La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

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Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

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Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

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Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

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Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.

Plagio VS homenaje y mi crítica a Star Wars VII: el despertar de la Fuerza

¡¡¡ALERTA SPOILEERRRR!!! ¡¡¡ALERTA SPOILEEEERRRRR!!! ¡¡¡VOY A DESTRIPAR PARTE DEL ARGUMENTO DE LA SÉPTIMA PELI DE STAR WARS, ASÍ QUE, SI NO LA HABÉIS VISTO, CORRED INSENSATOS!!!

En fin, ya a gusto conmigo mismo —como persona que ha estado huyendo de sus spoilers durante meses—, puedo arrancar este post tras mi visionado de El despertar de la fuerza, séptima entrega de la popular saga de La guerra de las galaxias.

Diferenciando el plagio y el homenaje

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Kimba, el león blanco y El rey león, parecidos razonables

Saliendo de la sala, bien poblada ante uno de los mayores acontecimientos cinematográficos de principios del XXI, mi cara era de completo chasco mientras mi compañero decía que era “un peliculón, aunque madre mía la cantidad de plagios a las demás”. En realidad, le comentaba, utilizar elementos de tu misma saga no es un plagio, sino lo que llamamos un homenaje.

El homenaje o tributo es un recurso muy común en el cine, y se basa en usar referencias a otras películas para sacar la sonrisa del buen espectador que las reconozca. Estas referencias suelen ser más marcadas en el caso de entregas de la misma saga o comedias (Los Simpson), y menos en el caso de recurrir a pelis clásicas del género, situadas en el imaginario colectivo de la gente.

Distintos homenajes de Pixar a películas clásicas

El tributo puede tener diferentes connotaciones: desde un diálogo calcado, una imagen casi idéntica con diferentes personajes, el mismo escenario o muy parecido, incluso (arriesgando bastante el ser tachado de poco original) una parte del guion clavada.

Este último recurso se usa mucho en las sagas recaudatorias de poca calidad (Destino final, Juegos Salvajes, mi amada Sharknado), ya que no pone en riesgo el defraudar argumentalmente a un público sin excesivo interés por la novedad, además de ser un ahorro tremendo tanto en presupuesto en guionistas como en neuronas de este.

Preocupante eso sí (y empieza la crítica) hasta qué punto se ha utilizado en la séptima entrega de una saga como Star Wars.

Cuando la Fuerza hizo ver el futuro al espectador

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¿Soy un profeta, es un guion sin respeto por la originalidad o más bien un intento desesperado por no fallar?

Más allá de que los diálogos y el humor de calidad en la película se han limitado al hilarante gesto con el pulgar del precioso BB-8, la calidad argumental de la película (teniéndola en cuenta como una de siete, no individualmente) es sorprendentemente decepcionante. Y es que, para un fan de la saga con mínimos conocimientos de escritura o guion, es pura previsibilidad. En parte por el poco trabajo en reforzar el nivel de las conversaciones, sí, pero más allá de ello, porque el argumento entero es una mezcla entre los incontables homenajes a la saga y El viaje del héroe.

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El viaje del héroe es un modelo de argumento clásico, presente en multitud de grandes historias de todas las épocas

La séptima entrega de Star Wars según las 6 anteriores

A continuación vamos a ver cómo el argumento entero de El despertar de la fuerza se define a través de los constantes tributos a sus previas entregas, definidores del argumento entero.

  • Androide con datos clave para los buenos y los malos cae en desierto donde persona en la cual “la Fuerza es poderosa” se hace cargo de ella. ¿Luke, eres tú? ¿Anakin quizás? Tal vez, visto el antiguo parecido entre ambos comienzos clásicos, era un homenaje casi obligatorio para “bautizar” a la nueva heredera de la Luz y las capacidades como piloto, pero… ¿una tercera vez lo mismo? ¿Un joven o niño de infancia pobre en un planeta lleno de desiertos y chatarreros? ¿No podía ser un lugar similar pero con más verde?
  • Imperio y República. Llámese Primera Orden, llámese ejército nazi (¿habéis visto los colores?), los malos son los de siempre y los buenos también. De hecho, tenemos un Emperador con una gran grieta-arruga en el cráneo (Líder Supremo en este caso) y un atormentado familiar de los buenos con casco negro molón y la fea costumbre de romper cosas (Keylor Navas, digo, Kylo Ren).
  • La protagonista se va de casa. Si bien Rey se muestra algo más reticente que Ani y Luke, los tres se ven abandonando el planeta en el que han pasado sus últimos años.
  • Han Solo recupera el Halcón Milenario, que le han robado, y un montón de gente quiere matarlo por estafarles en el pasado. Aún solo apareciendo en la saga Luke, ya lo hemos visto unas veinte veces; da igual lo cascado que esté Ford, la vida sigue igual. Llegado a este punto, no podía creerme que la supervelocidad del aparato funcionase correctamente.
  • La Estrella de la Muerte. Con esta ya van tres, y el funcionamiento por el estilo: destruye planetas a chorrazos de energía y así nos lo muestra. Sí, hay que reconocer que en este caso es una pasada ver el Kamehameha salir ante el ejército imperial, digo, ordenal (bueno, ya me entendéis), pero leches: es lo mismo solo que más grande, y tan “indestructible” como las otras dos.
  • Los protas acuden a un colega de Solo en busca de consejo y ahí sufren un ataque que acaba con la chica (Leia-Rey) secuestrada por Vader-Keylor (digo, Kylo Ren), lo cual abre un posterior rescate que supone la batalla final de la película. Pues eso.

Estos 3 se dan cuenta de que algo de razón tengo

  • Preparan un ataque aéreo-espacial contra la Estrella de la Muerte, pero antes hay que desactivar algo a patas, haciendo que la acción se centre en tres escenarios que se van superponiendo: las naves, los desactivadores (entre los que está Solo tanto en la sexta como en la séptima) y el “elegido por la Fuerza” (Rey-Luke).
  • Padre e hijo charlan animadamente en una pasarela colgante de una sala gigantesca, con una caída impresionante por debajo en la que el bueno acaba. El homenaje más claro, a mi entender. Tan marcado que hasta eché de menos que le dijera un “Ven conmigo, soy tu padre”, pero bueno, qué le vamos a hacer.vader olé olé olé.jpg
  • En el siempre presente combate final de espadas, el primer combatiente contra el malo pierde y el segundo derrota o hace huir al malvado. Qui-Gon y Obi Wan en la primera, Anakin y Yoda en la segunda…: es todo un clásico de la saga Anakin.
  • El malo del casco acaba por necesitar taparse la cara de verdad. Vale: Kylo Rem es más guapo con máscara y capucha que sin ellas, pero bueno, tal y como le pasó a Vader con la lava, un tajazo en la cara es mucha mejor excusa para llevar la cabeza tapada que hacerlo por parecerte a tu abuelo el que al final se hizo bueno y tú piensas que era malo. Por cierto, Kylo: de momento, ni a la suela del zapato le llegas.
  • El coprotagonista sin la Fuerza acaba inoperativo. Han Solo, en carbonita; Finn en coma o similar. Esto sí que no me lo esperaba, pero el parecido está ahí.
  • El heredero de la Fuerza tiene que buscar a un antiguo mentor, retirado a la soledad por un fracaso. En la quinta, Luke busca a Yoda para abrir la cinta; en este caso (todo un acierto), cierra la película.

Los brotes verdes

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Más allá de la falta de innovación, Star Wars VII: el despertar de la Fuerza nos da también motivos para tener una nueva esperanza (guiño-guiño):

  • La película es buena si la tratamos de forma individual. La verdadera crítica a la película surge de la sobrepoblación de situaciones usadas de las anteriores, pero —de tratarla de forma aislada— es una cinta bastante completa, muy bonita y espectacular en lo visual. Sus diálogos y actuaciones son mejorables, puede ser, pero resulta bastante redonda para un observador externo. Como dicen muchos, transmite las sensaciones del pionero episodio IV a las nuevas generaciones, a las que a mi ver “les va a flipar”.
  • J. J. Abrams ha sido fiel a las películas originales. Salvo un zoom muy típico de pelis modernas en una o dos escenas, la película encaja perfectamente con el resto en un trabajo muy currado y elegante. Ni rastro de su popularmente criticado lens flare y muy entregado al estilo original de la saga. Pocos opinadores objetivos podrán criticar su buen hacer en esta ocasión.
  • Finn. Aunque no sea un personaje excepcional ni yo lo vea al nivel, es la verdadera gran novedad de la saga, el único verdadero experimento de la película. Tras el extraordinario fracaso de Jar Jar, se adivina un cierto miedo a arriesgar, y tal vez por ello la apuesta en cuanto a personaje diferente es (al menos en esta película) del montón. Veremos lo que ocurre en posteriores porque, visto lo visto, puede ser uno de los tapados. Dejarlo quedar en el “coma” o en que es un soldado imperial desertor sería un auténtico desperdicio, no creo que lo hagan.
  • Rey y lo femenino. La Star Wars cinematográfica nunca se ha preocupado demasiado por los géneros o las sexualidades, pero resultaba muy marcado el que por película, como quien dice, solo hubiese una chica entre un montón de hombres (¡y dios la librase de tocar una espada láser!). Que la marcada protagonista en esta ocasión sea Rey, le abre un nuevo y aperturista panorama a una saga que pudo haber sido tachada de hipermasculina. A ello se suman, además, declaraciones como las de Mark Hamill sobre el que en ningún momento se dijo que su personaje Luke fuese heterosexual.star-wars-7-character-guide-finn-rey
  • BB-8. No es R2D2, eso es evidente, pero tampoco creo que nadie lo esperase, teniendo en cuenta que conseguir un personaje carismático sin necesidad de hablar ni gesticular es algo que no se consigue todos los días. Aun así, el nuevo droide es monísimo, y muy bonito de ver.
  • El combate final mola. Las pelis antiguas nos malacostumbraron a combates a espada láser en naves espaciales, pero —ya desde El ataque de los clones— las batallas finales se están dando en escenarios naturales como cuevas y seudovolcanes, que han demostrado dar un espectáculo mucho mayor para el espectador (con permiso del Sidious-Yoda de la parte III). En este caso, el escenario de la nieve y el bosque es simplemente espectacular: ver cómo las espadas fulgurantes en la penumbra siegan la nieve y los enormes árboles con rozarlas es un entretenimiento visual soberbio.
  • Para la siguiente película están obligados a dar más. Esta primera era susceptible de esta serie de tributos a las clásicas y al no forzar las cosas por un posible miedo a críticas que destrozasen el futuro de la millonaria franquicia. Sin embargo, lo automático de la elaboración de nuevas escenas en la primera película de esta nueva trilogía no va a ser tan factible en su segunda parte, más allá de (quizás) que Luke pueda entrenar a Rey a lo Yoda o algo así. Tal y como El imperio contrataca dio un salto de calidad argumental con respecto a su predecesora, se presume que la venidera entrega va a ofrecer más y mejor.

Un homenaje con cero riesgos

Ese es, en mi opinión, el resumen de la séptima entrega de la épica saga: un popurrí de escenas y recuerdos pasados bien mezclados para dar una película individualmente sólida, comprometida con sus predecesoras pero sin aportar nada reseñable en cuanto a innovación argumental en la franquicia.

Diálogos y actuaciones poco inspiradas y sustitutos de personajes de momento no a la altura, pero bajo una dirección intachablemente fiel al estilo tan amado por los fans y con un gusto audiovisual atractivo y bello por momentos. Si bien en este caso, no estamos ante una entrega que vaya a ser icónica para los fans, ha esquivado los errores de La amenaza fantasma hace pintar bastante bien la nueva trilogía, cuya segunda parte parece obligada a tener que arriesgar más, lo cual debiera ser todo un motivo de alegría para sus seguidores.

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Si has llegado hasta aquí, lo más probable es que la hayas visto, así que tendrás tu opinión, ¿no? ¡Comenta! ¡Compártelo! ¡Ponme a parir porque por momentos pongo a parir a una de mis sagas favoritas! ¡Quéjate de lo pasado en la pasarela como si no vieses que se han pasado la película dejando ver que Rey iba a quitarle el puesto! ¡Y que la Fuerza te acompañe!

La Hermione negra y la realidad tras el tweet de la discordia

Noma Dumezweni, nueva Hermione

Hermione como trending topic

El otro día me pasó un caso curioso en Twitter.

Es de sobra conocido que entre mis virtudes se encuentra una suerte de apertura mental a las opiniones que rehúye el comentario brusco y unilateral acerca de casi cualquier tema. Sin embargo, el otro día caí en el hacer uno de estos de una vez o dos al trimestre al pulsar en la palabra Hermione para ver qué la hacía ser uno de los temas más populares en Twitter y descubrir que lo era porque la actriz que la iba a interpretar en la nueva obra de teatro, continuación de la saga Harry Potter, es negra.

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Berg, me repugna bastante verlo: es el típico tweet-mina de polémica: ese #racism final es una bomba de relojería y reacciones. A estas horas —y atendiendo a mi definitorio equilibrado comportamiento— casi desearía no haberlo puesto, pero bueno, así es la red social del pájaro azul: un lugar donde o piensas veinte veces las cosas antes de ponerlas y siempre llegas tarde (mea culpa) o donde sacas lo que piensas sin pensar (qué paradoja) y te llevas palos y aplausos a partes iguales, como fue el caso.

Por un lado, tenemos el “cuánta razón” a base de RT y FAVs (perdón: MG) a los que no estoy demasiado acostumbrado por lo mal tuitero que soy; por el otro, la clara defensa del no racismo en el querer que Hermione no sea negra.

Toca analizar las dos posturas extremas y el verdadero porqué de mi hashtag #racism en ese comentario.

“Te das cuen…” y “el #Racism sobra”

Por un lado, tenemos la opinión de que el que una persona encarne a un personaje de otra etnia es algo perfectamente normal. No muy difícil de entender y defender, se basa en el que la raza no es algo más relevante que la capacidad de interpretación de un personaje que pueda tener un intérprete con independencia del color de su piel.

Mucha gente todavía se está tirando de los pelos por el hecho de que Will Smith no acabase siendo Neo en Matrix, aun cuando a día de hoy cuesta no ver al para mí insípido Keanu Reeves en este papel.

keanu reeves meme

En la otra orilla, tenemos la postura en contra, también fácilmente defendible. Y es que no hay cosa que toque más las narices a un fan que el que la adaptación de la historia se pase por el forro el imaginario colectivo de los seguidores.

Que uno se imagine al protagonista como Taylor Lautner y en la adaptación a la gran pantalla aparezca Nicholas Cage suele generar una indignación de lo más notable: al fin y al cabo, te están destrozando tu mundo imaginario y, para una época en la que la alta tasa de paro ha derivado en un auge del tiempo libre para crear nuevos mundos y cabreos innecesarios en nuestras mentes, esto es sabrosa carnaza.

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Imágenes del fail al elegir actor para adaptar al bellísimo vampiro Edward Cullen

El verdadero motivo del #racism

Turno para ver la realidad tras el tweet. Y es que el motivo de mi sorpresa ante el que Hermione haya llegado a ser uno de los temas más populares de la popular red social no está en el que considere racista a la gente que ve su imaginación rota o la que busca una calidad de adaptación buena, tal y como yo siempre la he buscado.

Lo que me llama la atención es el número de gente que lo ha hecho en este caso, por un hecho de tan mínima magnitud.

Y me explico con una comparación.

Cuando Daniel Craig fue investido 007, hubo bastante polémica (“por favor, un Bond rubio, qué locura”). Casino Royale, si no me bailan los ceros, recaudó en torno a 600 millones de dólares, con una cifra de espectadores colosal. Aunque los porcentajes de gente a la que le importa el color de pelo de Bond y el de piel de Hermione sean diferentes, ¿cuántos de los indignados con lo de ella van a ver la obra de teatro? Por mucha taquilla que haga (que la va a hacer) el teatro no va a llegar a la suela de las cifras del cine, por motivos obvios como el tener que desplazarse al Palace Theatre de Londres para ver a Noma.

Sumémosle ahora una incógnita más a esta ecuación: sin buscarlo en Google o haberlo leído en los últimos días, ¿qué porcentaje de los lectores de Harry Potter pueden apostarse su vida a que en alguna parte de los libros se dice la etnia de Hermione?

Ahora, sumemos.

Del ratio de gente que cree que en el libro se dice con claridad que Hermione no es negra, ¿cuántos van a ver la obra de teatro?

Esta ínfima proporción de gente es a la que verdaderamente podría importarle que Hermione fuese negra, asiática, caucásica o verde. Y digo podría porque hay gente a la que no le importaría.

¿Me va a tratar de convencer alguien de que este minúsculo porcentaje de personas convirtió a Hermione en TT?

No.

No os mintáis.

No.

Lo que hizo a Hermione hacerse uno de los temas más populares del día después de unas Elecciones Generales es que a mucha gente le indigna que una persona negra encarne a un personaje que antes interpretó una blanca. Y eso, como dije en el tweet, a mí me hace creer que algo va muy mal.

Una última reflexión

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Este es Paul Thornley, el nuevo Ron Weasley. El amigo de Harry que todos los fans de la saga sabemos que es pecoso y pelirrojo.

Nunca será TT.

Siendo blanco, lo único que importa es que sea un buen actor.

Realismos y fantasías: los tres grandes géneros, la importancia del realismo interno y la nueva definición del terror

Hoy vamos a dejar la opinión a un lado para tocar un par de conceptos básicos en cualquier obra artística: los dos realismos (general e interno). A partir del análisis del segundo, acabaremos por ver como su alteración afecta a la realidad actual del género de terror, así como con impactantes imágenes de un cruce entre tiburón y pulpo gallego.

Pero antes, vamos con los tres principales géneros de obras según su nivel de realidad.

El realismo externo o general: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía

El realismo general o externo es el grado de adecuación de los elementos de una historia a la realidad humana general, siendo dividido tradicionalmente en tres géneros según su mayor o menos nivel: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía.

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Si bien pienso que el concepto de obra realista —protagonistas humanos sin capacidades fuera de la física en escenarios con características comunes a lo pensado de su época— no merece mayor explicación para cualquier graduado en enseñanza obligatoria, me gustaría empezar con una idea que veo imprescindible a la hora de hablar del título de este apartado y que —de forma incomprensible en países en los que se dan años y años de clases de literatura en los institutos y colegios— es poco menos que desconocida para la gente ajena al trabajo artístico: la diferencia entre obra fantástica y de fantasía.

Cuando hablamos (por citar una disciplina) de relato fantástico, lo hacemos de un cuento ubicado en un mundo de características similares o iguales al real, en el que —en determinado momento de su desarrollo— aparece algo puntual considerado imposible en este universo. La diferencia con relato de fantasía es marcada si decimos que este último tipo de obras se desarrollan en mundos con unas algunas características netamente diferentes al nuestro, como la muy diferente geografía, la existencia bien conocida de seres fantásticos y mitológicos —como elfos, dragones o sirenas— o la extendida capacidad para practicar magia, chupar sangre o volar sin alas, por ejemplo.

Si bien hay casos en el que la frontera se diluye (Big Fish, para mí fantástico; para mucha otra gente, de fantasía), la diferencia entre obras como Origen y El señor de los anillos suele ser de fácil comprensión. La facilidad de integración en las historias (para el espectador medio, no hablo de fans) suele ser mayor en lo fantástico que en la fantasía por el hecho de compartir universo, mientras que el efecto que lo incomprensible crea, suele tener —por puro instinto— más probabilidad de sacudirlo que lo realista, eso sí, de conseguir un buen grado de realismo interno.

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Grado de realismo interno

Clave en cualquier tipo de obra, el realismo interno es la principal base de la suspensión de incredulidad, una especie de pacto entre el espectador o lector con la obra en el que se determina hasta qué punto el primero se va a creer los hechos del segundo.

No hay que confundirlo con el realismo general que pueda tener una historia: un seguidor de la fantasía difícilmente pondrá pegas a que el humano protagonista de la historia pueda volar (Krillin en Dragon Ball Z), mientras que si alguien paga una entrada de cine para ver una obra histórica como Los Miserables y de pronto uno de los protagonistas empieza a lanzar rayos con la punta de los dedos, lo más probable es que la decepción y el enfado acuda a la sala.

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El realismo interno se basa en la coherencia, en el no traicionar los principios físicos y ambientales de una obra, y he aquí un par de ejemplos de la independencia entre ambos realismos:

  • Obviamente, el Gladiator de Ridley Scott (frente a la posibilidad de ser fantástico o de fantasía) es de género realista pese a no basarse en un hecho real, tal y como lo pueden ser Skyfall o A todo gas. Dentro de la cinta hemos visto alguna que otra aberración a la Historia, como por ejemplo la presencia de panfletos repartidos por las calles anunciando los Juegos en el Coliseo mil años antes de la imprenta, pero eso (para la mayor parte del público) no rompe el realismo interno de una historia en la que se permiten este tipo de licencias para dejar fluir la de Máximo Décimo Meridio. El Imperio Romano no es aquí más que un escenario.
  • En el otro lado, tenemos el final de la serie de televisión Los Serrano, la cual presentó un universo realista y costumbrista de la clase media española de principios del XXI, para acabar su octava y última temporada diciendo que todo había sido un sueño del cuarentón protagonista, embutiendo a los actores (cinco años después) en las ropas de la primera temporada. Si bien lo de que todo haya sido un sueño puede ser más de género realista que el que haya flyers en la antigua Roma, el realismo interno de la historia se fue al garete y —como se puede ver— hasta los no fans nos acordamos de la traición al espectador siete años más tarde.
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Caso aparte son los gazapos, de los que Gladiator está llena

El nuevo terror o lo que pasa cuando el espectador acepta la rotura de realismo interno

A priori, y como acabamos de ver en el caso de Los Serrano, el mantenimiento del realismo interno es imprescindible para no romper la suspensión de incredulidad, el que una persona se meta en una obra literaria, cinematográfica o de otras disciplinas artísticas (un emoticón en medio de un Van Gogh durante una exposición sobre el impresionismo indignaría a más de uno).

Sin embargo, existe en la actualidad una nueva tendencia por el gusto de ver resquebrajado ese realismo interno y destrozada la integración del espectador con la obra, sobre todo, en uno de los géneros en los que antes era clave: el terror.

Y es que la rotura de realismo interno y unión con la obra supone dos efectos bien diferentes según la persona. A aquella que lo que busca es la citada integración con ella —el meterse en lo que está viendo hasta el punto de sentirse dentro—, le produce una fuerte indignación, frustración o decepción. A aquella que en ningún momento busca entrar, sino ver desde fuera y a salvo de sus emociones lo que pasa, la falta de realismo interno le supone una fuerte e incontenible carcajada.

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Sharknado, obra maestra del cine de terror ridículo

Una de las tendencias cinematográficas más crecientes de la actualidad es el ver el género de terror para pasar un buen rato. Al no intentar sentir como real la cinta y estar perfectamente a salvo, las cada día más curiosas muertes y sanguinolentas explosiones se unen a los atractivos protagonistas para hacer de la obra de serie B un fulgurante entretenimiento palomitero. Si además le sumamos el estar cómodamente sentado en casa con colegas con los que comentar en alto la película y doblar las voces de los actores con un guion muy diferente, la explosión de una cabeza es capaz de divertir a niveles de The Big Bang Theory.

Destino final: la carcajada

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Sharktopus. Esto… sin comentarios

He ahí la aparición de una divergencia en el género de terror de los últimos años. Si bien el terror de calidad ha pasado a verse representado por la búsqueda del miedo clásico y psicológico por encima de lo visto en los últimos años, esta triunfal tendencia al gore de las primeras entregas de sagas como Scream o Destino Final ha ido deformándose en una merma de la calidad de los guiones, de los actores elegidos y del propio realismo interno, dando lugar a muertes que hacen que cualquiera que realmente intente meterse en la película acabe con la sensación de frustración y cabreo antes tratada. Los que hacen dinero con estas cintas tienen muy claro que, a menor calidad y mayor ruptura de realismo interno, más carcajada para el público, más comentario, más hype (como ahora se da en denominar al que se hable de ello) y más, si no taquilla, sí proporción ingresos/gastos.

Con el caché de un ganador de Oscar, puedes pagarte a diez cameos a los que este nuevo público va a adorar ver decapitados, así como un par de protagonistas desconocidos con atributos sexuales bien proporcionados —y desproporcionados—. Y he ahí que, de elegir al azar una cualquiera de las listas que nos salen al buscar en Google “mejores películas de terror de los últimos años”, difícilmente lleguen a sonarnos más que unas cuantas de las cintas escogidas.

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Pirañaconda ha quedado fuera de la selección. ¿Por qué será?

El grupo y el realismo interno

Me gustaría acabar con una reflexión sobre cómo el grupo y el entorno afecta a la suspensión de incredulidad de una historia, ya que es evidente que la proporción de lectores que escogen un libro de terror para echarse unas risas es muchísimo menor que la de espectadores acompañados ante una película.

Esto se debe al hecho de que el adentrarse en la obra es mucho más factible si los sentidos del usuario están centrados en ella. En el caso de las obras de terror es especialmente reconocible la diferencia. Si pensamos en viejos tópicos sobre cómo hay que ver una película de terror, dos se nos han de presentar al momento: la falta de luz en la sala y el no verla en completa soledad para no “irse por la patilla”.

Este mayor efecto se debe a que al privar de distracciones sensoriales (como el que alguien esté al lado hablando o la luz genere sensación de seguridad por el lugar conocido) la suspensión de incredulidad funciona mucho mejor, generando esa inseguridad en el espectador.

En el caso de medios como la lectura, la fuerte sensación de inmersión que produce tener que generar las imágenes en lugar de dárnoslas ya masticadas y el no poder compartirlo al completo salvo en caso de lectura a viva voz, hace que difícilmente podamos usar al compañero para generarnos la tranquilidad que nos permite echarnos las risas, lo cual se traduce en lo antes nombrado: que —salvo en el caso de relatos paródicos o de calidad y realismo interno pésimo— difícilmente vamos a encontrar usuarios de novelas de terror que se carcajeen ante ellas, mientras que no resultará complicado que charlatanes grupos o gente con el móvil lo hagan con obras como El resplandor o Pesadilla en Elm Street.

It da más miedo leída que en medio de un artículo como este

Así pues, a la hora de ver una película de terror de una forma eficaz, determina antes el tipo de visionado que buscas. Si lo que quieres es pasar un rato de miedo, escoge una de verdadero terror y no una cutrada, apaga las luces, silencia el móvil y (si la ves acompañado) pide no hablar durante ella. Si por el contrario quieres un rato de reírte de la cinta, ve la película acompañado o con el móvil, comentando y con una buena iluminación: como la peli sea malilla, te reirás a carcajadas.

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¿Amante del terror? ¿Odiador de los artículos de divulgación literaria? ¡No lo dudes!: comparte, tuitea, comenta, opina, destruye, construye, crea y sigue. Creando y al blog, claro.

Tocino y velocidad: separando arte de artista (1)

Me considero escritor. Llevo escribiendo relato corto durante años, a estas alturas son más de cien; tengo hasta tres novelas cortas deformes y sin revisar de cuando me creía que escribía bien y se podía hacer ficción larga sin dedicación seria; me han dado la enhorabuena demasiadas veces para lo que mis éxitos en concursos literarios consideran, supongo que apunto demasiado alto para mi edad.

Pero, pese a sentirme orgulloso de mí y mi personalidad, así como de aquello en lo que me he convertido —lo anterior más todo aquello que me rodea, amo u odio, he amado u odiado—, si algo tengo claro es que mis relatos publicados (mis amados escritos por los que tanto cariño siento) son totalmente independientes de mí: almas libres a las que di vida y se han independizado para crear su propio mundo ajeno, paralelo y coexistente al mío, pero autónomo.

Sin embargo, son muchos quienes creen que mis realidades son solo atributos de mi persona y que, por lo tanto, si yo mato a alguien, me convierto en Premio Nobel de la Paz o muero en un combate por las libertades de mi sociedad el relato cambia.

He aquí una defensa no solo a la separación entre artista y arte, entre la persona y el mundo, entre madre e hijo. He aquí una defensa a la libertad de las inmortales obras artísticas por encima de los autores humanos, terrenales, corrompibles y mortales.

Supuesta moralidad con alma de hipocresía

el pianista

El Woody Allen maltratador, el pintor Hitler o el Michael Jackson pederasta son auténticos iconos de este tema, muy apreciado en los círculos de debate por su universalidad. A mí, sin embargo, me encanta poner como ejemplo El Pianista, por el hecho de sus más que evidentes características de denuncia a una situación a evitar.

Para quien no la conozca, se basa en las memorias del músico polaco de origen judío Władysław Szpilman en la época de la invasión nazi, reflejando mucho más que lo típico de las cintas sobre sufrimiento semita y dándonos imágenes y escenas tan inolvidables como la de su popularísima portada: la de la destrucción de barrios enteros, escenarios de mil vidas, por la guerra.

Estamos ante una obra inolvidable para el cine, así como una muestra fantástica del horror y la vergüenza de lo bélico. Una pancarta enorme contra la violencia injusta de algo que debiéramos haber sabido erradicar hace mucho.

Sin embargo, siempre aparecerá quien diga que defender esta obra es un pecado, teniendo en cuenta que su director es un Roman Polański condenado por violar a una niña de 13 años.

¿Por qué antes de conocer este dato, para estas personas, la película era una maravilla y de pronto es una basura a quemar y extinguir? ¿Ha variado su contenido final, su capacidad de denuncia y sobrecogimiento o los pelos de punta motivados por sus imágenes?

No pienso ni volver retórica la pregunta: la respuesta es no, no, y atacar a una pieza capaz de afligir así a las personas y condenar la guerra de un modo que pueda fomentar el que no se repita es poco menos que un acto de traición a principios. Serían capaces de atacar lo que defienden por el mero hecho de no dar valor al trabajo de alguien “malo”.

Arremeter contra Polański, más allá de que el hecho haya sido en los 70 o de que la Justicia le haya hecho pagar por ello, es entendible; atacar a una obra que defiende algo que tú defiendes porque quien la hizo sea un monstruo no es moralidad.

Es hipocresía.

¿Dónde está el fallo?

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En el creer que hay una identificación plena entre la obra y el autor, en que son lo mismo. Lo cual, valga el paralelismo, es como creer que los actos de los padres son equivalentes a los de los hijos.

Sí, es cierto que en las proles suelen abundar características de sus padres, pero creo que a nadie escapa que a veces los actos de los hijos poco tienen que ver con los de los progenitores. Tal y como en la vida abundan los ejemplos de excelentes personas criadas por abusadores, maltratadores o monstruos y viceversa, lo mismo ocurre con los libros, que no son más que eso: universos nacidos de un alguien que los cría y que, una vez solos, son independientes de él.

Hay que darse cuenta de que, en muchos casos, el autor y el relato poco tienen que ver, por mucho que las editoriales y revistas de prensa se empeñen en establecer uniones para volver más interesante la figura del escritor, en aras de dar una mayor atención a entrevistas y similares. Yo mismo he escrito sobre allanamientos de morada, mafia, reencarnación, poliamor y demás y sin haber nunca practicado, ni intervenido, tenido fe, ni nada por el estilo en ninguna de estas facetas. No se tiene por qué ver a una perturbada detrás de obras con contenido sádico, ni a un romántico empedernido tras libros de este género.

Al identificarlos plenamente estamos generalizando las acciones del autor, en lugar de atacarlo solo en el caso de la coincidencia de las malas acciones y las obras.

Tal y como —en el caso de un niño que ha hecho los deberes, ayudado en casa y pegado a otro— las buenas acciones quedan sofocadas por la mala y es castigado, la buena acción que es un buen libro puede ser ahogada por una mala que nada tiene que ver con ella, en el clásico estandarte humano de condenar lo malo por encima de alabar lo bueno, aunque suponga hacer pagar a justos por pecadores. Y así —como cuando madres hacen que sus hijos, amigos, se dejen de llevar por haberse discutido entre ellas— hay obras son odiadas por actos de sus padres y condenadas sin culpa.

¿Digo con esto que ninguna obra es tan culpable como su creador? ¿Acaso estamos atacándolas cuando siempre son inocentes?

No: a veces, hay obras culpables. E hijos y padres culpables.

De tal palo tal astilla: el caso Graham Ovenden

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Pensaba poner foto de su “obra”, pero no lo veo bien

Tal y como existen padres e hijos mafiosos, madres e hijos maltratadores, familias de asesinos, existen las obras denunciables y dignas de pena de muerte. Como en el caso de buena parte de las de este pintor sueco, ejemplo óptimo para determinar cuándo hay que condenar una por los actos del autor.

La obra de Graham Ovenden, pintor británico, tiene como principal motivo artístico las niñas, en las que busca, según él, explorar “la gracia divina”. Recientemente, y tras numerosas obras de desnudos infantiles, el dibujante ha sido condenado por aprovecharse de la situaciones de posado para actos pedófilos. Inmediatamente, gran parte de las obras —aunque en buena parte con motivos abstractos— han sido retiradas de la mayor parte de exposiciones y webs de los museos titulares de ellas, generando cierta controversia, al ser considerada una mutilación al arte por parte de algunos especialistas a los que yo, personalmente, les metería una bofetada.

Y es que aquí, sin ningún tipo de duda, hallamos el verdadero motivo por el que se ataca a obras buenas por pertenecer a malas personas: la coincidencia entre delito y obra.

Este hombre usó sus pinturas para cometer un delito de las que sus cuadros son huella. En el momento en que una obra surge de un universal delito contra la ética y los derechos humanos deja de tener derecho a aspirar a ser arte para ser carne de hoguera y cárcel.

He ahí donde no debemos tener duda en juzgar a la obra por lo que es el artista. Que un condenado por violación haga una película antibelicista y la ataquemos es ridículo; que ese alguien usase una película para practicar una violación es lo condenable, rechazable y el blanco de escupitajo metafórico a la cara.

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En unos días, la segunda parte, en la que entre otras cosas hablaremos de si leyendo el libro de una mala persona la estamos apoyando, pero de momento… ¿tú qué opinas? ¿Debemos dejar de leer buenos libros por haber sido escritos por grandes cabrones? ¿Las pelis dejan de ser buenas una vez su actor protagonista mata a alguien? Opina, comenta, twittea, facebookea, participa.

El móvil boom o aquella vez que vimos una peli completa

Lo que ocurre cuando el león de la Metro te ve con el móvil en la mano

Hablaba hace un par de entradas de la tremenda dificultad que hoy en día supone, para muchos de nosotros, el leer una novela ante la variedad de competencia de entretenimiento veloz que la actual realidad nos ofrece. Desaparecer durante 10, 15, 20 horas de ella es complicado aunque hagas múltiples descansitos entre capítulos en aras de comparar los diferentes estilos de vuelo de la mosca cojonera. Sin embargo, la pesadilla del ocio breve es aún más tenebrosa si vemos su traslado a uno de los antiguos intocables del entretenimiento de masas: el cine.

Durante casi cien años, el séptimo arte ha atrapado a espectadores de todos los estilos y condiciones, los cuáles permanecimos absortos mirando para diferentes estilos de pantalla, como la enorme de la sala de cine (extinguida en 2009 por la incapacidad del visitante medio para permitirse una entrada) o la caja tonta, que —desde La película de la semana de La 1 a la de domingo y seis de la tarde de Antena 3— nos ha ofrecido horas y horas de mirada perdida a las pasiones, asesinatos, venganzas y persecuciones por las cuestas de San Francisco. Sin embargo (y aunque tal vez la tele debería habérselo imaginado tras ser relevo de su prima la grande), un nuevo y más pequeño rey, un Tyrion Lannister de la vida, se ha impuesto en el juego de tronos a base de su facilidad para romperse al caer al suelo y su también atractiva capacidad interactiva y táctil.

El mayor rival del disfrutar de una película, y un bebé

El móvil, alias “el celular”, dio la sorpresa años atrás para pasar de ser el peor enemigo del espectador —con especial habilidad para lanzarse a sonar en las escenas clímax de las películas— a convertirse en el niño mimado del nuevo concepto de televidente, capaz de sacarle una sonrisa cuando recibe un wasap en el preciso instante en que la pobre de Winslet va a soltar a DiCaprio de la tabla.

Cuando al principio del tema contesta al teléfono, el cantante de Travesuras dice “Hola bebé”. Dada la frecuencia con la que ocurre, no me extrañaría que esa situación esté inspirada en la última vez que vio Gladiator, así como empiezo a sospechar que no se lo dice a la persona al otro lado, sino al propio aparato.

Dos bebés, dos móviles o un bebé y un móvil

Y es que… ¿realmente hay tanta diferencia entre un móvil y un bebé al ver una película?

Si nos reclama, da igual que estemos a punto de descubrir quién mató a todos los personajes de los que durante el metraje nos hicimos hasta amigos: vamos a dejarlo todo por él. Si nos alejamos de él para disfrutar de una buena peli (es decir, lo dejamos cargando en la habitación de al lado o con los abuelos), no lo haremos nunca, ya que nos pasaremos las dos horas de metraje preocupados porque nos estén llamando. Y, ¡ay de si estás en ese ya mitológico lugar llamado cine!: da igual lo poderoso que sea ese apasionante thriller con Michael Fassbender y Matthew McConaughey, da igual la calidad del sonido envolvente de la sala con esos efectos de sonido del nominado al Oscar a mejores efectos de sonido en 2015: la mayor tensión de la película es la que nos ofrece el que minutos antes hayamos tenido que apag… (ja) que quitarle la vibración antes de empezar. ¡¿Y si nuestro bebé, digo, móvil suena, digo, llora, digo, suena y nosotros no nos damos cuenta?! ¡Qué tipo de padres seríamos!

En fin, al menos siempre tendremos excusas que poner. Que a quién se le ocurre hacer pelis de dos horas y media, que la culpa es de los de Mediaset por poner tanta publicidad.

Qué más da, llegará un punto en que no será necesario buscarlas: al fin y al cabo, está en el instinto humano el proteger a esos regalos de la naturaleza que no saben valerse por sí mismos, ni caminar; a los que hay alimentar y acariciar; con los que hay que jugar de vez en cuando, y no se cansan de sacarte sonrisas.

Y bueno, lo mismo si tienes un bebé, claro.

Prototipo del nuevo Galaxy Y

Animación

Hace un par de vueltas de mundo, al llegar la noche a mi sin internet casa del pueblo, me propuse ver alguna película en la cada vez menos caja cada día más tonta. Suele haber muchos estrenos por estas fechas, así que por seguro alguno caería y me permitiría ver dos o tres años después lo que el precio de una entrada no deja ver cuando se hacen grandes campañas: al fin y al cabo, el bolsillo suele pesar más que la propaganda. Mi elegida fue Intruders, una de estas mitad terror, mitad suspense, no mi género, pero rodada aquí con gente de Hollywood, ¿por qué no darle la oportunidad? Pues por la desgracia para ella de que haciendo zapping apareciese la roedora figura de Remy, protagonista de esa maravillosa comedia que es Ratatouille. El pobre Clive Owen no tuvo nada que hacer.

Cuesta entender cómo, aun a día de hoy, a algunos les cuesta tanto valorar el cine de animación actual. Quiero creer que es por la ignorancia del no haber visto ninguna más allá de por el prejuicio de que sean dibujos, o —más bien— me resulta imposible creer que alguien pueda ver una de ellas sin enamorarse.

Ya se llame Ratatouille, Toy Story, Buscando a Nemo, Ice Age o incluso —horriblemente— Cómo entrenar a tu dragón, parece que la animación digital haya sido tomada por una suerte de halo celestial capaz de convertir en oro (o platino) todo lo que sale, consiguiendo no solo que los niños, como siempre, entren en berrinche porque se los lleve a las salas, sino que los padres tengan que disimular para que no se les vea más deseosos que los retacos.

Tramas apasionantes, personajes carismáticos, valores que entran por los ojos con más fuerza que una intravenosa y una belleza estética capaz de arrancar el aplauso interno son algunas de las principales señas de un tipo de cine que, por méritos propios, tiene que ser alzado al pedestal que le corresponde. Ya no es una sorpresa. Ya no es un El rey león perdido entre un recopilatorio de bostezos paternos hechos película: estamos ante una nueva era de sonrisas universales que el prejuicio no debe ni puede robarnos.

Es el momento de cerrar los ojos a la tontería y abrirlos a la belleza de estas grandes historias hechas cine. Porque esto no es solo cine de animación. Esto es cine, cine y cine.

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