Diario del no WhatsApp

Prólogo

El joven salió del vehículo para atravesar la plaza en dirección a un portal. Antes, se cargó con un abrigo, una carpeta, una botella de agua, una bolsa del H&M del tamaño de un saco de Papá Noel y las llaves del coche, que cerró no sin dificultad.

A medio trayecto, detuvo sus pasos, apretó sus libres codos contra los costados y observó sus agobiadas manos por unos segundos, como pidiéndoles explicaciones. Entendiéndolas incapacitadas, volvió atrás hasta alcanzar una de las ventanillas delanteras del vehículo. Cabeceó: parece ser que sí llevaba las llaves de casa en alguno sus inaccesibles bolsillos.

El perchero andante reemprendió pues su renqueante caminar hacia el otro lado de la adoquinada plazuela, mirando hacia las que debían de ser sus cortinas con evidente esperanza de tener a alguien en casa.

Fue entonces cuando ocurrió.

A cámara lenta, algo pequeño escapó de su voluminosa carga para al momento bañar la estampa en el breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó el empedrado.

Cándido, el chico miró en derredor, buscando respuesta a su duda sobre la naturaleza del objeto caído.

Mientras contemplaba su negra figura tendida cuan larga era —tostada de ley de Murphy, allí, en perfecto decúbito ventral sobre uno de los adoquines— supo que no necesitaba darle la vuelta para confirmar lo ocurrido. Había hecho un post sobre ello tiempo atrás.

Tratando de mantener la dignidad ante los espantados ojos de una pareja en un coche a un lado, recogió su móvil del suelo y —tras un leve vistazo— atravesó el portal, mal cerrado, como si nada hubiese cambiado. Una vez al amparo de su domicilio, acarició con cariño su pantalla.

El leve corte en la yema de su dedo no le dolió más que ver las tres enrevesadas telarañas en el cristal.

Lunes, 16 de enero, 23,43

Acabo de traspasar todos los archivos de almacenamiento interno posibles a uno de mis pen. No estoy seguro de que vaya a ser suficiente.

Las palabras de la dependiente han sido trasparentes como el hielo de su significado. “Lo borrarán todo”.

Temo por los pequeños retazos que puedan desaparecer. Tras su regreso de Madrid el viernes, ¿sabrá mi teclado predictivo que después del primer “ja” que le escriba seguramente vendrán dos más si me hace gracia y unos cuantos en mayúscula si me hace mucha? Dicen que irse a la capital cambia a la gente; a los móviles, directamente, les lavan el cerebro.

“Oh, mi pequeño.”, pienso mientras redacto estas tibias líneas de despedida notando como la eñe se me clava, “¿Traerá tu regreso un nuevo amanecer a nuestra amistad?”

Por el momento, la noche es oscura. Como el saber que mañana ya no estaré contigo, sino con otro.

Otro con el que hace mucho que no me acuesto.

Martes, 17 de enero, 22,33

No va.

No logro entenderlo. Lo he puesto a cargar y ahí se ha quedado, con su nombre en ristre sobre un fondo negro.

Lo he reiniciado, pero por mucho que lo haga permanece en la misma posición. No logro comprenderlo: cuando lo jubilé solo tenía cierto problema con la batería, pero se encontraba en perfectas condiciones. Ahora lo que no se encuentra es la “aplicación System”, y yo estoy preocupado.

Siendo alguien con un fuerte odio a la pérdida de tiempo sin felicidad justificada, alcanzo La sombra del viento, en la mesa. Me apetecía releerlo antes de ponerme con el nuevo, pero —como de costumbre— cada día leo más y, por tanto, menos. Ahora, incapaz de conectarme a un WhatsApp estresado de mensajes deseosos de enviar el doblecheck, me veo abocado a la literatura que tanto me dio un día.

Me siento traidor mientras lo abro.

Miércoles, 18 de enero. 23,55

Es un libro precioso. Apenas lo recordaba. No puedo evitar irme a cama con una sonrisa en el rostro.

Mi móvil viejo brilla negro más allá, cargando no sin dificultad. Al parecer, desde que no lo uso se ha vuelto un exquisito con lo que le enchufan. Mi madre, que tiene el mismo, me ha dicho que este cargador tiene la punta muy pequeña y el nuestro necesita una más gorda, pero como lo importante es saber usarla, ahora chupa sin problemas. Con el cable enrollado a su alrededor dentro de una de mis zapatillas de casa, eso sí.

No sin paciencia, he conseguido actualizarle el Instagram y subir un Stories alertando de que estoy incomunicado. Mi frugal imaginación me atiza con un WhatsApp lleno de aterradores mensajes.

De póstumas despedidas tras expandirse el rumor de que he sufrido un fatídico accidente bailando salsa. De declaraciones de amor de chicas que me gustan convertidas en “como no contestas me he ido con el gilipollas de mi ex”. De cadenas con el negro del WhatsApp escondido en algún lugar de la imagen.

Intentaré dormir, aunque no creo que lo consiga. No puedo evitar sentir una alargada presencia a mi espalda.

Jueves, 19 de enero. 23,15

La victoria del Barça en Anoeta tras una década de descalabros me ha distraído lo suficiente como para no pensar en ello, pero en fin: este diario no está dedicado al sexo, sino a la ausencia de WhatsApp.

Creo que estoy medio desintoxicado. Mañana a mediodía he de ir a por mi móvil. Yuli, la dependienta, me ha dicho que para esa hora estaría al cien por cien. Menos mal: pasar el finde sin WhatsApp podría suponerme descanso, y eso sí que no.

Ahora, me apetece leer.

Viernes, 20 de enero. 00,50

Acudí a Yuli pasado mediodía. “Vienes a por el móvil”, su afirmación bañada de interrogaciones no pronunciadas. Cuando mi sonrisa de asentimiento topó con el gesto negativo de su cabeza, mi mundo se fue a ese lugar en el que ahora habita MySpace.

—No…

—Han dado aviso de que lo traerán antes de las 3.

—Pero yo a las 3 me voy, tú cierras de una y media a cuatro y son las… la… oh, mierda.

—Así es…

Observé mi antaño hermoso Alcatel con tristeza, creyendo ver el hueco vacío del WhatsApp en su negra pantalla. Aunque, bueno, puede que aquí haya añadido un cierto dramatismo no real en esta afirmación para darle más emoción a lo en verdad ocurrido:

—No te preocupes. En cuanto llegue, quedamos y te lo doy. Vivo aquí al lado.

 

Ahora, la pantalla de mi móvil resplandece tras el cuco plastiquito para que no se raye en la caja. No tengo intención de quitárselo en un par de días.

La telaraña ha desaparecido de su perlado rostro y las fotos vuelven a ser fotos y no imágenes de la cabecera de Black Mirror. Sorprendentemente, el corrector sabe lo que quiero decir cuando escribo “ja”. Sonrío pensando en cómo Yuli escribió en el pedido que por favor no lo borrasen. No quedan vendedores así.

En definitiva, me siento como si aquella fatídica tarde, aquella en la que la pantalla se rompió al abalanzarme sobre el niño para que no lo atropellase aquel gigantesco camión, solo hubiese sido un mal sueño.

Una pesadilla a la que agradezco el haberme vuelto a encontrar con mi viejo móvil, que tanto me dio en su momento. El hacerme ver que nunca hay que volver atrás si tienes el portal abierto. Pero, sobre todo, el que me haya hecho recordar (por primera vez este año) lo mucho que disfruto leyendo libros.

Ahora sé que no volveré a dejar de hacerlo por el WhatsApp. No, ya no.

Nunca lo volveré a hacer.

Epílogo

Tres días después, el joven, entre sábanas, despidió a su colega con un emoticón de beso con corazoncito. Otras tres conversaciones le esperaban.

Aconsejó en una que descansase esa semana, que ya había hecho bastante, y que a veces hay cosas que no dependen de nosotros mismos por mucho esfuerzo y sentimiento(s) que pongamos en ellas. En otra, rió y sonrió mucho más que lo que la pantalla fue capaz de demostrar a letras. La tercera, de un grupo, pasó de abrirla: era una imagen sin venir a cuento, en la que se palpaba una negra presencia de cola muy larga.

Cuarenta y cinco minutos después, pulsó el avioncito, dejó el móvil junto al libro —intacto desde el anterior jueves— y se acurrucó entre las sábanas.

 

Eran en torno a las tres de la mañana cuando un fuerte sonido bañó la estampa en un breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó su almohada.

Contemplando la negra figura tendida cuan larga era sobre la alfombra, y pese a haber escrito un post sobre ello, no se encuentra capaz de explicarse lo sucedido.

De su ejemplar de La sombra del viento nadie volvió a saber nada.

In albis

Una vez terminado el VI Concurso de Relatos de Sttorybox (hace un siglo, dicho sea: queda una semana para el fallo del VII), posteo aquí también mi relato participante en él, dado que ya queda como publicado en la red y pierde su característica de inédito a la hora de poder usarlo en otros concursos.

Se trata de In albis, controvertida y exagerada crítica al egoísmo, la política de lo que queremos escuchar y la sociedad del odio a todo.

en blanco

Miró a aquel extraño hombre a los ojos y, sin muchas dudas, firmó el papel.
Se trataba de un A4 estándar, ligeramente más gordo de lo normal. Un día muy distinto, en una realidad suya muy distinta, le habían dicho cómo se conocía a este tipo de folios. Que, aunque algo más caros, en los currículums daban «otra presencia». De aquellas y en este Ahora falso, pues ya es pasado, pensó que lo que de verdad importaba era el contenido. En el aula, porque creía que nadie contrataría a otro por el grosor del documento, sino por lo en él escrito. Frente al extraño hombre al que volvía a clavar la mirada, porque en la hoja que acababa de rubricar sobre la palabra Firma y la fecha no había más que un enorme espacio en blanco.

Corre hoy en día el rumor de que no quedan políticos limpios. Nuestro protagonista sabía que esto no es más que una exageración. Sin embargo y por desgracia para la realidad, su figura es de las que contribuye a la expansión de esta idea.
Ante sus espejos cada día más grandes, no se consideraba un político. Simplemente, era un oportunista con ambición y lengua. Tiempo atrás, no habría meditado ni por un momento lo de entrar en campos de este estilo. No obstante, consideraba absurdo no aprovechar la inestabilidad en torno a la gran crisis europea de principios del XXI. Más aún en su situación de estable desempleo.
A base de labia, redes sociales, contactos y —cómo no— esfuerzo, dos años después era el líder de un partido de nueva formación y de crecimiento imparable. Dado que era de mentalidad abierta y viendo la fuerte competencia de progresistas, había aprovechado lo peor de la gente para crear un partido entre lo LePeniano y lo Trumpero. Más allá de derechas o izquierdas, de «ultradesprecio».
Su gran concepto de la debilidad humana —del miedo, del echar la culpa a lo diferente, del decir ser todos únicos pero pensar lo mismo— lo había llevado a generar tras él un público de intolerantes bajo el mantra de «hay que dejar de fingir y decir lo que de verdad piensas». Había culpado a la inmigración de gran parte de los males de desempleo; había aprovechado los excesos del ultrafeminismo antihombres para justificar ataques al feminismo más puro e igualitario; había devuelto a cierta gente el terror a presenciar tendencias sexuales fuera de lo hetero, y todo ello lo había aderezado con numerosas promesas de medidas sociales para las «personas de bien».
Las inacabables críticas en sus apariciones sociales eran solventadas con una perfecta mezcla entre victimismo y chulería, así como en diferentes medios encaraban a las posturas contra su grupo con un fuerte movimiento de defensores del ser natural y no defender las cosas solo porque sea lo políticamente correcto o lo que está bien.
«Lo que está bien es algo que se nos ha enseñado —había pronunciado en uno de sus discursos más valorados—, pero ¿por qué ellos tienen que tener razón? La única razón que yo entiendo es la que mi corazón me pide que entienda. Y a latir no me ha enseñado nadie. Porque NADIE tiene derecho a decirme cómo me debo sentir o qué tiene que ser para mí lo malo o lo bueno.»
Había visto las suficientes charlas de motivación para saber qué decir en cada momento. Era un orador populista y antipopulista a la vez. Una máquina comunicacional con capacidad para levantar un partido racista, homófobo y medieval con la simple idea de decir a su público objetivo lo que su naturaleza más animal quería escuchar, y así poder justificar sus actos.
Todos ellos para alcanzar un propósito. Un único propósito.
Por el que acababa de firmar un contrato en blanco.

Mientras él empuñaba el maletín del suelo a su izquierda, el extraño hombre enfrente lo seguía mirando con odio atroz.
Se trataba de otros de los candidatos a la presidencia, otro de los partidos de nueva formación. Tal y como nuestro protagonista había llevado adelante su campaña a base de incorrección política, el cuarentón de enfrente —vestido de forma informal, con su característico pendiente y su blanca dentadura— la había basado precisamente en lo opuesto. Había centrado su discurso en el progreso, en los fracasos de los partidos antiguos, a base también de una constante aparición en medios de gran público, un eficiente uso de las redes sociales y, cómo no, un odio acérrimo a la formación cuyo trajeado líder tenía delante, en un lugar sin ventanas, con solo una mesa, sendos secretarios a sus espaldas, un notario y poco más, esperando a que el otro le extendiese su respectivo papel, ahora fuera del maletín.
El más joven examinó las condiciones del formulario una vez más antes de pasárselo a su rival de campaña. Según los puntos, el líder del partido homófobo sería nombrado futuro presidente del gobierno de su país. La asignación salarial para este puesto sería triplicada, así como los pagos una vez retirado de su cargo y disponiendo además el llevar adelante un decreto no revocable por el que no tendría por qué pagar ningún tipo de impuesto por el resto de su vida. El partido rival se comprometía a no hacer ningún comentario ofensivo o susceptible de serlo contra su persona durante toda la legislatura. Y, por último, a que ningún otro documento firmado en esa misma fecha pudiese revocar ese contrato.
El líder progresista no pudo evitar torcer el gesto leyendo las condiciones. No podía imaginar estar ante alguien con semejante nivel de egoísmo delante. Ni una sola de las medidas a pactar defendía a sus votantes o a su partido: solo a él mismo. No podía aceptar trato semejante, iba contra cualquier idea de democracia.
Sin embargo, al otro lado de la mesa, a centímetros de la mano del desgraciado más grande que había conocido, había una carta blanca para ellos. Sumando los escaños de su partido con los escasos del contrincante, tendrían mayoría absoluta sobre los demás, y —bien rellenado— su partido podría gobernar el país como a ellos les viniera en gana, salvo por tener que aguantar a un presidente sin ningún tipo de poder real.
Toqueteándose el arillo en su oreja, no podía creer el valor que tenía el chaval enfrente. Estaba dándole a su enemigo la oportunidad de hacerle quedar como un traidor ante millones de personas que habían confiado en su programa. En fin: no era su problema.
Firmó el papel, se lo devolvió al otro y este hizo lo mismo al lado, pasándole después una de las copias debajo, con papel de calco, para que cada uno tuviese un ejemplar. Con él, le entregó también el contrato limpio, pidiéndole con una sonrisa que le mandase también una copia una vez cubierto. El cuarentón, tendiéndole los papeles a su secretario, no pudo evitar gruñir ante su arrogancia.
Ni siquiera se dieron la mano.

Cinco minutos después, el pendiente del futuro líder de gobierno en la sombra brillaba ante una enorme cantidad de flashes. Postergando las consecuencias, insistió en que los detalles del acuerdo se irían conociendo con el paso de los días, con la transparencia que su partido siempre había defendido.
Sin más dilación, se dirigió con los documentos a la urgente asamblea de partido. Allí debatirían durante horas con qué contenido rellenar el espacio en blanco.
Entrando en el edificio entre nuevos flashes, recibió felicitaciones de diferentes miembros de su formación con contento. Tras alcanzar el primer piso, accedió a la sala de reuniones envuelto en aplausos y sonrió.
Lo primero que le pidieron, cómo no, fueron los dos contratos. Azorado, alcanzó en el portapapeles la copia del formulario con las concesiones realizadas y la entregó pidiendo disculpas por ello, insistiendo en que el otro documento iba a ser suficiente pago. Buscó pues, entre el resto de folios blancos de grosor ligeramente superior, aquel con la firma. No encontrándolo de primeras, vació la carpeta sobre la amplia mesa y, desesperado, dio la vuelta a cada uno de los folios en busca de aquel impregnado de tinta y codicia.
Pero no dio con él.
Airado, preguntó por su secretario, por el maldito becario que había consentido que lo sustituyese por enfermedad esta semana, recibiendo el aplauso de la prensa por su actitud integradora con los más jóvenes.
Pero, del chaval al fondo de la imagen de la firma, no había ni rastro.

Mientras el caos se extendía por el edificio del partido progresista, su líder rival esperaba con ansia la llegada de su infiltrado.
Más allá de un comunicador excepcional, el en blanco firmante era un seductor excelso. Sin mayor dificultad, había conseguido que el atractivo huérfano hubiese puesto su cuerpo a disposición de sus fantasías más prohibidas, para luego dejarlo enganchado hasta las trancas. Hasta el punto de convencerlo para su arriesgada jugada maestra.
Habiendo comprado al abogado para fingir una enfermedad, consiguió colar al talentoso joven en aras de sustraer y eliminar el contrato en blanco en cuanto este se firmase. Como resultado, tendría una declaración del líder de su mayor rival en la que se comprometía a llevar a cabo múltiples medidas opuestas a su defendida política sin nada a cambio. Una herramienta de lo más usable.
Ahora, solo le quedaba esperar a que el chaval llegase a su nido de amor para darle su pactada nueva identidad, su dineral, su más que seguro polvo de agradecimiento y la reiteración de la promesa de que tras la legislatura —que pintaba corta— se reuniría con él.
Sin embargo, el chico nunca llegó.

Hoy, las noticias abren con el asesinato del presidente del Gobierno a manos de un miembro de su propio partido.
El motivo parece evidente: la llegada a manos de la prensa de una declaración en favor de los derechos de los homosexuales firmada por el ahora fallecido político, así como un vídeo sexual explícito en el que mantenía relaciones sexuales con un joven estudiante de Secretaría que podría ser menor en el momento de la grabación.
El propio autor de los disparos ha declarado, mientras abandonaba el hemiciclo, que había hecho lo que su corazón le había pedido: acabar con el mayor hipócrita de la Historia reciente; un modelo de esperanza para la sinceridad de sentimientos vuelto en realidad un majadero invertido.
Si bien tanto el país como la opinión internacional se encuentran conmocionados ante el hecho, muchos se preguntan ahora quién dirigirá la cámara de representantes. Mientras que los partidos políticos clásicos insisten en la necesidad de unas nuevas elecciones, tras el escándalo del partido de nueva formación **** por el pacto de su líder para convertir en presidente al difunto **** lo más probable es que el gobierno quede temporalmente en manos de su segundo de a bordo, el reconocido neonazi ****.

Caminos

Recuerdo que hubo un día en que nuestros caminos se separaron. En que los separaste. No lo vi hasta que volvieron a verse, e hizo daño.

Ya no importa. Ya pasó.

Hay gente que no está hecha para estar con gente para la que está hecha. Llámale paradoja si quieres: yo es que el término paradoja siempre lo he relacionado con lo gracioso y esto hace tiempo que duele más que sonríe. Lástima.

A veces, hace falta esperar, y por ello esperas hasta sangrar brazos cruzados, pero —¿sabes?— a veces llega un punto en que las agujas de los relojes de años te atraviesan con demasiada fuerza y ya no esperas, más por ser justo con el otro que ser justo contigo, cosa que al fin consigues casi sin percatarte. Deja de doler aunque duela porque ya no duela.

Pero los caminos, vieja amiga, son caprichosos, y para corazones tan parecidos a los nuestros, atrapados en mundos tan pequeños como este, es imposible que no se crucen de vez en cuando y hagan que volvamos a mirarnos a los ojos.

Yo en los tuyos veo algo que no identifico, entre la tristeza por lo perdido y el odio que te permita perdonarte por haberlo tirado; en los míos, tienes que ver una sonrisa de felicidad y satisfacción, por saber que siempre te he querido, sin condiciones, entre discusiones y nuevos abrazos. Por serme imposible no querer a alguien capaz de sentir tan parecido a mí pese a ser tan, tan diferente.

Y sin embargo, entre sonrisas sinceras que fingen ser falsas, no solemos pararnos, salvo que nos obliguen, porque no: no podemos. Caminantes, para nosotros sí hay camino: con respecto al otro, los nuestros no se hacen al andar. Brillan por delante de nuestros pasos y nos mandan lejos del que antaño adoramos, donde no podamos permitirnos ni un solo gesto que indique que aún queremos a nuestra vieja amistad ni una sola vez más.

Pero bueno, a veces hay fechas que nos los traen de vuelta. Días que van más allá del rencor olvidado y el postureo necesario para poder seguir creyendo en uno mismo. En días como hoy, miro al cielo o al móvil y me pregunto qué tal estarás. Si ahora que nuestros mundos han cambiado bajo nuestros pasos, borrando huellas de daños antiguos bajo las de nuevas realidades muy distintas, serás tan feliz como lo fuimos al lado del otro. Si habrá merecido la pena seguir los caminos en vez de pararnos, atravesar la ladera y juntarnos en un nuevo abrazo.

Sé que lo ha hecho, creo en ello. Como siempre creí en ti, y en que lo único que importaba era que estuvieses bien.

Miro a mi camino y sigo adelante. Sé que algún día volveré a cruzarme el tuyo, en mi incansable carrera hacia mis sueños. Y es que, más lejos o más cerca, tú siempre habrás formado parte de ellos.

El miedo junto a mi hermano (Mención especial I Certamen 1111 caracteres; 2012)

—¿Sabes? Ayer tuve miedo.

—¿Miedo por qué, mi hermano?

—No lo sé, supongo que lo llevo dentro…

—¿Por qué habrías de llevar el miedo dentro?

—No lo sé, no sabría explicarlo…

—¿Por qué no lo intentas?

—No sé si es una buena idea.

—Pues entonces no la tengas.

—¿Desde cuándo nos conocemos?

—Desde que somos hermanos.

—¿Y hace cuánto ya de eso?

—Supongo que muchos años, yo ya apenas lo recuerdo.

—No me extraña que no lo hagas.

—¿Según tú por qué habría de hacerlo?

—Porque ayer yo tuve miedo.

—¿Por qué vas a tener miedo, si yo siempre estoy a tu lado?

—Quizás porque yo jamás he tenido ningún hermano.

Pasajeros de complicadas moralejas

No sé qué quiero que saquéis de la siguiente historia o experiencia, no sé por qué está aquí. Pero si de algo estoy seguro es de que —de querer hallarla— no os va a resultar complicado sacar una moraleja, aunque en nada se parezca a la que tu vecino, amigo o persona sentada a tu lado leyendo esto pueda encontrar si os quedáis sin comentarla, solo con lo que los ecos en vuestras cabezas os cuenten al oído.

El sábado vi a alguien que no esperaba ver. Es solo eso. Supongo que para mí significa algo más.

somos gente pasando

Han pasado ya cinco años.

He repetido tantas veces el comienzo de este guion que ya siento que a algunos molesto; por fortuna, el final siempre cambia. Y eso mola.

El caso es que, insisto, han pasado ya cinco años. Estudiaba algo de lo que no dejo de lamentarme, solo por no poder irme fuera de mi ciudad (no por mis padres, sino por mi infantil comportamiento cuando con 17 años tuve que elegir). Solía acabar a las dos de la tarde, allí cogía un autobús, allí la encontré.

No seré todo lo precioso que fui en anteriores relatos de la historia, simplemente diré que ella salía del instituto y siempre cogía ese bus con sus amigas. No sé cuánto tiempo me habré pasado mirándola, ni cuántas miradas fueron devueltas más allá de muchísimas, solo sé que llegado a un punto me moría por conocerla y lo notaba mutuo. Creo que no era nada amoroso, solo percibía en ella un algo, no sé, tenía que hablarle.

Pero soy un tío tímido. No una vez hablo con alguien y mi carácter extrovertido inunda los uno para uno hasta mover el alma del otro: soy un tío tímido cuando he de hablar a un desconocido sin razón alguna. Siento que atravieso una barrera, entre la educación y el respeto, más poderosa de lo que mi cultura me permite. Aun sabiendo que la otra persona pueda estar deseándolo, como mil chicas que he dejado pasar en fiestas tras millones de miradas. Como ella.

El caso es que, tras dos años, tres, ya ni lo recuerdo, su época de instituto acabó, ella se fue por siempre, y yo no fui capaz de hablarle, no di.

No volví a verla.

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Un par de años más tarde, algo cambió mi destino por ella y, por el mero hecho de parecérsele, conocí a alguien muy querido. Como esta última persona dice cuando la sombra de la chica del bus pasa, supongo que nada hubiese cambiado de ser completamente distinta a ella: que hubiésemos acabado llevándonos igual y terminado de la misma manera, ya que —al fin y al cabo— lo único que la desaparecida hizo fue darle a mi nueva amiga más puntos de los que le correspondían en un primer momento.

Sin embargo, cuando el tiempo pasó y los recuerdos de mi vieja musa se evaporaron bajo el rostro del más moreno presente, mis sentimientos de querer conocer a la evaporada pasaron a convertirse en el más inmenso y profundo y puro agradecimiento. Pero no volví a verla, salvo por encontrarla en el Twitter, y que mi propia amiga-clon descubriese que estudiaba en su universidad a 100 kilómetros. Ya era igual: me había dado inspiración para relatos pasados, a alguien importante, poco más podía ofrecerme, salvo la redención de dejar que pudiese darle las gracias por todo ello.

Y entonces, un día, por la calle, la vi.

Entré tras ella en un H&M para forzar el que —al fin, y tras 3, 4 años, quién sabe— nuestros rostros se cruzasen en una mirada de reconocimiento. Embargado de mi incombustible espíritu de justicia, supe que tenía que romper la barrera que me impide hablar con extraños porque sí y decirle al menos un “Hola”.

Y “Hola” le dije cuando nos cruzamos por el pasillo.

Ella pasó de largo sin responder.

Ofelia3

Este sábado, despidiendo la temporada con la última orquesta del año, vi a alguien de espaldas entre la multitud. Alguien que hizo que mi mente estallase al instante con su nombre dicho al aire. La reconocería entre miles.

Y así, cuando se giró y confirmé mi realidad con esa cara por primera vez de noche, supe que entonces —y al fin— la pelota no estaba en mi tejado. Que tras el “Hola” en un pasillo solitario, que tras el follow en su abandonado Twitter para que pudiese encontrarme, que tras las sonrisas, los paseos, los combates con su doble, ya no tenía por qué sentirme en deuda con ella por no haberle hablado cuando debería haberlo hecho.

Y me lo pasé genial sintiéndola mirándome.

Notando cómo esquivaba mis ojos cuando me giraba con la sonrisa de la fiesta a ver de frente a mis amigos disfrutando. Sabiendo que —más tarde que temprano, seguramente— nuestros pasos volverán a colidir y entonces yo no seré nunca más un cobarde que tuerza la cara, no.

Porque nos conocemos aun sin hablarnos. Porque somos viejos compañeros de asiento en un autobús mucho más grande que, aún hoy, a veces, nos junta en lugares inesperados. Porque no hay más conocido que el que crece en tu pensamiento.

No lo hay.

Sobre el colchón

Una de las cosas con las que me quedo de mi primera toma de contacto con mi por seguro futura ciudad Madrid es con el colchón del hotel.

El colchón de mi piso es muy diferente: es blandito y el anuncio por el que mi madre lo compró decía que se adaptaba a la postura al dormir, que era antialergénico y veinte cosas más a las que no acabo de dar crédito. Nunca me cayó demasiado bien: en el hogar los cambios no suelen ser bien recibidos, y deshacerme de la comodidad del quinceañero antiguo para caer rendido sobre un nuevo compañero de cuarto no fue un auténtico plato de mi gusto. Me parecía que no valía lo que nosotros valíamos, y de hecho, cada vez que por la mañana despierto con un brazo dormido por la supuesta “adaptación” al cuerpo de quien encima duerme —es decir, yo—, tiendo a echar de menos aquel plumón de mi infancia aun no queriendo que vuelva, tal vez por el estar viendo como mi relación con Peter Pan se viene abajo.

Quizás por ello me atrajo tanto el colchón de Madrid. ¿Tal vez fuese la libertad? ¿Tal vez el látex? Más allá de metáforas, supongo que la altísima calidad de sus prestaciones, capaces —junto a la fatiga de los kilómetros recorridos— de hacerme sentir feliz con él apenas mi espalda tocó su cubrecama. Hacía mucho que no sentía esa felicidad solo sobre uno: supongo que es lo que tiene el no haber tocado un hotel desde hace años —ni recuerdo mis últimas vacaciones de pago, tal vez por nunca haber existido—. En ese pequeño lugar de la capital, quinta planta, buenas vistas a ninguna parte, sentí que había encontrado la comodidad absoluta. Una lástima el que los treinta y tres euros por cabeza compartiéndola con tu mejor amigo no permitan que el sueño dure más allá del billete verde. Imagino que el que se refirió al ser rico como la “comodidad absoluta” estaba pensando en un colchón como el de mi hotel madrileño.

Llama mi atención el que reconozco aquella mi exclamación de deleite cuando alguien visita el poco apreciado de mi habitación. Recuerdo el escuchar hace meses labios besados en la penumbra diciéndome lo cómodo que era nada más rozarlo, tal y como yo lo hice con el muy diferente hace una semana. Supongo que a veces la comodidad no está en el colchón, sino en las sensaciones con la que en él te apoyas. Lo que para mí es un compañero de piso al que aún no me he habituado, para ella pudo ser la potencial sesión de piel contra piel sobre sábanas por poco tiempo secas, y quizás para otro el regocijo de saber que la casa que estás robando está vacía hasta el punto de poder permitirte un absurdo recreo en forma de ominoso descaro. Tal vez para alguien mi amada 513 sea solo una nueva y bajo la espalda incómoda miga de pan en el camino de volver a casa con unos hijos que hace tiempo solo ve gracias a Skype. Tal vez.

Y sin embargo, aun encontrando la comodidad en el despertar con el brazo dormido, sé que lo cambiaría por uno de plumas si eso me diese la oportunidad de levantarme en otro lugar. Siento que busco nuevos colchones en horizontes que en paradoja se encuentren de frente y detrás: enfrente, por seguir hacia delante lejos de este estanque del tamaño del Retiro; atrás, por el tener esa nueva cama a mi espalda mientras miro al techo de una nueva habitación, de un nuevo mundo.

Quiero probar nuevos colchones. Quiero poder tener oportunidad de echar de menos la incomodidad del mío. Quiero sentir que vuelvo a él porque es mi decisión, y no porque no tengo otro donde dormir. Quiero saber que lo de la 513 no fue un sueño en un colchón que adormece brazos, manos.

Y los propios sueños.