Críticas poco fiables I: Osito, mi adorado osito

La literatura de calidad vive momentos de incertidumbre. Si bien los lectores más avezados tienen mayor acceso a la información que nunca, la cantidad de nueva producción, la crisis de lectores en las nuevas generaciones y los curiosos gustos por obras de supuesta profundidad sin demasiado sentido han conducido a un periodo en que la lucha entre las opiniones del público general, las de quienes se la dan de cultos y las de los que de verdad entienden acaba por desorientar al común de los mortales.
Así pues, lanzo esta sección para, cada cierto tiempo, analizar irónicamente una obra artística de escrita (novela, relato corto, letra de canción, guion) que, por diferentes razones, alcanza la fama con dudoso entendimiento.
Como homenaje a los buenos ratos que me ha dado, la obra inaugural a analizar será el elegíaco poema Osito mi adorado osito.

¿Por qué Osito mi adorado Osito?

Osito mi adorado Osito fue una reputada participante en el IV concurso de Sttorybox tras poner al público detrás dedicando el poema a su supuesta mascota muerta el día de la publicación.
La obra, en cuatro partes de variadas estructuras y temáticas plagadas de despampanantes faltas de ortografía y expresión, guarda una serie de características que tan pronto pasan de la cháchara intrascendente a una sentida e improcedente lírica ajena a la panegírica temática de la despedida de un perro.
El poema triunfó de forma despampanante en este concurso de voto público, llegando a estar durante la práctica totalidad del certamen en el puesto número 2 de entre 1400 relatos, aupada por los votos de los propios participantes de la red social gracias a un spam potentísimo y la pena por el pobre perro.
Pero, dado que de ser un relato del montón no llamaría tanto la atención dos años después, pasemos a analizar algunos de los elementos internos que convirtieron a la obra de SexyLover122 en una de las mayores aberraciones vistas en un certamen de estas características sin la presencia de Forocoches por detrás.

sexylover 122

Avatar de su afamado autor

Las catástrofes del texto

Está claro que la falta de calidad de escrita es de las características más reconocibles del texto. Un ejemplo:

¿ Te acordás , sagrado amiguito ?,

aquéllos preciosos días…

cuando jugabas a la pelota, ¿la ” dominabas ” y la

mordías?.

¿ Recuerdas cómo llorabas , si de la bicicleta caía ?…

y yo te abrazaba y acariciaba.

Ese eterno amor, que no moriría.

! Estalla, corazón !. 

Extracto de Osito mi adorado Osito, por SexyLover122

Su uso de espacios, acentos y signos de puntuación dan espectáculo a un texto capaz de derretir las córneas de alguien escrupuloso con este tipo de temas. Que se fastidien. Es fácil ver contenidos en los que falta acentuación; Osito toma distancia de las masas, acentuando, espaciando y puntuando más de lo necesario.
Su gusto por la exuberancia en los saltos de línea sigue las actuales tendencias de verso libre y frases lo más cortas posibles, que faciliten el entendimiento frente a las ofensivas oraciones con más de tres sintagmas. Observen cómo se recrea haciendo de un verso, entre dos y cuatro:

Eras tan, pero tan chiquito,

que dormías dentro de los

zapatos de

papá.

A quien,le hiciste

“pelota”,

si la mente no me

falla, al menos,

media docena.

Osito, el perro eterno

Osito no solo “hacía «pelota»” en los zapatos de uno de sus dueños: estamos ante un personaje profundo, complejo, capaz no solo de inspirar al protagonista narrador a sentimientos al borde de la incoherencia, sino de dar lecciones de bondad y maldad:

! Eras una bola de pelos encantadora !.

¿ Recordás adorado amiguito, cuando

le diste una probadita, a un centenar

de gatitos, para darles luego, sagrada

sepultura ?.

Porque, no sé, quizás sentiste, un

sentimiento parecido, a este

dolor humano.

Porque, a pesar de ser un perrito,

debes de tener vivo, el

espíritu

de un

ángel.

O tal vez, en otra vida,

fuiste un digno

sepulturero.

Seguramente estemos ante uno de los momentos más intensos de la elegía. El encantador animal le dio “una probadita” a un centenar de gatos para posteriormente tal vez sentir dolor humano y enterrarlos, con el espíritu de un ángel. ¿O tal vez no?:

! Eras fatal, negrito !

! Fuiste más dañino, que

la Peste Negra en

Europa ! …

! pero aún así, te queríamos ! .

El narrador

¿Estamos ante un caso del popular narrador poco fiable? Si bien Osito era un animal extraordinario, está claro que las características de su dueño tienen mucho que ver en la fascinación que en él despertaba.
A lo largo de los versos, Osito mi adorado Osito nos conduce por todo un laberinto de sensaciones en el otro gran protagonista. Sensaciones que alcanzan momentos al borde de lo extremo.
Vayan sacando sus pañuelos:

Y te encontré, chapoteando en una lágrima

de luna.

Y hasta te vi en la fantasía de algún poema

de

Neruda.

Rodé a las páginas de un sueño,

donde dos almas eran una.

Y el infinito era el incienso,

del tierno beso de la

bruma.

Y las galácticas estelas de nuestro amor,

se hacían

espuma.

Y el resplandor del universo,

era la magia de la luna.

Rocé el hechizo de las musas,

extasiadas y desnudas.

Me ajusticiaba la nostalgia,

y me acribillaron, ya, las

dudas.

Exhalé fotografías, de pinares y de

ríos.

Y respiré de la dulzura,

de tus ojos, en los míos.

Inauguré una ceremonia, de canallas

y de bueyes.

Y le prendí fuego a los dioses,

el alarido de los reyes.

Fumé el cigarro de la vida,

y la nicotina fue mi abrigo.

Y vomité soles ardientes,

hasta quedarme sin

amigos.

Esparcí un llanto de amargura,

por las estrellas y los ríos.

Y besé en la boca a la locura,

porque no estabas ya conmigo.

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El nivel de metáfora es tal que uno ya duda de los verdaderos sentimientos de este protagonista.
¿Es el cánido Osito en realidad humano? ¿Un humano que hace pelota en los zapatos de papá? ¿Se encuentra el protagonista sumido en el dolor de la pérdida hasta el punto de ver alterada su percepción? Porque recordemos que, según su autor, el relato es un homenaje a su perro muerto ese mismo día. ¿Ha perdido a todos sus amigos en un día solo por poner el relato? ¿Sería de extrañar?

Ovejero, mi ovejerito,

quisiera volver a ser niño.

Para colmarte de mil abrazos,

y pagarte todo con mi cariño.

Ovejero, mi ovejerito.

Los extraños momentos de lucidez

No quiero decir que en algún momento no haya lucidez en tan aplaudida muestra de literatura (recordemos que tiene 443 MG en una red social en la que pasar de 50 es un éxito). Lo que está claro es que, por momentos, algo cambia.
Sin querer vulnerar en caso alguno el estratosférico nivel de creatividad métrica que demuestra el autor en el original de este pasaje, me he permitido adaptarlo a un estilo de verso más mundano, tras haberlo extraído del capítulo de desenlace. El resultado llama la atención:

Ya las luciérnagas preludian tu partida.

La despedida de aquel hechizo entre los dos.

No sembraré mis esperanzas en el lodo.

Ya nunca más florecerá la luz del sol.

Ya nunca más caminaremos codo a codo.

Seré una lágrima que el tiempo se llevó.

 

No habrá un incendio en las cascadas de mi alma,

ni resplandores, de agua salina y aguarrás.

Ya no habrá amores que den luz a los colores.

Ni sinsabores, ni palomas de la paz.

No habrá ya vértices que besen otros labios,

ni el erotismo de un perfume de mujer.

No habrá ya hombres que por amor se vuelvan locos.

Solo cadáveres teñidos de un ayer.

(…)

Nunca jamás, veré llorar de amor las flores,

Ni, nunca más, mi corazón ha de latir.

No escribiré ya tus memorias en las nubes,

ni besaré aquella enigmática mujer.

No existirán sillas de ruedas hechas de flores.

Como tampoco, veré a mis hijos florecer.

No correremos, ¡ya no más!, por esas playas

que fueron cielo de un precioso atardecer.

No esconderé bajo mi almohada los fantasmas,

ni te amaré como ese día yo te amé.

Jamás me embriagaré del suspirar de las gaviotas,

jamás mis ángeles desangrarán tus copas rotas,

ni las tinieblas, se esfumarán en el Edén.

Vomitaré las putas llamas del infierno.

Cosmogonías del futuro del ayer.

Se eclipsarán, de desazón todos los soles.

La tibia lluvia, ácido beso,

de una mujer.

Sí. Increíblemente, el extracto pertenece a Osito mi adorado Osito, la historia de un perro muerto.
Fuera de los abundantes lugares comunes, parece patente que el nivel de escritura es bien distinto. También el tono. También todo. Todavía sorprendido, dos años más tarde, he escogido alguno de los extractos para comprobar un posible plagio. Ni rastro de él.
Más pruebas que dejan ver por qué Osito mi adorado Osito es digno de estudio.

Conclusiones si fuese imbécil

tus tetas sexylover

Por desgracia para la literatura, los posteriores trabajos de SexyLover no lograron alcanzar la popularidad pese a que su calidad raya la de Osito

En mi opinión, Osito… es lo más cercano a una obra maestra de la literatura actual que vamos a encontrar. Cualquier experto en el tema que se precie debería llevar una estampita del modelo italiano en la cartera. Christopher Nolan y Manuel Bartual deberían hacer a Osito protagonista de su próxima aventura. La profundidad que alcanzan las páginas del gran panegírico de la última década tendrían que provocar que las principales editoriales nacionales e internativas se peleasen por sus derechos durante por lo menos tres años, acabando por lanzar tiradas de ciento veinticinco mil ejemplares más una hamburguesa, que se habrían de servir en cada ayuntamiento cada comienzo de mes.
Me despido con los versos del gran poeta de nuestro siglo, en el cierre de su maravillosa obra cumbre:

! Ay !, mística daga,

de hoja gris y recortada.

! Ya deja !.

! Deja mi sangre correr !…

 

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Por qué el amor es útil para una buena ficción

El otro día recibía el mensaje de una colega con un excelente gusto literario agradeciéndome la recomendación de La verdad sobre el caso Harry Quebert:

terminado harry quebert

Lo cierto es que la novela de Jöel Dicker es un librazo por muchas razones. Entre ellas:

terminado harry quebert 3

Conociendo su nivel como lectora, me llamó bastante la atención el que no estuviese acostumbrada a la combinación entre estos géneros. Bueno, y también porque…

terminado harry quebert 4

Ficción y realismo interno: un matrimonio forzoso

Hace nada me puse a ver Juego de Tronos. Gran serie, sin duda: me la acabé en un mes. Sin embargo, había algo, positivo o no, que me pasaba con una frecuencia pasmosa: veía lo que iba a pasar a continuación.

you know nothing edward

Al contrario que muchas personas queridas, yo soy de las que se tapan los ojos ante el autospoiler: me gusta disfrutar las historias desde dentro, meterme, que me ciegue la suspensión de incredulidad. Sin embargo, con GOT me era imposible hacerlo, porque (al contrario que lo que la opinión general presume, diciendo que acaba con personajes a lo loco) la serie, salvo escasas excepciones, tiene una gran coherencia argumental.

La coherencia tiene que ver con eso que explicamos en Realismos y fantasías: el realismo interno. Para salvarse de la quema del espectador o lector, cualquier historia tiene que respetar una serie de valores que el universo de la propia propone. Si en medio de El Retorno del Rey apareciese Darth Vader, la gente quemaría el libro o tiraría Coca-Colas a la pantalla por insultarles. Si queremos colar un elemento de fantasía en una historia realista, más vale que haya cosas que nos puedan hacer entenderlo o el ataque va a ser claro.

Una de las tendencias más queridas de la actualidad es que esa coherencia se extienda también a lo argumental. Cuando esto ocurre, la gente suele quedarse satisfecha por un par de razones principales: hace sentir listo y hace sentir satisfecho, guste o no (“Es como tiene que ser”).

El principal problema nace, por supuesto, en uno de los grandes principios de la ficción: el ofrecer algo que no existe, nueva realidad.

Leía hace poco que consumir ficción mejora los parámetros de empatía (“mentalización”, decía). Si siempre nos movemos mediante las cosas que sabemos, nuestra mente se va cerrando, mientras que si nos ponemos ante realidades que no conocemos o nos sorprenden, aprendemos y crecemos.

leer imaginar

¿Por qué el amor es útil para una buena ficción?

Pues que es el perfecto enlace entre la coherencia y lo impredecible.

El amor es un sentimiento universal, y rara es la persona que no conozca los macabros efectos que puede tener en el correcto raciocinio. De ahí que —utilizándolo con inteligencia— sea una herramienta fabulosa para generar ‘vértigo’ en el argumento sin que el realismo interno falle.

La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

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Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

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Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

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Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

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Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.

Diario del no WhatsApp

Prólogo

El joven salió del vehículo para atravesar la plaza en dirección a un portal. Antes, se cargó con un abrigo, una carpeta, una botella de agua, una bolsa del H&M del tamaño de un saco de Papá Noel y las llaves del coche, que cerró no sin dificultad.

A medio trayecto, detuvo sus pasos, apretó sus libres codos contra los costados y observó sus agobiadas manos por unos segundos, como pidiéndoles explicaciones. Entendiéndolas incapacitadas, volvió atrás hasta alcanzar una de las ventanillas delanteras del vehículo. Cabeceó: parece ser que sí llevaba las llaves de casa en alguno sus inaccesibles bolsillos.

El perchero andante reemprendió pues su renqueante caminar hacia el otro lado de la adoquinada plazuela, mirando hacia las que debían de ser sus cortinas con evidente esperanza de tener a alguien en casa.

Fue entonces cuando ocurrió.

A cámara lenta, algo pequeño escapó de su voluminosa carga para al momento bañar la estampa en el breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó el empedrado.

Cándido, el chico miró en derredor, buscando respuesta a su duda sobre la naturaleza del objeto caído.

Mientras contemplaba su negra figura tendida cuan larga era —tostada de ley de Murphy, allí, en perfecto decúbito ventral sobre uno de los adoquines— supo que no necesitaba darle la vuelta para confirmar lo ocurrido. Había hecho un post sobre ello tiempo atrás.

Tratando de mantener la dignidad ante los espantados ojos de una pareja en un coche a un lado, recogió su móvil del suelo y —tras un leve vistazo— atravesó el portal, mal cerrado, como si nada hubiese cambiado. Una vez al amparo de su domicilio, acarició con cariño su pantalla.

El leve corte en la yema de su dedo no le dolió más que ver las tres enrevesadas telarañas en el cristal.

Lunes, 16 de enero, 23,43

Acabo de traspasar todos los archivos de almacenamiento interno posibles a uno de mis pen. No estoy seguro de que vaya a ser suficiente.

Las palabras de la dependiente han sido trasparentes como el hielo de su significado. “Lo borrarán todo”.

Temo por los pequeños retazos que puedan desaparecer. Tras su regreso de Madrid el viernes, ¿sabrá mi teclado predictivo que después del primer “ja” que le escriba seguramente vendrán dos más si me hace gracia y unos cuantos en mayúscula si me hace mucha? Dicen que irse a la capital cambia a la gente; a los móviles, directamente, les lavan el cerebro.

“Oh, mi pequeño.”, pienso mientras redacto estas tibias líneas de despedida notando como la eñe se me clava, “¿Traerá tu regreso un nuevo amanecer a nuestra amistad?”

Por el momento, la noche es oscura. Como el saber que mañana ya no estaré contigo, sino con otro.

Otro con el que hace mucho que no me acuesto.

Martes, 17 de enero, 22,33

No va.

No logro entenderlo. Lo he puesto a cargar y ahí se ha quedado, con su nombre en ristre sobre un fondo negro.

Lo he reiniciado, pero por mucho que lo haga permanece en la misma posición. No logro comprenderlo: cuando lo jubilé solo tenía cierto problema con la batería, pero se encontraba en perfectas condiciones. Ahora lo que no se encuentra es la “aplicación System”, y yo estoy preocupado.

Siendo alguien con un fuerte odio a la pérdida de tiempo sin felicidad justificada, alcanzo La sombra del viento, en la mesa. Me apetecía releerlo antes de ponerme con el nuevo, pero —como de costumbre— cada día leo más y, por tanto, menos. Ahora, incapaz de conectarme a un WhatsApp estresado de mensajes deseosos de enviar el doblecheck, me veo abocado a la literatura que tanto me dio un día.

Me siento traidor mientras lo abro.

Miércoles, 18 de enero. 23,55

Es un libro precioso. Apenas lo recordaba. No puedo evitar irme a cama con una sonrisa en el rostro.

Mi móvil viejo brilla negro más allá, cargando no sin dificultad. Al parecer, desde que no lo uso se ha vuelto un exquisito con lo que le enchufan. Mi madre, que tiene el mismo, me ha dicho que este cargador tiene la punta muy pequeña y el nuestro necesita una más gorda, pero como lo importante es saber usarla, ahora chupa sin problemas. Con el cable enrollado a su alrededor dentro de una de mis zapatillas de casa, eso sí.

No sin paciencia, he conseguido actualizarle el Instagram y subir un Stories alertando de que estoy incomunicado. Mi frugal imaginación me atiza con un WhatsApp lleno de aterradores mensajes.

De póstumas despedidas tras expandirse el rumor de que he sufrido un fatídico accidente bailando salsa. De declaraciones de amor de chicas que me gustan convertidas en “como no contestas me he ido con el gilipollas de mi ex”. De cadenas con el negro del WhatsApp escondido en algún lugar de la imagen.

Intentaré dormir, aunque no creo que lo consiga. No puedo evitar sentir una alargada presencia a mi espalda.

Jueves, 19 de enero. 23,15

La victoria del Barça en Anoeta tras una década de descalabros me ha distraído lo suficiente como para no pensar en ello, pero en fin: este diario no está dedicado al sexo, sino a la ausencia de WhatsApp.

Creo que estoy medio desintoxicado. Mañana a mediodía he de ir a por mi móvil. Yuli, la dependienta, me ha dicho que para esa hora estaría al cien por cien. Menos mal: pasar el finde sin WhatsApp podría suponerme descanso, y eso sí que no.

Ahora, me apetece leer.

Viernes, 20 de enero. 00,50

Acudí a Yuli pasado mediodía. “Vienes a por el móvil”, su afirmación bañada de interrogaciones no pronunciadas. Cuando mi sonrisa de asentimiento topó con el gesto negativo de su cabeza, mi mundo se fue a ese lugar en el que ahora habita MySpace.

—No…

—Han dado aviso de que lo traerán antes de las 3.

—Pero yo a las 3 me voy, tú cierras de una y media a cuatro y son las… la… oh, mierda.

—Así es…

Observé mi antaño hermoso Alcatel con tristeza, creyendo ver el hueco vacío del WhatsApp en su negra pantalla. Aunque, bueno, puede que aquí haya añadido un cierto dramatismo no real en esta afirmación para darle más emoción a lo en verdad ocurrido:

—No te preocupes. En cuanto llegue, quedamos y te lo doy. Vivo aquí al lado.

 

Ahora, la pantalla de mi móvil resplandece tras el cuco plastiquito para que no se raye en la caja. No tengo intención de quitárselo en un par de días.

La telaraña ha desaparecido de su perlado rostro y las fotos vuelven a ser fotos y no imágenes de la cabecera de Black Mirror. Sorprendentemente, el corrector sabe lo que quiero decir cuando escribo “ja”. Sonrío pensando en cómo Yuli escribió en el pedido que por favor no lo borrasen. No quedan vendedores así.

En definitiva, me siento como si aquella fatídica tarde, aquella en la que la pantalla se rompió al abalanzarme sobre el niño para que no lo atropellase aquel gigantesco camión, solo hubiese sido un mal sueño.

Una pesadilla a la que agradezco el haberme vuelto a encontrar con mi viejo móvil, que tanto me dio en su momento. El hacerme ver que nunca hay que volver atrás si tienes el portal abierto. Pero, sobre todo, el que me haya hecho recordar (por primera vez este año) lo mucho que disfruto leyendo libros.

Ahora sé que no volveré a dejar de hacerlo por el WhatsApp. No, ya no.

Nunca lo volveré a hacer.

Epílogo

Tres días después, el joven, entre sábanas, despidió a su colega con un emoticón de beso con corazoncito. Otras tres conversaciones le esperaban.

Aconsejó en una que descansase esa semana, que ya había hecho bastante, y que a veces hay cosas que no dependen de nosotros mismos por mucho esfuerzo y sentimiento(s) que pongamos en ellas. En otra, rió y sonrió mucho más que lo que la pantalla fue capaz de demostrar a letras. La tercera, de un grupo, pasó de abrirla: era una imagen sin venir a cuento, en la que se palpaba una negra presencia de cola muy larga.

Cuarenta y cinco minutos después, pulsó el avioncito, dejó el móvil junto al libro —intacto desde el anterior jueves— y se acurrucó entre las sábanas.

 

Eran en torno a las tres de la mañana cuando un fuerte sonido bañó la estampa en un breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó su almohada.

Contemplando la negra figura tendida cuan larga era sobre la alfombra, y pese a haber escrito un post sobre ello, no se encuentra capaz de explicarse lo sucedido.

De su ejemplar de La sombra del viento nadie volvió a saber nada.

Un blog de mierda

Bueno, nunca creí que este momento llegaría. El caso es que, con todo el dolor de mi corazón, creo que ha llegado el momento de admitir que mi blog es una mierda.

Lo miro, releo y me gusta, qué queréis que os diga. Sé que hay gente a la que le he abierto los ojos un rato con respecto a alguna realidad escondida en su mundo, gente que ha querido conocerme tras leer algo de él e incluso gente que ha llorado con los capítulos más amargos de él.

Sin embargo, qué decir tiene que es una mierda.

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Principal razón para un blog de mierda

La principal razón es, sin duda, el bajo ratio entre efectividad y esfuerzo. Las siguientes palabras no van solo por mí: esto va por todos los que realizamos un trabajo sólido en nuestra página sin obtener ningún tipo de reconocimiento.

Llevar adelante un blog de este tipo, con un trabajo y unas responsabilidades que atender, no es algo sencillo. Lo es si lo que hacemos consta de poner cuatro líneas por semana con una supuesta profundidad que nadie entiende, pues no existe. Lo es si esas cuatro líneas las hacemos al día y perdemos nuestros aciertos entre una marabunta de banalidades que no dicen nada. Pero si lo que realizamos es una labor de opinión justificada, profunda, la búsqueda y análisis de una situación en apariencia general pero no percibida ni tratada por estudio alguno, hablamos de contenido que requiere de horas de trabajo, documentación y experiencias. De sangre en tinta que ya no es tinta, sino píxeles negros sobre fondo blanco.

Cuando te encuentras que pese a ese esfuerzo, esa lucha, tus visitas caen y caen; cuando varías el enfoque a algo más mundano, mainstream y digerible y caen y caen igual, entonces es cuando empiezas a pensar que quizás no estés hecho para esto. En mí, es especialmente complicado, porque es lo único que sé hacer para mí, y no para otros. Y no me vale de nada hacerlo mejor que muchos, pues muchos son los que obtienen el éxito en base a realidades ajenas a la calidad de su contenido.

Ídolos de barro y músculo

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La segunda razón seguramente sea esa: el agravio comparativo. Cada día, camino menos por las redes sociales en que la letra supera a la imagen; no me extraña. El modelo está variando hacia una polarización en torno a musculados y tetones con capacidad de escrita media o media-alta enfocada en temas de pensamiento ovejil. Que si cómo perdieron la virginidad, que si cómo todos los hombres son unos opresores, que si cómo le partieron la boca a un imbécil competidor que se aupó al poder por aprovecharse de su amistad interesada, que si cómo voy por la calle llamando Caranchoa a la gente… ¿Es este el futuro del guion, la escrita y el contenido digital?

Si bien veníamos de un momento en que la lista de generadores de contenido daba tres veces la vuelta al mundo, a día de hoy, publicar sin ofrecer carroña para las yenas cibernéticas generadoras de ídolos estereotipados es abocarse a la desaparición desde el nacimiento. Y la gente buena en esto, ya pasa. Total…

Como comentaba en un post reciente (y que, por supuesto, no ha leído nadie), la opinión divergente vive un momento de lapidación en el que no puedes abrir la boca, a riesgo de que un ídolo de barro y músculo te la cierre a pedradas con doscientos de los que llevan pins contra la Ley Mordaza aplaudiendo el que impidan que te expreses.

Las personas originales han pasado a agruparse en grupos homogéneos de pensamiento único y sectario cuando están en grupo, quedando limitado decir lo que piensas a círculos de dos o tres personas de confianza en los que pueden volver a ser libres  por un momento que —en algunos casos— ya nunca ocurre.

El Twitter abierto y original ha muerto hace rato; Facebook y las noticias cuñadas brillan con fulgor, mientras Insta —la máquina de la imagen—, comienza a follarse buena parte del mercado en base a su constante innovación y buen gusto en lo que a instantaneidad se refiere.

Imposible subsistir para un desconocido al que ni comparten ni emegean cuando sus escritos gustan, por el mero hecho de no tener más corazones y RT que demuestren que hacerlo no te convierte en un bicho raro y aislado. ¿Quién te va a apoyar, pocosfollowers? ¿Quién va a hablar de ti cuando si apoyas alguien sin popularidad eres un fracasado?

Nosediving

En una sociedad medida por los MG y los seguidores, ¿qué futuro tenemos los olvidados a un lado?

La principal opción es dejarte arrastrar por la marea social. Claro que serás uno más. Claro que no serás nadie especial. ¿Pero acaso no es lo que buscas ser? ¿Uno como el resto de gente que es “especial” y luego hace lo que todos hacen? No duele tanto: al fin y al cabo, “todos somos especiales”, ¿no?

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Una opción muy recurrida y ya nombrada es el peloteo. Sí, nene: chúpale las pelotas a algún tuitstar, famosillo o popu y juega la lotería de que te elija como escudero de su estancia en el instituto que es su vida. High School Lifetime. Con algo de suerte, te podrás abrir tu propio canal de Youtube, hablando de sus trapos sucios hasta formar tu ejército de secundones, ofreciendo entonces más calidad que un original al que siempre mirarás desde abajo.

Y spamea, joder, spamea. Jode a todos tus contactos, cuyo 85 por ciento va a pensar que tu contenido es una mierda y te van a mirar mal por no dejarles en paz ni un puto día de tu vida. Tú spamea, que eso funciona. Ser agradable y limitarlo a un enlace en tu descripción está sobrevalorado. Tú mira cómo suben las visitas forzadas por tu capacidad de incordiar. Míralas, y cree que es por tener un blog de puta madre.

¿Y entonces qué? ¿Permanecer aislado en el anonimato hasta el fin de tus días? ¿Leyendo tus post de años anteriores diciendo “¡Qué bien lo hacía!” sin poder volver a alcanzar ese nivel por falta de práctica?

El otro día entre en mi antiguo blog, Coverista. Tenía unas visitas como este. Ahora que lo dejé atrás, una de sus entradas tiene más que este en 6 meses. ¿Pero por qué iba a insistir, si estaba acabado?

Cuánto esfuerzo, joder. Cuánto esfuerzo hemos tirado, cuando podríamos estar felices y obesos viendo series mientras nos alimentamos de patatas fritas, perdidos en el espejo negro de la pantalla a punto de que el capítulo de Black Mirror empiece.

Y, sin embargo, aquí estamos. Lamentando y jugando de nuevo. Porque en el fondo —aún más abajo— se guarda la esperanza de que algún día, el mundo razone. De que esos piropos que te llegan por el oído y nunca por la pantalla dejen de sentir miedo a que los escuche alguien.

Post-data

ino¿Sabéis? Cuando empecé el post, con el título de Cerramos: gracias por todo, esperaba hacer mi clásica inocentada por este 28 de diciembre dedicado a las bromas en mi paísla del año pasado tuvo resultados geniales ;)—. En fin, parece que al final, la broma me la he gastado a mí mismo, creyéndome que podría acabar el post diciendo que era coña y que todo va bien.

Tal vez debería haberme dado cuenta de que —detrás de que la paródica idea de creer que un blog bueno está mal y uno cutre a base de peloteo, spam, carne y cuñadismo está bien— se ocultaba la realidad.

Inocente…

El V concurso de relato de Sttorybox y el humano ante la falta de ética

Tras el portentoso éxito de público del IV concurso de Sttorybox, la red social para escritores aficionados regalaba a sus usuarios y su propia página la oportunidad de un nuevo espectáculo literario popular con un V certamen lanzado en los albores de la Navidad, prometiendo —gracias al tiempo libre típico de las épocas festivas— la más encarnizada lucha de talentos aficionados en la historia de su web, aun con las ausencias de estrellas como Malori, mariarodar o Tritio.

Hoy, ofrecemos un primer epílogo a 21 días en un concurso de voto público con el resumen de las fases eliminatorias de este espectacular quinto concurso de Sttorybox, así como una escalofriante reflexión final sobre su extrapolación al comportamiento humano general ante la falta de ética.

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Las nuevas bases

Tras la extravagante victoria de un La factoría desconocido para la mayor parte del público y con claros errores gramaticales desde la primera línea, la nueva edición arrancaba con un claro compromiso por parte de la administración por hacer que los errores pasados se subsanasen, refrendado en unas nuevas bases centradas en acabar con el principal problema del anterior concurso: el voto falso.

Spam en comentarios, uso de cuentas clones, creación de relatos de autopromoción y demás familia habían conseguido aupar a los primeros puestos del ránking relatos infumables que —una vez fueron puestos en vereda con la llegada del unicornio— ya tenían suficientes votos como para mantenerse salvados durante las cuatro fases del concurso.

La joven administración de Sttorybox demostró una voluntad de limpieza mayúscula, innecesaria para sus intereses personales, dejando patente una atención por sus usuarios que —en mi opinión— en ningún momento se ha valorado como se merece. Todos los anteriores supuestos fueron prohibidos bajo pena de baneo de cuenta (medida que, eso sí, no se ha aplicado hasta ese extremo cuando tal vez debería), llevándose a cabo una política de investigación de las cuentas denunciadas en la que la constatación de alguno de estos hechos suponía la pérdida de los MG falsos.

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Además, las numerosas quejas por la preselección final de la anterior fueron escuchadas. Tras pasar de unos 200 a 25, algunos de los relatos estrella quedaron fuera, mientras extraños finalistas de talento dudoso aparecieron en el listado, generando indignación en el colectivo de participantes. Ante esto, se eliminó el acceso a la siguiente ronda por porcentaje a solo los 50 relatos más votados por el público, lo cual permitiría una elección de finalistas más minuciosa, trabajada y justa.

Por último, los votos no serían acumulativos, solo contando los de la última caja en cada una de las ahora cuatro rondas, en para mí la mejor medida para asegurar el que el trabajo en el concurso fuese estable a lo largo de sus dos meses.

Con todo ello, el concurso experimentaba una sustancial mejora de condiciones para el participante, la ya citada demostración del trabajo de la gente de SB por mejorar más y más sus prestaciones y su capacidad para escuchar las propuestas de mejora.

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Miriam, principal cara visible de Sttorybox, sobre su unicornio

El récord y las tres primeras rondas

Como ya he comentado, la Navidad hacía prever una importante subida en el nivel de participación del concurso, aun cuando en anteriores ediciones este había ido aumentando casi exponencialmente.

Lo de esta fue abismal.

A cierre de primera ronda o periodo de inscripción y pese a que en este caso solo se podía poner un texto por participante, más de 3000 relatos tomaban parte en el juego, aumentando a un ritmo galopante y generando, por el modelo de concurso, una desaparición de participantes en un mar de rivales. En otras palabras, una vez el relato entraba a concurso, o interactuaba o desaparecía bajo el peso del resto de concursantes sin ser leído más que por una o dos personas. Esto fomentó muchísimo la citada interacción entre concursantes, así como la lectura de otros relatos al haberse vetado el comentario fácil (“Me encanta” “Qué guay” “Maravilloso”).

Esta primera fase fue seguramente la más caótica y divertida de la historia del concurso (con permiso de la ronda final), dando un verdadero espectáculo.

La segunda ronda fue recibida con la sorpresa de que los MG no fuesen acumulativos. Muchos habían querido guardarse un buen colchón de corazoncitos para luego tumbarse a la bartola, pero esta vez no iba a funcionar. Tanto esta como la tercera pasaron sin mayores contratiempos ni sorpresas, con apenas una o dos caídas renombradas por episodio, así como algún inesperado abandono.

La principal novedad de formato de esta edición fue tener que elegir inicio entre ganadores de miniconcurso previo

La ronda final

Ya con la caída a 125, se había visto alguna minipráctica deshonesta en aras de superar la ronda. Tal vez por ello, la cuarta ronda prometía un espectáculo inético de dimensiones bíblicas, que narro en este caso sobre mi propio ejemplo como participante de relato con capacidad objetiva de final y sin peticiones de MG fuera de la página.

En un primer momento, traté de seguir con mi limpia política: leerme lo de los demás, dar corazoncitos y comentar a los que me guste. Con lentitud asombrosa, tardé en torno a un día en caer en la cuenta de que: A. Leerse cuatro cajas seguidas cuando la gente no sabe medir tamaño lleva un laaaargo rato; y B. al contrario que antaño, por mucho que me matase a leer y comentar, los esfuerzos y MG no volvían de vuelta.

Ahí me di cuenta de que —pese a haber estado todo el concurso por encima del 40— no iba a pasar a la final de los 50 primeros: dado que prácticamente nadie se leía enteros los relatos, la principal ventaja de los de calidad se venía abajo, imponiéndose la de los llamados “populares”, la de aquellos que tienen recursos para movilizar gente y hacerles dar Me Gusta a los relatos por amistad y no por calidad.

Ese momento es duro para alguien competitivo y que ha trabajado bien los dos meses: los pensamientos oscuros te llegan a la cabeza. “Haz trampa, qué más da”, escuchas en tu mente. De hecho, gente ahora en la final me invitaba sutilmente en comentarios a hacerlas. Sin embargo, el “milagro” ocurrió y, a base de defender el jugar limpiamente, surgió una suerte de colectivo interno en favor de ayudar a los pazguatos incapaces de subir puestos por no tener cara para pedirle a amigos antiliteratura que te voten en un concurso literario.

Así pues, gente como monjedelapaz remontó una barbaridad pese a estar condenada, y pese a que yo me esforzaba porque los votos me llegasen por mi esfuerzo y método limpio (salvo los dos que tenía claro que iba a pedir a dos de mis mejores amigos en caso de verme mal), los únicos que recibía venían de estas almas caritativas, que llegaron a auparme por encima de la línea de corte, donde me correspondía entrar, pero de forma injusta para otros en mi situación que, mereciéndolo tanto como yo, esperaban la muerte muy lejos de la frontera de los 50.

El caso es que tanto daba: en cuanto mi relato pisaba campos de salvación, los que caían por debajo de ella recibían de pronto 10 MG salidos de quién sabe dónde, mandándome de nuevo al infierno. Tengo muy claro que de haber obtenido 1000, la línea de corte hubiese estado en 1001. ¿De dónde los sacaban? Eso es cosa de la administración.

El jueves noche —día del cierre—, tras pasar la tarde lejos de internet entre examen, clases y nacimiento de mi nueva sobrina (gracias, gracias 😉 ), llegué a casa y vi cómo el puesto 60 me cobijaba a 8 MG de la final. Sttorybox había quitado falsos en algunas cuentas (que no echado los relatos, tal y como ponía en las bases), mientras que el corte había subido de golpe y equilibrádose más allá, siendo la distancia entre 30 puestos de los clasificados de solo 10 MG.

Con la absurda esperanza de que alguno de los traidores a la justicia de la calidad hubiese aprovechado el estrés de los administradores para hacerse cuentas clones que les repercutiesen en una futura eliminación al comprobar que los 50 clasificados lo estuviesen limpiamente, pedí los dos MG antes citados a mis dos amigos y caí eliminado en el 58º llegadas las doce de la noche, fuera de la salvación que la mayor parte de finalistas saben que merecía, bien por conocerme, bien por saber la suya injusta. Y como yo, tantos.

Mientras, en la final, unos 30 relatos sin capacidad para aspirar a nada cuentan las horas para ser eliminados por el jurado y refunfuñar contra la capacidad objetiva de este. Aún encima, habrá que darles la enhorabuena y aceptar que son mejores que nosotros por estar más arriba.

Pero yo hoy, no lo haré.

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Extracto de NO ME IMPORTÓ PORQUE YO YA ESTABA MUERTO, actual número 4 del ránking.

Para los que echan la culpa a Sttorybox

Si queréis un monólogo antispam y contra este tipo de participantes, tenéis uno precioso en el final de la segunda parte de 21 días. Aquí va una crítica no solo al modelo de injusticia que supone atacar a quienes dan la oportunidad de participar en un concurso de desarrollo abierto, sino a aquellos que consideran que la culpa de los delitos cometidos en una sociedad la tienen los jueces o legisladores.

En el pasado IV concurso (y como en todos), SB batió récord de participación. De hecho, la distribución del pase de ronda por porcentaje hizo llegar a la final unos 300 relatos cuando —según lo visto en este— se esperaban unos 50. Esto nos permite más o menos calcular que pretendían conseguir unos 200 participantes:

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Al cierre del plazo de presentación participaban, creo recordar, 1300 relatos, por no hablar del número de usuarios que pudieron llegar a registrarse para dar votos falsos. Una auténtica animalada de éxito.

Sin embargo, y cuando pudieron tumbarse a la bartola a esperar el nuevo récord en el quinto (en época navideña), esta gente fijó unas reglas mucho más estrictas, en base a escuchar y aceptar las críticas de quienes los habíamos puesto a caldo. Esto presumía una eminente bajada de porcentaje de participantes, ya que suponía que muchos de los que habían hecho trampas fáciles no participarían ante la imposibilidad de hacerlas (menos aún con la reducción de plazas finalistas).

Algunos de aquí pensarán que los certámenes se hacen por amor al arte, pero cualquiera con mínimos conocimientos en marketing actual sabe que el concurso es una estrategia de expansión de imagen de marca, llamada a nuevos usuarios e interacción de los ya fidelizados. Limitando la apertura de actos en el certamen endureciendo las bases, ¡los administradores se estaban tirando piedras a su propio tejado! ¡Estaban yendo en contra del objetivo de cualquier empresa!

Y sin embargo, ahí está la recompensa al buen trabajo: 3300 relatos a concurso. De seguir con el método antiguo, tal vez llegasen a 5000.

Además, durante, han trabajado en la plataforma (Sttorypics, concurso Instagram, diseño), restado MG falsos, escuchado quejas y rebosado una amabilidad a mi punto inmerecida por gran parte de críticos que han llegado a tildarlos de apelativos indignos. ¿Ataques recibidos por qué? Porque en la final tenemos un porcentaje descomunal de relatos de presencia inmerecida.

Estos señores y señoras han conseguido entrar en base a aprovechar los ya escasos puntos débiles de las bases: la imposibilidad de vetar la entrada de nuevos usuarios parciales y solo nacidos para votar relatos de amigos y la de hacer publicidad exagerada en soportes ajenos a la propia plataforma.

Cada opción para limitarlo es peor que la anterior. Si bien Sttorybox tendría opción a restringir los votos a los de los propios concursantes, eso le supondría un atentado a la libertad de expresión de los fieles que no participen en el concurso; si priva de poder hacer publicidad en otras plataformas, pierde sentido la realización del concurso; un número de MG limitado por usuario supone que los verdaderos lectores dejen de leer una vez acabados.

Solo el filtro ortográfico bajo denuncia o el voto ponderado según prestigio del usuario, propuestos en los comentarios de la primera caja de mi última historia-protesta, pintan como soluciones factibles para limpiar un poco el concurso, suponiendo de nuevo un apaleamiento a las aspiraciones de nuevos usuarios de la directiva de la página, en aras de hacer un certamen más limpio.

Y seguirán recibiendo críticas. ¿Por qué? Porque habrá quien vuelva a encontrar modos de saltarse la limpieza y estar en la final.

Entonces, queridos lectores, queridas lectoras, viendo que los esfuerzos de la administración son completamente demostrables, ¿por qué narices se los sigue atacando, desmotivando y dándoles razones para dejar de hacer esfuerzos y concursos cuando es evidente que el verdadero cáncer de sus concursos y origen de TODAS (si os fijáis, TODAS) las críticas no son ellos, sino la pandilla de ladrones de esperanzas que roban la posibilidad de estar en la final a relatos de calidad con obras que solo un ciego literario podría considerar como aspirantes a ganar algo?

Esta chusma despreciable (ellos saben quiénes son, siéntase identificado quien sabe que no está ahí con justicia y posibilidades) son todo aquello que indigna a participantes, desprestigia el certamen y genera el malestar y la vergüenza en las rondas definitorias. Y de ellos se pasa olímpicamente. ¿Por qué?

Porque nos hemos metido en la cabeza de que los tramposos, los injustos y los trileros forman parte de nuestra sociedad y hay que aceptarlos.

Lo cual es preocupante. Porque da muestras de lo que tiene que estar pasando a diario en la calle. Si no somos capaces de reprocharle por comentario a un relato malo su presencia en una ronda superior a su nivel, siendo la mayor parte de cuentas de la plataforma anónimas, ¿qué se hace cuando una injusticia nos pasa delante en nuestras vidas, en las que tenemos cara?

¿Separaríamos a dos personas que se liasen a ostias delante nuestra? ¿Reprocharíamos a los estafadores su comportamiento? O lo que es peor: ¿amenazaríamos, denunciaríamos y escupiríamos a maltratadores al primer síntoma? ¿O nos vamos a quedar en casa diciéndole al Telediario “Otra más. Qué hijos de puta. A estos los jueces tenían que colgarlos”?

Eso es precisamente lo que estamos viendo en Sttorybox: el que se ataque a los jueces por no ser capaces de parar las faltas de ética en lugar de ir a por estos cabrones, denunciar lo que están haciendo y avergonzarlos hasta hacerlos desistir. Y por no hacerlo estamos como estamos.

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En las dos últimas rondas, un relato de la cabeza desapareció por acción popular

Un último canto contra las aspirinas del alma

Me gustaría acabar con un último canto a la justicia más allá de cualquier concurso o pequeño juego menor.

No seáis cobardes a la hora de denunciar, atacar y afrontar las injusticias y actos delictivos.

Es muy fácil criticar a quienes están en despachos, pero la verdadera justicia no se hace en cámaras estatales u órganos de poder. Se hace a diario y en pequeños actos.

La hace la gente. La hace el pobre y la hace rico, el obrero y el jefazo, el político y el votante.

No os mintáis. No le deis aspirinas contra la culpa a vuestras almas.

Luchad por las de todos.

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Y ahora que has llegado hasta aquí, no me fastidies: comenta, comparte, haz lo que tengas que hacer, pero muestra tu opinión al respecto. Hayas participado o no, difícilmente no tendrás opinión acerca de como mínimo el apartado social. Desde el respeto, deja que se te escuche.

Epílogo (fallo del V concurso de relato de Sttorybox)

  • Sttorybox comentó uno por uno los 50 relatos finalistas. Comportamiento enorme.
  • La práctica totalidad de mis favoritos por capacidad objetiva (por no decir todos) fueron finalistas o recibieron la mención de honor.
  • Todos los faltos de corrección gramatical y ortográfica se quedaron fuera con independencia de su posición.
  • ChufiJim se llevó el título a mejor relato con uno de mis favoritos en cuanto a calidad objetiva.
  • El jurado fue justo.

Realismos y fantasías: los tres grandes géneros, la importancia del realismo interno y la nueva definición del terror

Hoy vamos a dejar la opinión a un lado para tocar un par de conceptos básicos en cualquier obra artística: los dos realismos (general e interno). A partir del análisis del segundo, acabaremos por ver como su alteración afecta a la realidad actual del género de terror, así como con impactantes imágenes de un cruce entre tiburón y pulpo gallego.

Pero antes, vamos con los tres principales géneros de obras según su nivel de realidad.

El realismo externo o general: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía

El realismo general o externo es el grado de adecuación de los elementos de una historia a la realidad humana general, siendo dividido tradicionalmente en tres géneros según su mayor o menos nivel: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía.

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Si bien pienso que el concepto de obra realista —protagonistas humanos sin capacidades fuera de la física en escenarios con características comunes a lo pensado de su época— no merece mayor explicación para cualquier graduado en enseñanza obligatoria, me gustaría empezar con una idea que veo imprescindible a la hora de hablar del título de este apartado y que —de forma incomprensible en países en los que se dan años y años de clases de literatura en los institutos y colegios— es poco menos que desconocida para la gente ajena al trabajo artístico: la diferencia entre obra fantástica y de fantasía.

Cuando hablamos (por citar una disciplina) de relato fantástico, lo hacemos de un cuento ubicado en un mundo de características similares o iguales al real, en el que —en determinado momento de su desarrollo— aparece algo puntual considerado imposible en este universo. La diferencia con relato de fantasía es marcada si decimos que este último tipo de obras se desarrollan en mundos con unas algunas características netamente diferentes al nuestro, como la muy diferente geografía, la existencia bien conocida de seres fantásticos y mitológicos —como elfos, dragones o sirenas— o la extendida capacidad para practicar magia, chupar sangre o volar sin alas, por ejemplo.

Si bien hay casos en el que la frontera se diluye (Big Fish, para mí fantástico; para mucha otra gente, de fantasía), la diferencia entre obras como Origen y El señor de los anillos suele ser de fácil comprensión. La facilidad de integración en las historias (para el espectador medio, no hablo de fans) suele ser mayor en lo fantástico que en la fantasía por el hecho de compartir universo, mientras que el efecto que lo incomprensible crea, suele tener —por puro instinto— más probabilidad de sacudirlo que lo realista, eso sí, de conseguir un buen grado de realismo interno.

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Grado de realismo interno

Clave en cualquier tipo de obra, el realismo interno es la principal base de la suspensión de incredulidad, una especie de pacto entre el espectador o lector con la obra en el que se determina hasta qué punto el primero se va a creer los hechos del segundo.

No hay que confundirlo con el realismo general que pueda tener una historia: un seguidor de la fantasía difícilmente pondrá pegas a que el humano protagonista de la historia pueda volar (Krillin en Dragon Ball Z), mientras que si alguien paga una entrada de cine para ver una obra histórica como Los Miserables y de pronto uno de los protagonistas empieza a lanzar rayos con la punta de los dedos, lo más probable es que la decepción y el enfado acuda a la sala.

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El realismo interno se basa en la coherencia, en el no traicionar los principios físicos y ambientales de una obra, y he aquí un par de ejemplos de la independencia entre ambos realismos:

  • Obviamente, el Gladiator de Ridley Scott (frente a la posibilidad de ser fantástico o de fantasía) es de género realista pese a no basarse en un hecho real, tal y como lo pueden ser Skyfall o A todo gas. Dentro de la cinta hemos visto alguna que otra aberración a la Historia, como por ejemplo la presencia de panfletos repartidos por las calles anunciando los Juegos en el Coliseo mil años antes de la imprenta, pero eso (para la mayor parte del público) no rompe el realismo interno de una historia en la que se permiten este tipo de licencias para dejar fluir la de Máximo Décimo Meridio. El Imperio Romano no es aquí más que un escenario.
  • En el otro lado, tenemos el final de la serie de televisión Los Serrano, la cual presentó un universo realista y costumbrista de la clase media española de principios del XXI, para acabar su octava y última temporada diciendo que todo había sido un sueño del cuarentón protagonista, embutiendo a los actores (cinco años después) en las ropas de la primera temporada. Si bien lo de que todo haya sido un sueño puede ser más de género realista que el que haya flyers en la antigua Roma, el realismo interno de la historia se fue al garete y —como se puede ver— hasta los no fans nos acordamos de la traición al espectador siete años más tarde.
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Caso aparte son los gazapos, de los que Gladiator está llena

El nuevo terror o lo que pasa cuando el espectador acepta la rotura de realismo interno

A priori, y como acabamos de ver en el caso de Los Serrano, el mantenimiento del realismo interno es imprescindible para no romper la suspensión de incredulidad, el que una persona se meta en una obra literaria, cinematográfica o de otras disciplinas artísticas (un emoticón en medio de un Van Gogh durante una exposición sobre el impresionismo indignaría a más de uno).

Sin embargo, existe en la actualidad una nueva tendencia por el gusto de ver resquebrajado ese realismo interno y destrozada la integración del espectador con la obra, sobre todo, en uno de los géneros en los que antes era clave: el terror.

Y es que la rotura de realismo interno y unión con la obra supone dos efectos bien diferentes según la persona. A aquella que lo que busca es la citada integración con ella —el meterse en lo que está viendo hasta el punto de sentirse dentro—, le produce una fuerte indignación, frustración o decepción. A aquella que en ningún momento busca entrar, sino ver desde fuera y a salvo de sus emociones lo que pasa, la falta de realismo interno le supone una fuerte e incontenible carcajada.

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Sharknado, obra maestra del cine de terror ridículo

Una de las tendencias cinematográficas más crecientes de la actualidad es el ver el género de terror para pasar un buen rato. Al no intentar sentir como real la cinta y estar perfectamente a salvo, las cada día más curiosas muertes y sanguinolentas explosiones se unen a los atractivos protagonistas para hacer de la obra de serie B un fulgurante entretenimiento palomitero. Si además le sumamos el estar cómodamente sentado en casa con colegas con los que comentar en alto la película y doblar las voces de los actores con un guion muy diferente, la explosión de una cabeza es capaz de divertir a niveles de The Big Bang Theory.

Destino final: la carcajada

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Sharktopus. Esto… sin comentarios

He ahí la aparición de una divergencia en el género de terror de los últimos años. Si bien el terror de calidad ha pasado a verse representado por la búsqueda del miedo clásico y psicológico por encima de lo visto en los últimos años, esta triunfal tendencia al gore de las primeras entregas de sagas como Scream o Destino Final ha ido deformándose en una merma de la calidad de los guiones, de los actores elegidos y del propio realismo interno, dando lugar a muertes que hacen que cualquiera que realmente intente meterse en la película acabe con la sensación de frustración y cabreo antes tratada. Los que hacen dinero con estas cintas tienen muy claro que, a menor calidad y mayor ruptura de realismo interno, más carcajada para el público, más comentario, más hype (como ahora se da en denominar al que se hable de ello) y más, si no taquilla, sí proporción ingresos/gastos.

Con el caché de un ganador de Oscar, puedes pagarte a diez cameos a los que este nuevo público va a adorar ver decapitados, así como un par de protagonistas desconocidos con atributos sexuales bien proporcionados —y desproporcionados—. Y he ahí que, de elegir al azar una cualquiera de las listas que nos salen al buscar en Google “mejores películas de terror de los últimos años”, difícilmente lleguen a sonarnos más que unas cuantas de las cintas escogidas.

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Pirañaconda ha quedado fuera de la selección. ¿Por qué será?

El grupo y el realismo interno

Me gustaría acabar con una reflexión sobre cómo el grupo y el entorno afecta a la suspensión de incredulidad de una historia, ya que es evidente que la proporción de lectores que escogen un libro de terror para echarse unas risas es muchísimo menor que la de espectadores acompañados ante una película.

Esto se debe al hecho de que el adentrarse en la obra es mucho más factible si los sentidos del usuario están centrados en ella. En el caso de las obras de terror es especialmente reconocible la diferencia. Si pensamos en viejos tópicos sobre cómo hay que ver una película de terror, dos se nos han de presentar al momento: la falta de luz en la sala y el no verla en completa soledad para no “irse por la patilla”.

Este mayor efecto se debe a que al privar de distracciones sensoriales (como el que alguien esté al lado hablando o la luz genere sensación de seguridad por el lugar conocido) la suspensión de incredulidad funciona mucho mejor, generando esa inseguridad en el espectador.

En el caso de medios como la lectura, la fuerte sensación de inmersión que produce tener que generar las imágenes en lugar de dárnoslas ya masticadas y el no poder compartirlo al completo salvo en caso de lectura a viva voz, hace que difícilmente podamos usar al compañero para generarnos la tranquilidad que nos permite echarnos las risas, lo cual se traduce en lo antes nombrado: que —salvo en el caso de relatos paródicos o de calidad y realismo interno pésimo— difícilmente vamos a encontrar usuarios de novelas de terror que se carcajeen ante ellas, mientras que no resultará complicado que charlatanes grupos o gente con el móvil lo hagan con obras como El resplandor o Pesadilla en Elm Street.

It da más miedo leída que en medio de un artículo como este

Así pues, a la hora de ver una película de terror de una forma eficaz, determina antes el tipo de visionado que buscas. Si lo que quieres es pasar un rato de miedo, escoge una de verdadero terror y no una cutrada, apaga las luces, silencia el móvil y (si la ves acompañado) pide no hablar durante ella. Si por el contrario quieres un rato de reírte de la cinta, ve la película acompañado o con el móvil, comentando y con una buena iluminación: como la peli sea malilla, te reirás a carcajadas.

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