Cómo llevar una agenda en condiciones (2): la valoración y el método del ultrasemáforo

En el último post hablamos de lo básico de utilizar una agenda para liderar una buena gestión del tiempo, así como construimos un modelo básico de planificación a través de un horario.

Sin embargo, lo más importante de hacer una agenda de actividad no es el tener una guía de los pasos a seguir, sino la eficacia que supone su cumplimiento. De poco nos vale tener un horario o planning si no se llevan a cabo sus fases o no podemos valorar los resultados. En el desenlace de Cómo llevar una agenda en condiciones os explicaré el funcionamiento del conocido método del semáforo, así como mi propia revisión del método para darle más eficacia: el ultrasemáforo.

El método del semáforo

semáforo sonrisas

Una de las técnicas más utilizadas para valorar el cumplimiento de la programación es el visual método del semáforo.

Apenas dos días después de entrar a trabajar hace unos meses me llevé una curiosa sorpresa al ver que, en cuanto a comunicación, utilizaban ese sistema: apenas había pasado mes y medio desde que yo me había confeccionado una agenda a partir del ideado en una especie de ampliación de él.

El método del semáforo es tan sencillo como que cuando se realiza una revisión a partir del cumplimiento de los periodos fijados para la realización de una actividad se le ponga un color según el grado de consecución de la tarea. Si se ha hecho, el verde; si no, el rojo; y si más o menos, el naranja o amarillo (el ambar), que pasará a verde o rojo si se completa con cierta prontitud o no.

Véamoslo en el ejemplo de antes:

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Como podemos ver, ha hecho todo menos ver Black Mirror y reunirse con Juan y María. Parece ser que en el caso de la reunión con Juan, algo ha surgido que le ha impedido ir, mientras que en la de María seguramente ha ido pero ella no estaba, con lo cual queda pendiente que ella le diga que no pudo o lo acuse de no presentarse para saber si pasa a verde o rojo.

El método —insisto, muy extendido y manejable— es simple y cómodo, pero cuando yo llegué a estas alturas elaborándome mi agenda, este nivel no me pareció más que un paso intermedio hacia el sistema de verdad. Dado el parecido, lo he venido a bautizar hace unos diez minutos como el método del “ultrasemáforo”, por ir más allá de este.

Método del ultrasemáforo

Imaginemos que el lunes de nuestro ejemplo, por alguna razón, no podemos estudiar Estadística y nos ponemos a hacerlo con Gestión, dejando la otra asignatura para el espacio de esta misma. Según la teoría del cronograma, habríamos incumplido ambas, quedando en rojo. “No, es que las hemos intercambiado”. Así pues, empezarían los movimientos y las chapuzas en el horario: que si cambiamos este por este, que si este era media hora más, bueno, qué le vamos a hacer, habrá que ponerlo en verde, y demás.

No. Os estáis cargando el método. No lo hagáis.

cuadro 2

El método del ultrasemáforo incorpora dos recursos más: el asterisco y los colores azul y fucsia.

Y aquí paso a hacer copia y pega de las notas que me hice cuando lo monté el año pasado:

  • “En caso de que se cumpla, el cuadrado se teñirá de verde.
  • En caso de que hagamos el vago y no se haya hecho ese trabajo, se teñirá de rojo.
  • Si alguno rojo lo arreglamos en un espacio vacío, como la tarde o la noche, lo dejamos en azul para hacerlo ver como arreglado, y el de la tarde se pone en verde. De poner los dos en este color, habría doble contabilización a la hora de valorar.
  • En caso de que hagamos alguna actividad correspondiente a un momento posterior del planning en el tiempo asignado a otra, lo dejaremos en naranja y sustituiremos la planificación del evento posterior por aquella a la que le hemos robado tiempo, escribiéndolo después de la planificación original en el cuadrado (asterisco) y nunca borrando la original. En caso de que al llegar ese momento, no se haga la actividad que toca, sino otra útil, ese cuadrado irá a naranja también, indicando que vale, pero que no se siguió el plan; si se hace la nueva programada, tanto el anterior como esta irán a verde; si no se hace nada, el primero permanecerá naranja y el no hecho pasará a rojo, como de costumbre.
  • Festivos en fucsia.”

Veámoslo con el ejemplo, algo simplificado para que se vea claro:

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  • El lunes a primera hora se estudió Estadística, así que a verde.
  • El lunes a media mañana no se hizo nada útil, cuando había que reunirse con Pepe, así que a rojo.
  • El martes había que estudiar estadística, pero se estudió Mates, así que se puso debajo con el asterisco y también con él se sustituyó un cuadro de Mates por uno de Estadística, en este caso el miércoles, permaneciendo en naranja el del martes.
  • El miércoles no se hizo nada, en vez de estudiar Estadística. A rojo, y el del martes se queda en naranja.
  • El jueves había que estudiar Gestión a primera hora, pero no se hizo, sino a la tarde, en lo que era un espacio en blanco. El horario en el que se realizó, en este caso por la tarde, va a verde. El horario previo se queda en azul, para evitar doble contabilización.
  • El viernes se hizo lo del sábado, poniéndolo debajo y dejándolo en naranja. El sábado se hizo lo del viernes, poniéndolo debajo. Hechas las dos cosas, pasan ambos a verde.
  • En cuanto a cosas sin prioridad o importancia, como dormir el lunes por la mañana, se dejan en blanco, ya que no es una actividad que interese dentro del horario. Realmente, es una hora libre más, no tiene sentido ponerle nada. Caso similar es el de Black Mirror si no tiene importancia o hay prisa por ver el capítulo.

Medir los resultados

Una de las claves del funcionamiento de la agenda. Se siga el método que se siga, de poco vale si no se puede observar si funciona.

Podemos fijar más o menos el grado de éxito a partir de decir el número de cuadraditos en verde necesarios para obtener el éxito según nuestra exigencia.

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Un horario como el de arriba es tremendamente exigente. Apenas hay espacios libres, y ni siquiera podemos tirar de horarios secundarios como la tarde o el sábado para regularnos.
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Este tipo de agendas es más susceptible de buscar que se cumpla la totalidad del cometido, ya que hay una barbaridad de huecos para utilizar si algo no se hace en su hueco.

Yo uso dos métodos básicos para medir el grado de cumplimiento, por número o por porcentaje, pero en ambos hay que contabilizar el total de actividades a realizar, los cuadrados ocupados. En el inmediatamente superior, por ejemplo, hay 7 huecos ocupados.

Mediante el método de por número, se puede fijar el éxito, por ejemplo, en el conseguir dejar en verde 6 de 7. Mediante el método por porcentaje, pongamos que queramos el 85 por ciento, pues número total por 0,85 y estamos en los mismo.

Una vez ya expertos, podemos meter un grado máximo en las actividades de cumplimiento obligado y menor en las otras. No conviene utilizar las obligadas para facilitar la consecución del objetivo. Por ejemplo, si de las anteriores 7, 5 son obligatorias y las íbamos a cumplir sin agenda, de poco nos vale poner como objetivo un 5 de 7.

De lo que se trata es de que, conforme lo vayamos aplicando, cumplamos lo previsto y mejoremos si hay margen.

5 últimos consejos:

  1. Intentar que en el planning aparezcan los menores huecos blancos que no se puedan utilizar. Por ejemplo, en el anterior post veíamos que aparecían cosas como “Examen de Mates” en el horario. Como acabamos de decir, no es interesante que las cosas de obligado cumplimiento aparezcan, porque genera sensación de estar haciendo las cosas bien, cuando la agenda se utiliza precisamente para el realizar más cosas de las que en muchos casos no se harían. No son nuestro objetivo. Pudiendo ser, este tipo de actividades no deberían aparecer en el horario y, en caso de hacerlo, es mejor no utilizar con ellas los colores, dejándolas en blanco o un color distinto como el gris para que no se contabilicen.
    Tampoco interesa considerar actividad aquello que hacemos en nuestro tiempo libre, sin obligación o plazos y con gusto: eso lo haremos sin necesidad de agenda en los periodos libres, como pueden ser los findes, la noche, las tardes o incluso la mañana, según la persona.
  1. Tratar de dejar algún espacio en blanco al confeccionarlo. Los imprevistos aparecen. Si, como en el ejemplo, uno puede tirar de zonas libres como la tarde para hacer cosas que en el horario básico no puede, sí puede ser interesante llenar este, pero si el horario es limitado (por ejemplo, solo poder estar 8 horas diarias en un sitio, como puede ser una oficina), compensa dejar un hueco libre para tener acceso a meter cosas que no hayamos podido hacer en el horario fijado. Si no hace falta tirar de él, se puede utilizar para avanzar en algo, lo cual nos puede dar un cuadrado verde más si lo utilizamos bien.
  2. No planificar periodos fuera de control. Si uno está en una época de inestabilidad, difícilmente se podrá organizar horario para meses. Cuanto más se repita el cronograma, mejor se adopta una rutina de desempeño, pero programar a un plazo que no controlamos no suele ser útil.
  3. No mover demasiadas actividades. Un día nos puede apetecer hacer más una que otra, sentirnos más capacitado o vernos obligados, pero estar moviendo de un lado para otro las tareas y poniendo asteriscos y más asteriscos para adaptarlo suele acabar en desastre. Hay que tratar de seguir el guion fijado.
  4. Ser ambiciosos y cumplidores con los criterios de medición. Si podemos aspirar al 9 de 10 de cumplimiento, no nos conformemos con un 7. Tratemos de no contar los naranjas: no son verdes por algo. Y tampoco nos excusemos cuando no lleguemos: una semana puede pasar, pero no todas.

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Y con esto llegamos al final de este episodio sobre la agenda. ¿Qué opinas del sistema?

Cómo llevar una agenda en condiciones (1): lo básico

Valga la redundancia, ser un buen gestor de tiempo es uno de los grandes activos en la sociedad de la falta de tiempo. Saber priorizar, un buen cálculo de lo que lleva hacer cada cosa, el correcto encadenado de tareas para no desperdiciar minutos en medio o la lucha eficaz contra el estrés o los llamados “ladrones de tiempo” son algunos de los grandes puntos a la hora de hablar de un buen gestor. Uno de los más fácilmente trabajables es la utilización de una agenda.

Para no atiborrar de información, dividiré este post en dos para enseñaros mi método personal de agenda, que recomiendo especialmente a aquellos con libertad de confeccionar su horario.

agenda

Definición de agenda

En gestión de tiempo, la agenda es un instrumento de organización y planificación para la correcta ejecución de una tarea en un plazo determinado.

La agenda puede abarcar desde horas a años, siendo muy importante la adecuación de su temporalidad a la eficacia. Es decir, si intentamos aprobar un curso universitario, difícilmente será útil confeccionarla con una división por meses, cuando dentro de un mismo habrá que realizar multitud de tareas.

Elección de actividades y presupuesto de tiempo

El primer paso debe ser, siempre, la elección de las actividades a incluir y el tiempo estimado de cada una.

A la hora de elegir qué acciones vamos a poner en nuestra agenda, lo principal es que sean lo más concretas posibles.

Por ejemplo, si cada semana tenemos que atender a doña María, a don Pepe y a don Juan, no será tan interesante poner en la agenda “reunión con cliente” como puede serlo “reunión con María”, “reunión con Pepe” y “reunión con Juan”. Si tenemos examen de Matemáticas el jueves y de Estadística y Gestión el viernes, nos interesa mucho más “Estudiar mates”, “Estudiar Estadística” y “Estudiar Gestión” que “Estudiar”.

Cuanto más acotemos la función, más fácil será que la realicemos. En posteriores apéndices ya nos encargaremos de dar soluciones a los posibles imprevistos.

Una vez tenemos la función clara, hay que intentar fijar lo más posible su duración. Esto ya entra más en otros episodios de gestión del tiempo, pero la facilidad es más alta cuando la actividad tiene de por sí un tiempo fijado (ver capítulo de Black Mirror dura 50 minutos) o se trata de un proyecto sin límite de tiempo, .

No hablamos tanto de lo que nos va a llevar en la totalidad de programación como lo que nos va a llevar por horario. Si nuestra agenda es semanal, el ejemplo de los clientes es fácil: una reunión con cada uno por semana es una actividad o cuadradito por semana. Sin embargo, en el ejemplo de los exámenes, aunque uno puede llevarnos 6 horas de estudio, seguramente no vayamos a hacerlas seguidas, con lo que nos interesa más decir que cada examen nos llevan 3 actividades de dos horas en una semana.

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En el presupuesto de tiempo es interesante contar también con el tiempo que lleva el cambio de actividad (poner el capítulo y meterse en la siguiente actividad cuando acaba) o actividades de cortísima duración que no se ponen en la agenda, pero se saben seguras, como atender una llamada de información de un cliente por hora, por ejemplo.

Construcción del cuadro

Una vez tenemos claro el tiempo que vamos a dedicar a cada actividad, es necesario priorizarlas y fijar si hay alguna prescindible. Según las bases de la gestión del tiempo, la prioridad se debe marcar a partir de los de mayor importancia y urgencia a los que menos.

En el caso anterior, por ejemplo, se entienden como actividades intocables las reuniones y los dos exámenes. Estudiar suficientes horas las 3 asignaturas es importante. Ver Black Mirror y las horas libres sería algo prescindible.

A partir de ahí se pasaría a elaborar el cuadro, horario, agenda o cronograma, según más convenga llamarlo.

Mi consejo es, de nuevo, que los periodos no sean muy largos. Cuanto más breve, más preciso, aunque más probabilidad de imprevistos.

El seguramente más usable es el que yo llamo semanal, por reflejar una semana, aunque realmente tiene forma de horario. Muy típico de los de clases en nuestra época de estudiantes, para nuestro ejemplo con las reuniones, los exámenes y la serie es perfecto. Si por ejemplo hablamos de actividades en las que durante un día hacemos siempre lo mismo, tal vez otros modelos como el mensual (por días y semanas) sean mejores. En caso de labores estratégicas, cada cuadradito podría ser un mes perfectamente.

En mi opinión, lo importante es que tratemos de que cada actividad se corresponda con un cuadrado. En el momento en que empecemos a meter varias en el mismo recuadro, comenzarán los problemas de eficacia. Compensa mucho más partir los horarios en otros más pequeños.

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En la agenda superior podemos ver cómo para no juntar las reuniones de Pepe y María en el mismo recuadro se ha dividido el horario en 4 periodos de tiempo en lugar de los tres iniciales (8/10, 10/12 y 12.15/14.15). Esto es clave, porque de producirse la reunión con María, pero no con Pepe, el método de comprobación de resultados clave para la eficacia del método que veremos en el próximo post se volvería ineficiente.

Si dos actividades idénticas se producen seguidas sin interrupción de por medio es posible combinar celdas como arriba se ha hecho, pero esto también habrá de ser tenido en cuenta a la hora de cuantificar el resultado. Yo no lo recomiendo.

¿Y si no hay espacio para hacer todo?

Es un caso demasiado frecuente y para ello, la clave está en el buen presupuesto de tiempos y la buena priorización de la que hablamos arriba.

Si bien es cierto que las actividades suelen llevarnos un poco más de lo que pensamos siempre, si le damos demasiado tiempo a una y desaprovechamos el sobrante nos encontraremos con lagunas de efectividad, que en casos de falta de tiempo nos acabarán matando. Si lo que realmente pasa es que no hay tiempo material (espacios libres), hay que tirar o bien de ampliación de horario —lo cual a veces no puede ser— o de priorización, restando horas a las labores menos acuciantes.

En el ejemplo y si hablamos de establecer prioridades a la hora de hacer el horario, la obligatoria reunión semanal con los tres clientes y los exámenes serían intocables por importancia. La reducción de horas de estudio de alguno de los exámenes sería la segunda opción, ya que lo primero en caer sería Black Mirror, considerada falta de urgencia e importancia para el modelo. De hecho, como veremos en el siguiente post (en un par de días), no conviene incluir el ocio que no consideremos obligado en este tipo de plannings: el día, en principio, tiene más horas que las del horario.

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En el siguiente post, el funcionamiento de mi método de agenda.

8 perfiles oscuros típicos del gestor de contactos

Si algo se repite por activa y pasiva es que una de las claves del éxito de la sociedad actual es la creación y mantenimiento de la red de contactos. Preocuparse por ellos, estarles encima, darle feedback, wasapito de vez en cuando, publicar al menos una vez al día en redes (5 tweets, un post en Facebook, una foto en Insta).

La situación es curiosa, ya que si algo también caracteriza a la sociedad actual es la falta de tiempo. Hay mil cosas para hacer, ya no digamos con trabajo o estudiando. Nueve horas diarias mínimo que se te van, más las comidas y el lavado de platos, más las siete-ocho de sueño, más las de ver los Juego de Tronos, 13 Reasons Why o afición de cada momento, más el gimnasio o por lo menos paseo para no evolucionar en morsa, más el estar con la gente que quieres.

Hoy, analizamos en clave de humor de dónde coño saca tiempo esta gente.

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1. No prestando atención al contenido

Todo un clásico. Este perfil da MG a todo con independencia de lo que la otra persona diga. Avanza por el muro de FB o Insta cual si fuese un entrenamiento de coordinación dactilar, dando corazones y pulgares a mansalva a amigos, enemigos, fotos geniales, que odian, contenido que apoyan y no, etcétera. Su ahorro de tiempo y su ratio de gente contenta los convierten en todos unos amigotes para públicos de alta hipocresía como el de las redes sociales.

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2. No teniendo aficiones

Para este tipo de contactero nato, no hay mayor afición que centrarse en saber de la vida del otro. El llamado Maruja 3.0 no tiene más ocio que el que puede utilizar para el propio contacto. Y es feliz. La última vez que vio una peli porque sí, escuchó una canción desconocida para el público general o hizo un comentario no cuñado se remonta a 2004.

3. No durmiendo

El contactero “night owl” pone un Stories a las 3.30 de la mañana quejándose de su insomnio, pero en realidad aprovecha las noches para ver las series que no le permite su cotilleo a las horas fuertes de las redes sociales. Perfil típico del universitario, si necesita horas de sueño las recupera de clases en las que no pasan lista o tiene amigos que firmen por él. O directamente durmiendo todo el día durante el fin de semana.

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4. Practicando el multitasking

Cuando este tipo de contactero disfruta de un momento de ocio —bien para tener tema ligero del que hablar con sus contactos, bien porque sus amistades tradicionales o sexuales le obligan— aprovecha la circunstancia para mirar el Insta, twittear la película y mandar WhatsApps durante su visionado. Se dice que son inmunes a las miradas de reproche de sus acompañantes de habitación y que son capaces de procesar hasta el 89 por ciento del argumento de la cinta o programa por encima del 20% de audiencia.

A día de hoy no hay datos que indiquen que puedan actualizar perfiles y leer novelas a la vez. Ni siquiera se ha podido constatar que sean capaces de leer fuera de una pantalla.

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5. Con extrañas dietas

Este conectero disfruta del resto de actividades, sacando tiempo de recortar en movimiento de piernas. En general, se mantienen delgados y atractivos a base de estrés, no comer por riesgo a perderse un trending topic de calidad y no salir en fotos desde tiempos de la Guerra Fría.

6. No teniendo seres queridos

Todas sus relaciones son secundarias y con posible interés social de segundo grado.

Habitualmente vive lejos de su familia, en un apartamento pequeño pero posteable, limitando sus relaciones en persona. Eso le permite una excepcional ampliación del tiempo útil merced a no hacer la cama más que para las fotos frente al espejo, lavar los platos una vez cada dos días o alimentarse a base de productos no perecederos para evitar los viajes al súper más allá de una vez a la quincena.

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7. A base de una selección implacable

La versión trepa del contactero. Se arrima a quien le permite acceder a alguien con más capacidad y cuando lo consigue lo abandona sin contemplaciones con argucias de buena cara, limitando su número de contactos trabajados en cada momento. Se dice que en sus casas tienen altares a aquellos youtubers y famosillos que colaboraban con estrellas del gremio con las que ahora no se hablan por tener público de sobra en su nuevo canal o programa.

8. Durante el trabajo

Suelen acceder a esta posición a base de su buen hacer en otras categorías. De las ocho horas de jornada laboral, 3 y un cuarto son dedicadas a las charlas por el Messenger de FB, la lectura de noticias curiosas que comentar, post como este o el twitteo a través de un perfil anónimo que de vez en cuando lo menciona y aplaude.

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¿Se te ocurre alguno más? ¿Crees en la existencia de gente con días de 28 horas? Comenta, comparte y esas cosas.

Sí pero no: lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser

Viendo este post dedicado al desamor y habiendo ya avisado un tal San Valentín de su inminente llegada, me temo que febrero va a ser un mes romántico en este blog. Preparen pues sus latidos sonrientes y sus recuerdos dolorosos, abróchense los cinturones que no pudieron desabrochar y recibamos a la primera entrega de la segunda temporada de 2017: Lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser.

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El pasado sábado, una pizza, un pedazo de roscón y un quiche con dudas sobre su verdadera naturaleza fueron testigos de un estudio de caso a cuyo análisis —ajeno a lo tratado en esa reunión— dedicaremos este post. Aunque la situación parezca altamente improbable, numerosas estadísticas inventadas por mí en este momento indican que resulta incomprensiblemente frecuente.

X y Z son dos personas con feeling. Se conocen de no hace mucho, pero el apego ha sido precoz: hablan sin parar. Z tiene pendiente otro asuntillo amoroso de su pasado, pero se encuentra cómoda con el nuevo colega. A X, directamente, le mola Z.

X quiere más y, cuando así lo siente, se dispone a avanzar. Pero la cabeza de Z no está aún para otro devaneo amoroso, así que —aunque su nueva más bonita casualidad le mola— no es momento.

Produciéndose aquí el hecho clave:

—Tú me gustas, pero ahora no puedo.

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Puede parecer una frase cualquiera pero por si alguien no lo sabe, esta frase está en la Gran enciclopedia de frases catastróficas de National Geographic entre “Vaya pepinazo” y “No me pasa nada”

El flujo de acontecimientos posterior a la declaración es desencadenado como una pandemia en cualquiera de los dos principales modelos de comportamiento del pretendiente: el seductor aciago o el no tan común pasivo paciente.

En el primer caso, la declaración de que sí le gusta motiva a X, que redobla esfuerzos en aras de lograr la mutua satisfacción de dos personas que se gustan juntas. La insistencia suele devenir entonces en el agobio y la presión sobre la persona con dudas. Y no: no son buenas palabras a la hora de seducir a alguien. La sensación de inalcanzabilidad que genera en X enamora más si cabe, reafirmando un proceso retroalimentado que va a peor con el tiempo.

En el caso menos común del pasivo paciente, la estrategia pasa por darle el tiempo que, —aparentemente— la otra persona está pidiendo, manteniéndose en una indefinida posición de amistad con ganas de más. Esto tiende a acabar en el friendzoneo (colocación del otro en la friendzone o zona amigos) por parte del personaje Z.

El ratio de final feliz de ambos casos suele ser muy bajo, siendo frecuentes las situaciones de caída de ánimos por parte de la persona enamorada y las de aparición de pretendientes con más éxito en la vida de quien quiere.

Analicemos ahora dos conceptos clave a la hora de determinar cómo se produce el distanciamiento: el desequilibrio y el momento.

La situación de desequilibrio se produce cuando, tras un periodo de relativo equilibrio, una de las partes quiere más que la otra.

No hay que confundir esto con la idea bastante extendida de que en toda pareja estable hay uno que se esfuerza más que el otro, por algunos mal-llamados (¿por qué no se da escrito sin el guion…?) el fuerte y el débil.

Cuando hablamos de desequilibrio aquí, lo hacemos de una fuerte y creciente barrera que impide que pase algo entre dos personas, motivada porque el nivel de querer que pase es diferente.

En el ejemplo de X y Z, el momento en que se produce el desequilibrio es claro: la negativa por parte de Z. Hasta ese punto, la situación era más o menos equilibrada: estaban bien el uno con el otro, había feeling. Sin embargo, en el momento en que X da el salto y Z no, el desequilibrio brota. X quiere más que Z y esa situación le hace verse “detrás”, generando numerosos síntomas de la enfermedad del desamor: falta de confianza, arrastramiento, rayadas mentales, sobrepreocupación por el otro, hacer las cosas por satisfacer al otro, dejar de ser uno mismo ante él. Estos elementos no solo le incapacitan y suelen hacer perder el atractivo hasta ese momento, sino que el desequilibrio se pronuncia, soliendo generar graves problemas en la relación entre ambas personas.

Si bien es cierto que el desequilibrio también causa rupturas una vez comenzada la relación (como dudas de la pareja por falta de confianza propia que acaban minándola), la situación si cabe grave cuando aún no ha pasado nada entre las dos. El difícil mantenimiento de la moral y la autoconfianza pasa por ser la principal vía para restituir el momento de feeling y equilibrio previo con la otra persona.

Aunque parezca una tontería, la clásica frase de “no va a cambiar nada que sepa que le gustas” es cierta muchas más veces de lo que parece: lo que más cambia es el comportamiento del que quiere algo ante quien sabe que lo quiere, y es este comportamiento diferente el que suele hacer que el otro también cambie el suyo. Por ello, si se fuese capaz de no sufrir los ya mencionados efectos del desamor, seguramente la negativa no cambiaría apenas nada.

El problema para quien pretende tener algo está en la aparición del otro elemento clave para que pase algo entre dos personas.

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¿Quién no ha escuchado alguna vez lo de que cada cosa tiene su momento?

Da igual que hablemos de un lío de una noche, un futuro matrimonio con tres niños o una infidelidad consentida: en cualquier tipo de historia de atracción hay un punto en el tiempo que cual agujero negro te atrae hacia él inexorablemente, obligando a que o pase algo en él y sus alrededores o no pase.

Es como un fenómeno astronómico de la relación: puede suceder una vez en la vida, repetirse con cierta frecuencia en una época o estar sin ocurrir años y años. La sensación interna, además, es tan eficaz como mirar al móvil para saber qué hora es: se percibe claramente cuándo tiene que pasar. Es como si el mundo se hiciese a la medida de que pase.

Lo mejor es que, de forma extraordinaria, este reloj suele marcar lo mismo que el de la otra persona. No me preguntéis cómo funciona, pero en la mayor parte de casos ambos miembros de una pareja coinciden en saber perfectamente cuándo ha llegado el momento decisivo, quieran o no que pase.

Es por ello que cuando ocurren situaciones como las de nuestros amigos X y Z —en las que el momento llega y pasa con pena y sin gloria—, la situación no es solucionable en unos días. Y claro que a la persona con dudas puede gustarle la otra cuando se lo dice: si no lo sintiese, el afilado “Te veo como un amigo” sería una opción mucho más probable que el “Me gustas pero ahora no puedo”. Lo que a veces ocurre es que en ese instante sí puede creer que ambos estarán ahí cuando haya pasado la tormenta, pero —cuando las nubes se van— la corriente ha alejado sus sentimientos hasta dejarlos solos en sus respectivos mares.

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Más claros o más oscuros

¿Tiene arreglo? Puede. Que algún día recuperen el equilibrio, un nuevo agujero negro aparezca y sus botes se crucen. Pero el mar es grande y (hasta nunca o hasta entonces) la imbebible friendzone o el distanciamiento es todo lo que les queda.

Junto con el recuerdo de los buenos días en que eran nada, y más que todo.

Los límites de la realidad creada con palabras

La estructura de la realidad humana se encarna en las palabras. Es decir, llegado a un punto de la vida en el que el dominio del lenguaje se asienta, todo lo que rodea a una persona es susceptible de ser explicado o denominado a través de palabras o expresiones (“Esa cosa que echa luz en el coso ese azul, arriba”). Sin embargo, ¿qué ocurre con las realidades que escapan a la posibilidad de ser reducidas a palabra? ¿Existen realidades que no captamos por no ser capaces de darle forma en letras?

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Hace tiempo proyecté un relato que dudo que algún día lleve adelante por razones argumentales y de género. Un día, la población mundial empezaba a sufrir las consecuencias de un incidente muy extraño: cada idea concebida con fe ciega se convertía en realidad. Por ejemplo, el típico síntoma inicial de las películas de ciencia ficción —como que un tsunami aplaste una isla en una peli sobre el fin del mundo— era que se sucediesen los casos de gente que sueña que le ha tocado la lotería y va y le toca, en multitud. Posteriormente, el verdadero problema era que la falta de percepción de lo que es real o no de los niños y los locos acababa por generar auténticos desastres imparables, y es que… ¿cómo combatir la omnipotencia de imaginación infantil con el realismo fundamentado de un adulto?

Esta referencia a mi inexplotado relato viene a que el ser humano, al basar su realidad en el lenguaje, ha encerrado su pensamiento en él, creando posibles límites de realidad que no percibimos por no poder ser nombrados.

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Es complicado no ver que en la cabeza de Orwell rondaban ideas de naturaleza similar a las que dan origen al post

El británico George Orwell (1903-1950) tocó este tema en algunos de sus escritos, siendo su actuación más significativa el uso de la llamada neolengua en 1984. El Estado represor de la novela ha eliminado de su sociedad las palabras y términos que abren la posibilidad de unas ideas contrarias a su perpetuación, como pueden ser justicia o libertad. Esto evita el alzamiento de ideas en contra de su gestión, ya que no son “pensables” por no tener nombre.

El ser humano organiza sus ideas y realidades a través de la denominación de ellas. Si a algo no relevante para los sentidos se le pone un nombre, ese algo pasa a existir.

Un ejemplo típico son los no-sé-cuántos tipos de blanco que reconocen los esquimales. ¿Se trata de una cuestión de desarrollo ocular de los ojos de su etnia, mucho más potentes que los nuestros? En absoluto: lo cierto es que han crecido diferenciándolos a través de diferentes términos, mientras en nuestra sociedad, como mucho, hemos inventado el término blanco roto para pintar las paredes del pasillo de casa.

¿Existen pues en la realidad de un italiano de a pie los tropecientos tipos de blanco que el esquimal diferencia? Para uno que conozca esta última circunstancia y la acepte, sí, aunque no pueda diferenciarlos; para alguien que haya trabajado con Word y haya tenido que determinar qué tono de azul es el mejor para este título subiendo y bajando los diferentes valores de R G y B, puede que también; para alguien que no tenga ni pajolera idea de que hay más de un blanco, su realidad se quedará en que solo hay uno, el que él ve, reconoce y nombra como blanco.

Como nosotros sabemos que existe, aunque él no lo sepa, es muy defendible el que —en realidad— en el mundo de nuestro amigo italiano esos diferentes blancos existen, solo que no lo sabe.

Pero ahora rompámonos el cerebro en dos e imaginemos la existencia de una realidad, mayor o menor, que ni él, ni nosotros, ni nadie conoce aún. Algo que está ahí, pero no ha sido percibido todavía por nadie. Mejor aún, que aún no ha sido nombrado por nadie, ya que no es nombrable: no es traducible en palabras.

¿Eso existe?

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La respuesta fácil es que sí existe. ¿Por qué? Porque yo la acabo de nombrar, definiéndola como “una realidad, mayor o menor, que (…) no es traducible en palabras”. Sin embargo, hallamos ahí un límite de entendimiento, una de esas fronteras de la lógica: ¿puede ser traducible en palabras algo que no puede ser traducible en palabras? No puede: acabo de decir que no puede. Sí, puede: acabo de traducirla en palabras diciendo que es algo que no lo es.

Si defendemos la opinión de que lo no traducible en palabras —y, por lo tanto, no real— existe, nos vemos abocados al infinito de realidades. Todo es posible porque si lo que no lo es, existe, todo puede ser. Incluyendo lo que no puede 😉

Si defendemos que lo que no es susceptible de ser nombrado no lo es tampoco de existir hasta que lo sea, con lo que nos encontramos es conque la realidad está condicionada por la capacidad del lenguaje, siendo mucho más pequeño el mundo en unos idiomas que otros, o (si exponemos que la suma de todos los idiomas es la realidad) que podríamos estar ante un cierto número de realidades que viviríamos a diario sin percatarnos, por el hecho de no tener capacidad de encerrarlas en la jaula de nuestras palabras.

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Más allá del que en el párrafo anterior este post adquiera la redondez con la que debiera ser cerrado, no me gustaría hacerlo sin una última conclusión de obvia deducción. Qué ocurre con quienes no se encuentran atados a los límites de la realidad construida por palabras, véanse casos como el de los bebés o (ya según opinión) ciertos dementes, los animales y demás seres vivos ajenos a las pautas de pensamiento nominativo.

Obviamente, no van a poder ver muchas realidades construidas a través de este pensamiento (ideales, etcétera), pero… ¿son capaces de captar esas realidades que escapan al crear la realidad a través de las palabras?

Rolidades

Permitidme que introduzca el post de esta semana con el ejemplo que ha dado lugar a él. Entre la larguísima lista de conocidos de vista dentro de una de mis redes sociales más usadas, tiene presencia un personaje recientemente vuelto de lo más llamativo para mí. Se trata de una joven con una cultura de lo más reseñable, prostituta de alto standing y madre. Las últimas características las descubrí hace poco: si bien me cruzaba con ella alguna vez, me centraba más en su fantástica capacidad de escrita y opinión; siendo de sobra conocido mi gusto por los modelos de ruptura de estereotipos, descubrir lo demás no hizo sino llamar mi atención positivamente.

Dado el declive de la citada red social y la popularidad de nuestra de momento protagonista, en los últimos tiempos se suceden sus apariciones en mi muro (o página principal si es de mayor agrado para vuestros ojos y oídos). Se trata de una persona con una experiencia muy interesante. Nada de zafiedades, nada de romanticismos, nada de centrarse en sus características más llamativas para el público respiraprejuicios. Dada mi falta de continuidad en el frecuente hábito de etiquetar a la gente cual ganado, no tardó en no extrañarme el que no me hubiese percatado de las condiciones que, en un principio, presiden su cuenta. Cosa curiosa teniendo en cuenta lo que me esperaba en el siguiente párrafo.

Allí donde, al grano, la veo escribir entre corchetes hablando de ella en tercera persona y con un tono bien diferente. Allí donde se me da por leer la descripción de su perfil y pegarme de narices con que “las preguntas tienen que ir dirigidas a X, que es un PERSONAJE FICTICIO”.

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(mi reacción)

Creo que el 90 por ciento de los que leeréis esto sabéis que entre mis cinco facetas más típicas difícilmente se escapa la de relatista y creador de personajes; no tantos —quizás el 20 por ciento— conocéis de sobra mi fascinación por los perfiles anónimos en redes sociales, y un porcentaje que sí que no me atrevo a aventurar sabréis que tengo varios amigos con los que llevo años hablando por internet sin haber podido aún conocerlos, en general por la distancia. Sabiendo todo esto, el cien por cien de vosotros habrá llegado a la conclusión de que descubrir el caso ante el que me encontraba me fascinó al instante.

Fascinación número 1: la persona que no existe, pero es

 

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Este fenómeno de interpretar un personaje y generar una red social en torno a una figura ficticia no es nuevo, pero sí está en un momento de plena forma. La sociedad de la interacción por internet permite ejecutar los modelos clásicos de rol o vida virtual tan vistos en videojuegos (Los Sims, WoW) con personas reales en un entorno con una capacidad mucho mayor que la del potencial gráfico de una consola o un ordenador: la imaginación humana.

He ahí que la creación de realidad del personaje pueda ser de lo más inmersiva: estando habituados en nuestro ambiente al despliegue y progreso de amistades en el plano virtual, el comenzar una con alguien que solo existe en las palabras de esa conversación y las otras que pueda mantener es tanto posible como perturbador.

Porque esa persona para ti existe, pero no es más que un títere de palabras en manos de alguien que también existe, solo que en carne y hueso.

Fascinación número 2: la persona que existe tras la persona que no existe, pero es

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La gente que hay detrás de este tipo de cuentas fake difícilmente sale a la luz, y su naturaleza es de lo más misteriosa.

En ocasiones, esa gente son inocentes que solo buscan la diversión u otro fin en nada perjudicial para otro. Por ejemplo, la persona tras el personaje que abre el post puede ser de cualquier tipo, pero en ningún momento esconde su carácter ficticio. Nadie puede acusarla de un engaño, cuando en su propia descripción de perfil está reconociendo su fakeismo.

Por lo general, este tipo de gente se mueve en entornos en los que es habitual este tipo de actuaciones, en los que o bien se da por hecho que lo creado no es real o en los que, de no serlo, tampoco extraña a nadie. Se me ocurre ahora el ejemplo de las fotos falsas en webs de citas, un cliché muy extendido.

Otro caso es el de los clásicos estafadores que buscan aprovecharse. De sobra es conocido el clásico modelo de amante digital estafador que necesita dinero para el vuelo a estar juntos, o el que lo pide para su aldea somalí.

Caso intermedio (y en este caso, extremo) sería el de la gente que se encierra en el mundo de irrealidad que le ofrece la pantalla, confundiendo su realidad con la del personaje que ha creado, o más bien, encerrándose en ese ideal para alejarse de un mundo en el que las cosas no le van tan bien. Recuerdo que en mi adolescencia temprana había pavor a los juegos de rol por parte de algunos padres, ya que de vez en cuando aparecía algún chaval muerto por motivos relacionados con ellos. Y es que llegado al punto de que la consciencia de la verdadera realidad se tambalea…

Fascinación número 3: la “muerte” de la persona que no existe, pero es

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Un aspecto muy interesante es la muerte del personaje por las razones del dueño. En general, este tipo de “vidas secundarias” nacen del tiempo de sobra de su creador, su entretenimiento o sus motivaciones temporales en la mayor parte de casos. Eso suele hacer que, llegado un punto, la cosa se acabe y el personaje “muera”, poco menos que de forma inesperada.

Por supuesto, para la persona que lo trabaja es un algo que se va, y —en general— no más que una pérdida mínima para la gente en contacto con el personaje. Caso aparte es cuando esta persona creada desaparece sin previo aviso ni solución dejando atrás a quién sabe cuántas personas que lo apreciaban.

Cuando una persona desaparece de una red social sin aportar modo alguno de contactar con ella, presenciamos una auténtica muerte de la era digital.

Aquí solemos ver una de las grandes diferencias de las amistades físicas y digitales: mucho decir que valoramos las segundas, pero —en la mayor parte de casos— si nos marchamos de una red social y la otra persona no tiene alguna de las nuevas que tengamos, muchas veces ni nos molestamos en conservar el contacto con la mayor parte de los que nos caían bien. Perdemos 50 coleguitas para siempre como quien cierra una persiana por la noche.

El caso del “personaje” creado es —si cabe— todavía peor, ya que en gran parte de los casos, ese personaje está asociado a una red social y, cuando esta llega a su obsolescencia o la persona tras la persona lo deja, desaparece para todos y para siempre. De dar un modo de contacto ajeno, enfrentan a su amigo a la persona en carne y hueso y no a la que conocieron en la red social, fracaso de la amistad con la inventada en un alto porcentaje, salvo que usen recursos como cuentas falsas o incluso móviles secundarios en los que tengas de foto de WhatsApp algo muy diferente a ti. Lo cual ni es muy factible (más bien rarito), ni evita la posibilidad de un fracaso posterior.

Fascinación número 4 y última: cuando la persona que existe tras la persona que no existe, pero es, no existe

Y es que, volviendo a mi habitual lugar común en el que las cosas que alguien no sabe no existen en su realidad, ¿qué hay de esa gente que de pronto ve desaparecer a su amigo por internet, su novio, su musculitos de 1,90 en Badoo?

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La gente le tiene pavor al tercero. No conocen el miedo que da el primero conforme pasan los días y no hay ni explicación ni noticias de quien ya no lo recibirá

La desaparición de esa persona sin más puede suponer un golpazo de realidad. Que un amigo deja de serlo, puede romperte el corazón; que tu pareja te deje, lo mismo; pero… ¿y si desaparece de tu vida sin explicación y sin poder encontrarlo?

Propietarios de cuentas anónimas y titiriteros de personajes inventados: sed responsables. Las interacciones con la gente que quiso a quien nunca existió salvo para él pueden llegar a ser todo un reto en los próximos años tanto para profesionales como para propietarios de hombros sobre los que se lloran pérdidas que nunca se produjeron.

Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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