Las expectativas en las historias o un porqué (sin spoilers) del cabreo con el final de Juego de tronos

Que no se preocupe quien no haya visto o acabado la serie: no va a haber el más mínimo spoiler más allá de que haya mucho indignado. Lo cual no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta los antecedentes de grandes series de culto.

¿A qué se debe el enfado en redes? La miniencuesta en mi deshojado Twitter considera los 3 factores que yo encuentro como más frecuentes para este tipo de enfados, a los que sumo un “Para no perder la costumbre” más cínico que otra cosa.

– Malos finales.

– Que la gente se cabree porque cabrearse parezca ser siempre una buena opción.

– El no cumplimiento de expectativas.

Los resultados (pese a la baja participación, dentro de los esperados) apoyan hasta el momento que el cabreo se debe a unas expectativas de final que no se cumplen o, como bien apunta mi colega Amarga para quien no lo vea dentro de esto, a que no acabe como la persona esperaba (55%).

Analicemos pues cómo la expectativa afecta a una obra de ficción y cómo se originan.

Las expectativas generadas

Al consumir una obra, en el lector o espectador se genera, de forma voluntaria o no, una especie de predicción de acontecimientos o sensaciones sobre lo que va a pasar.

Cualquier artista de ficción argumental debe tener muy clara la importancia de la generación de expectativas en su obra. El trabajarlas y valorar su eficacia antes de lanzarlas es parte clave del éxito posterior. De ahí que, en los buenos trabajos, la mayor parte de expectativas sean creadas por el consumidor, pero generadas por la propia narración.

Por ejemplo, si antes de que el personaje doble una esquina ciega ponemos una melodía de tensión, al espectador le surge la expectativa de que algo va a aparecer al doblarla. Evidentemente, es la mente del espectador quien la crea, pero la expectativa está muy buscada.

La expectativa trabajada en guion y relato tiene dos funciones principales: enganchar y satisfacer.

La primera función se basa en atrapar al lector o espectador. Mecanismos como los cabos sueltos o los elementos o personajes sin sentido claro a primera parte de obra tienden a que nos hagamos preguntas sobre qué hacen ahí. Preguntas que, de ser las dudas de buena calidad, nos harán querer seguir en el relato para descubrir qué hay detrás.

La segunda función es la satisfacción por la resolución de estas. Este es el punto más complicado y el que suele ocasionar reacciones como las que vemos en finales históricamente odiados.

Explicar por qué es tan difícil es, paradójicamente, tan fácil de explicar como exponer dos realidades contradictorias del mundo de la ficción:

– Que las expectativas del lector o espectador se cumplan le da satisfacción.

– Lo previsible genera desencanto y sensación de argumento poco profundo.

Existe la creencia de que una trama de calidad suele tener giros imprevisibles para el consumidor del contenido. Sin embargo, que no ocurra lo que el consumidor en el fondo de su corazoncito espera que suceda le sienta muy mal. Más si cabe en producciones tan largas como la propia GOT.

¿Cómo se acomete entonces esto en producciones muy largas?

Veamos tres de las estrategias más comunes de resolución de expectativas: el inesperado desenlace predicho, el final inesperado y el desenlace obvio.

Una tendencia muy común es la de que al principio tengamos claro el desenlace, pero el asunto se enrevese tanto que al final, cuando se cumple nuestra primera idea, nos parece hasta sorprendente.

Esta estrategia hace que, al menos, una expectativa interna se cumpla. Esto hace que no nos resulte incoherente, pero a la vez da sensación de inesperado.

¿Inteligente? Parece que sí. ¿Funciona? De vez en cuando. Y es que, cuando se ha usado esta estrategia típica de grandes historias románticas o comedias que a muchos se le vendrán a la cabeza, el rechazo en redes tampoco ha faltado a la cita.

La segunda opción clara es el final para nadie esperado. Obviamente, como digo siempre, la historia siempre tiene que entrar dentro de la coherencia argumental y el realismo interno de la historia, pero los finales inesperados suelen ser un recurso habitual, por alimentar esa parte del espectador que quiere ver algo que no espera.

El problema gordo de esta estrategia se encuentra, precisamente, en el caso de producciones muy largas. Cuanto más corta es la historia, más tolerancia hay al final inesperado. En el caso de historias de amplia duración, este tipo de desenlaces también tienden al desprecio mediático. Esto se debe a que el trabajo de generación de expectativas, las charlas durante las temporadas, las tertulias, los comentarios, todo ese universo social que se genera en torno a la serie hace que el cumplimiento de la satisfacción por expectativa cumplida se vuelva más necesario e irracional. En las obras grandes, el espectador tiende a sentirse engañado, cuando en las pequeñas lo ve como un agudo y travieso juego con su mente.

La última opción es la más típica de todas: lo predecible. Cuando uno va a ver una obra ligera, en general, busca que todo acabe como se espera. Las expectativas se cumplen, la satisfacción fácil te cubre y la misión está cumplida, ya que no se esperaba más. De hecho, la gente se suele tomar bastante a mal que la cosa no sea así.

Su principal crítica es, obviamente, la falta de innovación y profundidad, así como que las tramas raramente buscan la complejidad del primero de estos tres modelos.

El espectador guionista

Tuiteaba esta semana Gómez-Jurado que GoT le ha hecho descubrir que, más allá del consabido entrenador de fútbol y político, cada espectador lleva dentro un guionista. Tengo la sensación de que es una hipérbole con respecto a Juego de Tronos y cuándo lo ha descubierto, porque —como autor— sabe de sobra y desde hace mucho que así es.

El que consume muchas horas de un tipo de espectáculo tiende a esta idea de creerse superdotado en la elección de recursos que los profesionales han tomado de forma diferente. En parte, ahí está la magia y el genio de un verdadero guionista o escritor de ficción: en el tener la capacidad de demostrar que se es capaz de ser mejor que esos intrusos a los que en realidad se debe. En la responsabilidad que se lleva encima en hacer algo grande y con lo que estar satisfecho.

Fuera de ello, el espectador siempre va a tener la última palabra, y siempre va a haber bocazas que te digan que algo no es tan bueno como se esperaba de ti. Más que nada porque opinar es gratis y vivimos en una época en que hay gente que solo vive para dañar.

El que a alguien no le guste el trabajo que para ti es bueno, por desgracia, es la única expectativa que siempre se cumple.

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Como soy muy antispoilers, no voy a invitar a poner ejemplos sobre obras cuyos desenlaces te hayan marcado por las expectativas. Sin embargo, no dudes en hacer lo que te salga de dentro en la cajita por ahí abajo, que nadie aquí muerde.

Gracias de nuevo por leerme y no dudes en compartir, dar like, seguir y demás familia. ¡Nos vemos en el próximo! 😀 😀 😀

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La ficción que abría la mente y los nuevos malos

Los motivos que llevan a una persona a ser más o menos abierta son fáciles de intuir y complicados de determinar.

Leyendo artículos y publicaciones sobre estudios del tema, suelo encontrar elementos que pueden influir. Más allá de los que serían poco menos que ir a lo fácil, como la educación y la genética, podemos encontrar indicios de que la empatía o el haber vivido experiencias muy distintas o con otras culturas serían factores de incidencia demostrable.

En otro orden de cosas (y de estudios, de hecho), a lo largo del tiempo he encontrado diferentes publicaciones en las que se alude a que, a la hora de consumir ficción, el cerebro integra la información consumida como vivencia, en especial si se produce la suspensión de incredulidad.

De ser ambas corrientes de estudio correctas, la conclusión silogística es fácilmente alcanzable: el consumo de ficción tiene influencia en la apertura mental.

¿Fin del post? Bueno, la conclusión es de por sí interesante. Sin embargo, quiero ir más allá ofreciendo algo nuevo que a alguien con mis intereses por la apertura mental y la escritura de ficción le parece muy interesante: ¿el nuevo cambio en los roles de protagonista y antagonista están afectando a que la ficción ya no abra la mente del mismo modo?

La ficción que abría

Supongo que a muy pocos de los lectores de este post sorprenderá que, a lo largo del tiempo, publicaciones científicas o de divulgación hayan encontrado evidencias sobre la relación entre ficción, empatía y apertura mental. Según algunos investigadores del cerebro, la lectura de ficción y la suspensión de incredulidad llevan a parte del cerebro a sentir que está experimentando la historia en sus propias carnes. Esto genera, según lo visto arriba:

  • Una mayor capacidad de apertura mental.
  • Una mayor empatía con el estereotipo de personas cercanas en características a ciertos personajes con los que compartimos historia.

Leía ayer una frase de don Miguel de Unamuno que decía «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Yo lo traduciría por «Cuanto menos se vive, más daño hace lo que se vive».

Si bien puede parecer exagerado, creo que a nadie escapa que cuanto más cerrado es el entorno de una persona en cuanto a experiencias nuevas y gente diferente más tiende hacia fenómenos clasistas y prejuiciosos como la discriminación por motivos de raza. Del mismo modo, son comunes las demostraciones de que discriminación y la generalización se da mucho más en personas con menor cultura y menor movimiento en diferentes ambientes (por mucho que a todos se nos vengan a la cabeza gente despreciable del espectro contrario).

Esto, ya llevado al mundillo de la ficción, me conduce al enlace con un elemento que antiguamente se trataba de otro modo en los consumos de entretenimiento argumental.

Protagonistas y antagonistas

Los cuentos infantiles y nuestros inicios en la ficción nos llevan a la habitual concepción generalizada de que el personaje protagonista y «el bueno» son sinónimos. Evidentemente, la propia mención de esto ya nos hace saltar la alarma de que no es así siempre: algunas grandes historias han sido protagonizadas por personas que tienen poco de buenas.

A partir de aquí, diferenciemos pues a los buenos de los protagonistas y quedémonos con la dualidad típica del estilo de participantes en la ficción: protagonista, como el personaje central del discurrir de la obra, y antagonista, como personaje con intereses contrapuestos a los del protagonista.

Por poner un ejemplo que sirva de puente, protagonistas serían Caperucita, Batman, Sherlock, Katniss, Oliver Atom, Harry Potter. Y como antagonistas, el lobo, el Joker, Moriarty, Snow, Marc Lenders o Voldemort.

El protagonista malvado

Obviamente, si tiramos de los ejemplos más obvios de protagonismo y antagonismo, nos encontramos con la antes mencionada coincidencia de buenos y malos respectivamente. Sin embargo, durante mucho tiempo las historias han sido llevadas adelante por protagonistas malvados.

El problema para los ejemplos suele estar en que los antagonistas buenos no suelen ser tan recordados por la potencia argumental que el prota malo asume.

Por ejemplo, cuando pensamos en El padrino no es fácil que se nos vengan de primeras los antagonistas. Casos similares serían los de El perfume, El lobo de Wall Street o tantas otras historias en las que la naturaleza malvada del protagonista eclipsa a cualquier tipo de antagonista. ¿Quién conoce el nombre de la familia de los 101 dálmatas? Cruella de Vil acapara el recuerdo y con toda lógica.

Una frase muy común en el mundo de la ficción es la de que una historia vale lo que su malo. Los protagonistas malvados son pura demostración de esta lógica.

Lo que nos dio el protagonista malvado

Enlazando pues lo visto, los protagonistas malvados, los antagonistas que nos narraban o aquellas narraciones que nos daban el punto de vista del malo nos invitaban a la empatía con la gente que pensaba diferente a nosotros. Lo fácil que resulta vernos reflejados en protagonistas hacia que, al menos, nos viésemos conducidos a entender cómo pensaban y que podían tener sus razones para ellos lógicas, aunque no las compartiésemos.

Las verdaderas buenas historias de protagonista malvado o fuera de norma nos surtieron durante mucho tiempo del hacernos pensar en la coherencia de lo que desde la teoría se hace impensable. El padrino nos hizo entender qué puede conducir a personas con valores a volverse un delincuente; Breaking bad, qué motiva y conduce a un padre de familia al mundo de las drogas; Shame, qué puede haber detrás de una adicción silenciada por el asco que supone a la sociedad.

Por supuesto, en ningún caso digo que las conductas dejaran de resultarnos condenables. Lo que sí encontramos fue la posibilidad de aprender a pensar en que hay personas tras los hechos. Lo cual, en la sociedad de la instantaneidad, el estereotipo y las personas que no son personas, sino perfiles, nos venía muy muy bien.

Pero justamente, cuando más falta hacía, lo estamos perdiendo.

El malo actual

Si algo ha aprendido la ficción en los últimos tiempos es a dar características distintivas a los personajes.

Si bien en historias con muchos podemos vernos obligados a tirar de los arquetipos para no embotar la cabeza del espectador, la tendencia actual parece ser meter mucha miga en personajes secundarios o incluso terciarios, como extrañas peculiares adicciones, sexualidades, marcas pasadas. Tendencia que, por otro lado, está contradiciendo otro de los grandes principios de la ficción: no aportar datos superfluos que entorpezcan y no aporten a la historia.

En el caso de los malos en lo comercial, el camino a seguir parece estarse torciendo.

Por un lado, se están lanzando constantes reinterpretaciones de las historias clásicas por el lado del antagonista malvado, las características que se les imprimen reducen lo antes exagerado en el otro lado y lo orientan hacia el perfil del protagonista clásico, mientras a los buenos convertidos en antagonistas se les exageran las virtudes hasta hacerlos odiosos, imprimiéndoles al mismo tiempo defectos antes no presentes.

Por otro, más grave a mi ver, el perfil del malvado de nueva creación se está exagerando de forma extrema. Si bien en casos específicos, como la Villanelle de Killing Eve, el acierto es pleno, en los productos comerciales como la netflíxica You, se perciben claramente que las exageraciones no van en línea con el perfil del personaje, sino que buscan directamente la generación del rechazo del espectador con recursos que encaucen al lector hacia la interacción en redes por encima de la coherencia o el ejercicio de poner sobre la mesa una personalidad perturbada.

Esto hace que nos sea muy complicado ponernos en su piel como lo hacíamos antes, generando daños a la suspensión de incredulidad y a la capacidad que las historias con protagonista malvado tenían para hacernos sentir algo en su mente. De esta gente rechazamos sentirnos parte, solo queremos asquearla, odiarla y comentarlo por ahí. Y eso es precisamente lo buscado.

Lamento la subjetividad del siguiente comentario, pero el nuevo perfil de protagonista malvado con el que nadie se identifica es una demostración de que a los espectadores nos tratan como borregos. Si hace años podíamos distinguir perfectamente lo oscuro del comportamiento de personas como los Corleone o el Patrick Bateman de American Psycho, ahora deberíamos ser de igual modo capaces de identificar en Villanelles, Cerseis o Joe Goldbergs a malos de nuestro tiempo sin tener que usar manual de instrucciones. Que caigan mejor o peor no nos priva de verlo, tal y como antes no lo hacía.

Conclusión: la apertura mental pierde un nuevo amigo

Recordando por utilidad la conclusión ya en el inicio de que la lectura y consumo de ficción aportaba directamente a la apertura mental y la empatía, la principal idea a extraer llegado este punto es que la reducción de consumo literario y la búsqueda de que los nuevos malos despierten unánime odio social en redes ataca directamente a las lógicas esperanzas que el exponencial consumo de ficción en las nuevas generaciones pudiese traducirse en una mayor apertura mental.

No voy a negar que creo que la apertura mental es mayor hoy que hace veinte años: no venimos del paraíso en ese aspecto ni mucho menos, así que no era tan difícil. Sin embargo, sí convendría plantearnos qué se está haciendo con la ficción. Si nos convienen más los planteamientos que hacen que no todos queramos ser del mismo equipo o realmente queremos seguir cayendo en ficciones de un único color que nos obliguen a sentir simpatía por los mismos y odiar a lo que es fácil odiar, cual autoritarismo de pensamiento.

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Como de costumbre, pregunto: ¿qué opinas de lo leído? ¿Te preocupa querer que al malo le salgan bien las cosas? ¿Ves a la ficción como una manera de intoxicar a la sociedad o de vacunarla? ¿Crees que la gente era más abierta antes? Comenta sin miedo, comparte, opina por ahí adelante, pero menciona también para que pueda verlo (@osgonso y esas cosas).

Por qué el amor es útil para una buena ficción

El otro día recibía el mensaje de una colega con un excelente gusto literario agradeciéndome la recomendación de La verdad sobre el caso Harry Quebert:

terminado harry quebert

Lo cierto es que la novela de Jöel Dicker es un librazo por muchas razones. Entre ellas:

terminado harry quebert 3

Conociendo su nivel como lectora, me llamó bastante la atención el que no estuviese acostumbrada a la combinación entre estos géneros. Bueno, y también porque…

terminado harry quebert 4

Ficción y realismo interno: un matrimonio forzoso

Hace nada me puse a ver Juego de Tronos. Gran serie, sin duda: me la acabé en un mes. Sin embargo, había algo, positivo o no, que me pasaba con una frecuencia pasmosa: veía lo que iba a pasar a continuación.

you know nothing edward

Al contrario que muchas personas queridas, yo soy de las que se tapan los ojos ante el autospoiler: me gusta disfrutar las historias desde dentro, meterme, que me ciegue la suspensión de incredulidad. Sin embargo, con GOT me era imposible hacerlo, porque (al contrario que lo que la opinión general presume, diciendo que acaba con personajes a lo loco) la serie, salvo escasas excepciones, tiene una gran coherencia argumental.

La coherencia tiene que ver con eso que explicamos en Realismos y fantasías: el realismo interno. Para salvarse de la quema del espectador o lector, cualquier historia tiene que respetar una serie de valores que el universo de la propia propone. Si en medio de El Retorno del Rey apareciese Darth Vader, la gente quemaría el libro o tiraría Coca-Colas a la pantalla por insultarles. Si queremos colar un elemento de fantasía en una historia realista, más vale que haya cosas que nos puedan hacer entenderlo o el ataque va a ser claro.

Una de las tendencias más queridas de la actualidad es que esa coherencia se extienda también a lo argumental. Cuando esto ocurre, la gente suele quedarse satisfecha por un par de razones principales: hace sentir listo y hace sentir satisfecho, guste o no (“Es como tiene que ser”).

El principal problema nace, por supuesto, en uno de los grandes principios de la ficción: el ofrecer algo que no existe, nueva realidad.

Leía hace poco que consumir ficción mejora los parámetros de empatía (“mentalización”, decía). Si siempre nos movemos mediante las cosas que sabemos, nuestra mente se va cerrando, mientras que si nos ponemos ante realidades que no conocemos o nos sorprenden, aprendemos y crecemos.

leer imaginar

¿Por qué el amor es útil para una buena ficción?

Pues que es el perfecto enlace entre la coherencia y lo impredecible.

El amor es un sentimiento universal, y rara es la persona que no conozca los macabros efectos que puede tener en el correcto raciocinio. De ahí que —utilizándolo con inteligencia— sea una herramienta fabulosa para generar ‘vértigo’ en el argumento sin que el realismo interno falle.

La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

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Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

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Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

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Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

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Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.

Plagio VS homenaje y mi crítica a Star Wars VII: el despertar de la Fuerza

¡¡¡ALERTA SPOILEERRRR!!! ¡¡¡ALERTA SPOILEEEERRRRR!!! ¡¡¡VOY A DESTRIPAR PARTE DEL ARGUMENTO DE LA SÉPTIMA PELI DE STAR WARS, ASÍ QUE, SI NO LA HABÉIS VISTO, CORRED INSENSATOS!!!

En fin, ya a gusto conmigo mismo —como persona que ha estado huyendo de sus spoilers durante meses—, puedo arrancar este post tras mi visionado de El despertar de la fuerza, séptima entrega de la popular saga de La guerra de las galaxias.

Diferenciando el plagio y el homenaje

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Kimba, el león blanco y El rey león, parecidos razonables

Saliendo de la sala, bien poblada ante uno de los mayores acontecimientos cinematográficos de principios del XXI, mi cara era de completo chasco mientras mi compañero decía que era “un peliculón, aunque madre mía la cantidad de plagios a las demás”. En realidad, le comentaba, utilizar elementos de tu misma saga no es un plagio, sino lo que llamamos un homenaje.

El homenaje o tributo es un recurso muy común en el cine, y se basa en usar referencias a otras películas para sacar la sonrisa del buen espectador que las reconozca. Estas referencias suelen ser más marcadas en el caso de entregas de la misma saga o comedias (Los Simpson), y menos en el caso de recurrir a pelis clásicas del género, situadas en el imaginario colectivo de la gente.

Distintos homenajes de Pixar a películas clásicas

El tributo puede tener diferentes connotaciones: desde un diálogo calcado, una imagen casi idéntica con diferentes personajes, el mismo escenario o muy parecido, incluso (arriesgando bastante el ser tachado de poco original) una parte del guion clavada.

Este último recurso se usa mucho en las sagas recaudatorias de poca calidad (Destino final, Juegos Salvajes, mi amada Sharknado), ya que no pone en riesgo el defraudar argumentalmente a un público sin excesivo interés por la novedad, además de ser un ahorro tremendo tanto en presupuesto en guionistas como en neuronas de este.

Preocupante eso sí (y empieza la crítica) hasta qué punto se ha utilizado en la séptima entrega de una saga como Star Wars.

Cuando la Fuerza hizo ver el futuro al espectador

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¿Soy un profeta, es un guion sin respeto por la originalidad o más bien un intento desesperado por no fallar?

Más allá de que los diálogos y el humor de calidad en la película se han limitado al hilarante gesto con el pulgar del precioso BB-8, la calidad argumental de la película (teniéndola en cuenta como una de siete, no individualmente) es sorprendentemente decepcionante. Y es que, para un fan de la saga con mínimos conocimientos de escritura o guion, es pura previsibilidad. En parte por el poco trabajo en reforzar el nivel de las conversaciones, sí, pero más allá de ello, porque el argumento entero es una mezcla entre los incontables homenajes a la saga y El viaje del héroe.

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El viaje del héroe es un modelo de argumento clásico, presente en multitud de grandes historias de todas las épocas

La séptima entrega de Star Wars según las 6 anteriores

A continuación vamos a ver cómo el argumento entero de El despertar de la fuerza se define a través de los constantes tributos a sus previas entregas, definidores del argumento entero.

  • Androide con datos clave para los buenos y los malos cae en desierto donde persona en la cual “la Fuerza es poderosa” se hace cargo de ella. ¿Luke, eres tú? ¿Anakin quizás? Tal vez, visto el antiguo parecido entre ambos comienzos clásicos, era un homenaje casi obligatorio para “bautizar” a la nueva heredera de la Luz y las capacidades como piloto, pero… ¿una tercera vez lo mismo? ¿Un joven o niño de infancia pobre en un planeta lleno de desiertos y chatarreros? ¿No podía ser un lugar similar pero con más verde?
  • Imperio y República. Llámese Primera Orden, llámese ejército nazi (¿habéis visto los colores?), los malos son los de siempre y los buenos también. De hecho, tenemos un Emperador con una gran grieta-arruga en el cráneo (Líder Supremo en este caso) y un atormentado familiar de los buenos con casco negro molón y la fea costumbre de romper cosas (Keylor Navas, digo, Kylo Ren).
  • La protagonista se va de casa. Si bien Rey se muestra algo más reticente que Ani y Luke, los tres se ven abandonando el planeta en el que han pasado sus últimos años.
  • Han Solo recupera el Halcón Milenario, que le han robado, y un montón de gente quiere matarlo por estafarles en el pasado. Aún solo apareciendo en la saga Luke, ya lo hemos visto unas veinte veces; da igual lo cascado que esté Ford, la vida sigue igual. Llegado a este punto, no podía creerme que la supervelocidad del aparato funcionase correctamente.
  • La Estrella de la Muerte. Con esta ya van tres, y el funcionamiento por el estilo: destruye planetas a chorrazos de energía y así nos lo muestra. Sí, hay que reconocer que en este caso es una pasada ver el Kamehameha salir ante el ejército imperial, digo, ordenal (bueno, ya me entendéis), pero leches: es lo mismo solo que más grande, y tan “indestructible” como las otras dos.
  • Los protas acuden a un colega de Solo en busca de consejo y ahí sufren un ataque que acaba con la chica (Leia-Rey) secuestrada por Vader-Keylor (digo, Kylo Ren), lo cual abre un posterior rescate que supone la batalla final de la película. Pues eso.

Estos 3 se dan cuenta de que algo de razón tengo

  • Preparan un ataque aéreo-espacial contra la Estrella de la Muerte, pero antes hay que desactivar algo a patas, haciendo que la acción se centre en tres escenarios que se van superponiendo: las naves, los desactivadores (entre los que está Solo tanto en la sexta como en la séptima) y el “elegido por la Fuerza” (Rey-Luke).
  • Padre e hijo charlan animadamente en una pasarela colgante de una sala gigantesca, con una caída impresionante por debajo en la que el bueno acaba. El homenaje más claro, a mi entender. Tan marcado que hasta eché de menos que le dijera un “Ven conmigo, soy tu padre”, pero bueno, qué le vamos a hacer.vader olé olé olé.jpg
  • En el siempre presente combate final de espadas, el primer combatiente contra el malo pierde y el segundo derrota o hace huir al malvado. Qui-Gon y Obi Wan en la primera, Anakin y Yoda en la segunda…: es todo un clásico de la saga Anakin.
  • El malo del casco acaba por necesitar taparse la cara de verdad. Vale: Kylo Rem es más guapo con máscara y capucha que sin ellas, pero bueno, tal y como le pasó a Vader con la lava, un tajazo en la cara es mucha mejor excusa para llevar la cabeza tapada que hacerlo por parecerte a tu abuelo el que al final se hizo bueno y tú piensas que era malo. Por cierto, Kylo: de momento, ni a la suela del zapato le llegas.
  • El coprotagonista sin la Fuerza acaba inoperativo. Han Solo, en carbonita; Finn en coma o similar. Esto sí que no me lo esperaba, pero el parecido está ahí.
  • El heredero de la Fuerza tiene que buscar a un antiguo mentor, retirado a la soledad por un fracaso. En la quinta, Luke busca a Yoda para abrir la cinta; en este caso (todo un acierto), cierra la película.

Los brotes verdes

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Más allá de la falta de innovación, Star Wars VII: el despertar de la Fuerza nos da también motivos para tener una nueva esperanza (guiño-guiño):

  • La película es buena si la tratamos de forma individual. La verdadera crítica a la película surge de la sobrepoblación de situaciones usadas de las anteriores, pero —de tratarla de forma aislada— es una cinta bastante completa, muy bonita y espectacular en lo visual. Sus diálogos y actuaciones son mejorables, puede ser, pero resulta bastante redonda para un observador externo. Como dicen muchos, transmite las sensaciones del pionero episodio IV a las nuevas generaciones, a las que a mi ver “les va a flipar”.
  • J. J. Abrams ha sido fiel a las películas originales. Salvo un zoom muy típico de pelis modernas en una o dos escenas, la película encaja perfectamente con el resto en un trabajo muy currado y elegante. Ni rastro de su popularmente criticado lens flare y muy entregado al estilo original de la saga. Pocos opinadores objetivos podrán criticar su buen hacer en esta ocasión.
  • Finn. Aunque no sea un personaje excepcional ni yo lo vea al nivel, es la verdadera gran novedad de la saga, el único verdadero experimento de la película. Tras el extraordinario fracaso de Jar Jar, se adivina un cierto miedo a arriesgar, y tal vez por ello la apuesta en cuanto a personaje diferente es (al menos en esta película) del montón. Veremos lo que ocurre en posteriores porque, visto lo visto, puede ser uno de los tapados. Dejarlo quedar en el “coma” o en que es un soldado imperial desertor sería un auténtico desperdicio, no creo que lo hagan.
  • Rey y lo femenino. La Star Wars cinematográfica nunca se ha preocupado demasiado por los géneros o las sexualidades, pero resultaba muy marcado el que por película, como quien dice, solo hubiese una chica entre un montón de hombres (¡y dios la librase de tocar una espada láser!). Que la marcada protagonista en esta ocasión sea Rey, le abre un nuevo y aperturista panorama a una saga que pudo haber sido tachada de hipermasculina. A ello se suman, además, declaraciones como las de Mark Hamill sobre el que en ningún momento se dijo que su personaje Luke fuese heterosexual.star-wars-7-character-guide-finn-rey
  • BB-8. No es R2D2, eso es evidente, pero tampoco creo que nadie lo esperase, teniendo en cuenta que conseguir un personaje carismático sin necesidad de hablar ni gesticular es algo que no se consigue todos los días. Aun así, el nuevo droide es monísimo, y muy bonito de ver.
  • El combate final mola. Las pelis antiguas nos malacostumbraron a combates a espada láser en naves espaciales, pero —ya desde El ataque de los clones— las batallas finales se están dando en escenarios naturales como cuevas y seudovolcanes, que han demostrado dar un espectáculo mucho mayor para el espectador (con permiso del Sidious-Yoda de la parte III). En este caso, el escenario de la nieve y el bosque es simplemente espectacular: ver cómo las espadas fulgurantes en la penumbra siegan la nieve y los enormes árboles con rozarlas es un entretenimiento visual soberbio.
  • Para la siguiente película están obligados a dar más. Esta primera era susceptible de esta serie de tributos a las clásicas y al no forzar las cosas por un posible miedo a críticas que destrozasen el futuro de la millonaria franquicia. Sin embargo, lo automático de la elaboración de nuevas escenas en la primera película de esta nueva trilogía no va a ser tan factible en su segunda parte, más allá de (quizás) que Luke pueda entrenar a Rey a lo Yoda o algo así. Tal y como El imperio contrataca dio un salto de calidad argumental con respecto a su predecesora, se presume que la venidera entrega va a ofrecer más y mejor.

Un homenaje con cero riesgos

Ese es, en mi opinión, el resumen de la séptima entrega de la épica saga: un popurrí de escenas y recuerdos pasados bien mezclados para dar una película individualmente sólida, comprometida con sus predecesoras pero sin aportar nada reseñable en cuanto a innovación argumental en la franquicia.

Diálogos y actuaciones poco inspiradas y sustitutos de personajes de momento no a la altura, pero bajo una dirección intachablemente fiel al estilo tan amado por los fans y con un gusto audiovisual atractivo y bello por momentos. Si bien en este caso, no estamos ante una entrega que vaya a ser icónica para los fans, ha esquivado los errores de La amenaza fantasma hace pintar bastante bien la nueva trilogía, cuya segunda parte parece obligada a tener que arriesgar más, lo cual debiera ser todo un motivo de alegría para sus seguidores.

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Si has llegado hasta aquí, lo más probable es que la hayas visto, así que tendrás tu opinión, ¿no? ¡Comenta! ¡Compártelo! ¡Ponme a parir porque por momentos pongo a parir a una de mis sagas favoritas! ¡Quéjate de lo pasado en la pasarela como si no vieses que se han pasado la película dejando ver que Rey iba a quitarle el puesto! ¡Y que la Fuerza te acompañe!

La Hermione negra y la realidad tras el tweet de la discordia

Noma Dumezweni, nueva Hermione

Hermione como trending topic

El otro día me pasó un caso curioso en Twitter.

Es de sobra conocido que entre mis virtudes se encuentra una suerte de apertura mental a las opiniones que rehúye el comentario brusco y unilateral acerca de casi cualquier tema. Sin embargo, el otro día caí en el hacer uno de estos de una vez o dos al trimestre al pulsar en la palabra Hermione para ver qué la hacía ser uno de los temas más populares en Twitter y descubrir que lo era porque la actriz que la iba a interpretar en la nueva obra de teatro, continuación de la saga Harry Potter, es negra.

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Berg, me repugna bastante verlo: es el típico tweet-mina de polémica: ese #racism final es una bomba de relojería y reacciones. A estas horas —y atendiendo a mi definitorio equilibrado comportamiento— casi desearía no haberlo puesto, pero bueno, así es la red social del pájaro azul: un lugar donde o piensas veinte veces las cosas antes de ponerlas y siempre llegas tarde (mea culpa) o donde sacas lo que piensas sin pensar (qué paradoja) y te llevas palos y aplausos a partes iguales, como fue el caso.

Por un lado, tenemos el “cuánta razón” a base de RT y FAVs (perdón: MG) a los que no estoy demasiado acostumbrado por lo mal tuitero que soy; por el otro, la clara defensa del no racismo en el querer que Hermione no sea negra.

Toca analizar las dos posturas extremas y el verdadero porqué de mi hashtag #racism en ese comentario.

“Te das cuen…” y “el #Racism sobra”

Por un lado, tenemos la opinión de que el que una persona encarne a un personaje de otra etnia es algo perfectamente normal. No muy difícil de entender y defender, se basa en el que la raza no es algo más relevante que la capacidad de interpretación de un personaje que pueda tener un intérprete con independencia del color de su piel.

Mucha gente todavía se está tirando de los pelos por el hecho de que Will Smith no acabase siendo Neo en Matrix, aun cuando a día de hoy cuesta no ver al para mí insípido Keanu Reeves en este papel.

keanu reeves meme

En la otra orilla, tenemos la postura en contra, también fácilmente defendible. Y es que no hay cosa que toque más las narices a un fan que el que la adaptación de la historia se pase por el forro el imaginario colectivo de los seguidores.

Que uno se imagine al protagonista como Taylor Lautner y en la adaptación a la gran pantalla aparezca Nicholas Cage suele generar una indignación de lo más notable: al fin y al cabo, te están destrozando tu mundo imaginario y, para una época en la que la alta tasa de paro ha derivado en un auge del tiempo libre para crear nuevos mundos y cabreos innecesarios en nuestras mentes, esto es sabrosa carnaza.

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Imágenes del fail al elegir actor para adaptar al bellísimo vampiro Edward Cullen

El verdadero motivo del #racism

Turno para ver la realidad tras el tweet. Y es que el motivo de mi sorpresa ante el que Hermione haya llegado a ser uno de los temas más populares de la popular red social no está en el que considere racista a la gente que ve su imaginación rota o la que busca una calidad de adaptación buena, tal y como yo siempre la he buscado.

Lo que me llama la atención es el número de gente que lo ha hecho en este caso, por un hecho de tan mínima magnitud.

Y me explico con una comparación.

Cuando Daniel Craig fue investido 007, hubo bastante polémica (“por favor, un Bond rubio, qué locura”). Casino Royale, si no me bailan los ceros, recaudó en torno a 600 millones de dólares, con una cifra de espectadores colosal. Aunque los porcentajes de gente a la que le importa el color de pelo de Bond y el de piel de Hermione sean diferentes, ¿cuántos de los indignados con lo de ella van a ver la obra de teatro? Por mucha taquilla que haga (que la va a hacer) el teatro no va a llegar a la suela de las cifras del cine, por motivos obvios como el tener que desplazarse al Palace Theatre de Londres para ver a Noma.

Sumémosle ahora una incógnita más a esta ecuación: sin buscarlo en Google o haberlo leído en los últimos días, ¿qué porcentaje de los lectores de Harry Potter pueden apostarse su vida a que en alguna parte de los libros se dice la etnia de Hermione?

Ahora, sumemos.

Del ratio de gente que cree que en el libro se dice con claridad que Hermione no es negra, ¿cuántos van a ver la obra de teatro?

Esta ínfima proporción de gente es a la que verdaderamente podría importarle que Hermione fuese negra, asiática, caucásica o verde. Y digo podría porque hay gente a la que no le importaría.

¿Me va a tratar de convencer alguien de que este minúsculo porcentaje de personas convirtió a Hermione en TT?

No.

No os mintáis.

No.

Lo que hizo a Hermione hacerse uno de los temas más populares del día después de unas Elecciones Generales es que a mucha gente le indigna que una persona negra encarne a un personaje que antes interpretó una blanca. Y eso, como dije en el tweet, a mí me hace creer que algo va muy mal.

Una última reflexión

thornton

Este es Paul Thornley, el nuevo Ron Weasley. El amigo de Harry que todos los fans de la saga sabemos que es pecoso y pelirrojo.

Nunca será TT.

Siendo blanco, lo único que importa es que sea un buen actor.

Realismos y fantasías: los tres grandes géneros, la importancia del realismo interno y la nueva definición del terror

Hoy vamos a dejar la opinión a un lado para tocar un par de conceptos básicos en cualquier obra artística: los dos realismos (general e interno). A partir del análisis del segundo, acabaremos por ver como su alteración afecta a la realidad actual del género de terror, así como con impactantes imágenes de un cruce entre tiburón y pulpo gallego.

Pero antes, vamos con los tres principales géneros de obras según su nivel de realidad.

El realismo externo o general: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía

El realismo general o externo es el grado de adecuación de los elementos de una historia a la realidad humana general, siendo dividido tradicionalmente en tres géneros según su mayor o menos nivel: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía.

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Si bien pienso que el concepto de obra realista —protagonistas humanos sin capacidades fuera de la física en escenarios con características comunes a lo pensado de su época— no merece mayor explicación para cualquier graduado en enseñanza obligatoria, me gustaría empezar con una idea que veo imprescindible a la hora de hablar del título de este apartado y que —de forma incomprensible en países en los que se dan años y años de clases de literatura en los institutos y colegios— es poco menos que desconocida para la gente ajena al trabajo artístico: la diferencia entre obra fantástica y de fantasía.

Cuando hablamos (por citar una disciplina) de relato fantástico, lo hacemos de un cuento ubicado en un mundo de características similares o iguales al real, en el que —en determinado momento de su desarrollo— aparece algo puntual considerado imposible en este universo. La diferencia con relato de fantasía es marcada si decimos que este último tipo de obras se desarrollan en mundos con unas algunas características netamente diferentes al nuestro, como la muy diferente geografía, la existencia bien conocida de seres fantásticos y mitológicos —como elfos, dragones o sirenas— o la extendida capacidad para practicar magia, chupar sangre o volar sin alas, por ejemplo.

Si bien hay casos en el que la frontera se diluye (Big Fish, para mí fantástico; para mucha otra gente, de fantasía), la diferencia entre obras como Origen y El señor de los anillos suele ser de fácil comprensión. La facilidad de integración en las historias (para el espectador medio, no hablo de fans) suele ser mayor en lo fantástico que en la fantasía por el hecho de compartir universo, mientras que el efecto que lo incomprensible crea, suele tener —por puro instinto— más probabilidad de sacudirlo que lo realista, eso sí, de conseguir un buen grado de realismo interno.

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Grado de realismo interno

Clave en cualquier tipo de obra, el realismo interno es la principal base de la suspensión de incredulidad, una especie de pacto entre el espectador o lector con la obra en el que se determina hasta qué punto el primero se va a creer los hechos del segundo.

No hay que confundirlo con el realismo general que pueda tener una historia: un seguidor de la fantasía difícilmente pondrá pegas a que el humano protagonista de la historia pueda volar (Krillin en Dragon Ball Z), mientras que si alguien paga una entrada de cine para ver una obra histórica como Los Miserables y de pronto uno de los protagonistas empieza a lanzar rayos con la punta de los dedos, lo más probable es que la decepción y el enfado acuda a la sala.

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El realismo interno se basa en la coherencia, en el no traicionar los principios físicos y ambientales de una obra, y he aquí un par de ejemplos de la independencia entre ambos realismos:

  • Obviamente, el Gladiator de Ridley Scott (frente a la posibilidad de ser fantástico o de fantasía) es de género realista pese a no basarse en un hecho real, tal y como lo pueden ser Skyfall o A todo gas. Dentro de la cinta hemos visto alguna que otra aberración a la Historia, como por ejemplo la presencia de panfletos repartidos por las calles anunciando los Juegos en el Coliseo mil años antes de la imprenta, pero eso (para la mayor parte del público) no rompe el realismo interno de una historia en la que se permiten este tipo de licencias para dejar fluir la de Máximo Décimo Meridio. El Imperio Romano no es aquí más que un escenario.
  • En el otro lado, tenemos el final de la serie de televisión Los Serrano, la cual presentó un universo realista y costumbrista de la clase media española de principios del XXI, para acabar su octava y última temporada diciendo que todo había sido un sueño del cuarentón protagonista, embutiendo a los actores (cinco años después) en las ropas de la primera temporada. Si bien lo de que todo haya sido un sueño puede ser más de género realista que el que haya flyers en la antigua Roma, el realismo interno de la historia se fue al garete y —como se puede ver— hasta los no fans nos acordamos de la traición al espectador siete años más tarde.
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Caso aparte son los gazapos, de los que Gladiator está llena

El nuevo terror o lo que pasa cuando el espectador acepta la rotura de realismo interno

A priori, y como acabamos de ver en el caso de Los Serrano, el mantenimiento del realismo interno es imprescindible para no romper la suspensión de incredulidad, el que una persona se meta en una obra literaria, cinematográfica o de otras disciplinas artísticas (un emoticón en medio de un Van Gogh durante una exposición sobre el impresionismo indignaría a más de uno).

Sin embargo, existe en la actualidad una nueva tendencia por el gusto de ver resquebrajado ese realismo interno y destrozada la integración del espectador con la obra, sobre todo, en uno de los géneros en los que antes era clave: el terror.

Y es que la rotura de realismo interno y unión con la obra supone dos efectos bien diferentes según la persona. A aquella que lo que busca es la citada integración con ella —el meterse en lo que está viendo hasta el punto de sentirse dentro—, le produce una fuerte indignación, frustración o decepción. A aquella que en ningún momento busca entrar, sino ver desde fuera y a salvo de sus emociones lo que pasa, la falta de realismo interno le supone una fuerte e incontenible carcajada.

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Sharknado, obra maestra del cine de terror ridículo

Una de las tendencias cinematográficas más crecientes de la actualidad es el ver el género de terror para pasar un buen rato. Al no intentar sentir como real la cinta y estar perfectamente a salvo, las cada día más curiosas muertes y sanguinolentas explosiones se unen a los atractivos protagonistas para hacer de la obra de serie B un fulgurante entretenimiento palomitero. Si además le sumamos el estar cómodamente sentado en casa con colegas con los que comentar en alto la película y doblar las voces de los actores con un guion muy diferente, la explosión de una cabeza es capaz de divertir a niveles de The Big Bang Theory.

Destino final: la carcajada

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Sharktopus. Esto… sin comentarios

He ahí la aparición de una divergencia en el género de terror de los últimos años. Si bien el terror de calidad ha pasado a verse representado por la búsqueda del miedo clásico y psicológico por encima de lo visto en los últimos años, esta triunfal tendencia al gore de las primeras entregas de sagas como Scream o Destino Final ha ido deformándose en una merma de la calidad de los guiones, de los actores elegidos y del propio realismo interno, dando lugar a muertes que hacen que cualquiera que realmente intente meterse en la película acabe con la sensación de frustración y cabreo antes tratada. Los que hacen dinero con estas cintas tienen muy claro que, a menor calidad y mayor ruptura de realismo interno, más carcajada para el público, más comentario, más hype (como ahora se da en denominar al que se hable de ello) y más, si no taquilla, sí proporción ingresos/gastos.

Con el caché de un ganador de Oscar, puedes pagarte a diez cameos a los que este nuevo público va a adorar ver decapitados, así como un par de protagonistas desconocidos con atributos sexuales bien proporcionados —y desproporcionados—. Y he ahí que, de elegir al azar una cualquiera de las listas que nos salen al buscar en Google “mejores películas de terror de los últimos años”, difícilmente lleguen a sonarnos más que unas cuantas de las cintas escogidas.

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Pirañaconda ha quedado fuera de la selección. ¿Por qué será?

El grupo y el realismo interno

Me gustaría acabar con una reflexión sobre cómo el grupo y el entorno afecta a la suspensión de incredulidad de una historia, ya que es evidente que la proporción de lectores que escogen un libro de terror para echarse unas risas es muchísimo menor que la de espectadores acompañados ante una película.

Esto se debe al hecho de que el adentrarse en la obra es mucho más factible si los sentidos del usuario están centrados en ella. En el caso de las obras de terror es especialmente reconocible la diferencia. Si pensamos en viejos tópicos sobre cómo hay que ver una película de terror, dos se nos han de presentar al momento: la falta de luz en la sala y el no verla en completa soledad para no “irse por la patilla”.

Este mayor efecto se debe a que al privar de distracciones sensoriales (como el que alguien esté al lado hablando o la luz genere sensación de seguridad por el lugar conocido) la suspensión de incredulidad funciona mucho mejor, generando esa inseguridad en el espectador.

En el caso de medios como la lectura, la fuerte sensación de inmersión que produce tener que generar las imágenes en lugar de dárnoslas ya masticadas y el no poder compartirlo al completo salvo en caso de lectura a viva voz, hace que difícilmente podamos usar al compañero para generarnos la tranquilidad que nos permite echarnos las risas, lo cual se traduce en lo antes nombrado: que —salvo en el caso de relatos paródicos o de calidad y realismo interno pésimo— difícilmente vamos a encontrar usuarios de novelas de terror que se carcajeen ante ellas, mientras que no resultará complicado que charlatanes grupos o gente con el móvil lo hagan con obras como El resplandor o Pesadilla en Elm Street.

It da más miedo leída que en medio de un artículo como este

Así pues, a la hora de ver una película de terror de una forma eficaz, determina antes el tipo de visionado que buscas. Si lo que quieres es pasar un rato de miedo, escoge una de verdadero terror y no una cutrada, apaga las luces, silencia el móvil y (si la ves acompañado) pide no hablar durante ella. Si por el contrario quieres un rato de reírte de la cinta, ve la película acompañado o con el móvil, comentando y con una buena iluminación: como la peli sea malilla, te reirás a carcajadas.

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