Quizás apasionado

Pides que de pasiones te hable, pero… ¿qué buscas en las pasiones de un uno cuando tanto te has esforzado en cubrirlas de tu todo?

Si hablamos de mis pasiones, quizás sea la justicia, que un día es blanca y otro negra según si son muchos o pocos a quienes interesa su aplicación.

O quizás sea la hipocresía, que culpa de lo que no se peca y calla cuando cae en su propia evidencia.

Quizás, la solo algo diferente diferencia. La de las personas que son, no son, entonces sí, ahora no. Distintas, iguales, a tramos, por pasos; hermanas, rivales, apoyos, desequilibrios. «¡Qué buenos!». O quién sabe si, al día siguiente, «qué malos».

Quizás sea lo inexplicable. De todo. De nada. O de toda y de nado, por corrientes que tejen verdades, a pares de fallos crear. «Crear»…

Quizás sea crear, porque quien vive crea, tenga pasión por la vida, la explique, la distinga, le mienta o la crea justa. Esa es una buena pasión. Una buena y mía pasión: crear nueva realidad.

Hacerla crecer. Crecer con ella. Amarla y odiarla. Para acabar por dársela a quien ya no se escucha más que a sí misma. Darte algo a ti, sí: a ti, sociedad. Tal vez en eso consista la pasión que en mí buscas. En ser algo para alguien que no es alguien y a quien no le importa lo que tú seas.

Pero… ¿sabes? Quizás eso solo sea un quizás.

Quizás solo un quizás apasionado.

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Esta semana me he decantado por esta pequeña pieza sobre alguna de mis pasiones que he escrito para un pequeño curso de escritura creativa en el que participo una vez por semana. Hay gente para la que las pasiones son actividades; para otra, paisajes; para mí, por ejemplo, conceptos.

¡Coméntanos si quieres tu pasión en comentarios! Siempre es bonito ver que a la gente aún le late algo en el pecho.

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Gente que cambia, que no, que cree que la gente cambia y que cree que no

Si hay algo que todos conocemos es que las contradicciones en las principales premisas de cómo vivir según la sociedad son tan innumerables como las briznas de césped en una ladera de los Alpes suizos. Hoy vamos a analizar una muy común, la idea de que la gente cambiamos constantemente frente a la de que la gente no cambia, y veremos qué daños puede provocar la diferente perspectiva al usarla según conviene.

En tiempos de que lo que se hace se es

Viniendo de un post dedicado al rencor, tenemos bastante claro que la gente, por lo general, tiende a ese mecanismo de defensa típico ante el daño pasado.

La mente humana advierte el potencial daño en base al sufrido con el más puro sistema animal de ensayo-error: si cierta persona te ha hecho cierto daño es porque tiene capacidad de hacerlo y podría volverlo a hacer, de ahí que debamos tener cuidado con ella. Dado que, habitualmente, la gente sufre tendencia a cometer los mismos errores, quizás no sea tan descabellado pensar que podría volver a cometerlo 30 años después.

Porque la gente no cambia, ¿no?

En constante movimiento

La sociedad de la información es, al mismo tiempo, la sociedad del aprendizaje. La evolución de la tecnología, el entretenimiento y las modas es la más rampante de la historia, generando unos niveles de volatilidad y cantidad de información aprendida, interiorizada y mal interiorizada muy por encima de lo nunca visto. ¿Qué supone esto? Entre otras cosas, un fuerte acceso al cambio en las personas.

Por un lado —y como no puede ser de otra manera—, cierto porcentaje de la población no se saldrá de su carril en lo que a ocio, personas y demás se refiere, estando décadas atados a unas creencias y comportamientos casi inmutables por la ausencia de más estímulos que aquellos que se vean forzados a experimentar, como los cambios en su economía, vivienda o familia. Sin embargo, a nadie escapa que las redes sociales, los cambios tecnológicos precoces y otros mecanismos están volviendo mucho más complicada una estabilidad de pensamiento, dado que el número de nuevos estímulos y la habilidad del cerebro humano para reconfigurarse ante ellos hacen que el mantenimiento del status quo sea mucho más complicado que en siglos pasados.

Estás muy cambiado

Esta capacidad de absorción de lo nuevo, llevada a la mentalidad personal, tiende a generar una mayor capacidad de adaptación a las diferentes circunstancias. Incluso el tan reputado término de resiliencia en más gente de lo habitual.

Sin embargo, ya no sería tan habitual la imagen de la resiliencia como aquella del árbol que se inclina con el viento para volver a su posición inicial tan pronto pasa: más bien el árbol se haría con ventajas de ese viento para ponerse en una mejor posición. Puede que con una ráfaga el árbol se parezca mucho y que con veinte apenas sufra cambios. Sin embargo, y aunque sean muy reducibles bajo su término, los años son muy largos en cuanto a metafóricas ráfagas se refiere y, con el tiempo (sobre todo, con los fuertes cambios) las personas somos bastante diferentes a lo que éramos.

A nadie se le escapa el cambio físico de una persona desde su niñez a su adolescencia. O de esta a una edad ya considerable adulta. Cuando vemos después de muchos años a alguien con quien no tenemos relación apenas, pensamos «oh, qué cambiada está esta persona», con sentimiento no solo de lo físico o incluso lo mental, sino de que estamos ante otra diferente. Sin embargo, cuando nos encontramos a alguien con capítulos en nuestro pasado, entonces nos cuesta más pensar que está distinta.

Se trata de un mecanismo típico humano: el de hacer que ante un encuentro de dos personas separadas muchos años atrás tendamos a retomar la relación como en aquel momento. Algo parecido a esa mascota que ve a su antiguo dueño años después y se abalanza como si no hubiese cambiado nada.

Obviamente, en cuanto el tema de conversación pasa a lo genérico, en cuanto ese efecto que nos lleva a lo común se desvanece un poco, vemos las diferencias nítidamente: cómo de pronto defiende cosas que antes no hacía, cómo tiene hábitos que antes no tenía, y entonces nos extrañamos y empezamos a ver que la persona no es la misma que dejamos, habitualmente con un cierto desencanto.

En el caso de alguien con quien tuvimos relación, pero no nos cae bien, eso no pasa: directamente aplicamos la primera parte, el entenderlo como alguien igual que era antes, pero no avanzamos hacia la sensación de que ha cambiado, de que ya no es la misma persona, porque el rencor, el sentimiento animal de ensayo-error o lo que sea nos invita a pensar que esa persona no ha cambiado, que aún tiene la capacidad de hacernos daño. Mientras, a nuestro lado, ese amigo que no ha tenido más relación con ella en el pasado que el conocerla de vista, la entiende como una persona completamente nueva.

Quien interesa, cambia; quien no, es igual que siempre

¿Dirías que veinte, diez, cinco años después, eres la misma persona que eras? ¿Que cometerías los mismos errores? ¿Que te reirías de las mismas cosas? ¿Que crees lo mismo de la gente, el mundo, lo que está bien, lo que está mal, lo que harías, lo que no?

Probad a mirar fotos, vuestra letra, redes sociales, mensajes incluso: el aprendizaje cambia, la experiencia cambia. El mundo gira y si las personas no cambiamos con él tras miles de esas vueltas, es que algo estamos haciendo mal.

Pensad si vuestros colegas han cambiado. Si estás con la misma gente, o si la gente con la que sigues estando hacen actividades que antes no hacían, escuchan música que antes no escuchaban o comen cosas que antes no.

Pues al igual que tanto tú como ellos perfiláis vuestros valores, os volvéis más o menos egoístas, educados, abiertos, sabios, reservados, felices, específicos o inocentes, la gente que no conoces, la gente que te cae mal, la que te cae bien pese a que nunca has hablado con ella y la que solo conoces por haber oído hablar de ella, también cambia. Más o menos, poco o mucho, la gente cambia.

Tal y como hay tímidos que con el tiempo se abren y se vuelven muy extrovertidos, existen extrovertidos que acaban por encontrarse incómodos por diferentes experiencias o en otros ambientes. Tal y como alguien guapísimo puede ser ahora horrendo y alguien superfeo ahora un adonis, alguien que era una bellísima persona, puede ser ahora un desgraciado y alguien que era un bicho, ahora puede ser ahora una tía genial. Lástima que los cambios de pensamiento no puedan verse como los físicos, ¿no?

En cualquier caso, el último tramo de este post no va a ir hacia lo de perdonar a quienes odiéis y al dar segundas oportunidades de estar con uno. Va a ir hacia los juicios injustos.

Cuando lo pasado es eterno

El mundo es simplista: si alguien roba una manzana ante alguien, ya es por siempre un ladrón; si alguien aplaude a un máximo rival, ya es por siempre un traidor; si alguien una vez insultó en público, para siempre es un maleducado.

¿Lo apruebas?

Porque te recuerdo que una vez te dieron mal el cambio y no dijiste nada. Una vez empujaste a alguien que te tocó las narices y al que le hubieses partido la cara si no llega a ser por las consecuencias. Otra, dejaste que otros se metiesen de leches cuando con la ayuda de tu amigo podías haberlo evitado. Viste ese vídeo porno aun no gustándote lo que hacían. Te alegraste de que tu amiga sacase menos nota que tú en esa asignatura. Dijiste que no sabías de qué te hablaban cuando fue todo culpa tuya. Gozaste de la espectacular forma en que murió ese malo y te hizo gracia ese chiste que ahora te da asco y vergüenza. ¿Así que eso eres? ¿Un ladrón? ¿Un violento? ¿Un cobarde, un pervertido? ¿Una traidora, una mentirosa, una sádica? ¿Un imbécil? ¿Mereces que te juzguen por ello, cuando no volverías a hacerlo, cuando el contexto es muy distinto, cuando tu vida es diferente, cuando ha pasado tanto tiempo, incluso cuando fue una acción puntual? ¿Crees que mereces aparecer en una lista de escarnio?

Pues que sepas que hay gente que dice cosas de estas de ti sin ni siquiera conocerte. Por lo mismo que tú andas diciendo de otra gente cosas que una vez has visto o alguien te ha dicho, y que asumís por un hecho tan aislado y falto de contraste y contexto como todos esos de arriba en tu caso.

Los juicios hay que emitirlos para cada momento, no por lo que en otro han sido. Tal y como tú no eres la persona que hace diez se ha sacado esa foto, ni ves justo que se te juzgue por ello, esa persona a la que defines por lo que hizo entonces tampoco tiene porqué aguantar que la traten por lo que ya no es.

La inocencia y la culpabilidad según la higiene de manos

Como último apunte, decir que la hipocresía convenida quizás debería ser dejada a un lado en cuanto a lavarnos las manos en este aspecto.

Es muy bonito decir que hay cosas en las que la gente cambia y otras no según aquello en que nosotros mismos somos perfectamente estables, inocentes y respetables por la sociedad en general. Pero creo que no hace falta más que esa frase para que se vea que en ese tipo de comportamientos hay más autoprotección y creencia de superioridad de las creencias propias a las ajenas que justicia equitativa e inclusiva.

Lo que consideramos más estable pueden ser lo menos mutable en nosotros y lo que la sociedad en general considera más estable, lo que menos cambia generalmente, pero eso no implica en absoluto la inexistencia de gente que pueda cambiar mucho antes que otra en ciertos aspectos, cuando el número de estímulos y personas es tan inmenso.

Por no hablar de que ciertas circunstancias le pueden pasar a cualquiera por muy limpias que tenga las manos.

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Le he quitado un apartado porque tocaba con temas muy diferentes, quizás lo haga en algún momento. Por lo pronto, ¿te ha gustado este? Pues comenta, emegea, comparte sobre todo: ya sabes que todo es bienvenido (y sobre todo, agradecido) en este mundo en el que el único aprecio es a las palabras vacías de sentido.

Hasta que la pierdes

Dicen que no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. El viernes pasado, perdí mi cartera.

Soy una persona bastante descuidada con mis objetos personales, de eso no hay duda. Soy de esas que dejan el móvil en silencio apoyado en cualquier lugar absurdo y se van a dar una vuelta. De las que hallan llaves de casa en inhóspitos recovecos de sofá. De las que meten unos cascos en el bolsillo de una cazadora y no los encuentra hasta que, tras todo un heterosexual invierno, la chaqueta sale del armario.

Sin embargo, soy un tipo afortunado y las cosas siempre aparecen.

¿Que la tarjeta del bus no está? Pues meses después surge bajo un mantel que lleva años sin moverse. ¿Que no sé qué ha sido del pen con pelis que Hari me regaló por el otro cumpleaños? Pues resulta que está junto al monitor en el que me he pasado escribiendo mis últimos 10 años.

En mi mundo, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Quizás por eso, entrando en casa después de la realidad de la pérdida, no dejaba de mirar una y otra vez a los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba.

Eso fue antes de preguntar a los colegas si la habían visto, y de volver al trabajo a descubrir que no estaba en ninguna parte de la oficina. Eso, antes de pasar por Información en el semiabandonado centro comercial de abajo y llevarme el pésame tras la negativa a mi obvia pregunta, tras llegar de la calle cuya acera revisé piedra a piedra tanto antes como después, de vuelta a una casa donde no podría dejar de mirar una y otra vez los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba, ni entonces, ni nunca.

Lo ocurrido me retorcía el alma. Recordaba haberla cambiado de bolsillo antes de salir de casa con ella, ocho menos cinco de la mañana, sueño y frío; la bolsa de clementinas por la que la moví cayendo pocos metros después de salir del portal, del bolsillo de donde antes estaba ella; y a mí recogiéndola para —por el gesto— hacer caer el boli, que también recogí. Porque en mi mundo, recordaba, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Yo escuché caer cada una de las demás. Pero no caí en oírla caer a ella.

Y, sin previo aviso, mi mundo no era el mismo: era un niño en viernes tarde, en una ciudad ajena, sin un duro, ni forma de acceder a él hasta tres días después, quién sabe cómo sin documentación que acreditase mi identidad. Era alguien sin carné para conducir hasta casa seguro, sin tarjeta sanitaria para una urgencia y también alguien sin poder comprar cualquier tipo de sonrisa envuelta en papel de regalo que dar a sus sobrinas el día siguiente diciendo que habían sido tres señores con camellos y coronas. Sin previo aviso, era alguien que no era nadie. Por haber perdido una cartera.

Que alguien me explique cómo algo tan pequeño, a día de hoy, puede hacer tanto daño, más allá del objeto.

Y es que, conmigo, el refrán no era del todo universal: yo si sabía lo que tenía antes de que me dijese adiós. Porque ella, pese a mi torpeza y mi descuido innato, siempre aparecía y yo, por todo lo perdido y vivido a su lado, la quería casi como un amuleto. Quería el céntimo de la suerte de Estef en su monedero. Quería la entrada a las piscinas de Baños de cuando fui con una chica muchos años atrás. Quería la tarjeta con mi número de teléfono que nunca llegué a entregar a aquella chica del autobús hace siete años, cuando era algo que ni reconozco. Pero bien es cierto que no por querer cada parte de ella supe cuidarla, y que de pronto, tras tenerla conmigo casi una década, ya no estaba.

Este post va en parte como homenaje a ella, en parte como invitación a dar aprecio a los objetos (y, por qué no, las personas) que nos salvan día a día, pero también para quien encuentre una cartera por la calle.

Si eres un asqueroso, quédate con la pasta, pero busca devolverla o dejarla a la vista de quien tenga dos dedos de frente para hacerlo.

Es muy triste llegar a la Policía a denunciar la pérdida, te digan que si confías esperes unos días por si aparece (previa desactivación de tarjetas) y no lo haga. Es muy triste llegar a Objetos perdidos tras esos días y ver la cara del agente al anunciarte que entre todos esos DNIs extraviados no está el tuyo. Es muy triste pensar que donde ha caído la ha tenido que ver alguien y nadie ha tenido la honestidad de entregarla cuando solo el dinero dentro sirve para alguien más que quien la ha perdido. Y sí, alguno pensará «que se jodan» y que el hombre es un lobo para el hombre. Pero a ese le aseguro que, si lo han vivido alguna vez y se lo hace a otra persona, tiene de hombre o de humano lo que una garrapata. Y eso también es muy triste.

Ayer, volví a comisaría una última vez para darla por perdida. Mi nombre apareció de último en el listado de documentación encontrada y, al cabo de unos minutos —no sin cierta incertidumbre final—, mi cartera se presentaba ante mí en un sobre, mucho más delgada. Ya no tenía el céntimo de la suerte de Estef. Ya no la entrada a las piscinas de aquella tarde con aquella chica. Todo papel y moneda se había volatilizado, pero yo, fui muy feliz.

Porque vuelvo a tener un nombre. Carné de conducir. Acceso a la sanidad pública. Y también a poder comprar a mis sobrinas algo que, supongo les diré, han dejado en Vigo unos señores con coronas y camellos.

Por lo que duele, no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. Pero, por lo que alegra, tampoco se sabe lo que tienes hasta que lo encuentras.

Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

Las excusas que han hecho arder Galicia (#queimanGalicia)

Te levantas, te estiras, abres la persiana y piensas “Vaya niebla”. Luego abres la ventana y recuerdas que no, que lo que pasa es que en tu tierra hay mucho gilipollas.

queiman galicia efe

(Foto: EFE)

Muchos creen que Galicia es una tierra de nubes y lluvia; los de aquí sabemos que Galicia es una especie de paraíso natural. Hace calor, pero no suele agobiar. Tiende a llover, pero podemos tirarnos meses sin que caiga una gota. Tenemos algunas de las mejores playas del mundo; un interior variopinto, con montañas, valles y llanuras; preciosas ciudades de piedra. Y, por supuesto, tenemos vegetación.

Espléndidos bosques caducifolios inacabables. Carballos inmensos. Paisajes de postal a cada paso de las cuatro provincias, en las que de la ciudad a la naturaleza apenas necesitas cinco minutos en coche o diez andando.

Pero si algo también tenemos en Galicia son imbéciles. Imbéciles que, a cada cierto tiempo, intentan acabar con todo ello.

incendios galicia octubre 2017

(Foto: El País)

La práctica totalidad de los incendios en Galicia son provocados.

Nunca he visto a una ardilla autóctona prenderle fuego a una pila de madera seca. Nunca, a un gato llevar un bidón de gasolina. La práctica totalidad de los incendios en mi tierra de verde, agua y caminos son provocados por cuatro anormales con muchas excusas.

Puede que algunos de los artífices de tales masacres sean pirómanos trastornados que disfrutan del simple hecho de ver arder, pero buena parte (lo sabemos todos aquí) son señores que lo hacen por razones tales como “por joder”, o como haberse acabado su trabajo y la temporada de incendios con la llegada de octubre, o como poder convertirse en uno de los héroes que ayudó a apagarlo con la precaria ayuda de la gente del lugar temiendo por la integridad de sus casas.

Quizás por ello, podría dedicar el post a dejar quedar mal a todos esos imbéciles que creen que cualquiera de estas es una buena excusa para hacer arder Galicia y dejar en el día de ayer tres cuatro víctimas mortales. Podría, porque creo que ni su “heroísmo”, ni su mes más de trabajo estacional, ni su piromanía son motivos para acabar con la vida de nadie. Podría, porque creo que el que vengan diciendo que no querían matar no es excusa para ir con la moto y el bidón cual organización criminal en película de Jason Statham. Podría, porque esta gente merece el ataque, el rechazo, el insulto y poco menos que el linchamiento social por parte de muchas, muchas personas que han visto morir su tierra, sus casas o sus familiares. Pero eso, hoy, lo va a hacer gente de sobra.

Hoy, me gustaría hablar a otras personas. A otras personas que abundan aquí. Porque en Galicia tenemos bosques, carballos y paisajes de postal, sí, pero si algo tenemos aquí son cómplices.

faro de vigo incendios galicia octubre 2017

(Foto: Faro de Vigo)

Si algo tiene Galicia es que nada pasa sin que el de al lado lo sepa, sin que la voz se corra y el silencio se guarde.

Esto va para vosotros, los que sabéis perfectamente quién está detrás y os escudáis en cosas como que “es que es mi amigo” o “vaya disgusto para la familia” con el fin de evitar reconocer la realidad tras vuestro silencio de cobardes.

Sois cómplices.

Da igual que hayáis estado en casa mientras la gasolina corría entre los pinos. Da igual que hayáis llevado calderos de agua a apagar el incendio que otros provocaron. Da igual que vuestro incendio no haya sido el que haya matado a esas tres personas y deshecho esas familias.

Sois cómplices. En vuestro callar, en vuestro no decir a quien puede meter a estos señores en la cárcel, sois cómplices. Cuando veis a los culpables y no les decís nada, cuando os creéis sus tonterías para no cumplir vuestro deber, sois cómplices.

Y —mientras no hagáis algo de verdad, algo útil— esa culpabilidad os perseguirá siempre.

Porque sois cómplices de matar a tres cuatro personas. Porque sois cómplices de acabar con quién sabe cuántos ecosistemas. Porque sois cómplices de haber incendiado casas, de haber destrozado lo más bonito de nuestra tierra y de que por la mañana, cuando abráis las ventanas y las abramos en Ourense, en Lugo, en Santiago y por supuesto en Vigo y Pontevedra, nos traguemos vuestro humo con los restos de vuestra humanidad.

Si sabes algo, denúncialo.

Galicia no arde. Las excusas han matado a tres cuatro personas.

Las excusas han hecho arder Galicia.

El conflicto y la determinación de prioridades (Caso referéndum independencia Cataluña)

Seamos breves y vayamos al grano. La siguiente exposición es tan sencilla de entender que no es necesario más que prestar un mínimo de atención y no estar razonando cómo contestar. No hay mucho que contestar: esto es un post, no una conversación, y dado que nadie comenta nunca, no veo por qué ahora vas a estar pensando una posible respuesta.

Cuando dos personas están enfrentadas es, normalmente, porque tienen intereses distintos. Parecido a lo que dijimos en el post sobre la ruptura de principios a la hora de hablar de personas cuyos valores chocan, entre las estrategias más comunes en estos casos están la huida, el “habla cucurucho que no te escucho”, la rotura de relación, el enfrentamiento hasta someter al otro o lo que entonces llamamos “traducción” (adaptar momentáneamente algún principio por ser más importantes otros).

La base de elección de un método u otro es el fijar prioridades.

Por ejemplo, si dos niños en el parque se pelean y al día siguiente juegan juntos ante la estupefacción de sus padres es porque dan prioridad a la diversión (su objetivo) frente al rencor. En el caso que veíamos en el otro post, el personaje protagonista del ejemplo tenía que romper, frustrarse o mentir para solucionar su problema con su pareja, teniendo que elegir (respectivamente) dar prioridad a ser sincero, la felicidad de su pareja a cambio de la suya o sus ganas de descubrir cosas nuevas.

Parece simplista, pero —por lo general— la vida funciona así, y cuando nos encontramos con esa confrontación de opiniones el desenlace es tan simple como que las partes tomen unas prioridades.

Ejemplo de hoy: crisis del referéndum sobre la independencia de Cataluña

El ejemplo ineludible a día de hoy es la situación política en la confrontación entre los gobiernos español y catalán en torno a la independencia de la nación histórica al noreste de la península ibérica.

El gobierno catalán anuncia un referéndum para que los ciudadanos voten si su comunidad se va del país ibérico o no, votación fuera de los cauces legales de España. La Fiscalía de este país decide tomar medidas contra la multitudinaria ilegalidad según su Constitución, mientras que el Govern prosigue con ella, bajo la premisa de que una votación democrática no puede ser ilegal. Todo esto termina con numerosos enfrentamientos entre algunos de quienes acuden a votar y algunos de quienes por ley están obligados a impedirlo, generando un fuerte odio entre partidarios de la legalidad y de la votación, de nacionalistas catalanes y “nacionalistas españoles”, y otros tantos bandos, bajo la atenta mirada de unos medios frotándose las manos ante los aumentos de audiencia en horas bajas, unos partidos políticos secundarios inútiles e inutilizados y numerosos ciudadanos sin bando, viendo con preocupación las cargas policiales a defensores de la votación y los sillazos a agentes enviados a evitarla.

Aplicación del supuesto

Según lo visto arriba, lo que tenemos podría ser simplificado cual ecuación, teniendo en cuenta que los que pueden poner fin a esta situación son, principalmente, dos entes: el gobierno español y Govern catalán.

Así pues, ¿cuáles están siendo las prioridades de cada uno?

La del Gobierno español, la legalidad por encima del bienestar del ciudadano.

La del Govern catalán, la votación por encima del bienestar del ciudadano.

¿Queréis más?

La prioridad de los medios, la audiencia. La prioridad de los demás partidos, el ganar votos. La prioridad de los ciudadanos no polarizados tras uno de los otros entes, el bienestar ciudadano, en general.

Qué diferente todo, ¡cuántos intereses!, diréis algunos.

Pero la realidad es que todos los miembros de este puzle, en alguna parte de sus seres, tienen entre sus objetivos uno común. Sí, sí: Govern, Gobierno, otros partidos, medios y ciudadanía general tienen un objetivo común.

El bienestar de la ciudadanía.

Y no, no nos riamos de la formulación ni nos tapemos los ojos con vendas de que los que no nos caen bien no lo quieren. A cualquiera de los dos gobiernos les interesa que se esté bien para que se les siga votando; a los medios les interesa, porque a más bienestar social, más consumo y más publicidad que los finanza; y a la gente sin más, ¿acaso no le va a interesar estar bien?

Así pues, ¿por qué narices no se prioriza el mínimo común múltiplo de toda esta pamplina y a partir de ahí se llega a un entendimiento? ¿Por qué, cuando se está viendo nítidamente que hasta que esto ocurra no va a haber solución caída del cielo?

Que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero, por favor: no seáis idiotas y priorizad el que la gente esté bien y no el atacar a los demás. Ya hay de sobra quien lo haga.

Inacción y mentiras o Lo intolerable según Genovese

Uno de los casos más conocidos en cuanto a lo inhumano del comportamiento social es el asesinato de Kitty Genovese en 1964. Centrémonos en la principal versión generalista del caso práctico.

La joven Catherine Genovese regresa a su casa en Queens, Nueva York, cuando un hombre la asedia y apuñala en plena calle. Según la historia popular, entre 37 y 38 personas permanecen sin prestar auxilio a la joven, que agoniza durante una media hora hasta su fallecimiento. La sociedad neoyorquina queda horrorizada y fascinada al descubrir el caso en la portada del New York Times:

asesinato kitty genovese times

Según el artículo, podría haber sido atacada hasta en tres ocasiones distintas

El caso Genovese es interesante por muchas razones. Por duración y conclusiones, hoy analizaremos dos de las que mayor interés han despertado hasta ahora: la inacción individual en lo grupal y cómo la realidad se ha deformado para favorecer otros intereses.

La otra realidad

Pese a que en la actualidad las encontramos con demasiada frecuencia, situaciones como la de la muerte de Kitty parecen increíbles. De hecho, y pese a que es por muchos considerado como un emblema, no es el más verídico. Como viene siendo habitual, la distancia temporal, el boca a boca y la prensa moldearon la realidad según convenía para dar lugar a una estampa sencilla y digna de polémica generalista.

kitty genovese 37

El efecto más interesante seguramente sea el de cómo la prensa ha hecho lo que le ha dado la gana para atraer la atención del lector. A día de hoy uno de los métodos más habituales para atraer atención es el uso de números en titulares (7 razones del mal periodismo, 8 perfiles oscuros típicos del gestor de contactos). Según parece, el llamado clickbait ya estaba ahí de aquellas.

El comercial periodista se encargó de llamar la atención poniendo un número, aun no estando este demasiado fundado. Como puede verse en la imagen, incluso varía en el propio artículo de 37 en el titular a 38 en las primeras líneas del cuerpo. El número real, la realidad, daba igual. Varios testimonios de la época hablan de que se llamó a la policía. Otros de que alguien llamado Sophia Farrar salió en su auxilio. Pero esto daba igual, porque el señor Gansberg haría llegar a la opinión pública una historia atractiva que conmovió y conmocionó a la sociedad americana y mundial a posteriori, volviéndose un caso de estudio que aún a día de hoy protagoniza documentales, noticias o post como este. Incluso al caso se le considera como uno de los orígenes de la activación del 911. En ningún caso una versión más verídica hubiera supuesto mayor incidencia en las crónicas de una ciudad con una de las tasas de delincuencia más altas del mundo.

Una de las conclusiones que podemos sacar del caso Kitty Genovese es, pues, el hecho de que para gente desconocida, la realidad es mucho menos importante, relevante e inspiradora que el relato que se crea de ella. De hecho, la prensa, aparente defensora de la verdad, lleva condicionándola para el interés de su público desde su nacimiento.

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La inacción

La razón más importante de la popularidad del caso Genovese es sin embargo —y como no puede ser de otra manera— el haber servido inspiración para multitud de estudios acerca del comportamiento individual en grupos. El titular, bastante claro: en lo colectivo se toleran cosas poco menos que inconcebibles en lo individual. Casi inhumanas.

Dado que el tema general está trillado, centrémonos en la particularidad del caso de Genovese, la llamada inacción: que no hagamos lo que nos sentimos obligados a hacer porque hay suficientes personas como para que lo haga otra, o por creer que si no lo está haciendo otra es porque tal vez no sea lo que hay que hacer.

Es como si la presión social aplastase el entendimiento individual, y que cuantas más personas formen el grupo de comportamiento pasivo, más complicado fuese hacer algo.

Si bien es posible que el caso más escandaloso sea, precisamente, el que vivimos en situaciones como la de Genovese —que en persona nos topemos con una situación de vida o muerte y no actuemos— la teoría es fácilmente extensible a otras situaciones menos instantáneas.

Cuando por la calle vemos a alguien pedir, habitualmente no se da, siendo un motivo clásico el pensar lo de que mil personas más pasan y “alguno dará”. También el que aquí, a base de comedores sociales, hospitales y albergues, nadie muera de hambre. Pero la realidad es que si todos hiciésemos lo mismo y esa fuese su única fuente de ingresos, el vagabundo general acabaría muerto de hambre. De hecho, eso es lo que sucede con multitud de familias a las que se nos ofrece prestar colaboración cuando paseamos por las calles del centro y se nos abalanzan jóvenes con carpetas de diferentes ONGs, de las que huimos despavoridos. El debate sobre lo ético o no que es no dar en un mundo superpoblado es otro, claro, pero que hay gente que muere por no colaborar es evidente.

Aún así, hay casos de inacción bastante menos considerados alarmantes y contra los que en multitud de ocasiones no hacemos nada.

  • Maltrato y bullying. Si bien sus características son distintas, la realidad de actuación e inacción es muy similar. Cualquiera que lo presencie o note síntomas (tanto agredido como familiar, como compañero, como amigo) puede denunciarlo, tomándose medidas. Y sin embargo nos encontramos cada cierto tiempo al tonto de turno diciendo que “se veía venir”.
  • Corrupción. Mucho rasgarnos las vestiduras cuando un alto cargo político sale condenado, pero cuando a menudo vemos a gente delinquir o presumir de hacerlo, nos quedamos de brazos cruzados y les ponemos una sonrisita. Ya lo pillará otro.
  • Egoísmo. Nos lamentamos del que solo piensa en sí mismo, pero no tomamos medidas contra quien nos roba derechos en actos que, si nosotros llevásemos adelante, acabarían con nuestra lapidación social. Miramos al de al lado y comentamos con él que “bueno, es así”.
  • Racismo, machismo, misandria, homofobia y otros odios. Muchas veces, la tolerancia con comentarios de este tipo se escudan en pensamientos de que “lo dice de broma, se ríe del estereotipo”. Si no sabemos diferenciar entre humor y odio, somos gilipollas, y si lo diferenciamos y no reaccionamos, despojos humanos.
  • La prensa falsa.

La prensa falsa y no más Genoveses

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Lo que pasa cuando buscas imágenes representativas de prensa falsa y todopoderosa

Yo soy un relatista, y por tanto, cuando trabajo como tal, un mentiroso. Un creador de realidad que no existe. La prensa, sin embargo, tiene que ser honesta, o tiene que reconocer no serlo.

A día de hoy, no se debe consentir un caso Genovese. Ni no salvando a una nueva Kitty, ni mintiendo descaradamente a la población en lo periodístico. Y si ocurre hay que pensar en consecuencias reales.

Hay que atacar a la prensa que se vende fiable y miente. Hay que pensarse el que existan medidas para acabar con la verdad comercial. Una cosa es la libertad de prensa, otra la libertad de engaño. La prensa es libre de mentir, pero el lector tiene que estar en su derecho de saber que pueden estárselo haciendo. Porque de no hacerlo, la prensa está condicionando, engañando y creando mentes a su voluntad sin más perjuicio que amenazas de demanda por perjurio que se saldan con palmaditas en la espalda o cuatro duros de sus bolsillos de magnates de la información y el embuste.

Y hay que tomar medidas con la gente que no hace nada. Con quienes ven morir a Genoveses y no hacen nada. Puede que esté en nuestro ADN, puede que nunca sea condenable en un juicio el que se haya pasado, pero quien ve cómo alguien golpea —roba, siembra odio, roba derechos, maltrata— y no hace nada merece castigo. Porque no será tan culpable, pero es culpable. Aunque solo sea de no hacer nada.