Las expectativas en las historias o un porqué (sin spoilers) del cabreo con el final de Juego de tronos

Que no se preocupe quien no haya visto o acabado la serie: no va a haber el más mínimo spoiler más allá de que haya mucho indignado. Lo cual no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta los antecedentes de grandes series de culto.

¿A qué se debe el enfado en redes? La miniencuesta en mi deshojado Twitter considera los 3 factores que yo encuentro como más frecuentes para este tipo de enfados, a los que sumo un “Para no perder la costumbre” más cínico que otra cosa.

– Malos finales.

– Que la gente se cabree porque cabrearse parezca ser siempre una buena opción.

– El no cumplimiento de expectativas.

Los resultados (pese a la baja participación, dentro de los esperados) apoyan hasta el momento que el cabreo se debe a unas expectativas de final que no se cumplen o, como bien apunta mi colega Amarga para quien no lo vea dentro de esto, a que no acabe como la persona esperaba (55%).

Analicemos pues cómo la expectativa afecta a una obra de ficción y cómo se originan.

Las expectativas generadas

Al consumir una obra, en el lector o espectador se genera, de forma voluntaria o no, una especie de predicción de acontecimientos o sensaciones sobre lo que va a pasar.

Cualquier artista de ficción argumental debe tener muy clara la importancia de la generación de expectativas en su obra. El trabajarlas y valorar su eficacia antes de lanzarlas es parte clave del éxito posterior. De ahí que, en los buenos trabajos, la mayor parte de expectativas sean creadas por el consumidor, pero generadas por la propia narración.

Por ejemplo, si antes de que el personaje doble una esquina ciega ponemos una melodía de tensión, al espectador le surge la expectativa de que algo va a aparecer al doblarla. Evidentemente, es la mente del espectador quien la crea, pero la expectativa está muy buscada.

La expectativa trabajada en guion y relato tiene dos funciones principales: enganchar y satisfacer.

La primera función se basa en atrapar al lector o espectador. Mecanismos como los cabos sueltos o los elementos o personajes sin sentido claro a primera parte de obra tienden a que nos hagamos preguntas sobre qué hacen ahí. Preguntas que, de ser las dudas de buena calidad, nos harán querer seguir en el relato para descubrir qué hay detrás.

La segunda función es la satisfacción por la resolución de estas. Este es el punto más complicado y el que suele ocasionar reacciones como las que vemos en finales históricamente odiados.

Explicar por qué es tan difícil es, paradójicamente, tan fácil de explicar como exponer dos realidades contradictorias del mundo de la ficción:

– Que las expectativas del lector o espectador se cumplan le da satisfacción.

– Lo previsible genera desencanto y sensación de argumento poco profundo.

Existe la creencia de que una trama de calidad suele tener giros imprevisibles para el consumidor del contenido. Sin embargo, que no ocurra lo que el consumidor en el fondo de su corazoncito espera que suceda le sienta muy mal. Más si cabe en producciones tan largas como la propia GOT.

¿Cómo se acomete entonces esto en producciones muy largas?

Veamos tres de las estrategias más comunes de resolución de expectativas: el inesperado desenlace predicho, el final inesperado y el desenlace obvio.

Una tendencia muy común es la de que al principio tengamos claro el desenlace, pero el asunto se enrevese tanto que al final, cuando se cumple nuestra primera idea, nos parece hasta sorprendente.

Esta estrategia hace que, al menos, una expectativa interna se cumpla. Esto hace que no nos resulte incoherente, pero a la vez da sensación de inesperado.

¿Inteligente? Parece que sí. ¿Funciona? De vez en cuando. Y es que, cuando se ha usado esta estrategia típica de grandes historias románticas o comedias que a muchos se le vendrán a la cabeza, el rechazo en redes tampoco ha faltado a la cita.

La segunda opción clara es el final para nadie esperado. Obviamente, como digo siempre, la historia siempre tiene que entrar dentro de la coherencia argumental y el realismo interno de la historia, pero los finales inesperados suelen ser un recurso habitual, por alimentar esa parte del espectador que quiere ver algo que no espera.

El problema gordo de esta estrategia se encuentra, precisamente, en el caso de producciones muy largas. Cuanto más corta es la historia, más tolerancia hay al final inesperado. En el caso de historias de amplia duración, este tipo de desenlaces también tienden al desprecio mediático. Esto se debe a que el trabajo de generación de expectativas, las charlas durante las temporadas, las tertulias, los comentarios, todo ese universo social que se genera en torno a la serie hace que el cumplimiento de la satisfacción por expectativa cumplida se vuelva más necesario e irracional. En las obras grandes, el espectador tiende a sentirse engañado, cuando en las pequeñas lo ve como un agudo y travieso juego con su mente.

La última opción es la más típica de todas: lo predecible. Cuando uno va a ver una obra ligera, en general, busca que todo acabe como se espera. Las expectativas se cumplen, la satisfacción fácil te cubre y la misión está cumplida, ya que no se esperaba más. De hecho, la gente se suele tomar bastante a mal que la cosa no sea así.

Su principal crítica es, obviamente, la falta de innovación y profundidad, así como que las tramas raramente buscan la complejidad del primero de estos tres modelos.

El espectador guionista

Tuiteaba esta semana Gómez-Jurado que GoT le ha hecho descubrir que, más allá del consabido entrenador de fútbol y político, cada espectador lleva dentro un guionista. Tengo la sensación de que es una hipérbole con respecto a Juego de Tronos y cuándo lo ha descubierto, porque —como autor— sabe de sobra y desde hace mucho que así es.

El que consume muchas horas de un tipo de espectáculo tiende a esta idea de creerse superdotado en la elección de recursos que los profesionales han tomado de forma diferente. En parte, ahí está la magia y el genio de un verdadero guionista o escritor de ficción: en el tener la capacidad de demostrar que se es capaz de ser mejor que esos intrusos a los que en realidad se debe. En la responsabilidad que se lleva encima en hacer algo grande y con lo que estar satisfecho.

Fuera de ello, el espectador siempre va a tener la última palabra, y siempre va a haber bocazas que te digan que algo no es tan bueno como se esperaba de ti. Más que nada porque opinar es gratis y vivimos en una época en que hay gente que solo vive para dañar.

El que a alguien no le guste el trabajo que para ti es bueno, por desgracia, es la única expectativa que siempre se cumple.

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Como soy muy antispoilers, no voy a invitar a poner ejemplos sobre obras cuyos desenlaces te hayan marcado por las expectativas. Sin embargo, no dudes en hacer lo que te salga de dentro en la cajita por ahí abajo, que nadie aquí muerde.

Gracias de nuevo por leerme y no dudes en compartir, dar like, seguir y demás familia. ¡Nos vemos en el próximo! 😀 😀 😀

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La ficción que abría la mente y los nuevos malos

Los motivos que llevan a una persona a ser más o menos abierta son fáciles de intuir y complicados de determinar.

Leyendo artículos y publicaciones sobre estudios del tema, suelo encontrar elementos que pueden influir. Más allá de los que serían poco menos que ir a lo fácil, como la educación y la genética, podemos encontrar indicios de que la empatía o el haber vivido experiencias muy distintas o con otras culturas serían factores de incidencia demostrable.

En otro orden de cosas (y de estudios, de hecho), a lo largo del tiempo he encontrado diferentes publicaciones en las que se alude a que, a la hora de consumir ficción, el cerebro integra la información consumida como vivencia, en especial si se produce la suspensión de incredulidad.

De ser ambas corrientes de estudio correctas, la conclusión silogística es fácilmente alcanzable: el consumo de ficción tiene influencia en la apertura mental.

¿Fin del post? Bueno, la conclusión es de por sí interesante. Sin embargo, quiero ir más allá ofreciendo algo nuevo que a alguien con mis intereses por la apertura mental y la escritura de ficción le parece muy interesante: ¿el nuevo cambio en los roles de protagonista y antagonista están afectando a que la ficción ya no abra la mente del mismo modo?

La ficción que abría

Supongo que a muy pocos de los lectores de este post sorprenderá que, a lo largo del tiempo, publicaciones científicas o de divulgación hayan encontrado evidencias sobre la relación entre ficción, empatía y apertura mental. Según algunos investigadores del cerebro, la lectura de ficción y la suspensión de incredulidad llevan a parte del cerebro a sentir que está experimentando la historia en sus propias carnes. Esto genera, según lo visto arriba:

  • Una mayor capacidad de apertura mental.
  • Una mayor empatía con el estereotipo de personas cercanas en características a ciertos personajes con los que compartimos historia.

Leía ayer una frase de don Miguel de Unamuno que decía «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Yo lo traduciría por «Cuanto menos se vive, más daño hace lo que se vive».

Si bien puede parecer exagerado, creo que a nadie escapa que cuanto más cerrado es el entorno de una persona en cuanto a experiencias nuevas y gente diferente más tiende hacia fenómenos clasistas y prejuiciosos como la discriminación por motivos de raza. Del mismo modo, son comunes las demostraciones de que discriminación y la generalización se da mucho más en personas con menor cultura y menor movimiento en diferentes ambientes (por mucho que a todos se nos vengan a la cabeza gente despreciable del espectro contrario).

Esto, ya llevado al mundillo de la ficción, me conduce al enlace con un elemento que antiguamente se trataba de otro modo en los consumos de entretenimiento argumental.

Protagonistas y antagonistas

Los cuentos infantiles y nuestros inicios en la ficción nos llevan a la habitual concepción generalizada de que el personaje protagonista y «el bueno» son sinónimos. Evidentemente, la propia mención de esto ya nos hace saltar la alarma de que no es así siempre: algunas grandes historias han sido protagonizadas por personas que tienen poco de buenas.

A partir de aquí, diferenciemos pues a los buenos de los protagonistas y quedémonos con la dualidad típica del estilo de participantes en la ficción: protagonista, como el personaje central del discurrir de la obra, y antagonista, como personaje con intereses contrapuestos a los del protagonista.

Por poner un ejemplo que sirva de puente, protagonistas serían Caperucita, Batman, Sherlock, Katniss, Oliver Atom, Harry Potter. Y como antagonistas, el lobo, el Joker, Moriarty, Snow, Marc Lenders o Voldemort.

El protagonista malvado

Obviamente, si tiramos de los ejemplos más obvios de protagonismo y antagonismo, nos encontramos con la antes mencionada coincidencia de buenos y malos respectivamente. Sin embargo, durante mucho tiempo las historias han sido llevadas adelante por protagonistas malvados.

El problema para los ejemplos suele estar en que los antagonistas buenos no suelen ser tan recordados por la potencia argumental que el prota malo asume.

Por ejemplo, cuando pensamos en El padrino no es fácil que se nos vengan de primeras los antagonistas. Casos similares serían los de El perfume, El lobo de Wall Street o tantas otras historias en las que la naturaleza malvada del protagonista eclipsa a cualquier tipo de antagonista. ¿Quién conoce el nombre de la familia de los 101 dálmatas? Cruella de Vil acapara el recuerdo y con toda lógica.

Una frase muy común en el mundo de la ficción es la de que una historia vale lo que su malo. Los protagonistas malvados son pura demostración de esta lógica.

Lo que nos dio el protagonista malvado

Enlazando pues lo visto, los protagonistas malvados, los antagonistas que nos narraban o aquellas narraciones que nos daban el punto de vista del malo nos invitaban a la empatía con la gente que pensaba diferente a nosotros. Lo fácil que resulta vernos reflejados en protagonistas hacia que, al menos, nos viésemos conducidos a entender cómo pensaban y que podían tener sus razones para ellos lógicas, aunque no las compartiésemos.

Las verdaderas buenas historias de protagonista malvado o fuera de norma nos surtieron durante mucho tiempo del hacernos pensar en la coherencia de lo que desde la teoría se hace impensable. El padrino nos hizo entender qué puede conducir a personas con valores a volverse un delincuente; Breaking bad, qué motiva y conduce a un padre de familia al mundo de las drogas; Shame, qué puede haber detrás de una adicción silenciada por el asco que supone a la sociedad.

Por supuesto, en ningún caso digo que las conductas dejaran de resultarnos condenables. Lo que sí encontramos fue la posibilidad de aprender a pensar en que hay personas tras los hechos. Lo cual, en la sociedad de la instantaneidad, el estereotipo y las personas que no son personas, sino perfiles, nos venía muy muy bien.

Pero justamente, cuando más falta hacía, lo estamos perdiendo.

El malo actual

Si algo ha aprendido la ficción en los últimos tiempos es a dar características distintivas a los personajes.

Si bien en historias con muchos podemos vernos obligados a tirar de los arquetipos para no embotar la cabeza del espectador, la tendencia actual parece ser meter mucha miga en personajes secundarios o incluso terciarios, como extrañas peculiares adicciones, sexualidades, marcas pasadas. Tendencia que, por otro lado, está contradiciendo otro de los grandes principios de la ficción: no aportar datos superfluos que entorpezcan y no aporten a la historia.

En el caso de los malos en lo comercial, el camino a seguir parece estarse torciendo.

Por un lado, se están lanzando constantes reinterpretaciones de las historias clásicas por el lado del antagonista malvado, las características que se les imprimen reducen lo antes exagerado en el otro lado y lo orientan hacia el perfil del protagonista clásico, mientras a los buenos convertidos en antagonistas se les exageran las virtudes hasta hacerlos odiosos, imprimiéndoles al mismo tiempo defectos antes no presentes.

Por otro, más grave a mi ver, el perfil del malvado de nueva creación se está exagerando de forma extrema. Si bien en casos específicos, como la Villanelle de Killing Eve, el acierto es pleno, en los productos comerciales como la netflíxica You, se perciben claramente que las exageraciones no van en línea con el perfil del personaje, sino que buscan directamente la generación del rechazo del espectador con recursos que encaucen al lector hacia la interacción en redes por encima de la coherencia o el ejercicio de poner sobre la mesa una personalidad perturbada.

Esto hace que nos sea muy complicado ponernos en su piel como lo hacíamos antes, generando daños a la suspensión de incredulidad y a la capacidad que las historias con protagonista malvado tenían para hacernos sentir algo en su mente. De esta gente rechazamos sentirnos parte, solo queremos asquearla, odiarla y comentarlo por ahí. Y eso es precisamente lo buscado.

Lamento la subjetividad del siguiente comentario, pero el nuevo perfil de protagonista malvado con el que nadie se identifica es una demostración de que a los espectadores nos tratan como borregos. Si hace años podíamos distinguir perfectamente lo oscuro del comportamiento de personas como los Corleone o el Patrick Bateman de American Psycho, ahora deberíamos ser de igual modo capaces de identificar en Villanelles, Cerseis o Joe Goldbergs a malos de nuestro tiempo sin tener que usar manual de instrucciones. Que caigan mejor o peor no nos priva de verlo, tal y como antes no lo hacía.

Conclusión: la apertura mental pierde un nuevo amigo

Recordando por utilidad la conclusión ya en el inicio de que la lectura y consumo de ficción aportaba directamente a la apertura mental y la empatía, la principal idea a extraer llegado este punto es que la reducción de consumo literario y la búsqueda de que los nuevos malos despierten unánime odio social en redes ataca directamente a las lógicas esperanzas que el exponencial consumo de ficción en las nuevas generaciones pudiese traducirse en una mayor apertura mental.

No voy a negar que creo que la apertura mental es mayor hoy que hace veinte años: no venimos del paraíso en ese aspecto ni mucho menos, así que no era tan difícil. Sin embargo, sí convendría plantearnos qué se está haciendo con la ficción. Si nos convienen más los planteamientos que hacen que no todos queramos ser del mismo equipo o realmente queremos seguir cayendo en ficciones de un único color que nos obliguen a sentir simpatía por los mismos y odiar a lo que es fácil odiar, cual autoritarismo de pensamiento.

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Como de costumbre, pregunto: ¿qué opinas de lo leído? ¿Te preocupa querer que al malo le salgan bien las cosas? ¿Ves a la ficción como una manera de intoxicar a la sociedad o de vacunarla? ¿Crees que la gente era más abierta antes? Comenta sin miedo, comparte, opina por ahí adelante, pero menciona también para que pueda verlo (@osgonso y esas cosas).

Elitontismo

Mientras pensaba en cómo hacer el post, descubrí que aquello a lo que me disponía a criticar no tenía un término demasiado claro.

«Minoría selecta o rectora», dice la RAE de la élite. Sí, está bien. Y, por ello, ni qué decir tiene que élites hay en todos los aspectos de la vida: ni mucho menos todas excluyen a todos, ni mucho menos puedes escapar de ellas. Claro que existen las élites intelectuales, artísticas y de la sociedad, pero también existe la élite de la telebasura o la élite del marujeo de barrio, igualmente selectas y rectoras. Por existir, hasta yo podría considerar a mis amigos cercanos una élite: son un grupo selecto de personas con algo difícil de encontrar. Quizás sea que no sean elitistas.

Sí, diría que la crítica de este post podría ser precisamente a eso: no a la existencia de élites, sino a los elitismos tontos que a veces algunos se marcan.

Elitontismo: principios y comportamientos

De nuevo según la Real Academia Española, el elitismo sería la «Actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común». Ahora sí que no entiendo nada: si eso es el elitismo (yo le llamo divergencia), entonces es imperativo que —por su abundancia en nuestra sociedad— acuñemos un nuevo término para engoblar lo que yo veo. Pongamos… elitontismo.

Definiremos elitontismo como los comportamientos traducibles a la mirada por encima del hombro típica de los elitistas de m***** que se creen mejor que los demás por su pertenencia a tal élite.

El elitontismo suele acarrear comportamientos tales como:

Monologuismo. No confundir con el mongolismo. El elitonto tiende a hablar sin parar sobre sí mismo y sus intereses, en un constante speech sobre sus fantásticos atributos, prácticas y vida elitonta.

Falta de empatía y condescendencia. El elitista no empatiza: cómo va a hacerlo, si no escucha. Cuando lo hace, porque necesita recuperar saliva, recurre a la escucha activa-condescendiente: aquella en la que asiente con lástima, con independencia de lo bien que tú creas que te va.

Ambición apisonadora de crecer en su propio grupo. En las élites también hay élites, de ahí que en sus interacciones tiendan a una constante búsqueda de puntos débiles en los de menor nivel en la escala social para dejarlos quedar mal y con ello, pisar cabezas para subir puestos.

Rango de miradas de superioridad. Para poder pertenecer al elitontismo, hay que dominar al menos tres tipos de miradas básicas: la de «te estoy haciendo un favor solo con hablarte», la de «qué pena me da esta pobre gente inferior» y la de «qué bien sé fingir que valoro tu presencia». Hay a quien con dos le llega, pero bueno: esos son la élite de los elitontos.

La élite de verdad

Creo que todos nos hemos encontrado a lo largo de la vida con el mismo comentario, no sé si os sonará. Hay a quien se lo dijo un abuelo cuando tenía 10 años en el parque. Hay quien lo escuchó tres platos más allá en el bautizo de una prima segunda. Cuentan que unos pocos llegaron a vivirlo en sus propias carnes. En mi caso particular, uno de los dos o tres que recuerdo decía algo de este estilo:

«Tenía dinero como para no volver a trabajar en su vida, sin embargo, nunca le verías presumir de nada. Si tenía que remangarse, sin problema. Y no había un solo día en que no te dijese, como mínimo, “Buenos días”, aunque estuvieses perdido de viruta. Esa persona sí que era un rico de verdad

Yo más bien diría «esa persona sí que era de la élite de verdad».

¿Y lo es por el dinero? No.

¿Lo es por la educación? No, aunque podría.

¿Lo es por la humildad que se le supone, pese a que se gastase lo que le diese la gana? Tampoco, diría yo.

Esta persona (o cualquier otra de muy distinto ámbito) es para mí élite de verdad porque demuestra una unicidad, una excelencia, una (si lo quiere la RAE) «actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común», que poco o nada tiene que ver con el elitontismo que a día de hoy tiene de especial y diferente lo que un garbanzo en un cocido madrileño.

Consejos de alguien sin clase

Yo no tengo clase, ni más élite que esa actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común, pero si me permitís trasmitir el seguro escozor que alguno querrá ver en las siguientes líneas, dejadme lanzar un par o dos de consejos al aire, aun sabiendo que ninguno abrirá cabezas duras como cáscara de cigala:

– Aquellos que os creéis mejores que otros por tener más, sabed que lo importante es sentir más.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por el dinero (seguramente de mamá y papá), sabed que el dinero da la oportunidad, pero la oportunidad —igual que ellos— no dura siempre.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por haber visto más, por haber leído, por haber consumido más, sabed que lo importante no es lo visto, leído o consumido, sino lo cambiado y crecido a partir de ello.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por conseguir más corazones, sabed que los de verdad laten fuera de la pantalla.

Para los demás, mi consejo es que no aceptéis menosprecios que no sea alas para volar más alto. Que no os quedéis con alas si lo que queréis son aletas. Que nadéis contracorriente si río arriba está vuestra sonrisa. Que recordéis que las de ellos en las pantallas ocultan imperfecciones que les tuercen el rostro ante sus grandes espejos. Que el espejo en el que debéis miraros debe admiraros, y no haceros temblar de envidia. Que la envidia no es lo mismo que la ambición, y que la ambición no implica pisar a otros, sino pisar fuerte, con voz propia, donde otros callan que se resbalan. Y, por último, que a veces es mejor callar. Pero no para que os amordacen, sino para escuchar a quienes escuchan.

Hablando, solo se refuerza lo que ya eres. Escuchando, se crece.

Porque si en mundo de ciegos el tuerto es el rey, en mundo sin oídos, quien escucha es la élite.

Tras la máscara de la bibliografía (La muerte del conocimiento personal no certificado III)

Quiero llegar al capítulo final, a La mordaza a lo divergente. De hecho, con esos “tres palitos” después de “certificado” iba a poner fin a la saga de post sobre cómo se está limitando la opinión no reflejada en una pantalla. Sin embargo, parece que —con este— dos escalones más han de llegar para poder dar un final útil, digerible y conciso.

Cuatro grandes fantasmas se ciernen sobre que se acepte la opinión de alguien. El primero es la facilidad de uso del buscador. El segundo, los medios de comunicación; todo un estandarte en lo de que la gente crea ciegamente lo que organizaciones con determinados intereses propios dicen y que ni tocaré por creer que el tema ha sido bastante tratado en otros posts y vida en general como para que todos sepamos de sobra que la objetividad no vive bien en las redacciones de televisión, prensa o radio. El interesante cuarto y futuro “palito uve”, los líderes y poderes de opinión. Hoy le llega el turno al conocimiento académico.

El saber de quien trabaja el saber

Tras milenios de titularidad por parte de los ancianos o las grandes bibliotecas, ¿a quiénes se le ha dado la etiqueta de guardianes del conocimiento y la sabiduría en los dos últimos siglos? Principalmente, a las universidades.

Si bien con la crisis económica ha perdido algo de idolatría con respecto a que “es lo que cualquiera que quiera éxito vital tiene que hacer”, se trata de un modelo que reúne (o reunía) el conocimiento mediante la acumulación de expertos de varias temáticas que forman (o formaban) a otros para que algunos lleguen (o llegasen) también a ser expertos.

Sin embargo, y aunque lo tomamos como algo de lo más normal, es bastante preocupante que muchísimos alumnos no tienen la sensación de salir bien formados de su etapa universitaria. De hecho, tantos o más tienen la sensación de no haber sido formados por expertos una vez esta se acaba.

Ya de por sí esto es bastante preocupante. Sin embargo, hay otras realidades más relacionadas con nuestro tema dentro. Como la producción de supuesto conocimiento.

TFM: trabajos sin fin de mejorar

Si bien antiguamente los estudios universitarios eran catedraciales ¿que no existe? ¿Catedráticos? Pero eso es el que habla, no el adjetivo. ¿Catedralicios? ¡Eso es relativo a las catedrales, no a la cátedra! ¡FUNDEU AYÚDAMEEEE!, el principal cambio en las últimas décadas se llevó ampliando las horas de práctica, la interacción con el profesor y la frecuencia de los trabajos. Los más carismáticos de estos últimos son, sin duda, los de fin de proyecto (grado, máster, etcétera): trabajos de enormes dimensiones que, a priori, deberían ser el reflejo de lo aprendido con los años. Ja.

La realidad es que, habitualmente, los trabajos de fin de proyecto son documentos de aparente investigación sobre un tema o situación específicos que, como es obvio:

– No tocan ni un cuarto de las temáticas recibidas como asignaturas.

– No buscan explotar en absoluto las virtudes adquiridas por el alumno, en base a coartar el trabajo introduciéndolo bajo unos moldes cuanto más estrechos mejor.

Moldes capitaneados por uno de los grandes términos de lo académico en la actualidad.

La bibliografía: sendero de confort

Si hay un principio claro que cualquier estudiante debe seguir de cara a un trabajo final de proyecto es que es un perfecto ignorante (como yo, cuña publicitaria sea).

El documento va a aportar solo dos pruebas de que quien hay detrás no es un robot durante decenas de páginas: la elección e interrelación de los contenidos y una hojita de conclusiones. El resto, son solo repeticiones de lo que otra gente ha dicho o descubierto, siendo en verdad el trabajo una especie de alabanza a lo que otros han escrito.

Además, el alumnado suele contar con un tutor normalmente especialista que se encarga de que no se salga del camino hacia el descubrimiento: que le indica a que se centre en lo específico elegido y, sobre todo, a que utilice muchas referencias —pudiendo ser de publicaciones académicas y no de webs—, que ofrezcan largas páginas de bibliografía al final del documento.

La demostración del conocimiento del alumno, su aportación a la perpetuación de lo académico, será pues una página de conclusiones que no solo no tienen por qué ser originales o útiles para ser valoradas, sino que de hecho tendrán en la originalidad un cierto riesgo. Página que, por supuesto, desaparecerá en el olvido en más del 90 por ciento de los casos apenas tiempo después, no siendo utilizada nunca en la práctica totalidad de ocasiones y sorprendiéndome a mí que el alumno llegase a enterarse en el caso de que alguien lo haga.

Pero entonces… ¿quién gana con este tipo de trabajos? ¡Pues quién va a ganar!

El elitismo académico

Disculpad que no tenga datos —aunque a final de post tampoco creo que os extrañe que no los tenga—, pero me atrevo a asegurar que de coger una bibliografía cualquiera de un trabajo de fin de proyecto, más del cincuenta por ciento de publicaciones referenciadas en la bibliografía pertenecerían a miembros del propio gremio universitario. De hecho, me atrevería a decir que ni un cinco por ciento pertenecería a publicaciones universitarias por debajo de la revista especializada o la tesis doctoral.

¿Tiene sentido útil? Sin duda: se presume que quienes hacen esos tipos de publicaciones son los verdaderos expertos y merecen atención. Pero si algo está claro es que los trabajos a nivel fin de proyecto nunca van a tirar con éxito por senderos fuera de lo ya tratado por el gremio.

—¿Y qué problema tiene esto? ¡Se supone que es lo más fundamentado, lo que más útil hace un trabajo.

—Ya, pero resulta que arriba hemos visto que los trabajos de fin de proyecto de los alumnos de a pie, en general, no se aprovechan. ¿Por qué entonces no les permitimos abrir áreas? ¿Por qué no les dejamos recopilar información sobre temas no ampliamente tratados por la comunidad universitaria y les dejamos avanzar por las consideraciones medias que encuentren para alcanzar conclusiones que van a ser igualmente poco utilizadas y de tan aparentemente poca validez práctica como las que se consiguen normalmente?

—Porque estaríamos formando seudoexpertos en temas en los que no hay apenas expertos.

—¿Y por qué no son expertos de verdad?

—Porque no tendrían rigor, no, valor académico, ya que no son académicos: son alumnos, aprendices de una materia. La opinión que tiene valor es la de quienes sí son académicos, quienes se forman con una tesis, los doctores, los profesores.

—Pero… ¿y qué hay de los expertos que dan clase? ¿Y los doctores honoris causa y estas cosas? No han hecho una tesis, ¿cómo están ahí?

Está claro que al defensor no le gusta que estén ahí, pero hay que decir lo que hay que decir:

—Bueno, porque han aportado cosas nuevas y relevantes. Porque su experiencia es importante en el sector. Porque han dado innovaciones. Porque han sido referentes.

—Ah, pero resulta que a quienes buscan hacer cosas nuevas les estás diciendo que el tema no está trabajado y no pueden meterse por ahí. A quienes quieren innovar en las temáticas, que no hay suficiente material académico. A quienes están verdaderamente interesados en crecer más en lo universitario les estás obligando a cernirse a las temáticas de tesis que gente con más poder ha fijado. ¿Y qué proyectos ha fijado la gente con poder? ¿Ha fijado proyectos suficientes como para satisfacer las curiosidades de cada uno de los alumnos interesados en crecer? ¿Ha fijado proyectos específicos del conocimiento particular que quiere el alumno explotar? No: ha fijado unos muy pocos proyectos superespecíficos sobre un tema no tratado y de relevancia no mayor a la que esos alumnos quisiesen tratar o proyectos que buscan satisfacer un interés común de muchos.

¿Y a qué nos lleva esto?

En primer lugar, a la realidad de que al ámbito académico le incomoda la generación de conocimiento no nacida del propio seno universitario o formativo, bien sea por el desprestigio que parece suponerles que gente que no se va a dedicar a ello aporte, bien porque el tratar en trabajos como los de fin de proyecto temas que ellos han tratado les infla más la popularidad de su trabajo y su aceptación dentro del propio ámbito universitario.

Y en segundo y más relevante para nuestra temática de la opinión silenciada, a que el pensamiento divergente —una opinión distinta formada a lo largo de los años a partir de la experiencia y la investigación y crecimiento individuales y privados que puede tener una persona— va a ser en muchos casos muy difícil de justificar con una bibliografía o un artículo académico. Ya no digamos en comparación con lo que puede costar encontrar uno sobre sus partes no relacionadas y de posible diferente comportamiento en solitario.

“Valideces”

Obviamente, lo académico va a tener toda la validez que se le quiera dar con merecimiento por todas las horas de trabajo que lleva consigo y, sin duda y en cuanto a opinión se refiere, el área científica tiene un seguro de vida que, entre tanta crítica, me gustaría ensalzar: habrá quien no tenga principios, pero creo que una enorme parte del conocimiento científico y experimental consigue unos grados de adecuación a la realidad altísimos e intachables que no merecen ser puestos en duda por opinadores ajenos como yo.

Por otro lado, difícilmente las publicaciones en cierto tipo de temas del ámbito social y humanístico, comportamiento humano y demás tendrán una precisión tan sólida en temas tan específicos como puedan ser los que en una conversación profunda llegan a aparecer, ya que los casos en los que se llega a tener un grado de divergencia entre dos personas tan grande son tan específicos (entorno, cultura, situación particular…) que lo más probable es que nunca se haya hecho un estudio con una precisión tan ajustada a ellos, siendo testados los relacionados —en muchos casos— en condiciones distintas a las que nos referimos en ese momento, más si cabe con el precoz avance de la sociedad y la incapacidad de realizar estudios sin demasiado sesgo cada tan cortos plazos por razones de falta de medios, presupuesto e interés.

Así pues (e insisto, fuera de lo científicamente demostrado), habría que pensar si compensa negarse a escuchar a alguien que piensa algo superespecífico que domina más que nosotros solo porque tenemos la posibilidad del “Lo ha dicho tal experto” o “tal estudio de la Universidad de Masaalcuadrado”.

La persona enfrente puede equivocarse, lo que dice puede no ser la verdad en una utopía de perfecta sabiduría y verdades absolutas en cuanto a opinión. Pero si estamos compartiendo tiempo y conversación con él, tiene todo el derecho a que su opinión tenga la validez de la nuestra sin tener que tirar de un universitario estudio social en condiciones distintas a las que estamos tratando. Si tanta importancia por encima de su opinión le damos, comprobémoslo en casa. No será por tiempo a solas con nuestros smartphones.

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Supongo que ya sabes lo que voy a decir: si te ha gustado, emegea, sigue, comparte y esas cosas. No tengo valor académico como para aparecer en un TFM, pero algo de qué hablar fijo que consigo.

Críticas poco fiables I: Osito, mi adorado osito

La literatura de calidad vive momentos de incertidumbre. Si bien los lectores más avezados tienen mayor acceso a la información que nunca, la cantidad de nueva producción, la crisis de lectores en las nuevas generaciones y los curiosos gustos por obras de supuesta profundidad sin demasiado sentido han conducido a un periodo en que la lucha entre las opiniones del público general, las de quienes se la dan de cultos y las de los que de verdad entienden acaba por desorientar al común de los mortales.
Así pues, lanzo esta sección para, cada cierto tiempo, analizar irónicamente una obra artística de escrita (novela, relato corto, letra de canción, guion) que, por diferentes razones, alcanza la fama con dudoso entendimiento.
Como homenaje a los buenos ratos que me ha dado, la obra inaugural a analizar será el elegíaco poema Osito mi adorado osito.

¿Por qué Osito mi adorado Osito?

Osito mi adorado Osito fue una reputada participante en el IV concurso de Sttorybox tras poner al público detrás dedicando el poema a su supuesta mascota muerta el día de la publicación.
La obra, en cuatro partes de variadas estructuras y temáticas plagadas de despampanantes faltas de ortografía y expresión, guarda una serie de características que tan pronto pasan de la cháchara intrascendente a una sentida e improcedente lírica ajena a la panegírica temática de la despedida de un perro.
El poema triunfó de forma despampanante en este concurso de voto público, llegando a estar durante la práctica totalidad del certamen en el puesto número 2 de entre 1400 relatos, aupada por los votos de los propios participantes de la red social gracias a un spam potentísimo y la pena por el pobre perro.
Pero, dado que de ser un relato del montón no llamaría tanto la atención dos años después, pasemos a analizar algunos de los elementos internos que convirtieron a la obra de SexyLover122 en una de las mayores aberraciones vistas en un certamen de estas características sin la presencia de Forocoches por detrás.

sexylover 122

Avatar de su afamado autor

Las catástrofes del texto

Está claro que la falta de calidad de escrita es de las características más reconocibles del texto. Un ejemplo:

¿ Te acordás , sagrado amiguito ?,

aquéllos preciosos días…

cuando jugabas a la pelota, ¿la ” dominabas ” y la

mordías?.

¿ Recuerdas cómo llorabas , si de la bicicleta caía ?…

y yo te abrazaba y acariciaba.

Ese eterno amor, que no moriría.

! Estalla, corazón !. 

Extracto de Osito mi adorado Osito, por SexyLover122

Su uso de espacios, acentos y signos de puntuación dan espectáculo a un texto capaz de derretir las córneas de alguien escrupuloso con este tipo de temas. Que se fastidien. Es fácil ver contenidos en los que falta acentuación; Osito toma distancia de las masas, acentuando, espaciando y puntuando más de lo necesario.
Su gusto por la exuberancia en los saltos de línea sigue las actuales tendencias de verso libre y frases lo más cortas posibles, que faciliten el entendimiento frente a las ofensivas oraciones con más de tres sintagmas. Observen cómo se recrea haciendo de un verso, entre dos y cuatro:

Eras tan, pero tan chiquito,

que dormías dentro de los

zapatos de

papá.

A quien,le hiciste

“pelota”,

si la mente no me

falla, al menos,

media docena.

Osito, el perro eterno

Osito no solo “hacía «pelota»” en los zapatos de uno de sus dueños: estamos ante un personaje profundo, complejo, capaz no solo de inspirar al protagonista narrador a sentimientos al borde de la incoherencia, sino de dar lecciones de bondad y maldad:

! Eras una bola de pelos encantadora !.

¿ Recordás adorado amiguito, cuando

le diste una probadita, a un centenar

de gatitos, para darles luego, sagrada

sepultura ?.

Porque, no sé, quizás sentiste, un

sentimiento parecido, a este

dolor humano.

Porque, a pesar de ser un perrito,

debes de tener vivo, el

espíritu

de un

ángel.

O tal vez, en otra vida,

fuiste un digno

sepulturero.

Seguramente estemos ante uno de los momentos más intensos de la elegía. El encantador animal le dio “una probadita” a un centenar de gatos para posteriormente tal vez sentir dolor humano y enterrarlos, con el espíritu de un ángel. ¿O tal vez no?:

! Eras fatal, negrito !

! Fuiste más dañino, que

la Peste Negra en

Europa ! …

! pero aún así, te queríamos ! .

El narrador

¿Estamos ante un caso del popular narrador poco fiable? Si bien Osito era un animal extraordinario, está claro que las características de su dueño tienen mucho que ver en la fascinación que en él despertaba.
A lo largo de los versos, Osito mi adorado Osito nos conduce por todo un laberinto de sensaciones en el otro gran protagonista. Sensaciones que alcanzan momentos al borde de lo extremo.
Vayan sacando sus pañuelos:

Y te encontré, chapoteando en una lágrima

de luna.

Y hasta te vi en la fantasía de algún poema

de

Neruda.

Rodé a las páginas de un sueño,

donde dos almas eran una.

Y el infinito era el incienso,

del tierno beso de la

bruma.

Y las galácticas estelas de nuestro amor,

se hacían

espuma.

Y el resplandor del universo,

era la magia de la luna.

Rocé el hechizo de las musas,

extasiadas y desnudas.

Me ajusticiaba la nostalgia,

y me acribillaron, ya, las

dudas.

Exhalé fotografías, de pinares y de

ríos.

Y respiré de la dulzura,

de tus ojos, en los míos.

Inauguré una ceremonia, de canallas

y de bueyes.

Y le prendí fuego a los dioses,

el alarido de los reyes.

Fumé el cigarro de la vida,

y la nicotina fue mi abrigo.

Y vomité soles ardientes,

hasta quedarme sin

amigos.

Esparcí un llanto de amargura,

por las estrellas y los ríos.

Y besé en la boca a la locura,

porque no estabas ya conmigo.

wtf gif
El nivel de metáfora es tal que uno ya duda de los verdaderos sentimientos de este protagonista.
¿Es el cánido Osito en realidad humano? ¿Un humano que hace pelota en los zapatos de papá? ¿Se encuentra el protagonista sumido en el dolor de la pérdida hasta el punto de ver alterada su percepción? Porque recordemos que, según su autor, el relato es un homenaje a su perro muerto ese mismo día. ¿Ha perdido a todos sus amigos en un día solo por poner el relato? ¿Sería de extrañar?

Ovejero, mi ovejerito,

quisiera volver a ser niño.

Para colmarte de mil abrazos,

y pagarte todo con mi cariño.

Ovejero, mi ovejerito.

Los extraños momentos de lucidez

No quiero decir que en algún momento no haya lucidez en tan aplaudida muestra de literatura (recordemos que tiene 443 MG en una red social en la que pasar de 50 es un éxito). Lo que está claro es que, por momentos, algo cambia.
Sin querer vulnerar en caso alguno el estratosférico nivel de creatividad métrica que demuestra el autor en el original de este pasaje, me he permitido adaptarlo a un estilo de verso más mundano, tras haberlo extraído del capítulo de desenlace. El resultado llama la atención:

Ya las luciérnagas preludian tu partida.

La despedida de aquel hechizo entre los dos.

No sembraré mis esperanzas en el lodo.

Ya nunca más florecerá la luz del sol.

Ya nunca más caminaremos codo a codo.

Seré una lágrima que el tiempo se llevó.

 

No habrá un incendio en las cascadas de mi alma,

ni resplandores, de agua salina y aguarrás.

Ya no habrá amores que den luz a los colores.

Ni sinsabores, ni palomas de la paz.

No habrá ya vértices que besen otros labios,

ni el erotismo de un perfume de mujer.

No habrá ya hombres que por amor se vuelvan locos.

Solo cadáveres teñidos de un ayer.

(…)

Nunca jamás, veré llorar de amor las flores,

Ni, nunca más, mi corazón ha de latir.

No escribiré ya tus memorias en las nubes,

ni besaré aquella enigmática mujer.

No existirán sillas de ruedas hechas de flores.

Como tampoco, veré a mis hijos florecer.

No correremos, ¡ya no más!, por esas playas

que fueron cielo de un precioso atardecer.

No esconderé bajo mi almohada los fantasmas,

ni te amaré como ese día yo te amé.

Jamás me embriagaré del suspirar de las gaviotas,

jamás mis ángeles desangrarán tus copas rotas,

ni las tinieblas, se esfumarán en el Edén.

Vomitaré las putas llamas del infierno.

Cosmogonías del futuro del ayer.

Se eclipsarán, de desazón todos los soles.

La tibia lluvia, ácido beso,

de una mujer.

Sí. Increíblemente, el extracto pertenece a Osito mi adorado Osito, la historia de un perro muerto.
Fuera de los abundantes lugares comunes, parece patente que el nivel de escritura es bien distinto. También el tono. También todo. Todavía sorprendido, dos años más tarde, he escogido alguno de los extractos para comprobar un posible plagio. Ni rastro de él.
Más pruebas que dejan ver por qué Osito mi adorado Osito es digno de estudio.

Conclusiones si fuese imbécil

tus tetas sexylover

Por desgracia para la literatura, los posteriores trabajos de SexyLover no lograron alcanzar la popularidad pese a que su calidad raya la de Osito

En mi opinión, Osito… es lo más cercano a una obra maestra de la literatura actual que vamos a encontrar. Cualquier experto en el tema que se precie debería llevar una estampita del modelo italiano en la cartera. Christopher Nolan y Manuel Bartual deberían hacer a Osito protagonista de su próxima aventura. La profundidad que alcanzan las páginas del gran panegírico de la última década tendrían que provocar que las principales editoriales nacionales e internativas se peleasen por sus derechos durante por lo menos tres años, acabando por lanzar tiradas de ciento veinticinco mil ejemplares más una hamburguesa, que se habrían de servir en cada ayuntamiento cada comienzo de mes.
Me despido con los versos del gran poeta de nuestro siglo, en el cierre de su maravillosa obra cumbre:

! Ay !, mística daga,

de hoja gris y recortada.

! Ya deja !.

! Deja mi sangre correr !…

 

Por qué el amor es útil para una buena ficción

El otro día recibía el mensaje de una colega con un excelente gusto literario agradeciéndome la recomendación de La verdad sobre el caso Harry Quebert:

terminado harry quebert

Lo cierto es que la novela de Jöel Dicker es un librazo por muchas razones. Entre ellas:

terminado harry quebert 3

Conociendo su nivel como lectora, me llamó bastante la atención el que no estuviese acostumbrada a la combinación entre estos géneros. Bueno, y también porque…

terminado harry quebert 4

Ficción y realismo interno: un matrimonio forzoso

Hace nada me puse a ver Juego de Tronos. Gran serie, sin duda: me la acabé en un mes. Sin embargo, había algo, positivo o no, que me pasaba con una frecuencia pasmosa: veía lo que iba a pasar a continuación.

you know nothing edward

Al contrario que muchas personas queridas, yo soy de las que se tapan los ojos ante el autospoiler: me gusta disfrutar las historias desde dentro, meterme, que me ciegue la suspensión de incredulidad. Sin embargo, con GOT me era imposible hacerlo, porque (al contrario que lo que la opinión general presume, diciendo que acaba con personajes a lo loco) la serie, salvo escasas excepciones, tiene una gran coherencia argumental.

La coherencia tiene que ver con eso que explicamos en Realismos y fantasías: el realismo interno. Para salvarse de la quema del espectador o lector, cualquier historia tiene que respetar una serie de valores que el universo de la propia propone. Si en medio de El Retorno del Rey apareciese Darth Vader, la gente quemaría el libro o tiraría Coca-Colas a la pantalla por insultarles. Si queremos colar un elemento de fantasía en una historia realista, más vale que haya cosas que nos puedan hacer entenderlo o el ataque va a ser claro.

Una de las tendencias más queridas de la actualidad es que esa coherencia se extienda también a lo argumental. Cuando esto ocurre, la gente suele quedarse satisfecha por un par de razones principales: hace sentir listo y hace sentir satisfecho, guste o no (“Es como tiene que ser”).

El principal problema nace, por supuesto, en uno de los grandes principios de la ficción: el ofrecer algo que no existe, nueva realidad.

Leía hace poco que consumir ficción mejora los parámetros de empatía (“mentalización”, decía). Si siempre nos movemos mediante las cosas que sabemos, nuestra mente se va cerrando, mientras que si nos ponemos ante realidades que no conocemos o nos sorprenden, aprendemos y crecemos.

leer imaginar

¿Por qué el amor es útil para una buena ficción?

Pues que es el perfecto enlace entre la coherencia y lo impredecible.

El amor es un sentimiento universal, y rara es la persona que no conozca los macabros efectos que puede tener en el correcto raciocinio. De ahí que —utilizándolo con inteligencia— sea una herramienta fabulosa para generar ‘vértigo’ en el argumento sin que el realismo interno falle.

Manuel Bartual y el reciclaje del relato corto

La rama creativa de Twitter vive unas de sus semanas más intensas del año con la aparición de un extraordinario fenómeno de público: la inquietante historia de las vacaciones del ilustrador Manuel Bartual. Si bien pondría el hilo para que pudieseis disfrutar de la maravillosa obra antes de avanzar en el post, solo puedo remitiros a su cuenta: tal hilo no existe, solo tuits que avanzan desde el mediodía del 21 de agosto a la pretarde del 26, en la que el esperado desenlace llega.

No sin mi recomendación de disfrutar del extraordinario episodio antes de continuar, analicemos pues —sin abusar de spoilers— algunas de las cosas a trabajar para que el relato corto actual de gran público no se extinga. Y de paso, el éxito de este divertido episodio del internet de nuestros días.

bartual portada

Así empezaba todo

El relato corto de Manuel Bartual luce inmenso por varios elementos que marcan las principales características del entretenimiento de masas actual: se basa en lo hiperbreve, es fácilmente viralizable, tiene componente audiovisual, es interactivo, no de único momento y generalista.

Hiperbrevedad

Si bien no consideraría a Twitter en su mejor momento histórico, una vez que las ovejas se han comido a los lobos no vendidos al público impersonal, el modelo de texto hiperbreve es todo un emblema de la sociedad de esta década, siendo el hilo —esa serie de tuits encadenados a base de articularlos como respuesta— el principal elemento a tener en cuenta en este momento.

Como si de un buen cliffhanger se tratase, el hilo favorece la continuación. Si bien el texto de Manuel Bartual no lo es como tal y podría ocupar unos cuantos folios de Word, el hecho de que esté tan acotado en digeribles 140 caracteres hace que para quien cree imposible tragarse su duración real sea ameno hacerlo.

En otras palabras, los que ven una locura leerse un relato corto de diez, quince páginas, se lo están engullendo a dos carrillos.

Viralidad y compartibilidad

Si bien la viralidad tiene un cierto componente de lotería, lo exponencial del modelo Twitter facilita las cosas. Antiguamente, necesitabas estar en el muro en ese momento para ver el RT, pero la nueva distribución de los contenidos de este por popularidad y supuestos intereses del tuitero, sumada al que en dispositivo móvil tengas una notificación conque apenas dos o tres de tus seguidores den MG a una determinada publicación, hace que un tuit eficaz sea fácilmente viralizado.

Tema aparte sería el tipo de seguidores que tejen los mimbres. Dice el diario El Mundo en una reciente entrevista a Bartual que tenía “solo 16000 seguidores” antes de este fenómeno como si fuese nada, pero lo que está perfectamente demostrado es que a la gente le duele mucho más dar un RT a alguien con cien seguidores que a alguien con cien mil. Y si no, solo hay que pensar en el porcentaje de gente que vais a emegear o compartir este post aunque os haya gustado.

Audiovisualidad

No escribiré un ensayo acerca de lo audiovisual que está el mundo del entretenimiento, más que nada porque seguramente la interactividad ya lo haya destronado como principal característica en este momento. Sin embargo, el haber introducido vídeos e imágenes para favorecer al lector profano de la literatura el meterse en la historia es clave para la plenitud de su eficacia.

Siempre he creído que en épocas de plenitud de ocio y tiempo libre la imaginación vive sus épocas doradas. Sin embargo, Twitter, lleno de gente con horas y horas de tiempo en la nada dedicadas a ver si pueden encontrar una grieta en el discurso de alguien para hacer sangre, parece no tener suficiente imaginación como para que entre los 10 contenidos más emegeados del relato de Bartual no estén los que llevan una imagen o vídeo. El público oveja no tiene nivel para caer en la suspensión de la incredulidad sin contenido audiovisual, y Bartual lo consigue sin dificultad alguna dándoles lo que quieren. Precisamente lo que está condenando a la literatura tradicional en la actualidad.

Interactividad

En algún momento del tiempo, las personas hacíamos lo que le gustaba en cuanto a ocio. Ahora, eso queda relegado a momentos en los que no haya nadie que pueda saberlo, poniendo nuestro Spotify en sesión privada para que nadie sepa que en realidad ese tipo de música nos gusta.

Me atrevería a decir que, a día de hoy, el 80 por ciento del ocio no es por motivación personal, sino por poder comentarlo con alguien. Hace cuatro años, en mi TFM, comentaba que el entretenimiento ha pasado a tener dos partes claves y de importancia clave en general: el contenido y lo que se comenta del contenido. Que, en sí, es interacción.

Se nos ha metido en la cabeza que es casi obligación comentar lo que nos parece. La gente sigue series para poder comentarlas con los colegas. Si vemos una peli, hay que valorarla en Filmaffinity, poner un tweet o decirle a alguien en WhatsApp que la acabamos de ver casi por obligación, cuando antiguamente el ocio de este tipo solía ser bastante individual.

En el Caso Bartual, parte de su publicidad se gesta en lo comentable que era en su proceso, en esa interacción perfectamente prevista con los que lo hacían, en el que la gente apareciese por todos lados hablando de ello. Y al final, es lo de siempre, el ser humano, quiera o no, lleva dentro ese espíritu de querer estar enterado de lo que todo el mundo habla, ya sea por curiosidad, cotilleo o no querer sentirse aislado.

Alargamiento en el tiempo

El contenido puntual no tiene sentido comercial ni, parece ser, artístico a día de hoy.

El otro día tuvimos el Mayweather-McGregor. Fue una noche, unas horitas, y sin embargo nos taladraron meses, generándonos interés en gente que sabemos de boxeo lo mismo que de exportación india en la época de la guerra de los Balcanes.

La realidad del ocio de hoy se extiende, golpea muchas veces, mucho tiempo. Deja que la gente haga grande la bola, tal y como libros cortos se dividen en dos o tres partes al ser llevados a la gran pantalla.

El relato de Manuel Bartual que podría haber publicado de golpe explicando lo pasado, es espaciado durante casi una semana por su ajuste al tiempo real. Durante ese tiempo, las notificaciones, comentarios y referencias llegaban por mil lados diferentes y durante todo el día, haciendo omnipresente la historia para cualquiera relacionado con la red del pájaro azul, llevándolo al TT con gran facilidad. Seguramente, el mayor acierto del fenómeno haya sido este espaciado.

Generalidad

Le preguntaban en la citada entrevista de El Mundo sobre las referencias a la serie de culto Perdidos (Lost). Realmente, hay clichés del género por doquier: todo un homenaje a los recursos más trillados del género de misterio, capitaneados por autores de esos que o se consideran intemporales o desfasados. Sin embargo, la historia genera fascinación en el público, como si nunca hubiesen visto algo semejante.

Estoy convencido de que todos han estado ante historias de misterio en las que ocurren los diferentes episodios visto en el relato de Bartual. Sin embargo — ya por la lejanía temporal, la renuncia a seguir estando en contacto con el género o demás familia—, los acogen con una felicidad inaudita para alguien que tiene a mano miles de relatos del género con esos elementos. La clave es que el público del relato no busca este entretenimiento, sino que se une a él solo cuando —como decíamos antes— le vale para comentarlo con otra gente. Y para que eso pase, para que otra gente haga lo que ellos quieren hacer en el fondo, recibir el placer de las viejas referencias que su memoria lejana les trae, el relato tiene que ser generalista para el público al que va orientado. Fácilmente digerible para que las ovejas rumiantes que plagan la red no se indigesten con un argumento demasiado elaborado para seguirlo durante más de 5 párrafos, digo, tweets.

manuel bartual tras éxito

Reciente tweet de Bartual tras el éxito

Por último, no sin recomendar a mis lectores que disfruten de la magnífica realidad de relatos de misterio que las bibliotecas nos ofrecen, me gustaría mostrar las diferencias con el no-éxito previo de Manuel Bartual: un hilo (esta vez sí) que publicaba tan solo 15 días antes de la historia que le vuelve más famoso.

https://twitter.com/i/moments/897536022279405568

  • El humor es tan importante como el misterio
  • No busca la interacción directa con el público
  • Lo publica en versión hilo
  • Segunda persona en vez de primera
  • El humor es personal, distinto
  • Entero el mismo día
  • Llega a haber un tweet a las 6 y media de la mañana de su país (poca audiencia)
  • No lo ve ni una milésima parte de gente

La principal diferencia entre ambas historias en cuanto a importancia para lo que hemos hablado aquí es que una fue perfectamente diseñada para dar de comer a Twitter y la otra da de comer, mucho o poco, a la cultura.

Es para pensarse qué debe hacer el mundo editorial en este en el que lo gastado eclipsa a lo que aporta. En si es más importante entretener unas semanas o brillar en cuartos oscuros por los siglos de los siglos.

el mundo bartual

Gracias a Manuel Bartual por haberme entretenido a mí y a muchos colegas con su relato de vacaciones, y gracias por escribir algo tan simpático como El peso de la verdad. Y si, la foto es de la omnipresente entrevista de El Mundo