A solas: dos personas, mucho más que una idea opuesta

En el post de la semana pasada hablábamos de que, en general, la gente tiene mucha mayor capacidad de expresión cuando habla a solas con otra persona. Toda una escapatoria a la represión de ideas fuera de la norma de la sociedad actual. Hoy vamos a tratar otra de las principales conclusiones que podemos sacar de la ya citada campaña de Heineken Worlds Apart: el que las personas somos mucho más que un solo tema intolerable.

El vídeo, e insisto en mi apreciación del anterior post, es una excepcional muestra de la realidad del individuo en uno para uno con respecto a frente a la sociedad, por mucho que la situación tenga el carácter de experimento. Hoy vamos a analizar otra de las circunstancias vistas en él.

En determinado momento la chica trans dice “Nos conocemos muy bien para habernos presentado hace 10 minutos”, a lo que el tránsfobo responde con una sonrisa contenida de altísima sinceridad y comprensión.

El momento es excepcional porque para la actual sociedad de las redes, de la corrección política y todos estos supuestos avances, estas dos personas serían enemigos acérrimos sin ningún tipo de excusa. Al menos no desde el instante en el que el otro lo sepa. Sin embargo, este momento llega y vemos que la chica trans acepta al momento la cerveza y el tránsfobo incluso bromea con la supuesta seriedad del tema para luego aceptarla entre risas a las que se unen las de ella.

La lección para aquellos que fomentan el desprecio, la rivalidad y el odio es tan grande que ya me gustaría ver sus caras. Porque ellos seguramente nunca hayan visto una situación fuera de la teoría, y si la han visto la han tapado entre toneladas de panfletos, tweets ovejiles y vendas de lo que les han enseñado gente que tampoco ha visto una situación real.

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Lo que vemos en este extraordinario acto son varias cosas.

La primera es el saber diferenciar entre una persona y una idea odiosa de una persona. A las personas las forman sus ideas y valores. Pero todas, no una. Lo grupal nos invita a catalogar y a quedarnos con tres o cuatro etiquetas diferenciadoras, en especial negativas. Por eso en cuanto una persona que conocemos de segunda línea (por redes, por la tele, por coincidir un día en una fiesta) hace un comentario “inconcebible” para las creencias de alguien sometido a la intolerancia del sistema deja de tener todos los valores positivos de golpe.

Sin embargo, cuando eso nos pasa con un colega con el que tenemos una relación personal —especialmente, con los que hemos tenido conversaciones de cierta intimidad en uno para uno—, entendemos fácilmente que esa cosa odiosa no es más que una característica asquerosa de esa persona, pero no definitoria para romper nuestra relación. De hecho, lo más probable es que tratemos de evitar el tema o ir al debate para entender las posiciones del otro.

Nada que ver con lo que la teoría que nos están metiendo en redes, medios de comunicación y otras herramientas del sistema, fomentando el romper inmediatamente relación para pasar a la guerra con esa persona.

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Las personas somos mucho más que una idea diferente a las de otros. Somos gestos, somos el estar cómodos con los demás. Somos el haber pasado por cosas juntos. Somos sensaciones.

En el vídeo se ve claramente: no por tener ideas diametralmente opuestas en un tema tenemos por qué romper una relación. Obviamente, ante un comentario machista sincero y para mí no justificable de un colega, lo voy a mirar mal o le voy a decir algo. Lo mismo ante cualquier otro tipo de acto que ataque mis valores (prejuicios, odios gratuitos, malas educaciones). Pero lo que para una persona madura y con dos dedos de frente no tiene sentido es abandonar la sala al instante sin dar un punto de vista o sin buscar por qué el otro piensa así, por mucho que cuatro teóricos del pensamiento mediático y redsociálico nos lo hayan intentado meter en la cabeza.

Somos personas. Y las personas, por instinto, no reaccionamos así en un uno para uno. Porque, primero, tenemos muchas más cosas en común que en contra. Y porque a solas, lejos de toda su mentira, somos mucho más abiertos y tolerantes de lo que la sociedad nos empeña en vender, eso sí, bajo las hipócritas banderas de que debemos ser abiertos y tolerantes.

Doy gracias porque ejemplos como el de este vídeo hagan ver a esta gente que solo cree en lo que ve en una pantalla realidades que de otro modo tal vez nunca encontrarían.

A solas: tomar algo y la libertad de expresión

La pasada semana, un buen amigo me pasaba el siguiente vídeo de minuto y pico, de la campaña de Heineken Worlds Apart:

Casi lloro.

Obviamente lo de tomarse una cerveza es lo de menos. Quién sabe también cuántas personas se habrán marchado tras las declaraciones del otro o cuántos se quedan por aparentar. Pero con lo que yo me quedo, y a lo que dedicaré las dos próximas entradas, es con que la sociedad siempre nos aferramos a las diferencias para alejarnos del de al lado cuando, en general, tenemos mil cosas diferentes en las que coincidimos, siendo mucho más abiertos a las opiniones fuera de nuestra norma en el uno para uno. Hoy hablaremos precisamente de esto último.

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Que salte la alerta de vídeo inadecuado en un vídeo tan limpio como el que acabáis de ver arriba ya hace entender la falta de posibilidad de expresión de nuestra actual sociedad occidental.

Como hemos comentado en post previos, la corrección política vive un periodo casi represivo. Escudándose en ella, quienes no toleran opiniones distintas a las suyas limitan el que los pensamientos polémicos sean exteriorizados. En conversaciones grupales, la presión social se encarga de mantener las ideas bajo la misma corriente, ahogando las individuales, mientras que las redes sociales linchan a cualquiera que haga un comentario que las personas con mente de ovejas consideren fuera de lugar.

Por el contrario, en el vídeo podemos ver, simulada, una de las escasas situaciones en la que la libertad de pensamiento aún tiene algo de cabida: el uno para uno. Cuando dos personas quedan y tienen que estar un rato juntas, se produce una especie de vacío legal para la represión social del pensamiento ovejil, del cuñadismo, de la corrección política más autoritaria, de las banderas de movimientos sociales que luchan contra los valores de otros en vez de dar a ver los suyos propios.

Por supuesto, hay gente que ni así va a dejar ser uno mismo. Gente que ni siquiera va a serlo ella, disfrazada de estandarte de lo que hay que decir y no de lo que de verdad lleva dentro. Pero, normalmente, en ese uno para uno vamos a ver una realidad que nos han intentado tapar a base de opiniones sobre la sociedad en vez de sobre los propios individuos: el ser humano, individualmente, uno para uno, quiere entender a la persona con la que comparte conversación a solas.

Y eso es maravilloso.

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No voy a alargar más mi post de hoy. No lo voy a hacer porque creo tan firmemente en ello que solo tenéis que probarlo.

Escoged a la persona que queráis. Mejor dicho: escoge a la persona que quieras. Siéntate con ella en una terraza —o en una cafetería o en una mesa de restaurante, qué más da— y habla. Habla. Habla. Y cuando la conversación se vaya a un punto en el que las diferencias puedan emerger, debate. Y si te salta con un comentario que intente cortar tu expresión, no le sigas la corriente, y razónalo. Hazle ver por qué piensas así aunque “no tengas derecho” a pensarlo. Ahí verás que la otra persona, en la práctica totalidad de las ocasiones, va a escucharte, esté de acuerdo o no, y va a opinar con libertad de ese tema.

Podéis llegar a un acuerdo, podéis no llegarlo. Podéis aprender algo los dos, uno o ninguno. Podéis llegar a conclusiones que ni uno ni otro hubieseis esperado. Pero lo más importante es que, salvo raras excepciones, os daréis cuenta de que aún queda un lugar para poder ser libre de hablar de lo que uno piensa. Uno donde poder escapar del pensamiento de ovejas en el que la sociedad —bajo diferentes banderas, partidos, manifestaciones y movimientos— nos intenta encerrar. Ese lugar es a solas frente a otra persona.

Mientras dos personas podamos quedar, nuestra libertad de pensamiento siempre podrá crecer entre su maleza.

8 perfiles oscuros típicos del gestor de contactos

Si algo se repite por activa y pasiva es que una de las claves del éxito de la sociedad actual es la creación y mantenimiento de la red de contactos. Preocuparse por ellos, estarles encima, darle feedback, wasapito de vez en cuando, publicar al menos una vez al día en redes (5 tweets, un post en Facebook, una foto en Insta).

La situación es curiosa, ya que si algo también caracteriza a la sociedad actual es la falta de tiempo. Hay mil cosas para hacer, ya no digamos con trabajo o estudiando. Nueve horas diarias mínimo que se te van, más las comidas y el lavado de platos, más las siete-ocho de sueño, más las de ver los Juego de Tronos, 13 Reasons Why o afición de cada momento, más el gimnasio o por lo menos paseo para no evolucionar en morsa, más el estar con la gente que quieres.

Hoy, analizamos en clave de humor de dónde coño saca tiempo esta gente.

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1. No prestando atención al contenido

Todo un clásico. Este perfil da MG a todo con independencia de lo que la otra persona diga. Avanza por el muro de FB o Insta cual si fuese un entrenamiento de coordinación dactilar, dando corazones y pulgares a mansalva a amigos, enemigos, fotos geniales, que odian, contenido que apoyan y no, etcétera. Su ahorro de tiempo y su ratio de gente contenta los convierten en todos unos amigotes para públicos de alta hipocresía como el de las redes sociales.

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2. No teniendo aficiones

Para este tipo de contactero nato, no hay mayor afición que centrarse en saber de la vida del otro. El llamado Maruja 3.0 no tiene más ocio que el que puede utilizar para el propio contacto. Y es feliz. La última vez que vio una peli porque sí, escuchó una canción desconocida para el público general o hizo un comentario no cuñado se remonta a 2004.

3. No durmiendo

El contactero “night owl” pone un Stories a las 3.30 de la mañana quejándose de su insomnio, pero en realidad aprovecha las noches para ver las series que no le permite su cotilleo a las horas fuertes de las redes sociales. Perfil típico del universitario, si necesita horas de sueño las recupera de clases en las que no pasan lista o tiene amigos que firmen por él. O directamente durmiendo todo el día durante el fin de semana.

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4. Practicando el multitasking

Cuando este tipo de contactero disfruta de un momento de ocio —bien para tener tema ligero del que hablar con sus contactos, bien porque sus amistades tradicionales o sexuales le obligan— aprovecha la circunstancia para mirar el Insta, twittear la película y mandar WhatsApps durante su visionado. Se dice que son inmunes a las miradas de reproche de sus acompañantes de habitación y que son capaces de procesar hasta el 89 por ciento del argumento de la cinta o programa por encima del 20% de audiencia.

A día de hoy no hay datos que indiquen que puedan actualizar perfiles y leer novelas a la vez. Ni siquiera se ha podido constatar que sean capaces de leer fuera de una pantalla.

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5. Con extrañas dietas

Este conectero disfruta del resto de actividades, sacando tiempo de recortar en movimiento de piernas. En general, se mantienen delgados y atractivos a base de estrés, no comer por riesgo a perderse un trending topic de calidad y no salir en fotos desde tiempos de la Guerra Fría.

6. No teniendo seres queridos

Todas sus relaciones son secundarias y con posible interés social de segundo grado.

Habitualmente vive lejos de su familia, en un apartamento pequeño pero posteable, limitando sus relaciones en persona. Eso le permite una excepcional ampliación del tiempo útil merced a no hacer la cama más que para las fotos frente al espejo, lavar los platos una vez cada dos días o alimentarse a base de productos no perecederos para evitar los viajes al súper más allá de una vez a la quincena.

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7. A base de una selección implacable

La versión trepa del contactero. Se arrima a quien le permite acceder a alguien con más capacidad y cuando lo consigue lo abandona sin contemplaciones con argucias de buena cara, limitando su número de contactos trabajados en cada momento. Se dice que en sus casas tienen altares a aquellos youtubers y famosillos que colaboraban con estrellas del gremio con las que ahora no se hablan por tener público de sobra en su nuevo canal o programa.

8. Durante el trabajo

Suelen acceder a esta posición a base de su buen hacer en otras categorías. De las ocho horas de jornada laboral, 3 y un cuarto son dedicadas a las charlas por el Messenger de FB, la lectura de noticias curiosas que comentar, post como este o el twitteo a través de un perfil anónimo que de vez en cuando lo menciona y aplaude.

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¿Se te ocurre alguno más? ¿Crees en la existencia de gente con días de 28 horas? Comenta, comparte y esas cosas.

Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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Decadencia y muerte de las First Dates

Pasaba ayer por delante de una atractiva pareja de jóvenes, sentada a un banco del centro de mi ciudad. Físicamente —valga el prejuicio—, tal para cual.

Él le preguntaba si “eso” no era “tal”, a lo que ella respondía que “no”, que esa era “en la tercera saga”, que en “la de los 70” era “otra cosa”. El chico asentía y sonreía entre la frustración y la incomodidad.

Qué jodido es, a día de hoy, tener primeras citas.

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Me siento viejo y acabado; achacoso. Mi antigua amodestia física ha pasado a convertirse en un “No te preocupes: para lo que lo usas…”. Ya no creo demasiado en el clásico modelo de una primera cita cuando sé que todo está dicho por Direct o WhatsApp. Ya no espero poder vivir eso de conocer a alguien una mañana e invitarle a tomar algo.

Murió hace mucho.

Sin embargo, sea por el programa de Sobera en el que vemos a varias parejas de desconocidos tener una primera cita ante las cámaras o por una nostalgia de tiempos pasados impropia de un chaval de solo cuarto de siglo, lo de las “first dates” lleva un par de meses llamándome la atención.

No tardé ni cinco pensamientos en darme cuenta de que el concepto está fastidiado.

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Al contrario que el programa: viento en popa

Si hay ganas de comer y espacio para hacerlo, la cosa está chupada: la risita en el silencio llega rápido y el abalanzamiento (¿abalance? ¿abalorio? ¿avalancha?) se produce sin mayor problema, pero… ¡ay como la conversación tenga que hacerse protagonista!

En primer lugar, porque a la hora de establecer conversación con desconocidos, tiramos de temas manidos que, o bien nos resultan incómodos o bien nos la lían mucho:

—¿A qué te dedicas?

—Estudio Historia. ¿Y tú?

—Veterinaria.

—Ah… —Silencio incómodo—. ¿Qué tal lo de meter el brazo en vacas?

No.

Cuando no tenemos más que una idea general de la profesión del otro, hablar de trabajo no funciona bien. Además, puede derivar en todo un clásico: el empezar con la política o “lo mal que está todo”. Que puede hacernos empatizar, sí. Pero en un plano de cabreo y bajada de ánimos que no viene bien en absoluto.

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Participante de First Dates ríe profusamente tras ordenar a su perro arrancarle la nariz a su cita. Él acaba de decirle que “si estás parada es porque quieres”.

Quedémonos con lo de no dominar el tema en el que el otro es experto y llevémoslo al plano de las aficiones. Antiguamente, hablar de música y películas era una opción de lo más común y útil; a día de hoy, es una bomba de relojería.

La enorme variedad de entretenimiento a la que optamos y los nuevos medios —como la televisión a la carta o el visionado por internet— han hecho no solo que el que coincidamos en un producto de entretenimiento sea complicado, sino que de coincidir, un miembro suela estar a un nivel más que el otro:

—¿Ves Strange Things?

—No. ¿Tú True Detective?

—No, la tengo ahí aparcada. ¿American Horror Story?

—No me va mucho… —Se le enciende la bombilla—: ¿Juego de Tronos…?

—¡Claro! ¡Empecé ayer, llevo cuatro!

—(Principiante… ¬¬)

Tanto con la música como con las películas pasa algo por el estilo: el entretenimiento ha pasado a dividirse y especializarse tanto que el antiguo perfil común de espectador mainstream que veía lo que ponían en la tele ha pasado a un segundo plano, creando gente con un dominio altísimo sobre ciertas series y sagas que nadie en su entorno ve. Esto suele generar comportamientos de superioridad al hablar del producto que domina y de completa falta de interés e incomodidad cuando le hablan del que no. La escena de la pareja en el banco a principio de post, todo una muestra de ello.

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No te preocupes, Diana: es bastante frecuente que nadie aguante a nadie

La razón por la que nos tenemos sentados uno frente al otro suele ser un buen recurso.

Por ejemplo, “nos ha presentado un colega, vamos a ir por ahí”. Hablar de otros es un clásico en todo tipo de conversaciones de ambiente informal. Aunque claro, en una primera cita, los datos que das sobre tu amigo suelen medirse bien por un posible fracaso. ¿Qué quiere que sepa el otro? ¿Qué sabe realmente de mi colega? Lo más probable es, pues, que el tema se extinga rápidamente tras un par de halagos a la celestina, o que se trate de llevar a más conocidos comunes que —dado que no conocíamos la relación antes— hacen dominar a las posibilidades de que no se lleven, se caigan mal o no favorezcan nuestra imagen frente a la de que sea todo un acierto.

Si —otro ejemplo— estamos tomando algo con alguien que acabamos de conocer en una charla sobre termodinámica o introducir el brazo en vacas, la cosa suele ser mucho más sencilla. Está claro que la afición suele ser común y a partir de ahí fluyen bien temas como si con los dedos extendidos o el puño cerrado, o cómo fue su primera vez (en el interior de una ternera gallega), así como lo bien o mal que lo hizo el ponente de la conferencia.

Quizás es por eso que muchas relaciones salen de este tipo de situaciones: del haber compartido una experiencia de la que habéis salido airosos juntos.

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Ir al cine en una primera cita está desfasado y la mayor parte de autores lo ven poco recomendable. Sin embargo, antiguamente tenía una defensa bastante lógica: generar una experiencia común. Además de tenerla a oscuras con la mano junto a la tuya y evitar charlas que se carguen la cita, claro.

La experiencia común seguramente sea (más allá de la atracción sexual) la clave del funcionamiento de una primera cita.

Habiéndonos cargado el atractivo de la conversación barata y de libro, así como las aficiones en común, el tiempo libre y la necesidad de tener pareja, vivir fuertes experiencias juntos de las que salir reforzados y que permitan alcanzar los besos y el sexo que luego vuelvan más satisfactorias las conversaciones es la realidad del éxito en una primera cita actual.

La primera cita romántica ha muerto. Larga vida al meter brazos en vacas.

Cuando el problema perfecto chocó con el humano desesperado

Qué complicado es cuando te enfrentas a un problema inafrontable y a la vez ineludible.

Cualquier persona con la que alguna vez haya hablado del tema sabe muy bien cuál es mi principal consejo a la hora de afrontar tristezas o calamidades irresolubles: la distracción.

No pudiendo plantar cara al monstruo de tú a tú por tener él más brazos y piernas —y también nubes, truenos, avisperos y falta de humanidad—, la mejor alternativa es dedicarse a hacer cosas que aparten de tu mente el asunto.

“No hay mayor desprecio que no dar aprecio”, dicen algunos, y lo cierto es que es bastante aplicable al tema problemas: si no es “atacable”, si no puedes enfrentarlo (subrayo), apartar el problema de tu mente es la solución óptima habitual, ya que la práctica totalidad de ellos tienden a remitir con el tiempo.

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Hacer deporte o empezar una serie nueva -como puede ser Black Mirror, que vuelve en nada y dios qué ganas vale ya me callo-, puede venir muy bien para capear el temporal mientras no pasa; pero ojo, solo si el problema no es determinante o fácilmente resoluble. Haz el favor de bajar al súper a comprar comida y apártate de esa amiga que te tiene amargada

Enfrentarse a lo ineludible es un caso aparte.

Muy de vez en cuando hay problemas que no podemos solucionar ni obviar, pues no somos más que metafóricos Simbas sin Mufasas en medio de una estampida de sentimientos hechos ñus.

¿Cuál suele ser la habitual solución humana? Contar los problemas a otros.

No digo que no sea una alternativa viable—especialmente cuando son problemas comunes, existe una solución obvia, necesitas un empujón o tus amigos son bastante más sabios que tú—, pero en general, tratar un problema inarreglable e ineludible con un amigo puede, y suele, tener idéntica eficacia que pegarse un tiro en el pie.

Los problemas inatacables son como caca. Caca pegaj- y olorosa. Cuando se nos estropea la cisterna y no podemos deshacernos de ella, podemos asumirlo o cerrar la puerta e ignorarla hasta que no nos quede más remedio que volver o llamar a alguien para que nos las arregle. Pero si nuestros amigos no son buenos fontaneros para este tipo de atasco en particular, lo más probable es que acabemos llenando del santo aroma de nuestro retrete toda la casa, ya que no solo estaremos rayados con i griega, sino que tendremos a gente que no puede ayudarnos paseando por ella oliendo a mierda —para poco espabilados, aunque dudo que aquí los haya, recordándonos el tema insistentemente—.

rallar o rayarse

Mi agradecimiento a Nana Moscurry y la Fundeu por resolverme tan rallante duda

Parece claro que el problema del retrete tiene su solución llamando a un especialista, pero creo que todos nosotros conocemos casos, como este mismo, en los que es incómodo tirar de un tipo con conocimientos técnicos. De hecho, pienso que los mismos todos nosotros tenemos alguna experiencia en la que la persona que domina el tema no se explica un problema y, a base de tener que sufrirlo y no aguantar más, nuestra mente parece entrar en la nave de los de Matrix, enchufarse un pincho en la cabeza, aprender una FP en un minuto y resolverlo en un instante.

Esto, se debe a que el ser humano tiene una asombrosa habilidad para superar sus límites cuando el problema lo acorrala.

Esta es, a mi ver, la principal alternativa a la hora de enfrentarse al problema a la vez irresoluble e inevitable: tirar de la “omnipotencia” que nos da la no escapatoria.

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La parte instintiva suele funcionar bien en casos extremos. Desde lo físico, con el típico subidón de adrenalina que nos vuelve levantadores de peso, a lo mental, que hace que Homer tumbe rinocerontes a base de lo que parecen ser palomitas. Pero… ¿cómo hacemos con lo conceptual?

¿Cómo hacemos para afrontar un problema de nuevo milenio? ¿Uno de esos que el cuerpo no detecta como tal y no podemos resolver con la violencia o la comida?

A día de hoy, pensamos. Mucho. Nos rayamos. Nos lamentamos. Nos compadecemos. Analizamos una y otra vez lo pasado y vemos las mil formas de haberlo hecho de otra manera que no hemos llevado adelante ni lo podremos llevarlo más. Por otro lado, le contamos nuestra situación a otra gente para que ellos nos analicen y den su opinión, nos digan qué harían. Pero lo que nunca hacemos es unir lo mejor de uno y otro.

Nunca vemos nuestra situación actual, nos paramos a analizarla y damos nuestra opinión.

Nunca nos escuchamos a nosotros mismos.

Cuando funciona maravillosamente, por no decir otra cosa…

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Ya está, ya lo he disho

Funciona de puta madre porque el mayor experto en solucionar nuestros problemas somos nosotros entre la espada y la pared. Nosotros que conocemos de cabo a rabo el mundo en nuestra cabeza, nuestros valores, nuestra realidad, nuestra situación, fronteras y pasados mejor que nadie.

Y hay mil formas de escuchar y opinar sobre uno mismo. Aunque yo solo me acuerde de ella cuando estoy al extremo, tengo bastante clara la que me funciona, por mi deformación profesional: escribir mi situación en tercera persona, como un personaje más. Me permite ver las cosas muy bien. Hay a quien le gusta el modelo diario, escribir lo que siente y luego releerlo. Para otros, será más fácil hablar solo o ante una grabadora de móvil y luego analizarlo, parando cuando haga falta. Cada uno tendrá su modo favorito.

Y sí es verdad que es complicado. Sí es verdad que abrirse a uno mismo —sobre todo al tratar un problema de calibre— a veces rompe, y te encuentras débil, y cayendo y demás.

Pero la realidad es que, cuando de veras un mundo que no se va a levantar solo te aplasta, resistir su peso hasta que el corazón te salga por los lacrimales no te va servir de mucho. Y en este caso tampoco lo va a hacer mirar para otro lado, ni caer en el victimismo ante otros, ni mucho menos taparlo con violencias y alcoholes que pertenecen a otra época. No.

Los problemas sin solución pueden ser invencibles. Pero cuando de veras no tenemos escapatoria, las personas podemos ser todopoderosas.

¿Os suena lo de la fuerza irresistible y el objeto inamovible?

Pues a ver quién gana.

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Diría lo de comentar, compartir y tal, pero bueno, gracias por estar. Es mucho.

Por qué las personas buenas no tienen derecho a días malos

Hoy vamos a tratar de analizar una de esas situaciones de poco explicable carácter que cada cierto tiempo encontramos en nuestra vida diaria: por qué los buenos de verdad tienden a quedarse solos en los malos momentos y los que siempre los están dando tienen constantes apoyos.

Imagen para incrédulos: los buenos también lo pasan mal

El bueno y el tóxico de la película

En este caso, vamos a dejar descansar a nuestro habitual personaje ejemplo X para darle la alternativa a B y T: el bueno de la película y el habitual tóxico o tocahuevos (podéis elegir la que os suene mejor).

B —arquetipo amenazado con la extinción en la realidad— es una persona supermaja, preocupada por sus amigos y siempre con una sonrisa en la cara. Como buena máquina de estar en perfectas condiciones, este personaje se caracteriza por llevarse bien con la práctica totalidad de la gente, siendo muy querido y valorado por su entorno y resultando habitual confidente, apoyo y consejero en caso de que sus allegados sufran de algún tipo de quebradero de cabeza.

En cuanto a T, tenemos al amigo causaproblemas, en sus múltiples versiones. Desde el que mete mierda por detrás al agresivo verbal. Del “todo me va mal-todo me va mal” al que hace sentir mal a todo lo que haya alrededor. Del jodenoches profesional a base de borracheras al jodenoches profesional a base de preocuparse por el jodenoches profesional a base de borracheras.

No es difícil encontrar gente de este tipo, ¿no?

Metafóricas máscaras que a la vez reducen la sensación de testamento

Cuando aparece el problema para los T

Pongamos pues que cualquiera de nuestros queridos ejemplos Ts tiene un problema relacionado con su punto débil o tóxico.

  • En el caso del metemierda por detrás, lo más probable es que de tenerlo encuentre apoyo en alguien con intereses comunes en la persona a la que mete mierda. Que haga equipo contra el tercero.
  • El víctima o “Todo me va mal” suele ser protegido por su núcleo de amigos, que suelen considerarlo una persona débil necesitada de apoyo para sobrevivir.
  • El agresivo verbal suele lidiar día tras día con problemas y discusiones, pero tiende a tener de amigos a gente con poco orgullo, permitiéndole el suyo superdesarrollado mantenerse bien mientras el otro no vuelve pensando “Boh, es que él «es así»”. Su mal comportamiento no le suele suponer perjuicios: será por Sheldons reales.
  • Tal y como vimos en Por qué eres imbécil si proteges a gente tóxica, lo más probable es que al jodenoches profesional lo proteja algún infeliz del grupo una y otra vez, ganando la atención que se suele buscar con ese comportamiento.
  • En cuanto al que abandona al grupo para proteger a este tipo de gente, se suelen escudar en que hicieron lo correcto: cuidar de su amigo. En caso de que el grupo lo castigue, siempre tiene al jodenoches en su majísima versión diurna como apoyo.

En otras palabras: los problemas relacionados con los puntos débiles o tóxicos conocidos por los amigos no suelen suponer mayor inconveniente para que a la gente de tipo T se le preste ayuda en caso de un momento de bajón o crisis.

Sin embargo… ¿qué ocurre en el caso de los B?

Cuando aparece el problema para los B

Sean héroes anónimo o superhéroes, siempre hay días malos para los buenos

Aunque el diccionario oficial de la amistad nos lleva a pensar que la buena persona es la que más muestras de apoyo recibe en caso de tener un problema, la realidad es bastante diferente.

El primer punto para que así lo sea es el silencio ante el problema. Mientras perfiles como El víctima, El agresivo verbal o El metemierda no van a dudar en hacer saber que están o han sido jodidos por algún lado, el habitual B se va a callar para no causar molestia al resto, volviendo difícil el que se vea su necesidad.

“Un verdadero amigo va a notar el problema”, diréis algunos, y por lógica puede parecer que sí. Sin embargo, la realidad tiende a ser bastante distinta.

Primero, porque difícilmente alguien se va a interesar por una persona que siempre está bien: se da por hecho que lo está, pues es parte de él, y uno no se centra en saber cómo está. Y, segundo, porque en caso de notar algo mal en esta persona, en lugar de preocuparse (como se haría en el caso del Víctima o del Jodenoches) y de forma incomprensible para la lógica de la amistad, se tiende a huir de ella mientras no recupere su habitual forma de amigo que siempre está bien.

¿Pero por qué se da esto? ¿Nos limitaremos a recurrir al clásico “es que la gente es mala”?

En realidad, la explicación parece asentarse en uno de mis puntos favoritos a la hora de explicar temas sociales: la identidad.

La inconcebible pérdida de identidad

Un niño bajito se va o viene ante un disfraz de Spiderman muy bonito inexplicablemente mal tirado a la basura (o algo así)

Las personas perdonamos muchas cosas. Llegamos a perdonar traiciones, abandonos, insultos, discusiones, infidelidades, plantones, vergüenzas y mil más. Pero si hay algo que el ser humano, por instinto, se vuelve incapaz de asumir es que alguien deje de ser quien es.

Un colega puede ser un hipócrita, un violento, un bocazas, un borracho insoportable, un cerdo o lo que quieras: una vez aceptado como amigo siendo eso, va a ser lo de menos. Ahora bien, como una persona esté caracterizada en la mente de alguien como “siempre fuerte” y demuestre “debilidad”, la mente humana la va a apedrear. A repugnar. A repeler.

Como a alguien lo tengas como “siempre feliz”, en el momento en el que no lo sea, tu cuerpo va a huir de él aunque tu sentido de justicia diga que no lo hagas. ¿Y qué supone esto? Que te sientas mal. Porque te sientes injusto, aun no sabiendo cómo evitarlo. ¿Y qué tiende a hacer el ser humano medio cuando se siente mal consigo mismo? Huir de lo que le molesta. Instintivamente.

He ahí por qué cuando las personas que siempre están bien están mal no haya nadie: porque el ser humano puede aceptar que una persona tenga defectos, pero no que una persona que nunca los ha tenido los tenga, que pierda su identidad.

Superman en el juzgado por tener alergia a la kriptonita y no haberlo dicho

En definitiva, perfectos del mundo, el precio a pagar por serlo es ese: morirse de pena y soledad el día que estéis mal. No esperéis ayuda porque difícilmente alguien acudirá (y, si acude, lo haréis sentir fatal, lo cual va en contra de vuestro código). Ser bueno no compensa más allá del espejo, ante cuya vuestra imagen solitaria sí tenéis derecho a sentiros orgullosos, aunque seguramente no podáis.

En cuanto a los que seáis unos desgraciados y le jodáis la vida a los que os rodean, no os preocupéis: solo daréis asco ante enemigos y vosotros mismos. Vuestros colegas aceptan que seáis pura mierda en ese aspecto.

Dicen que a largo plazo el mundo pone a cada uno en su sitio. En esto, no lo creo, pero bueno: para eso está la conciencia.

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