La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

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Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

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Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

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Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

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Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.

Diario del no WhatsApp

Prólogo

El joven salió del vehículo para atravesar la plaza en dirección a un portal. Antes, se cargó con un abrigo, una carpeta, una botella de agua, una bolsa del H&M del tamaño de un saco de Papá Noel y las llaves del coche, que cerró no sin dificultad.

A medio trayecto, detuvo sus pasos, apretó sus libres codos contra los costados y observó sus agobiadas manos por unos segundos, como pidiéndoles explicaciones. Entendiéndolas incapacitadas, volvió atrás hasta alcanzar una de las ventanillas delanteras del vehículo. Cabeceó: parece ser que sí llevaba las llaves de casa en alguno sus inaccesibles bolsillos.

El perchero andante reemprendió pues su renqueante caminar hacia el otro lado de la adoquinada plazuela, mirando hacia las que debían de ser sus cortinas con evidente esperanza de tener a alguien en casa.

Fue entonces cuando ocurrió.

A cámara lenta, algo pequeño escapó de su voluminosa carga para al momento bañar la estampa en el breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó el empedrado.

Cándido, el chico miró en derredor, buscando respuesta a su duda sobre la naturaleza del objeto caído.

Mientras contemplaba su negra figura tendida cuan larga era —tostada de ley de Murphy, allí, en perfecto decúbito ventral sobre uno de los adoquines— supo que no necesitaba darle la vuelta para confirmar lo ocurrido. Había hecho un post sobre ello tiempo atrás.

Tratando de mantener la dignidad ante los espantados ojos de una pareja en un coche a un lado, recogió su móvil del suelo y —tras un leve vistazo— atravesó el portal, mal cerrado, como si nada hubiese cambiado. Una vez al amparo de su domicilio, acarició con cariño su pantalla.

El leve corte en la yema de su dedo no le dolió más que ver las tres enrevesadas telarañas en el cristal.

Lunes, 16 de enero, 23,43

Acabo de traspasar todos los archivos de almacenamiento interno posibles a uno de mis pen. No estoy seguro de que vaya a ser suficiente.

Las palabras de la dependiente han sido trasparentes como el hielo de su significado. “Lo borrarán todo”.

Temo por los pequeños retazos que puedan desaparecer. Tras su regreso de Madrid el viernes, ¿sabrá mi teclado predictivo que después del primer “ja” que le escriba seguramente vendrán dos más si me hace gracia y unos cuantos en mayúscula si me hace mucha? Dicen que irse a la capital cambia a la gente; a los móviles, directamente, les lavan el cerebro.

“Oh, mi pequeño.”, pienso mientras redacto estas tibias líneas de despedida notando como la eñe se me clava, “¿Traerá tu regreso un nuevo amanecer a nuestra amistad?”

Por el momento, la noche es oscura. Como el saber que mañana ya no estaré contigo, sino con otro.

Otro con el que hace mucho que no me acuesto.

Martes, 17 de enero, 22,33

No va.

No logro entenderlo. Lo he puesto a cargar y ahí se ha quedado, con su nombre en ristre sobre un fondo negro.

Lo he reiniciado, pero por mucho que lo haga permanece en la misma posición. No logro comprenderlo: cuando lo jubilé solo tenía cierto problema con la batería, pero se encontraba en perfectas condiciones. Ahora lo que no se encuentra es la “aplicación System”, y yo estoy preocupado.

Siendo alguien con un fuerte odio a la pérdida de tiempo sin felicidad justificada, alcanzo La sombra del viento, en la mesa. Me apetecía releerlo antes de ponerme con el nuevo, pero —como de costumbre— cada día leo más y, por tanto, menos. Ahora, incapaz de conectarme a un WhatsApp estresado de mensajes deseosos de enviar el doblecheck, me veo abocado a la literatura que tanto me dio un día.

Me siento traidor mientras lo abro.

Miércoles, 18 de enero. 23,55

Es un libro precioso. Apenas lo recordaba. No puedo evitar irme a cama con una sonrisa en el rostro.

Mi móvil viejo brilla negro más allá, cargando no sin dificultad. Al parecer, desde que no lo uso se ha vuelto un exquisito con lo que le enchufan. Mi madre, que tiene el mismo, me ha dicho que este cargador tiene la punta muy pequeña y el nuestro necesita una más gorda, pero como lo importante es saber usarla, ahora chupa sin problemas. Con el cable enrollado a su alrededor dentro de una de mis zapatillas de casa, eso sí.

No sin paciencia, he conseguido actualizarle el Instagram y subir un Stories alertando de que estoy incomunicado. Mi frugal imaginación me atiza con un WhatsApp lleno de aterradores mensajes.

De póstumas despedidas tras expandirse el rumor de que he sufrido un fatídico accidente bailando salsa. De declaraciones de amor de chicas que me gustan convertidas en “como no contestas me he ido con el gilipollas de mi ex”. De cadenas con el negro del WhatsApp escondido en algún lugar de la imagen.

Intentaré dormir, aunque no creo que lo consiga. No puedo evitar sentir una alargada presencia a mi espalda.

Jueves, 19 de enero. 23,15

La victoria del Barça en Anoeta tras una década de descalabros me ha distraído lo suficiente como para no pensar en ello, pero en fin: este diario no está dedicado al sexo, sino a la ausencia de WhatsApp.

Creo que estoy medio desintoxicado. Mañana a mediodía he de ir a por mi móvil. Yuli, la dependienta, me ha dicho que para esa hora estaría al cien por cien. Menos mal: pasar el finde sin WhatsApp podría suponerme descanso, y eso sí que no.

Ahora, me apetece leer.

Viernes, 20 de enero. 00,50

Acudí a Yuli pasado mediodía. “Vienes a por el móvil”, su afirmación bañada de interrogaciones no pronunciadas. Cuando mi sonrisa de asentimiento topó con el gesto negativo de su cabeza, mi mundo se fue a ese lugar en el que ahora habita MySpace.

—No…

—Han dado aviso de que lo traerán antes de las 3.

—Pero yo a las 3 me voy, tú cierras de una y media a cuatro y son las… la… oh, mierda.

—Así es…

Observé mi antaño hermoso Alcatel con tristeza, creyendo ver el hueco vacío del WhatsApp en su negra pantalla. Aunque, bueno, puede que aquí haya añadido un cierto dramatismo no real en esta afirmación para darle más emoción a lo en verdad ocurrido:

—No te preocupes. En cuanto llegue, quedamos y te lo doy. Vivo aquí al lado.

 

Ahora, la pantalla de mi móvil resplandece tras el cuco plastiquito para que no se raye en la caja. No tengo intención de quitárselo en un par de días.

La telaraña ha desaparecido de su perlado rostro y las fotos vuelven a ser fotos y no imágenes de la cabecera de Black Mirror. Sorprendentemente, el corrector sabe lo que quiero decir cuando escribo “ja”. Sonrío pensando en cómo Yuli escribió en el pedido que por favor no lo borrasen. No quedan vendedores así.

En definitiva, me siento como si aquella fatídica tarde, aquella en la que la pantalla se rompió al abalanzarme sobre el niño para que no lo atropellase aquel gigantesco camión, solo hubiese sido un mal sueño.

Una pesadilla a la que agradezco el haberme vuelto a encontrar con mi viejo móvil, que tanto me dio en su momento. El hacerme ver que nunca hay que volver atrás si tienes el portal abierto. Pero, sobre todo, el que me haya hecho recordar (por primera vez este año) lo mucho que disfruto leyendo libros.

Ahora sé que no volveré a dejar de hacerlo por el WhatsApp. No, ya no.

Nunca lo volveré a hacer.

Epílogo

Tres días después, el joven, entre sábanas, despidió a su colega con un emoticón de beso con corazoncito. Otras tres conversaciones le esperaban.

Aconsejó en una que descansase esa semana, que ya había hecho bastante, y que a veces hay cosas que no dependen de nosotros mismos por mucho esfuerzo y sentimiento(s) que pongamos en ellas. En otra, rió y sonrió mucho más que lo que la pantalla fue capaz de demostrar a letras. La tercera, de un grupo, pasó de abrirla: era una imagen sin venir a cuento, en la que se palpaba una negra presencia de cola muy larga.

Cuarenta y cinco minutos después, pulsó el avioncito, dejó el móvil junto al libro —intacto desde el anterior jueves— y se acurrucó entre las sábanas.

 

Eran en torno a las tres de la mañana cuando un fuerte sonido bañó la estampa en un breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó su almohada.

Contemplando la negra figura tendida cuan larga era sobre la alfombra, y pese a haber escrito un post sobre ello, no se encuentra capaz de explicarse lo sucedido.

De su ejemplar de La sombra del viento nadie volvió a saber nada.

Un blog de mierda

Bueno, nunca creí que este momento llegaría. El caso es que, con todo el dolor de mi corazón, creo que ha llegado el momento de admitir que mi blog es una mierda.

Lo miro, releo y me gusta, qué queréis que os diga. Sé que hay gente a la que le he abierto los ojos un rato con respecto a alguna realidad escondida en su mundo, gente que ha querido conocerme tras leer algo de él e incluso gente que ha llorado con los capítulos más amargos de él.

Sin embargo, qué decir tiene que es una mierda.

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Principal razón para un blog de mierda

La principal razón es, sin duda, el bajo ratio entre efectividad y esfuerzo. Las siguientes palabras no van solo por mí: esto va por todos los que realizamos un trabajo sólido en nuestra página sin obtener ningún tipo de reconocimiento.

Llevar adelante un blog de este tipo, con un trabajo y unas responsabilidades que atender, no es algo sencillo. Lo es si lo que hacemos consta de poner cuatro líneas por semana con una supuesta profundidad que nadie entiende, pues no existe. Lo es si esas cuatro líneas las hacemos al día y perdemos nuestros aciertos entre una marabunta de banalidades que no dicen nada. Pero si lo que realizamos es una labor de opinión justificada, profunda, la búsqueda y análisis de una situación en apariencia general pero no percibida ni tratada por estudio alguno, hablamos de contenido que requiere de horas de trabajo, documentación y experiencias. De sangre en tinta que ya no es tinta, sino píxeles negros sobre fondo blanco.

Cuando te encuentras que pese a ese esfuerzo, esa lucha, tus visitas caen y caen; cuando varías el enfoque a algo más mundano, mainstream y digerible y caen y caen igual, entonces es cuando empiezas a pensar que quizás no estés hecho para esto. En mí, es especialmente complicado, porque es lo único que sé hacer para mí, y no para otros. Y no me vale de nada hacerlo mejor que muchos, pues muchos son los que obtienen el éxito en base a realidades ajenas a la calidad de su contenido.

Ídolos de barro y músculo

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La segunda razón seguramente sea esa: el agravio comparativo. Cada día, camino menos por las redes sociales en que la letra supera a la imagen; no me extraña. El modelo está variando hacia una polarización en torno a musculados y tetones con capacidad de escrita media o media-alta enfocada en temas de pensamiento ovejil. Que si cómo perdieron la virginidad, que si cómo todos los hombres son unos opresores, que si cómo le partieron la boca a un imbécil competidor que se aupó al poder por aprovecharse de su amistad interesada, que si cómo voy por la calle llamando Caranchoa a la gente… ¿Es este el futuro del guion, la escrita y el contenido digital?

Si bien veníamos de un momento en que la lista de generadores de contenido daba tres veces la vuelta al mundo, a día de hoy, publicar sin ofrecer carroña para las yenas cibernéticas generadoras de ídolos estereotipados es abocarse a la desaparición desde el nacimiento. Y la gente buena en esto, ya pasa. Total…

Como comentaba en un post reciente (y que, por supuesto, no ha leído nadie), la opinión divergente vive un momento de lapidación en el que no puedes abrir la boca, a riesgo de que un ídolo de barro y músculo te la cierre a pedradas con doscientos de los que llevan pins contra la Ley Mordaza aplaudiendo el que impidan que te expreses.

Las personas originales han pasado a agruparse en grupos homogéneos de pensamiento único y sectario cuando están en grupo, quedando limitado decir lo que piensas a círculos de dos o tres personas de confianza en los que pueden volver a ser libres  por un momento que —en algunos casos— ya nunca ocurre.

El Twitter abierto y original ha muerto hace rato; Facebook y las noticias cuñadas brillan con fulgor, mientras Insta —la máquina de la imagen—, comienza a follarse buena parte del mercado en base a su constante innovación y buen gusto en lo que a instantaneidad se refiere.

Imposible subsistir para un desconocido al que ni comparten ni emegean cuando sus escritos gustan, por el mero hecho de no tener más corazones y RT que demuestren que hacerlo no te convierte en un bicho raro y aislado. ¿Quién te va a apoyar, pocosfollowers? ¿Quién va a hablar de ti cuando si apoyas alguien sin popularidad eres un fracasado?

Nosediving

En una sociedad medida por los MG y los seguidores, ¿qué futuro tenemos los olvidados a un lado?

La principal opción es dejarte arrastrar por la marea social. Claro que serás uno más. Claro que no serás nadie especial. ¿Pero acaso no es lo que buscas ser? ¿Uno como el resto de gente que es “especial” y luego hace lo que todos hacen? No duele tanto: al fin y al cabo, “todos somos especiales”, ¿no?

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Una opción muy recurrida y ya nombrada es el peloteo. Sí, nene: chúpale las pelotas a algún tuitstar, famosillo o popu y juega la lotería de que te elija como escudero de su estancia en el instituto que es su vida. High School Lifetime. Con algo de suerte, te podrás abrir tu propio canal de Youtube, hablando de sus trapos sucios hasta formar tu ejército de secundones, ofreciendo entonces más calidad que un original al que siempre mirarás desde abajo.

Y spamea, joder, spamea. Jode a todos tus contactos, cuyo 85 por ciento va a pensar que tu contenido es una mierda y te van a mirar mal por no dejarles en paz ni un puto día de tu vida. Tú spamea, que eso funciona. Ser agradable y limitarlo a un enlace en tu descripción está sobrevalorado. Tú mira cómo suben las visitas forzadas por tu capacidad de incordiar. Míralas, y cree que es por tener un blog de puta madre.

¿Y entonces qué? ¿Permanecer aislado en el anonimato hasta el fin de tus días? ¿Leyendo tus post de años anteriores diciendo “¡Qué bien lo hacía!” sin poder volver a alcanzar ese nivel por falta de práctica?

El otro día entre en mi antiguo blog, Coverista. Tenía unas visitas como este. Ahora que lo dejé atrás, una de sus entradas tiene más que este en 6 meses. ¿Pero por qué iba a insistir, si estaba acabado?

Cuánto esfuerzo, joder. Cuánto esfuerzo hemos tirado, cuando podríamos estar felices y obesos viendo series mientras nos alimentamos de patatas fritas, perdidos en el espejo negro de la pantalla a punto de que el capítulo de Black Mirror empiece.

Y, sin embargo, aquí estamos. Lamentando y jugando de nuevo. Porque en el fondo —aún más abajo— se guarda la esperanza de que algún día, el mundo razone. De que esos piropos que te llegan por el oído y nunca por la pantalla dejen de sentir miedo a que los escuche alguien.

Post-data

ino¿Sabéis? Cuando empecé el post, con el título de Cerramos: gracias por todo, esperaba hacer mi clásica inocentada por este 28 de diciembre dedicado a las bromas en mi paísla del año pasado tuvo resultados geniales ;)—. En fin, parece que al final, la broma me la he gastado a mí mismo, creyéndome que podría acabar el post diciendo que era coña y que todo va bien.

Tal vez debería haberme dado cuenta de que —detrás de que la paródica idea de creer que un blog bueno está mal y uno cutre a base de peloteo, spam, carne y cuñadismo está bien— se ocultaba la realidad.

Inocente…

El V concurso de relato de Sttorybox y el humano ante la falta de ética

Tras el portentoso éxito de público del IV concurso de Sttorybox, la red social para escritores aficionados regalaba a sus usuarios y su propia página la oportunidad de un nuevo espectáculo literario popular con un V certamen lanzado en los albores de la Navidad, prometiendo —gracias al tiempo libre típico de las épocas festivas— la más encarnizada lucha de talentos aficionados en la historia de su web, aun con las ausencias de estrellas como Malori, mariarodar o Tritio.

Hoy, ofrecemos un primer epílogo a 21 días en un concurso de voto público con el resumen de las fases eliminatorias de este espectacular quinto concurso de Sttorybox, así como una escalofriante reflexión final sobre su extrapolación al comportamiento humano general ante la falta de ética.

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Las nuevas bases

Tras la extravagante victoria de un La factoría desconocido para la mayor parte del público y con claros errores gramaticales desde la primera línea, la nueva edición arrancaba con un claro compromiso por parte de la administración por hacer que los errores pasados se subsanasen, refrendado en unas nuevas bases centradas en acabar con el principal problema del anterior concurso: el voto falso.

Spam en comentarios, uso de cuentas clones, creación de relatos de autopromoción y demás familia habían conseguido aupar a los primeros puestos del ránking relatos infumables que —una vez fueron puestos en vereda con la llegada del unicornio— ya tenían suficientes votos como para mantenerse salvados durante las cuatro fases del concurso.

La joven administración de Sttorybox demostró una voluntad de limpieza mayúscula, innecesaria para sus intereses personales, dejando patente una atención por sus usuarios que —en mi opinión— en ningún momento se ha valorado como se merece. Todos los anteriores supuestos fueron prohibidos bajo pena de baneo de cuenta (medida que, eso sí, no se ha aplicado hasta ese extremo cuando tal vez debería), llevándose a cabo una política de investigación de las cuentas denunciadas en la que la constatación de alguno de estos hechos suponía la pérdida de los MG falsos.

bases 50 concurso SB

Además, las numerosas quejas por la preselección final de la anterior fueron escuchadas. Tras pasar de unos 200 a 25, algunos de los relatos estrella quedaron fuera, mientras extraños finalistas de talento dudoso aparecieron en el listado, generando indignación en el colectivo de participantes. Ante esto, se eliminó el acceso a la siguiente ronda por porcentaje a solo los 50 relatos más votados por el público, lo cual permitiría una elección de finalistas más minuciosa, trabajada y justa.

Por último, los votos no serían acumulativos, solo contando los de la última caja en cada una de las ahora cuatro rondas, en para mí la mejor medida para asegurar el que el trabajo en el concurso fuese estable a lo largo de sus dos meses.

Con todo ello, el concurso experimentaba una sustancial mejora de condiciones para el participante, la ya citada demostración del trabajo de la gente de SB por mejorar más y más sus prestaciones y su capacidad para escuchar las propuestas de mejora.

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Miriam, principal cara visible de Sttorybox, sobre su unicornio

El récord y las tres primeras rondas

Como ya he comentado, la Navidad hacía prever una importante subida en el nivel de participación del concurso, aun cuando en anteriores ediciones este había ido aumentando casi exponencialmente.

Lo de esta fue abismal.

A cierre de primera ronda o periodo de inscripción y pese a que en este caso solo se podía poner un texto por participante, más de 3000 relatos tomaban parte en el juego, aumentando a un ritmo galopante y generando, por el modelo de concurso, una desaparición de participantes en un mar de rivales. En otras palabras, una vez el relato entraba a concurso, o interactuaba o desaparecía bajo el peso del resto de concursantes sin ser leído más que por una o dos personas. Esto fomentó muchísimo la citada interacción entre concursantes, así como la lectura de otros relatos al haberse vetado el comentario fácil (“Me encanta” “Qué guay” “Maravilloso”).

Esta primera fase fue seguramente la más caótica y divertida de la historia del concurso (con permiso de la ronda final), dando un verdadero espectáculo.

La segunda ronda fue recibida con la sorpresa de que los MG no fuesen acumulativos. Muchos habían querido guardarse un buen colchón de corazoncitos para luego tumbarse a la bartola, pero esta vez no iba a funcionar. Tanto esta como la tercera pasaron sin mayores contratiempos ni sorpresas, con apenas una o dos caídas renombradas por episodio, así como algún inesperado abandono.

La principal novedad de formato de esta edición fue tener que elegir inicio entre ganadores de miniconcurso previo

La ronda final

Ya con la caída a 125, se había visto alguna minipráctica deshonesta en aras de superar la ronda. Tal vez por ello, la cuarta ronda prometía un espectáculo inético de dimensiones bíblicas, que narro en este caso sobre mi propio ejemplo como participante de relato con capacidad objetiva de final y sin peticiones de MG fuera de la página.

En un primer momento, traté de seguir con mi limpia política: leerme lo de los demás, dar corazoncitos y comentar a los que me guste. Con lentitud asombrosa, tardé en torno a un día en caer en la cuenta de que: A. Leerse cuatro cajas seguidas cuando la gente no sabe medir tamaño lleva un laaaargo rato; y B. al contrario que antaño, por mucho que me matase a leer y comentar, los esfuerzos y MG no volvían de vuelta.

Ahí me di cuenta de que —pese a haber estado todo el concurso por encima del 40— no iba a pasar a la final de los 50 primeros: dado que prácticamente nadie se leía enteros los relatos, la principal ventaja de los de calidad se venía abajo, imponiéndose la de los llamados “populares”, la de aquellos que tienen recursos para movilizar gente y hacerles dar Me Gusta a los relatos por amistad y no por calidad.

Ese momento es duro para alguien competitivo y que ha trabajado bien los dos meses: los pensamientos oscuros te llegan a la cabeza. “Haz trampa, qué más da”, escuchas en tu mente. De hecho, gente ahora en la final me invitaba sutilmente en comentarios a hacerlas. Sin embargo, el “milagro” ocurrió y, a base de defender el jugar limpiamente, surgió una suerte de colectivo interno en favor de ayudar a los pazguatos incapaces de subir puestos por no tener cara para pedirle a amigos antiliteratura que te voten en un concurso literario.

Así pues, gente como monjedelapaz remontó una barbaridad pese a estar condenada, y pese a que yo me esforzaba porque los votos me llegasen por mi esfuerzo y método limpio (salvo los dos que tenía claro que iba a pedir a dos de mis mejores amigos en caso de verme mal), los únicos que recibía venían de estas almas caritativas, que llegaron a auparme por encima de la línea de corte, donde me correspondía entrar, pero de forma injusta para otros en mi situación que, mereciéndolo tanto como yo, esperaban la muerte muy lejos de la frontera de los 50.

El caso es que tanto daba: en cuanto mi relato pisaba campos de salvación, los que caían por debajo de ella recibían de pronto 10 MG salidos de quién sabe dónde, mandándome de nuevo al infierno. Tengo muy claro que de haber obtenido 1000, la línea de corte hubiese estado en 1001. ¿De dónde los sacaban? Eso es cosa de la administración.

El jueves noche —día del cierre—, tras pasar la tarde lejos de internet entre examen, clases y nacimiento de mi nueva sobrina (gracias, gracias 😉 ), llegué a casa y vi cómo el puesto 60 me cobijaba a 8 MG de la final. Sttorybox había quitado falsos en algunas cuentas (que no echado los relatos, tal y como ponía en las bases), mientras que el corte había subido de golpe y equilibrádose más allá, siendo la distancia entre 30 puestos de los clasificados de solo 10 MG.

Con la absurda esperanza de que alguno de los traidores a la justicia de la calidad hubiese aprovechado el estrés de los administradores para hacerse cuentas clones que les repercutiesen en una futura eliminación al comprobar que los 50 clasificados lo estuviesen limpiamente, pedí los dos MG antes citados a mis dos amigos y caí eliminado en el 58º llegadas las doce de la noche, fuera de la salvación que la mayor parte de finalistas saben que merecía, bien por conocerme, bien por saber la suya injusta. Y como yo, tantos.

Mientras, en la final, unos 30 relatos sin capacidad para aspirar a nada cuentan las horas para ser eliminados por el jurado y refunfuñar contra la capacidad objetiva de este. Aún encima, habrá que darles la enhorabuena y aceptar que son mejores que nosotros por estar más arriba.

Pero yo hoy, no lo haré.

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Extracto de NO ME IMPORTÓ PORQUE YO YA ESTABA MUERTO, actual número 4 del ránking.

Para los que echan la culpa a Sttorybox

Si queréis un monólogo antispam y contra este tipo de participantes, tenéis uno precioso en el final de la segunda parte de 21 días. Aquí va una crítica no solo al modelo de injusticia que supone atacar a quienes dan la oportunidad de participar en un concurso de desarrollo abierto, sino a aquellos que consideran que la culpa de los delitos cometidos en una sociedad la tienen los jueces o legisladores.

En el pasado IV concurso (y como en todos), SB batió récord de participación. De hecho, la distribución del pase de ronda por porcentaje hizo llegar a la final unos 300 relatos cuando —según lo visto en este— se esperaban unos 50. Esto nos permite más o menos calcular que pretendían conseguir unos 200 participantes:

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Al cierre del plazo de presentación participaban, creo recordar, 1300 relatos, por no hablar del número de usuarios que pudieron llegar a registrarse para dar votos falsos. Una auténtica animalada de éxito.

Sin embargo, y cuando pudieron tumbarse a la bartola a esperar el nuevo récord en el quinto (en época navideña), esta gente fijó unas reglas mucho más estrictas, en base a escuchar y aceptar las críticas de quienes los habíamos puesto a caldo. Esto presumía una eminente bajada de porcentaje de participantes, ya que suponía que muchos de los que habían hecho trampas fáciles no participarían ante la imposibilidad de hacerlas (menos aún con la reducción de plazas finalistas).

Algunos de aquí pensarán que los certámenes se hacen por amor al arte, pero cualquiera con mínimos conocimientos en marketing actual sabe que el concurso es una estrategia de expansión de imagen de marca, llamada a nuevos usuarios e interacción de los ya fidelizados. Limitando la apertura de actos en el certamen endureciendo las bases, ¡los administradores se estaban tirando piedras a su propio tejado! ¡Estaban yendo en contra del objetivo de cualquier empresa!

Y sin embargo, ahí está la recompensa al buen trabajo: 3300 relatos a concurso. De seguir con el método antiguo, tal vez llegasen a 5000.

Además, durante, han trabajado en la plataforma (Sttorypics, concurso Instagram, diseño), restado MG falsos, escuchado quejas y rebosado una amabilidad a mi punto inmerecida por gran parte de críticos que han llegado a tildarlos de apelativos indignos. ¿Ataques recibidos por qué? Porque en la final tenemos un porcentaje descomunal de relatos de presencia inmerecida.

Estos señores y señoras han conseguido entrar en base a aprovechar los ya escasos puntos débiles de las bases: la imposibilidad de vetar la entrada de nuevos usuarios parciales y solo nacidos para votar relatos de amigos y la de hacer publicidad exagerada en soportes ajenos a la propia plataforma.

Cada opción para limitarlo es peor que la anterior. Si bien Sttorybox tendría opción a restringir los votos a los de los propios concursantes, eso le supondría un atentado a la libertad de expresión de los fieles que no participen en el concurso; si priva de poder hacer publicidad en otras plataformas, pierde sentido la realización del concurso; un número de MG limitado por usuario supone que los verdaderos lectores dejen de leer una vez acabados.

Solo el filtro ortográfico bajo denuncia o el voto ponderado según prestigio del usuario, propuestos en los comentarios de la primera caja de mi última historia-protesta, pintan como soluciones factibles para limpiar un poco el concurso, suponiendo de nuevo un apaleamiento a las aspiraciones de nuevos usuarios de la directiva de la página, en aras de hacer un certamen más limpio.

Y seguirán recibiendo críticas. ¿Por qué? Porque habrá quien vuelva a encontrar modos de saltarse la limpieza y estar en la final.

Entonces, queridos lectores, queridas lectoras, viendo que los esfuerzos de la administración son completamente demostrables, ¿por qué narices se los sigue atacando, desmotivando y dándoles razones para dejar de hacer esfuerzos y concursos cuando es evidente que el verdadero cáncer de sus concursos y origen de TODAS (si os fijáis, TODAS) las críticas no son ellos, sino la pandilla de ladrones de esperanzas que roban la posibilidad de estar en la final a relatos de calidad con obras que solo un ciego literario podría considerar como aspirantes a ganar algo?

Esta chusma despreciable (ellos saben quiénes son, siéntase identificado quien sabe que no está ahí con justicia y posibilidades) son todo aquello que indigna a participantes, desprestigia el certamen y genera el malestar y la vergüenza en las rondas definitorias. Y de ellos se pasa olímpicamente. ¿Por qué?

Porque nos hemos metido en la cabeza de que los tramposos, los injustos y los trileros forman parte de nuestra sociedad y hay que aceptarlos.

Lo cual es preocupante. Porque da muestras de lo que tiene que estar pasando a diario en la calle. Si no somos capaces de reprocharle por comentario a un relato malo su presencia en una ronda superior a su nivel, siendo la mayor parte de cuentas de la plataforma anónimas, ¿qué se hace cuando una injusticia nos pasa delante en nuestras vidas, en las que tenemos cara?

¿Separaríamos a dos personas que se liasen a ostias delante nuestra? ¿Reprocharíamos a los estafadores su comportamiento? O lo que es peor: ¿amenazaríamos, denunciaríamos y escupiríamos a maltratadores al primer síntoma? ¿O nos vamos a quedar en casa diciéndole al Telediario “Otra más. Qué hijos de puta. A estos los jueces tenían que colgarlos”?

Eso es precisamente lo que estamos viendo en Sttorybox: el que se ataque a los jueces por no ser capaces de parar las faltas de ética en lugar de ir a por estos cabrones, denunciar lo que están haciendo y avergonzarlos hasta hacerlos desistir. Y por no hacerlo estamos como estamos.

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En las dos últimas rondas, un relato de la cabeza desapareció por acción popular

Un último canto contra las aspirinas del alma

Me gustaría acabar con un último canto a la justicia más allá de cualquier concurso o pequeño juego menor.

No seáis cobardes a la hora de denunciar, atacar y afrontar las injusticias y actos delictivos.

Es muy fácil criticar a quienes están en despachos, pero la verdadera justicia no se hace en cámaras estatales u órganos de poder. Se hace a diario y en pequeños actos.

La hace la gente. La hace el pobre y la hace rico, el obrero y el jefazo, el político y el votante.

No os mintáis. No le deis aspirinas contra la culpa a vuestras almas.

Luchad por las de todos.

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Y ahora que has llegado hasta aquí, no me fastidies: comenta, comparte, haz lo que tengas que hacer, pero muestra tu opinión al respecto. Hayas participado o no, difícilmente no tendrás opinión acerca de como mínimo el apartado social. Desde el respeto, deja que se te escuche.

Epílogo (fallo del V concurso de relato de Sttorybox)

  • Sttorybox comentó uno por uno los 50 relatos finalistas. Comportamiento enorme.
  • La práctica totalidad de mis favoritos por capacidad objetiva (por no decir todos) fueron finalistas o recibieron la mención de honor.
  • Todos los faltos de corrección gramatical y ortográfica se quedaron fuera con independencia de su posición.
  • ChufiJim se llevó el título a mejor relato con uno de mis favoritos en cuanto a calidad objetiva.
  • El jurado fue justo.

Realismos y fantasías: los tres grandes géneros, la importancia del realismo interno y la nueva definición del terror

Hoy vamos a dejar la opinión a un lado para tocar un par de conceptos básicos en cualquier obra artística: los dos realismos (general e interno). A partir del análisis del segundo, acabaremos por ver como su alteración afecta a la realidad actual del género de terror, así como con impactantes imágenes de un cruce entre tiburón y pulpo gallego.

Pero antes, vamos con los tres principales géneros de obras según su nivel de realidad.

El realismo externo o general: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía

El realismo general o externo es el grado de adecuación de los elementos de una historia a la realidad humana general, siendo dividido tradicionalmente en tres géneros según su mayor o menos nivel: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía.

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Si bien pienso que el concepto de obra realista —protagonistas humanos sin capacidades fuera de la física en escenarios con características comunes a lo pensado de su época— no merece mayor explicación para cualquier graduado en enseñanza obligatoria, me gustaría empezar con una idea que veo imprescindible a la hora de hablar del título de este apartado y que —de forma incomprensible en países en los que se dan años y años de clases de literatura en los institutos y colegios— es poco menos que desconocida para la gente ajena al trabajo artístico: la diferencia entre obra fantástica y de fantasía.

Cuando hablamos (por citar una disciplina) de relato fantástico, lo hacemos de un cuento ubicado en un mundo de características similares o iguales al real, en el que —en determinado momento de su desarrollo— aparece algo puntual considerado imposible en este universo. La diferencia con relato de fantasía es marcada si decimos que este último tipo de obras se desarrollan en mundos con unas algunas características netamente diferentes al nuestro, como la muy diferente geografía, la existencia bien conocida de seres fantásticos y mitológicos —como elfos, dragones o sirenas— o la extendida capacidad para practicar magia, chupar sangre o volar sin alas, por ejemplo.

Si bien hay casos en el que la frontera se diluye (Big Fish, para mí fantástico; para mucha otra gente, de fantasía), la diferencia entre obras como Origen y El señor de los anillos suele ser de fácil comprensión. La facilidad de integración en las historias (para el espectador medio, no hablo de fans) suele ser mayor en lo fantástico que en la fantasía por el hecho de compartir universo, mientras que el efecto que lo incomprensible crea, suele tener —por puro instinto— más probabilidad de sacudirlo que lo realista, eso sí, de conseguir un buen grado de realismo interno.

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Grado de realismo interno

Clave en cualquier tipo de obra, el realismo interno es la principal base de la suspensión de incredulidad, una especie de pacto entre el espectador o lector con la obra en el que se determina hasta qué punto el primero se va a creer los hechos del segundo.

No hay que confundirlo con el realismo general que pueda tener una historia: un seguidor de la fantasía difícilmente pondrá pegas a que el humano protagonista de la historia pueda volar (Krillin en Dragon Ball Z), mientras que si alguien paga una entrada de cine para ver una obra histórica como Los Miserables y de pronto uno de los protagonistas empieza a lanzar rayos con la punta de los dedos, lo más probable es que la decepción y el enfado acuda a la sala.

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El realismo interno se basa en la coherencia, en el no traicionar los principios físicos y ambientales de una obra, y he aquí un par de ejemplos de la independencia entre ambos realismos:

  • Obviamente, el Gladiator de Ridley Scott (frente a la posibilidad de ser fantástico o de fantasía) es de género realista pese a no basarse en un hecho real, tal y como lo pueden ser Skyfall o A todo gas. Dentro de la cinta hemos visto alguna que otra aberración a la Historia, como por ejemplo la presencia de panfletos repartidos por las calles anunciando los Juegos en el Coliseo mil años antes de la imprenta, pero eso (para la mayor parte del público) no rompe el realismo interno de una historia en la que se permiten este tipo de licencias para dejar fluir la de Máximo Décimo Meridio. El Imperio Romano no es aquí más que un escenario.
  • En el otro lado, tenemos el final de la serie de televisión Los Serrano, la cual presentó un universo realista y costumbrista de la clase media española de principios del XXI, para acabar su octava y última temporada diciendo que todo había sido un sueño del cuarentón protagonista, embutiendo a los actores (cinco años después) en las ropas de la primera temporada. Si bien lo de que todo haya sido un sueño puede ser más de género realista que el que haya flyers en la antigua Roma, el realismo interno de la historia se fue al garete y —como se puede ver— hasta los no fans nos acordamos de la traición al espectador siete años más tarde.
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Caso aparte son los gazapos, de los que Gladiator está llena

El nuevo terror o lo que pasa cuando el espectador acepta la rotura de realismo interno

A priori, y como acabamos de ver en el caso de Los Serrano, el mantenimiento del realismo interno es imprescindible para no romper la suspensión de incredulidad, el que una persona se meta en una obra literaria, cinematográfica o de otras disciplinas artísticas (un emoticón en medio de un Van Gogh durante una exposición sobre el impresionismo indignaría a más de uno).

Sin embargo, existe en la actualidad una nueva tendencia por el gusto de ver resquebrajado ese realismo interno y destrozada la integración del espectador con la obra, sobre todo, en uno de los géneros en los que antes era clave: el terror.

Y es que la rotura de realismo interno y unión con la obra supone dos efectos bien diferentes según la persona. A aquella que lo que busca es la citada integración con ella —el meterse en lo que está viendo hasta el punto de sentirse dentro—, le produce una fuerte indignación, frustración o decepción. A aquella que en ningún momento busca entrar, sino ver desde fuera y a salvo de sus emociones lo que pasa, la falta de realismo interno le supone una fuerte e incontenible carcajada.

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Sharknado, obra maestra del cine de terror ridículo

Una de las tendencias cinematográficas más crecientes de la actualidad es el ver el género de terror para pasar un buen rato. Al no intentar sentir como real la cinta y estar perfectamente a salvo, las cada día más curiosas muertes y sanguinolentas explosiones se unen a los atractivos protagonistas para hacer de la obra de serie B un fulgurante entretenimiento palomitero. Si además le sumamos el estar cómodamente sentado en casa con colegas con los que comentar en alto la película y doblar las voces de los actores con un guion muy diferente, la explosión de una cabeza es capaz de divertir a niveles de The Big Bang Theory.

Destino final: la carcajada

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Sharktopus. Esto… sin comentarios

He ahí la aparición de una divergencia en el género de terror de los últimos años. Si bien el terror de calidad ha pasado a verse representado por la búsqueda del miedo clásico y psicológico por encima de lo visto en los últimos años, esta triunfal tendencia al gore de las primeras entregas de sagas como Scream o Destino Final ha ido deformándose en una merma de la calidad de los guiones, de los actores elegidos y del propio realismo interno, dando lugar a muertes que hacen que cualquiera que realmente intente meterse en la película acabe con la sensación de frustración y cabreo antes tratada. Los que hacen dinero con estas cintas tienen muy claro que, a menor calidad y mayor ruptura de realismo interno, más carcajada para el público, más comentario, más hype (como ahora se da en denominar al que se hable de ello) y más, si no taquilla, sí proporción ingresos/gastos.

Con el caché de un ganador de Oscar, puedes pagarte a diez cameos a los que este nuevo público va a adorar ver decapitados, así como un par de protagonistas desconocidos con atributos sexuales bien proporcionados —y desproporcionados—. Y he ahí que, de elegir al azar una cualquiera de las listas que nos salen al buscar en Google “mejores películas de terror de los últimos años”, difícilmente lleguen a sonarnos más que unas cuantas de las cintas escogidas.

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Pirañaconda ha quedado fuera de la selección. ¿Por qué será?

El grupo y el realismo interno

Me gustaría acabar con una reflexión sobre cómo el grupo y el entorno afecta a la suspensión de incredulidad de una historia, ya que es evidente que la proporción de lectores que escogen un libro de terror para echarse unas risas es muchísimo menor que la de espectadores acompañados ante una película.

Esto se debe al hecho de que el adentrarse en la obra es mucho más factible si los sentidos del usuario están centrados en ella. En el caso de las obras de terror es especialmente reconocible la diferencia. Si pensamos en viejos tópicos sobre cómo hay que ver una película de terror, dos se nos han de presentar al momento: la falta de luz en la sala y el no verla en completa soledad para no “irse por la patilla”.

Este mayor efecto se debe a que al privar de distracciones sensoriales (como el que alguien esté al lado hablando o la luz genere sensación de seguridad por el lugar conocido) la suspensión de incredulidad funciona mucho mejor, generando esa inseguridad en el espectador.

En el caso de medios como la lectura, la fuerte sensación de inmersión que produce tener que generar las imágenes en lugar de dárnoslas ya masticadas y el no poder compartirlo al completo salvo en caso de lectura a viva voz, hace que difícilmente podamos usar al compañero para generarnos la tranquilidad que nos permite echarnos las risas, lo cual se traduce en lo antes nombrado: que —salvo en el caso de relatos paródicos o de calidad y realismo interno pésimo— difícilmente vamos a encontrar usuarios de novelas de terror que se carcajeen ante ellas, mientras que no resultará complicado que charlatanes grupos o gente con el móvil lo hagan con obras como El resplandor o Pesadilla en Elm Street.

It da más miedo leída que en medio de un artículo como este

Así pues, a la hora de ver una película de terror de una forma eficaz, determina antes el tipo de visionado que buscas. Si lo que quieres es pasar un rato de miedo, escoge una de verdadero terror y no una cutrada, apaga las luces, silencia el móvil y (si la ves acompañado) pide no hablar durante ella. Si por el contrario quieres un rato de reírte de la cinta, ve la película acompañado o con el móvil, comentando y con una buena iluminación: como la peli sea malilla, te reirás a carcajadas.

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¿Amante del terror? ¿Odiador de los artículos de divulgación literaria? ¡No lo dudes!: comparte, tuitea, comenta, opina, destruye, construye, crea y sigue. Creando y al blog, claro.

21 días en un concurso de relato público (3): el fallo polisémico y el fantasma de las navidades pasadas

Anteriormente en 21 días

Osgonso entra en competición en el IV concurso de relato corto de Sttorybox, certamen de voto público con 3 fases eliminatorias y una final ante jurado de expertos, ubicado en la plataforma literaria con tintes de red social. Tras superar una primera ronda infectada de spamers, falsos Me Gusta y supuestos perros muertos, la administración de la página hace aparición en forma de unicornio en aras de limitar el terrible spam y voto de amigo a los que la competición está siendo sometida, reduciendo este en un cierto grado —quien sabe si demasiado tarde— y originando un monólogo antispam como fin del anterior post.

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Las otras rondas

Como era de esperar por la duración del concurso, la privación de spam, la eliminación de competidores y los amplios colchones de MG ganados en la primera fase, la segunda y tercera ronda del concurso se decantaron de forma mucho más calmada. Si bien algún que otro buen relato se quedaba atrás, en su práctica totalidad era por falta de interacción de su escritor con la red social, generando pues escaso revuelo ciertas marchas que, por calidad, pudiesen ser algo más sonadas.

El caso es que los primeros puestos se habían asentado bien y —aunque los “profundos” y los antiguos propietarios de perros muertos en comentarios caían plazas— poca opción habría de quedar fuera para los top 100, habiéndose situado el final punto de corte de la tercera fase en una lejana línea cerca de los 300 más votados.

La selección de relatos finalistas, pues, quedó determinada sin efemérides, momento en el cual algunos aprovecharon para poner más o menos cajas según convenía, generando (al tener más) mayor posibilidad para subir el número de MG, ya inocuos, teniendo en cuenta que la posición no iba a ser relevante para alcanzar a los expertos.

Así pues se cerró al fin el plazo y llegó la espera hasta el 30 de noviembre, donde se fijó la fecha del fallo final del jurado.

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El fallo del IV concurso de relatos de Sttorybox

Había nervios. No ya por la posibilidad de resultar finalista, sino porque ya llevábamos tiempo dentro y también quería ponerle la tercera y final parte a esta serie de posts sobre los concursos de voto público.

La incertidumbre era grande, y cuando por fin se desveló la hora de la publicación de la decisión, pasada la una del mediodía, algunos de los más activos durante el certamen nos mostramos inquietos y con muchas ganas, ya no solo por nuestro relato (95%), sino también por ver si algún colega estaba con nosotros en la selección.

El golpe fue demoledor.

Y progresivo.

Mi no inclusión entre los 25 mejores no despertó en demasía mi atención: llevo años participando en concursos, quedando finalista con relatos de calidad media y viéndome fuera con los de quilates, así que felicité con deportividad y corazón a los finalistas que conocía (aprovecho aquí para hacerlo también con Emilio y Rurba, dignos seleccionados que se me han pasado). Que el ganador no me sonase de nada, pues tampoco me impactó: habría leído unos 100 de los 300 aspirantes.

Con lo que me quedé alucinado fue con el hecho de que de unos cinco relatos que consideraba seguros en la final por su superior calidad (más allá de la segura presencia del líder del ránking) solo dos, tres quizás, estaban en la lista de 25.

El para mí mejor relato a concurso (no es el mío, ni daré nombres, por respeto al resto) estaba fuera de la final, así como algunos de creatividad y capacidad de escrita y argumental muy notable. Ni la presencia entre los 25 de mi relato más querido (que no mejor escrito), podía hacerme sentir satisfecho con el resultado. Así que me dije que tocaba leer a los vencedores para poder formarme una opinión amplia.

Fue entonces, justo antes de hacerlo, cuando me enteré del cambio en el proceso: si bien las bases daban a entender que los trescientos irían a parar a manos del jurado de escritores, ¡resulta que solo esos veinticinco seleccionados lo hicieron! Se hizo una preselección que acabó dejando solo dos docenas de cuentos en manos de gente como Sara Búho o Abel Amutxategi, que —con cinco votos cada uno en la pública votación— dejaron sin ninguno a algunos relatos de calidad sorprendentemente baja para la competencia general que había.

E, insisto: no hablo de mi más o menos bueno relato. Hablo de cuentos premiados con primeros párrafos titulares de fallos gramaticales. Hablo de finalistas con problemas en la acentuación de la palabra “qué”. De ganadores que no saben escribir “siquiera”.

No me preocupa el fallar en el concurso, porque creo que los que participamos activamente nos divertimos, conocimos gente y vimos nuestros egos inflados y nuestras sonrisas agrandadas. Lo que me inquieta es que, en un certamen al que me presenté para criticar el voto público y condicionado, haya tenido que aparecer una vez más el fantasma del gran problema de los concursos literarios a los que me enfrento constantemente.

El fantasma de las subjetividades pasadas

Hagamos un ejercicio práctico y comparemos estos dos fragmentos de relatos a concurso:

Texto 1: En un rincón de la descarnada pared de la sala, Hanna descubrió la frase garabateada en inglés por el dolor de algún soldado aliado. Decenas de personas esperaban turno para identificar los escasos efectos personales que las tropas americanas habían encontrado peinando las ruinas del campo de concentración. Las ventanas abiertas apenas dulcificaban la atmósfera de emoción contenida mezclada con el indefinible y lejano hedor de la guerra.”

Texto 2: “No tenía la menor idea, en aquel tiempo, de a qué se dedicaba a producir la Factoría, no le estaba permitido saberlo. Eso le entusiasmaba y divertía. Al pasar la prueba meses después, lo descubrió y todo se torció.”

Me aburre la literatura histórica. Brrr… No, no me va. Sin embargo, el primer fragmento es elegante. Puede caer en algún lugar común, como “escasos efectos personales” o incluso el nombre de la chica —teniendo en cuenta la temática nazi—, pero es fino, unas líneas que bien podríamos encontrar en cualquier novela sobre la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto al segundo texto, vemos también lugares comunes, como el “todo se torció”, así como un claro error gramatical (sería o “no tenía ni idea de a qué se dedicaba la Factoría” o “no tenía ni idea de qué se dedicaba a producir la Factoría”).

Pues bien, el primer texto, Crucigrama de Lázaro Clemente, no está entre los 25 mejores, mientras que el segundo, La Factoría. de BukowskiRulesAndShutUp, es el ganador del IV concurso de relatos de Sttorybox.

No deis en ver aquí un ataque a nuestro flagrante relato campeón —tras el fallo, en el puesto 228 del ránking de MG públicos (que ahora, y de pronto, suben y suben)—. A mí quienes me preocupan son los relatos de compañeros que se quedan fuera de la final con una calidad literaria sobradamente superior a la de alguno de los veintipico finalistas.

Pero claro, nos dirán lo de siempre. “¿Qué es un buen o mal relato? Es subjetivo.” Y qué razón tienen. No hay una lista oficial de cosas que conviertan a un relato en una buena obra.

Un garrafallo de combinación de tiempos verbales en el primer párrafo de un cuento para mí puede ser determinante, mientras que para otros la inclusión de crítica a la política y al mundo empresarial en tiempo de crisis puede ser motivo más que suficiente para superar a relatos de creatividad, corrección y belleza estética muy superior.

Pero nadie puede decir quién tiene razón, pues es subjetiva.

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Votación a relato ganador entre los 25 finalistas preseleccionados

El “Mucho ánimo”

Esto no va para aquellos que escriben sin acentos, que no saben poner comas y que —como los protagonistas de la secuela parodia que hice de mi relato a concurso—seguramente estén pensando en lo malvados que son los jueces en lugar de mirar dentro. Esto va para aquellos que —ya no solo en Sttorybox, sino en cualquiera— veis vuestros relatos caer concurso tras concurso literario a manos de obras que consideráis de argumento pobre, de ilegibilidad notable o incluso con falta de corrección ortográfica y gramatical.

Mucho ánimo.

Y a trabajar.

Porque nosotros no podemos hacer que los jurados piensen como nosotros, vean lo que nosotros y sientan lo que nosotros. No podemos estar atentos a cómo leen el relato mientras desayunan para decirles “¡Ey! No cojas el teléfono y préstame atención, que me ha llevado horas de trabajo”. No podemos.

Lo único que podemos hacer es mejorar.

Revisar. Leer. Editar. Leer más. Escribir.

Y ser mejores y mejores hasta que la suerte y el esfuerzo hagan que un día el excelentísimo miembro del jurado deje enfriar su café porque lo que lee es una pasada incontestable.

¿Qué hacer cuando ves tu relato fuera? Seguir participando.

Los buenos relatos no ganan concursos literarios. Los ganan los buenos relatos que no dejan de intentarlo.

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Algunos de mis intentos fallidos en los últimos años

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Comparte tu experiencia en concursos, danos a los que andamos por aquí tu opinión. ¿Has participado en el de Sttorybox? ¿Qué te ha parecido? ¿Has ganado alguno tiempo atrás? ¿Has sido jurado y quieres vengarte por este post? Sea cual sea tu realidad, comenta, sigue al blog, al Twitter, critica, comparte y lleva nuestra experiencia hasta donde haga que valga la pena.

21 días en un concurso de voto público (2): el unicornio y la mirada al espejo del spamer caído

Anteriormente en 21 días

Osgonso se introduce en el IV Concurso de relato de Sttorybox para demostrarle a una buena amiga que en los concursos de voto público impera la injusticia. Esta no tarda en aparecer con comportamientos poco éticos por parte de algunos miembros de la comunidad, como el spam de piropos en comentarios o el uso de mascotas fallecidas (sí, flipa), con el fin de ganar los MG necesarios para los pases de ronda mediante un buen puesto en el ranking del concurso, pese a baja calidad de relato. Indignado ante una realidad que debería haber imaginado, nuestro narrador se decide —a horas de tener que publicar su segunda parte o caja— variar el futuro relato hacia la crítica más pura, con una segunda parte ácida cual limón verde bañado en polvos pica-pica.

Pero entonces aparece el unicornio.

Miriam y el unicornio que salvó el concurso

La competencia estaba consiguiendo que el spam, más que extenderse, se hiciese poco menos que religión entre los participantes. De hecho, los últimos relatos colgados, fácilmente accesibles para los spamers, se estaban cebando de MG y comentarios de “! Muy bueno!!! Sígueme y te sigo mami” con independencia de su maestría. El caos spámico se extendía carnívoro en los dos días de reflexión para dar la oportunidad de recibir MG a estos relatos de última hora, y ya poco espacio quedaba para la justicia.

Pero he ahí que, de forma ya inesperada, apareció el salvador:

unicornio miriam salvador

Miriam, guardia forestal de ese parque natural —aquella que te ayudaba cuando empezabas en Sttorybox, la que te mandaba un único y aplaudible correo pidiéndote que por favor le comentases lo que quisieses y te prometía responder—, se había subido a su unicornio y nos ofrecía a los participantes un mensaje universal que combinaba a la perfección lo amenazador con la dulzura más tierna. No sé si fue por lo justo que me pareció siendo un idiota o por lo precioso que era el animalillo mitológico de la última viñeta, pero casi me emociono.

Supongo que a la mayor parte de spamers le asustó bastante más el que pudiesen echarlos del concurso o, tal vez, el que ya hubiesen conseguido votos más que suficientes para la prácticamente asegurada final, pero el caso es que de pronto —y ya con la llegada de la llamada primera ronda— la práctica totalidad del nuevo spam barato se esfumó, los comentarios de los modelos italianos desaparecieron sin más (dejándonos solo las capturas) y, lo que es mejor, la gente empezó a poner verdaderos comentarios, de esos que demuestran que de veras se lo han leído, de esos que o le levantan el ánimo a uno o le dan críticas constructivas para mejorar.

Sí, algún disimulado que otro, diciendo a todo el mundo que lo que más le gustaba de su relato era su profundidad, permaneció en él, pero el concurso adquirió un momento de relativa pureza refrendado en los comentarios de mi relato, donde más de uno se declaró antiguo spamer espantado por el unicornio, comentando ahora de corazón la segunda parte, en el que la crítica a su antiguo comportamiento era muy evidente.

Y ahora, con vuestro permiso, un supuesto.

A ti, que haces posible esta lacra

Entras en un concurso de voto público y te crees libre competidor. Piensas que el hecho de que los participantes sean en su práctica totalidad desconocidos entre ellos y, también entre ellos, tenga lugar la mayor parte de votaciones hará que los mejores estén arriba y los peores al fondo.

En ese momento ves que un relato sin acentos te adelanta por la derecha y, habiendo sido lanzado cinco minutos antes que el tuyo, te dobla en MG. Buscas respuestas al motivo de tu incredulidad, pero lo achacas a la mala suerte. De pronto, paseando por algunos de los demás relatos, ves que tu vecino de traje italiano ha estado comentando la misma tontería seguida de petición de leer su relato a todos, recibiendo constantes agradecimientos y aceptaciones a la petición. Y entonces piensas que tal vez sea la salida.

Vas por cada uno de los relatos leyendo y comentando brevemente, pero claro, tu modus operandi es lento y, donde tú obtienes cinco corazoncitos, tu vecino ya lleva veinte. Entonces decides ir más rápido. Escribes un comentario —con menos de comentario que de piropo generalista— en un relato cualquiera que ni has leído, seleccionas lo mecanografiado y le das a Control + C antes de publicarlo. Luego abres otro relato y lo pegas. Y otro, y lo pegas. Y otro, en el que lo pegas también.

Al fin, subes en la tabla de posiciones hasta colocarte a salvo del corte, pero no te llega, no, ya que tu vecino es ahora top 20 y tú quieres estar delante de él, porque su relato es una mierda, y el tuyo es mejor, y es de justicia que estés donde te mereces y él por debajo, que es donde también merece estar, y al fin eres Top 10 cuando él es top 5, y al fin él cae un par de puestos porque se va a dormir y tú lo alcanzas.

Satisfacción.

Qué satisfacción.

Enhorabuena: has hecho justicia.

Y entonces, tal vez, alguien se ponga a leer agradecimientos que le llegan como respuesta a su copia y pega. Y se encuentre uno de esos de “muchas gracias por los ánimos, nunca había participado por vergüenza, y ver que lo que escribo gusta a la gente es muy importante para mí. Gracias de corazón por leerme, un abrazo”. Tal vez lea entonces alguno de estos relatos y en uno diga “joder, es bueno, ¿en qué puesto va? ¿984º? ¿Pero cómo es posible? ¡Es bueno!”. Tal vez a alguien se le caiga la cara de vergüenza viendo el suyo, claramente peor, en el número 6, o en el 5, o en el 15 incluso.

Pero no, ese seguramente no serás tú.

Porque el que sigue, da Me Gustas y lanza piropos sin ni siquiera ver lo que piropea no tiene el valor, ni el corazón, ni la conciencia suficiente para enfrentarse a la realidad que sus primeras plazas dejan tras ellas.

Y ahí, en ese paso de ser uno más y pasarlas canutas a ser un estafador, un traidor a tus ideales, un MIERDAS, ahí, en ese paso, es donde haces que nuevos usuarios tengan que mendigar MG para poder hacer justicia y competir contigo. Donde muere aquella por la que tú dijiste hacer spam en un principio.

Hipócrita.

.

Continuará