El periodismo sin verdad y el autocerrojo informativo

Hace unos post, comentaba algunas de las principales razones del mal periodismo. Hoy vamos a analizar una de las que más polémica genera, tanto por sus implicaciones éticas como por atentar directamente contra los mandamientos del periodismo: .

La parcialidad: una situación conocida y aceptada

En España vivimos un verano de lo más ardiente en cuanto a periodismo de masas. Las tensiones en torno al independentismo catalán se unen a las estivales especulaciones sobre fichajes futbolísticos para dar auténtico espectáculo polémico a las mentes de los lectores y espectadores. Comparemos, como ejemplo, los dos siguientes titulares, prácticamente lanzados a la misma hora por dos diarios de información generalista: El Punt Avui y El País.

noticias contrarias

No, no estamos ante una encuesta diferente. Y no, aunque parezcan contradictorios, ninguno de los dos diarios miente:

confidencial encuesta CEO generalitat

Como podemos ver, simplemente, cada uno ha seleccionado los datos que le convienen para adaptar el titular a los intereses propios, resultando más sorprendentes si cabe por el hecho de que el porcentaje de “Sí” es mucho más grande entre los que afirman que votarían (62,4%) con respecto al de la población general (44,3%).

En cualquier caso, visto lo visto, estamos hablando de dos noticias bastante limpias en cuanto a objetividad de la información: tanto una como otra, al igual que la de El Confidencial, da el resto de datos más abajo en la noticia.

Caso aparte es cuando la verdad es poco menos que un elemento residual.

Cuando existe “La verdad” y “La VERDAD”
la verdad

Ayer, la Guardia Civil entraba en una serie de edificios públicos catalanes para recabar información con respecto al llamado “caso del 3%”. La noticia saltaba cuando los diferentes programas informativos y diarios digitales mañaneros soltaban que, en medio de la citada tensión independentista, la Generalitat había impedido la entrada al organismo de seguridad bajo la batuta del Gobierno central, en lo que podría considerarse una clara afrenta a su autoridad.

Minutos después, corrían las voces de que la Guardia Civil había desmentido que se hubiese puesto traba alguna a su actuación. Al cabo de un poco más, la falta de respeto a la información verídica se hacía notoria, apareciendo incluso discordancias entre las propias fuentes del Govern:

guardia civil no entra generalitat

Como resultado, horas después, cada noticiario poco menos que escogía la versión de la noticia que más le apetecía, dejándonos a los interesados en la realidad de la situación en la más completa oscuridad, al albedrío de nuestro instinto o lo que nos apetezca creer. Un comportamiento penoso para quienes tienen como trabajo encontrar la verdad y hacérnosla llegar.  Un comportamiento que abre la puerta a situaciones de lo más preocupantes.

¿Cerrojo mediático?

Ayer escuchaba unas declaraciones de lo más polémicas por parte de un asistente a un programa de tertulia política. Este “fenómeno” dejaba caer su creencia de que podría estar produciéndose un cerrojo informativo en Cataluña. Cómo no, dado el nivel de libertad de ataque propio de estos programas, no provocó ni un solo alzamiento de ceja en la mesa. Yo, que solo pasaba por el cuarto, me quedé fascinado ante la soberana acusación.

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Como sabréis, el cerrojo informativo o mediático es un orwelliano recurso de despampanante falta de ética, consistente en que los medios de comunicación informativos oculten a su público las noticias de interés que vayan en contra de uno de sus principales grupos de su interés. En general, para hablar de un auténtico cerrojo, el bloqueo afectaría a la posibilidad de que cualquier tipo de información contra los citados grupos —por lo habitual, gobiernos— llegase al pueblo a través de diarios, televisión y similares, siendo reprimidos aquellos intentos de que ocurra. Típico de sociedades autoritarias, el bloqueo mediático suele venir acompañado de un adoctrinamiento a través de los propios medios, al dar relevancia, precisamente, a noticias laudatorias que dejen quedar bien al propio órgano represor.

En cualquier caso, es interesante como, en el universo de internet y la individualización del contenido, el bloqueo mediático puede ser un concepto bastante interesante.

Cerrojos modernos. O no tanto

Tal y como la sociedad digital en países del primer mundo tenemos un acceso a la información objetiva y global mayor, seguramente, que en ningún momento de la Historia, las argucias para manipular el pensamiento social viven una época dorada.

Las técnicas para dar relevancia a contenidos que benefician al grupo de interés y hacer pasar de las que no hacen que se mantenga el “certificado” de ser plural y tratar distintos temas al tiempo que se manipula la opinión del lector o espectador. Por supuesto, excusarse en decir que es lo que este pide para ocultar la mala práctica, todo un mantra.

Oír algo que no nos gusta suele provocar dos resultados: abrirnos la mente y molestarnos. Por desgracia, el ser humano tenemos una clara preferencia entre ser abiertos y estar libres de molestias. Quizás por ello, aun teniendo el mejor momento de siempre para contrastar y ser poco menos que pequeños sabios con un poco de paciencia, la realidad es que nos solemos ver arrastrados por un remolino de ser más y más lo que ya somos, radicalizando nuestros gustos e intereses, pasándolo mal cuando tenemos que hacer algo diferente o, directamente, escuchar al de al lado. ¿Por qué íbamos entonces a elegir conocer opiniones distintas estando solos? ¿Por qué, con la capacidad que a día de hoy tenemos para personalizar más y más el contenido para oír justo lo que queremos escuchar? La personalización es tal que, o estás precisamente interesado en entender las diferentes corrientes políticas o sociales, o acabas por ser un loro repitiendo proclamas basadas en marketing político que tú mismo buscas sin necesidad de que ellos hagan nada.

Porque sí: puede que en realidad el periodismo que buscaba la verdad por encima de los intereses económicos o políticos haya sido solo una fantasía por la que únicamente unos pocos hayan luchado. Porque sí, puede que lo de lanzar piedras a los demás medios como método de crecimiento siempre haya sido un recurso. Pero la realidad a día de hoy, es que si el dinero y lo ideológico se han comido a la verdad en la actualidad periodística es porque nosotros mismos nos hemos encerrado en la cárcel de escuchar solo lo que queremos oír.

Y en la cárcel de nuestra autocomplacencia, aplaudimos el cerrojo informativo que nosotros mismos nos hemos forjado.

 

7 razones del mal periodismo

El periodismo pasa por años negros en cuanto a la calidad y objetividad de su contenido. Día tras día nos encontramos con noticias de nula dudosa imparcialidad donde quiera que miremos, al tiempo que la figura del periodista es denostada a cada paso. Hoy analizaremos algunas de las inacabables razones de por qué el nivel de credibilidad del gremio pasa por un momento rayano al escarnio público.

1. El consumismo de noticias

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Uno de los motivos más achacables es la barbaridad de artículos que salen por minuto. Si antiguamente los diarios hacían honor a su nombre, la realidad digital actual nos lleva no solo a la instantaneidad del contenido de la que hablaremos seguidamente, sino a estar obligados a que tener noticias suficientes para satisfacer a usuarios que las engullen una tras otra mediante las redes, el hipervínculo o las relacionadas posteriores.

Tal cantidad de ingesta lleva a la producción de contenidos de interés residual y complementario, por lo habitual no excesivamente trabajados o con información no relevante para el público general. Además, la duración de los noticiarios se extiende, así como se multiplican los canales de informativos 24 horas y las tertulias.

2. La instantaneidad del contenido

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Relacionado con el anterior, es uno de los males más reputados de la actualidad. Dado que como todos sabemos “no importa la calidad del contenido, sino llegar el primero”, difícilmente adquiere un nivel de contraste y legibilidad decente. Esto lo escudan en diferentes fórmulas como el “aparentemente” que en posteriores versiones del artículo y nuevas publicaciones corrigen por la realidad según se va moldeando. Un atentado puede llegar a ser perpetrado hasta por tres identidades terroristas diferentes, así como por un coche bomba, un camión y una mochila explosiva según las horas pasan. Lo que importa es tener noticia fresca que la gente lea y comparta para que ya esté bien difundido cuando la verdad llegue.

3. La parcialidad aceptada

portadas deportivas falsas

Lo de los diarios deportivos ya es más cachondeo que otra cosa

No creo que nadie con dos ojos en la cara se lleve las manos a la cabeza si digo que el periodismo actual está más sesgado que el público de una plaza de toros en una votación sobre la prohibición de la tauromaquia. Sin embargo, no por evidente cabe ignorar que el reportero imparcial y dado a la verdad yace en alguna fosa común de las letras informativas.

El medio de comunicación lleva años obedeciendo a intereses muy diferentes a los que propone el código deontológico. En cualquier caso, la parcialidad va mucho más allá de esta, y ya llega el punto de que el periodista —más que trabajar con el grado de subjetividad innato del género humano—, hace suya la libertad de tejer los hechos como buenamente le plazca en aras del éxito de audiencia, personal en su carrera y de escarnio, ya de paso.

4. Las erratas y el bajo nivel ortográfico general

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Y no, no es coña

Puede parecer una gilipollez con respecto al resto, pero la disminución de la calidad de escrita en los últimos años está afectando bastante al nivel de las publicaciones. Una de las máximas clásicas hacía al periodista un profesional en el uso del lenguaje; la realidad actual es que no puedo leer el periódico de mi provincia sin una media de errata por página. Y hablo de la versión impresa. Fruto de la instantaneidad y el consumismo de noticias que arriba comentábamos, lo de las noticias web ya es el cachondeo. Repeticiones constantes por las prisas, redacción de niño de bachillerato en las noticias secundarias, reducciones de la publicación para que entre en el espacio que provocan pérdidas de sentido en el contenido… “la lista es interminable, monada”.

5. El intrusismo

Hoy mi padre me comentaba algo de “un tertuliano, bueno, un periodista, no sé bien quién era”. Yo le dije que tertuliano era lo único seguro, porque es que parece ser que lo de tener periodistas más allá del moderador en programas tildados de informativos tiende a la desaparición.

Si bien el paro en el sector aumenta como la espuma por la aparición de más y más hornadas de nuevos titulados, día tras día nos encontramos con que la mayor parte de participantes en papeles destinados a ellos son ex algo. Exfutbolistas, expolíticos, exconomistas, excétera, que no solo no tienen suficiente base como para defender los valores del oficio, sino que encima van deambulando por las diferentes televisiones y medios, restando oportunidades y minutos a gente más capacitada que se ve trabajando en otra cosa, redactando por cuatro duros en medios de poca monta o por dos en las páginas que nadie lee de los diarios grandes.

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También brillas casos como el de meter a un periodista que no domina un tema en una emisión multitudinaria, generando polémicas como la del especialista en motor Josep Lluís Merlos comentando esta temporada el fútbol con evidentes lagunas de conocimiento futbolístico.

6. La “rosificación” de la prensa multicolor (La tertulia y lo barato.)

Hace unos años empecé a odiar Telecinco por su habitual formato de tertulia sobre la prensa del corazón. Como un cáncer en el de la televisión, el modelo se ha extendido a la práctica totalidad de canales y géneros periodísticos. Tertulia política, tertulia económica, tertulia deportiva… y en todas ellas el mismo modelo de mesa redonda en el que tienes al “bueno”, al “malo”, al invitado del día, el que no se entera de mucho pero es guapo, el que se entera pero no le hacemos caso porque no levanta la voz y el moderador que, en general, se ríe por el teatro.

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Esta basura no tiene derecho a llevar el nombre del periodismo, pero que directores de diarios e informativos tomen parte en esto no deja otro remedio. La mayor verdad para el gran público no lo es ella: es el espectáculo.

7. La libertad de ataque

¿Qué voy a decir de expresión? Escudándose en ella, el periodista actual puede poco menos que atacar a la dignidad de alguien, llevándose como mucho un juicio del que saldrá reforzado ante la sociedad del “es que uno ya no puede ni decir lo que piensa”. Las barbaridades supuestamente periodísticas que estamos viendo en la actualidad en ciertos programas y diarios rozan la ilegalidad, pero se sostienen en base a que la denuncia solo los hace más famosos. Recordemos que no estamos debatiendo aquí la libertad de soltar animaladas por tweet: hablamos de gente que se supone tiene un trabajo basado en la búsqueda de contar la verdad desde lo objetivo.

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Una última reflexión

Hace unos años, en mi máster, tuve el placer de recibir una clase de Don Manuel Campo Vidal, reputado comunicador de mi país. Tocanarices,en el turno de preguntas, se me ocurrió preguntarle sobre unas contemporáneas declaraciones del también don Iñaki Gabilondo en las que hablaba de que a día de hoy (o entonces) era necesaria la figura del periodista opinador, que da la noticia y su punto de vista. Si Campo Vidal fuese tertuliano me hubiese tirado su silla a la cabeza, pero —como educado profesional— rindió todos sus respetos a la opinión de alguien con la trayectora de su colega de profesión para luego recordarnos que un periodista tiene que ser imparcial poco menos que por definición. Su declaración se me quedó grabada.

Tres años después siento como si la hubiese escuchado en un sueño: la realidad me hace ver a ese hombre de bigote como un mártir de una religión hace mucho muerta. Y a mí un fiel que ya no tiene dios.

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En fin, por hoy, llegan, pero ¿qué más problemas periodísticos ves? ¿O estás encantado con la realidad? Comenta, comparte, tírame sillas a la cabeza por mi propio intrusismo y esas cosas.

Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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Algunas vergonzosas razones de la victoria de Trump

Ayer me encontraba una curiosa encuesta en directo de un periódico español en la que se preguntaban a los lectores quién creía que iba a ganar las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos. En determinado momento, la encuesta iba Hillary 24.091-1.562 Trump. La han reiniciado como 20 veces ya, no tengo ni idea pues del resultado final, pero está claro que a veces la gente confunde lo que quiere que pase con lo que en realidad pasa.

De hecho, aún ahora siguen votando:

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“Ánimo Hillary, tú puedes”, estará diciendo todavía alguno.

La realidad, por mucho que la gente siga tapándose ojos y oído ante la terrible evidencia, es que el definido como televisivo misógino homoxenófobo y veinte adjetivos más Donald Trump ha ganado las elecciones del país más poderoso del planeta. El icono de la sociedad del primer mundo —el hogar de las oportunidades, de la Estatua de la Libertad, de la gran factoría de sueños hechos películas, de Nueva York y todo lo demás— va a estar presidido por alguien que ha declarado no poder evitar propasarse cuando ve a una mujer bonita, y que estas se dejan, porque tiene poder y es famoso.

Sabéis de sobra que soy un tipo abierto de miras, y que en general, ante el ataque indiscriminado a una postura, suelo posicionarme en torno a esta. Hoy no, gente. Hoy no me vale el decir “es que la gente estaba acojonada” o “es que Hillary no daba un programa decente”: una barbaridad de gente ha votado a este bufón por razones dignas de avergonzarse de la educación cultural del país que debería ser ejemplo para el resto, pero cada día da menos visos de que valga la pena.

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Y él feliz.

El miedo a lo diferente

Todo un clásico de la postura conservadora. “Lo diferente es malo”. “Los de fuera nos traen cosas malas”. Relaciones con los demás, las justas. Los demócratas de Hillary tiraron de él también, claro (“¡No votéis a Trump, que imaginaos lo que puede pasar, mejor quedaos con los que ya estábamos!”), pero el miedo al cambio no surtió el mismo efecto que en lugares como España con el Partido Popular y Rajoy, por ejemplo.

El populismo y el espectáculo polémico

De todos es sabido que decir lo que la gente quiere escuchar es supereficaz, y que si lleva follón y carne de tertulia política, mucho mejor. Tras exitazos de público como Beppe Grillo o Pablo Iglesias, un fenómeno televisivo y de cambio como Trump era todo lo necesario para cargarse una época de gobierno de larga duración criticado por su gestión de los restos de la Gran Crisis de principios del XXI.

El odio a la política

A base de hacer creer que la culpa de todos los males del país fueron los políticos, la campaña de Trump recalcaba una y otra vez su capacidad para afrontarlos, ya que no lo era. Ahora, los que no querían políticos tienen a todo el gobierno de su país más uno a la cabeza sin la más mínima experiencia.

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Sí, Donald, ya sabemos que eres tú, puedes bajar la mano.

El ‘patriotismo’ estadounidense.

“No necesitamos a los de fuera, porque somos los mejores. Europa es lo obsoleto; los chinos y rusos, nuestros enemigos; los mejicanos y latinos, las drogas y la delincuencia; a los musulmanes, directamente, les prohibimos la entrada en el país por tener la misma religión que los del 11-S; y ya que estamos con ellos, hay que hacer algo con el terrorismo, que para algo somos los buenos”. EEUU demuestra una vez más que, pese a ser un país hecho de inmigración, tiene unos prejuicios atroces a lo de fuera y un sentimiento nacionalista y patriótico rayano a la ceguera ególatra.

Las características de la rival

Hillary no es muy valorada en su tierra, pero si bien en muchos casos no lo es por haber sido segunda de un Obama y sus políticas bastante criticadas (respetable) o por sus “cambios de chaqueta” para ganar votos, también siembra dudas por temas que en un país desarrollado deberían estar en el olvido. Si bien pueden abundar los que nos digan que se echaron atrás por los escándalos no demostrados que Trump se empeñó en recalcar, difícilmente encontraremos a muchos que reconozcan que no la votaron por no querer estar gobernados por ser la mujer de Clinton, por “una cornuda” y demás comentarios decimonónicos. Que hubo quien le retiró su voto por no tener a una tía de presidenta tras el horror que le supuso tener a un negro es algo evidente. Y penoso, no digamos.

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Él es feliz.

Ahora bien, decepcionados: he de decir que hasta en este despropósito colectivo, brilla un rayo de luz. No sé si la luz es clara, negra o ultravioleta, pero estoy seguro de que habrá algún imbécil que se aferre a ella.

¿Sabéis cuando la gente por las redes sociales nos viene con que los demás son unos hipócritas, unos falsos y demás? Antiguamente, y pese a que el voto era secreto, muchos se avergonzarían de votar a algo como Trump. La corrección política y el miedo al qué dirán, les hacían ocultar dentro esas tendencias, hasta el punto de negarse a sí mismos esos valores. Hasta el punto de que había quien no votaría nunca a algo como Trump aunque lo apoyase, por no ser capaz de aceptarse así. Todos ellos que luchasteis a muerte porque la gente fuese visceral y sacase de dentro su verdadero ser, estáis de enhorabuena.

Tanto hemos luchado contra la hipocresía que, al final, hemos conseguido que la gente muestre abiertamente que es gilipollas.

In albis

Una vez terminado el VI Concurso de Relatos de Sttorybox (hace un siglo, dicho sea: queda una semana para el fallo del VII), posteo aquí también mi relato participante en él, dado que ya queda como publicado en la red y pierde su característica de inédito a la hora de poder usarlo en otros concursos.

Se trata de In albis, controvertida y exagerada crítica al egoísmo, la política de lo que queremos escuchar y la sociedad del odio a todo.

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Miró a aquel extraño hombre a los ojos y, sin muchas dudas, firmó el papel.
Se trataba de un A4 estándar, ligeramente más gordo de lo normal. Un día muy distinto, en una realidad suya muy distinta, le habían dicho cómo se conocía a este tipo de folios. Que, aunque algo más caros, en los currículums daban «otra presencia». De aquellas y en este Ahora falso, pues ya es pasado, pensó que lo que de verdad importaba era el contenido. En el aula, porque creía que nadie contrataría a otro por el grosor del documento, sino por lo en él escrito. Frente al extraño hombre al que volvía a clavar la mirada, porque en la hoja que acababa de rubricar sobre la palabra Firma y la fecha no había más que un enorme espacio en blanco.

Corre hoy en día el rumor de que no quedan políticos limpios. Nuestro protagonista sabía que esto no es más que una exageración. Sin embargo y por desgracia para la realidad, su figura es de las que contribuye a la expansión de esta idea.
Ante sus espejos cada día más grandes, no se consideraba un político. Simplemente, era un oportunista con ambición y lengua. Tiempo atrás, no habría meditado ni por un momento lo de entrar en campos de este estilo. No obstante, consideraba absurdo no aprovechar la inestabilidad en torno a la gran crisis europea de principios del XXI. Más aún en su situación de estable desempleo.
A base de labia, redes sociales, contactos y —cómo no— esfuerzo, dos años después era el líder de un partido de nueva formación y de crecimiento imparable. Dado que era de mentalidad abierta y viendo la fuerte competencia de progresistas, había aprovechado lo peor de la gente para crear un partido entre lo LePeniano y lo Trumpero. Más allá de derechas o izquierdas, de «ultradesprecio».
Su gran concepto de la debilidad humana —del miedo, del echar la culpa a lo diferente, del decir ser todos únicos pero pensar lo mismo— lo había llevado a generar tras él un público de intolerantes bajo el mantra de «hay que dejar de fingir y decir lo que de verdad piensas». Había culpado a la inmigración de gran parte de los males de desempleo; había aprovechado los excesos del ultrafeminismo antihombres para justificar ataques al feminismo más puro e igualitario; había devuelto a cierta gente el terror a presenciar tendencias sexuales fuera de lo hetero, y todo ello lo había aderezado con numerosas promesas de medidas sociales para las «personas de bien».
Las inacabables críticas en sus apariciones sociales eran solventadas con una perfecta mezcla entre victimismo y chulería, así como en diferentes medios encaraban a las posturas contra su grupo con un fuerte movimiento de defensores del ser natural y no defender las cosas solo porque sea lo políticamente correcto o lo que está bien.
«Lo que está bien es algo que se nos ha enseñado —había pronunciado en uno de sus discursos más valorados—, pero ¿por qué ellos tienen que tener razón? La única razón que yo entiendo es la que mi corazón me pide que entienda. Y a latir no me ha enseñado nadie. Porque NADIE tiene derecho a decirme cómo me debo sentir o qué tiene que ser para mí lo malo o lo bueno.»
Había visto las suficientes charlas de motivación para saber qué decir en cada momento. Era un orador populista y antipopulista a la vez. Una máquina comunicacional con capacidad para levantar un partido racista, homófobo y medieval con la simple idea de decir a su público objetivo lo que su naturaleza más animal quería escuchar, y así poder justificar sus actos.
Todos ellos para alcanzar un propósito. Un único propósito.
Por el que acababa de firmar un contrato en blanco.

Mientras él empuñaba el maletín del suelo a su izquierda, el extraño hombre enfrente lo seguía mirando con odio atroz.
Se trataba de otros de los candidatos a la presidencia, otro de los partidos de nueva formación. Tal y como nuestro protagonista había llevado adelante su campaña a base de incorrección política, el cuarentón de enfrente —vestido de forma informal, con su característico pendiente y su blanca dentadura— la había basado precisamente en lo opuesto. Había centrado su discurso en el progreso, en los fracasos de los partidos antiguos, a base también de una constante aparición en medios de gran público, un eficiente uso de las redes sociales y, cómo no, un odio acérrimo a la formación cuyo trajeado líder tenía delante, en un lugar sin ventanas, con solo una mesa, sendos secretarios a sus espaldas, un notario y poco más, esperando a que el otro le extendiese su respectivo papel, ahora fuera del maletín.
El más joven examinó las condiciones del formulario una vez más antes de pasárselo a su rival de campaña. Según los puntos, el líder del partido homófobo sería nombrado futuro presidente del gobierno de su país. La asignación salarial para este puesto sería triplicada, así como los pagos una vez retirado de su cargo y disponiendo además el llevar adelante un decreto no revocable por el que no tendría por qué pagar ningún tipo de impuesto por el resto de su vida. El partido rival se comprometía a no hacer ningún comentario ofensivo o susceptible de serlo contra su persona durante toda la legislatura. Y, por último, a que ningún otro documento firmado en esa misma fecha pudiese revocar ese contrato.
El líder progresista no pudo evitar torcer el gesto leyendo las condiciones. No podía imaginar estar ante alguien con semejante nivel de egoísmo delante. Ni una sola de las medidas a pactar defendía a sus votantes o a su partido: solo a él mismo. No podía aceptar trato semejante, iba contra cualquier idea de democracia.
Sin embargo, al otro lado de la mesa, a centímetros de la mano del desgraciado más grande que había conocido, había una carta blanca para ellos. Sumando los escaños de su partido con los escasos del contrincante, tendrían mayoría absoluta sobre los demás, y —bien rellenado— su partido podría gobernar el país como a ellos les viniera en gana, salvo por tener que aguantar a un presidente sin ningún tipo de poder real.
Toqueteándose el arillo en su oreja, no podía creer el valor que tenía el chaval enfrente. Estaba dándole a su enemigo la oportunidad de hacerle quedar como un traidor ante millones de personas que habían confiado en su programa. En fin: no era su problema.
Firmó el papel, se lo devolvió al otro y este hizo lo mismo al lado, pasándole después una de las copias debajo, con papel de calco, para que cada uno tuviese un ejemplar. Con él, le entregó también el contrato limpio, pidiéndole con una sonrisa que le mandase también una copia una vez cubierto. El cuarentón, tendiéndole los papeles a su secretario, no pudo evitar gruñir ante su arrogancia.
Ni siquiera se dieron la mano.

Cinco minutos después, el pendiente del futuro líder de gobierno en la sombra brillaba ante una enorme cantidad de flashes. Postergando las consecuencias, insistió en que los detalles del acuerdo se irían conociendo con el paso de los días, con la transparencia que su partido siempre había defendido.
Sin más dilación, se dirigió con los documentos a la urgente asamblea de partido. Allí debatirían durante horas con qué contenido rellenar el espacio en blanco.
Entrando en el edificio entre nuevos flashes, recibió felicitaciones de diferentes miembros de su formación con contento. Tras alcanzar el primer piso, accedió a la sala de reuniones envuelto en aplausos y sonrió.
Lo primero que le pidieron, cómo no, fueron los dos contratos. Azorado, alcanzó en el portapapeles la copia del formulario con las concesiones realizadas y la entregó pidiendo disculpas por ello, insistiendo en que el otro documento iba a ser suficiente pago. Buscó pues, entre el resto de folios blancos de grosor ligeramente superior, aquel con la firma. No encontrándolo de primeras, vació la carpeta sobre la amplia mesa y, desesperado, dio la vuelta a cada uno de los folios en busca de aquel impregnado de tinta y codicia.
Pero no dio con él.
Airado, preguntó por su secretario, por el maldito becario que había consentido que lo sustituyese por enfermedad esta semana, recibiendo el aplauso de la prensa por su actitud integradora con los más jóvenes.
Pero, del chaval al fondo de la imagen de la firma, no había ni rastro.

Mientras el caos se extendía por el edificio del partido progresista, su líder rival esperaba con ansia la llegada de su infiltrado.
Más allá de un comunicador excepcional, el en blanco firmante era un seductor excelso. Sin mayor dificultad, había conseguido que el atractivo huérfano hubiese puesto su cuerpo a disposición de sus fantasías más prohibidas, para luego dejarlo enganchado hasta las trancas. Hasta el punto de convencerlo para su arriesgada jugada maestra.
Habiendo comprado al abogado para fingir una enfermedad, consiguió colar al talentoso joven en aras de sustraer y eliminar el contrato en blanco en cuanto este se firmase. Como resultado, tendría una declaración del líder de su mayor rival en la que se comprometía a llevar a cabo múltiples medidas opuestas a su defendida política sin nada a cambio. Una herramienta de lo más usable.
Ahora, solo le quedaba esperar a que el chaval llegase a su nido de amor para darle su pactada nueva identidad, su dineral, su más que seguro polvo de agradecimiento y la reiteración de la promesa de que tras la legislatura —que pintaba corta— se reuniría con él.
Sin embargo, el chico nunca llegó.

Hoy, las noticias abren con el asesinato del presidente del Gobierno a manos de un miembro de su propio partido.
El motivo parece evidente: la llegada a manos de la prensa de una declaración en favor de los derechos de los homosexuales firmada por el ahora fallecido político, así como un vídeo sexual explícito en el que mantenía relaciones sexuales con un joven estudiante de Secretaría que podría ser menor en el momento de la grabación.
El propio autor de los disparos ha declarado, mientras abandonaba el hemiciclo, que había hecho lo que su corazón le había pedido: acabar con el mayor hipócrita de la Historia reciente; un modelo de esperanza para la sinceridad de sentimientos vuelto en realidad un majadero invertido.
Si bien tanto el país como la opinión internacional se encuentran conmocionados ante el hecho, muchos se preguntan ahora quién dirigirá la cámara de representantes. Mientras que los partidos políticos clásicos insisten en la necesidad de unas nuevas elecciones, tras el escándalo del partido de nueva formación **** por el pacto de su líder para convertir en presidente al difunto **** lo más probable es que el gobierno quede temporalmente en manos de su segundo de a bordo, el reconocido neonazi ****.

Lo que da miedo al miedo

Fuego-Apostol quema fachada catedral santiago

El domingo voy a ir a Santiago.

Parece una afirmación cualquiera, intrascendente. Sin embargo, un par de elementos hacen que tenga interés suficiente para que alguien lea esto.

El primero es que se celebra el Día de Galicia, representado por la figura del cristiano apóstol que da nombre a la capital, dando por segura una afluencia masiva que tornará complicado el encontrar aparcamiento por la ciudad, así como posterior sitio en una abarrotada Plaza del Obradoiro. El segundo es la serie de atentados a eventos y ciudades perpetrados en torno al (malamente) denominado Estado Islámico o ISIS.

Son varias ya las voces que oigo hablar sobre la evidencia de la posibilidad de algo así la noche del 24. Hablamos de un evento multitudinario ante la catedral católica de un personaje apodado “Matamoros”. De un país que los radicales árabes prometen reconquistar cada dos por tres, en aras de devolverle el apelativo de Al-Andalus. De un entorno de alerta evidente tras sucesos como los de Niza, el #jesuisParis y el #jesuisBruxelles.

Sin embargo, el domingo yo iré a Santiago.

¿Es que soy un desconsiderado con la probabilidad de que algo ocurra? ¿Es que voy cada año, y he de ir por imperdible tradición? ¿Es que mis ansias de fiesta embriagan sin alcohol mi sentido de la autoprotección?

Me temo que no.

No escribo párrafos amenazadores en vano. Solo he ido una vez en mi vida a la festividad del apóstol. No hay razones para creer que me lo vaya a pasar mejor que aquí entre gente aprovechando para beber hasta reventar. Me temo que no.

Voy a ir —y he convencido para ir— porque creo que el mayor poder de los amantes de la violencia y la muerte es el miedo. Voy a ir porque pienso que el terror que da nombre al término terrorismo es el que lo hace nacer, y lo que hay que combatir. Voy a ir porque pienso que esos que se llaman mártires no son más que ovejas negras de una cultura que ya los desprecia por hacer que sin razón se les desprecie a todos ellos que ni son violentos, ni les interesan ejércitos que se ponen el nombre de su religión para darse unas ínfulas religiosas que se quedan en máscara.

Sé que el domingo por la noche no voy a morir allí: es una cuestión de realismo. Pero, oye, si en algún momento, en algún lugar del mundo, mi vida acaba por la voluntad de generar miedo de otros, os pido que no lo tengáis.

Os pido que no me compadezcáis ni por un absoluto segundo. Os pido que no miréis mal a alguien por compartir lengua o color de piel con quien no debería tenerlos. Os pido que vayáis cada año a Santiago, a la Eurocopa, a los desfiles de Niza y a cada uno de esos eventos que amáis y ellos, falsos profetas, se creen capaces de robaros.

Porque yo no vivo con miedo injusto ni por un momento.

Y eso es lo que da miedo al miedo.

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En este caso no voy a llenar esto de preguntas retóricas invitando a compartir. Creo que es evidente por qué hay que hacerlo o no. No más miedo injusto.

Cara a cara Iglesias-Rivera o cómo la nueva política mató al Tío Cuco para hacerse mayor

Iglesias Rivera Évole

Los protagonistas del debate de ayer. De izquierda a derecha, Pablo Iglesias (líder Unidos Podemos), Jordi Évole (moderador, presentador) y Albert Rivera (líder Ciudadanos)

Creo que a nadie que me conozca extrañará que mi primer comentario en este artículo de opinión sea el que no suelo hablar de política. El motivo, también conocido, es que ni ahora ni antes me caso con nadie en este campo, lo cual suele hacer que me desespere sobremanera ante la cabezonería que demuestra la práctica totalidad de los conversadores de política con los que me topo. Pese a ello, creo que en el cara a cara entre Pablo Iglesias y Albert Rivera (Podemos-Ciudadanos) en el Salvados de la noche pasada tenemos suficientes elementos para, fuera de ideologías, analizar el estado de la conversación política moderna.

Recuerdos del Tío Cuco

tío cuco

En la noche de ayer, 5 de junio de 2016, Albert Rivera y Pablo Iglesias volvían a encontrarse ante Jordi Évole tras uno de los espectáculos de coherencia política más interesante de los últimos tiempos, el cara a cara del Tío Cuco.

En un escenario fuera de campaña electoral, los líderes de los dos jóvenes partidos nacidos para derrocar el bipartidismo y la llamada “vieja política” (PP-PSOE) se unían ante dos cafés y las cámaras de La Sexta para dar un ejemplo de cómo, aun teniendo intereses y posturas diferentes, se podía hablar con educación, respeto y “buen rollo”, escuchando al otro y dando opiniones que en algunos casos van a encajar y en otros no sin que por ello haya que tirarse cafés a la cara.

La exhibición de “nueva política”, ajena a lo rancio de echarse cosas en cara y centrarse en poner al otro contra las cuerdas, cautivó a un público que —fuese a votar o no a alguna de estas formaciones— supo aplaudir el talante comunicador de los dos jóvenes representantes. Los resultados de audiencia para la cadena de Atresmedia, de récord.

Todo eso se vino abajo ayer de forma calamitosa.

Las esquinas del Círculo de Bellas Artes

iglesias rivera skyline

Si el cambio de escenario tuvo algo que ver es cuestión de opiniones. El caso es que el familiar y cálido panorama del Tío Cuco se vio suplido por el serio y espectacular fondo del skyline madrileño desde una sala del Círculo de Bellas Artes de la ciudad. Metáfora apropiadísima de lo emitido la pasada noche.

Los primeros cinco o diez minutos fueron tan bonitos como la panorámica tras los cristales posteriores. Iglesias diciendo que Rivera había estado mejor en el Tío Cuco, Rivera diciendo que ambos habían tenido sus momentos. Elegantes, sinceros en sus expectativas de lo que podía pasar los siguientes minutos, sin engañar, claros.

Pasó entonces ese momento inicial y ya nos dimos cuenta de que algo iba a cambiar. La crítica al no haber querido formar gobierno se enfrentó a la del “eres el filial del PP” y directamente ya me entraron ganas de borrar mi tuit diciendo que me encantaba oír debatir a estos dos señores. Porque la comunicación se fue de la sala con un portazo y tuvimos que tragarnos cuarenta minutos de atacar lo que el otro “hace mal” cual si estuviésemos viendo los programas de tertulianos que todos los santos días tenemos que tragarnos porque en la tele no dan otra cosa.

Alguien voló por los aires el nido del Cuco

iglesias rivera espejo

Entre recuerdos de la cal viva, atacar sin permitir réplica, inventos descarados, acusaciones innecesarias, relaciones con otros partidos y países, claros decir diferentes a hacer y veinte vergüenzas más, los “believers” del Tío Cuco nos encontramos ante dos políticos rancios y acusicas a los que cualquier persona con miopía que no conociese a ninguno costaría diferenciar en imágenes como la de arriba. Mucho más costaría hacerlo de los “viejos políticos” que tanto desprecian.

La decepción era absoluta.

Solo cuando el tema volvía a cauces en que ambos tenían iguales heridas —como la acusación de pasarse el día en las televisiones de un bastante callado Évole—, parecían ser capaces de rebajar el tono para evitar que las vergüenzas hablasen. Y aun ahí daba la sensación de que no hubiesen sido capaces de llegar a acuerdos.

El colmo habría de llegar en un final en el que el respetado moderador les recordó lo que habían dicho sobre los candidatos de PSOE y PP tras su amargo debate salido de tono en las anteriores ediciones. Por aquel entonces, ellos no habían dudado en decir que no se merecían políticos faltones y que se atacasen en vez de conversar y tratar de comunicarse. Viendo que lo que habían protagonizado los anteriores minutos no se diferenciaba demasiado de aquello que tanto habían invitado a odiar, Iglesias trató de hacernos creer que no se parecía, mientras que Rivera calló y otorgó, yéndose por los cerros de Úbeda con un postrero mensaje electoral de que la ciudadanía lo que pedía era formar gobierno.

Nuevos viejos políticos

candidatos presidencia 2016

¿Con qué nos quedamos del duelo del Círculo de Bellas Artes? Con que los abanderados de la “nueva política” nos han dado un espectáculo de la política más vieja.

Y no quiero aquí hacer ver un desprestigio a dos opciones de gobierno emergentes frente a hegemónicas antiguas, sino hacer ver mi decepción ante el que ayer hayamos visto la forja de una nueva arma para aquellos que en supermercados, ascensores y autobuses nos vienen con que todos los políticos son iguales.

Parece claro que, ante una situación de ataque y cual si fuesen animales, cualquier político va a responder atacando, incapaz de mantener la calma y rebajar el tono de la conversación hasta poder retomar la capacidad comunicativa.

¿Significa esto que no van a ser capaces de gobernar eficazmente? No creo que esté relacionado en demasía. De lo que estoy seguro es de que, con espectáculos como el de ayer, los ciudadanos no vamos a ser capaces de estar satisfechos con nuestros políticos por muchos años que pasen.

Tristemente, parece que no hay políticos nuevos o viejos. Solo políticos con boca afilada y oídos taponados.