Diario del no WhatsApp

Prólogo

El joven salió del vehículo para atravesar la plaza en dirección a un portal. Antes, se cargó con un abrigo, una carpeta, una botella de agua, una bolsa del H&M del tamaño de un saco de Papá Noel y las llaves del coche, que cerró no sin dificultad.

A medio trayecto, detuvo sus pasos, apretó sus libres codos contra los costados y observó sus agobiadas manos por unos segundos, como pidiéndoles explicaciones. Entendiéndolas incapacitadas, volvió atrás hasta alcanzar una de las ventanillas delanteras del vehículo. Cabeceó: parece ser que sí llevaba las llaves de casa en alguno sus inaccesibles bolsillos.

El perchero andante reemprendió pues su renqueante caminar hacia el otro lado de la adoquinada plazuela, mirando hacia las que debían de ser sus cortinas con evidente esperanza de tener a alguien en casa.

Fue entonces cuando ocurrió.

A cámara lenta, algo pequeño escapó de su voluminosa carga para al momento bañar la estampa en el breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó el empedrado.

Cándido, el chico miró en derredor, buscando respuesta a su duda sobre la naturaleza del objeto caído.

Mientras contemplaba su negra figura tendida cuan larga era —tostada de ley de Murphy, allí, en perfecto decúbito ventral sobre uno de los adoquines— supo que no necesitaba darle la vuelta para confirmar lo ocurrido. Había hecho un post sobre ello tiempo atrás.

Tratando de mantener la dignidad ante los espantados ojos de una pareja en un coche a un lado, recogió su móvil del suelo y —tras un leve vistazo— atravesó el portal, mal cerrado, como si nada hubiese cambiado. Una vez al amparo de su domicilio, acarició con cariño su pantalla.

El leve corte en la yema de su dedo no le dolió más que ver las tres enrevesadas telarañas en el cristal.

Lunes, 16 de enero, 23,43

Acabo de traspasar todos los archivos de almacenamiento interno posibles a uno de mis pen. No estoy seguro de que vaya a ser suficiente.

Las palabras de la dependiente han sido trasparentes como el hielo de su significado. “Lo borrarán todo”.

Temo por los pequeños retazos que puedan desaparecer. Tras su regreso de Madrid el viernes, ¿sabrá mi teclado predictivo que después del primer “ja” que le escriba seguramente vendrán dos más si me hace gracia y unos cuantos en mayúscula si me hace mucha? Dicen que irse a la capital cambia a la gente; a los móviles, directamente, les lavan el cerebro.

“Oh, mi pequeño.”, pienso mientras redacto estas tibias líneas de despedida notando como la eñe se me clava, “¿Traerá tu regreso un nuevo amanecer a nuestra amistad?”

Por el momento, la noche es oscura. Como el saber que mañana ya no estaré contigo, sino con otro.

Otro con el que hace mucho que no me acuesto.

Martes, 17 de enero, 22,33

No va.

No logro entenderlo. Lo he puesto a cargar y ahí se ha quedado, con su nombre en ristre sobre un fondo negro.

Lo he reiniciado, pero por mucho que lo haga permanece en la misma posición. No logro comprenderlo: cuando lo jubilé solo tenía cierto problema con la batería, pero se encontraba en perfectas condiciones. Ahora lo que no se encuentra es la “aplicación System”, y yo estoy preocupado.

Siendo alguien con un fuerte odio a la pérdida de tiempo sin felicidad justificada, alcanzo La sombra del viento, en la mesa. Me apetecía releerlo antes de ponerme con el nuevo, pero —como de costumbre— cada día leo más y, por tanto, menos. Ahora, incapaz de conectarme a un WhatsApp estresado de mensajes deseosos de enviar el doblecheck, me veo abocado a la literatura que tanto me dio un día.

Me siento traidor mientras lo abro.

Miércoles, 18 de enero. 23,55

Es un libro precioso. Apenas lo recordaba. No puedo evitar irme a cama con una sonrisa en el rostro.

Mi móvil viejo brilla negro más allá, cargando no sin dificultad. Al parecer, desde que no lo uso se ha vuelto un exquisito con lo que le enchufan. Mi madre, que tiene el mismo, me ha dicho que este cargador tiene la punta muy pequeña y el nuestro necesita una más gorda, pero como lo importante es saber usarla, ahora chupa sin problemas. Con el cable enrollado a su alrededor dentro de una de mis zapatillas de casa, eso sí.

No sin paciencia, he conseguido actualizarle el Instagram y subir un Stories alertando de que estoy incomunicado. Mi frugal imaginación me atiza con un WhatsApp lleno de aterradores mensajes.

De póstumas despedidas tras expandirse el rumor de que he sufrido un fatídico accidente bailando salsa. De declaraciones de amor de chicas que me gustan convertidas en “como no contestas me he ido con el gilipollas de mi ex”. De cadenas con el negro del WhatsApp escondido en algún lugar de la imagen.

Intentaré dormir, aunque no creo que lo consiga. No puedo evitar sentir una alargada presencia a mi espalda.

Jueves, 19 de enero. 23,15

La victoria del Barça en Anoeta tras una década de descalabros me ha distraído lo suficiente como para no pensar en ello, pero en fin: este diario no está dedicado al sexo, sino a la ausencia de WhatsApp.

Creo que estoy medio desintoxicado. Mañana a mediodía he de ir a por mi móvil. Yuli, la dependienta, me ha dicho que para esa hora estaría al cien por cien. Menos mal: pasar el finde sin WhatsApp podría suponerme descanso, y eso sí que no.

Ahora, me apetece leer.

Viernes, 20 de enero. 00,50

Acudí a Yuli pasado mediodía. “Vienes a por el móvil”, su afirmación bañada de interrogaciones no pronunciadas. Cuando mi sonrisa de asentimiento topó con el gesto negativo de su cabeza, mi mundo se fue a ese lugar en el que ahora habita MySpace.

—No…

—Han dado aviso de que lo traerán antes de las 3.

—Pero yo a las 3 me voy, tú cierras de una y media a cuatro y son las… la… oh, mierda.

—Así es…

Observé mi antaño hermoso Alcatel con tristeza, creyendo ver el hueco vacío del WhatsApp en su negra pantalla. Aunque, bueno, puede que aquí haya añadido un cierto dramatismo no real en esta afirmación para darle más emoción a lo en verdad ocurrido:

—No te preocupes. En cuanto llegue, quedamos y te lo doy. Vivo aquí al lado.

 

Ahora, la pantalla de mi móvil resplandece tras el cuco plastiquito para que no se raye en la caja. No tengo intención de quitárselo en un par de días.

La telaraña ha desaparecido de su perlado rostro y las fotos vuelven a ser fotos y no imágenes de la cabecera de Black Mirror. Sorprendentemente, el corrector sabe lo que quiero decir cuando escribo “ja”. Sonrío pensando en cómo Yuli escribió en el pedido que por favor no lo borrasen. No quedan vendedores así.

En definitiva, me siento como si aquella fatídica tarde, aquella en la que la pantalla se rompió al abalanzarme sobre el niño para que no lo atropellase aquel gigantesco camión, solo hubiese sido un mal sueño.

Una pesadilla a la que agradezco el haberme vuelto a encontrar con mi viejo móvil, que tanto me dio en su momento. El hacerme ver que nunca hay que volver atrás si tienes el portal abierto. Pero, sobre todo, el que me haya hecho recordar (por primera vez este año) lo mucho que disfruto leyendo libros.

Ahora sé que no volveré a dejar de hacerlo por el WhatsApp. No, ya no.

Nunca lo volveré a hacer.

Epílogo

Tres días después, el joven, entre sábanas, despidió a su colega con un emoticón de beso con corazoncito. Otras tres conversaciones le esperaban.

Aconsejó en una que descansase esa semana, que ya había hecho bastante, y que a veces hay cosas que no dependen de nosotros mismos por mucho esfuerzo y sentimiento(s) que pongamos en ellas. En otra, rió y sonrió mucho más que lo que la pantalla fue capaz de demostrar a letras. La tercera, de un grupo, pasó de abrirla: era una imagen sin venir a cuento, en la que se palpaba una negra presencia de cola muy larga.

Cuarenta y cinco minutos después, pulsó el avioncito, dejó el móvil junto al libro —intacto desde el anterior jueves— y se acurrucó entre las sábanas.

 

Eran en torno a las tres de la mañana cuando un fuerte sonido bañó la estampa en un breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó su almohada.

Contemplando la negra figura tendida cuan larga era sobre la alfombra, y pese a haber escrito un post sobre ello, no se encuentra capaz de explicarse lo sucedido.

De su ejemplar de La sombra del viento nadie volvió a saber nada.

Más vale nada

Más vale.

Prevenir que curar. Pájaro en mano que ciento volando. Una imagen que mil palabras.

Vale.

Más.

Loco que necio. Tuerto que ciego. Cabeza de ratón que cola de león.

Si el refranero lo dice…

Más vale pobre hombre que hombre pobre. Vieja sola que mil mozas. Ser un mal realizador que un magnífico ideador.

No sé yo… No: prefiero ser pobre que un pobre hombre; mil jóvenes que una anciana; tener ideas grandes que ser un pobre amargado.

Supongo a veces más vale ir contra corriente que dejarse llevar por mareas de aprobación popular. Estar solo que mal acompañado. Perder que fracasar.

Más vale.

Y puede ser que para algunos, lo haga más poco que nada, un hoy que diez mañanas o el que hablen mal que el que no hablen, pero ¿qué queréis que os diga?

No pienso daros post de mierda no teniendo tiempo para currármelos. No pienso rebozaros de tonterías vacuas por poner uno cada siete días justos. No pienso haceros eso.

Porque más vale poco bueno que mucho malo.

Que lo bueno llegue tarde, que el que nunca llegue.

Y nada.

A esos que leéis esto, os invito a que no dejéis que nadie os robe tiempo con basura hecha letras. Hay mucho donde elegir: si no sonreís o crecéis con ello, no desangréis vuestra vida cortándoos con contenidos sin sangre.

Y, por favor, compañeros creadores a los que vuestro trabajo se os reconoce: no publiquéis cuchillas para quienes os siguen. No habrá refrán para esto, pero ni ellos, ni vosotros, ni nadie merece la mediocridad.

Más vale nada.

El V concurso de relato de Sttorybox y el humano ante la falta de ética

Tras el portentoso éxito de público del IV concurso de Sttorybox, la red social para escritores aficionados regalaba a sus usuarios y su propia página la oportunidad de un nuevo espectáculo literario popular con un V certamen lanzado en los albores de la Navidad, prometiendo —gracias al tiempo libre típico de las épocas festivas— la más encarnizada lucha de talentos aficionados en la historia de su web, aun con las ausencias de estrellas como Malori, mariarodar o Tritio.

Hoy, ofrecemos un primer epílogo a 21 días en un concurso de voto público con el resumen de las fases eliminatorias de este espectacular quinto concurso de Sttorybox, así como una escalofriante reflexión final sobre su extrapolación al comportamiento humano general ante la falta de ética.

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Las nuevas bases

Tras la extravagante victoria de un La factoría desconocido para la mayor parte del público y con claros errores gramaticales desde la primera línea, la nueva edición arrancaba con un claro compromiso por parte de la administración por hacer que los errores pasados se subsanasen, refrendado en unas nuevas bases centradas en acabar con el principal problema del anterior concurso: el voto falso.

Spam en comentarios, uso de cuentas clones, creación de relatos de autopromoción y demás familia habían conseguido aupar a los primeros puestos del ránking relatos infumables que —una vez fueron puestos en vereda con la llegada del unicornio— ya tenían suficientes votos como para mantenerse salvados durante las cuatro fases del concurso.

La joven administración de Sttorybox demostró una voluntad de limpieza mayúscula, innecesaria para sus intereses personales, dejando patente una atención por sus usuarios que —en mi opinión— en ningún momento se ha valorado como se merece. Todos los anteriores supuestos fueron prohibidos bajo pena de baneo de cuenta (medida que, eso sí, no se ha aplicado hasta ese extremo cuando tal vez debería), llevándose a cabo una política de investigación de las cuentas denunciadas en la que la constatación de alguno de estos hechos suponía la pérdida de los MG falsos.

bases 50 concurso SB

Además, las numerosas quejas por la preselección final de la anterior fueron escuchadas. Tras pasar de unos 200 a 25, algunos de los relatos estrella quedaron fuera, mientras extraños finalistas de talento dudoso aparecieron en el listado, generando indignación en el colectivo de participantes. Ante esto, se eliminó el acceso a la siguiente ronda por porcentaje a solo los 50 relatos más votados por el público, lo cual permitiría una elección de finalistas más minuciosa, trabajada y justa.

Por último, los votos no serían acumulativos, solo contando los de la última caja en cada una de las ahora cuatro rondas, en para mí la mejor medida para asegurar el que el trabajo en el concurso fuese estable a lo largo de sus dos meses.

Con todo ello, el concurso experimentaba una sustancial mejora de condiciones para el participante, la ya citada demostración del trabajo de la gente de SB por mejorar más y más sus prestaciones y su capacidad para escuchar las propuestas de mejora.

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Miriam, principal cara visible de Sttorybox, sobre su unicornio

El récord y las tres primeras rondas

Como ya he comentado, la Navidad hacía prever una importante subida en el nivel de participación del concurso, aun cuando en anteriores ediciones este había ido aumentando casi exponencialmente.

Lo de esta fue abismal.

A cierre de primera ronda o periodo de inscripción y pese a que en este caso solo se podía poner un texto por participante, más de 3000 relatos tomaban parte en el juego, aumentando a un ritmo galopante y generando, por el modelo de concurso, una desaparición de participantes en un mar de rivales. En otras palabras, una vez el relato entraba a concurso, o interactuaba o desaparecía bajo el peso del resto de concursantes sin ser leído más que por una o dos personas. Esto fomentó muchísimo la citada interacción entre concursantes, así como la lectura de otros relatos al haberse vetado el comentario fácil (“Me encanta” “Qué guay” “Maravilloso”).

Esta primera fase fue seguramente la más caótica y divertida de la historia del concurso (con permiso de la ronda final), dando un verdadero espectáculo.

La segunda ronda fue recibida con la sorpresa de que los MG no fuesen acumulativos. Muchos habían querido guardarse un buen colchón de corazoncitos para luego tumbarse a la bartola, pero esta vez no iba a funcionar. Tanto esta como la tercera pasaron sin mayores contratiempos ni sorpresas, con apenas una o dos caídas renombradas por episodio, así como algún inesperado abandono.

La principal novedad de formato de esta edición fue tener que elegir inicio entre ganadores de miniconcurso previo

La ronda final

Ya con la caída a 125, se había visto alguna minipráctica deshonesta en aras de superar la ronda. Tal vez por ello, la cuarta ronda prometía un espectáculo inético de dimensiones bíblicas, que narro en este caso sobre mi propio ejemplo como participante de relato con capacidad objetiva de final y sin peticiones de MG fuera de la página.

En un primer momento, traté de seguir con mi limpia política: leerme lo de los demás, dar corazoncitos y comentar a los que me guste. Con lentitud asombrosa, tardé en torno a un día en caer en la cuenta de que: A. Leerse cuatro cajas seguidas cuando la gente no sabe medir tamaño lleva un laaaargo rato; y B. al contrario que antaño, por mucho que me matase a leer y comentar, los esfuerzos y MG no volvían de vuelta.

Ahí me di cuenta de que —pese a haber estado todo el concurso por encima del 40— no iba a pasar a la final de los 50 primeros: dado que prácticamente nadie se leía enteros los relatos, la principal ventaja de los de calidad se venía abajo, imponiéndose la de los llamados “populares”, la de aquellos que tienen recursos para movilizar gente y hacerles dar Me Gusta a los relatos por amistad y no por calidad.

Ese momento es duro para alguien competitivo y que ha trabajado bien los dos meses: los pensamientos oscuros te llegan a la cabeza. “Haz trampa, qué más da”, escuchas en tu mente. De hecho, gente ahora en la final me invitaba sutilmente en comentarios a hacerlas. Sin embargo, el “milagro” ocurrió y, a base de defender el jugar limpiamente, surgió una suerte de colectivo interno en favor de ayudar a los pazguatos incapaces de subir puestos por no tener cara para pedirle a amigos antiliteratura que te voten en un concurso literario.

Así pues, gente como monjedelapaz remontó una barbaridad pese a estar condenada, y pese a que yo me esforzaba porque los votos me llegasen por mi esfuerzo y método limpio (salvo los dos que tenía claro que iba a pedir a dos de mis mejores amigos en caso de verme mal), los únicos que recibía venían de estas almas caritativas, que llegaron a auparme por encima de la línea de corte, donde me correspondía entrar, pero de forma injusta para otros en mi situación que, mereciéndolo tanto como yo, esperaban la muerte muy lejos de la frontera de los 50.

El caso es que tanto daba: en cuanto mi relato pisaba campos de salvación, los que caían por debajo de ella recibían de pronto 10 MG salidos de quién sabe dónde, mandándome de nuevo al infierno. Tengo muy claro que de haber obtenido 1000, la línea de corte hubiese estado en 1001. ¿De dónde los sacaban? Eso es cosa de la administración.

El jueves noche —día del cierre—, tras pasar la tarde lejos de internet entre examen, clases y nacimiento de mi nueva sobrina (gracias, gracias 😉 ), llegué a casa y vi cómo el puesto 60 me cobijaba a 8 MG de la final. Sttorybox había quitado falsos en algunas cuentas (que no echado los relatos, tal y como ponía en las bases), mientras que el corte había subido de golpe y equilibrádose más allá, siendo la distancia entre 30 puestos de los clasificados de solo 10 MG.

Con la absurda esperanza de que alguno de los traidores a la justicia de la calidad hubiese aprovechado el estrés de los administradores para hacerse cuentas clones que les repercutiesen en una futura eliminación al comprobar que los 50 clasificados lo estuviesen limpiamente, pedí los dos MG antes citados a mis dos amigos y caí eliminado en el 58º llegadas las doce de la noche, fuera de la salvación que la mayor parte de finalistas saben que merecía, bien por conocerme, bien por saber la suya injusta. Y como yo, tantos.

Mientras, en la final, unos 30 relatos sin capacidad para aspirar a nada cuentan las horas para ser eliminados por el jurado y refunfuñar contra la capacidad objetiva de este. Aún encima, habrá que darles la enhorabuena y aceptar que son mejores que nosotros por estar más arriba.

Pero yo hoy, no lo haré.

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Extracto de NO ME IMPORTÓ PORQUE YO YA ESTABA MUERTO, actual número 4 del ránking.

Para los que echan la culpa a Sttorybox

Si queréis un monólogo antispam y contra este tipo de participantes, tenéis uno precioso en el final de la segunda parte de 21 días. Aquí va una crítica no solo al modelo de injusticia que supone atacar a quienes dan la oportunidad de participar en un concurso de desarrollo abierto, sino a aquellos que consideran que la culpa de los delitos cometidos en una sociedad la tienen los jueces o legisladores.

En el pasado IV concurso (y como en todos), SB batió récord de participación. De hecho, la distribución del pase de ronda por porcentaje hizo llegar a la final unos 300 relatos cuando —según lo visto en este— se esperaban unos 50. Esto nos permite más o menos calcular que pretendían conseguir unos 200 participantes:

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Al cierre del plazo de presentación participaban, creo recordar, 1300 relatos, por no hablar del número de usuarios que pudieron llegar a registrarse para dar votos falsos. Una auténtica animalada de éxito.

Sin embargo, y cuando pudieron tumbarse a la bartola a esperar el nuevo récord en el quinto (en época navideña), esta gente fijó unas reglas mucho más estrictas, en base a escuchar y aceptar las críticas de quienes los habíamos puesto a caldo. Esto presumía una eminente bajada de porcentaje de participantes, ya que suponía que muchos de los que habían hecho trampas fáciles no participarían ante la imposibilidad de hacerlas (menos aún con la reducción de plazas finalistas).

Algunos de aquí pensarán que los certámenes se hacen por amor al arte, pero cualquiera con mínimos conocimientos en marketing actual sabe que el concurso es una estrategia de expansión de imagen de marca, llamada a nuevos usuarios e interacción de los ya fidelizados. Limitando la apertura de actos en el certamen endureciendo las bases, ¡los administradores se estaban tirando piedras a su propio tejado! ¡Estaban yendo en contra del objetivo de cualquier empresa!

Y sin embargo, ahí está la recompensa al buen trabajo: 3300 relatos a concurso. De seguir con el método antiguo, tal vez llegasen a 5000.

Además, durante, han trabajado en la plataforma (Sttorypics, concurso Instagram, diseño), restado MG falsos, escuchado quejas y rebosado una amabilidad a mi punto inmerecida por gran parte de críticos que han llegado a tildarlos de apelativos indignos. ¿Ataques recibidos por qué? Porque en la final tenemos un porcentaje descomunal de relatos de presencia inmerecida.

Estos señores y señoras han conseguido entrar en base a aprovechar los ya escasos puntos débiles de las bases: la imposibilidad de vetar la entrada de nuevos usuarios parciales y solo nacidos para votar relatos de amigos y la de hacer publicidad exagerada en soportes ajenos a la propia plataforma.

Cada opción para limitarlo es peor que la anterior. Si bien Sttorybox tendría opción a restringir los votos a los de los propios concursantes, eso le supondría un atentado a la libertad de expresión de los fieles que no participen en el concurso; si priva de poder hacer publicidad en otras plataformas, pierde sentido la realización del concurso; un número de MG limitado por usuario supone que los verdaderos lectores dejen de leer una vez acabados.

Solo el filtro ortográfico bajo denuncia o el voto ponderado según prestigio del usuario, propuestos en los comentarios de la primera caja de mi última historia-protesta, pintan como soluciones factibles para limpiar un poco el concurso, suponiendo de nuevo un apaleamiento a las aspiraciones de nuevos usuarios de la directiva de la página, en aras de hacer un certamen más limpio.

Y seguirán recibiendo críticas. ¿Por qué? Porque habrá quien vuelva a encontrar modos de saltarse la limpieza y estar en la final.

Entonces, queridos lectores, queridas lectoras, viendo que los esfuerzos de la administración son completamente demostrables, ¿por qué narices se los sigue atacando, desmotivando y dándoles razones para dejar de hacer esfuerzos y concursos cuando es evidente que el verdadero cáncer de sus concursos y origen de TODAS (si os fijáis, TODAS) las críticas no son ellos, sino la pandilla de ladrones de esperanzas que roban la posibilidad de estar en la final a relatos de calidad con obras que solo un ciego literario podría considerar como aspirantes a ganar algo?

Esta chusma despreciable (ellos saben quiénes son, siéntase identificado quien sabe que no está ahí con justicia y posibilidades) son todo aquello que indigna a participantes, desprestigia el certamen y genera el malestar y la vergüenza en las rondas definitorias. Y de ellos se pasa olímpicamente. ¿Por qué?

Porque nos hemos metido en la cabeza de que los tramposos, los injustos y los trileros forman parte de nuestra sociedad y hay que aceptarlos.

Lo cual es preocupante. Porque da muestras de lo que tiene que estar pasando a diario en la calle. Si no somos capaces de reprocharle por comentario a un relato malo su presencia en una ronda superior a su nivel, siendo la mayor parte de cuentas de la plataforma anónimas, ¿qué se hace cuando una injusticia nos pasa delante en nuestras vidas, en las que tenemos cara?

¿Separaríamos a dos personas que se liasen a ostias delante nuestra? ¿Reprocharíamos a los estafadores su comportamiento? O lo que es peor: ¿amenazaríamos, denunciaríamos y escupiríamos a maltratadores al primer síntoma? ¿O nos vamos a quedar en casa diciéndole al Telediario “Otra más. Qué hijos de puta. A estos los jueces tenían que colgarlos”?

Eso es precisamente lo que estamos viendo en Sttorybox: el que se ataque a los jueces por no ser capaces de parar las faltas de ética en lugar de ir a por estos cabrones, denunciar lo que están haciendo y avergonzarlos hasta hacerlos desistir. Y por no hacerlo estamos como estamos.

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En las dos últimas rondas, un relato de la cabeza desapareció por acción popular

Un último canto contra las aspirinas del alma

Me gustaría acabar con un último canto a la justicia más allá de cualquier concurso o pequeño juego menor.

No seáis cobardes a la hora de denunciar, atacar y afrontar las injusticias y actos delictivos.

Es muy fácil criticar a quienes están en despachos, pero la verdadera justicia no se hace en cámaras estatales u órganos de poder. Se hace a diario y en pequeños actos.

La hace la gente. La hace el pobre y la hace rico, el obrero y el jefazo, el político y el votante.

No os mintáis. No le deis aspirinas contra la culpa a vuestras almas.

Luchad por las de todos.

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Y ahora que has llegado hasta aquí, no me fastidies: comenta, comparte, haz lo que tengas que hacer, pero muestra tu opinión al respecto. Hayas participado o no, difícilmente no tendrás opinión acerca de como mínimo el apartado social. Desde el respeto, deja que se te escuche.

Epílogo (fallo del V concurso de relato de Sttorybox)

  • Sttorybox comentó uno por uno los 50 relatos finalistas. Comportamiento enorme.
  • La práctica totalidad de mis favoritos por capacidad objetiva (por no decir todos) fueron finalistas o recibieron la mención de honor.
  • Todos los faltos de corrección gramatical y ortográfica se quedaron fuera con independencia de su posición.
  • ChufiJim se llevó el título a mejor relato con uno de mis favoritos en cuanto a calidad objetiva.
  • El jurado fue justo.

La Hermione negra y la realidad tras el tweet de la discordia

Noma Dumezweni, nueva Hermione

Hermione como trending topic

El otro día me pasó un caso curioso en Twitter.

Es de sobra conocido que entre mis virtudes se encuentra una suerte de apertura mental a las opiniones que rehúye el comentario brusco y unilateral acerca de casi cualquier tema. Sin embargo, el otro día caí en el hacer uno de estos de una vez o dos al trimestre al pulsar en la palabra Hermione para ver qué la hacía ser uno de los temas más populares en Twitter y descubrir que lo era porque la actriz que la iba a interpretar en la nueva obra de teatro, continuación de la saga Harry Potter, es negra.

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Berg, me repugna bastante verlo: es el típico tweet-mina de polémica: ese #racism final es una bomba de relojería y reacciones. A estas horas —y atendiendo a mi definitorio equilibrado comportamiento— casi desearía no haberlo puesto, pero bueno, así es la red social del pájaro azul: un lugar donde o piensas veinte veces las cosas antes de ponerlas y siempre llegas tarde (mea culpa) o donde sacas lo que piensas sin pensar (qué paradoja) y te llevas palos y aplausos a partes iguales, como fue el caso.

Por un lado, tenemos el “cuánta razón” a base de RT y FAVs (perdón: MG) a los que no estoy demasiado acostumbrado por lo mal tuitero que soy; por el otro, la clara defensa del no racismo en el querer que Hermione no sea negra.

Toca analizar las dos posturas extremas y el verdadero porqué de mi hashtag #racism en ese comentario.

“Te das cuen…” y “el #Racism sobra”

Por un lado, tenemos la opinión de que el que una persona encarne a un personaje de otra etnia es algo perfectamente normal. No muy difícil de entender y defender, se basa en el que la raza no es algo más relevante que la capacidad de interpretación de un personaje que pueda tener un intérprete con independencia del color de su piel.

Mucha gente todavía se está tirando de los pelos por el hecho de que Will Smith no acabase siendo Neo en Matrix, aun cuando a día de hoy cuesta no ver al para mí insípido Keanu Reeves en este papel.

keanu reeves meme

En la otra orilla, tenemos la postura en contra, también fácilmente defendible. Y es que no hay cosa que toque más las narices a un fan que el que la adaptación de la historia se pase por el forro el imaginario colectivo de los seguidores.

Que uno se imagine al protagonista como Taylor Lautner y en la adaptación a la gran pantalla aparezca Nicholas Cage suele generar una indignación de lo más notable: al fin y al cabo, te están destrozando tu mundo imaginario y, para una época en la que la alta tasa de paro ha derivado en un auge del tiempo libre para crear nuevos mundos y cabreos innecesarios en nuestras mentes, esto es sabrosa carnaza.

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Imágenes del fail al elegir actor para adaptar al bellísimo vampiro Edward Cullen

El verdadero motivo del #racism

Turno para ver la realidad tras el tweet. Y es que el motivo de mi sorpresa ante el que Hermione haya llegado a ser uno de los temas más populares de la popular red social no está en el que considere racista a la gente que ve su imaginación rota o la que busca una calidad de adaptación buena, tal y como yo siempre la he buscado.

Lo que me llama la atención es el número de gente que lo ha hecho en este caso, por un hecho de tan mínima magnitud.

Y me explico con una comparación.

Cuando Daniel Craig fue investido 007, hubo bastante polémica (“por favor, un Bond rubio, qué locura”). Casino Royale, si no me bailan los ceros, recaudó en torno a 600 millones de dólares, con una cifra de espectadores colosal. Aunque los porcentajes de gente a la que le importa el color de pelo de Bond y el de piel de Hermione sean diferentes, ¿cuántos de los indignados con lo de ella van a ver la obra de teatro? Por mucha taquilla que haga (que la va a hacer) el teatro no va a llegar a la suela de las cifras del cine, por motivos obvios como el tener que desplazarse al Palace Theatre de Londres para ver a Noma.

Sumémosle ahora una incógnita más a esta ecuación: sin buscarlo en Google o haberlo leído en los últimos días, ¿qué porcentaje de los lectores de Harry Potter pueden apostarse su vida a que en alguna parte de los libros se dice la etnia de Hermione?

Ahora, sumemos.

Del ratio de gente que cree que en el libro se dice con claridad que Hermione no es negra, ¿cuántos van a ver la obra de teatro?

Esta ínfima proporción de gente es a la que verdaderamente podría importarle que Hermione fuese negra, asiática, caucásica o verde. Y digo podría porque hay gente a la que no le importaría.

¿Me va a tratar de convencer alguien de que este minúsculo porcentaje de personas convirtió a Hermione en TT?

No.

No os mintáis.

No.

Lo que hizo a Hermione hacerse uno de los temas más populares del día después de unas Elecciones Generales es que a mucha gente le indigna que una persona negra encarne a un personaje que antes interpretó una blanca. Y eso, como dije en el tweet, a mí me hace creer que algo va muy mal.

Una última reflexión

thornton

Este es Paul Thornley, el nuevo Ron Weasley. El amigo de Harry que todos los fans de la saga sabemos que es pecoso y pelirrojo.

Nunca será TT.

Siendo blanco, lo único que importa es que sea un buen actor.

Realismos y fantasías: los tres grandes géneros, la importancia del realismo interno y la nueva definición del terror

Hoy vamos a dejar la opinión a un lado para tocar un par de conceptos básicos en cualquier obra artística: los dos realismos (general e interno). A partir del análisis del segundo, acabaremos por ver como su alteración afecta a la realidad actual del género de terror, así como con impactantes imágenes de un cruce entre tiburón y pulpo gallego.

Pero antes, vamos con los tres principales géneros de obras según su nivel de realidad.

El realismo externo o general: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía

El realismo general o externo es el grado de adecuación de los elementos de una historia a la realidad humana general, siendo dividido tradicionalmente en tres géneros según su mayor o menos nivel: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía.

realista fantástico fantasía

Si bien pienso que el concepto de obra realista —protagonistas humanos sin capacidades fuera de la física en escenarios con características comunes a lo pensado de su época— no merece mayor explicación para cualquier graduado en enseñanza obligatoria, me gustaría empezar con una idea que veo imprescindible a la hora de hablar del título de este apartado y que —de forma incomprensible en países en los que se dan años y años de clases de literatura en los institutos y colegios— es poco menos que desconocida para la gente ajena al trabajo artístico: la diferencia entre obra fantástica y de fantasía.

Cuando hablamos (por citar una disciplina) de relato fantástico, lo hacemos de un cuento ubicado en un mundo de características similares o iguales al real, en el que —en determinado momento de su desarrollo— aparece algo puntual considerado imposible en este universo. La diferencia con relato de fantasía es marcada si decimos que este último tipo de obras se desarrollan en mundos con unas algunas características netamente diferentes al nuestro, como la muy diferente geografía, la existencia bien conocida de seres fantásticos y mitológicos —como elfos, dragones o sirenas— o la extendida capacidad para practicar magia, chupar sangre o volar sin alas, por ejemplo.

Si bien hay casos en el que la frontera se diluye (Big Fish, para mí fantástico; para mucha otra gente, de fantasía), la diferencia entre obras como Origen y El señor de los anillos suele ser de fácil comprensión. La facilidad de integración en las historias (para el espectador medio, no hablo de fans) suele ser mayor en lo fantástico que en la fantasía por el hecho de compartir universo, mientras que el efecto que lo incomprensible crea, suele tener —por puro instinto— más probabilidad de sacudirlo que lo realista, eso sí, de conseguir un buen grado de realismo interno.

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Grado de realismo interno

Clave en cualquier tipo de obra, el realismo interno es la principal base de la suspensión de incredulidad, una especie de pacto entre el espectador o lector con la obra en el que se determina hasta qué punto el primero se va a creer los hechos del segundo.

No hay que confundirlo con el realismo general que pueda tener una historia: un seguidor de la fantasía difícilmente pondrá pegas a que el humano protagonista de la historia pueda volar (Krillin en Dragon Ball Z), mientras que si alguien paga una entrada de cine para ver una obra histórica como Los Miserables y de pronto uno de los protagonistas empieza a lanzar rayos con la punta de los dedos, lo más probable es que la decepción y el enfado acuda a la sala.

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El realismo interno se basa en la coherencia, en el no traicionar los principios físicos y ambientales de una obra, y he aquí un par de ejemplos de la independencia entre ambos realismos:

  • Obviamente, el Gladiator de Ridley Scott (frente a la posibilidad de ser fantástico o de fantasía) es de género realista pese a no basarse en un hecho real, tal y como lo pueden ser Skyfall o A todo gas. Dentro de la cinta hemos visto alguna que otra aberración a la Historia, como por ejemplo la presencia de panfletos repartidos por las calles anunciando los Juegos en el Coliseo mil años antes de la imprenta, pero eso (para la mayor parte del público) no rompe el realismo interno de una historia en la que se permiten este tipo de licencias para dejar fluir la de Máximo Décimo Meridio. El Imperio Romano no es aquí más que un escenario.
  • En el otro lado, tenemos el final de la serie de televisión Los Serrano, la cual presentó un universo realista y costumbrista de la clase media española de principios del XXI, para acabar su octava y última temporada diciendo que todo había sido un sueño del cuarentón protagonista, embutiendo a los actores (cinco años después) en las ropas de la primera temporada. Si bien lo de que todo haya sido un sueño puede ser más de género realista que el que haya flyers en la antigua Roma, el realismo interno de la historia se fue al garete y —como se puede ver— hasta los no fans nos acordamos de la traición al espectador siete años más tarde.
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Caso aparte son los gazapos, de los que Gladiator está llena

El nuevo terror o lo que pasa cuando el espectador acepta la rotura de realismo interno

A priori, y como acabamos de ver en el caso de Los Serrano, el mantenimiento del realismo interno es imprescindible para no romper la suspensión de incredulidad, el que una persona se meta en una obra literaria, cinematográfica o de otras disciplinas artísticas (un emoticón en medio de un Van Gogh durante una exposición sobre el impresionismo indignaría a más de uno).

Sin embargo, existe en la actualidad una nueva tendencia por el gusto de ver resquebrajado ese realismo interno y destrozada la integración del espectador con la obra, sobre todo, en uno de los géneros en los que antes era clave: el terror.

Y es que la rotura de realismo interno y unión con la obra supone dos efectos bien diferentes según la persona. A aquella que lo que busca es la citada integración con ella —el meterse en lo que está viendo hasta el punto de sentirse dentro—, le produce una fuerte indignación, frustración o decepción. A aquella que en ningún momento busca entrar, sino ver desde fuera y a salvo de sus emociones lo que pasa, la falta de realismo interno le supone una fuerte e incontenible carcajada.

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Sharknado, obra maestra del cine de terror ridículo

Una de las tendencias cinematográficas más crecientes de la actualidad es el ver el género de terror para pasar un buen rato. Al no intentar sentir como real la cinta y estar perfectamente a salvo, las cada día más curiosas muertes y sanguinolentas explosiones se unen a los atractivos protagonistas para hacer de la obra de serie B un fulgurante entretenimiento palomitero. Si además le sumamos el estar cómodamente sentado en casa con colegas con los que comentar en alto la película y doblar las voces de los actores con un guion muy diferente, la explosión de una cabeza es capaz de divertir a niveles de The Big Bang Theory.

Destino final: la carcajada

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Sharktopus. Esto… sin comentarios

He ahí la aparición de una divergencia en el género de terror de los últimos años. Si bien el terror de calidad ha pasado a verse representado por la búsqueda del miedo clásico y psicológico por encima de lo visto en los últimos años, esta triunfal tendencia al gore de las primeras entregas de sagas como Scream o Destino Final ha ido deformándose en una merma de la calidad de los guiones, de los actores elegidos y del propio realismo interno, dando lugar a muertes que hacen que cualquiera que realmente intente meterse en la película acabe con la sensación de frustración y cabreo antes tratada. Los que hacen dinero con estas cintas tienen muy claro que, a menor calidad y mayor ruptura de realismo interno, más carcajada para el público, más comentario, más hype (como ahora se da en denominar al que se hable de ello) y más, si no taquilla, sí proporción ingresos/gastos.

Con el caché de un ganador de Oscar, puedes pagarte a diez cameos a los que este nuevo público va a adorar ver decapitados, así como un par de protagonistas desconocidos con atributos sexuales bien proporcionados —y desproporcionados—. Y he ahí que, de elegir al azar una cualquiera de las listas que nos salen al buscar en Google “mejores películas de terror de los últimos años”, difícilmente lleguen a sonarnos más que unas cuantas de las cintas escogidas.

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Pirañaconda ha quedado fuera de la selección. ¿Por qué será?

El grupo y el realismo interno

Me gustaría acabar con una reflexión sobre cómo el grupo y el entorno afecta a la suspensión de incredulidad de una historia, ya que es evidente que la proporción de lectores que escogen un libro de terror para echarse unas risas es muchísimo menor que la de espectadores acompañados ante una película.

Esto se debe al hecho de que el adentrarse en la obra es mucho más factible si los sentidos del usuario están centrados en ella. En el caso de las obras de terror es especialmente reconocible la diferencia. Si pensamos en viejos tópicos sobre cómo hay que ver una película de terror, dos se nos han de presentar al momento: la falta de luz en la sala y el no verla en completa soledad para no “irse por la patilla”.

Este mayor efecto se debe a que al privar de distracciones sensoriales (como el que alguien esté al lado hablando o la luz genere sensación de seguridad por el lugar conocido) la suspensión de incredulidad funciona mucho mejor, generando esa inseguridad en el espectador.

En el caso de medios como la lectura, la fuerte sensación de inmersión que produce tener que generar las imágenes en lugar de dárnoslas ya masticadas y el no poder compartirlo al completo salvo en caso de lectura a viva voz, hace que difícilmente podamos usar al compañero para generarnos la tranquilidad que nos permite echarnos las risas, lo cual se traduce en lo antes nombrado: que —salvo en el caso de relatos paródicos o de calidad y realismo interno pésimo— difícilmente vamos a encontrar usuarios de novelas de terror que se carcajeen ante ellas, mientras que no resultará complicado que charlatanes grupos o gente con el móvil lo hagan con obras como El resplandor o Pesadilla en Elm Street.

It da más miedo leída que en medio de un artículo como este

Así pues, a la hora de ver una película de terror de una forma eficaz, determina antes el tipo de visionado que buscas. Si lo que quieres es pasar un rato de miedo, escoge una de verdadero terror y no una cutrada, apaga las luces, silencia el móvil y (si la ves acompañado) pide no hablar durante ella. Si por el contrario quieres un rato de reírte de la cinta, ve la película acompañado o con el móvil, comentando y con una buena iluminación: como la peli sea malilla, te reirás a carcajadas.

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21 días en un concurso de relato público (3): el fallo polisémico y el fantasma de las navidades pasadas

Anteriormente en 21 días

Osgonso entra en competición en el IV concurso de relato corto de Sttorybox, certamen de voto público con 3 fases eliminatorias y una final ante jurado de expertos, ubicado en la plataforma literaria con tintes de red social. Tras superar una primera ronda infectada de spamers, falsos Me Gusta y supuestos perros muertos, la administración de la página hace aparición en forma de unicornio en aras de limitar el terrible spam y voto de amigo a los que la competición está siendo sometida, reduciendo este en un cierto grado —quien sabe si demasiado tarde— y originando un monólogo antispam como fin del anterior post.

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Las otras rondas

Como era de esperar por la duración del concurso, la privación de spam, la eliminación de competidores y los amplios colchones de MG ganados en la primera fase, la segunda y tercera ronda del concurso se decantaron de forma mucho más calmada. Si bien algún que otro buen relato se quedaba atrás, en su práctica totalidad era por falta de interacción de su escritor con la red social, generando pues escaso revuelo ciertas marchas que, por calidad, pudiesen ser algo más sonadas.

El caso es que los primeros puestos se habían asentado bien y —aunque los “profundos” y los antiguos propietarios de perros muertos en comentarios caían plazas— poca opción habría de quedar fuera para los top 100, habiéndose situado el final punto de corte de la tercera fase en una lejana línea cerca de los 300 más votados.

La selección de relatos finalistas, pues, quedó determinada sin efemérides, momento en el cual algunos aprovecharon para poner más o menos cajas según convenía, generando (al tener más) mayor posibilidad para subir el número de MG, ya inocuos, teniendo en cuenta que la posición no iba a ser relevante para alcanzar a los expertos.

Así pues se cerró al fin el plazo y llegó la espera hasta el 30 de noviembre, donde se fijó la fecha del fallo final del jurado.

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El fallo del IV concurso de relatos de Sttorybox

Había nervios. No ya por la posibilidad de resultar finalista, sino porque ya llevábamos tiempo dentro y también quería ponerle la tercera y final parte a esta serie de posts sobre los concursos de voto público.

La incertidumbre era grande, y cuando por fin se desveló la hora de la publicación de la decisión, pasada la una del mediodía, algunos de los más activos durante el certamen nos mostramos inquietos y con muchas ganas, ya no solo por nuestro relato (95%), sino también por ver si algún colega estaba con nosotros en la selección.

El golpe fue demoledor.

Y progresivo.

Mi no inclusión entre los 25 mejores no despertó en demasía mi atención: llevo años participando en concursos, quedando finalista con relatos de calidad media y viéndome fuera con los de quilates, así que felicité con deportividad y corazón a los finalistas que conocía (aprovecho aquí para hacerlo también con Emilio y Rurba, dignos seleccionados que se me han pasado). Que el ganador no me sonase de nada, pues tampoco me impactó: habría leído unos 100 de los 300 aspirantes.

Con lo que me quedé alucinado fue con el hecho de que de unos cinco relatos que consideraba seguros en la final por su superior calidad (más allá de la segura presencia del líder del ránking) solo dos, tres quizás, estaban en la lista de 25.

El para mí mejor relato a concurso (no es el mío, ni daré nombres, por respeto al resto) estaba fuera de la final, así como algunos de creatividad y capacidad de escrita y argumental muy notable. Ni la presencia entre los 25 de mi relato más querido (que no mejor escrito), podía hacerme sentir satisfecho con el resultado. Así que me dije que tocaba leer a los vencedores para poder formarme una opinión amplia.

Fue entonces, justo antes de hacerlo, cuando me enteré del cambio en el proceso: si bien las bases daban a entender que los trescientos irían a parar a manos del jurado de escritores, ¡resulta que solo esos veinticinco seleccionados lo hicieron! Se hizo una preselección que acabó dejando solo dos docenas de cuentos en manos de gente como Sara Búho o Abel Amutxategi, que —con cinco votos cada uno en la pública votación— dejaron sin ninguno a algunos relatos de calidad sorprendentemente baja para la competencia general que había.

E, insisto: no hablo de mi más o menos bueno relato. Hablo de cuentos premiados con primeros párrafos titulares de fallos gramaticales. Hablo de finalistas con problemas en la acentuación de la palabra “qué”. De ganadores que no saben escribir “siquiera”.

No me preocupa el fallar en el concurso, porque creo que los que participamos activamente nos divertimos, conocimos gente y vimos nuestros egos inflados y nuestras sonrisas agrandadas. Lo que me inquieta es que, en un certamen al que me presenté para criticar el voto público y condicionado, haya tenido que aparecer una vez más el fantasma del gran problema de los concursos literarios a los que me enfrento constantemente.

El fantasma de las subjetividades pasadas

Hagamos un ejercicio práctico y comparemos estos dos fragmentos de relatos a concurso:

Texto 1: En un rincón de la descarnada pared de la sala, Hanna descubrió la frase garabateada en inglés por el dolor de algún soldado aliado. Decenas de personas esperaban turno para identificar los escasos efectos personales que las tropas americanas habían encontrado peinando las ruinas del campo de concentración. Las ventanas abiertas apenas dulcificaban la atmósfera de emoción contenida mezclada con el indefinible y lejano hedor de la guerra.”

Texto 2: “No tenía la menor idea, en aquel tiempo, de a qué se dedicaba a producir la Factoría, no le estaba permitido saberlo. Eso le entusiasmaba y divertía. Al pasar la prueba meses después, lo descubrió y todo se torció.”

Me aburre la literatura histórica. Brrr… No, no me va. Sin embargo, el primer fragmento es elegante. Puede caer en algún lugar común, como “escasos efectos personales” o incluso el nombre de la chica —teniendo en cuenta la temática nazi—, pero es fino, unas líneas que bien podríamos encontrar en cualquier novela sobre la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto al segundo texto, vemos también lugares comunes, como el “todo se torció”, así como un claro error gramatical (sería o “no tenía ni idea de a qué se dedicaba la Factoría” o “no tenía ni idea de qué se dedicaba a producir la Factoría”).

Pues bien, el primer texto, Crucigrama de Lázaro Clemente, no está entre los 25 mejores, mientras que el segundo, La Factoría. de BukowskiRulesAndShutUp, es el ganador del IV concurso de relatos de Sttorybox.

No deis en ver aquí un ataque a nuestro flagrante relato campeón —tras el fallo, en el puesto 228 del ránking de MG públicos (que ahora, y de pronto, suben y suben)—. A mí quienes me preocupan son los relatos de compañeros que se quedan fuera de la final con una calidad literaria sobradamente superior a la de alguno de los veintipico finalistas.

Pero claro, nos dirán lo de siempre. “¿Qué es un buen o mal relato? Es subjetivo.” Y qué razón tienen. No hay una lista oficial de cosas que conviertan a un relato en una buena obra.

Un garrafallo de combinación de tiempos verbales en el primer párrafo de un cuento para mí puede ser determinante, mientras que para otros la inclusión de crítica a la política y al mundo empresarial en tiempo de crisis puede ser motivo más que suficiente para superar a relatos de creatividad, corrección y belleza estética muy superior.

Pero nadie puede decir quién tiene razón, pues es subjetiva.

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Votación a relato ganador entre los 25 finalistas preseleccionados

El “Mucho ánimo”

Esto no va para aquellos que escriben sin acentos, que no saben poner comas y que —como los protagonistas de la secuela parodia que hice de mi relato a concurso—seguramente estén pensando en lo malvados que son los jueces en lugar de mirar dentro. Esto va para aquellos que —ya no solo en Sttorybox, sino en cualquiera— veis vuestros relatos caer concurso tras concurso literario a manos de obras que consideráis de argumento pobre, de ilegibilidad notable o incluso con falta de corrección ortográfica y gramatical.

Mucho ánimo.

Y a trabajar.

Porque nosotros no podemos hacer que los jurados piensen como nosotros, vean lo que nosotros y sientan lo que nosotros. No podemos estar atentos a cómo leen el relato mientras desayunan para decirles “¡Ey! No cojas el teléfono y préstame atención, que me ha llevado horas de trabajo”. No podemos.

Lo único que podemos hacer es mejorar.

Revisar. Leer. Editar. Leer más. Escribir.

Y ser mejores y mejores hasta que la suerte y el esfuerzo hagan que un día el excelentísimo miembro del jurado deje enfriar su café porque lo que lee es una pasada incontestable.

¿Qué hacer cuando ves tu relato fuera? Seguir participando.

Los buenos relatos no ganan concursos literarios. Los ganan los buenos relatos que no dejan de intentarlo.

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Algunos de mis intentos fallidos en los últimos años

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Comparte tu experiencia en concursos, danos a los que andamos por aquí tu opinión. ¿Has participado en el de Sttorybox? ¿Qué te ha parecido? ¿Has ganado alguno tiempo atrás? ¿Has sido jurado y quieres vengarte por este post? Sea cual sea tu realidad, comenta, sigue al blog, al Twitter, critica, comparte y lleva nuestra experiencia hasta donde haga que valga la pena.

Tocino y velocidad: separando arte de artista (1)

Me considero escritor. Llevo escribiendo relato corto durante años, a estas alturas son más de cien; tengo hasta tres novelas cortas deformes y sin revisar de cuando me creía que escribía bien y se podía hacer ficción larga sin dedicación seria; me han dado la enhorabuena demasiadas veces para lo que mis éxitos en concursos literarios consideran, supongo que apunto demasiado alto para mi edad.

Pero, pese a sentirme orgulloso de mí y mi personalidad, así como de aquello en lo que me he convertido —lo anterior más todo aquello que me rodea, amo u odio, he amado u odiado—, si algo tengo claro es que mis relatos publicados (mis amados escritos por los que tanto cariño siento) son totalmente independientes de mí: almas libres a las que di vida y se han independizado para crear su propio mundo ajeno, paralelo y coexistente al mío, pero autónomo.

Sin embargo, son muchos quienes creen que mis realidades son solo atributos de mi persona y que, por lo tanto, si yo mato a alguien, me convierto en Premio Nobel de la Paz o muero en un combate por las libertades de mi sociedad el relato cambia.

He aquí una defensa no solo a la separación entre artista y arte, entre la persona y el mundo, entre madre e hijo. He aquí una defensa a la libertad de las inmortales obras artísticas por encima de los autores humanos, terrenales, corrompibles y mortales.

Supuesta moralidad con alma de hipocresía

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El Woody Allen maltratador, el pintor Hitler o el Michael Jackson pederasta son auténticos iconos de este tema, muy apreciado en los círculos de debate por su universalidad. A mí, sin embargo, me encanta poner como ejemplo El Pianista, por el hecho de sus más que evidentes características de denuncia a una situación a evitar.

Para quien no la conozca, se basa en las memorias del músico polaco de origen judío Władysław Szpilman en la época de la invasión nazi, reflejando mucho más que lo típico de las cintas sobre sufrimiento semita y dándonos imágenes y escenas tan inolvidables como la de su popularísima portada: la de la destrucción de barrios enteros, escenarios de mil vidas, por la guerra.

Estamos ante una obra inolvidable para el cine, así como una muestra fantástica del horror y la vergüenza de lo bélico. Una pancarta enorme contra la violencia injusta de algo que debiéramos haber sabido erradicar hace mucho.

Sin embargo, siempre aparecerá quien diga que defender esta obra es un pecado, teniendo en cuenta que su director es un Roman Polański condenado por violar a una niña de 13 años.

¿Por qué antes de conocer este dato, para estas personas, la película era una maravilla y de pronto es una basura a quemar y extinguir? ¿Ha variado su contenido final, su capacidad de denuncia y sobrecogimiento o los pelos de punta motivados por sus imágenes?

No pienso ni volver retórica la pregunta: la respuesta es no, no, y atacar a una pieza capaz de afligir así a las personas y condenar la guerra de un modo que pueda fomentar el que no se repita es poco menos que un acto de traición a principios. Serían capaces de atacar lo que defienden por el mero hecho de no dar valor al trabajo de alguien “malo”.

Arremeter contra Polański, más allá de que el hecho haya sido en los 70 o de que la Justicia le haya hecho pagar por ello, es entendible; atacar a una obra que defiende algo que tú defiendes porque quien la hizo sea un monstruo no es moralidad.

Es hipocresía.

¿Dónde está el fallo?

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En el creer que hay una identificación plena entre la obra y el autor, en que son lo mismo. Lo cual, valga el paralelismo, es como creer que los actos de los padres son equivalentes a los de los hijos.

Sí, es cierto que en las proles suelen abundar características de sus padres, pero creo que a nadie escapa que a veces los actos de los hijos poco tienen que ver con los de los progenitores. Tal y como en la vida abundan los ejemplos de excelentes personas criadas por abusadores, maltratadores o monstruos y viceversa, lo mismo ocurre con los libros, que no son más que eso: universos nacidos de un alguien que los cría y que, una vez solos, son independientes de él.

Hay que darse cuenta de que, en muchos casos, el autor y el relato poco tienen que ver, por mucho que las editoriales y revistas de prensa se empeñen en establecer uniones para volver más interesante la figura del escritor, en aras de dar una mayor atención a entrevistas y similares. Yo mismo he escrito sobre allanamientos de morada, mafia, reencarnación, poliamor y demás y sin haber nunca practicado, ni intervenido, tenido fe, ni nada por el estilo en ninguna de estas facetas. No se tiene por qué ver a una perturbada detrás de obras con contenido sádico, ni a un romántico empedernido tras libros de este género.

Al identificarlos plenamente estamos generalizando las acciones del autor, en lugar de atacarlo solo en el caso de la coincidencia de las malas acciones y las obras.

Tal y como —en el caso de un niño que ha hecho los deberes, ayudado en casa y pegado a otro— las buenas acciones quedan sofocadas por la mala y es castigado, la buena acción que es un buen libro puede ser ahogada por una mala que nada tiene que ver con ella, en el clásico estandarte humano de condenar lo malo por encima de alabar lo bueno, aunque suponga hacer pagar a justos por pecadores. Y así —como cuando madres hacen que sus hijos, amigos, se dejen de llevar por haberse discutido entre ellas— hay obras son odiadas por actos de sus padres y condenadas sin culpa.

¿Digo con esto que ninguna obra es tan culpable como su creador? ¿Acaso estamos atacándolas cuando siempre son inocentes?

No: a veces, hay obras culpables. E hijos y padres culpables.

De tal palo tal astilla: el caso Graham Ovenden

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Pensaba poner foto de su “obra”, pero no lo veo bien

Tal y como existen padres e hijos mafiosos, madres e hijos maltratadores, familias de asesinos, existen las obras denunciables y dignas de pena de muerte. Como en el caso de buena parte de las de este pintor sueco, ejemplo óptimo para determinar cuándo hay que condenar una por los actos del autor.

La obra de Graham Ovenden, pintor británico, tiene como principal motivo artístico las niñas, en las que busca, según él, explorar “la gracia divina”. Recientemente, y tras numerosas obras de desnudos infantiles, el dibujante ha sido condenado por aprovecharse de la situaciones de posado para actos pedófilos. Inmediatamente, gran parte de las obras —aunque en buena parte con motivos abstractos— han sido retiradas de la mayor parte de exposiciones y webs de los museos titulares de ellas, generando cierta controversia, al ser considerada una mutilación al arte por parte de algunos especialistas a los que yo, personalmente, les metería una bofetada.

Y es que aquí, sin ningún tipo de duda, hallamos el verdadero motivo por el que se ataca a obras buenas por pertenecer a malas personas: la coincidencia entre delito y obra.

Este hombre usó sus pinturas para cometer un delito de las que sus cuadros son huella. En el momento en que una obra surge de un universal delito contra la ética y los derechos humanos deja de tener derecho a aspirar a ser arte para ser carne de hoguera y cárcel.

He ahí donde no debemos tener duda en juzgar a la obra por lo que es el artista. Que un condenado por violación haga una película antibelicista y la ataquemos es ridículo; que ese alguien usase una película para practicar una violación es lo condenable, rechazable y el blanco de escupitajo metafórico a la cara.

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En unos días, la segunda parte, en la que entre otras cosas hablaremos de si leyendo el libro de una mala persona la estamos apoyando, pero de momento… ¿tú qué opinas? ¿Debemos dejar de leer buenos libros por haber sido escritos por grandes cabrones? ¿Las pelis dejan de ser buenas una vez su actor protagonista mata a alguien? Opina, comenta, twittea, facebookea, participa.