Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.

Anuncios

Olés de la sociedad de la amargura laboral

Esta semana, una compañera dejaba el trabajo por encontrar algo mejor. Olé ella.

Si hay algo que caracteriza a nuestra sociedad laboral es la amargura. Las declaraciones de satisfacción con el trabajo son una mezcla entre animal en peligro de extinción y taza de Mister Wonderful: hay pocas, van a menos y para la gente suena a azúcar a cortar de la dieta. Frente a ellas, la estabilidad se impone como referente: da igual estar amargado, hay que mantenerse para poder cobrar. Eso sí, boicoteando el ánimo del de al lado y, si eso, del proyecto para que A, el entorno piense igual y podamos expandir el desánimo en medio de un mar de empatía rancia, y B, con algo de suerte la empresa se venga abajo y no nos quede más remedio que salir de la zona de confort, buscar algo mejor y pasar entonces a centrar nuestras críticas en ello hasta también echarlo abajo. Si puede ser, entre alabanzas a nuestra antigua empresa, en la que se trabajaba mucho mejor, más cómodamente o adverbio laudatorio que corresponda.

Esta semana una compañera dejaba el trabajo porque encontró algo mejor. Y olé ella.

«Olé ella» porque lo que una persona tiene que hacer cuando no está a gusto es buscar estarlo. Dentro de la situación, tratando de estar mejor en ella o mejorándola; trabajando por ello con cosas útiles y a quien se debe, no con críticas al aire de la nada o el desánimo colectivo. Si no se puede, pues buscando algo nuevo en lo que te encuentres a gusto: puede que no estés donde tienes que estar.

Pero claro, es que aquí seguramente te sientas donde debes. Porque aquí vivimos en la sociedad de la amargura laboral.

pinchando pixabay

Entornar los ojos en el trabajo está a punto de hacerse característica indispensable: unos, por ver todo mal; otros, por el hastío de que todo se vea mal

El objetivo parece haber dejado de ser la supuesta utopía de un entorno de trabajo en el que se esté bien y haciendo lo que a uno satisface. Ahora se lleva lo de encontrar el trabajo en el que se sea trituradora de ilusión ajena y del que no se pueda escapar.

Porque la capacidad de creación de ataduras en nuestro panorama laboral es extraordinaria.

En primer lugar, buscando optar al funcionariado para poder acceder a un puesto —en general— para toda la vida, cuya estabilidad y buenos salarios sirvan de excusa para justificar la muerte de ilusiones de algo mejor. Al tiempo, el inmovilismo y la inacabable cadena jerárquica típicas de la gigantesca Administración Pública garantiza la crítica y la posibilidad de trasladar la responsabilidad de la mejora a un ente abstracto (que si «el Estado», que si «los de arriba») que nada hace.

estatue con e.jpg

De poco vale tomarla con una estatua. Si quieres cambiar algo, acude a quien puede hacer algo o acceder a hacer algo. Criticar una estatua es fácil, pero no va a hacer nada.

En el caso de lo privado, la excusa suelen ser los compromisos extralaborales. «Qué más dan las condiciones de trabajo cuando hay una hipoteca, un coche, una casa que mantener: estar amargado en el trabajo es el precio a pagar por ello.» A esto se le suman disculpas como el contrato, los compromisos de permanencia, los «tengo a los chavales en el colegio de al lado», los «no lo voy a dejar a medias ahora», los «me necesitan» y demás familia.

¿Sabéis algo? Buscar otra cosa mejor mientras se está no cuesta nada. Y si no la hay, puede aparecer con el tiempo.

¿De qué te sirve investigar un mes, rendirte y dejarlo para estar veinte años en un sitio que no te gusta? Comentaba una colega el otro día, con respecto a otro tema, que no hay que conformarse con un 7, sino ir a por un 10. Pues los dieces no aparecen doce veces al año: hay que currárselo, y si hay que dedicarse a buscar algo mejor un poco tiempo al día, a la semana, estando en un entorno en el que estás amargado, pues se busca. Cuando ese 10 —ese 8, lo que aspires que sea mejor que lo que tienes— aparezca, te vas. No te quedas amargado y amargando toda la vida en un entorno en el que no estás contento: la oportunidad va a aparecer si estás capacitado para ella.

Y si no estás capacitado para un trabajo de lo tuyo en otro lugar… Bueno, con objetividad, no hay que ser muy inteligente para ver que lo que puede estar ocurriendo es que el problema no esté tanto en tu puesto actual como en la incapacidad que tienes para afrontarlo. Las opciones en tal caso son claras: fórmate más, emprende o afina más el puesto de trabajo que quieres conseguir o en el que realmente eres bueno.

Si aun así las excusas siguen siendo las mismas… no te quejes tanto de otros y asume tanto los motivos y ventajas que hacen que te quedes como tu responsabilidad en la culpa de la situación que te amarga.

El ser humano tiene la costumbre de echar piedras al tejado de los demás para que los agujeros en el suyo no se noten tanto. Pero las goteras están ahí y esas no las tapa la verborragia de disconformidad y criticismo inocuo: uno está donde quiere y puede estar.

Olé a quienes tienen el valor de aspirar a algo mejor. Y un último olé, también y cómo no, para aquellos contentos en su trabajo.

Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

Despertando a sueños

Ayer recibí mi último regalo de cumpleaños de este año, de una persona muy querida cuya existencia incluso desconozco.

Principalmente, era una revista. La había visto en foto: ella me había enviado su sorpresa tiempo atrás, cuando había descubierto mi nombre firmando un relato en una de las páginas. Yo ni siquiera sabía que me lo habían publicado. Me puso muy contento.

Tengo unas cuantas publicaciones por ahí. Aparezco en remotos lugares de la web. Fui finalista en algún que otro concurso y —por lo que sé— alguno de mis relatos apareció en algún que otro libro recopilatorio de participantes.

Sin embargo, pese a llevar más de 10 años mostrando a otros lo que escribo por diferentes vías, nunca había visto nada mío en el papel de quien se juega dinero con él, aunque sea una página y su tinta. Pese a todas las letras que han estado conmigo desde que el uso de razón llegó a mi mundo, nunca había podido tener entre mis manos el testimonio de que una vez mis textos han existido fuera de pantalla para alguien más que yo.

Lo cierto es que no sabía cómo sentirme ante aquella revista. Sabía lo que ocultaba la página marcada con un imán diciendo cosas bonitas, pero no sabía qué sentir, como muchos otros creen saber perfectamente qué hacer ante una nueva situación por lo visto en pelis, leído en libros, oído en mesas. Yo nunca leí en mesas con pelis qué sentir cuando ves que uno de tus sueños desde pequeño, aunque en pequeño, te mira desde el papel.

Y quizás por ello, ante aquello que tiempo atrás escribí para estar en esas páginas, en un momento de homenaje a mi amor muriendo y naciendo a la vez, en un momento de sangre y hacerse mayor y lo que tienes que hacer, me encontré con el niño que se contaba historias antes de dormir. Con el adolescente muerto de amor roto. Con el proyecto de adulto hecho de decepciones y lucha por ser mejor. Y me emocioné mucho. Joder si me emocioné mucho.

Este es un post para los que sueñan. Sí, también es un post para Hari y su amor a un imbécil, y también para mí, y también para el propio amor en sus múltiples formas, horrores y felicidades de mil colores y paradas cardíacas. Pero este es un post para los que sueñan y a veces dudan de si seguir haciéndolo.

Soñad. Puede que los sueños no lleguen, puede que la espera sea eterna. Puede que la decepción, la injusticia y otras faenas rodeen vuestra estampa y las realidades del mundo del enchufe y el cuñadismo sean la verdad día tras días. Pero soñar, con esfuerzo, con lucha, con crecimiento, con esfuerzo otra vez, hace que —de cuando en cuando— un fruto llegue. Y, por pequeño y sin zumo que sea, aunque solo sea por el darte cuenta de lo precioso de donde has llegado, va a ser un momento muy bonito, merecedor de todo pasado en el séptimo cielo de estar con los ojos abiertos.

Lo bueno de soñar es que a veces despiertas al sueño. Y da gusto ver que los sueños, vidas son.

Cosas de amar incorrectamente

Si algo soy es alguien que ama. Supongo que —por la felicidad que me da, por el sueño que no me roba, por los latidos que me impulsa— querer es una de las razones de mi existencia. Quizás por ello y lo no correspondido, me hice un máster en amores fuera del cuento de hadas, en metas inalcanzables que dan de comer sin pan. Algunos dicen que tóxicos. Otros, que no es amor. Que digan lo que quieran: no saben nada.

Dicen que el amor de verdad es correspondido. Eso es que ninguno de ellos ha visto desaparecer mi estómago al verla llegar con sus pantaloncitos cortos y su sonrisa al verme. Si eso no es amor de verdad, que se mueran los científicos. Porque solo con esa imagen mis sueños brillan de mil colores.

Dicen que amor de verdad solo hay uno. Si solo hay un amor de verdad, ese amor no es alguien, sino el propio amor, eterno. El que hace que ilusiones se acaben y otras empiecen, y muertas renazcan, y odies, quieras, descubras, pierdas, recuperes y vuelvas a querer de nuevo, a la misma, a la otra, a la nueva, a la ex, a todas, a ninguna, solo a ella. Que amor de verdad solo hay uno, dicen. Doy gracias por haber amado tanto a tantas personas.

Dicen que el amor de verdad no duele. Qué sabrán ellos lo que es el dolor que te hace sentir vivo. Hay cicatrices que curan más que vacunas. Hay dolores que hacen más grande que mil hormonas de crecimiento. Ir al fisio duele, salir a hacer ejercicio cansa. Querer mata, pero querer sana.

Porque el amor de verdad no te pega. El amor de verdad no es una persona. Nunca. El amor de verdad no te maltrata, no abusa de ti, no te hace sentir una mierda. Eso no es amor: solo son monstruos disfrazados de ello, lobos a cazar, vestidos de cordero de ilusiones. El amor de verdad está dentro. El amor de verdad te baja, pero te sube. Es una montaña rusa de miedos y sensaciones. Un trampolín al mar del sentimiento que en sí es.

Y si hay que pagar un daño por las mil sonrisas que su agua salada saca, que me robe la cartera. Que me la robe cuantas veces quiera mientras me deje el carné de mi identidad amante. Aquel que hace que nunca deje de querer sentir mientras otros viven en muerte.

Dicen que el amor de verdad te entiende. ¿Cómo si no se entiende a sí mismo? ¿Cómo, si cada amor es único, si cada querer distinto, si cada sueño una realidad en un universo diferente? Claro que puede entenderte, pero si no te comprende, ¿no te ama? Matan lo bonito de querer por el mero hecho de querer que sea telepático, cuando el amor no tiene nada que entender. Por algo no hay quien lo entienda.

Dicen que el amor de verdad espera. El amor de verdad no se para. El amor de verdad, recuerda, perdona, sonríe y sigue adelante. Porque el amor que vive de sueños rotos, no es amor, sino tristeza. Y el amor nace, muere y crece sin orden ni paradas. No, el amor de verdad no aguarda, simplemente, a veces llamas a su puerta y lo encuentras en casa. Que te invite a cenar y a ver vuestras viejas fotos juntos, sentados en el sofá de aquella vez en que todo era perfecto, es tema aparte.

Dicen que el amor de verdad es perfecto. Lo único perfecto en este mundo es ella cuando estás enamorado. No, el amor no es perfecto. Son sus imperfecciones las que te tocan la fibra, las que te acarician el alma.

Dicen que el amor de verdad existe. No sé si existe. No sé si alguna vez lo he visto, lo he sentido o lo he tenido. Solo sé que una vez soñé con él. Y que desde entonces vivo soñando.

1 de feliciembre

(A Balb)

Suelo comentarlo con cierta frecuencia. Para mí hay un día en el año en que salgo a la calle y algo ha cambiado, para mejor. O para perfecto.

Salgo a la calle y el cielo es azul. Pero no azul por no haber nubes: azul de verdad, del que se siente más azul porque lo de abajo es más verde y la luz de arriba más amarilla. Me acaricia. Hay un día en el año en que el sol deja de ser frío y te da la caricia más positivista que vas a recibir en todo el año. Yo lo miro con los ojos cerrados, y su beso me cubre los párpados mientras me pellizca las mejillas. Yo sonrío, y aparto el rostro a la calle. Que ha olvidado sus fifty shades of grey para ser de nuevo brillante, como un filtro de Instagram de los que solo se usan en invierno. Se acabaron la dependencia, el sado y las sombras: cuando ese día llega, las sensaciones recuerdan a Lázaro.

Yo avanzo por la calle aún con la ropa de abrigo que por instinto aún llevo. Pienso el clásico “estar encerrado con este día es un pecado” y agradezco la casualidad de que esté fuera. Firmaría tener que salir antes del trabajo, faltar a una clase o dejar el estudio por volver a vivirlo una vez más, pero es que ese día no es predecible, ese día no lo encuentras tú: te encuentra. Aunque tú seas quien lo descubre, fascinado. Es primavera.

No una primavera de calendario, ni hierba, ni arcoíris. Es primavera del alma, esa sensación de que tu pecho amanece de una hibernación que nadie percibió por ser tiempo de silencio. Entonces sabes que estabas triste, que las cosas no están todo lo bien que podían. Pero eso ahora ya pasó, y sonríes porque lo que estás viviendo en ese rayo de estrella que cae en el mundo desde tu alma es suficiente para dejar atrás cualquier miseria: en ese día, los que lo sentimos somos la luz del universo y las calles brillan por nuestros pasos de resplandores.

El sol cae en la cara de mi sonrisa, todo a mi alrededor me acompaña a 1 de feliciembre. Tal vez porque ellos también lo sienten. Las chaquetas, que van bajo el brazo y los abrigos, que no entienden por qué han salido hoy del perchero. Deja de haber lugares que nunca ven la luz, escondidos entre los callejones que cada vez se estrechan más a los lados y sumideros que no tienen ya a agua que tragar. No hay lluvia, ni en la ropa, ni en las caras, ni en los ojos. Los dramas han dejado paso a las comedias románticas: Hudsons y MacConaugheys sonríen por todas partes. Y no porque cada belleza que te cruces sea perfecta dentadura con buen cuerpo, labia y corazón. Es que ahora que los brazos vuelven a notar la luz, cualquier persona vuelve a ser bella. Joder: yo soy feliz entre tanta belleza.

Me recuerda que un día fui más joven, que un día fui perfecto; young and beautiful como una canción de Lana del Rey limpiada del regusto amargo. Sé que ese día también era uno de estos, y siento que lo vuelvo a ser por un momento, siéndolo.

Y ahí sigo, ciudad adelante, viendo el mundo nacer de mí y a mí nacer del mundo, para bajo el sol que va cayendo muy muy lento, aunque nunca ya de mi recuerdo de la existencia de este sueño hecho tarde de marzo.

En la que sabes que todo irá bien. En la que sabes que ya no hay nada que temer. En que la gente es preciosa, y el amor solo una decisión a poder tomar cuando tú quieras.

En el alma, como en un anuncio de El Corte Inglés, ya es primavera.

La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

giphy-la

Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

giphy mat.gif

Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

tumblr_nwj1xuVrRr1rk12vzo1_400.gif

Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

maiga.png

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.