Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.

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Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

3 estrategias del pelota eficaz en redes sociales (y un apunte para la gente honesta)

Ayer comentaba con una amiga lo mal que se me da el tema redes sociales en lo personal, pese a ser un tío con bastante experiencia y formación en el tema. Y es que, para quien aún no lo sepa, una de las bases de las redes sociales es la cara y el hacer la pelota.

No estoy criticando a quien lo hace: es hipócrita y cuñado venir con pancartas de “Odio eterno a los lameculos” cuando nuestra sociedad se lleva moviendo en estos fueros desde tiempos de Poniente y la Tierra Media. Simplemente hay gente que sabe y gente que no. Pelotas inteligentes y halagadores retrasados, como yo mismo.

Analicemos 3 grandes diferencias entre el funcionamiento del pelota exitoso y el fracasado en redes sociales.

Diferentes Pelotas

Receptor y circunstancias del halago

El pelota retrasado halaga cuando ve algo digno de halago y critica cuando tiene confianza con la otra persona o se le pide. Ambas cosas no dependen del número de seguidores o popularidad que el otro tenga. Mal.

El pelota inteligente halaga a quien tiene seguidores y halagos, y lo hace cuando ve que hay algo que halagar o, directamente, es un buen momento. A quien no tiene poder, seguidores o más halagos, como mucho, le da like, aunque el contenido o el motivo de halago le parezca evidente.

muchos likes

Utilidad y cantidad del halago

El pelota retrasado no interviene cuando no puede aportar nada. Normalmente, participa cuando ve que su opinión tiene una utilidad, y una vez la da, suele recibir la respuesta con un MG de “Leído” sin seguir dando coba.

El pelota inteligente, por su parte, comenta por comentar en publicaciones que saben que otros ven. Realiza una labor extensiva (comenta a la mínima y a quien sea sin que le importe su interés en el contenido o su calidad), normalmente con comentarios genéricos que poco ofrecen. Además, hay quienes no dudan en introducir spam para recibir visitas. Peticiones de follow, de leer esto —“que tiene mucho que ver”—, y demás familia.

spam en comentarios

El tipo de follow

Fuera de posibles followbacks, el pelota inteligente sigue a popus y a conocidos. Fuera de posibles followbacks, el pelota retrasado sigue a gente cuyo contenido le interesa, con independencia del número de follows o relación.

En el caso del pelota inteligente, los conocidos facilitan la inclusión en conversaciones en las que participen y la obtención de MG. Comentarios, menciones y demás pasan pues a sucederse, con el considerable crecimiento y acercamiento a cuentas de más seguidores. El que se mueve con gente con muchos followers vuelve exponenciales sus apariciones en muros y tweetlines de otros —lo que en marketing digital llamamos impresiones—, multiplicando la posibilidad de nuevos follows y crecimiento de la cuenta, normalmente apoyada en una sucesión de RT o respectivo “Compartir” según la plataforma que se suceden con frecuencia cada vez menor.

El pelota retrasado, por su parte, comentará mucho menos, se llevará muchos menos MG por la tradicional costumbre de las redes de no dar likes a publicaciones que aún no tienen muchos y perderá seguidores útiles, ya que al seguir a lo que algunos llaman “pocosfollowers”, con mucha menor participación, producción de contenido e interacción que el público objetivo del pelota inteligente.

patos follow

En resumen: 3 consejos para un pelota eficaz

  • Sigue a tus conocidos y a las cuentas populares, para poder hacer comentarios cuñados sobre ellas y los trending topic y llevarte RT y “Compartir” varios.
  • No pierdas el tiempo con cosas que te interesen y tengan poca repercusión. Ya lo harás cuando seas popular y retuiteen cualquier cosa por este hecho, dejándote además como bohemio o alternativo.
  • No te mates en hacer un halago útil. Puede llegar más a la otra persona, pero en general no llegan a ella si tiene bastantes followers y el comentario cuñado público hace que muchas más lo apoyen, generándote followers en torno a esa persona que te acercarán más a que pueda llegar a leerte en algún momento.

Apunte para la gente honesta

Gracias.

Por ser honestos con vuestros sentimientos. Por creer en la calidad del contenido por encima del envoltorio de los followers. Por los comentarios que no os van a dar follows útiles pero si hacer recibir sonrisas sinceras.

Gracias por trabajar con ilusión en un mundo de trepas y deshonestos. Gracias por inspirar historias de superación desde la pureza de comportamiento. Por ser grandes desde lo pequeño. Por creer en la gente que no cree en nada.

Seguramente no tengáis, no tengamos, seguidores acordes a nuestro contenido. Nuestro nombre no sea reconocido y nuestros actos reputados.

Pero, joder, qué orgulloso me hacéis sentir.

Cambiéis, cambiemos o no; crezcáis, crezcan nuestras cuentas o no, gracias por ello.

respect

Inacción y mentiras o Lo intolerable según Genovese

Uno de los casos más conocidos en cuanto a lo inhumano del comportamiento social es el asesinato de Kitty Genovese en 1964. Centrémonos en la principal versión generalista del caso práctico.

La joven Catherine Genovese regresa a su casa en Queens, Nueva York, cuando un hombre la asedia y apuñala en plena calle. Según la historia popular, entre 37 y 38 personas permanecen sin prestar auxilio a la joven, que agoniza durante una media hora hasta su fallecimiento. La sociedad neoyorquina queda horrorizada y fascinada al descubrir el caso en la portada del New York Times:

asesinato kitty genovese times

Según el artículo, podría haber sido atacada hasta en tres ocasiones distintas

El caso Genovese es interesante por muchas razones. Por duración y conclusiones, hoy analizaremos dos de las que mayor interés han despertado hasta ahora: la inacción individual en lo grupal y cómo la realidad se ha deformado para favorecer otros intereses.

La otra realidad

Pese a que en la actualidad las encontramos con demasiada frecuencia, situaciones como la de la muerte de Kitty parecen increíbles. De hecho, y pese a que es por muchos considerado como un emblema, no es el más verídico. Como viene siendo habitual, la distancia temporal, el boca a boca y la prensa moldearon la realidad según convenía para dar lugar a una estampa sencilla y digna de polémica generalista.

kitty genovese 37

El efecto más interesante seguramente sea el de cómo la prensa ha hecho lo que le ha dado la gana para atraer la atención del lector. A día de hoy uno de los métodos más habituales para atraer atención es el uso de números en titulares (7 razones del mal periodismo, 8 perfiles oscuros típicos del gestor de contactos). Según parece, el llamado clickbait ya estaba ahí de aquellas.

El comercial periodista se encargó de llamar la atención poniendo un número, aun no estando este demasiado fundado. Como puede verse en la imagen, incluso varía en el propio artículo de 37 en el titular a 38 en las primeras líneas del cuerpo. El número real, la realidad, daba igual. Varios testimonios de la época hablan de que se llamó a la policía. Otros de que alguien llamado Sophia Farrar salió en su auxilio. Pero esto daba igual, porque el señor Gansberg haría llegar a la opinión pública una historia atractiva que conmovió y conmocionó a la sociedad americana y mundial a posteriori, volviéndose un caso de estudio que aún a día de hoy protagoniza documentales, noticias o post como este. Incluso al caso se le considera como uno de los orígenes de la activación del 911. En ningún caso una versión más verídica hubiera supuesto mayor incidencia en las crónicas de una ciudad con una de las tasas de delincuencia más altas del mundo.

Una de las conclusiones que podemos sacar del caso Kitty Genovese es, pues, el hecho de que para gente desconocida, la realidad es mucho menos importante, relevante e inspiradora que el relato que se crea de ella. De hecho, la prensa, aparente defensora de la verdad, lleva condicionándola para el interés de su público desde su nacimiento.

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La inacción

La razón más importante de la popularidad del caso Genovese es sin embargo —y como no puede ser de otra manera— el haber servido inspiración para multitud de estudios acerca del comportamiento individual en grupos. El titular, bastante claro: en lo colectivo se toleran cosas poco menos que inconcebibles en lo individual. Casi inhumanas.

Dado que el tema general está trillado, centrémonos en la particularidad del caso de Genovese, la llamada inacción: que no hagamos lo que nos sentimos obligados a hacer porque hay suficientes personas como para que lo haga otra, o por creer que si no lo está haciendo otra es porque tal vez no sea lo que hay que hacer.

Es como si la presión social aplastase el entendimiento individual, y que cuantas más personas formen el grupo de comportamiento pasivo, más complicado fuese hacer algo.

Si bien es posible que el caso más escandaloso sea, precisamente, el que vivimos en situaciones como la de Genovese —que en persona nos topemos con una situación de vida o muerte y no actuemos— la teoría es fácilmente extensible a otras situaciones menos instantáneas.

Cuando por la calle vemos a alguien pedir, habitualmente no se da, siendo un motivo clásico el pensar lo de que mil personas más pasan y “alguno dará”. También el que aquí, a base de comedores sociales, hospitales y albergues, nadie muera de hambre. Pero la realidad es que si todos hiciésemos lo mismo y esa fuese su única fuente de ingresos, el vagabundo general acabaría muerto de hambre. De hecho, eso es lo que sucede con multitud de familias a las que se nos ofrece prestar colaboración cuando paseamos por las calles del centro y se nos abalanzan jóvenes con carpetas de diferentes ONGs, de las que huimos despavoridos. El debate sobre lo ético o no que es no dar en un mundo superpoblado es otro, claro, pero que hay gente que muere por no colaborar es evidente.

Aún así, hay casos de inacción bastante menos considerados alarmantes y contra los que en multitud de ocasiones no hacemos nada.

  • Maltrato y bullying. Si bien sus características son distintas, la realidad de actuación e inacción es muy similar. Cualquiera que lo presencie o note síntomas (tanto agredido como familiar, como compañero, como amigo) puede denunciarlo, tomándose medidas. Y sin embargo nos encontramos cada cierto tiempo al tonto de turno diciendo que “se veía venir”.
  • Corrupción. Mucho rasgarnos las vestiduras cuando un alto cargo político sale condenado, pero cuando a menudo vemos a gente delinquir o presumir de hacerlo, nos quedamos de brazos cruzados y les ponemos una sonrisita. Ya lo pillará otro.
  • Egoísmo. Nos lamentamos del que solo piensa en sí mismo, pero no tomamos medidas contra quien nos roba derechos en actos que, si nosotros llevásemos adelante, acabarían con nuestra lapidación social. Miramos al de al lado y comentamos con él que “bueno, es así”.
  • Racismo, machismo, misandria, homofobia y otros odios. Muchas veces, la tolerancia con comentarios de este tipo se escudan en pensamientos de que “lo dice de broma, se ríe del estereotipo”. Si no sabemos diferenciar entre humor y odio, somos gilipollas, y si lo diferenciamos y no reaccionamos, despojos humanos.
  • La prensa falsa.

La prensa falsa y no más Genoveses

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Lo que pasa cuando buscas imágenes representativas de prensa falsa y todopoderosa

Yo soy un relatista, y por tanto, cuando trabajo como tal, un mentiroso. Un creador de realidad que no existe. La prensa, sin embargo, tiene que ser honesta, o tiene que reconocer no serlo.

A día de hoy, no se debe consentir un caso Genovese. Ni no salvando a una nueva Kitty, ni mintiendo descaradamente a la población en lo periodístico. Y si ocurre hay que pensar en consecuencias reales.

Hay que atacar a la prensa que se vende fiable y miente. Hay que pensarse el que existan medidas para acabar con la verdad comercial. Una cosa es la libertad de prensa, otra la libertad de engaño. La prensa es libre de mentir, pero el lector tiene que estar en su derecho de saber que pueden estárselo haciendo. Porque de no hacerlo, la prensa está condicionando, engañando y creando mentes a su voluntad sin más perjuicio que amenazas de demanda por perjurio que se saldan con palmaditas en la espalda o cuatro duros de sus bolsillos de magnates de la información y el embuste.

Y hay que tomar medidas con la gente que no hace nada. Con quienes ven morir a Genoveses y no hacen nada. Puede que esté en nuestro ADN, puede que nunca sea condenable en un juicio el que se haya pasado, pero quien ve cómo alguien golpea —roba, siembra odio, roba derechos, maltrata— y no hace nada merece castigo. Porque no será tan culpable, pero es culpable. Aunque solo sea de no hacer nada.

Los atentados que no evitamos

El jueves, una furgoneta atravesaba las Ramblas de Barcelona haciendo eses, llevándose por delante a cuantos paseantes podía, matando hasta ahora a 13 inocentes y dejando heridas a 80 personas. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Hace unos años, yendo por la principal calle peatonal de mi ciudad, un hombre se estrellaba a unos 30 metros a mi espalda tras tirarse desde la ventana de su ático. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Ante la tragedia, la gente nos parecemos bastante. Tal vez por lo que nos acerca a nuestros instintos menos racionales, en la muerte, en el miedo, actuamos de forma parecida.

De hecho, el ciclo de atención informativa en ataques terroristas suele ser muy similar.

gráfica proceso atentados.png

  • Siempre empezamos en el periodo cero, de calma. Hemos tenido atentados anteriormente, tenemos cicatrices de ellos. Sin embargo, permanecemos tranquilos y sin más amenaza que los riesgos de alerta 4 que de vez en cuando nos recuerdan los noticiarios.
  • Es entonces, en el punto 1, cuando se produce el atentado, cuyo número de personas interesadas aumenta de forma exponencial con las horas hasta alcanzar el punto 2, en que toda la atención mediática está focalizada en el acto terrorista.
  • Tras el primer día, de máxima atención, llega el acto multitudinario (punto 3), las declaraciones de quienes coincidieron con los asesinos y qué opinaban de ellos, para posteriormente irse centrando la situación en las consecuencias políticas y la detención de los relacionados aún en libertad (4). Durante las siguientes semanas, la atención de los medios y personas irá reduciendo su presencia hasta acabar, de nuevo, en el periodo 0, donde volveremos a estar tranquilos, recordando el atentado con pena cada cierto tiempo.

La respuesta de la sociedad ante el atentado

manifestaciones contra el terrorismo

La sociedad suele tener unos comportamientos comunes ante estas situaciones.

Los más televisivos son la manifestación y los actos de repulsa. Cuando algo así pasa, la gente suele salir a la calle, encabezada ante las cámaras por representantes políticos poco menos que agarrados de la mano en primera fila. Los minutos de silencio suelen ser también un habitual recurso.

Fuera de ello, está la crítica, en casa o la calle. Tiene múltiples versiones: la crítica al grupo terrorista, la crítica a todos los que tengan origen o religión compartida con el grupo terrorista, la crítica a los que no tenían una bola de cristal para ver que ese camión podía arrollar a un centenar de personas, la crítica a los países e instituciones que atacan a las zonas del grupo terrorista.

Si algo comparten todas estas acciones es la voluntad de que no se repita el acto. Sin embargo, ¿alguno de ellos tiene eficacia?

Que se me venga a la cabeza de primeras, solo la repercusión del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA hace unos años supuso un verdadero cambio en la actitud de la sociedad. Y yo diría que ni siquiera diría fue por los excepcionales movimientos de esta, sino por lo desagradable del propio homicidio.

Pero, si toda la sociedad se une, ¿por qué las medidas sociales, las detenciones y demás no acaban con el terrorismo de este estilo?

“Los orígenes del mal”

Recordemos la gráfica.

gráfica proceso atentados

El momento de mayor impacto social es el 2, siendo el 3 y sucesivos perfectamente interesantes en cuanto a potencia social contra la lacra. Sin embargo… ¿en qué momento nace el atentado? ¿En qué momento se adoctrina a la gente para perpetrarlo, se planea, se gesta?

En el 0.

Cuando la gente pasa ampliamente del tema.

El principal problema de nuestra sociedad ante este tipo de casos es que hacemos la vista gorda ante los síntomas de terrorismo. Una vez se produce el atropello de cien personas, decimos que uno de sus culpables tenía unas ideas “algo radicales”. Que puso en su Twitter en 2015 que mataría a todos los infieles. O que nadie se lo podía esperar. Cuando en realidad lo estás viendo día sí y día también haciendo o diciendo cosas sospechosas. Viendo sin hacer nada.

Porque, si algo tenemos por costumbre, es pasar ante las pequeñas cosas. “No es nuestro problema”. Vamos por la calle, vemos a alguien tirar basura al suelo y no hacemos nada, “¿para qué?: no es mi problema”. Vemos el bullying, pero no decimos nada hasta que el chaval se deprime, se mata o mata a 12 compañeros y un profesor, “no quiero líos”. Escuchamos gritos cada noche dos pisos allí, un cadáver sale tres años después por la puerta con quince puñaladas y aún tenemos los santos cojones de decir que “se veía venir”.

Buena parte de los asesinos de Barcelona eran catalanes. Críados en Cataluña, compañeros de clase de españoles, vecinos, amigos y hermanos de barceloneses que no dudarían en participar en actos de repulsa contra estas masacres y que, sin embargo, pasan de los síntomas porque “no quieren problemas”. Que no me diga nadie que rodeados de gente intolerante con el terrorismo habrían cometido igual el atentado, porque estos monstruos son personas. Personas que conviven con otras personas que forman sus valores, sueños y deseos.

¿Puede alguien caer en una banda terrorista si todo su entorno le lava el cerebro con lo inhumano que resulta hacerlo? Sí. Pero muchos menos. Muchos muchos menos. Y muchos de esos muchos muchos menos serían detenidos antes de cometer atentados si los muchos muchos que los rodean no mirasen para otro lado ante las evidencias de que algo podría estar pasando.

Manifestémonos. Critiquemos terroristas con o sin corbata. Seamos irreverentes si eso hace que esta lacra sangre. Pero no nos lavemos las manos escurriendo la culpa ante nuestras obligaciones como ciudadanos. Un lugar que no tiene tolerancia con los indicios del terrorismo es un lugar en el que el terrorismo lo tiene crudo para nacer. Y el indicio no está en el color de piel o en la religión: el indicio está en las pequeñas cosas que cada día nos encontramos y ante las que miramos hacia otro lado.

Si queremos que ese otro lado no sean pantallas diciendo los muertos de nuestra permisividad, no consintamos que el odio violento nazca entre nosotros. Porque esta gente son personas de nuestra sociedad, y nuestra sociedad no es solo responsabilidad de políticos, profesores, cuerpos de seguridad y demás chivos expiatorios: la sociedad es nuestra madre, padre, hermano, hija y amiga. Y a ellos no les consentiríamos que matasen a otras familias.

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Comenta, comparte, opina, que es gratis. Hay mil cosas con las que ser tolerante: por los mundos rotos que podrían ser los nuestros, no dejemos pasar las pequeñas cosas que pueden acabar en vidas robadas.

El periodismo sin verdad y el autocerrojo informativo

Hace unos post, comentaba algunas de las principales razones del mal periodismo. Hoy vamos a analizar una de las que más polémica genera, tanto por sus implicaciones éticas como por atentar directamente contra los mandamientos del periodismo: .

La parcialidad: una situación conocida y aceptada

En España vivimos un verano de lo más ardiente en cuanto a periodismo de masas. Las tensiones en torno al independentismo catalán se unen a las estivales especulaciones sobre fichajes futbolísticos para dar auténtico espectáculo polémico a las mentes de los lectores y espectadores. Comparemos, como ejemplo, los dos siguientes titulares, prácticamente lanzados a la misma hora por dos diarios de información generalista: El Punt Avui y El País.

noticias contrarias

No, no estamos ante una encuesta diferente. Y no, aunque parezcan contradictorios, ninguno de los dos diarios miente:

confidencial encuesta CEO generalitat

Como podemos ver, simplemente, cada uno ha seleccionado los datos que le convienen para adaptar el titular a los intereses propios, resultando más sorprendentes si cabe por el hecho de que el porcentaje de “Sí” es mucho más grande entre los que afirman que votarían (62,4%) con respecto al de la población general (44,3%).

En cualquier caso, visto lo visto, estamos hablando de dos noticias bastante limpias en cuanto a objetividad de la información: tanto una como otra, al igual que la de El Confidencial, da el resto de datos más abajo en la noticia.

Caso aparte es cuando la verdad es poco menos que un elemento residual.

Cuando existe “La verdad” y “La VERDAD”
la verdad

Ayer, la Guardia Civil entraba en una serie de edificios públicos catalanes para recabar información con respecto al llamado “caso del 3%”. La noticia saltaba cuando los diferentes programas informativos y diarios digitales mañaneros soltaban que, en medio de la citada tensión independentista, la Generalitat había impedido la entrada al organismo de seguridad bajo la batuta del Gobierno central, en lo que podría considerarse una clara afrenta a su autoridad.

Minutos después, corrían las voces de que la Guardia Civil había desmentido que se hubiese puesto traba alguna a su actuación. Al cabo de un poco más, la falta de respeto a la información verídica se hacía notoria, apareciendo incluso discordancias entre las propias fuentes del Govern:

guardia civil no entra generalitat

Como resultado, horas después, cada noticiario poco menos que escogía la versión de la noticia que más le apetecía, dejándonos a los interesados en la realidad de la situación en la más completa oscuridad, al albedrío de nuestro instinto o lo que nos apetezca creer. Un comportamiento penoso para quienes tienen como trabajo encontrar la verdad y hacérnosla llegar.  Un comportamiento que abre la puerta a situaciones de lo más preocupantes.

¿Cerrojo mediático?

Ayer escuchaba unas declaraciones de lo más polémicas por parte de un asistente a un programa de tertulia política. Este “fenómeno” dejaba caer su creencia de que podría estar produciéndose un cerrojo informativo en Cataluña. Cómo no, dado el nivel de libertad de ataque propio de estos programas, no provocó ni un solo alzamiento de ceja en la mesa. Yo, que solo pasaba por el cuarto, me quedé fascinado ante la soberana acusación.

Libertad-expresion-Derecho-Constitucional.jpg

Como sabréis, el cerrojo informativo o mediático es un orwelliano recurso de despampanante falta de ética, consistente en que los medios de comunicación informativos oculten a su público las noticias de interés que vayan en contra de uno de sus principales grupos de su interés. En general, para hablar de un auténtico cerrojo, el bloqueo afectaría a la posibilidad de que cualquier tipo de información contra los citados grupos —por lo habitual, gobiernos— llegase al pueblo a través de diarios, televisión y similares, siendo reprimidos aquellos intentos de que ocurra. Típico de sociedades autoritarias, el bloqueo mediático suele venir acompañado de un adoctrinamiento a través de los propios medios, al dar relevancia, precisamente, a noticias laudatorias que dejen quedar bien al propio órgano represor.

En cualquier caso, es interesante como, en el universo de internet y la individualización del contenido, el bloqueo mediático puede ser un concepto bastante interesante.

Cerrojos modernos. O no tanto

Tal y como la sociedad digital en países del primer mundo tenemos un acceso a la información objetiva y global mayor, seguramente, que en ningún momento de la Historia, las argucias para manipular el pensamiento social viven una época dorada.

Las técnicas para dar relevancia a contenidos que benefician al grupo de interés y hacer pasar de las que no hacen que se mantenga el “certificado” de ser plural y tratar distintos temas al tiempo que se manipula la opinión del lector o espectador. Por supuesto, excusarse en decir que es lo que este pide para ocultar la mala práctica, todo un mantra.

Oír algo que no nos gusta suele provocar dos resultados: abrirnos la mente y molestarnos. Por desgracia, el ser humano tenemos una clara preferencia entre ser abiertos y estar libres de molestias. Quizás por ello, aun teniendo el mejor momento de siempre para contrastar y ser poco menos que pequeños sabios con un poco de paciencia, la realidad es que nos solemos ver arrastrados por un remolino de ser más y más lo que ya somos, radicalizando nuestros gustos e intereses, pasándolo mal cuando tenemos que hacer algo diferente o, directamente, escuchar al de al lado. ¿Por qué íbamos entonces a elegir conocer opiniones distintas estando solos? ¿Por qué, con la capacidad que a día de hoy tenemos para personalizar más y más el contenido para oír justo lo que queremos escuchar? La personalización es tal que, o estás precisamente interesado en entender las diferentes corrientes políticas o sociales, o acabas por ser un loro repitiendo proclamas basadas en marketing político que tú mismo buscas sin necesidad de que ellos hagan nada.

Porque sí: puede que en realidad el periodismo que buscaba la verdad por encima de los intereses económicos o políticos haya sido solo una fantasía por la que únicamente unos pocos hayan luchado. Porque sí, puede que lo de lanzar piedras a los demás medios como método de crecimiento siempre haya sido un recurso. Pero la realidad a día de hoy, es que si el dinero y lo ideológico se han comido a la verdad en la actualidad periodística es porque nosotros mismos nos hemos encerrado en la cárcel de escuchar solo lo que queremos oír.

Y en la cárcel de nuestra autocomplacencia, aplaudimos el cerrojo informativo que nosotros mismos nos hemos forjado.

 

Must show go on?

El Mad Cool Festival de Madrid se convertía en noticia de referencia el pasado viernes cuando uno de los bailarines acróbatas de los espectáculos entre actuaciones, el experimentado Pedro Aunión fallecía tras precipitarse desde más de 30 metros realizando su performance ante una amplia muchedumbre de asistentes al potente evento. Tras la evidente conmoción, la polémica saltaba a la palestra al decidirse proseguir con el multitudinario evento y la esperada actuación de los californianos Green Day.

La pregunta, clara: ¿debería haberse cancelado el programa?

pedro aunión

El finado Pedro Aunión. Ánimo a su familia y pareja y que descanse en paz.

A favor: cancelar

“¡Por supuesto!” “¡¿Pero es que acaso no lo han hecho?! ¡¿Qué tipo de monstruos son?!”

La opinión en redes saltaba como polvorín ante llamarada. Y es que la teoría es clarísima: “la vida es lo más importante y como respeto a la víctima hay que cancelar todo, todo el mundo a casa, recogemos los altavoces y hasta el año que viene —y ya veremos— no se vuelve a tocar.”

Las cuentas defensoras de este espíritu vivieron una nueva carroñera noche de éxito en las redes, con follows y MG por doquier. Al fin y al cabo, es “lo que había que hacer”.

No: show must go on!

Cómo no, “lo que no hay que hacer” se va a llevar más líneas aquí. Su análisis es bastante más interesante que el de la posición quedabién de turno.

Por un lado, me cuesta creer que alguien con la experiencia de Pedro Aunión quisiese la cancelación del festival: si algo tienen los artistas que más valen la pena es un respeto por su público mayor que el de su propia satisfacción. Aunque tuviese todo el derecho, que para algo su vida fue dedicada al mundo del espectáculo, no pienso que alguien con su veteranía quisiese mandar a 40.000 personas a casa por su propio fin. En cualquier caso, este no es el tema, porque esto último es una decisión de otros.

pedro aunión actuando

Pedro durante una de las actuación de su dilatada carrera

Como bien dice un amigo mío, lo que la gente tiene a día de hoy es mucha teoría, y la teoría —en la época de lo políticamente correcto— está clarísima: alguien ha fallecido, cerramos el chiringuito, todos a casa. A quien no le guste, lo atacamos porque es un monstruo sin corazón, empatía, y demás complementos al parecer hoy por hoy dominantes de la sociedad.

Qué fácil hablamos. Qué fácil nos lavamos la conciencia.

Porque la realidad es que, si la gente hubiese querido irse, se hubiese ido sin necesidad de que el festival se detuviese. ¿O no?

¿Se estaba atado a permanecer en él? En absoluto. Sin embargo, el programa sigue adelante y el malestar interno se lava con la lejía de que es culpa de los organizadores.

¿Se ha ido gente? No me hacen falta los datos: por supuesto que alguna sí. ¿Sabía todo el festival lo que había ocurrido? En absoluto. Ahora bien, que la mayor parte de la asistencia que supo de la noticia se quedó en la Caja Mágica es algo fuera de duda, y a nadie le obligaron a hacerlo.

Defensores de lo políticamente correcto, llamadles inhumanos. Detractores de la presión social, decid que son unas ovejas, que se quedaron porque es lo que hizo todo el rebaño. El resto, aceptad la tercera de las realidades vistas en el Mad Cool: la empatía teórica acaba donde el interés práctico individual es mayor.

Entre rendir fuerte respeto a un desconocido o ver el espectáculo por el que han invertido horas, gastádose un pastizal y no habiendo oportunidad de volver a repetirlo “en años”, que la victoria recaiga en la satisfacción personal no debería sorprender a nadie.

Pero la teoría está ahí, claro. Al menos desde fuera.

La importancia de la presencia

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Recinto del Mad Cool al día siguiente de la tragedia (Fuente: Dod Magazine)

La opinión en este tipo de casos se distingue fácilmente por una línea perfectamente delimitada: la presencia en el acto. Si hiciésemos una encuesta ANÓNIMA Y SINCERA a asistentes y gente en internet sobre si se debería haber cancelado el espectáculo, la diferencia de resultados sería perfectamente predecible. Y es que aquí, como en gran parte de los ambientes de esta vida, la teoría la hace la gente que no interviene en la práctica.

Documentándose para hacer el post, uno se encuentra con que la mayor parte de publicaciones sobre el tema de asistentes están a favor de que el programa siguiese adelante; sin embargo, los que no son de este tipo de eventos tildan con facilidad a los otros de inhumanos y movidos por el dinero y el placer personal.

¿Quién debe decidir si se debe seguir o no? ¿Los participantes? ¿La sociedad en general? ¿Los propios artistas, en una especie de cláusula tipo cada vez que se firme participar en una actuación así?

¿Es siempre así?

El mundo de la música es muy interesante para este tipo de gestos. Los propios Green Day se suman a una buena lista de artistas que dicen que de haber sabido de la muerte del espectador o, en este caso, de su compañero no hubieran tocado. Habiendo tocado. Muchos artistas de renombre (los que solo tienen nombre no tanto) tiran de corrección política suspendiendo conciertos multitudinarios por supuesta consideración a otros, o bien tocan solo porque los fallecidos “merecen un homenaje de toda esta gente”. El público general les aplaude, emocionado. A mí, en general, me parecen gestos con motivaciones ajenas a las propias víctimas. Al menos las principales.

La comparativa entre mundos es muy interesante. Por ejemplo, cuando un compañero de trabajo muere, en la mayor parte de empresas con más de cinco trabajadores se sigue trabajando al día siguiente. El caso del deporte es llamativo.

marco simoncelli adiós

Tras muertes en el circuito, como la del motorista Marco Simoncelli en 2011, las carreras suelen cortarse por mucha asistencia y desplazamientos que haya. En el caso de paradas cardiorespiratorias en partidos de fútbol, el encuentro suele también ser suspendido. De hecho, casos como el fallecimiento del camerunés Patrick Ekeng en Rumanía han llegado a hacer suspender toda una jornada de liga, final de Copa incluida.

Llamativo que este mundo considerado por muchos de “bestias y gente con pocas luces” tenga lo que para ellos más corazón que el supuestamente mucho más culto de la música y el espectáculo. Al fin y al cabo, es en él donde el gran Freddie dijo aquello de que el show debía seguir adelante.