Elitontismo

Mientras pensaba en cómo hacer el post, descubrí que aquello a lo que me disponía a criticar no tenía un término demasiado claro.

«Minoría selecta o rectora», dice la RAE de la élite. Sí, está bien. Y, por ello, ni qué decir tiene que élites hay en todos los aspectos de la vida: ni mucho menos todas excluyen a todos, ni mucho menos puedes escapar de ellas. Claro que existen las élites intelectuales, artísticas y de la sociedad, pero también existe la élite de la telebasura o la élite del marujeo de barrio, igualmente selectas y rectoras. Por existir, hasta yo podría considerar a mis amigos cercanos una élite: son un grupo selecto de personas con algo difícil de encontrar. Quizás sea que no sean elitistas.

Sí, diría que la crítica de este post podría ser precisamente a eso: no a la existencia de élites, sino a los elitismos tontos que a veces algunos se marcan.

Elitontismo: principios y comportamientos

De nuevo según la Real Academia Española, el elitismo sería la «Actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común». Ahora sí que no entiendo nada: si eso es el elitismo (yo le llamo divergencia), entonces es imperativo que —por su abundancia en nuestra sociedad— acuñemos un nuevo término para engoblar lo que yo veo. Pongamos… elitontismo.

Definiremos elitontismo como los comportamientos traducibles a la mirada por encima del hombro típica de los elitistas de m***** que se creen mejor que los demás por su pertenencia a tal élite.

El elitontismo suele acarrear comportamientos tales como:

Monologuismo. No confundir con el mongolismo. El elitonto tiende a hablar sin parar sobre sí mismo y sus intereses, en un constante speech sobre sus fantásticos atributos, prácticas y vida elitonta.

Falta de empatía y condescendencia. El elitista no empatiza: cómo va a hacerlo, si no escucha. Cuando lo hace, porque necesita recuperar saliva, recurre a la escucha activa-condescendiente: aquella en la que asiente con lástima, con independencia de lo bien que tú creas que te va.

Ambición apisonadora de crecer en su propio grupo. En las élites también hay élites, de ahí que en sus interacciones tiendan a una constante búsqueda de puntos débiles en los de menor nivel en la escala social para dejarlos quedar mal y con ello, pisar cabezas para subir puestos.

Rango de miradas de superioridad. Para poder pertenecer al elitontismo, hay que dominar al menos tres tipos de miradas básicas: la de «te estoy haciendo un favor solo con hablarte», la de «qué pena me da esta pobre gente inferior» y la de «qué bien sé fingir que valoro tu presencia». Hay a quien con dos le llega, pero bueno: esos son la élite de los elitontos.

La élite de verdad

Creo que todos nos hemos encontrado a lo largo de la vida con el mismo comentario, no sé si os sonará. Hay a quien se lo dijo un abuelo cuando tenía 10 años en el parque. Hay quien lo escuchó tres platos más allá en el bautizo de una prima segunda. Cuentan que unos pocos llegaron a vivirlo en sus propias carnes. En mi caso particular, uno de los dos o tres que recuerdo decía algo de este estilo:

«Tenía dinero como para no volver a trabajar en su vida, sin embargo, nunca le verías presumir de nada. Si tenía que remangarse, sin problema. Y no había un solo día en que no te dijese, como mínimo, “Buenos días”, aunque estuvieses perdido de viruta. Esa persona sí que era un rico de verdad

Yo más bien diría «esa persona sí que era de la élite de verdad».

¿Y lo es por el dinero? No.

¿Lo es por la educación? No, aunque podría.

¿Lo es por la humildad que se le supone, pese a que se gastase lo que le diese la gana? Tampoco, diría yo.

Esta persona (o cualquier otra de muy distinto ámbito) es para mí élite de verdad porque demuestra una unicidad, una excelencia, una (si lo quiere la RAE) «actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común», que poco o nada tiene que ver con el elitontismo que a día de hoy tiene de especial y diferente lo que un garbanzo en un cocido madrileño.

Consejos de alguien sin clase

Yo no tengo clase, ni más élite que esa actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común, pero si me permitís trasmitir el seguro escozor que alguno querrá ver en las siguientes líneas, dejadme lanzar un par o dos de consejos al aire, aun sabiendo que ninguno abrirá cabezas duras como cáscara de cigala:

– Aquellos que os creéis mejores que otros por tener más, sabed que lo importante es sentir más.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por el dinero (seguramente de mamá y papá), sabed que el dinero da la oportunidad, pero la oportunidad —igual que ellos— no dura siempre.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por haber visto más, por haber leído, por haber consumido más, sabed que lo importante no es lo visto, leído o consumido, sino lo cambiado y crecido a partir de ello.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por conseguir más corazones, sabed que los de verdad laten fuera de la pantalla.

Para los demás, mi consejo es que no aceptéis menosprecios que no sea alas para volar más alto. Que no os quedéis con alas si lo que queréis son aletas. Que nadéis contracorriente si río arriba está vuestra sonrisa. Que recordéis que las de ellos en las pantallas ocultan imperfecciones que les tuercen el rostro ante sus grandes espejos. Que el espejo en el que debéis miraros debe admiraros, y no haceros temblar de envidia. Que la envidia no es lo mismo que la ambición, y que la ambición no implica pisar a otros, sino pisar fuerte, con voz propia, donde otros callan que se resbalan. Y, por último, que a veces es mejor callar. Pero no para que os amordacen, sino para escuchar a quienes escuchan.

Hablando, solo se refuerza lo que ya eres. Escuchando, se crece.

Porque si en mundo de ciegos el tuerto es el rey, en mundo sin oídos, quien escucha es la élite.

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Por qué no hay que pedirse perdón por perdonar

Es increíble cómo la teoría popular, la hipocresía social y otros factores de pensamiento colectivo han hecho que algunas ideas sean consideradas una locura cuya posibilidad de éxito ni siquiera se deba plantear por el seguro fracaso que, parece ser, siempre supone su aplicación. La variedad es tremenda: desde volver con un ex a pensar que tu jefe es un buen tío, pasando por confiar en desconocidos agradables o tirar por una vocación que no tiene salida laboral, el descalabro que supone cometer cualquiera de estas acciones prohibidas por el pensamiento social es traducible a merecer una somanta de “te lo dije” (o incluso palos), siendo conceptos como el dar una oportunidad, seguir tus sueños o incluso buscar ser feliz motivos totalmente insuficientes para el supuesto riesgo que implica cometer alguno de estos aparentes atentados contra la cordura.

Hoy vamos a analizar uno de los supuestos errores más grandes y, a la vez, una de las acciones más naturales y liberadoras para una persona, el cual es tan lapidado por la sociedad como alabado por los evidentes beneficios que supone. Solo hace falta leer el título para saber que nos referimos al perdón.

Mil perdones

El perdón es un elemento universal en las diferentes culturas. Básicamente y como todos sabemos, se basa en renunciar a los efectos de una falta en cuanto al “derecho” de venganza, rencor o castigo que se podría ejercer justificadamente con mayor o menor comprensión por parte de quien comprende la situación.

Si bien en otras épocas la venganza y el castigo se llevaban bastante, la principal consecuencia de una falta contra una persona a día de hoy suele ser el rencor de la persona afectada por ella, manteniéndose la relación. De hecho, aunque se ejerza un castigo o una venganza, el rencor sigue ahí habitualmente. Si lo pensamos un poco, los motivos parecen ser instintivos: ponerse el escudo en base a evitar la posible repetición del daño. A nivel sociedad humana, sin embargo, es más complicado, ya que el mantenimiento de relaciones en las que el rencor permanece suele generar múltiples problemas en estas que en el reino animal habitual suelen ser más difíciles de ver.

El perdón surge aquí como uno de los escasos mecanismos para la restitución del momento previo, si es que no es el único. De hecho, el perdón se traduce habitualmente como el dejar de tener rencor. Pero, en cualquier caso, vamos por partes con algunas situaciones de perdón típicas.

Perdón, te perdono, lo siento, no

La sucesión típica de hechos de falta y perdón suele ser la siguiente:

  1. Alguien comete la falta que afecta a otra persona.
  2. Periodo de tiempo entre el momento de daño y el momento en que quien la ha cometido se da cuenta de ello. Durante él, en la mente del dañado aparece la necesidad de queja, que se traduce en rencor de alargarse en el tiempo.
  3. La persona que ha cometido la falta descubre que lo ha hecho. Aquí, su mente decidirá si le genera sentimientos como la culpa o no. Este momento puede no llegar nunca, dejando en la fase previa al dañado. En caso de venganza o castigo —que pueden llegar en esta fase o las siguientes según si descubre el error mediante ellos (por ejemplo, multa de tráfico) o no—, le será más fácil percibirlo que con el rencor de la otra persona, aunque también es más posible que se escude en que es una víctima por considerar el castigo excesivo.
  4. La persona que ha cometido la falta decide disculparse o no. Se supone que, de haber recibido castigo o venganza, no habría necesidad, pero la realidad es que, tal y como en la anterior fase la venganza o el castigo suelen ser considerados comportamientos excesivos a día de hoy, también está extendida cierta creencia de que el pedir perdón no cuesta nada y es imprescindible para que se conceda.
  5. La persona dañada en un principio decide conceder el perdón o no. Teóricamente, ese perdón debería suponer la ausencia de posterior rencor, pero como ya hemos tratado, parece no ser tan habitual como debería.

Este último punto seguramente sea la clave del post y de la propia pregunta que le sirve como título.

La disculpa efectiva

Obviamente, la situación más habitual de disculpa y perdón obedece a temas nimios y tiene una gran abundancia en el día a día de las personas: alguien comete un pequeño fallo inconsciente que causa molestia a otra persona, se da cuenta, pide disculpas por ello, el dañado acepta las disculpas por saber que no tiene mayor importancia y voluntad y la relación se mantiene tal cual.

Cuando el error es más grande por hacer daño a la víctima de él (en lo físico o, más habitualmente, en lo mental), la cosa puede ser más complicada, porque para que el perdón sea sincero, la persona dañada tiene que sentir que la otra tiene bien claro cómo se siente y qué tiene de importante el error, así como darle esa importancia como infractor.

Esto no es habitualmente tan fácil, principalmente, porque el sistema no funciona con la facilidad práctica de un “ojo por ojo”, ni mucho menos: al tratarse de un tema subjetivo, la diferencia de valores entre las dos personas hace necesaria una gran empatía o comunicación para comprender qué significaría el fallo para él, y como todos sabemos esto no es muy frecuente.

Por ejemplo, pensemos en la rotura de un objeto con valor sentimental pero no general, pongamos un jarrón. Quien lo ha roto sentirá en un primer lugar el error como el haber roto un jarrón, mientras que la víctima sentirá en ese primer momento que se ha roto algo importante para ella. La persona que lo ha roto, para un disculpa sincera, no debe hacerla nacer por el haber roto un jarrón, sino por el haber roto algo importante para la otra.

En ciertas ocasiones, traducir el error a lo que la otra persona siente es muy complicado de interiorizar. En especial, lo es en casos o personas en los cuales no hay empatía, en que cuesta entender el error como importante, en que la otra persona no le importa, en que no se tiene información de lo relevante que es para la otra el hecho.

Un caso curioso, muy útil para entender que lo importante es lo que supone para el otro, es precisamente la situación opuesta: cuando alguien comete un error que, de sufrirlo él, le dolería bastante, pero que para la otra persona no es importante. Cuando nos pasa eso, nos esforzamos un montón por compensar a la otra persona; sin embargo, esta no para de insistirnos en que no fue nada y no le hacemos caso.

En resumen: lo importante para que un error no deje rencor es que la disculpa se base en la empatía y en el entender qué ha molestado a la otra persona, no en qué nos molesta a nosotros del error que hemos cometido. De sentirlo así, es mucho más fácil no solo el que el perdón sea honesto, sino que desaparezca el germen del rencor, el verdadero problema y que analizaremos en el apartado final.

Por qué no hay que pedirse perdón por perdonar

Por mucho que seamos maestros de cómo sentir nuestros errores y disculparnos por ellos, lo más habitual es que la gente no se sepa disculpar por lo tratado arriba: por falta de empatía con lo mal que nos sentimos.

¿Qué supone que esto ocurra? Rencor. Si alguien nos hace daño y, al disculparse, no entiende bien la importancia de su acto, nuestra cabecita nos va a dejar con la mosca tras la oreja aceptemos las disculpas o no. Ya no es cuestión de que sea un perdón honesto y completo, perfectamente puedes querer perdonarle: el problema está en que tu mente sabe que esa persona no ha entendido el fallo y le ha dado la importancia que para ti supone. Esto hace entender a nuestra mente que podría volver a cometerlo en cualquier momento, ya que —de ser la disculpa sincera, pero sobre algo equivocado—, intentará cambiar o evitar algo que no es lo que nos ha hecho daño en realidad. Nuestro cerebro no será tonto e imaginará que, de verse en una situación similar, nuestra persona querida volverá a caer en el error y nos provocará de nuevo el daño, guardando ese escudo, ese rencor hacia ella, como protección por si acaso, por mucho que intentemos convencerlo de que el otro se ha disculpado lo suficiente.

Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿No perdonar a quien no es capaz de ponerse en nuestro lugar? No diría tanto: nos quedaríamos solo con personas muy empáticas o que nunca cometen errores, con lo que dada su poca abundancia y que tampoco es que eso lo sea todo en el mundo, quizás sea mejor abrir un poco la mano.

Diría que una clave es la comunicación de por qué nos duele tanto. Si bien nuestras personas más queridas deberían saber lo que nos importa, no está de más intentar hacerles entender el daño como es debido.

La otra quizás sea entender que el rencor no tiene efectos tan positivos como se le presumen a nivel instintivo.

El rencor nació para ser un mecanismo de defensa ante cosas mucho más simples que las que las personas sufrimos a día de hoy: saber que tal animal te puede robar la comida o que ese otro ha matado al abuelo y puede hacer lo mismo con nosotros. Con cosas como jarrones que se rompen funciona igual, pero como es obvio, la persona que ha roto el jarrón no debería romper jarrones a menudo, siendo la complejidad de los actos de daño algo que, si bien pueden ser categorizados, quizás sean demasiado específicos como para el daño que produce el rencor.

Y es que, el gran problema que produce el guardar rencor es a quién afecta de verdad. La sociedad nos dice que ante un daño personal de cierta importancia no debemos perdonar: castigo y rencor. Sin embargo, el perdón tiene dos personas: el que debe ser perdonado y el que perdona.

Si tú no perdonas, el daño es casi siempre para ambos: para esa persona, que se ve privada de ti, y para ti, que te ves privado del resto de cosas que da y encima guardas rencor. Pero lo peor es que esa persona no tiene por qué cambiar, ya que aquella con la que ha sufrido por su error ya no está y no tiene por qué tener el miedo a una segunda vez.

Si alguien rompe jarrones metafóricos a menudo, obviamente, no hay por qué perdonarle y seguir como si nada. Pero lo inteligente no es guardar rencor, sino apartar de tu vida a esa persona. En cualquier caso y aunque lo parezca, apartar a una persona no va en la línea del perdón y el rencor: alguien puede no guardar rencor pero elegir no continuar con la relación que le une a otro, al igual que alguien puede no perdonar y guardar rencor a alguien con quien comparte entorno.

Así pues… ¿alguien se equivoca no guardando rencor? Tal vez nunca. Se equivocará manteniendo relación con gente que no merece, se equivocará no sabiendo hacer entender a una persona el motivo del daño, se equivocará pensando que esa persona no es así y no volvería a hacer. Pero al intentar no tener rencor puede que nadie se equivoque, ya que no guardar rencor libera a uno mismo de un error que no ha cometido.

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Todos tenemos nuestro pequeño departamento de rencor en la mente. Sin embargo, ¿nunca te ha pasado que ha alguien a quien te dicen que deberías tenérselo ya no se lo tienes? ¿Que has encontrado “la paz”? No te digo que nos cuentes tu experiencia, pero no dudes en comentar qué opinas del post, así como en darle Me gusta y compartirlo con esa gente a la que buena falta le hace. 

Por quien hacemos callar a quien queremos (La muerte del conocimiento personal no certificado II)

En la primera parte, Injustificado, tocamos el tema de cómo la credibilidad antes intocable, la de las personas queridas, se está viendo apaleada por la precoz introducción de la información móvil y la creencia de la omnisciencia e imparcialidad de internet a la hora de dar la razón o quitársela a la persona con la que se charla.

Hoy vamos a profundizar más en los dilemas que está suponiendo la falta de control de este implacable juez disfrazado de herramienta de apoyo.

Memorias del ceño fruncido

Recordemos el supuesto bien conocido. Charlas con un amigo, pareja, familiar, persona allegada y/o querida en general y le cuentas algo que has visto o conoces. La otra persona frunce el ceño (siempre fruncen el ceño), tira de móvil y te dice que eso no es verdad a partir del primer o segundo resultado que le aparece en Google a partir de un par de palabras clave. En la mayor parte de casos aceptarás la información—te habrás equivocado, a saber—, pero habrá en otros que no porque, narices, has visto cómo si le echas agua al fuego lo apagas, por mucho que diga internet. Y la otra persona, si te pones ciertamente irritado o incluso amenazante, tal vez te dé la razón con el ceño fruncido que indica que como a los tontos, porque lo que tiene en su mano es verdad con mayúscula.

Pero… ¿quién narices hace que eso sea verdad en mayúsculas?

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Verdades del juez plural

El funcionamiento básico de un buscador es conocido por casi cualquier usuario: introduces las palabras que consideras y busca el resultado más relevante para esas palabras.

“¿Relevante por qué?”, claro. Eso ya es más complicado.

Como todos sabemos, los parámetros de configuración de búsqueda de Google y similares, están sometidos a una serie de variaciones según nuestro historial y preferencia definidas de un modo u otro, pero —más allá de ello— la variable que siempre ha resultado más importante ha sido el posicionamiento del término buscado, bien sea pagando (SEM) o, sobre todo, por propia adecuación del contenido a lo que el famoso algoritmo de Google busca (SEO).

Al algoritmo, si tratamos de compactar en un término sus partes (como las referencias en otras páginas, la calidad del contenido, accesibilidad y demás), lo que más le importa para que aparezca un contenido es la aceptación del público de ese material. Viene a sumar la parte más “subjetiva” —que la gente lo comparta o lo mencione en otros lados, que esté enlazado— con la fácilmente medible para un motor así: el que el contenido sea original (no esté repetido por ahí adelante), la web entre en los códigos típicos de accesibilidad, sea responsive, etcétera. Además de (por supuesto) que las palabras que buscas y clave estén en ese contenido.

Pero vamos, que —en definitiva— el no tonto buscador va a intentar que salga el contenido más potencialmente aceptado por el que lo busca para que la satisfacción que dé le haga repetir. Y la maximización de esa aceptación en búsquedas de términos aleatorios que pueden surgir en una conversación casual con una persona cercana sobre algo que el que busca no domina del todo (por eso tiene que buscarlo) se realiza ofreciendo en primer lugar resultados que sean capaces de satisfacer a una gran cantidad de población que busque eso. Es decir, contenidos que basan su credibilidad no en su veracidad, sino en la cantidad de gente que los ve, puede ver o comparte. Gente que, en la práctica totalidad de casos, no podrían ser productores de esa información, sino que son simples espectadores de ella, simples consumidores de ella, simples aceptadores de ella, como quien está buscándola. Ese que, recordemos, busca porque no sabe la respuesta a lo que está buscando.

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Por quien hacemos callar a quien queremos

¿Es entonces veraz el contenido que se está ofreciendo? O mejor dicho: ¿es veraz el contenido que se está usando para deslegitimar la palabra de la persona allegada? Pues dependerá del productor del contenido, no del resultado en Google.

Porque a la posición y relevancia del resultado que lees lo que le da la legitimidad y posición en la búsqueda son dos cosas:

A: la gente que comparte, visita o enlaza el contenido indicado por el resultado.

O B: un responsable de SEO eficiente. Uno que sepa o acierte cómo configurar su web y contenidos para que ante esa búsqueda de resultados su página aparezca primero.

Ignorando la orwelliana creencia de que Google pueda llegar a ofrecerte el contenido que le interese por sus propios fines, esos dos de arriba son los jueces de verdad que utilizamos para deslegitimar la verdad de las personas que nos rodean tirando de móvil: masas de desconocidos —cuya opinión imagino que te importa porque son muchos y no porque sean personas queridas— o unos especialistas del SEO.

Obviamente, si alguien nació en 1984, difícilmente el resultado de búsqueda te va a decir que nació en el 87 por fastidiar. Pero, por favor, un poco de cabeza a la hora de decidir si nos compensa estar dudando constantemente de la palabra de la persona con la que nos estamos tomando algo.

Si estás en tu tiempo libre con alguien y aunque luego te informes si te deja la espinita, tal vez debería importarte un poco más su opinión que la de una montaña de datos de desconocidos en Google. Si no es así, mejor vete a casa y aprovecha el tiempo con aquello que de verdad quieres: puede que no sean personas, pero tienen las respuestas que amas más que estas.

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Si estás hasta las narices de que se dude de tu palabra móvil en mano, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. ¡Nunca se sabe cuándo podrías utilizarme para contradecir a la gente con la que tomes algo!

Injustificado (La muerte del conocimiento personal no certificado I)

¿Cuánto hace que no publico? ¿Un año, tal vez? En cierto modo, me molesta. Me pica en la parte de detrás de la cabeza: que soy bueno, que no desaproveche. En cierto modo, tuve toda la razón del mundo y ninguna: no las hay para hacerlo.

Este post me viene muy bien para exponer porqués y al mismo tiempo tratar un tema que me daña tanto como me lleva apasionando durante todo este año de vacío: la muerte del conocimiento personal no certificado. Creo que me dará para varios.

Recuerdos del ignorante

En Ignorante  —uno de los últimos antes de la sequía de publicación, que no de pensamiento—, ya empezaba a notar cómo cierta hemorragia me iba a acabar por dejar bastante silente y amordazado. En él defendía mi libertad para equivocarme en mis opiniones, aunque en el fondo —no de forma tan transparente— también hablaba de cómo sentía que dijese lo que dijese era cuestionado, obviándome cualquier tipo de conocimiento. Una herida bastante sangrante en mis últimos tiempos.

Lo hablaba recientemente con un amigo: tengo y tenemos la sensación o realidad de que el papel del amigo que aporta opinión a tener en cuenta fuera de lo personal está pasando a la extinción. Porque para poder dar a día de hoy un razonamiento que se tenga en cuenta sobre algo no personal —sin tirar de discurso buscalikes, diplomacia, autoritarismo y demás daños— necesitas poco menos que un certificado.

La justificación sin justificación

La tecnología móvil y la conectividad son un auténtico regalo para el conocimiento. La capacidad de estar conectados a una fuente de datos de tal calibre como internet en la palma de la mano en cualquier momento del día nos vuelve poco menos que androides plenos de información. A priori, esto es un don, no algo negativo. Sin embargo, como con tantas otras cosas, la precocidad de su implantación está dejando víctimas a nivel pensamiento que uno duda que deban serlo. Y si no, contemplemos esta anécdota no basada en un hecho real pero que seguramente todos hayamos vivido en algún momento.

Estás hablando con alguien y, ante un comentario suyo, aportas algo que conoces del tema. Tu acompañante te dice «¿Sí?» con el ceño fruncido y tú «Sí, lo vi el otro día», no sabiendo muy bien qué día lo viste, pero sabiendo que lo has visto. La otra persona saca el móvil y se pone a escribir. «Pues aquí no pone nada». Y tú, que sabes que es así, le dices que bueno, que no lo pondrá, pero que así es, a lo que el otro asiente con la boca cerrada con firmeza y el entrecejo todavía arrugado. No hace falta ser muy empático para percibir que no te cree.

¿De veras es necesario tener que entregar una bibliografía con sus correspondientes enlaces de interés cada vez que uno aporta una información a alguien? Por momentos, parece que la nueva era lo presupone. Pero entonces…

La credibilidad que la red robó a la confianza

Cuando uno piensa en valores (no en valores de currículum, ni valores de principios), hay varios que siempre saltan a la palestra: amistad, amor, fraternidad, familia, equipo… Unidos a cada uno de estos van la escucha y la credibilidad.

¿A quién le hacemos caso desde siempre? A los amigos. A las parejas. A la familia. A nuestros padres. A la gente que queremos, vamos. ¿Y por qué? Porque tiene nuestra credibilidad.

Obviamente, la credibilidad clásica temblaba cuando de un tema nosotros teníamos más conocimientos: si un amigo que siempre restaba dos puntos en los exámenes por no acentuar nos venía diciendo que patata llevaba acento en la segunda a, podíamos no llegar a creerle o contradecirlo, pero era más bien residual, porque en general la gente teníamos mucho respeto a la opinión de nuestros allegados o personas de confianza. Podíamos creer que se equivocaban, pero en ningún caso dudábamos de que la credibilidad de lo que nos decían, de que lo decían creyéndolo.

La nueva realidad es un puñal para este modelo.

Aun creyendo que se estabilizará en algún momento y que es la precocidad de la adopción de la nueva conectividad lo que ha derivado en esta situación, lo que estamos viendo a día de hoy se enmarca en dos o tres términos de lo más impactantes para lo que vinimos viviendo durante toda la existencia humana: hay incredulidad ante la palabra de quien apreciamos, hay desconfianza ante lo que cree el compañero y hay una soberbia y sentimiento de egolatría y de “yo lo sé todo con esto que tengo en la mano” cada vez más extendidos y dolorosos.

Porque hacen que quienes creemos tener cosas que aportar propias, originales y formadas por nuestra experiencia nos veamos coartados por el tener que justificarlas con un medio ajeno, cuando durante siempre hemos tenido nuestra palabra y nuestros méritos como justificante válido.

Y el problema no está solo en que nuestros más o menos allegados se crean con derecho a desconfiar de nosotros en nuestra cara o se escuden en la supuesta imparcialidad de internet (qué gracia) para dudar de lo que les estamos contando. El problema gordo está en que:

A: el dato que se saca en primer término de una web es el de una persona desconocida legitimada por quién sabe cuántos desconocidos que, parece ser, solo con ser muchos tienen razón.

Y B: a ti se te quitan las ganas de aportar. Porque cuando tú no pones en duda la verdad personal en la palabra de quien te rodea, tampoco tienes por qué aguantar que quienes están a tu alrededor lo hagan de la tuya, cuando si les estás aportando es precisamente para que podáis aprender del otro y crecer juntos.

Y no, no digo que tengas por qué creerle. Digo que no tienes por qué dudar de que esa persona sí lo cree.

Injustificado

Con esto pongo punto y final a la primera parte de esta serie: básicamente, una breve exposición del seguramente gran motivo para no publicar este tiempo.

No pido que se me escuche, ni exijo que se me crea. Es tan solo que me da asco sentir que por no tener el respaldo de unas masas ovejiles y poco menos que sectarias detrás no merezco credibilidad. Si no la tengo, ¿para qué pierdes el tiempo escuchándome?

Espero poder ofrecer pronto una mayor explicación de cómo el nuevo perfil conectado desarticula el poder del pensamiento diferente al ovejil, acabando por hacer que no publiquemos nada nuevo en años, así como la naturaleza de esa verdad web que aceptamos como principio absoluto.

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Si te ha gustado y tal, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. Piensa que podrías tener que usarme como contradicción a lo que alguien está diciendo mientras charláis 😉

Olés de la sociedad de la amargura laboral

Esta semana, una compañera dejaba el trabajo por encontrar algo mejor. Olé ella.

Si hay algo que caracteriza a nuestra sociedad laboral es la amargura. Las declaraciones de satisfacción con el trabajo son una mezcla entre animal en peligro de extinción y taza de Mister Wonderful: hay pocas, van a menos y para la gente suena a azúcar a cortar de la dieta. Frente a ellas, la estabilidad se impone como referente: da igual estar amargado, hay que mantenerse para poder cobrar. Eso sí, boicoteando el ánimo del de al lado y, si eso, del proyecto para que A, el entorno piense igual y podamos expandir el desánimo en medio de un mar de empatía rancia, y B, con algo de suerte la empresa se venga abajo y no nos quede más remedio que salir de la zona de confort, buscar algo mejor y pasar entonces a centrar nuestras críticas en ello hasta también echarlo abajo. Si puede ser, entre alabanzas a nuestra antigua empresa, en la que se trabajaba mucho mejor, más cómodamente o adverbio laudatorio que corresponda.

Esta semana una compañera dejaba el trabajo porque encontró algo mejor. Y olé ella.

«Olé ella» porque lo que una persona tiene que hacer cuando no está a gusto es buscar estarlo. Dentro de la situación, tratando de estar mejor en ella o mejorándola; trabajando por ello con cosas útiles y a quien se debe, no con críticas al aire de la nada o el desánimo colectivo. Si no se puede, pues buscando algo nuevo en lo que te encuentres a gusto: puede que no estés donde tienes que estar.

Pero claro, es que aquí seguramente te sientas donde debes. Porque aquí vivimos en la sociedad de la amargura laboral.

pinchando pixabay

Entornar los ojos en el trabajo está a punto de hacerse característica indispensable: unos, por ver todo mal; otros, por el hastío de que todo se vea mal

El objetivo parece haber dejado de ser la supuesta utopía de un entorno de trabajo en el que se esté bien y haciendo lo que a uno satisface. Ahora se lleva lo de encontrar el trabajo en el que se sea trituradora de ilusión ajena y del que no se pueda escapar.

Porque la capacidad de creación de ataduras en nuestro panorama laboral es extraordinaria.

En primer lugar, buscando optar al funcionariado para poder acceder a un puesto —en general— para toda la vida, cuya estabilidad y buenos salarios sirvan de excusa para justificar la muerte de ilusiones de algo mejor. Al tiempo, el inmovilismo y la inacabable cadena jerárquica típicas de la gigantesca Administración Pública garantiza la crítica y la posibilidad de trasladar la responsabilidad de la mejora a un ente abstracto (que si «el Estado», que si «los de arriba») que nada hace.

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De poco vale tomarla con una estatua. Si quieres cambiar algo, acude a quien puede hacer algo o acceder a hacer algo. Criticar una estatua es fácil, pero no va a hacer nada.

En el caso de lo privado, la excusa suelen ser los compromisos extralaborales. «Qué más dan las condiciones de trabajo cuando hay una hipoteca, un coche, una casa que mantener: estar amargado en el trabajo es el precio a pagar por ello.» A esto se le suman disculpas como el contrato, los compromisos de permanencia, los «tengo a los chavales en el colegio de al lado», los «no lo voy a dejar a medias ahora», los «me necesitan» y demás familia.

¿Sabéis algo? Buscar otra cosa mejor mientras se está no cuesta nada. Y si no la hay, puede aparecer con el tiempo.

¿De qué te sirve investigar un mes, rendirte y dejarlo para estar veinte años en un sitio que no te gusta? Comentaba una colega el otro día, con respecto a otro tema, que no hay que conformarse con un 7, sino ir a por un 10. Pues los dieces no aparecen doce veces al año: hay que currárselo, y si hay que dedicarse a buscar algo mejor un poco tiempo al día, a la semana, estando en un entorno en el que estás amargado, pues se busca. Cuando ese 10 —ese 8, lo que aspires que sea mejor que lo que tienes— aparezca, te vas. No te quedas amargado y amargando toda la vida en un entorno en el que no estás contento: la oportunidad va a aparecer si estás capacitado para ella.

Y si no estás capacitado para un trabajo de lo tuyo en otro lugar… Bueno, con objetividad, no hay que ser muy inteligente para ver que lo que puede estar ocurriendo es que el problema no esté tanto en tu puesto actual como en la incapacidad que tienes para afrontarlo. Las opciones en tal caso son claras: fórmate más, emprende o afina más el puesto de trabajo que quieres conseguir o en el que realmente eres bueno.

Si aun así las excusas siguen siendo las mismas… no te quejes tanto de otros y asume tanto los motivos y ventajas que hacen que te quedes como tu responsabilidad en la culpa de la situación que te amarga.

El ser humano tiene la costumbre de echar piedras al tejado de los demás para que los agujeros en el suyo no se noten tanto. Pero las goteras están ahí y esas no las tapa la verborragia de disconformidad y criticismo inocuo: uno está donde quiere y puede estar.

Olé a quienes tienen el valor de aspirar a algo mejor. Y un último olé, también y cómo no, para aquellos contentos en su trabajo.

Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

3 estrategias del pelota eficaz en redes sociales (y un apunte para la gente honesta)

Ayer comentaba con una amiga lo mal que se me da el tema redes sociales en lo personal, pese a ser un tío con bastante experiencia y formación en el tema. Y es que, para quien aún no lo sepa, una de las bases de las redes sociales es la cara y el hacer la pelota.

No estoy criticando a quien lo hace: es hipócrita y cuñado venir con pancartas de “Odio eterno a los lameculos” cuando nuestra sociedad se lleva moviendo en estos fueros desde tiempos de Poniente y la Tierra Media. Simplemente hay gente que sabe y gente que no. Pelotas inteligentes y halagadores retrasados, como yo mismo.

Analicemos 3 grandes diferencias entre el funcionamiento del pelota exitoso y el fracasado en redes sociales.

Diferentes Pelotas

Receptor y circunstancias del halago

El pelota retrasado halaga cuando ve algo digno de halago y critica cuando tiene confianza con la otra persona o se le pide. Ambas cosas no dependen del número de seguidores o popularidad que el otro tenga. Mal.

El pelota inteligente halaga a quien tiene seguidores y halagos, y lo hace cuando ve que hay algo que halagar o, directamente, es un buen momento. A quien no tiene poder, seguidores o más halagos, como mucho, le da like, aunque el contenido o el motivo de halago le parezca evidente.

muchos likes

Utilidad y cantidad del halago

El pelota retrasado no interviene cuando no puede aportar nada. Normalmente, participa cuando ve que su opinión tiene una utilidad, y una vez la da, suele recibir la respuesta con un MG de “Leído” sin seguir dando coba.

El pelota inteligente, por su parte, comenta por comentar en publicaciones que saben que otros ven. Realiza una labor extensiva (comenta a la mínima y a quien sea sin que le importe su interés en el contenido o su calidad), normalmente con comentarios genéricos que poco ofrecen. Además, hay quienes no dudan en introducir spam para recibir visitas. Peticiones de follow, de leer esto —“que tiene mucho que ver”—, y demás familia.

spam en comentarios

El tipo de follow

Fuera de posibles followbacks, el pelota inteligente sigue a popus y a conocidos. Fuera de posibles followbacks, el pelota retrasado sigue a gente cuyo contenido le interesa, con independencia del número de follows o relación.

En el caso del pelota inteligente, los conocidos facilitan la inclusión en conversaciones en las que participen y la obtención de MG. Comentarios, menciones y demás pasan pues a sucederse, con el considerable crecimiento y acercamiento a cuentas de más seguidores. El que se mueve con gente con muchos followers vuelve exponenciales sus apariciones en muros y tweetlines de otros —lo que en marketing digital llamamos impresiones—, multiplicando la posibilidad de nuevos follows y crecimiento de la cuenta, normalmente apoyada en una sucesión de RT o respectivo “Compartir” según la plataforma que se suceden con frecuencia cada vez menor.

El pelota retrasado, por su parte, comentará mucho menos, se llevará muchos menos MG por la tradicional costumbre de las redes de no dar likes a publicaciones que aún no tienen muchos y perderá seguidores útiles, ya que al seguir a lo que algunos llaman “pocosfollowers”, con mucha menor participación, producción de contenido e interacción que el público objetivo del pelota inteligente.

patos follow

En resumen: 3 consejos para un pelota eficaz

  • Sigue a tus conocidos y a las cuentas populares, para poder hacer comentarios cuñados sobre ellas y los trending topic y llevarte RT y “Compartir” varios.
  • No pierdas el tiempo con cosas que te interesen y tengan poca repercusión. Ya lo harás cuando seas popular y retuiteen cualquier cosa por este hecho, dejándote además como bohemio o alternativo.
  • No te mates en hacer un halago útil. Puede llegar más a la otra persona, pero en general no llegan a ella si tiene bastantes followers y el comentario cuñado público hace que muchas más lo apoyen, generándote followers en torno a esa persona que te acercarán más a que pueda llegar a leerte en algún momento.

Apunte para la gente honesta

Gracias.

Por ser honestos con vuestros sentimientos. Por creer en la calidad del contenido por encima del envoltorio de los followers. Por los comentarios que no os van a dar follows útiles pero si hacer recibir sonrisas sinceras.

Gracias por trabajar con ilusión en un mundo de trepas y deshonestos. Gracias por inspirar historias de superación desde la pureza de comportamiento. Por ser grandes desde lo pequeño. Por creer en la gente que no cree en nada.

Seguramente no tengáis, no tengamos, seguidores acordes a nuestro contenido. Nuestro nombre no sea reconocido y nuestros actos reputados.

Pero, joder, qué orgulloso me hacéis sentir.

Cambiéis, cambiemos o no; crezcáis, crezcan nuestras cuentas o no, gracias por ello.

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