitter con origen en una cuenta que hace tiempo dejé atrás. Motivado por un orden que en mí cuesta reconocer, me dispuse a borrar a lo bomba atómica cuando la vocecita tras mi nuca me pidió que recordase que una vez ese fue mi correo principal. Pasé pues a limpiar de forma escalonada, sin demasiados parones en mi andadura de destrucción. Hasta que al fin llegué allí.

El nombre de aquella chica me impactó como una hostia en la cara. De modo tal que ni siquiera percibí los demás mensajes tratando de poner nubes de tormenta a su resplandeciente presencia. ¿Qué hacía allí aquel nombre…?

La gente odia. Muchas veces es por el mero hecho de ser imbéciles, pero normalmente también por miedos, daños o vergüenzas pasadas. Aquella chica hoy me odia, o me ha olvidado; al menos, no me quiere. Ni romántica ni “comopersona”mente. Tal vez.

¿Cuántos años han pasado desde la última que hablamos? ¿3? ¿4? Recuerdo dejarla junto con su amiga en la puerta de una tienda de tejidos, riéndonos con o sin ironía del que me tuviese bloqueado, cual si fuese una niñería el haberlo hecho, aunque no por ello motivo de desbloqueo. En ocasiones, la gente quitamos hierro al daño. Es una lástima ver que todo el óxido que nos cubre sea precisamente eso: manchas sangrantes de un pasado en el que fuimos mejores y más brillantes. Y estábamos juntos. Y éramos jodidamente felices por el simple hecho de poder estarlo un rato. Juntos, digo.

Pero la gente odia. Muchas veces, por el mero hecho de llevar el asco en las venas, pero también para olvidar que una vez nos supimos amor incondicional a otra persona. Si del amor al odio hay un paso, lo da el dolor de amar de forma injusta. Y esta injusticia es precisamente lo único que queda de este amor cuando se vuelve odio, tristeza profunda, miseria de corazones y música rota.

Creo que así sentí abrir ese correo (Felicitación…). De felicidad nada: música rota.

Leí como perdido en algún lugar en el que lo pude ver todo sin poder hacer nada.

Ella llegaba tarde, había estado ocupada y —desde el tono de quien no sabe que exteriorizar a partir de la inocencia de no querer aceptar realidades es una parodia al propio sentimiento— me deseaba un feliz vigesimosegundo cumpleaños, con la pureza de quien ya tiene las cicatrices cerradas pero aún no quiere mirarles a la cara.

Hasta volver a ver el correo, no recordaba ese momento. En realidad tampoco haber recibido el correo, o contestado. Sí lo hice. Creo. No quiero mirar qué contesté, pero estoy convencido de que lo he hecho. Tal vez fuese la penúltima vez que hablamos por escrita. La siguiente o no, discutimos porque las heridas no estaban en realidad cerradas y, al revelarse descosidas, la sangre de seguir siendo parte del otro nos cegó lejos de ver el placer de llorar de alegría por ello: nuestro tiempo ya había sido, “pasado” si lo preferís. Como poco no era momento de volver. No lo ha sido desde entonces.

Hoy no sé qué es de ella. Hace cuatro días, han pasado cinco años de ese correo. De vez en cuando, Instagram me la hace aparecer en Sugerencias. No entro, no sé ni si lo tiene privado: una vez quise recuperarla, una vez hice daño; ya no más. La querré siempre. Una parte de mí, siempre la esperará por hacerlo.

Pero, cerrando el mensaje de música rota, pensé en qué fue de nosotros. Ella, la chica del mail, ya no era la que yo recuerdo fue, ni por seguro ahora es. Y yo, yo pienso en ese niño que recibió el correo y solo sé que fue feliz. Lo siento, siento su emoción muy dentro, más allá de mis ojos y mis borrados te echo tanto en falta. Cómo quería a esa chica cuando recibió ese mensaje de cumpleaños atrasado. Cómo la quiso cuando se besaron —lejos del mundo— en aquel castillo. Y —en medio de él— en la tarde de las dos lunas, de aquella cafetería, rodeados de amigos cotillas y nadie.

Dios…: qué poco, queriéndola (distinto, sí, pero queriéndola), me parezco a ese chico. No lo reconozco, no lo siento, ni sé sentir algo por él. Pero, ay: qué feliz sé que fue recibiendo ese correo.

Mientras sobre el correo de amor perdido de quien un día se fue por los daños se cernían las nubes de otros mensajes que querían atacar al chico, cerré la cuenta y volví a la realidad de su ausencia enmascarada en su heredero y odiador de su ayer.

La gente odia. Por momentos, a sí misma.

Pero también sonríe recordando que, una vez, estuvo felizmente equivocado.

Por qué el amor es útil para una buena ficción

El otro día recibía el mensaje de una colega con un excelente gusto literario agradeciéndome la recomendación de La verdad sobre el caso Harry Quebert:

terminado harry quebert

Lo cierto es que la novela de Jöel Dicker es un librazo por muchas razones. Entre ellas:

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Conociendo su nivel como lectora, me llamó bastante la atención el que no estuviese acostumbrada a la combinación entre estos géneros. Bueno, y también porque…

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Ficción y realismo interno: un matrimonio forzoso

Hace nada me puse a ver Juego de Tronos. Gran serie, sin duda: me la acabé en un mes. Sin embargo, había algo, positivo o no, que me pasaba con una frecuencia pasmosa: veía lo que iba a pasar a continuación.

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Al contrario que muchas personas queridas, yo soy de las que se tapan los ojos ante el autospoiler: me gusta disfrutar las historias desde dentro, meterme, que me ciegue la suspensión de incredulidad. Sin embargo, con GOT me era imposible hacerlo, porque (al contrario que lo que la opinión general presume, diciendo que acaba con personajes a lo loco) la serie, salvo escasas excepciones, tiene una gran coherencia argumental.

La coherencia tiene que ver con eso que explicamos en Realismos y fantasías: el realismo interno. Para salvarse de la quema del espectador o lector, cualquier historia tiene que respetar una serie de valores que el universo de la propia propone. Si en medio de El Retorno del Rey apareciese Darth Vader, la gente quemaría el libro o tiraría Coca-Colas a la pantalla por insultarles. Si queremos colar un elemento de fantasía en una historia realista, más vale que haya cosas que nos puedan hacer entenderlo o el ataque va a ser claro.

Una de las tendencias más queridas de la actualidad es que esa coherencia se extienda también a lo argumental. Cuando esto ocurre, la gente suele quedarse satisfecha por un par de razones principales: hace sentir listo y hace sentir satisfecho, guste o no (“Es como tiene que ser”).

El principal problema nace, por supuesto, en uno de los grandes principios de la ficción: el ofrecer algo que no existe, nueva realidad.

Leía hace poco que consumir ficción mejora los parámetros de empatía (“mentalización”, decía). Si siempre nos movemos mediante las cosas que sabemos, nuestra mente se va cerrando, mientras que si nos ponemos ante realidades que no conocemos o nos sorprenden, aprendemos y crecemos.

leer imaginar

¿Por qué el amor es útil para una buena ficción?

Pues que es el perfecto enlace entre la coherencia y lo impredecible.

El amor es un sentimiento universal, y rara es la persona que no conozca los macabros efectos que puede tener en el correcto raciocinio. De ahí que —utilizándolo con inteligencia— sea una herramienta fabulosa para generar ‘vértigo’ en el argumento sin que el realismo interno falle.

Cosas de amar incorrectamente

Si algo soy es alguien que ama. Supongo que —por la felicidad que me da, por el sueño que no me roba, por los latidos que me impulsa— querer es una de las razones de mi existencia. Quizás por ello y lo no correspondido, me hice un máster en amores fuera del cuento de hadas, en metas inalcanzables que dan de comer sin pan. Algunos dicen que tóxicos. Otros, que no es amor. Que digan lo que quieran: no saben nada.

Dicen que el amor de verdad es correspondido. Eso es que ninguno de ellos ha visto desaparecer mi estómago al verla llegar con sus pantaloncitos cortos y su sonrisa al verme. Si eso no es amor de verdad, que se mueran los científicos. Porque solo con esa imagen mis sueños brillan de mil colores.

Dicen que amor de verdad solo hay uno. Si solo hay un amor de verdad, ese amor no es alguien, sino el propio amor, eterno. El que hace que ilusiones se acaben y otras empiecen, y muertas renazcan, y odies, quieras, descubras, pierdas, recuperes y vuelvas a querer de nuevo, a la misma, a la otra, a la nueva, a la ex, a todas, a ninguna, solo a ella. Que amor de verdad solo hay uno, dicen. Doy gracias por haber amado tanto a tantas personas.

Dicen que el amor de verdad no duele. Qué sabrán ellos lo que es el dolor que te hace sentir vivo. Hay cicatrices que curan más que vacunas. Hay dolores que hacen más grande que mil hormonas de crecimiento. Ir al fisio duele, salir a hacer ejercicio cansa. Querer mata, pero querer sana.

Porque el amor de verdad no te pega. El amor de verdad no es una persona. Nunca. El amor de verdad no te maltrata, no abusa de ti, no te hace sentir una mierda. Eso no es amor: solo son monstruos disfrazados de ello, lobos a cazar, vestidos de cordero de ilusiones. El amor de verdad está dentro. El amor de verdad te baja, pero te sube. Es una montaña rusa de miedos y sensaciones. Un trampolín al mar del sentimiento que en sí es.

Y si hay que pagar un daño por las mil sonrisas que su agua salada saca, que me robe la cartera. Que me la robe cuantas veces quiera mientras me deje el carné de mi identidad amante. Aquel que hace que nunca deje de querer sentir mientras otros viven en muerte.

Dicen que el amor de verdad te entiende. ¿Cómo si no se entiende a sí mismo? ¿Cómo, si cada amor es único, si cada querer distinto, si cada sueño una realidad en un universo diferente? Claro que puede entenderte, pero si no te comprende, ¿no te ama? Matan lo bonito de querer por el mero hecho de querer que sea telepático, cuando el amor no tiene nada que entender. Por algo no hay quien lo entienda.

Dicen que el amor de verdad espera. El amor de verdad no se para. El amor de verdad, recuerda, perdona, sonríe y sigue adelante. Porque el amor que vive de sueños rotos, no es amor, sino tristeza. Y el amor nace, muere y crece sin orden ni paradas. No, el amor de verdad no aguarda, simplemente, a veces llamas a su puerta y lo encuentras en casa. Que te invite a cenar y a ver vuestras viejas fotos juntos, sentados en el sofá de aquella vez en que todo era perfecto, es tema aparte.

Dicen que el amor de verdad es perfecto. Lo único perfecto en este mundo es ella cuando estás enamorado. No, el amor no es perfecto. Son sus imperfecciones las que te tocan la fibra, las que te acarician el alma.

Dicen que el amor de verdad existe. No sé si existe. No sé si alguna vez lo he visto, lo he sentido o lo he tenido. Solo sé que una vez soñé con él. Y que desde entonces vivo soñando.

Sonrisas de un San Valentín solo

El sonido del tráfico cruza la calle. Ha atardecido, pero aún no hay luces amarillas arriba. Todo tiene ese azul pálido que desata tristezas y recuerdos salpicados de agua salada y brisa invernal. Los daños, junto con el recuerdo de ser catorce de febrero, me hacen mirar atrás.

A cuando quise. A cuando quise, perdí, quise, perdí, quise, perdí y volví a querer. Verano, sol, pantalones cortos y sonrisas a la sombra de un árbol quizás ya no visitado.

Te echa de menos, no sé si lo sabes…

Je. Yo también lo echo de menos. Pero ahora miro al frente.

No hay tiempo para ser aquel. Hace tiempo que no lo soy. Que no lo eres.

Y por ello sigo.

Esquivo olas de gente en dirección al lugar que me pertenece por derecho a ser de nuevo yo. Cuento historias de verdades que ya no mienten: ya no sé mentir a los ojos de quien sueño. Eso se quedó en la playa de mis decepciones y, ahora, mar adentro, ya no la veo. Ya no hay faros apagados por días trece. Hoy, solo respiro luces que yo mismo hago brillar, a base de verme iluminado por soles más grandes que mis sueños rotos.

Y el cielo se prende.

Las luces amarillas empiezan a encenderse sobre mis pasos vibrantes de ilusiones nuevas. El miedo no nos engañará de nuevo. Ya no. Recuerdo cada redacción de amor verdadero, cada espera para verla tres minutos, cada palmera y piruleta de corazón, cada “¿puede haber algo más bonito?”. Cada imagen, cada latido, hace feliz a mi pecho, y no: no dejaré de escucharlos. ¿Quién sería tan estúpido cómo para no quedarse a escuchar un Te quiero? Lo quiero. Los quiero todos.

Y el mundo brilla.

Lo sé sin verlo ni necesitarlo. Porque mis ojos no son más que los suyos, los del niño que amó y ama, se ama y amará por no poder hacer otra cosa. ¿Quién soy yo para prohibírselo? He de dejarlo querer, sentir y vivir. He de dejarlo quererse, sentirse y vivirse. Porque solo con él puedo ser quien quiere, siente y vive la verdad que protagoniza su vida.

Que vive quien quiere. Quien quiere vivir. Quien quiere sentir.

Más allá de velas. Más allá de pétalos.

Más allá de pelis. Más allá de besos.

Más allá de fotos en Insta. Más allá de textos en Facebook.

Más allá de todas las líneas que suenan a versos, en catorce de febrero, en quince de mayo, en veinte de enero, vive quien quiere. Vive quien ama.

Y por ello, aunque al final de esta calle con luces de mil colores saliendo de cada baldosa no haya nadie y vuelva solo a casa sin alguien a quien acompañar a su portal, no estaré triste.

Porque esté o no esperando, sentada en su banco bajo el árbol de un verano que no olvidaré nunca, siempre lo estará dentro de mí. Allí donde vive cada pequeño momento en el que fui feliz solo por tenerla a mi lado.

En cada vuelta en el coche. En cada cafetería. En cada foto mala. En cada ida de olla por WhatsApp. En cada sueño. En cada día.

¿Cómo no voy a sonreír por San Valentín, por muy sin ella pareja que esté, por muy comercial que sea? Por mucho que lo hayan atado las muñecas con mil lazos de regalos sin sentimiento, por mucho que lo hayan sepultado entre miles de pétalos de rosas secas por la obligación, por mucho que lo hayan encerrado en mil habitaciones de hotel sin estrellas en los ojos, el catorce de febrero es el día de los que aman.

Y yo no he sabido dejar de hacerlo ni por el más pequeño instante.

Sí pero no: lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser

Viendo este post dedicado al desamor y habiendo ya avisado un tal San Valentín de su inminente llegada, me temo que febrero va a ser un mes romántico en este blog. Preparen pues sus latidos sonrientes y sus recuerdos dolorosos, abróchense los cinturones que no pudieron desabrochar y recibamos a la primera entrega de la segunda temporada de 2017: Lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser.

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El pasado sábado, una pizza, un pedazo de roscón y un quiche con dudas sobre su verdadera naturaleza fueron testigos de un estudio de caso a cuyo análisis —ajeno a lo tratado en esa reunión— dedicaremos este post. Aunque la situación parezca altamente improbable, numerosas estadísticas inventadas por mí en este momento indican que resulta incomprensiblemente frecuente.

X y Z son dos personas con feeling. Se conocen de no hace mucho, pero el apego ha sido precoz: hablan sin parar. Z tiene pendiente otro asuntillo amoroso de su pasado, pero se encuentra cómoda con el nuevo colega. A X, directamente, le mola Z.

X quiere más y, cuando así lo siente, se dispone a avanzar. Pero la cabeza de Z no está aún para otro devaneo amoroso, así que —aunque su nueva más bonita casualidad le mola— no es momento.

Produciéndose aquí el hecho clave:

—Tú me gustas, pero ahora no puedo.

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Puede parecer una frase cualquiera pero por si alguien no lo sabe, esta frase está en la Gran enciclopedia de frases catastróficas de National Geographic entre “Vaya pepinazo” y “No me pasa nada”

El flujo de acontecimientos posterior a la declaración es desencadenado como una pandemia en cualquiera de los dos principales modelos de comportamiento del pretendiente: el seductor aciago o el no tan común pasivo paciente.

En el primer caso, la declaración de que sí le gusta motiva a X, que redobla esfuerzos en aras de lograr la mutua satisfacción de dos personas que se gustan juntas. La insistencia suele devenir entonces en el agobio y la presión sobre la persona con dudas. Y no: no son buenas palabras a la hora de seducir a alguien. La sensación de inalcanzabilidad que genera en X enamora más si cabe, reafirmando un proceso retroalimentado que va a peor con el tiempo.

En el caso menos común del pasivo paciente, la estrategia pasa por darle el tiempo que, —aparentemente— la otra persona está pidiendo, manteniéndose en una indefinida posición de amistad con ganas de más. Esto tiende a acabar en el friendzoneo (colocación del otro en la friendzone o zona amigos) por parte del personaje Z.

El ratio de final feliz de ambos casos suele ser muy bajo, siendo frecuentes las situaciones de caída de ánimos por parte de la persona enamorada y las de aparición de pretendientes con más éxito en la vida de quien quiere.

Analicemos ahora dos conceptos clave a la hora de determinar cómo se produce el distanciamiento: el desequilibrio y el momento.

La situación de desequilibrio se produce cuando, tras un periodo de relativo equilibrio, una de las partes quiere más que la otra.

No hay que confundir esto con la idea bastante extendida de que en toda pareja estable hay uno que se esfuerza más que el otro, por algunos mal-llamados (¿por qué no se da escrito sin el guion…?) el fuerte y el débil.

Cuando hablamos de desequilibrio aquí, lo hacemos de una fuerte y creciente barrera que impide que pase algo entre dos personas, motivada porque el nivel de querer que pase es diferente.

En el ejemplo de X y Z, el momento en que se produce el desequilibrio es claro: la negativa por parte de Z. Hasta ese punto, la situación era más o menos equilibrada: estaban bien el uno con el otro, había feeling. Sin embargo, en el momento en que X da el salto y Z no, el desequilibrio brota. X quiere más que Z y esa situación le hace verse “detrás”, generando numerosos síntomas de la enfermedad del desamor: falta de confianza, arrastramiento, rayadas mentales, sobrepreocupación por el otro, hacer las cosas por satisfacer al otro, dejar de ser uno mismo ante él. Estos elementos no solo le incapacitan y suelen hacer perder el atractivo hasta ese momento, sino que el desequilibrio se pronuncia, soliendo generar graves problemas en la relación entre ambas personas.

Si bien es cierto que el desequilibrio también causa rupturas una vez comenzada la relación (como dudas de la pareja por falta de confianza propia que acaban minándola), la situación si cabe grave cuando aún no ha pasado nada entre las dos. El difícil mantenimiento de la moral y la autoconfianza pasa por ser la principal vía para restituir el momento de feeling y equilibrio previo con la otra persona.

Aunque parezca una tontería, la clásica frase de “no va a cambiar nada que sepa que le gustas” es cierta muchas más veces de lo que parece: lo que más cambia es el comportamiento del que quiere algo ante quien sabe que lo quiere, y es este comportamiento diferente el que suele hacer que el otro también cambie el suyo. Por ello, si se fuese capaz de no sufrir los ya mencionados efectos del desamor, seguramente la negativa no cambiaría apenas nada.

El problema para quien pretende tener algo está en la aparición del otro elemento clave para que pase algo entre dos personas.

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¿Quién no ha escuchado alguna vez lo de que cada cosa tiene su momento?

Da igual que hablemos de un lío de una noche, un futuro matrimonio con tres niños o una infidelidad consentida: en cualquier tipo de historia de atracción hay un punto en el tiempo que cual agujero negro te atrae hacia él inexorablemente, obligando a que o pase algo en él y sus alrededores o no pase.

Es como un fenómeno astronómico de la relación: puede suceder una vez en la vida, repetirse con cierta frecuencia en una época o estar sin ocurrir años y años. La sensación interna, además, es tan eficaz como mirar al móvil para saber qué hora es: se percibe claramente cuándo tiene que pasar. Es como si el mundo se hiciese a la medida de que pase.

Lo mejor es que, de forma extraordinaria, este reloj suele marcar lo mismo que el de la otra persona. No me preguntéis cómo funciona, pero en la mayor parte de casos ambos miembros de una pareja coinciden en saber perfectamente cuándo ha llegado el momento decisivo, quieran o no que pase.

Es por ello que cuando ocurren situaciones como las de nuestros amigos X y Z —en las que el momento llega y pasa con pena y sin gloria—, la situación no es solucionable en unos días. Y claro que a la persona con dudas puede gustarle la otra cuando se lo dice: si no lo sintiese, el afilado “Te veo como un amigo” sería una opción mucho más probable que el “Me gustas pero ahora no puedo”. Lo que a veces ocurre es que en ese instante sí puede creer que ambos estarán ahí cuando haya pasado la tormenta, pero —cuando las nubes se van— la corriente ha alejado sus sentimientos hasta dejarlos solos en sus respectivos mares.

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Más claros o más oscuros

¿Tiene arreglo? Puede. Que algún día recuperen el equilibrio, un nuevo agujero negro aparezca y sus botes se crucen. Pero el mar es grande y (hasta nunca o hasta entonces) la imbebible friendzone o el distanciamiento es todo lo que les queda.

Junto con el recuerdo de los buenos días en que eran nada, y más que todo.

Las cicatrices de lo que me queda de vosotras

Ayer cumplía años mi primer amor. Dicen que nunca se olvida; yo nunca olvido su cumpleaños. Ya no siento nada, es solo que… sus cicatrices me la han dejado ahí, donde ya no duele, pero su marca permanece.

El mes pasado, olvidé el cumpleaños de dos de mis ex.

De la segunda, me lo recordó Facebook, aunque yo ya lo sabía. Simplemente, preferí no hacerle mucho daño caso. Dejé correr el día hasta que se murió y solo quedaron mis dudas de si hice bien. Sé que sí. No reavivaré más heridas a medio curar.

En cuanto a la primera (mi primera), lo olvidé completamente. De hecho, hablé a su mejor amiga un par de días más tarde sin percatarme de que podría parecer un nuevo acercamiento. No, ya no. Algo ha cambiado en mi alma, que antes luchaba por las justicias para mí y ahora solo quiere las felicidades para ellas.

Hasta el punto de hacerme ver realidades que nunca hubiese creído en mí.

Darme cuenta de que he olvidado cosas que antes consideraba imborrables. Sentir que no tengo que aprovechar las oportunidades para traer de vuelta a quien quise y se fue lejos de lo bien que habríamos podido estar juntos pero separados. Que la oportunidad la tiene que tomar quien la perdió. Y que yo, solo tengo que ser yo. Feliz con un presente que me quiere como ellas me quisieron y a ellas quise, es decir: mucho, siempre y de forma irreversible.

Y sin embargo, de ellas, ¿qué me queda?

Recuerdos borrosos pintados de mensajes de adiós. El encontrar de vez en cuando a antiguos amigos suyos en fotos de Instagram y pensar “¿Cómo has llegado aquí?”, “¿Qué haces con esta persona que nada tiene que ver?” o “Recuerdo que eras de las pocas a las que les caía bien”. También me quedan los cumpleaños en el calendario, olvidados o no, a posta o sin quererlo.

Y me queda la música.

Como la que me hizo ver que tenía que escribir esto. Tras tropezarme con aquella canción que tanto me encantaba, para que la primera estrofa me recuerde que la descubrí contigo sentada a mi lado.

A ti también te encantaba. Tal vez, a mí me encantaba porque te encantaba.

Y aún me encanta.

Aparte de eso, ¿qué más me queda de todo aquello? No sé qué más quiero que quede del paraíso que hemos arrasado a base de no poder dar más.

Lo que ahora sí sé es que, al final, sí que podía apartar mis ojos de vosotras. Y perdonarme por haber sentido tantísimo que debía pedirme perdón, cuando —siendo el que más daño hizo— soy el único que tiene cicatrices. Y, quizás, el único curado.

corazón curado