Por qué no hay que pedirse perdón por perdonar

Es increíble cómo la teoría popular, la hipocresía social y otros factores de pensamiento colectivo han hecho que algunas ideas sean consideradas una locura cuya posibilidad de éxito ni siquiera se deba plantear por el seguro fracaso que, parece ser, siempre supone su aplicación. La variedad es tremenda: desde volver con un ex a pensar que tu jefe es un buen tío, pasando por confiar en desconocidos agradables o tirar por una vocación que no tiene salida laboral, el descalabro que supone cometer cualquiera de estas acciones prohibidas por el pensamiento social es traducible a merecer una somanta de “te lo dije” (o incluso palos), siendo conceptos como el dar una oportunidad, seguir tus sueños o incluso buscar ser feliz motivos totalmente insuficientes para el supuesto riesgo que implica cometer alguno de estos aparentes atentados contra la cordura.

Hoy vamos a analizar uno de los supuestos errores más grandes y, a la vez, una de las acciones más naturales y liberadoras para una persona, el cual es tan lapidado por la sociedad como alabado por los evidentes beneficios que supone. Solo hace falta leer el título para saber que nos referimos al perdón.

Mil perdones

El perdón es un elemento universal en las diferentes culturas. Básicamente y como todos sabemos, se basa en renunciar a los efectos de una falta en cuanto al “derecho” de venganza, rencor o castigo que se podría ejercer justificadamente con mayor o menor comprensión por parte de quien comprende la situación.

Si bien en otras épocas la venganza y el castigo se llevaban bastante, la principal consecuencia de una falta contra una persona a día de hoy suele ser el rencor de la persona afectada por ella, manteniéndose la relación. De hecho, aunque se ejerza un castigo o una venganza, el rencor sigue ahí habitualmente. Si lo pensamos un poco, los motivos parecen ser instintivos: ponerse el escudo en base a evitar la posible repetición del daño. A nivel sociedad humana, sin embargo, es más complicado, ya que el mantenimiento de relaciones en las que el rencor permanece suele generar múltiples problemas en estas que en el reino animal habitual suelen ser más difíciles de ver.

El perdón surge aquí como uno de los escasos mecanismos para la restitución del momento previo, si es que no es el único. De hecho, el perdón se traduce habitualmente como el dejar de tener rencor. Pero, en cualquier caso, vamos por partes con algunas situaciones de perdón típicas.

Perdón, te perdono, lo siento, no

La sucesión típica de hechos de falta y perdón suele ser la siguiente:

  1. Alguien comete la falta que afecta a otra persona.
  2. Periodo de tiempo entre el momento de daño y el momento en que quien la ha cometido se da cuenta de ello. Durante él, en la mente del dañado aparece la necesidad de queja, que se traduce en rencor de alargarse en el tiempo.
  3. La persona que ha cometido la falta descubre que lo ha hecho. Aquí, su mente decidirá si le genera sentimientos como la culpa o no. Este momento puede no llegar nunca, dejando en la fase previa al dañado. En caso de venganza o castigo —que pueden llegar en esta fase o las siguientes según si descubre el error mediante ellos (por ejemplo, multa de tráfico) o no—, le será más fácil percibirlo que con el rencor de la otra persona, aunque también es más posible que se escude en que es una víctima por considerar el castigo excesivo.
  4. La persona que ha cometido la falta decide disculparse o no. Se supone que, de haber recibido castigo o venganza, no habría necesidad, pero la realidad es que, tal y como en la anterior fase la venganza o el castigo suelen ser considerados comportamientos excesivos a día de hoy, también está extendida cierta creencia de que el pedir perdón no cuesta nada y es imprescindible para que se conceda.
  5. La persona dañada en un principio decide conceder el perdón o no. Teóricamente, ese perdón debería suponer la ausencia de posterior rencor, pero como ya hemos tratado, parece no ser tan habitual como debería.

Este último punto seguramente sea la clave del post y de la propia pregunta que le sirve como título.

La disculpa efectiva

Obviamente, la situación más habitual de disculpa y perdón obedece a temas nimios y tiene una gran abundancia en el día a día de las personas: alguien comete un pequeño fallo inconsciente que causa molestia a otra persona, se da cuenta, pide disculpas por ello, el dañado acepta las disculpas por saber que no tiene mayor importancia y voluntad y la relación se mantiene tal cual.

Cuando el error es más grande por hacer daño a la víctima de él (en lo físico o, más habitualmente, en lo mental), la cosa puede ser más complicada, porque para que el perdón sea sincero, la persona dañada tiene que sentir que la otra tiene bien claro cómo se siente y qué tiene de importante el error, así como darle esa importancia como infractor.

Esto no es habitualmente tan fácil, principalmente, porque el sistema no funciona con la facilidad práctica de un “ojo por ojo”, ni mucho menos: al tratarse de un tema subjetivo, la diferencia de valores entre las dos personas hace necesaria una gran empatía o comunicación para comprender qué significaría el fallo para él, y como todos sabemos esto no es muy frecuente.

Por ejemplo, pensemos en la rotura de un objeto con valor sentimental pero no general, pongamos un jarrón. Quien lo ha roto sentirá en un primer lugar el error como el haber roto un jarrón, mientras que la víctima sentirá en ese primer momento que se ha roto algo importante para ella. La persona que lo ha roto, para un disculpa sincera, no debe hacerla nacer por el haber roto un jarrón, sino por el haber roto algo importante para la otra.

En ciertas ocasiones, traducir el error a lo que la otra persona siente es muy complicado de interiorizar. En especial, lo es en casos o personas en los cuales no hay empatía, en que cuesta entender el error como importante, en que la otra persona no le importa, en que no se tiene información de lo relevante que es para la otra el hecho.

Un caso curioso, muy útil para entender que lo importante es lo que supone para el otro, es precisamente la situación opuesta: cuando alguien comete un error que, de sufrirlo él, le dolería bastante, pero que para la otra persona no es importante. Cuando nos pasa eso, nos esforzamos un montón por compensar a la otra persona; sin embargo, esta no para de insistirnos en que no fue nada y no le hacemos caso.

En resumen: lo importante para que un error no deje rencor es que la disculpa se base en la empatía y en el entender qué ha molestado a la otra persona, no en qué nos molesta a nosotros del error que hemos cometido. De sentirlo así, es mucho más fácil no solo el que el perdón sea honesto, sino que desaparezca el germen del rencor, el verdadero problema y que analizaremos en el apartado final.

Por qué no hay que pedirse perdón por perdonar

Por mucho que seamos maestros de cómo sentir nuestros errores y disculparnos por ellos, lo más habitual es que la gente no se sepa disculpar por lo tratado arriba: por falta de empatía con lo mal que nos sentimos.

¿Qué supone que esto ocurra? Rencor. Si alguien nos hace daño y, al disculparse, no entiende bien la importancia de su acto, nuestra cabecita nos va a dejar con la mosca tras la oreja aceptemos las disculpas o no. Ya no es cuestión de que sea un perdón honesto y completo, perfectamente puedes querer perdonarle: el problema está en que tu mente sabe que esa persona no ha entendido el fallo y le ha dado la importancia que para ti supone. Esto hace entender a nuestra mente que podría volver a cometerlo en cualquier momento, ya que —de ser la disculpa sincera, pero sobre algo equivocado—, intentará cambiar o evitar algo que no es lo que nos ha hecho daño en realidad. Nuestro cerebro no será tonto e imaginará que, de verse en una situación similar, nuestra persona querida volverá a caer en el error y nos provocará de nuevo el daño, guardando ese escudo, ese rencor hacia ella, como protección por si acaso, por mucho que intentemos convencerlo de que el otro se ha disculpado lo suficiente.

Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿No perdonar a quien no es capaz de ponerse en nuestro lugar? No diría tanto: nos quedaríamos solo con personas muy empáticas o que nunca cometen errores, con lo que dada su poca abundancia y que tampoco es que eso lo sea todo en el mundo, quizás sea mejor abrir un poco la mano.

Diría que una clave es la comunicación de por qué nos duele tanto. Si bien nuestras personas más queridas deberían saber lo que nos importa, no está de más intentar hacerles entender el daño como es debido.

La otra quizás sea entender que el rencor no tiene efectos tan positivos como se le presumen a nivel instintivo.

El rencor nació para ser un mecanismo de defensa ante cosas mucho más simples que las que las personas sufrimos a día de hoy: saber que tal animal te puede robar la comida o que ese otro ha matado al abuelo y puede hacer lo mismo con nosotros. Con cosas como jarrones que se rompen funciona igual, pero como es obvio, la persona que ha roto el jarrón no debería romper jarrones a menudo, siendo la complejidad de los actos de daño algo que, si bien pueden ser categorizados, quizás sean demasiado específicos como para el daño que produce el rencor.

Y es que, el gran problema que produce el guardar rencor es a quién afecta de verdad. La sociedad nos dice que ante un daño personal de cierta importancia no debemos perdonar: castigo y rencor. Sin embargo, el perdón tiene dos personas: el que debe ser perdonado y el que perdona.

Si tú no perdonas, el daño es casi siempre para ambos: para esa persona, que se ve privada de ti, y para ti, que te ves privado del resto de cosas que da y encima guardas rencor. Pero lo peor es que esa persona no tiene por qué cambiar, ya que aquella con la que ha sufrido por su error ya no está y no tiene por qué tener el miedo a una segunda vez.

Si alguien rompe jarrones metafóricos a menudo, obviamente, no hay por qué perdonarle y seguir como si nada. Pero lo inteligente no es guardar rencor, sino apartar de tu vida a esa persona. En cualquier caso y aunque lo parezca, apartar a una persona no va en la línea del perdón y el rencor: alguien puede no guardar rencor pero elegir no continuar con la relación que le une a otro, al igual que alguien puede no perdonar y guardar rencor a alguien con quien comparte entorno.

Así pues… ¿alguien se equivoca no guardando rencor? Tal vez nunca. Se equivocará manteniendo relación con gente que no merece, se equivocará no sabiendo hacer entender a una persona el motivo del daño, se equivocará pensando que esa persona no es así y no volvería a hacer. Pero al intentar no tener rencor puede que nadie se equivoque, ya que no guardar rencor libera a uno mismo de un error que no ha cometido.

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Todos tenemos nuestro pequeño departamento de rencor en la mente. Sin embargo, ¿nunca te ha pasado que ha alguien a quien te dicen que deberías tenérselo ya no se lo tienes? ¿Que has encontrado “la paz”? No te digo que nos cuentes tu experiencia, pero no dudes en comentar qué opinas del post, así como en darle Me gusta y compartirlo con esa gente a la que buena falta le hace. 

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Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.

Olés de la sociedad de la amargura laboral

Esta semana, una compañera dejaba el trabajo por encontrar algo mejor. Olé ella.

Si hay algo que caracteriza a nuestra sociedad laboral es la amargura. Las declaraciones de satisfacción con el trabajo son una mezcla entre animal en peligro de extinción y taza de Mister Wonderful: hay pocas, van a menos y para la gente suena a azúcar a cortar de la dieta. Frente a ellas, la estabilidad se impone como referente: da igual estar amargado, hay que mantenerse para poder cobrar. Eso sí, boicoteando el ánimo del de al lado y, si eso, del proyecto para que A, el entorno piense igual y podamos expandir el desánimo en medio de un mar de empatía rancia, y B, con algo de suerte la empresa se venga abajo y no nos quede más remedio que salir de la zona de confort, buscar algo mejor y pasar entonces a centrar nuestras críticas en ello hasta también echarlo abajo. Si puede ser, entre alabanzas a nuestra antigua empresa, en la que se trabajaba mucho mejor, más cómodamente o adverbio laudatorio que corresponda.

Esta semana una compañera dejaba el trabajo porque encontró algo mejor. Y olé ella.

«Olé ella» porque lo que una persona tiene que hacer cuando no está a gusto es buscar estarlo. Dentro de la situación, tratando de estar mejor en ella o mejorándola; trabajando por ello con cosas útiles y a quien se debe, no con críticas al aire de la nada o el desánimo colectivo. Si no se puede, pues buscando algo nuevo en lo que te encuentres a gusto: puede que no estés donde tienes que estar.

Pero claro, es que aquí seguramente te sientas donde debes. Porque aquí vivimos en la sociedad de la amargura laboral.

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Entornar los ojos en el trabajo está a punto de hacerse característica indispensable: unos, por ver todo mal; otros, por el hastío de que todo se vea mal

El objetivo parece haber dejado de ser la supuesta utopía de un entorno de trabajo en el que se esté bien y haciendo lo que a uno satisface. Ahora se lleva lo de encontrar el trabajo en el que se sea trituradora de ilusión ajena y del que no se pueda escapar.

Porque la capacidad de creación de ataduras en nuestro panorama laboral es extraordinaria.

En primer lugar, buscando optar al funcionariado para poder acceder a un puesto —en general— para toda la vida, cuya estabilidad y buenos salarios sirvan de excusa para justificar la muerte de ilusiones de algo mejor. Al tiempo, el inmovilismo y la inacabable cadena jerárquica típicas de la gigantesca Administración Pública garantiza la crítica y la posibilidad de trasladar la responsabilidad de la mejora a un ente abstracto (que si «el Estado», que si «los de arriba») que nada hace.

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De poco vale tomarla con una estatua. Si quieres cambiar algo, acude a quien puede hacer algo o acceder a hacer algo. Criticar una estatua es fácil, pero no va a hacer nada.

En el caso de lo privado, la excusa suelen ser los compromisos extralaborales. «Qué más dan las condiciones de trabajo cuando hay una hipoteca, un coche, una casa que mantener: estar amargado en el trabajo es el precio a pagar por ello.» A esto se le suman disculpas como el contrato, los compromisos de permanencia, los «tengo a los chavales en el colegio de al lado», los «no lo voy a dejar a medias ahora», los «me necesitan» y demás familia.

¿Sabéis algo? Buscar otra cosa mejor mientras se está no cuesta nada. Y si no la hay, puede aparecer con el tiempo.

¿De qué te sirve investigar un mes, rendirte y dejarlo para estar veinte años en un sitio que no te gusta? Comentaba una colega el otro día, con respecto a otro tema, que no hay que conformarse con un 7, sino ir a por un 10. Pues los dieces no aparecen doce veces al año: hay que currárselo, y si hay que dedicarse a buscar algo mejor un poco tiempo al día, a la semana, estando en un entorno en el que estás amargado, pues se busca. Cuando ese 10 —ese 8, lo que aspires que sea mejor que lo que tienes— aparezca, te vas. No te quedas amargado y amargando toda la vida en un entorno en el que no estás contento: la oportunidad va a aparecer si estás capacitado para ella.

Y si no estás capacitado para un trabajo de lo tuyo en otro lugar… Bueno, con objetividad, no hay que ser muy inteligente para ver que lo que puede estar ocurriendo es que el problema no esté tanto en tu puesto actual como en la incapacidad que tienes para afrontarlo. Las opciones en tal caso son claras: fórmate más, emprende o afina más el puesto de trabajo que quieres conseguir o en el que realmente eres bueno.

Si aun así las excusas siguen siendo las mismas… no te quejes tanto de otros y asume tanto los motivos y ventajas que hacen que te quedes como tu responsabilidad en la culpa de la situación que te amarga.

El ser humano tiene la costumbre de echar piedras al tejado de los demás para que los agujeros en el suyo no se noten tanto. Pero las goteras están ahí y esas no las tapa la verborragia de disconformidad y criticismo inocuo: uno está donde quiere y puede estar.

Olé a quienes tienen el valor de aspirar a algo mejor. Y un último olé, también y cómo no, para aquellos contentos en su trabajo.

Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

Despertando a sueños

Ayer recibí mi último regalo de cumpleaños de este año, de una persona muy querida cuya existencia incluso desconozco.

Principalmente, era una revista. La había visto en foto: ella me había enviado su sorpresa tiempo atrás, cuando había descubierto mi nombre firmando un relato en una de las páginas. Yo ni siquiera sabía que me lo habían publicado. Me puso muy contento.

Tengo unas cuantas publicaciones por ahí. Aparezco en remotos lugares de la web. Fui finalista en algún que otro concurso y —por lo que sé— alguno de mis relatos apareció en algún que otro libro recopilatorio de participantes.

Sin embargo, pese a llevar más de 10 años mostrando a otros lo que escribo por diferentes vías, nunca había visto nada mío en el papel de quien se juega dinero con él, aunque sea una página y su tinta. Pese a todas las letras que han estado conmigo desde que el uso de razón llegó a mi mundo, nunca había podido tener entre mis manos el testimonio de que una vez mis textos han existido fuera de pantalla para alguien más que yo.

Lo cierto es que no sabía cómo sentirme ante aquella revista. Sabía lo que ocultaba la página marcada con un imán diciendo cosas bonitas, pero no sabía qué sentir, como muchos otros creen saber perfectamente qué hacer ante una nueva situación por lo visto en pelis, leído en libros, oído en mesas. Yo nunca leí en mesas con pelis qué sentir cuando ves que uno de tus sueños desde pequeño, aunque en pequeño, te mira desde el papel.

Y quizás por ello, ante aquello que tiempo atrás escribí para estar en esas páginas, en un momento de homenaje a mi amor muriendo y naciendo a la vez, en un momento de sangre y hacerse mayor y lo que tienes que hacer, me encontré con el niño que se contaba historias antes de dormir. Con el adolescente muerto de amor roto. Con el proyecto de adulto hecho de decepciones y lucha por ser mejor. Y me emocioné mucho. Joder si me emocioné mucho.

Este es un post para los que sueñan. Sí, también es un post para Hari y su amor a un imbécil, y también para mí, y también para el propio amor en sus múltiples formas, horrores y felicidades de mil colores y paradas cardíacas. Pero este es un post para los que sueñan y a veces dudan de si seguir haciéndolo.

Soñad. Puede que los sueños no lleguen, puede que la espera sea eterna. Puede que la decepción, la injusticia y otras faenas rodeen vuestra estampa y las realidades del mundo del enchufe y el cuñadismo sean la verdad día tras días. Pero soñar, con esfuerzo, con lucha, con crecimiento, con esfuerzo otra vez, hace que —de cuando en cuando— un fruto llegue. Y, por pequeño y sin zumo que sea, aunque solo sea por el darte cuenta de lo precioso de donde has llegado, va a ser un momento muy bonito, merecedor de todo pasado en el séptimo cielo de estar con los ojos abiertos.

Lo bueno de soñar es que a veces despiertas al sueño. Y da gusto ver que los sueños, vidas son.

Cosas de amar incorrectamente

Si algo soy es alguien que ama. Supongo que —por la felicidad que me da, por el sueño que no me roba, por los latidos que me impulsa— querer es una de las razones de mi existencia. Quizás por ello y lo no correspondido, me hice un máster en amores fuera del cuento de hadas, en metas inalcanzables que dan de comer sin pan. Algunos dicen que tóxicos. Otros, que no es amor. Que digan lo que quieran: no saben nada.

Dicen que el amor de verdad es correspondido. Eso es que ninguno de ellos ha visto desaparecer mi estómago al verla llegar con sus pantaloncitos cortos y su sonrisa al verme. Si eso no es amor de verdad, que se mueran los científicos. Porque solo con esa imagen mis sueños brillan de mil colores.

Dicen que amor de verdad solo hay uno. Si solo hay un amor de verdad, ese amor no es alguien, sino el propio amor, eterno. El que hace que ilusiones se acaben y otras empiecen, y muertas renazcan, y odies, quieras, descubras, pierdas, recuperes y vuelvas a querer de nuevo, a la misma, a la otra, a la nueva, a la ex, a todas, a ninguna, solo a ella. Que amor de verdad solo hay uno, dicen. Doy gracias por haber amado tanto a tantas personas.

Dicen que el amor de verdad no duele. Qué sabrán ellos lo que es el dolor que te hace sentir vivo. Hay cicatrices que curan más que vacunas. Hay dolores que hacen más grande que mil hormonas de crecimiento. Ir al fisio duele, salir a hacer ejercicio cansa. Querer mata, pero querer sana.

Porque el amor de verdad no te pega. El amor de verdad no es una persona. Nunca. El amor de verdad no te maltrata, no abusa de ti, no te hace sentir una mierda. Eso no es amor: solo son monstruos disfrazados de ello, lobos a cazar, vestidos de cordero de ilusiones. El amor de verdad está dentro. El amor de verdad te baja, pero te sube. Es una montaña rusa de miedos y sensaciones. Un trampolín al mar del sentimiento que en sí es.

Y si hay que pagar un daño por las mil sonrisas que su agua salada saca, que me robe la cartera. Que me la robe cuantas veces quiera mientras me deje el carné de mi identidad amante. Aquel que hace que nunca deje de querer sentir mientras otros viven en muerte.

Dicen que el amor de verdad te entiende. ¿Cómo si no se entiende a sí mismo? ¿Cómo, si cada amor es único, si cada querer distinto, si cada sueño una realidad en un universo diferente? Claro que puede entenderte, pero si no te comprende, ¿no te ama? Matan lo bonito de querer por el mero hecho de querer que sea telepático, cuando el amor no tiene nada que entender. Por algo no hay quien lo entienda.

Dicen que el amor de verdad espera. El amor de verdad no se para. El amor de verdad, recuerda, perdona, sonríe y sigue adelante. Porque el amor que vive de sueños rotos, no es amor, sino tristeza. Y el amor nace, muere y crece sin orden ni paradas. No, el amor de verdad no aguarda, simplemente, a veces llamas a su puerta y lo encuentras en casa. Que te invite a cenar y a ver vuestras viejas fotos juntos, sentados en el sofá de aquella vez en que todo era perfecto, es tema aparte.

Dicen que el amor de verdad es perfecto. Lo único perfecto en este mundo es ella cuando estás enamorado. No, el amor no es perfecto. Son sus imperfecciones las que te tocan la fibra, las que te acarician el alma.

Dicen que el amor de verdad existe. No sé si existe. No sé si alguna vez lo he visto, lo he sentido o lo he tenido. Solo sé que una vez soñé con él. Y que desde entonces vivo soñando.

1 de feliciembre

(A Balb)

Suelo comentarlo con cierta frecuencia. Para mí hay un día en el año en que salgo a la calle y algo ha cambiado, para mejor. O para perfecto.

Salgo a la calle y el cielo es azul. Pero no azul por no haber nubes: azul de verdad, del que se siente más azul porque lo de abajo es más verde y la luz de arriba más amarilla. Me acaricia. Hay un día en el año en que el sol deja de ser frío y te da la caricia más positivista que vas a recibir en todo el año. Yo lo miro con los ojos cerrados, y su beso me cubre los párpados mientras me pellizca las mejillas. Yo sonrío, y aparto el rostro a la calle. Que ha olvidado sus fifty shades of grey para ser de nuevo brillante, como un filtro de Instagram de los que solo se usan en invierno. Se acabaron la dependencia, el sado y las sombras: cuando ese día llega, las sensaciones recuerdan a Lázaro.

Yo avanzo por la calle aún con la ropa de abrigo que por instinto aún llevo. Pienso el clásico “estar encerrado con este día es un pecado” y agradezco la casualidad de que esté fuera. Firmaría tener que salir antes del trabajo, faltar a una clase o dejar el estudio por volver a vivirlo una vez más, pero es que ese día no es predecible, ese día no lo encuentras tú: te encuentra. Aunque tú seas quien lo descubre, fascinado. Es primavera.

No una primavera de calendario, ni hierba, ni arcoíris. Es primavera del alma, esa sensación de que tu pecho amanece de una hibernación que nadie percibió por ser tiempo de silencio. Entonces sabes que estabas triste, que las cosas no están todo lo bien que podían. Pero eso ahora ya pasó, y sonríes porque lo que estás viviendo en ese rayo de estrella que cae en el mundo desde tu alma es suficiente para dejar atrás cualquier miseria: en ese día, los que lo sentimos somos la luz del universo y las calles brillan por nuestros pasos de resplandores.

El sol cae en la cara de mi sonrisa, todo a mi alrededor me acompaña a 1 de feliciembre. Tal vez porque ellos también lo sienten. Las chaquetas, que van bajo el brazo y los abrigos, que no entienden por qué han salido hoy del perchero. Deja de haber lugares que nunca ven la luz, escondidos entre los callejones que cada vez se estrechan más a los lados y sumideros que no tienen ya a agua que tragar. No hay lluvia, ni en la ropa, ni en las caras, ni en los ojos. Los dramas han dejado paso a las comedias románticas: Hudsons y MacConaugheys sonríen por todas partes. Y no porque cada belleza que te cruces sea perfecta dentadura con buen cuerpo, labia y corazón. Es que ahora que los brazos vuelven a notar la luz, cualquier persona vuelve a ser bella. Joder: yo soy feliz entre tanta belleza.

Me recuerda que un día fui más joven, que un día fui perfecto; young and beautiful como una canción de Lana del Rey limpiada del regusto amargo. Sé que ese día también era uno de estos, y siento que lo vuelvo a ser por un momento, siéndolo.

Y ahí sigo, ciudad adelante, viendo el mundo nacer de mí y a mí nacer del mundo, para bajo el sol que va cayendo muy muy lento, aunque nunca ya de mi recuerdo de la existencia de este sueño hecho tarde de marzo.

En la que sabes que todo irá bien. En la que sabes que ya no hay nada que temer. En que la gente es preciosa, y el amor solo una decisión a poder tomar cuando tú quieras.

En el alma, como en un anuncio de El Corte Inglés, ya es primavera.