Las expectativas en las historias o un porqué (sin spoilers) del cabreo con el final de Juego de tronos

Que no se preocupe quien no haya visto o acabado la serie: no va a haber el más mínimo spoiler más allá de que haya mucho indignado. Lo cual no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta los antecedentes de grandes series de culto.

¿A qué se debe el enfado en redes? La miniencuesta en mi deshojado Twitter considera los 3 factores que yo encuentro como más frecuentes para este tipo de enfados, a los que sumo un “Para no perder la costumbre” más cínico que otra cosa.

– Malos finales.

– Que la gente se cabree porque cabrearse parezca ser siempre una buena opción.

– El no cumplimiento de expectativas.

Los resultados (pese a la baja participación, dentro de los esperados) apoyan hasta el momento que el cabreo se debe a unas expectativas de final que no se cumplen o, como bien apunta mi colega Amarga para quien no lo vea dentro de esto, a que no acabe como la persona esperaba (55%).

Analicemos pues cómo la expectativa afecta a una obra de ficción y cómo se originan.

Las expectativas generadas

Al consumir una obra, en el lector o espectador se genera, de forma voluntaria o no, una especie de predicción de acontecimientos o sensaciones sobre lo que va a pasar.

Cualquier artista de ficción argumental debe tener muy clara la importancia de la generación de expectativas en su obra. El trabajarlas y valorar su eficacia antes de lanzarlas es parte clave del éxito posterior. De ahí que, en los buenos trabajos, la mayor parte de expectativas sean creadas por el consumidor, pero generadas por la propia narración.

Por ejemplo, si antes de que el personaje doble una esquina ciega ponemos una melodía de tensión, al espectador le surge la expectativa de que algo va a aparecer al doblarla. Evidentemente, es la mente del espectador quien la crea, pero la expectativa está muy buscada.

La expectativa trabajada en guion y relato tiene dos funciones principales: enganchar y satisfacer.

La primera función se basa en atrapar al lector o espectador. Mecanismos como los cabos sueltos o los elementos o personajes sin sentido claro a primera parte de obra tienden a que nos hagamos preguntas sobre qué hacen ahí. Preguntas que, de ser las dudas de buena calidad, nos harán querer seguir en el relato para descubrir qué hay detrás.

La segunda función es la satisfacción por la resolución de estas. Este es el punto más complicado y el que suele ocasionar reacciones como las que vemos en finales históricamente odiados.

Explicar por qué es tan difícil es, paradójicamente, tan fácil de explicar como exponer dos realidades contradictorias del mundo de la ficción:

– Que las expectativas del lector o espectador se cumplan le da satisfacción.

– Lo previsible genera desencanto y sensación de argumento poco profundo.

Existe la creencia de que una trama de calidad suele tener giros imprevisibles para el consumidor del contenido. Sin embargo, que no ocurra lo que el consumidor en el fondo de su corazoncito espera que suceda le sienta muy mal. Más si cabe en producciones tan largas como la propia GOT.

¿Cómo se acomete entonces esto en producciones muy largas?

Veamos tres de las estrategias más comunes de resolución de expectativas: el inesperado desenlace predicho, el final inesperado y el desenlace obvio.

Una tendencia muy común es la de que al principio tengamos claro el desenlace, pero el asunto se enrevese tanto que al final, cuando se cumple nuestra primera idea, nos parece hasta sorprendente.

Esta estrategia hace que, al menos, una expectativa interna se cumpla. Esto hace que no nos resulte incoherente, pero a la vez da sensación de inesperado.

¿Inteligente? Parece que sí. ¿Funciona? De vez en cuando. Y es que, cuando se ha usado esta estrategia típica de grandes historias románticas o comedias que a muchos se le vendrán a la cabeza, el rechazo en redes tampoco ha faltado a la cita.

La segunda opción clara es el final para nadie esperado. Obviamente, como digo siempre, la historia siempre tiene que entrar dentro de la coherencia argumental y el realismo interno de la historia, pero los finales inesperados suelen ser un recurso habitual, por alimentar esa parte del espectador que quiere ver algo que no espera.

El problema gordo de esta estrategia se encuentra, precisamente, en el caso de producciones muy largas. Cuanto más corta es la historia, más tolerancia hay al final inesperado. En el caso de historias de amplia duración, este tipo de desenlaces también tienden al desprecio mediático. Esto se debe a que el trabajo de generación de expectativas, las charlas durante las temporadas, las tertulias, los comentarios, todo ese universo social que se genera en torno a la serie hace que el cumplimiento de la satisfacción por expectativa cumplida se vuelva más necesario e irracional. En las obras grandes, el espectador tiende a sentirse engañado, cuando en las pequeñas lo ve como un agudo y travieso juego con su mente.

La última opción es la más típica de todas: lo predecible. Cuando uno va a ver una obra ligera, en general, busca que todo acabe como se espera. Las expectativas se cumplen, la satisfacción fácil te cubre y la misión está cumplida, ya que no se esperaba más. De hecho, la gente se suele tomar bastante a mal que la cosa no sea así.

Su principal crítica es, obviamente, la falta de innovación y profundidad, así como que las tramas raramente buscan la complejidad del primero de estos tres modelos.

El espectador guionista

Tuiteaba esta semana Gómez-Jurado que GoT le ha hecho descubrir que, más allá del consabido entrenador de fútbol y político, cada espectador lleva dentro un guionista. Tengo la sensación de que es una hipérbole con respecto a Juego de Tronos y cuándo lo ha descubierto, porque —como autor— sabe de sobra y desde hace mucho que así es.

El que consume muchas horas de un tipo de espectáculo tiende a esta idea de creerse superdotado en la elección de recursos que los profesionales han tomado de forma diferente. En parte, ahí está la magia y el genio de un verdadero guionista o escritor de ficción: en el tener la capacidad de demostrar que se es capaz de ser mejor que esos intrusos a los que en realidad se debe. En la responsabilidad que se lleva encima en hacer algo grande y con lo que estar satisfecho.

Fuera de ello, el espectador siempre va a tener la última palabra, y siempre va a haber bocazas que te digan que algo no es tan bueno como se esperaba de ti. Más que nada porque opinar es gratis y vivimos en una época en que hay gente que solo vive para dañar.

El que a alguien no le guste el trabajo que para ti es bueno, por desgracia, es la única expectativa que siempre se cumple.

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Como soy muy antispoilers, no voy a invitar a poner ejemplos sobre obras cuyos desenlaces te hayan marcado por las expectativas. Sin embargo, no dudes en hacer lo que te salga de dentro en la cajita por ahí abajo, que nadie aquí muerde.

Gracias de nuevo por leerme y no dudes en compartir, dar like, seguir y demás familia. ¡Nos vemos en el próximo! 😀 😀 😀

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7 consejos para escribir una novela corta o relato largo

El post de esta semana va dedicado al motivo por el que no he publicado en el último mes: la escritura de un proyecto literario de tamaño medio.

Muchas veces nos encontramos con que nuestro argumento no cabe en las pautas de tamaño de un relato corto típico. Al mismo tiempo, tratar de alargar un argumento para que pueda entrar en los cánones de novela suele acabar por resultar en un texto con exceso de paja.

La salida suele ser este tipo de relatos, generalmente divididos por capítulos y con una dimensión que los deja en tierra de nadie en lo que a lo publicable se refiere.

Sin embargo, suelen ser proyectos también se demuestra el gusto por la escritura y el honor a ella, ya que suele tratarse de obras que combinan lo mejor de los dos mundos: la concisión del relato corto y su apuesta por la acción junto con la evolución de personaje y los recursos de narración propios de la novela.

Hoy os presento unas cuantas ideas extraídas de mi experiencia con el que he estado escribiendo estas semanas y que yo tendría en cuenta a la hora de llevar adelante este tipo de relatos, que yo fijaría a partir de las diez mil palabras.

Consejo 1: Piensa siempre a dónde vas

En la práctica totalidad de obras literarias, tener clara la estructura de lo que va a pasar es imprescindible. Quien escribe tiene que tener claro en todo momento hacia donde se van a desarrollar los acontecimientos de las principales tramas de la obra, ya que mientras trabaja diferentes pasajes intermedios puede tomar mucha ventaja de ello.

En el caso de no seguir una estructura, lo habitual es la divagación en los capítulos puente, la acumulación de escenas prescindibles y la aparición de errores de coherencia.

Hay quien defiende la libertad de que el texto se desarrolle según viene; yo espero que se refieran a que en determinadas escenas se te presenten nuevas ideas no previstas y que aporten. Una desviación en el motor general de la obra puede derivar en que esta se convierta en algo completamente diferente en cuanto a significado o lo que se buscaba y, sobre todo, en cuanto a los elementos que aparecen en ella.

Tomar una decisión inesperada en el décimo capítulo puede hacer que tengamos que variar pautas de lo ocurrido en multitud de previos y en los que están por venir, de ahí que, en líneas generales, sea clave que haya una estructura clara a seguir previa a la escritura.

Consejo 2: Programa tiempos

Este tipo de obras suelen tener una temporalidad clara. Esto hace que sea muy importante tener en cuenta elementos de tiempo para evitar incoherencias.

Pongamos un ejemplo básico para ilustrarlo. Si un personaje trabaja en una oficina, lo más obvio es que no trabaje en fin de semana, con lo que habrá que tener en cuenta que —si en el relato van pasando los días— no va a ir más de cinco seguidos al trabajo. De ir a la oficina todos los días del relato, cuando este transcurre en dos semanas, tendremos un problema de coherencia.

El problema se agudiza sobre todo cuando introducimos elementos que se conocen a posteriori, pero que no hemos descubierto en el primer momento de la redacción.

Si, por ejemplo, nos es necesario que algo haya pasado tres días antes del final, habrá que tener cuidado de que tenga coherencia temporal. Si el final se da en martes, eso no podrá ser algo que solo ocurra durante la semana.

Caso similar son temas como el clima. Si en la narración hemos dicho que tal día cayeron chuzos de punta y tiempo después decimos que tal personaje se fue ese mismo día de camping bajo un sol espléndido, puede pasar desapercibido, pero es un grave error de realismo interno.

Consejo 3: Establece una ficha de identidad de los personajes

Una de las diferencias clásicas entre relato corto y novela está en que el primero tiende a ser centrado en la acción y la segunda en los personajes.

El que el relato largo tenga tal duración, permite una buena construcción de personajes que el corto no nos deja, de ahí que tengamos que tener muy claro el funcionamiento mental y las características físicas de estos tanto para no caer en clichés como para generar ventajas en cuanto a calidad del relato.

En general, en estos relatos va a haber un número contado de personajes, de ahí que no debemos sucumbir a la pereza a la hora de tener clara nuestra imagen de cada uno. Mi recomendación es tirar de un formulario de datos que se cubre enfocándolo a cada personaje y al que se recurre en caso de duda. Esto nos permite evitar un error muy común: el de dejarnos llevar por lo que creemos obvio en cuanto a sus actitudes, haciendo que valoremos mejor lo que podría hacer el personaje en realidad. Eso es lo que le da profundidad.

¿A qué me refiero con formulario de datos? Preguntas generales y para todos, como por ejemplo: edad, educación, tipo de familia, adjetivo que lo defina, qué ama, qué odia o su comida favorita, por ejemplo. Así con unas cincuenta, jejeje.

Consejo 4: Dale identidad a cada capítulo y aprovecha las ventajas de estos

Sinceramente, creo que este tipo de proyectos es el que más aprovecha las ventajas del uso de capítulos.

Como primera ventaja está en que, al ser más acción que una novela, el capítulo suele ser susceptible de tener una identidad propia, que nos permite darle su propia personalidad y tono, y darle estructura interna para convertirlo, en sí, algo similar a un microrrelato o relato corto propio.

Por otro lado, los capítulos permiten el cliffhanger, el conocido mecanismo de dejar el final en pleno suspense para generar necesidad de seguir leyendo.

Otra ventaja es la posibilidad de utilizar un narrador específico en cada capítulo. Siempre con coherencia, se puede utilizar una narración enfocada a un personaje en uno y a otro en el siguiente; mecanismo típico de la novela, pero que el relato corto limita.

Claro está que, de nuevo, la coherencia en el uso de estos recursos es importantísima. No conviene utilizar aquello que nos puede descontrolar la lógica del material.

Consejo 5: No obvies las tramas secundarias o aquellas que no se ven

Un error típico es tener muy claro lo que va a ocurrir en cada momento, pero solo tener la visión del protagonista o personaje afectado por ello.

De nuevo, tiremos de un ejemplo precoz para explicarlo. El prota avanza hacia el final cuando, en ese momento, su tía le traiciona y se descubre parte del complot de los malos. No solo tenemos que preocuparnos de que tenga lógica interna que esto ocurra (que esta señora tenga cierta presencia, aunque mínima, o que sepamos la relación que tiene con él): necesitaremos que tenga una historia detrás que le dé sentido a esa actuación, que tengamos claro que la mueve y que le demos suficiente presencia en el relato para que el lector no sienta que lo tomamos por tonto.

Las historias que no se ven pueden llegar a ser muy importantes para el sentido del proyecto. Aunque en algunos casos no sea necesario ni recomendable relatarlas por completo o explicar cada detalle, si es importante que quien escribe tenga claro el porqué de cada acto.

El «porque sí» en cualquier obra de ficción dice muy poco de su profundidad.

Consejo 6: No te dejes llevar por lo que tú conoces pero no aparece en el texto

Muy relacionado con el consejo previo, un error muy común es que trabajemos tanto el programa que creamos haber metido datos importantes en relato cuando, en realidad, no lo hemos hecho en ningún momento.

Cuanto más largo es el relato, más peligroso es que esto ocurra, ya que suponemos haberlo puesto en alguna parte y —por las dificultades para ubicarla entre el mar de páginas y sinónimos— aceptamos que así ha sido, cuando no.

El método más eficaz es, sin duda, que otra persona lea la obra antes de publicar: lo que a nosotros se nos hace muy complicado, es fácil de ver por un lector ajeno con un mínimo de atención. De no poder o querer recurrir a estos lectores cero, el mecanismo va dentro del último consejo: dejar espacio a la obra y ser objetivo con ella.

Consejo 7: Revisa como es debido

Siempre he defendido que lo que hace a uno un escritor no es escribir, sino revisar. Así que, por importancia y pese a no ser específico del género, lo incluyo sin ningún rubor.

La revisión es parte fundamental de la creación de una buena obra literaria y lo que le da el salto de calidad a estas.

¿Qué hace falta para una buena revisión? Para mí, la clave, es el espacio con la obra.

Yo soy uno de esos escritores que revisa y revisa como un desgraciado, desde que acabo el capítulo, hasta durante, incluso cuando cada vez que lo leo en Word por diversión. Sin embargo, la principal revisión de calidad es aquella que se hace cuando ya hay una cierta distancia con la obra.

Esto es de Perogrullo para quien lleva tiempo escribiendo, pero aún así repetiré la pregunta retórica una vez más: ¿no os pasa que cuando leéis algo vuestro con el tiempo le veis fallos por todas partes? Pues para la revisión es tal cual: obviamente, no podemos dejar años el relato antes de revisarlo, pero si al menos le damos una semana o dos, la revisión es mucho más eficaz.

Mi consejo es que al poco de escribir, lo reviséis, pero que nunca publiquéis o mandéis a concurso nada que no hayáis revisado al menos una vez tras dejarlo descansar una semana o dos. Y menos cuanto más largo sea el texto.

Fuera de esto, lo normal: sé objetivo, sé honesto, no te autoengañes, cambia lo que haya que cambiar, descarta lo que sepas que no pega y, si pides consejo a lectores cero para que te hagan ver fallos, escúchalos como es debido y pondéralos.

Un último apunte

Como dije al principio, este tipo de relatos suelen no encontrar cabida en lo que a publicar se refiere por no entrar en los parámetros típicos de duración para ser editados. Sin embargo, si algo saco de esta experiencia, es una gran satisfacción con la obra por todas las ventajas ya mencionadas.

Con el tiempo y los daños, es como que se nos hace creer que, si algo no es susceptible de que podamos llevarlo a una publicación, no vale la pena. No olvidemos que, si empezamos a escribir, no fue por la fama ni por el publicar, sino por el gusto por las letras, por las historias. Pues este tipo de relatos es una auténtica declaración de amor.

Lo he disfrutado mucho, me ha dado grandes momentos y me ha hecho progresar. Creo que a cualquiera que lo haya vivido le habrá valido mucho la pena.

La ficción que abría la mente y los nuevos malos

Los motivos que llevan a una persona a ser más o menos abierta son fáciles de intuir y complicados de determinar.

Leyendo artículos y publicaciones sobre estudios del tema, suelo encontrar elementos que pueden influir. Más allá de los que serían poco menos que ir a lo fácil, como la educación y la genética, podemos encontrar indicios de que la empatía o el haber vivido experiencias muy distintas o con otras culturas serían factores de incidencia demostrable.

En otro orden de cosas (y de estudios, de hecho), a lo largo del tiempo he encontrado diferentes publicaciones en las que se alude a que, a la hora de consumir ficción, el cerebro integra la información consumida como vivencia, en especial si se produce la suspensión de incredulidad.

De ser ambas corrientes de estudio correctas, la conclusión silogística es fácilmente alcanzable: el consumo de ficción tiene influencia en la apertura mental.

¿Fin del post? Bueno, la conclusión es de por sí interesante. Sin embargo, quiero ir más allá ofreciendo algo nuevo que a alguien con mis intereses por la apertura mental y la escritura de ficción le parece muy interesante: ¿el nuevo cambio en los roles de protagonista y antagonista están afectando a que la ficción ya no abra la mente del mismo modo?

La ficción que abría

Supongo que a muy pocos de los lectores de este post sorprenderá que, a lo largo del tiempo, publicaciones científicas o de divulgación hayan encontrado evidencias sobre la relación entre ficción, empatía y apertura mental. Según algunos investigadores del cerebro, la lectura de ficción y la suspensión de incredulidad llevan a parte del cerebro a sentir que está experimentando la historia en sus propias carnes. Esto genera, según lo visto arriba:

  • Una mayor capacidad de apertura mental.
  • Una mayor empatía con el estereotipo de personas cercanas en características a ciertos personajes con los que compartimos historia.

Leía ayer una frase de don Miguel de Unamuno que decía «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Yo lo traduciría por «Cuanto menos se vive, más daño hace lo que se vive».

Si bien puede parecer exagerado, creo que a nadie escapa que cuanto más cerrado es el entorno de una persona en cuanto a experiencias nuevas y gente diferente más tiende hacia fenómenos clasistas y prejuiciosos como la discriminación por motivos de raza. Del mismo modo, son comunes las demostraciones de que discriminación y la generalización se da mucho más en personas con menor cultura y menor movimiento en diferentes ambientes (por mucho que a todos se nos vengan a la cabeza gente despreciable del espectro contrario).

Esto, ya llevado al mundillo de la ficción, me conduce al enlace con un elemento que antiguamente se trataba de otro modo en los consumos de entretenimiento argumental.

Protagonistas y antagonistas

Los cuentos infantiles y nuestros inicios en la ficción nos llevan a la habitual concepción generalizada de que el personaje protagonista y «el bueno» son sinónimos. Evidentemente, la propia mención de esto ya nos hace saltar la alarma de que no es así siempre: algunas grandes historias han sido protagonizadas por personas que tienen poco de buenas.

A partir de aquí, diferenciemos pues a los buenos de los protagonistas y quedémonos con la dualidad típica del estilo de participantes en la ficción: protagonista, como el personaje central del discurrir de la obra, y antagonista, como personaje con intereses contrapuestos a los del protagonista.

Por poner un ejemplo que sirva de puente, protagonistas serían Caperucita, Batman, Sherlock, Katniss, Oliver Atom, Harry Potter. Y como antagonistas, el lobo, el Joker, Moriarty, Snow, Marc Lenders o Voldemort.

El protagonista malvado

Obviamente, si tiramos de los ejemplos más obvios de protagonismo y antagonismo, nos encontramos con la antes mencionada coincidencia de buenos y malos respectivamente. Sin embargo, durante mucho tiempo las historias han sido llevadas adelante por protagonistas malvados.

El problema para los ejemplos suele estar en que los antagonistas buenos no suelen ser tan recordados por la potencia argumental que el prota malo asume.

Por ejemplo, cuando pensamos en El padrino no es fácil que se nos vengan de primeras los antagonistas. Casos similares serían los de El perfume, El lobo de Wall Street o tantas otras historias en las que la naturaleza malvada del protagonista eclipsa a cualquier tipo de antagonista. ¿Quién conoce el nombre de la familia de los 101 dálmatas? Cruella de Vil acapara el recuerdo y con toda lógica.

Una frase muy común en el mundo de la ficción es la de que una historia vale lo que su malo. Los protagonistas malvados son pura demostración de esta lógica.

Lo que nos dio el protagonista malvado

Enlazando pues lo visto, los protagonistas malvados, los antagonistas que nos narraban o aquellas narraciones que nos daban el punto de vista del malo nos invitaban a la empatía con la gente que pensaba diferente a nosotros. Lo fácil que resulta vernos reflejados en protagonistas hacia que, al menos, nos viésemos conducidos a entender cómo pensaban y que podían tener sus razones para ellos lógicas, aunque no las compartiésemos.

Las verdaderas buenas historias de protagonista malvado o fuera de norma nos surtieron durante mucho tiempo del hacernos pensar en la coherencia de lo que desde la teoría se hace impensable. El padrino nos hizo entender qué puede conducir a personas con valores a volverse un delincuente; Breaking bad, qué motiva y conduce a un padre de familia al mundo de las drogas; Shame, qué puede haber detrás de una adicción silenciada por el asco que supone a la sociedad.

Por supuesto, en ningún caso digo que las conductas dejaran de resultarnos condenables. Lo que sí encontramos fue la posibilidad de aprender a pensar en que hay personas tras los hechos. Lo cual, en la sociedad de la instantaneidad, el estereotipo y las personas que no son personas, sino perfiles, nos venía muy muy bien.

Pero justamente, cuando más falta hacía, lo estamos perdiendo.

El malo actual

Si algo ha aprendido la ficción en los últimos tiempos es a dar características distintivas a los personajes.

Si bien en historias con muchos podemos vernos obligados a tirar de los arquetipos para no embotar la cabeza del espectador, la tendencia actual parece ser meter mucha miga en personajes secundarios o incluso terciarios, como extrañas peculiares adicciones, sexualidades, marcas pasadas. Tendencia que, por otro lado, está contradiciendo otro de los grandes principios de la ficción: no aportar datos superfluos que entorpezcan y no aporten a la historia.

En el caso de los malos en lo comercial, el camino a seguir parece estarse torciendo.

Por un lado, se están lanzando constantes reinterpretaciones de las historias clásicas por el lado del antagonista malvado, las características que se les imprimen reducen lo antes exagerado en el otro lado y lo orientan hacia el perfil del protagonista clásico, mientras a los buenos convertidos en antagonistas se les exageran las virtudes hasta hacerlos odiosos, imprimiéndoles al mismo tiempo defectos antes no presentes.

Por otro, más grave a mi ver, el perfil del malvado de nueva creación se está exagerando de forma extrema. Si bien en casos específicos, como la Villanelle de Killing Eve, el acierto es pleno, en los productos comerciales como la netflíxica You, se perciben claramente que las exageraciones no van en línea con el perfil del personaje, sino que buscan directamente la generación del rechazo del espectador con recursos que encaucen al lector hacia la interacción en redes por encima de la coherencia o el ejercicio de poner sobre la mesa una personalidad perturbada.

Esto hace que nos sea muy complicado ponernos en su piel como lo hacíamos antes, generando daños a la suspensión de incredulidad y a la capacidad que las historias con protagonista malvado tenían para hacernos sentir algo en su mente. De esta gente rechazamos sentirnos parte, solo queremos asquearla, odiarla y comentarlo por ahí. Y eso es precisamente lo buscado.

Lamento la subjetividad del siguiente comentario, pero el nuevo perfil de protagonista malvado con el que nadie se identifica es una demostración de que a los espectadores nos tratan como borregos. Si hace años podíamos distinguir perfectamente lo oscuro del comportamiento de personas como los Corleone o el Patrick Bateman de American Psycho, ahora deberíamos ser de igual modo capaces de identificar en Villanelles, Cerseis o Joe Goldbergs a malos de nuestro tiempo sin tener que usar manual de instrucciones. Que caigan mejor o peor no nos priva de verlo, tal y como antes no lo hacía.

Conclusión: la apertura mental pierde un nuevo amigo

Recordando por utilidad la conclusión ya en el inicio de que la lectura y consumo de ficción aportaba directamente a la apertura mental y la empatía, la principal idea a extraer llegado este punto es que la reducción de consumo literario y la búsqueda de que los nuevos malos despierten unánime odio social en redes ataca directamente a las lógicas esperanzas que el exponencial consumo de ficción en las nuevas generaciones pudiese traducirse en una mayor apertura mental.

No voy a negar que creo que la apertura mental es mayor hoy que hace veinte años: no venimos del paraíso en ese aspecto ni mucho menos, así que no era tan difícil. Sin embargo, sí convendría plantearnos qué se está haciendo con la ficción. Si nos convienen más los planteamientos que hacen que no todos queramos ser del mismo equipo o realmente queremos seguir cayendo en ficciones de un único color que nos obliguen a sentir simpatía por los mismos y odiar a lo que es fácil odiar, cual autoritarismo de pensamiento.

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Como de costumbre, pregunto: ¿qué opinas de lo leído? ¿Te preocupa querer que al malo le salgan bien las cosas? ¿Ves a la ficción como una manera de intoxicar a la sociedad o de vacunarla? ¿Crees que la gente era más abierta antes? Comenta sin miedo, comparte, opina por ahí adelante, pero menciona también para que pueda verlo (@osgonso y esas cosas).

Por qué el amor es útil para una buena ficción

El otro día recibía el mensaje de una colega con un excelente gusto literario agradeciéndome la recomendación de La verdad sobre el caso Harry Quebert:

terminado harry quebert

Lo cierto es que la novela de Jöel Dicker es un librazo por muchas razones. Entre ellas:

terminado harry quebert 3

Conociendo su nivel como lectora, me llamó bastante la atención el que no estuviese acostumbrada a la combinación entre estos géneros. Bueno, y también porque…

terminado harry quebert 4

Ficción y realismo interno: un matrimonio forzoso

Hace nada me puse a ver Juego de Tronos. Gran serie, sin duda: me la acabé en un mes. Sin embargo, había algo, positivo o no, que me pasaba con una frecuencia pasmosa: veía lo que iba a pasar a continuación.

you know nothing edward

Al contrario que muchas personas queridas, yo soy de las que se tapan los ojos ante el autospoiler: me gusta disfrutar las historias desde dentro, meterme, que me ciegue la suspensión de incredulidad. Sin embargo, con GOT me era imposible hacerlo, porque (al contrario que lo que la opinión general presume, diciendo que acaba con personajes a lo loco) la serie, salvo escasas excepciones, tiene una gran coherencia argumental.

La coherencia tiene que ver con eso que explicamos en Realismos y fantasías: el realismo interno. Para salvarse de la quema del espectador o lector, cualquier historia tiene que respetar una serie de valores que el universo de la propia propone. Si en medio de El Retorno del Rey apareciese Darth Vader, la gente quemaría el libro o tiraría Coca-Colas a la pantalla por insultarles. Si queremos colar un elemento de fantasía en una historia realista, más vale que haya cosas que nos puedan hacer entenderlo o el ataque va a ser claro.

Una de las tendencias más queridas de la actualidad es que esa coherencia se extienda también a lo argumental. Cuando esto ocurre, la gente suele quedarse satisfecha por un par de razones principales: hace sentir listo y hace sentir satisfecho, guste o no (“Es como tiene que ser”).

El principal problema nace, por supuesto, en uno de los grandes principios de la ficción: el ofrecer algo que no existe, nueva realidad.

Leía hace poco que consumir ficción mejora los parámetros de empatía (“mentalización”, decía). Si siempre nos movemos mediante las cosas que sabemos, nuestra mente se va cerrando, mientras que si nos ponemos ante realidades que no conocemos o nos sorprenden, aprendemos y crecemos.

leer imaginar

¿Por qué el amor es útil para una buena ficción?

Pues que es el perfecto enlace entre la coherencia y lo impredecible.

El amor es un sentimiento universal, y rara es la persona que no conozca los macabros efectos que puede tener en el correcto raciocinio. De ahí que —utilizándolo con inteligencia— sea una herramienta fabulosa para generar ‘vértigo’ en el argumento sin que el realismo interno falle.

Diario del no WhatsApp

Prólogo

El joven salió del vehículo para atravesar la plaza en dirección a un portal. Antes, se cargó con un abrigo, una carpeta, una botella de agua, una bolsa del H&M del tamaño de un saco de Papá Noel y las llaves del coche, que cerró no sin dificultad.

A medio trayecto, detuvo sus pasos, apretó sus libres codos contra los costados y observó sus agobiadas manos por unos segundos, como pidiéndoles explicaciones. Entendiéndolas incapacitadas, volvió atrás hasta alcanzar una de las ventanillas delanteras del vehículo. Cabeceó: parece ser que sí llevaba las llaves de casa en alguno sus inaccesibles bolsillos.

El perchero andante reemprendió pues su renqueante caminar hacia el otro lado de la adoquinada plazuela, mirando hacia las que debían de ser sus cortinas con evidente esperanza de tener a alguien en casa.

Fue entonces cuando ocurrió.

A cámara lenta, algo pequeño escapó de su voluminosa carga para al momento bañar la estampa en el breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó el empedrado.

Cándido, el chico miró en derredor, buscando respuesta a su duda sobre la naturaleza del objeto caído.

Mientras contemplaba su negra figura tendida cuan larga era —tostada de ley de Murphy, allí, en perfecto decúbito ventral sobre uno de los adoquines— supo que no necesitaba darle la vuelta para confirmar lo ocurrido. Había hecho un post sobre ello tiempo atrás.

Tratando de mantener la dignidad ante los espantados ojos de una pareja en un coche a un lado, recogió su móvil del suelo y —tras un leve vistazo— atravesó el portal, mal cerrado, como si nada hubiese cambiado. Una vez al amparo de su domicilio, acarició con cariño su pantalla.

El leve corte en la yema de su dedo no le dolió más que ver las tres enrevesadas telarañas en el cristal.

Lunes, 16 de enero, 23,43

Acabo de traspasar todos los archivos de almacenamiento interno posibles a uno de mis pen. No estoy seguro de que vaya a ser suficiente.

Las palabras de la dependiente han sido trasparentes como el hielo de su significado. “Lo borrarán todo”.

Temo por los pequeños retazos que puedan desaparecer. Tras su regreso de Madrid el viernes, ¿sabrá mi teclado predictivo que después del primer “ja” que le escriba seguramente vendrán dos más si me hace gracia y unos cuantos en mayúscula si me hace mucha? Dicen que irse a la capital cambia a la gente; a los móviles, directamente, les lavan el cerebro.

“Oh, mi pequeño.”, pienso mientras redacto estas tibias líneas de despedida notando como la eñe se me clava, “¿Traerá tu regreso un nuevo amanecer a nuestra amistad?”

Por el momento, la noche es oscura. Como el saber que mañana ya no estaré contigo, sino con otro.

Otro con el que hace mucho que no me acuesto.

Martes, 17 de enero, 22,33

No va.

No logro entenderlo. Lo he puesto a cargar y ahí se ha quedado, con su nombre en ristre sobre un fondo negro.

Lo he reiniciado, pero por mucho que lo haga permanece en la misma posición. No logro comprenderlo: cuando lo jubilé solo tenía cierto problema con la batería, pero se encontraba en perfectas condiciones. Ahora lo que no se encuentra es la “aplicación System”, y yo estoy preocupado.

Siendo alguien con un fuerte odio a la pérdida de tiempo sin felicidad justificada, alcanzo La sombra del viento, en la mesa. Me apetecía releerlo antes de ponerme con el nuevo, pero —como de costumbre— cada día leo más y, por tanto, menos. Ahora, incapaz de conectarme a un WhatsApp estresado de mensajes deseosos de enviar el doblecheck, me veo abocado a la literatura que tanto me dio un día.

Me siento traidor mientras lo abro.

Miércoles, 18 de enero. 23,55

Es un libro precioso. Apenas lo recordaba. No puedo evitar irme a cama con una sonrisa en el rostro.

Mi móvil viejo brilla negro más allá, cargando no sin dificultad. Al parecer, desde que no lo uso se ha vuelto un exquisito con lo que le enchufan. Mi madre, que tiene el mismo, me ha dicho que este cargador tiene la punta muy pequeña y el nuestro necesita una más gorda, pero como lo importante es saber usarla, ahora chupa sin problemas. Con el cable enrollado a su alrededor dentro de una de mis zapatillas de casa, eso sí.

No sin paciencia, he conseguido actualizarle el Instagram y subir un Stories alertando de que estoy incomunicado. Mi frugal imaginación me atiza con un WhatsApp lleno de aterradores mensajes.

De póstumas despedidas tras expandirse el rumor de que he sufrido un fatídico accidente bailando salsa. De declaraciones de amor de chicas que me gustan convertidas en “como no contestas me he ido con el gilipollas de mi ex”. De cadenas con el negro del WhatsApp escondido en algún lugar de la imagen.

Intentaré dormir, aunque no creo que lo consiga. No puedo evitar sentir una alargada presencia a mi espalda.

Jueves, 19 de enero. 23,15

La victoria del Barça en Anoeta tras una década de descalabros me ha distraído lo suficiente como para no pensar en ello, pero en fin: este diario no está dedicado al sexo, sino a la ausencia de WhatsApp.

Creo que estoy medio desintoxicado. Mañana a mediodía he de ir a por mi móvil. Yuli, la dependienta, me ha dicho que para esa hora estaría al cien por cien. Menos mal: pasar el finde sin WhatsApp podría suponerme descanso, y eso sí que no.

Ahora, me apetece leer.

Viernes, 20 de enero. 00,50

Acudí a Yuli pasado mediodía. “Vienes a por el móvil”, su afirmación bañada de interrogaciones no pronunciadas. Cuando mi sonrisa de asentimiento topó con el gesto negativo de su cabeza, mi mundo se fue a ese lugar en el que ahora habita MySpace.

—No…

—Han dado aviso de que lo traerán antes de las 3.

—Pero yo a las 3 me voy, tú cierras de una y media a cuatro y son las… la… oh, mierda.

—Así es…

Observé mi antaño hermoso Alcatel con tristeza, creyendo ver el hueco vacío del WhatsApp en su negra pantalla. Aunque, bueno, puede que aquí haya añadido un cierto dramatismo no real en esta afirmación para darle más emoción a lo en verdad ocurrido:

—No te preocupes. En cuanto llegue, quedamos y te lo doy. Vivo aquí al lado.

 

Ahora, la pantalla de mi móvil resplandece tras el cuco plastiquito para que no se raye en la caja. No tengo intención de quitárselo en un par de días.

La telaraña ha desaparecido de su perlado rostro y las fotos vuelven a ser fotos y no imágenes de la cabecera de Black Mirror. Sorprendentemente, el corrector sabe lo que quiero decir cuando escribo “ja”. Sonrío pensando en cómo Yuli escribió en el pedido que por favor no lo borrasen. No quedan vendedores así.

En definitiva, me siento como si aquella fatídica tarde, aquella en la que la pantalla se rompió al abalanzarme sobre el niño para que no lo atropellase aquel gigantesco camión, solo hubiese sido un mal sueño.

Una pesadilla a la que agradezco el haberme vuelto a encontrar con mi viejo móvil, que tanto me dio en su momento. El hacerme ver que nunca hay que volver atrás si tienes el portal abierto. Pero, sobre todo, el que me haya hecho recordar (por primera vez este año) lo mucho que disfruto leyendo libros.

Ahora sé que no volveré a dejar de hacerlo por el WhatsApp. No, ya no.

Nunca lo volveré a hacer.

Epílogo

Tres días después, el joven, entre sábanas, despidió a su colega con un emoticón de beso con corazoncito. Otras tres conversaciones le esperaban.

Aconsejó en una que descansase esa semana, que ya había hecho bastante, y que a veces hay cosas que no dependen de nosotros mismos por mucho esfuerzo y sentimiento(s) que pongamos en ellas. En otra, rió y sonrió mucho más que lo que la pantalla fue capaz de demostrar a letras. La tercera, de un grupo, pasó de abrirla: era una imagen sin venir a cuento, en la que se palpaba una negra presencia de cola muy larga.

Cuarenta y cinco minutos después, pulsó el avioncito, dejó el móvil junto al libro —intacto desde el anterior jueves— y se acurrucó entre las sábanas.

 

Eran en torno a las tres de la mañana cuando un fuerte sonido bañó la estampa en un breve, agudo, pero fuerte sonido que salpicó su almohada.

Contemplando la negra figura tendida cuan larga era sobre la alfombra, y pese a haber escrito un post sobre ello, no se encuentra capaz de explicarse lo sucedido.

De su ejemplar de La sombra del viento nadie volvió a saber nada.

In albis

Una vez terminado el VI Concurso de Relatos de Sttorybox (hace un siglo, dicho sea: queda una semana para el fallo del VII), posteo aquí también mi relato participante en él, dado que ya queda como publicado en la red y pierde su característica de inédito a la hora de poder usarlo en otros concursos.

Se trata de In albis, controvertida y exagerada crítica al egoísmo, la política de lo que queremos escuchar y la sociedad del odio a todo.

en blanco

Miró a aquel extraño hombre a los ojos y, sin muchas dudas, firmó el papel.
Se trataba de un A4 estándar, ligeramente más gordo de lo normal. Un día muy distinto, en una realidad suya muy distinta, le habían dicho cómo se conocía a este tipo de folios. Que, aunque algo más caros, en los currículums daban «otra presencia». De aquellas y en este ahora falso, pues ya es pasado, pensó que lo que de verdad importaba era el contenido. En el aula, porque creía que nadie contrataría a otro por el grosor del documento, sino por lo en él escrito. Frente al extraño al que volvía a clavar la mirada, porque en la hoja que acababa de rubricar sobre la palabra Firma y la fecha no había más que un enorme espacio en blanco.

Corre hoy en día el rumor de que no quedan políticos limpios. Nuestro protagonista sabía que esto no es más que una exageración. Sin embargo y por desgracia para la realidad, su figura es de las que contribuye a la expansión de esta idea.
Ante sus espejos cada día más grandes, no se consideraba un político. Simplemente, era un oportunista con ambición y lengua. Tiempo atrás, no habría meditado ni por un momento lo de entrar en campos de este estilo. No obstante, consideraba absurdo no aprovechar la inestabilidad en torno a la gran crisis europea de principios del XXI. Más aún en su situación de estable desempleo.
A base de labia, redes sociales, contactos y —cómo no— esfuerzo, dos años después era el líder de un partido de nueva formación y de crecimiento imparable. Dado que era de mentalidad abierta y viendo la fuerte competencia de progresistas, había aprovechado lo peor de la gente para crear un partido entre lo LePeniano y lo Trumpero. Más allá de derechas o izquierdas, de «ultradesprecio».
Su gran concepto de la debilidad humana —del miedo, del echar la culpa a lo diferente, del decir ser todos únicos pero pensar lo mismo— lo había llevado a generar tras él un público de intolerantes bajo el mantra de «hay que dejar de fingir y decir lo que de verdad piensas». Había culpado a la inmigración de gran parte de los males de desempleo; había aprovechado los excesos de la misandria disfrazada de feminismo para justificar ataques al auténtico; había devuelto a cierta gente el terror a presenciar tendencias sexuales fuera de lo hetero, y todo ello lo había aderezado con numerosas promesas de medidas sociales para las «personas de bien».
Las inacabables críticas en sus apariciones sociales eran solventadas con una perfecta mezcla entre victimismo y chulería, así como en diferentes medios encaraban a las posturas contra su grupo con un fuerte movimiento de defensores del ser natural y no defender las cosas solo porque sea lo políticamente correcto o lo que está bien.
«Lo que está bien es algo que se nos ha enseñado —había pronunciado en uno de sus discursos más valorados—, pero ¿por qué ellos tienen que tener razón? La única razón que yo entiendo es la que mi corazón me pide que entienda. Y a latir no me ha enseñado nadie. Porque NADIE tiene derecho a decirme cómo me debo sentir o qué tiene que ser para mí lo malo o lo bueno.»
Había visto las suficientes charlas de motivación para saber qué decir en cada momento. Era un orador populista y antipopulista a la vez. Una máquina comunicacional con capacidad para levantar un partido racista, homófobo y medieval con la simple idea de decir a su público objetivo lo que su naturaleza más animal quería escuchar, y así poder justificar sus actos.
Todos ellos para alcanzar un propósito. Un único propósito.
Por el que acababa de firmar un contrato en blanco.

Mientras él empuñaba el maletín del suelo a su izquierda, el extraño hombre enfrente lo seguía mirando con odio atroz.
Se trataba de otros de los candidatos a la presidencia, otro de los partidos de nueva formación. Tal y como nuestro protagonista había llevado adelante su campaña a base de incorrección política, el cuarentón de enfrente —vestido de forma informal, con su característico pendiente y su blanca dentadura— la había basado precisamente en lo opuesto. Había centrado su discurso en el progreso, en los fracasos de los partidos antiguos, a base también de una constante aparición en medios de gran público, un eficiente uso de las redes sociales y, cómo no, un odio acérrimo a la formación cuyo trajeado líder tenía delante, en un lugar sin ventanas, con solo una mesa, sendos secretarios a sus espaldas, un notario y poco más, esperando a que el otro le extendiese su respectivo papel, ahora fuera del maletín.
El más joven examinó las condiciones del formulario una vez más antes de pasárselo a su rival de campaña. Según los puntos, el líder del partido homófobo sería nombrado futuro presidente del gobierno de su país. La asignación salarial para este puesto sería triplicada, así como los pagos una vez retirado de su cargo y disponiendo además el llevar adelante un decreto no revocable por el que no tendría por qué pagar ningún tipo de impuesto por el resto de su vida. El partido rival se comprometía a no hacer ningún comentario ofensivo o susceptible de serlo contra su persona durante toda la legislatura. Y, por último, a que ningún otro documento firmado en esa misma fecha pudiese revocar ese contrato.
El líder progresista no pudo evitar torcer el gesto leyendo las condiciones. No podía imaginar estar ante alguien con semejante nivel de egoísmo delante. Ni una sola de las medidas a pactar defendía a sus votantes o a su partido: solo a él mismo. No podía aceptar trato semejante, iba contra cualquier idea de democracia.
Sin embargo, al otro lado de la mesa, a centímetros de la mano del desgraciado más grande que había conocido, había una carta blanca para ellos. Sumando los escaños de su partido con los escasos del contrincante, tendrían mayoría absoluta sobre los demás, y —bien rellenado— su partido podría gobernar el país como a ellos les viniera en gana, salvo por tener que aguantar a un presidente sin ningún tipo de poder real.
Toqueteándose el arillo en su oreja, no podía creer el valor que tenía el chaval enfrente. Estaba dándole a su enemigo la oportunidad de hacerle quedar como un traidor ante millones de personas que habían confiado en su programa. En fin: no era su problema.
Firmó el papel, se lo devolvió al otro y este hizo lo mismo al lado, pasándole después una de las copias debajo, con papel de calco, para que cada uno tuviese un ejemplar. Con él, le entregó también el contrato limpio, pidiéndole con una sonrisa que le mandase también una copia una vez cubierto. El cuarentón, tendiéndole los papeles a su secretario, no pudo evitar gruñir ante su arrogancia.
Ni siquiera se dieron la mano.

Cinco minutos después, el pendiente del futuro líder de gobierno en la sombra brillaba ante una enorme cantidad de flashes. Postergando las consecuencias, insistió en que los detalles del acuerdo se irían conociendo con el paso de los días, con la transparencia que su partido siempre había defendido.
Sin más dilación, se dirigió con los documentos a la urgente asamblea de partido. Allí debatirían durante horas con qué contenido rellenar el espacio en blanco.
Entrando en el edificio entre nuevos flashes, recibió felicitaciones de diferentes miembros de su formación con contento. Tras alcanzar el primer piso, accedió a la sala de reuniones envuelto en aplausos y sonrió.
Lo primero que le pidieron, cómo no, fueron los dos contratos. Azorado, alcanzó en el portapapeles la copia del formulario con las concesiones realizadas y la entregó pidiendo disculpas por ello, insistiendo en que el otro documento iba a ser suficiente pago. Buscó pues, entre el resto de folios blancos de grosor ligeramente superior, aquel con la firma. No encontrándolo de primeras, vació la carpeta sobre la amplia mesa y, desesperado, dio la vuelta a cada uno de los folios en busca de aquel impregnado de tinta y codicia.
Pero no dio con él.
Airado, preguntó por su secretario, por el maldito becario que había consentido que lo sustituyese por enfermedad esta semana, recibiendo el aplauso de la prensa por su actitud integradora con los más jóvenes.
Pero, del chaval al fondo de la imagen de la firma, no había ni rastro.

Mientras el caos se extendía por el edificio del partido progresista, su líder rival esperaba con ansia la llegada de su infiltrado.
Más allá de un comunicador excepcional, el en blanco firmante era un seductor excelso. Sin mayor dificultad, había conseguido que el atractivo huérfano hubiese puesto su cuerpo a disposición de sus fantasías más prohibidas, para luego dejarlo enganchado hasta las trancas. Hasta el punto de convencerlo para su arriesgada jugada maestra.
Habiendo comprado al abogado para fingir una enfermedad, consiguió colar al talentoso joven en aras de sustraer y eliminar el contrato en blanco en cuanto este se firmase. Como resultado, tendría una declaración del líder de su mayor rival en la que se comprometía a llevar a cabo múltiples medidas opuestas a su defendida política sin nada a cambio. Una herramienta de lo más usable.
Ahora, solo le quedaba esperar a que el chaval llegase a su nido de amor para darle su pactada nueva identidad, su dineral, su más que seguro polvo de agradecimiento y la reiteración de la promesa de que tras la legislatura —que pintaba corta— se reuniría con él.
Sin embargo, el chico nunca llegó.

Hoy, las noticias abren con el asesinato del presidente del Gobierno a manos de un miembro de su propio partido.
El motivo parece evidente: la llegada a manos de la prensa de una declaración en favor de los derechos de los homosexuales firmada por el ahora fallecido político, así como un vídeo sexual explícito en el que mantenía relaciones sexuales con un joven estudiante de Secretaría que podría ser menor en el momento de la grabación.
El propio autor de los disparos ha declarado, mientras abandonaba el hemiciclo, que había hecho lo que su corazón le había pedido: acabar con el mayor hipócrita de la Historia reciente; un modelo de esperanza para la sinceridad de sentimientos vuelto en realidad un majadero invertido.
Si bien tanto el país como la opinión internacional se encuentran conmocionados ante el hecho, muchos se preguntan ahora quién dirigirá la cámara de representantes. Mientras que los partidos políticos clásicos insisten en la necesidad de unas nuevas elecciones, tras el escándalo del partido de nueva formación **** por el pacto de su líder para convertir en presidente al difunto **** lo más probable es que el gobierno quede temporalmente en manos de su segundo de a bordo, el reconocido neonazi ****.