8 perfiles oscuros típicos del gestor de contactos

Si algo se repite por activa y pasiva es que una de las claves del éxito de la sociedad actual es la creación y mantenimiento de la red de contactos. Preocuparse por ellos, estarles encima, darle feedback, wasapito de vez en cuando, publicar al menos una vez al día en redes (5 tweets, un post en Facebook, una foto en Insta).

La situación es curiosa, ya que si algo también caracteriza a la sociedad actual es la falta de tiempo. Hay mil cosas para hacer, ya no digamos con trabajo o estudiando. Nueve horas diarias mínimo que se te van, más las comidas y el lavado de platos, más las siete-ocho de sueño, más las de ver los Juego de Tronos, 13 Reasons Why o afición de cada momento, más el gimnasio o por lo menos paseo para no evolucionar en morsa, más el estar con la gente que quieres.

Hoy, analizamos en clave de humor de dónde coño saca tiempo esta gente.

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1. No prestando atención al contenido

Todo un clásico. Este perfil da MG a todo con independencia de lo que la otra persona diga. Avanza por el muro de FB o Insta cual si fuese un entrenamiento de coordinación dactilar, dando corazones y pulgares a mansalva a amigos, enemigos, fotos geniales, que odian, contenido que apoyan y no, etcétera. Su ahorro de tiempo y su ratio de gente contenta los convierten en todos unos amigotes para públicos de alta hipocresía como el de las redes sociales.

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2. No teniendo aficiones

Para este tipo de contactero nato, no hay mayor afición que centrarse en saber de la vida del otro. El llamado Maruja 3.0 no tiene más ocio que el que puede utilizar para el propio contacto. Y es feliz. La última vez que vio una peli porque sí, escuchó una canción desconocida para el público general o hizo un comentario no cuñado se remonta a 2004.

3. No durmiendo

El contactero “night owl” pone un Stories a las 3.30 de la mañana quejándose de su insomnio, pero en realidad aprovecha las noches para ver las series que no le permite su cotilleo a las horas fuertes de las redes sociales. Perfil típico del universitario, si necesita horas de sueño las recupera de clases en las que no pasan lista o tiene amigos que firmen por él. O directamente durmiendo todo el día durante el fin de semana.

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4. Practicando el multitasking

Cuando este tipo de contactero disfruta de un momento de ocio —bien para tener tema ligero del que hablar con sus contactos, bien porque sus amistades tradicionales o sexuales le obligan— aprovecha la circunstancia para mirar el Insta, twittear la película y mandar WhatsApps durante su visionado. Se dice que son inmunes a las miradas de reproche de sus acompañantes de habitación y que son capaces de procesar hasta el 89 por ciento del argumento de la cinta o programa por encima del 20% de audiencia.

A día de hoy no hay datos que indiquen que puedan actualizar perfiles y leer novelas a la vez. Ni siquiera se ha podido constatar que sean capaces de leer fuera de una pantalla.

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5. Con extrañas dietas

Este conectero disfruta del resto de actividades, sacando tiempo de recortar en movimiento de piernas. En general, se mantienen delgados y atractivos a base de estrés, no comer por riesgo a perderse un trending topic de calidad y no salir en fotos desde tiempos de la Guerra Fría.

6. No teniendo seres queridos

Todas sus relaciones son secundarias y con posible interés social de segundo grado.

Habitualmente vive lejos de su familia, en un apartamento pequeño pero posteable, limitando sus relaciones en persona. Eso le permite una excepcional ampliación del tiempo útil merced a no hacer la cama más que para las fotos frente al espejo, lavar los platos una vez cada dos días o alimentarse a base de productos no perecederos para evitar los viajes al súper más allá de una vez a la quincena.

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7. A base de una selección implacable

La versión trepa del contactero. Se arrima a quien le permite acceder a alguien con más capacidad y cuando lo consigue lo abandona sin contemplaciones con argucias de buena cara, limitando su número de contactos trabajados en cada momento. Se dice que en sus casas tienen altares a aquellos youtubers y famosillos que colaboraban con estrellas del gremio con las que ahora no se hablan por tener público de sobra en su nuevo canal o programa.

8. Durante el trabajo

Suelen acceder a esta posición a base de su buen hacer en otras categorías. De las ocho horas de jornada laboral, 3 y un cuarto son dedicadas a las charlas por el Messenger de FB, la lectura de noticias curiosas que comentar, post como este o el twitteo a través de un perfil anónimo que de vez en cuando lo menciona y aplaude.

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¿Se te ocurre alguno más? ¿Crees en la existencia de gente con días de 28 horas? Comenta, comparte y esas cosas.

Diario del no WhatsApp

Prólogo

El joven salió del vehículo para atravesar la plaza en dirección a un portal. Antes, se cargó con un abrigo, una carpeta, una botella de agua, una bolsa del H&M del tamaño de un saco de Papá Noel y las llaves del coche, que cerró no sin dificultad.

A medio trayecto, detuvo sus pasos, apretó sus libres codos contra los costados y observó sus agobiadas manos por unos segundos, como pidiéndoles explicaciones. Entendiéndolas incapacitadas, volvió atrás hasta alcanzar una de las ventanillas delanteras del vehículo. Cabeceó: parece ser que sí llevaba las llaves de casa en alguno sus inaccesibles bolsillos.

El perchero andante reemprendió pues su renqueante caminar hacia el otro lado de la adoquinada plazuela, mirando hacia las que debían de ser sus cortinas con evidente esperanza de tener a alguien en casa.

Fue entonces cuando ocurrió.

A cámara lenta, algo pequeño escapó de su voluminosa carga para al momento bañar la estampa en el breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó el empedrado.

Cándido, el chico miró en derredor, buscando respuesta a su duda sobre la naturaleza del objeto caído.

Mientras contemplaba su negra figura tendida cuan larga era —tostada de ley de Murphy, allí, en perfecto decúbito ventral sobre uno de los adoquines— supo que no necesitaba darle la vuelta para confirmar lo ocurrido. Había hecho un post sobre ello tiempo atrás.

Tratando de mantener la dignidad ante los espantados ojos de una pareja en un coche a un lado, recogió su móvil del suelo y —tras un leve vistazo— atravesó el portal, mal cerrado, como si nada hubiese cambiado. Una vez al amparo de su domicilio, acarició con cariño su pantalla.

El leve corte en la yema de su dedo no le dolió más que ver las tres enrevesadas telarañas en el cristal.

Lunes, 16 de enero, 23,43

Acabo de traspasar todos los archivos de almacenamiento interno posibles a uno de mis pen. No estoy seguro de que vaya a ser suficiente.

Las palabras de la dependiente han sido trasparentes como el hielo de su significado. “Lo borrarán todo”.

Temo por los pequeños retazos que puedan desaparecer. Tras su regreso de Madrid el viernes, ¿sabrá mi teclado predictivo que después del primer “ja” que le escriba seguramente vendrán dos más si me hace gracia y unos cuantos en mayúscula si me hace mucha? Dicen que irse a la capital cambia a la gente; a los móviles, directamente, les lavan el cerebro.

“Oh, mi pequeño.”, pienso mientras redacto estas tibias líneas de despedida notando como la eñe se me clava, “¿Traerá tu regreso un nuevo amanecer a nuestra amistad?”

Por el momento, la noche es oscura. Como el saber que mañana ya no estaré contigo, sino con otro.

Otro con el que hace mucho que no me acuesto.

Martes, 17 de enero, 22,33

No va.

No logro entenderlo. Lo he puesto a cargar y ahí se ha quedado, con su nombre en ristre sobre un fondo negro.

Lo he reiniciado, pero por mucho que lo haga permanece en la misma posición. No logro comprenderlo: cuando lo jubilé solo tenía cierto problema con la batería, pero se encontraba en perfectas condiciones. Ahora lo que no se encuentra es la “aplicación System”, y yo estoy preocupado.

Siendo alguien con un fuerte odio a la pérdida de tiempo sin felicidad justificada, alcanzo La sombra del viento, en la mesa. Me apetecía releerlo antes de ponerme con el nuevo, pero —como de costumbre— cada día leo más y, por tanto, menos. Ahora, incapaz de conectarme a un WhatsApp estresado de mensajes deseosos de enviar el doblecheck, me veo abocado a la literatura que tanto me dio un día.

Me siento traidor mientras lo abro.

Miércoles, 18 de enero. 23,55

Es un libro precioso. Apenas lo recordaba. No puedo evitar irme a cama con una sonrisa en el rostro.

Mi móvil viejo brilla negro más allá, cargando no sin dificultad. Al parecer, desde que no lo uso se ha vuelto un exquisito con lo que le enchufan. Mi madre, que tiene el mismo, me ha dicho que este cargador tiene la punta muy pequeña y el nuestro necesita una más gorda, pero como lo importante es saber usarla, ahora chupa sin problemas. Con el cable enrollado a su alrededor dentro de una de mis zapatillas de casa, eso sí.

No sin paciencia, he conseguido actualizarle el Instagram y subir un Stories alertando de que estoy incomunicado. Mi frugal imaginación me atiza con un WhatsApp lleno de aterradores mensajes.

De póstumas despedidas tras expandirse el rumor de que he sufrido un fatídico accidente bailando salsa. De declaraciones de amor de chicas que me gustan convertidas en “como no contestas me he ido con el gilipollas de mi ex”. De cadenas con el negro del WhatsApp escondido en algún lugar de la imagen.

Intentaré dormir, aunque no creo que lo consiga. No puedo evitar sentir una alargada presencia a mi espalda.

Jueves, 19 de enero. 23,15

La victoria del Barça en Anoeta tras una década de descalabros me ha distraído lo suficiente como para no pensar en ello, pero en fin: este diario no está dedicado al sexo, sino a la ausencia de WhatsApp.

Creo que estoy medio desintoxicado. Mañana a mediodía he de ir a por mi móvil. Yuli, la dependienta, me ha dicho que para esa hora estaría al cien por cien. Menos mal: pasar el finde sin WhatsApp podría suponerme descanso, y eso sí que no.

Ahora, me apetece leer.

Viernes, 20 de enero. 00,50

Acudí a Yuli pasado mediodía. “Vienes a por el móvil”, su afirmación bañada de interrogaciones no pronunciadas. Cuando mi sonrisa de asentimiento topó con el gesto negativo de su cabeza, mi mundo se fue a ese lugar en el que ahora habita MySpace.

—No…

—Han dado aviso de que lo traerán antes de las 3.

—Pero yo a las 3 me voy, tú cierras de una y media a cuatro y son las… la… oh, mierda.

—Así es…

Observé mi antaño hermoso Alcatel con tristeza, creyendo ver el hueco vacío del WhatsApp en su negra pantalla. Aunque, bueno, puede que aquí haya añadido un cierto dramatismo no real en esta afirmación para darle más emoción a lo en verdad ocurrido:

—No te preocupes. En cuanto llegue, quedamos y te lo doy. Vivo aquí al lado.

 

Ahora, la pantalla de mi móvil resplandece tras el cuco plastiquito para que no se raye en la caja. No tengo intención de quitárselo en un par de días.

La telaraña ha desaparecido de su perlado rostro y las fotos vuelven a ser fotos y no imágenes de la cabecera de Black Mirror. Sorprendentemente, el corrector sabe lo que quiero decir cuando escribo “ja”. Sonrío pensando en cómo Yuli escribió en el pedido que por favor no lo borrasen. No quedan vendedores así.

En definitiva, me siento como si aquella fatídica tarde, aquella en la que la pantalla se rompió al abalanzarme sobre el niño para que no lo atropellase aquel gigantesco camión, solo hubiese sido un mal sueño.

Una pesadilla a la que agradezco el haberme vuelto a encontrar con mi viejo móvil, que tanto me dio en su momento. El hacerme ver que nunca hay que volver atrás si tienes el portal abierto. Pero, sobre todo, el que me haya hecho recordar (por primera vez este año) lo mucho que disfruto leyendo libros.

Ahora sé que no volveré a dejar de hacerlo por el WhatsApp. No, ya no.

Nunca lo volveré a hacer.

Epílogo

Tres días después, el joven, entre sábanas, despidió a su colega con un emoticón de beso con corazoncito. Otras tres conversaciones le esperaban.

Aconsejó en una que descansase esa semana, que ya había hecho bastante, y que a veces hay cosas que no dependen de nosotros mismos por mucho esfuerzo y sentimiento(s) que pongamos en ellas. En otra, rió y sonrió mucho más que lo que la pantalla fue capaz de demostrar a letras. La tercera, de un grupo, pasó de abrirla: era una imagen sin venir a cuento, en la que se palpaba una negra presencia de cola muy larga.

Cuarenta y cinco minutos después, pulsó el avioncito, dejó el móvil junto al libro —intacto desde el anterior jueves— y se acurrucó entre las sábanas.

 

Eran en torno a las tres de la mañana cuando un fuerte sonido bañó la estampa en un breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó su almohada.

Contemplando la negra figura tendida cuan larga era sobre la alfombra, y pese a haber escrito un post sobre ello, no se encuentra capaz de explicarse lo sucedido.

De su ejemplar de La sombra del viento nadie volvió a saber nada.

Lo jodido de trabajar a la siesta

Por desgracia para mí, esta no va a ser una entrada dedicada a lo difícil que es gestionar la siesta. No, no os voy a hablar de testados recursos para que sea más reparadora, ni de cómo recostarse contra el respaldo del sillón para favorecer la circulación del relax desde la planta de los pies al cerebelo paliodigital. No, amigos: este no va a ser un post sobre lo duro que es currarse la nacional fiesta vespertina.

Esto va del arduo combate al que he tenido que enfrentarme esta tarde, espero, no una de muchas.

siesta española

La siesta, también conocida como “la posesión ibérica” es una afección paulorretroalimentaria que afecta a buena parte de la población mundial en los periodos posteriores a un buen almuerzo.

Como algunos sabréis, trabajo a medio ciento de kilómetros de mi casa. Dada su naturaleza de turno partido, bien podría despedirme de mi vida durante la semana si llego a tener un horario de 9 a 2 y de 4 a 7 al que sumar la media hora de conducción de ida y la de vuelta. Por fortuna (y agradezco la consideración con los responsables de ello), la realidad es que dispongo de una cierta libertad horaria mientras cumpla mis ocho horas diarias de desempeño; libertad que aprovecho para volver lo antes posible de comer y así estar saliendo por la puerta entre las 5 y media y las 6 según la vitalidad del cocinero y los camareros.

Al evitar dejarme sin día o el que —de hacerlo seguido— llegue a las 5 y media de la tarde a casa sin haber comido, la situación parece ideal para este tipo de trabajo; de mis opciones, la mejor, aunque tiene un claro inconveniente: hace que recién comido me siente ante la pantalla a realizar los variopintos quehaceres de mi cargo.

Y tenga que enfrentarme a la hora de la siesta.

Reconozco que lo llevo muy bien. Antaño, era un odiador de la patriótica costumbre, pero hace algo más de año y medio —por tóxicas debilidades—acabé cayendo en ella y el sofá que trae incorporado.

Deseando cargarme lo más parecido en mí a la drogodependencia, el nuevo trabajo y mi concepto de la profesionalidad prometían ser mucho más eficaces que los parches de nicotina y los propósitos de Año Nuevo para los fumadores. Increíble: ni el mínimo recuerdo de aquellas tardes de sueños con las cortinas al fondo de la estampa durante la primera semana.

El primer indicio de que la siesta planeaba una venganza hamletiana habría de llegar cuando, a mediados de la pasada, un leve “¡A dormir!” acudió a mi corazón tras llegar a la oficina con señor cordon bleu con salsa de champiñones y las patatas de medio Xinzo de Limia entre pecho y espalda. No iba a ponérselo tan fácil: acudí a buscar noticias que compartir en el Facebook de la empresa sabiendo lo que vendría a continuación. Efectivamente, mi acérrimo desprecio por el cuñadismo omnipresente en la red social de Zuckerberg me espabiló al instante, decantando la balanza a favor de mi desvelo. 1-0.

La siesta no se rindió. Hizo cambiar el tiempo a lluvioso y la sensación térmica de la oficina a qué-calentito-se-está-aquí. Por un momento, creí que se las apañaría para poner la chimenea de leña de mi pueblo en lugar de la impresora.

Con lo que ella no contaba era con lo fuerte que está el café con leche en ese pueblo. Es peor que lamer un limón. Y eso que el limón es ácido y el café, amargo.

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Red Bull embiste sin éxito a un cortado de la zona. (Se nota que tengo tiempo para currarme los montajes, ehhhh…?, ehhhhhhhh???)

Poquito a poco, la victoria se cernía sobre mis pretardes: estaba casi desintoxicado. Había conseguido adaptarme al despertador a las 8 menos cuarto, a quedarme frito en torno a las 12 e incluso había articulado una agenda útil para este tipo de momentos de desazón poliquemeduermo, mediante la cual reservaba labores tan automatizadas y claras que hasta en el séptimo cielo podría hacerlas. Los cafés ya ni eran necesarios y los semibostezos posescalope milanesa se habían convertido en “¡Vamos!” rafanadalianos (yo tampoco he entendido nada, no preocuparse).

Sin embargo, la siesta reservaba su mayor plan para hace unas horas…

20 de octubre. Cuatro días para mi cumple. El de mi abuela, en paz descanse.

Las prisas por estar pronto ante la pantalla y poder irme antes me llevaron al restaurante que más rápido me hace salir (y menos me cobra, ciertamente). Ante mí, una lasaña cuyo nombre se le queda corto pues ensañose con mi apetito lo que la saña con nadie se ensaña. Soberbia, excepcional. Gigantesca.

Llegada al trabajo antes que nunca, el estómago calentito y pesado, sin hueco para café con leche con café en vez de leche y Monster en vez de café. El calorcito típico de la oficina. La impresora que parece la chimenea en la que a veces mi gato posa para mí. ¿Y qué hago yo, maldito prepotente, ante todos esos indicios de que Freddy Krueger me esperaba para matarme en sueños? Pues me pongo a ver cómo van las estadísticas de nuestra página.

En Awstats.

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No son las nuestras, evidentemente, pero así os hacéis una idea de las ganas que tengo de que Toño me dé acceso a sus datos de Google Analytics.

Por un momento, en el medio de una barra marcando el número de personas que permanecían entre 30 segundos y un minuto en nuestra página, vi las cortinas sobre el sofá de mi piso. El ratón pegó contra el teclado (sí, tengo de sobremesa) y los ojos me saltaron de las cuencas como si hubiese estado al borde de quedarme dormido al volante en el regreso de una noche de fiesta.

Cerré las gráficas, abrí el Facebook entre temblores y me tragué enterita la primera noticia cuñada que vi (vale, dos párrafos, no tengo ese aguante).

Me había ganado este asalto.

 

Desde aquí, quiero hacer un llamamiento a todos aquellos grandes profesionales que trabajáis con ansia después de comer: vosotros sois los verdaderos MVP.

Pero recordad, no os fiéis de ella, ni de las lasañas demasiado ricas para precios tan asumibles.

La siesta nunca duerme.

Actualizaciones de tiempo perdido

Creo que a nadie escapa el hecho de que el tiempo es uno de los principales valores de las sociedades desarrolladas. Las largas jornadas laborales y de estudio en comparación con las épocas de vacaciones o desempleo hacen que se perciba perfectamente si tienes hobbies e inquietudes.

Por ejemplo, desde que tengo trabajo, encontrar tiempo para dedicarle a esto es complicado. Imaginaos pues mis sensaciones cuando, a principios de la pasada semana, llego a casa y —en medio de la motivación de completar el día con ocho horas de trabajo en teclado más tres de post— me encuentro con que mi ordenador no está disponible.

Porque se está actualizando.

configuración actualizaciones windowsTras afeitarme y demás, el monitor indicaba que iba por el 22 por ciento y yo estoy muy mayor para esas tonterías. Apagué la pantalla y me fui a dar mi habitual paseo. No estoy para rendir culto a un porcentaje creciente de final predecible.

Para cuando volví —brazo de señora atrapado en puerta de autobús, pizza rechazada por mi parte, tweet lamentándolo, corte de pelo y vida útil, en definitiva—, el proceso estaba más que hecho y el ordenador más que suspendido por aburrimiento. Al contrario que algunos usuarios, la instalación del “parche acumulativo KB3194496” parecía haberse completado con éxito. Apagué el ordenador y me fui a cenar.

Al día siguiente, fui a hacer el post y me encontré con que…

instalar_windows_8_15_zpsf789d842Estoy de acuerdo con que los cambios sean para mi bien y todas esas cositas que mi pantalla me dice y me calan muy hombro (digo, hondo). Por lo que sé de comunicación, se han currado bastante bien los mensajes y colores para rebajar tus ganas de estrellarlo contra una pared en caso de ser una persona de tranquilidad media. Sin embargo, me encontré nuevamente enfrentado a un duelo desigual entre las ganas de poder acabar el santo post de los saltos de piedra (ya con días de retraso) y la ausencia de las de tecnología por permitírmelo.

El resultado fue un nuevo abandono de la pantalla para acabar realizando el trabajo un par de noches consecutivas tras las bases previamente fijadas días atrás, dando un post correcto pero del que no me siento orgulloso, considerándolo uno de los peores que he colgado pese a los esfuerzos que me ha tomado.

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Cortana no encuentra solución a mi disgusto

Bien podría parecer que la historia habría de acabar ahí, pero el caso es que la noche pasada cené con mi querido amigo Vaz en casa y quise resolver con él una duda de programación. Cándido, le pedí que abriera su perfil en mi pc (que tenemos para casos extremos), mientras yo iba a la otra punta del piso.

El resultado, cómo no…:

actualizacion windows empecemosTras quince minutos y serias dudas sobre si irnos a ver pendiente capítulo de Sherlock, se abrió y pudimos poner fin al de los procesos de actualización.

¿Pero sabéis lo mejor…? Sí, queridos compañeros de Windows, lo sabéis muy bien.

La nueva actualización ralentiza el PC una barbaridad.

Mi ordenador era un tiro. Ahora es Arbeloa.

Y yo (tras haber sufrido también la transformación de mi móvil de genial a patata al actualizar el Android meses atrás) me pregunto… ¿a la gente le compensa la actualización?

Claro que hay que actualizar los softwares. Claro que hay que tener los programas en último modelo. Pero, por favor, desarrolladores: fijad en el tiempo una prioridad, leñe. Porque es lo que os pedimos.

Por lo pronto, la próxima semana cae nuevo parche de actualización por los errores de esta última. Si no publico en tres semanas, es que no me he atrevido a comprobar sus efectos.

Decadencia y muerte de las First Dates

Pasaba ayer por delante de una atractiva pareja de jóvenes, sentada a un banco del centro de mi ciudad. Físicamente —valga el prejuicio—, tal para cual.

Él le preguntaba si “eso” no era “tal”, a lo que ella respondía que “no”, que esa era “en la tercera saga”, que en “la de los 70” era “otra cosa”. El chico asentía y sonreía entre la frustración y la incomodidad.

Qué jodido es, a día de hoy, tener primeras citas.

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Me siento viejo y acabado; achacoso. Mi antigua amodestia física ha pasado a convertirse en un “No te preocupes: para lo que lo usas…”. Ya no creo demasiado en el clásico modelo de una primera cita cuando sé que todo está dicho por Direct o WhatsApp. Ya no espero poder vivir eso de conocer a alguien una mañana e invitarle a tomar algo.

Murió hace mucho.

Sin embargo, sea por el programa de Sobera en el que vemos a varias parejas de desconocidos tener una primera cita ante las cámaras o por una nostalgia de tiempos pasados impropia de un chaval de solo cuarto de siglo, lo de las “first dates” lleva un par de meses llamándome la atención.

No tardé ni cinco pensamientos en darme cuenta de que el concepto está fastidiado.

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Al contrario que el programa: viento en popa

Si hay ganas de comer y espacio para hacerlo, la cosa está chupada: la risita en el silencio llega rápido y el abalanzamiento (¿abalance? ¿abalorio? ¿avalancha?) se produce sin mayor problema, pero… ¡ay como la conversación tenga que hacerse protagonista!

En primer lugar, porque a la hora de establecer conversación con desconocidos, tiramos de temas manidos que, o bien nos resultan incómodos o bien nos la lían mucho:

—¿A qué te dedicas?

—Estudio Historia. ¿Y tú?

—Veterinaria.

—Ah… —Silencio incómodo—. ¿Qué tal lo de meter el brazo en vacas?

No.

Cuando no tenemos más que una idea general de la profesión del otro, hablar de trabajo no funciona bien. Además, puede derivar en todo un clásico: el empezar con la política o “lo mal que está todo”. Que puede hacernos empatizar, sí. Pero en un plano de cabreo y bajada de ánimos que no viene bien en absoluto.

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Participante de First Dates ríe profusamente tras ordenar a su perro arrancarle la nariz a su cita. Él acaba de decirle que “si estás parada es porque quieres”.

Quedémonos con lo de no dominar el tema en el que el otro es experto y llevémoslo al plano de las aficiones. Antiguamente, hablar de música y películas era una opción de lo más común y útil; a día de hoy, es una bomba de relojería.

La enorme variedad de entretenimiento a la que optamos y los nuevos medios —como la televisión a la carta o el visionado por internet— han hecho no solo que el que coincidamos en un producto de entretenimiento sea complicado, sino que de coincidir, un miembro suela estar a un nivel más que el otro:

—¿Ves Strange Things?

—No. ¿Tú True Detective?

—No, la tengo ahí aparcada. ¿American Horror Story?

—No me va mucho… —Se le enciende la bombilla—: ¿Juego de Tronos…?

—¡Claro! ¡Empecé ayer, llevo cuatro!

—(Principiante… ¬¬)

Tanto con la música como con las películas pasa algo por el estilo: el entretenimiento ha pasado a dividirse y especializarse tanto que el antiguo perfil común de espectador mainstream que veía lo que ponían en la tele ha pasado a un segundo plano, creando gente con un dominio altísimo sobre ciertas series y sagas que nadie en su entorno ve. Esto suele generar comportamientos de superioridad al hablar del producto que domina y de completa falta de interés e incomodidad cuando le hablan del que no. La escena de la pareja en el banco a principio de post, todo una muestra de ello.

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No te preocupes, Diana: es bastante frecuente que nadie aguante a nadie

La razón por la que nos tenemos sentados uno frente al otro suele ser un buen recurso.

Por ejemplo, “nos ha presentado un colega, vamos a ir por ahí”. Hablar de otros es un clásico en todo tipo de conversaciones de ambiente informal. Aunque claro, en una primera cita, los datos que das sobre tu amigo suelen medirse bien por un posible fracaso. ¿Qué quiere que sepa el otro? ¿Qué sabe realmente de mi colega? Lo más probable es, pues, que el tema se extinga rápidamente tras un par de halagos a la celestina, o que se trate de llevar a más conocidos comunes que —dado que no conocíamos la relación antes— hacen dominar a las posibilidades de que no se lleven, se caigan mal o no favorezcan nuestra imagen frente a la de que sea todo un acierto.

Si —otro ejemplo— estamos tomando algo con alguien que acabamos de conocer en una charla sobre termodinámica o introducir el brazo en vacas, la cosa suele ser mucho más sencilla. Está claro que la afición suele ser común y a partir de ahí fluyen bien temas como si con los dedos extendidos o el puño cerrado, o cómo fue su primera vez (en el interior de una ternera gallega), así como lo bien o mal que lo hizo el ponente de la conferencia.

Quizás es por eso que muchas relaciones salen de este tipo de situaciones: del haber compartido una experiencia de la que habéis salido airosos juntos.

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Ir al cine en una primera cita está desfasado y la mayor parte de autores lo ven poco recomendable. Sin embargo, antiguamente tenía una defensa bastante lógica: generar una experiencia común. Además de tenerla a oscuras con la mano junto a la tuya y evitar charlas que se carguen la cita, claro.

La experiencia común seguramente sea (más allá de la atracción sexual) la clave del funcionamiento de una primera cita.

Habiéndonos cargado el atractivo de la conversación barata y de libro, así como las aficiones en común, el tiempo libre y la necesidad de tener pareja, vivir fuertes experiencias juntos de las que salir reforzados y que permitan alcanzar los besos y el sexo que luego vuelvan más satisfactorias las conversaciones es la realidad del éxito en una primera cita actual.

La primera cita romántica ha muerto. Larga vida al meter brazos en vacas.

El misterio tras el estadístico infiltrado

Estoy muy contento. Mucho. Y es que vivo una de mis semanas predilectas del año en cuanto a mi ocio se refiere. No solo es semana de Eurovisión, uno de mis eventos televisivos favoritos —si no el que más—, sino que la liga de fútbol llega a su fin con una última jornada en la que se decide el título, hecho poco frecuente en la última década.

Sin embargo y pese a la alegría, semanas de este tipo son en las que me tengo que morder la lengua. Y es que siempre, a mitad de diversión, entre la bruma de tu felicidad, tiene que aparecer.

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El estadístico infiltrado —también conocido como el realista, el numérico o el cuñado contable— es aquella persona especializada en desmontar tu ocio en base a datos ajenos al espectáculo en sí. A ver si os suena.

Final de un Mundial. Nuestro equipo, que nunca ha llegado a tales lides, empata a ceros a cinco minutos del final. Esto parece abocado a los penaltis. Y de pronto… Un pase al hueco. Una señora a tu espalda que le dice al tío a quince mil quilómetros “corre, ¡¡¡CORRE!!!”. Un tío que corre. Cien mil sonrisas. La alcanza. Tira. Una explosión de júbilo que se oye desde la calle de al lado. Gente que se abraza. Que salta. Que llora de emoción.

Y de fondo se oye a un tío: “Bah. Lástima no perdiesen, cobrando lo que cobran, si pagasen sus impuestos, si lo diesen a caridad, a estos no los meten en cárcel, si fuésemos nosotros… ¿Tú sabes el dinero que se gasta en esto?

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¿Recordáis esto que comentaba en el de las pelis de terror? ¿Lo de que para que funcionen tienes que estar metido en ella? Este ser del averno ha nacido para romper la suspensión de la incredulidad.

Bostezos metafóricos. Comentarios a destiempo. Datos aparentemente objetivos sacados de tipos como él —que a su vez los sacan de otros como ellos en un bucle infinito—. Absurdeces que nada tienen que ver pero hay que meter solo por cortar el rollo. Sus métodos llegan incluso al spoiler que fingen no saber que lo es.

Angelitos del averno, estos seres son incansables buscadores de una utopía personal en la que todos tengamos sus aficiones, comúnmente individuales. ¿Crear un buen rollo vecinal en base a aficiones colectivas? Un completo error en su diccionario.

Pero… ¿a qué viene ese nivel de falta de empatía? Examinemos algunas posibles razones:

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  • Vocación de matemático frustrada. Esta persona quería ser estatista o algo por el estilo y ahora que es chandalero profesional intenta aprovechar los restos de su talento inexplotado para tirar de datos que desmonten felicidades.
  • Falta de empatía nivel piedra. Se encuentra entre doscientas personas saltando de felicidad, pero no es capaz de alegrarse. A muchos se les ha acusado de psicópatas por menos.
  • Miedo-pánico. A que de pronto todos nos levantemos a la vez, formemos y nos vayamos a una guerra contra las demás facciones dejándolo atrás sin entender qué pasa.
  • Se siente solo. Como no es capaz de disfrutar de algo que no entiende porque nunca ha puesto el más mínimo interés en descubrir sus virtudes, se siente desplazado y tiene que llamar la atención. Para él, miradas furibundas e ira contenida es mejor que hacer algo útil por su cuenta.

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Muchos dirán que esta persona tiene razón. Claro que la tiene. ¿Sabéis el problema? Que muchos hemos olvidado que lo que importa aquí es ser feliz.

Esta persona va a venirnos con que alegrarse por el fútbol, por Eurovisión, porque Jimena haya acabado con Ricardo Jacinto, es de paletos, y luego él tal vez solo sea un amargado social sin ningún tipo de satisfacción grupal más allá de la mínima que le supone destrozar la felicidad colectiva de otras personas.

Este mensaje va para ti, cuentadatos que solo sabes matar sonrisas: siéntate y calla un momento. Ponte aquí, con nosotros y mira cómo los demás sonreímos. Escucha cómo criticamos al de Rusia por plagiar al ganador del año pasado, los “uy” cuando vemos que el balón casi entra en nuestra portería. Siente la tensión en nuestras manos al ver al prota entrar en ese oscuro callejón sin decirnos que nos van a meter un susto. Tú vente, ¡únete!, y aprende a disfrutar de tener a alguien al lado. Tal vez, llegado a un punto, puedas sentir lo que nosotros sentimos disfrutando de estas cosas.

Si no quieres sentirlo, por favor, hoy déjanos ser felices con nuestras pequeñas cosas.

Ya otro día, si eso, habrá momento de intentar cambiarlas.


¿Odias Eurovisión? ¿El fútbol? ¡Ni se te ocurra comentar hoy! Pero siempre puedes esperarte al lunes o a mañana y de momento compartir y dar tu opinión más mainstream sobre el artículo. ¿Qué piensas de él?