La ficción que abría la mente y los nuevos malos

Los motivos que llevan a una persona a ser más o menos abierta son fáciles de intuir y complicados de determinar.

Leyendo artículos y publicaciones sobre estudios del tema, suelo encontrar elementos que pueden influir. Más allá de los que serían poco menos que ir a lo fácil, como la educación y la genética, podemos encontrar indicios de que la empatía o el haber vivido experiencias muy distintas o con otras culturas serían factores de incidencia demostrable.

En otro orden de cosas (y de estudios, de hecho), a lo largo del tiempo he encontrado diferentes publicaciones en las que se alude a que, a la hora de consumir ficción, el cerebro integra la información consumida como vivencia, en especial si se produce la suspensión de incredulidad.

De ser ambas corrientes de estudio correctas, la conclusión silogística es fácilmente alcanzable: el consumo de ficción tiene influencia en la apertura mental.

¿Fin del post? Bueno, la conclusión es de por sí interesante. Sin embargo, quiero ir más allá ofreciendo algo nuevo que a alguien con mis intereses por la apertura mental y la escritura de ficción le parece muy interesante: ¿el nuevo cambio en los roles de protagonista y antagonista están afectando a que la ficción ya no abra la mente del mismo modo?

La ficción que abría

Supongo que a muy pocos de los lectores de este post sorprenderá que, a lo largo del tiempo, publicaciones científicas o de divulgación hayan encontrado evidencias sobre la relación entre ficción, empatía y apertura mental. Según algunos investigadores del cerebro, la lectura de ficción y la suspensión de incredulidad llevan a parte del cerebro a sentir que está experimentando la historia en sus propias carnes. Esto genera, según lo visto arriba:

  • Una mayor capacidad de apertura mental.
  • Una mayor empatía con el estereotipo de personas cercanas en características a ciertos personajes con los que compartimos historia.

Leía ayer una frase de don Miguel de Unamuno que decía «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Yo lo traduciría por «Cuanto menos se vive, más daño hace lo que se vive».

Si bien puede parecer exagerado, creo que a nadie escapa que cuanto más cerrado es el entorno de una persona en cuanto a experiencias nuevas y gente diferente más tiende hacia fenómenos clasistas y prejuiciosos como la discriminación por motivos de raza. Del mismo modo, son comunes las demostraciones de que discriminación y la generalización se da mucho más en personas con menor cultura y menor movimiento en diferentes ambientes (por mucho que a todos se nos vengan a la cabeza gente despreciable del espectro contrario).

Esto, ya llevado al mundillo de la ficción, me conduce al enlace con un elemento que antiguamente se trataba de otro modo en los consumos de entretenimiento argumental.

Protagonistas y antagonistas

Los cuentos infantiles y nuestros inicios en la ficción nos llevan a la habitual concepción generalizada de que el personaje protagonista y «el bueno» son sinónimos. Evidentemente, la propia mención de esto ya nos hace saltar la alarma de que no es así siempre: algunas grandes historias han sido protagonizadas por personas que tienen poco de buenas.

A partir de aquí, diferenciemos pues a los buenos de los protagonistas y quedémonos con la dualidad típica del estilo de participantes en la ficción: protagonista, como el personaje central del discurrir de la obra, y antagonista, como personaje con intereses contrapuestos a los del protagonista.

Por poner un ejemplo que sirva de puente, protagonistas serían Caperucita, Batman, Sherlock, Katniss, Oliver Atom, Harry Potter. Y como antagonistas, el lobo, el Joker, Moriarty, Snow, Marc Lenders o Voldemort.

El protagonista malvado

Obviamente, si tiramos de los ejemplos más obvios de protagonismo y antagonismo, nos encontramos con la antes mencionada coincidencia de buenos y malos respectivamente. Sin embargo, durante mucho tiempo las historias han sido llevadas adelante por protagonistas malvados.

El problema para los ejemplos suele estar en que los antagonistas buenos no suelen ser tan recordados por la potencia argumental que el prota malo asume.

Por ejemplo, cuando pensamos en El padrino no es fácil que se nos vengan de primeras los antagonistas. Casos similares serían los de El perfume, El lobo de Wall Street o tantas otras historias en las que la naturaleza malvada del protagonista eclipsa a cualquier tipo de antagonista. ¿Quién conoce el nombre de la familia de los 101 dálmatas? Cruella de Vil acapara el recuerdo y con toda lógica.

Una frase muy común en el mundo de la ficción es la de que una historia vale lo que su malo. Los protagonistas malvados son pura demostración de esta lógica.

Lo que nos dio el protagonista malvado

Enlazando pues lo visto, los protagonistas malvados, los antagonistas que nos narraban o aquellas narraciones que nos daban el punto de vista del malo nos invitaban a la empatía con la gente que pensaba diferente a nosotros. Lo fácil que resulta vernos reflejados en protagonistas hacia que, al menos, nos viésemos conducidos a entender cómo pensaban y que podían tener sus razones para ellos lógicas, aunque no las compartiésemos.

Las verdaderas buenas historias de protagonista malvado o fuera de norma nos surtieron durante mucho tiempo del hacernos pensar en la coherencia de lo que desde la teoría se hace impensable. El padrino nos hizo entender qué puede conducir a personas con valores a volverse un delincuente; Breaking bad, qué motiva y conduce a un padre de familia al mundo de las drogas; Shame, qué puede haber detrás de una adicción silenciada por el asco que supone a la sociedad.

Por supuesto, en ningún caso digo que las conductas dejaran de resultarnos condenables. Lo que sí encontramos fue la posibilidad de aprender a pensar en que hay personas tras los hechos. Lo cual, en la sociedad de la instantaneidad, el estereotipo y las personas que no son personas, sino perfiles, nos venía muy muy bien.

Pero justamente, cuando más falta hacía, lo estamos perdiendo.

El malo actual

Si algo ha aprendido la ficción en los últimos tiempos es a dar características distintivas a los personajes.

Si bien en historias con muchos podemos vernos obligados a tirar de los arquetipos para no embotar la cabeza del espectador, la tendencia actual parece ser meter mucha miga en personajes secundarios o incluso terciarios, como extrañas peculiares adicciones, sexualidades, marcas pasadas. Tendencia que, por otro lado, está contradiciendo otro de los grandes principios de la ficción: no aportar datos superfluos que entorpezcan y no aporten a la historia.

En el caso de los malos en lo comercial, el camino a seguir parece estarse torciendo.

Por un lado, se están lanzando constantes reinterpretaciones de las historias clásicas por el lado del antagonista malvado, las características que se les imprimen reducen lo antes exagerado en el otro lado y lo orientan hacia el perfil del protagonista clásico, mientras a los buenos convertidos en antagonistas se les exageran las virtudes hasta hacerlos odiosos, imprimiéndoles al mismo tiempo defectos antes no presentes.

Por otro, más grave a mi ver, el perfil del malvado de nueva creación se está exagerando de forma extrema. Si bien en casos específicos, como la Villanelle de Killing Eve, el acierto es pleno, en los productos comerciales como la netflíxica You, se perciben claramente que las exageraciones no van en línea con el perfil del personaje, sino que buscan directamente la generación del rechazo del espectador con recursos que encaucen al lector hacia la interacción en redes por encima de la coherencia o el ejercicio de poner sobre la mesa una personalidad perturbada.

Esto hace que nos sea muy complicado ponernos en su piel como lo hacíamos antes, generando daños a la suspensión de incredulidad y a la capacidad que las historias con protagonista malvado tenían para hacernos sentir algo en su mente. De esta gente rechazamos sentirnos parte, solo queremos asquearla, odiarla y comentarlo por ahí. Y eso es precisamente lo buscado.

Lamento la subjetividad del siguiente comentario, pero el nuevo perfil de protagonista malvado con el que nadie se identifica es una demostración de que a los espectadores nos tratan como borregos. Si hace años podíamos distinguir perfectamente lo oscuro del comportamiento de personas como los Corleone o el Patrick Bateman de American Psycho, ahora deberíamos ser de igual modo capaces de identificar en Villanelles, Cerseis o Joe Goldbergs a malos de nuestro tiempo sin tener que usar manual de instrucciones. Que caigan mejor o peor no nos priva de verlo, tal y como antes no lo hacía.

Conclusión: la apertura mental pierde un nuevo amigo

Recordando por utilidad la conclusión ya en el inicio de que la lectura y consumo de ficción aportaba directamente a la apertura mental y la empatía, la principal idea a extraer llegado este punto es que la reducción de consumo literario y la búsqueda de que los nuevos malos despierten unánime odio social en redes ataca directamente a las lógicas esperanzas que el exponencial consumo de ficción en las nuevas generaciones pudiese traducirse en una mayor apertura mental.

No voy a negar que creo que la apertura mental es mayor hoy que hace veinte años: no venimos del paraíso en ese aspecto ni mucho menos, así que no era tan difícil. Sin embargo, sí convendría plantearnos qué se está haciendo con la ficción. Si nos convienen más los planteamientos que hacen que no todos queramos ser del mismo equipo o realmente queremos seguir cayendo en ficciones de un único color que nos obliguen a sentir simpatía por los mismos y odiar a lo que es fácil odiar, cual autoritarismo de pensamiento.

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Como de costumbre, pregunto: ¿qué opinas de lo leído? ¿Te preocupa querer que al malo le salgan bien las cosas? ¿Ves a la ficción como una manera de intoxicar a la sociedad o de vacunarla? ¿Crees que la gente era más abierta antes? Comenta sin miedo, comparte, opina por ahí adelante, pero menciona también para que pueda verlo (@osgonso y esas cosas).

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Sombras de lo que odiamos

El otro día escuché una opinión que, directamente, me ha parecido motivo de post. El comentario fue algo así: «Creo que cuando no sabes muy bien cómo eres o lo que piensas de un tema, una buena solución es pensar con quién no compartes pensamientos y ponerte del otro lado». La gente asintió en medio de cierto silencio raro.

No me extraña que no hubiese comentarios, porque no a cualquiera deja indiferente semejante afirmación: por un lado, habrá quien la vea verdad absoluta; por otro, quien llevado por la rimbombancia de la afirmación directamente no se pare en su mensaje; yo me quedo con un tercer (y existente) lado. El de la metafórica boca abierta de que haya quien piense que la naturaleza humana se basa en algo tan simplista como los opuestos.

Ya cuando hice la saga sobre la crisis de la divergencia y el pensamiento propio echaba de menos una entrada relacionada con el esfuerzo social que se imprime en el dividir todo en dos. No es que la tendencia sea nueva: el que ahora escribe es hijo del bipartidismo, del «o eres del Barça o del Madrid» o de la luz y la oscuridad, si nos ponemos trascendentales. Sin embargo, en un mundo tan dado a la personalización de contenidos, experiencias y demás, cualquiera pensaría que algo más de capacidad crítica nacería. Algo más de libertad de cara a poder construirnos con cierta independencia de lo clichés.

¿Soy un iluso? Puede. Pero creedme si os digo que no soy un iluso por no ser un desilusionado.

El que no te gusten las tradiciones no implica que disfrutes de la vida moderna. Quien odia la salsa no tiene por qué amar el hard rock. Y no porque a alguien no le gusten las chicas tienen por qué gustarle los tíos.

Os diría que el ser humano es como una moneda que puede caer de canto, pero eso sigue siendo una absoluta gilipollez: el ser humano es como un cubo de Rubik de infinitos lados, con miles de tonos, con la capacidad de ser únicos. ¿En serio alguien puede creer que se puede construir lo que somos en base a lo que no somos?

La propia mención de la idea debería espantarnos, porque si nos constituimos en base a lo que no somos… ¿qué somos entonces? Sombras de lo que odiamos. Algo nacido de lo que no podemos ni ver delante, cuando tuvimos la alternativa de ser lo que queríamos ser.

Así pues, ¿qué quieres ser tú? ¿Lo que eres o la sombra de lo que no eres?

Yo me quedaré siendo lo que de mí ha nacido, embrión de lo que aún no nació, ignorante de lo que desconozco y amigo de lo que he amado. No me busques en odios porque no soy sombra de nadie. Yo elijo ser multicolor, blanco, gris, oscuro y brillante.

Quizás apasionado

Pides que de pasiones te hable, pero… ¿qué buscas en las pasiones de un uno cuando tanto te has esforzado en cubrirlas de tu todo?

Si hablamos de mis pasiones, quizás sea la justicia, que un día es blanca y otro negra según si son muchos o pocos a quienes interesa su aplicación.

O quizás sea la hipocresía, que culpa de lo que no se peca y calla cuando cae en su propia evidencia.

Quizás, la solo algo diferente diferencia. La de las personas que son, no son, entonces sí, ahora no. Distintas, iguales, a tramos, por pasos; hermanas, rivales, apoyos, desequilibrios. «¡Qué buenos!». O quién sabe si, al día siguiente, «qué malos».

Quizás sea lo inexplicable. De todo. De nada. O de toda y de nado, por corrientes que tejen verdades, a pares de fallos crear. «Crear»…

Quizás sea crear, porque quien vive crea, tenga pasión por la vida, la explique, la distinga, le mienta o la crea justa. Esa es una buena pasión. Una buena y mía pasión: crear nueva realidad.

Hacerla crecer. Crecer con ella. Amarla y odiarla. Para acabar por dársela a quien ya no se escucha más que a sí misma. Darte algo a ti, sí: a ti, sociedad. Tal vez en eso consista la pasión que en mí buscas. En ser algo para alguien que no es alguien y a quien no le importa lo que tú seas.

Pero… ¿sabes? Quizás eso solo sea un quizás.

Quizás solo un quizás apasionado.

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Esta semana me he decantado por esta pequeña pieza sobre alguna de mis pasiones que he escrito para un pequeño curso de escritura creativa en el que participo una vez por semana. Hay gente para la que las pasiones son actividades; para otra, paisajes; para mí, por ejemplo, conceptos.

¡Coméntanos si quieres tu pasión en comentarios! Siempre es bonito ver que a la gente aún le late algo en el pecho.

Gente que cambia, que no, que cree que la gente cambia y que cree que no

Si hay algo que todos conocemos es que las contradicciones en las principales premisas de cómo vivir según la sociedad son tan innumerables como las briznas de césped en una ladera de los Alpes suizos. Hoy vamos a analizar una muy común, la idea de que la gente cambiamos constantemente frente a la de que la gente no cambia, y veremos qué daños puede provocar la diferente perspectiva al usarla según conviene.

En tiempos de que lo que se hace se es

Viniendo de un post dedicado al rencor, tenemos bastante claro que la gente, por lo general, tiende a ese mecanismo de defensa típico ante el daño pasado.

La mente humana advierte el potencial daño en base al sufrido con el más puro sistema animal de ensayo-error: si cierta persona te ha hecho cierto daño es porque tiene capacidad de hacerlo y podría volverlo a hacer, de ahí que debamos tener cuidado con ella. Dado que, habitualmente, la gente sufre tendencia a cometer los mismos errores, quizás no sea tan descabellado pensar que podría volver a cometerlo 30 años después.

Porque la gente no cambia, ¿no?

En constante movimiento

La sociedad de la información es, al mismo tiempo, la sociedad del aprendizaje. La evolución de la tecnología, el entretenimiento y las modas es la más rampante de la historia, generando unos niveles de volatilidad y cantidad de información aprendida, interiorizada y mal interiorizada muy por encima de lo nunca visto. ¿Qué supone esto? Entre otras cosas, un fuerte acceso al cambio en las personas.

Por un lado —y como no puede ser de otra manera—, cierto porcentaje de la población no se saldrá de su carril en lo que a ocio, personas y demás se refiere, estando décadas atados a unas creencias y comportamientos casi inmutables por la ausencia de más estímulos que aquellos que se vean forzados a experimentar, como los cambios en su economía, vivienda o familia. Sin embargo, a nadie escapa que las redes sociales, los cambios tecnológicos precoces y otros mecanismos están volviendo mucho más complicada una estabilidad de pensamiento, dado que el número de nuevos estímulos y la habilidad del cerebro humano para reconfigurarse ante ellos hacen que el mantenimiento del status quo sea mucho más complicado que en siglos pasados.

Estás muy cambiado

Esta capacidad de absorción de lo nuevo, llevada a la mentalidad personal, tiende a generar una mayor capacidad de adaptación a las diferentes circunstancias. Incluso el tan reputado término de resiliencia en más gente de lo habitual.

Sin embargo, ya no sería tan habitual la imagen de la resiliencia como aquella del árbol que se inclina con el viento para volver a su posición inicial tan pronto pasa: más bien el árbol se haría con ventajas de ese viento para ponerse en una mejor posición. Puede que con una ráfaga el árbol se parezca mucho y que con veinte apenas sufra cambios. Sin embargo, y aunque sean muy reducibles bajo su término, los años son muy largos en cuanto a metafóricas ráfagas se refiere y, con el tiempo (sobre todo, con los fuertes cambios) las personas somos bastante diferentes a lo que éramos.

A nadie se le escapa el cambio físico de una persona desde su niñez a su adolescencia. O de esta a una edad ya considerable adulta. Cuando vemos después de muchos años a alguien con quien no tenemos relación apenas, pensamos «oh, qué cambiada está esta persona», con sentimiento no solo de lo físico o incluso lo mental, sino de que estamos ante otra diferente. Sin embargo, cuando nos encontramos a alguien con capítulos en nuestro pasado, entonces nos cuesta más pensar que está distinta.

Se trata de un mecanismo típico humano: el de hacer que ante un encuentro de dos personas separadas muchos años atrás tendamos a retomar la relación como en aquel momento. Algo parecido a esa mascota que ve a su antiguo dueño años después y se abalanza como si no hubiese cambiado nada.

Obviamente, en cuanto el tema de conversación pasa a lo genérico, en cuanto ese efecto que nos lleva a lo común se desvanece un poco, vemos las diferencias nítidamente: cómo de pronto defiende cosas que antes no hacía, cómo tiene hábitos que antes no tenía, y entonces nos extrañamos y empezamos a ver que la persona no es la misma que dejamos, habitualmente con un cierto desencanto.

En el caso de alguien con quien tuvimos relación, pero no nos cae bien, eso no pasa: directamente aplicamos la primera parte, el entenderlo como alguien igual que era antes, pero no avanzamos hacia la sensación de que ha cambiado, de que ya no es la misma persona, porque el rencor, el sentimiento animal de ensayo-error o lo que sea nos invita a pensar que esa persona no ha cambiado, que aún tiene la capacidad de hacernos daño. Mientras, a nuestro lado, ese amigo que no ha tenido más relación con ella en el pasado que el conocerla de vista, la entiende como una persona completamente nueva.

Quien interesa, cambia; quien no, es igual que siempre

¿Dirías que veinte, diez, cinco años después, eres la misma persona que eras? ¿Que cometerías los mismos errores? ¿Que te reirías de las mismas cosas? ¿Que crees lo mismo de la gente, el mundo, lo que está bien, lo que está mal, lo que harías, lo que no?

Probad a mirar fotos, vuestra letra, redes sociales, mensajes incluso: el aprendizaje cambia, la experiencia cambia. El mundo gira y si las personas no cambiamos con él tras miles de esas vueltas, es que algo estamos haciendo mal.

Pensad si vuestros colegas han cambiado. Si estás con la misma gente, o si la gente con la que sigues estando hacen actividades que antes no hacían, escuchan música que antes no escuchaban o comen cosas que antes no.

Pues al igual que tanto tú como ellos perfiláis vuestros valores, os volvéis más o menos egoístas, educados, abiertos, sabios, reservados, felices, específicos o inocentes, la gente que no conoces, la gente que te cae mal, la que te cae bien pese a que nunca has hablado con ella y la que solo conoces por haber oído hablar de ella, también cambia. Más o menos, poco o mucho, la gente cambia.

Tal y como hay tímidos que con el tiempo se abren y se vuelven muy extrovertidos, existen extrovertidos que acaban por encontrarse incómodos por diferentes experiencias o en otros ambientes. Tal y como alguien guapísimo puede ser ahora horrendo y alguien superfeo ahora un adonis, alguien que era una bellísima persona, puede ser ahora un desgraciado y alguien que era un bicho, ahora puede ser ahora una tía genial. Lástima que los cambios de pensamiento no puedan verse como los físicos, ¿no?

En cualquier caso, el último tramo de este post no va a ir hacia lo de perdonar a quienes odiéis y al dar segundas oportunidades de estar con uno. Va a ir hacia los juicios injustos.

Cuando lo pasado es eterno

El mundo es simplista: si alguien roba una manzana ante alguien, ya es por siempre un ladrón; si alguien aplaude a un máximo rival, ya es por siempre un traidor; si alguien una vez insultó en público, para siempre es un maleducado.

¿Lo apruebas?

Porque te recuerdo que una vez te dieron mal el cambio y no dijiste nada. Una vez empujaste a alguien que te tocó las narices y al que le hubieses partido la cara si no llega a ser por las consecuencias. Otra, dejaste que otros se metiesen de leches cuando con la ayuda de tu amigo podías haberlo evitado. Viste ese vídeo porno aun no gustándote lo que hacían. Te alegraste de que tu amiga sacase menos nota que tú en esa asignatura. Dijiste que no sabías de qué te hablaban cuando fue todo culpa tuya. Gozaste de la espectacular forma en que murió ese malo y te hizo gracia ese chiste que ahora te da asco y vergüenza. ¿Así que eso eres? ¿Un ladrón? ¿Un violento? ¿Un cobarde, un pervertido? ¿Una traidora, una mentirosa, una sádica? ¿Un imbécil? ¿Mereces que te juzguen por ello, cuando no volverías a hacerlo, cuando el contexto es muy distinto, cuando tu vida es diferente, cuando ha pasado tanto tiempo, incluso cuando fue una acción puntual? ¿Crees que mereces aparecer en una lista de escarnio?

Pues que sepas que hay gente que dice cosas de estas de ti sin ni siquiera conocerte. Por lo mismo que tú andas diciendo de otra gente cosas que una vez has visto o alguien te ha dicho, y que asumís por un hecho tan aislado y falto de contraste y contexto como todos esos de arriba en tu caso.

Los juicios hay que emitirlos para cada momento, no por lo que en otro han sido. Tal y como tú no eres la persona que hace diez se ha sacado esa foto, ni ves justo que se te juzgue por ello, esa persona a la que defines por lo que hizo entonces tampoco tiene porqué aguantar que la traten por lo que ya no es.

La inocencia y la culpabilidad según la higiene de manos

Como último apunte, decir que la hipocresía convenida quizás debería ser dejada a un lado en cuanto a lavarnos las manos en este aspecto.

Es muy bonito decir que hay cosas en las que la gente cambia y otras no según aquello en que nosotros mismos somos perfectamente estables, inocentes y respetables por la sociedad en general. Pero creo que no hace falta más que esa frase para que se vea que en ese tipo de comportamientos hay más autoprotección y creencia de superioridad de las creencias propias a las ajenas que justicia equitativa e inclusiva.

Lo que consideramos más estable pueden ser lo menos mutable en nosotros y lo que la sociedad en general considera más estable, lo que menos cambia generalmente, pero eso no implica en absoluto la inexistencia de gente que pueda cambiar mucho antes que otra en ciertos aspectos, cuando el número de estímulos y personas es tan inmenso.

Por no hablar de que ciertas circunstancias le pueden pasar a cualquiera por muy limpias que tenga las manos.

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Le he quitado un apartado porque tocaba con temas muy diferentes, quizás lo haga en algún momento. Por lo pronto, ¿te ha gustado este? Pues comenta, emegea, comparte sobre todo: ya sabes que todo es bienvenido (y sobre todo, agradecido) en este mundo en el que el único aprecio es a las palabras vacías de sentido.

Elitontismo

Mientras pensaba en cómo hacer el post, descubrí que aquello a lo que me disponía a criticar no tenía un término demasiado claro.

«Minoría selecta o rectora», dice la RAE de la élite. Sí, está bien. Y, por ello, ni qué decir tiene que élites hay en todos los aspectos de la vida: ni mucho menos todas excluyen a todos, ni mucho menos puedes escapar de ellas. Claro que existen las élites intelectuales, artísticas y de la sociedad, pero también existe la élite de la telebasura o la élite del marujeo de barrio, igualmente selectas y rectoras. Por existir, hasta yo podría considerar a mis amigos cercanos una élite: son un grupo selecto de personas con algo difícil de encontrar. Quizás sea que no sean elitistas.

Sí, diría que la crítica de este post podría ser precisamente a eso: no a la existencia de élites, sino a los elitismos tontos que a veces algunos se marcan.

Elitontismo: principios y comportamientos

De nuevo según la Real Academia Española, el elitismo sería la «Actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común». Ahora sí que no entiendo nada: si eso es el elitismo (yo le llamo divergencia), entonces es imperativo que —por su abundancia en nuestra sociedad— acuñemos un nuevo término para engoblar lo que yo veo. Pongamos… elitontismo.

Definiremos elitontismo como los comportamientos traducibles a la mirada por encima del hombro típica de los elitistas de m***** que se creen mejor que los demás por su pertenencia a tal élite.

El elitontismo suele acarrear comportamientos tales como:

Monologuismo. No confundir con el mongolismo. El elitonto tiende a hablar sin parar sobre sí mismo y sus intereses, en un constante speech sobre sus fantásticos atributos, prácticas y vida elitonta.

Falta de empatía y condescendencia. El elitista no empatiza: cómo va a hacerlo, si no escucha. Cuando lo hace, porque necesita recuperar saliva, recurre a la escucha activa-condescendiente: aquella en la que asiente con lástima, con independencia de lo bien que tú creas que te va.

Ambición apisonadora de crecer en su propio grupo. En las élites también hay élites, de ahí que en sus interacciones tiendan a una constante búsqueda de puntos débiles en los de menor nivel en la escala social para dejarlos quedar mal y con ello, pisar cabezas para subir puestos.

Rango de miradas de superioridad. Para poder pertenecer al elitontismo, hay que dominar al menos tres tipos de miradas básicas: la de «te estoy haciendo un favor solo con hablarte», la de «qué pena me da esta pobre gente inferior» y la de «qué bien sé fingir que valoro tu presencia». Hay a quien con dos le llega, pero bueno: esos son la élite de los elitontos.

La élite de verdad

Creo que todos nos hemos encontrado a lo largo de la vida con el mismo comentario, no sé si os sonará. Hay a quien se lo dijo un abuelo cuando tenía 10 años en el parque. Hay quien lo escuchó tres platos más allá en el bautizo de una prima segunda. Cuentan que unos pocos llegaron a vivirlo en sus propias carnes. En mi caso particular, uno de los dos o tres que recuerdo decía algo de este estilo:

«Tenía dinero como para no volver a trabajar en su vida, sin embargo, nunca le verías presumir de nada. Si tenía que remangarse, sin problema. Y no había un solo día en que no te dijese, como mínimo, “Buenos días”, aunque estuvieses perdido de viruta. Esa persona sí que era un rico de verdad

Yo más bien diría «esa persona sí que era de la élite de verdad».

¿Y lo es por el dinero? No.

¿Lo es por la educación? No, aunque podría.

¿Lo es por la humildad que se le supone, pese a que se gastase lo que le diese la gana? Tampoco, diría yo.

Esta persona (o cualquier otra de muy distinto ámbito) es para mí élite de verdad porque demuestra una unicidad, una excelencia, una (si lo quiere la RAE) «actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común», que poco o nada tiene que ver con el elitontismo que a día de hoy tiene de especial y diferente lo que un garbanzo en un cocido madrileño.

Consejos de alguien sin clase

Yo no tengo clase, ni más élite que esa actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común, pero si me permitís trasmitir el seguro escozor que alguno querrá ver en las siguientes líneas, dejadme lanzar un par o dos de consejos al aire, aun sabiendo que ninguno abrirá cabezas duras como cáscara de cigala:

– Aquellos que os creéis mejores que otros por tener más, sabed que lo importante es sentir más.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por el dinero (seguramente de mamá y papá), sabed que el dinero da la oportunidad, pero la oportunidad —igual que ellos— no dura siempre.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por haber visto más, por haber leído, por haber consumido más, sabed que lo importante no es lo visto, leído o consumido, sino lo cambiado y crecido a partir de ello.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por conseguir más corazones, sabed que los de verdad laten fuera de la pantalla.

Para los demás, mi consejo es que no aceptéis menosprecios que no sea alas para volar más alto. Que no os quedéis con alas si lo que queréis son aletas. Que nadéis contracorriente si río arriba está vuestra sonrisa. Que recordéis que las de ellos en las pantallas ocultan imperfecciones que les tuercen el rostro ante sus grandes espejos. Que el espejo en el que debéis miraros debe admiraros, y no haceros temblar de envidia. Que la envidia no es lo mismo que la ambición, y que la ambición no implica pisar a otros, sino pisar fuerte, con voz propia, donde otros callan que se resbalan. Y, por último, que a veces es mejor callar. Pero no para que os amordacen, sino para escuchar a quienes escuchan.

Hablando, solo se refuerza lo que ya eres. Escuchando, se crece.

Porque si en mundo de ciegos el tuerto es el rey, en mundo sin oídos, quien escucha es la élite.

La importancia de llamarse Ernesto con mayúscula

Siempre me ha sorprendido la polémica y las modas que desata el lenguaje y la ortografía.

En un universo tan sin grises como el que estamos viviendo, cualquiera diría que la opinión sobre escribir correctamente tendría dos bandos claros: los que creen que siempre debe ser así y los que dan prioridad a que se entienda el mensaje con independencia de su corrección de escrita. Sin embargo, habitualmente nos encontramos con disputas de lo más tuiteras y multitudinarias en torno a decisiones de la Real Academia Española (RAE), como si se podía escribir “iros” por “idos”, o si había que acentuar cosas como los solos de solamente o los pronombres demostrativos. Duelos de tradición, modernidad y libertad de escritura que hacer correr ríos de tinta, que no de sangre. Qué bonito cuando los debates no provocan más daño que al blanco del papel y de la pantalla.

El origen de este post es, sin embargo, una curiosa situación vivida meses atrás que tocó especialmente mi fibra sensible ortográfica. Firme creyente de que, de los bandos generales, quienes están más en contacto con la constante lectura o escrita son quienes defienden más una ortografía que quien no lo hace no suele valorar tanto, me encontré en la situación de escuchar en un entorno pequeño cómo alguien, profesional de lo editorial, proclamaba que la ortografía era innecesaria y que estaba sobrevalorada, siendo un medio de control del acceso creativo.

Dado que esta persona en un ámbito de poder de opinión tomó la iniciativa de soltar semejante bomba hacia un trabajo que siempre dice adorar, me dispongo a replicar su postura en mi entorno de poder, este maravilloso salón de sillas vacías y cero comentarios. ¿Por qué es tan importante la ortografía para quienes leemos y escribimos mucho?

teclado predictivo

Es curioso cómo el lenguaje escrito por mensajería instantánea ha cambiado. Durante una época se scribia tal q asi y, sin embargo, en cuanto se encontró un medio en el que escribir bien, de forma rápida y cómoda (y criticada) se dejó atrás el jeroglífico.

Algunas profundidades del lenguaje

Una de las razones por las que escribo (sobre todo en cuanto a ficción se refiere) es por ser uno de esos románticos de nueva era que cree que la palabra crea realidad. Obviamente, la nueva realidad tiene niveles de más o menos complejidad según las profundidades del lenguaje. Por ejemplo:

– “Las Torres Gemelas sufrieron un atentado en 2001” sería una afirmación informativa. No diría que tiene mucha complejidad en cuanto a sentido creador, ya que de ser vox pópuli no es más que un recordatorio de una realidad que quien lo lee ya conoce.

– “Ahí va un cerdo volando” haría nacer en la mente del lector una idea nueva que seguramente nunca se haya planteado en la situación que vive en ese momento: la de estar sentado ante una pantalla e imaginarse al cerdo más allá de la ventana o en algún lugar al fondo de la sala. Seguramente funcione de modo similar a como lo haría descubrir aquel 11 de septiembre que las torres habían sido atacadas.

– Caso similar es el de los términos subjetivos. Si uno pone la palabra “amor” en un texto, en la mente del lector despiertan numerosas ideas según lo que en su vida haya experimentado en torno a ella. Por aquí estarían también casos como el de la metáfora elaborada y demás. Son procesos mentales en los que el receptor del mensaje tiene que implicarse para que le transmita, siendo habitual que la realidad que nazca en cada uno sea bastante distinta de la intención del emisor, creando realidad única en cada persona. Es por eso por lo que un mantra típico de los escritores de ficción es que una vez nuestro relato se publica dejamos de tener control sobre él: es el lector el que tiene que construir la realidad y esa será tan válida como la que nosotros imaginamos escribiéndolo.

– Y llegamos, por no complejizar más, al punto en que de verdad cobra importancia la ortografía en cuanto a creación de realidad se refiere: el juego ortográfico.

El juego ortográfico

scrabble

Una idea muy típica en quienes profundizamos en el lenguaje, la escritura y la literatura es que un salto de calidad en las obras se produce en el momento en que esta aparece más allá de lo que cuenta que pasa, llegando a tener presencia en la belleza del uso del lenguaje. La obra de calidad llegaría a tener unos juegos, unos guiños en la escrita que enriquecerían al lector y que harían no solo que fuese capaz de imaginarse las situaciones que presenta, sino que les sacarían la satisfacción de la propia lectura desde el lenguaje.

Pongamos un ejemplo. Uno de los juegos de lenguaje más carismáticos de uno de mis relatos más queridos es la utilización tras varios otros juegos de la expresión “estar solo solo”. El lector profano pensaría seguramente “Quería decir que está solo: ha repetido la palabra, error de calidad”. Sin embargo, el que ama el lenguaje seguramente vea algo más. Y es que la variedad de interpretaciones de “estar solo solo” abarca, entre otras, que la persona está sola de verdad, que lo único que tiene (solamente) es estar solo, que se siente solo y está a solas en el espacio que está, o también podría ser que lo único que le pasa en ese momento es que está solo. Y más.

Simple life

Llegamos entonces a la relación con lo inicial: ¿qué tiene de importante la ortografía para alguien que lee y escribe mucho? La posibilidad de ver lo que de verdad pone cuando lo que hay escrito dice más de lo que parece.

Ejemplo 1:

—Stas x la tard?

—No. Voi a trabajr.

—Vale anims.

Ejemplo 2:

—Estas x l tarde

—No estan en el pueblo

—No que si estas tu x la tard

—No voi a trabajar

—Pues kdamos

—No q voy a trabajar

Ejemplo 3:

—¿Estás por la tarde?

—No, voy a trabajar.

—Vale, anims.

Como podemos ver, en el primer caso, lo que parece ocurrir es que una persona le pregunta a otra si está por la tarde, esta le responde que trabaja y la otra le da ánimos. Aparentemente, se produce una perfecta interacción sin equívocos entre dos personas que no usan la ortografía.

En el ejemplo 2, vemos múltiples malentendidos por la falta de acentuación y puntuación: uno cree que se refiere a “quedar con estas por la tarde” y el otro no entiende que no puede quedar porque va a trabajar.

En el ejemplo 3, sin embargo y llegando adonde interesa, se produce de nuevo el completo entendimiento. Pero con algo más.

En el ejemplo 3, hay aparentemente un error de escritura, el “Anims”. Sin embargo, la persona está diciendo exactamente eso, “Anims”, usando el típico término catalán y para algunos culé, en un gesto claro de confianza y colegueo con la otra persona. Si el lector da por hecho que la otra persona suele escribir correctamente, leerá “Anims” y no “Ánimo”. ¿De veras alguien se cree que el lector del ejemplo 1, que no usa la ortografía va a entender “Anims” en algún momento? Ni de palo se va a fijar que de la eme a la o hay demasiado espacio de teclado como para haber querido escribir “ánimo”. Cualquiera entendería que esto lo que quiso escribir en la práctica totalidad de los casos.

Tanto el ejemplo 1 como el 2 lo son de pérdidas del sentido del mensaje por problemas en el código. Evidentemente, hablamos de un ejemplo simple y que obviamente no va a afectar en gran medida a la transmisión de la información. Pero es evidente que, para aquellos que usan juegos, chascarillos, detalles técnicos y demás elementos de alto lenguaje, el estilo adivinatorio que supone el traducir un código sin ortografía es tanto un incordio, como un nido de malentendidos, como una reducción de las posibilidades de intercambio de información. Una disminución de la capacidad comunicativa, de expresión y, en otro nivel, de crear realidad.

Conclusiones de quien ama la creación con el lenguaje

amor libro

La libertad de expresión es un derecho que, aunque limitado a veces por quienes dicen ser superabiertos, no pienso poner en duda en este post: que cada cual escriba como quiera y le vaya bien, que cada cual exponga sus opiniones sobre la importancia de la ortografía o no en su trabajo y vida personal y de ocio. Aquí simplemente he de decir que, con los años, el uso de unas normas generales con mis propias licencias para jugar y equivocarme con mi modo de escribir me ha hecho sentir muy rico en pensamiento y creación de ficción y realidad.

Para quien no lee más que información plana, sin profundidad, no va el consejo de final de párrafo, al menos directamente: espero que disfrute con lo que tiene e invierta en cosas que le hagan feliz el tiempo que le deja no profundizar. Para quien quiera sentir la libertad de poder entrever los límites de lo que puede o no construir su realidad humana y de pensamiento, mi consejo es que no menosprecie el hacer que se le entienda bien y el leer lo que realmente ponen las cosas sin pasar a común lo que no necesita traducción.

Una vez ahí, los solos podrán llevar acento o no, los estes serán demostrativos, orientes y personas y la vida será un poco más grande. O al menos más abierta en cuanto a no atrapar las palabras en lo que se espera que signifiquen.

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¿Y tú qué opinas? ¿Ves innecesario escribir correctamente si el otro “entiende”? ¿O tal vez lo que ves innecesario es escribir mal cuando de hacerlo bien siempre acabas interiorizando el cómo? Comenta, comparte ya que estás y dale like si te ha gustado. No cuesta dinero.

Amigos no leídos o el entretenimiento según WhatsApp

Creo que a nadie extrañará el comentario de que vivimos en una de las épocas doradas del entretenimiento.

La capacidad de personalización del contenido a consumir nunca ha tenido un nivel como el actual, habiéndose además multiplicado la cantidad de horas al día dedicadas a él tanto por la omnipresencia de la tecnología móvil conectada como por la democratización del contenido de corta duración (publicación de Instagram con respecto a la de Facebook, duración media de un capítulo de serie hace diez años con respecto a la actual…).

Un gran polémica surge de cómo esta presencia de constante entretenimiento ha afectado a la utilización de ciertos actos antaño más considerados como de relevancia, como podría ser considerado la respuesta a un wasap.

numerosos iconos de la app de Whatsapp, acumulados

Si bien en determinado momento, las conversaciones por WhatsApp u otra mensajería instantánea venían a ser poco menos que charlas en persona —con sus correspondientes límites de plazos de respuesta y los habituales desencuentros cuando estos se excedían—, la realidad actual es la dejadez de la rápida respuesta, sin que ello suponga mayor desencanto por parte de la otra persona en la práctica totalidad de los casos.

No hay que ser un genio para entender que el motivo más lógico para que algo tan mal visto en el pasado pase a ser ahora aceptado sea la no tan precoz transformación de la mensajería instantánea en un nuevo entretenimiento.

Los antecedentes de esta situación llevan mucho tiempo con nosotros, aunque algunas personas no los hayamos trabajado. Hablamos, por ejemplo, de la clásica estampa de dos adolescentes hablando durante largos periodos de tiempo por el teléfono fijo de casa, asociación que con el tiempo acabó derivando seguramente en el uso de medios como Skype o Messenger. Está claro que el motivo no era tanto la propia comunicación como el entretenimiento; sin embargo, nos encontramos una vez más con un entorno de otra era en él, de “consumos” de larga duración, sin posibilidad de una interrupción cómoda por el medio. Colgar y volver a llamar, o salir de una videollamada y volver a realizarla es incómodo en mayor o menor medida. La actualidad nos lo hace más fácil.

Si bien en un primer momento, WhatsApp ya nos ofrecía la posibilidad de la distracción intermedia, seguíamos teniendo como una especie de necesidad de atención de cierta constancia, seguramente derivada del medio clásico o la imposibilidad de consumir un entretenimiento sólido entre los periodos de respuesta. La innovación en entretenimiento nos puso en la situación de que perfectamente podíamos practicar modelos enteros de entretenimiento efímero entre dos WhatsApp, como ver y dar like a 5 o 10 publicaciones de Instagram en segundos o leer otros tantos tuits. El modelo llegó ahora a la estabilización al pasar a ser mutua la situación en la conversación: mientras la otra persona no contesta, puedes consumir entretenimiento efímero, y ella va a hacer lo mismo mientras eres tú quien no responde.

Las excepciones las encontramos, como consideraréis obvio, en las conversaciones de necesidad de respuesta rápida, así como en esa gente que no utiliza el entretenimiento entre respuestas. Un ejemplo de lo primero podría ser el haber quedado con alguien en determinado lugar y que, estando hablando con ella, deje de contestar sin explicar una posible tardanza. Uno de lo segundo, y que yo uso mucho, es el de ese mensaje de tu madre cuando sabes que ella no lo utiliza contigo por entretenimiento, sino porque necesita algo.

Sin embargo, fuera de estas excepciones, es muy interesante ver cómo realmente —al menos por comportamiento— hemos aceptado la evidencia de que, en realidad, las conversaciones sin un gran componente personal que tenemos con gente que apreciamos —las de pasar “por pasar el rato”— son, precisamente, puro entretenimiento.

Apps con notificaciones de contenido sin leer, como Facebook o WhatsApp

Por alguna extraña razón, en algún momento creímos que era malo considerar las charlas con otra gente como tal, ya que veíamos en ellas una especie de pureza humana relacionada con el vínculo que le daba una importancia superior. La realidad actual, si nos dejamos de hipocresías, habla de que las conversaciones habituales con la gente por Whatsapp y herramientas de este tipo son contenido de producción instantánea que consumimos. La realidad de no darle mayor importancia a la presencia de conversaciones sin abrir es una auténtica demostración de esto.

Cabe abrir debate de si la negación a este tipo de verdades tuvo su eco o problemas en el pasado, o si las tendrá en el futuro. Por ejemplo, ¿las antes mencionadas conversaciones por teléfono de largas horas entre adolescentes acabaron por desvirtuar la diferencia entre entretenimiento y relaciones personales? ¿Puede ser que la falta de conciencia de esta diferenciación haga que alguna gente no diferencie lo que es entretenimiento en una relación de amistad y lo que realmente es importante para la otra persona?

El tiempo y la ciencia seguramente nos resuelvan estas dudas. Por lo pronto, mi recomendación es no tomarse a mal que la gente pase de contestar cosas sin mayor importancia, así como no pasar de alguien sin motivos cuando se note que para la otra sí lo es. Las personas tenemos nuestra parte de entretenimiento y nuestra parte de corazoncito.