Los atentados que no evitamos

El jueves, una furgoneta atravesaba las Ramblas de Barcelona haciendo eses, llevándose por delante a cuantos paseantes podía, matando hasta ahora a 13 inocentes y dejando heridas a 80 personas. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Hace unos años, yendo por la principal calle peatonal de mi ciudad, un hombre se estrellaba a unos 30 metros a mi espalda tras tirarse desde la ventana de su ático. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Ante la tragedia, la gente nos parecemos bastante. Tal vez por lo que nos acerca a nuestros instintos menos racionales, en la muerte, en el miedo, actuamos de forma parecida.

De hecho, el ciclo de atención informativa en ataques terroristas suele ser muy similar.

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  • Siempre empezamos en el periodo cero, de calma. Hemos tenido atentados anteriormente, tenemos cicatrices de ellos. Sin embargo, permanecemos tranquilos y sin más amenaza que los riesgos de alerta 4 que de vez en cuando nos recuerdan los noticiarios.
  • Es entonces, en el punto 1, cuando se produce el atentado, cuyo número de personas interesadas aumenta de forma exponencial con las horas hasta alcanzar el punto 2, en que toda la atención mediática está focalizada en el acto terrorista.
  • Tras el primer día, de máxima atención, llega el acto multitudinario (punto 3), las declaraciones de quienes coincidieron con los asesinos y qué opinaban de ellos, para posteriormente irse centrando la situación en las consecuencias políticas y la detención de los relacionados aún en libertad (4). Durante las siguientes semanas, la atención de los medios y personas irá reduciendo su presencia hasta acabar, de nuevo, en el periodo 0, donde volveremos a estar tranquilos, recordando el atentado con pena cada cierto tiempo.

La respuesta de la sociedad ante el atentado

manifestaciones contra el terrorismo

La sociedad suele tener unos comportamientos comunes ante estas situaciones.

Los más televisivos son la manifestación y los actos de repulsa. Cuando algo así pasa, la gente suele salir a la calle, encabezada ante las cámaras por representantes políticos poco menos que agarrados de la mano en primera fila. Los minutos de silencio suelen ser también un habitual recurso.

Fuera de ello, está la crítica, en casa o la calle. Tiene múltiples versiones: la crítica al grupo terrorista, la crítica a todos los que tengan origen o religión compartida con el grupo terrorista, la crítica a los que no tenían una bola de cristal para ver que ese camión podía arrollar a un centenar de personas, la crítica a los países e instituciones que atacan a las zonas del grupo terrorista.

Si algo comparten todas estas acciones es la voluntad de que no se repita el acto. Sin embargo, ¿alguno de ellos tiene eficacia?

Que se me venga a la cabeza de primeras, solo la repercusión del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA hace unos años supuso un verdadero cambio en la actitud de la sociedad. Y yo diría que ni siquiera diría fue por los excepcionales movimientos de esta, sino por lo desagradable del propio homicidio.

Pero, si toda la sociedad se une, ¿por qué las medidas sociales, las detenciones y demás no acaban con el terrorismo de este estilo?

“Los orígenes del mal”

Recordemos la gráfica.

gráfica proceso atentados

El momento de mayor impacto social es el 2, siendo el 3 y sucesivos perfectamente interesantes en cuanto a potencia social contra la lacra. Sin embargo… ¿en qué momento nace el atentado? ¿En qué momento se adoctrina a la gente para perpetrarlo, se planea, se gesta?

En el 0.

Cuando la gente pasa ampliamente del tema.

El principal problema de nuestra sociedad ante este tipo de casos es que hacemos la vista gorda ante los síntomas de terrorismo. Una vez se produce el atropello de cien personas, decimos que uno de sus culpables tenía unas ideas “algo radicales”. Que puso en su Twitter en 2015 que mataría a todos los infieles. O que nadie se lo podía esperar. Cuando en realidad lo estás viendo día sí y día también haciendo o diciendo cosas sospechosas. Viendo sin hacer nada.

Porque, si algo tenemos por costumbre, es pasar ante las pequeñas cosas. “No es nuestro problema”. Vamos por la calle, vemos a alguien tirar basura al suelo y no hacemos nada, “¿para qué?: no es mi problema”. Vemos el bullying, pero no decimos nada hasta que el chaval se deprime, se mata o mata a 12 compañeros y un profesor, “no quiero líos”. Escuchamos gritos cada noche dos pisos allí, un cadáver sale tres años después por la puerta con quince puñaladas y aún tenemos los santos cojones de decir que “se veía venir”.

Buena parte de los asesinos de Barcelona eran catalanes. Críados en Cataluña, compañeros de clase de españoles, vecinos, amigos y hermanos de barceloneses que no dudarían en participar en actos de repulsa contra estas masacres y que, sin embargo, pasan de los síntomas porque “no quieren problemas”. Que no me diga nadie que rodeados de gente intolerante con el terrorismo habrían cometido igual el atentado, porque estos monstruos son personas. Personas que conviven con otras personas que forman sus valores, sueños y deseos.

¿Puede alguien caer en una banda terrorista si todo su entorno le lava el cerebro con lo inhumano que resulta hacerlo? Sí. Pero muchos menos. Muchos muchos menos. Y muchos de esos muchos muchos menos serían detenidos antes de cometer atentados si los muchos muchos que los rodean no mirasen para otro lado ante las evidencias de que algo podría estar pasando.

Manifestémonos. Critiquemos terroristas con o sin corbata. Seamos irreverentes si eso hace que esta lacra sangre. Pero no nos lavemos las manos escurriendo la culpa ante nuestras obligaciones como ciudadanos. Un lugar que no tiene tolerancia con los indicios del terrorismo es un lugar en el que el terrorismo lo tiene crudo para nacer. Y el indicio no está en el color de piel o en la religión: el indicio está en las pequeñas cosas que cada día nos encontramos y ante las que miramos hacia otro lado.

Si queremos que ese otro lado no sean pantallas diciendo los muertos de nuestra permisividad, no consintamos que el odio violento nazca entre nosotros. Porque esta gente son personas de nuestra sociedad, y nuestra sociedad no es solo responsabilidad de políticos, profesores, cuerpos de seguridad y demás chivos expiatorios: la sociedad es nuestra madre, padre, hermano, hija y amiga. Y a ellos no les consentiríamos que matasen a otras familias.

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Comenta, comparte, opina, que es gratis. Hay mil cosas con las que ser tolerante: por los mundos rotos que podrían ser los nuestros, no dejemos pasar las pequeñas cosas que pueden acabar en vidas robadas.

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Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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Algunas vergonzosas razones de la victoria de Trump

Ayer me encontraba una curiosa encuesta en directo de un periódico español en la que se preguntaban a los lectores quién creía que iba a ganar las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos. En determinado momento, la encuesta iba Hillary 24.091-1.562 Trump. La han reiniciado como 20 veces ya, no tengo ni idea pues del resultado final, pero está claro que a veces la gente confunde lo que quiere que pase con lo que en realidad pasa.

De hecho, aún ahora siguen votando:

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“Ánimo Hillary, tú puedes”, estará diciendo todavía alguno.

La realidad, por mucho que la gente siga tapándose ojos y oído ante la terrible evidencia, es que el definido como televisivo misógino homoxenófobo y veinte adjetivos más Donald Trump ha ganado las elecciones del país más poderoso del planeta. El icono de la sociedad del primer mundo —el hogar de las oportunidades, de la Estatua de la Libertad, de la gran factoría de sueños hechos películas, de Nueva York y todo lo demás— va a estar presidido por alguien que ha declarado no poder evitar propasarse cuando ve a una mujer bonita, y que estas se dejan, porque tiene poder y es famoso.

Sabéis de sobra que soy un tipo abierto de miras, y que en general, ante el ataque indiscriminado a una postura, suelo posicionarme en torno a esta. Hoy no, gente. Hoy no me vale el decir “es que la gente estaba acojonada” o “es que Hillary no daba un programa decente”: una barbaridad de gente ha votado a este bufón por razones dignas de avergonzarse de la educación cultural del país que debería ser ejemplo para el resto, pero cada día da menos visos de que valga la pena.

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Y él feliz.

El miedo a lo diferente

Todo un clásico de la postura conservadora. “Lo diferente es malo”. “Los de fuera nos traen cosas malas”. Relaciones con los demás, las justas. Los demócratas de Hillary tiraron de él también, claro (“¡No votéis a Trump, que imaginaos lo que puede pasar, mejor quedaos con los que ya estábamos!”), pero el miedo al cambio no surtió el mismo efecto que en lugares como España con el Partido Popular y Rajoy, por ejemplo.

El populismo y el espectáculo polémico

De todos es sabido que decir lo que la gente quiere escuchar es supereficaz, y que si lleva follón y carne de tertulia política, mucho mejor. Tras exitazos de público como Beppe Grillo o Pablo Iglesias, un fenómeno televisivo y de cambio como Trump era todo lo necesario para cargarse una época de gobierno de larga duración criticado por su gestión de los restos de la Gran Crisis de principios del XXI.

El odio a la política

A base de hacer creer que la culpa de todos los males del país fueron los políticos, la campaña de Trump recalcaba una y otra vez su capacidad para afrontarlos, ya que no lo era. Ahora, los que no querían políticos tienen a todo el gobierno de su país más uno a la cabeza sin la más mínima experiencia.

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Sí, Donald, ya sabemos que eres tú, puedes bajar la mano.

El ‘patriotismo’ estadounidense.

“No necesitamos a los de fuera, porque somos los mejores. Europa es lo obsoleto; los chinos y rusos, nuestros enemigos; los mejicanos y latinos, las drogas y la delincuencia; a los musulmanes, directamente, les prohibimos la entrada en el país por tener la misma religión que los del 11-S; y ya que estamos con ellos, hay que hacer algo con el terrorismo, que para algo somos los buenos”. EEUU demuestra una vez más que, pese a ser un país hecho de inmigración, tiene unos prejuicios atroces a lo de fuera y un sentimiento nacionalista y patriótico rayano a la ceguera ególatra.

Las características de la rival

Hillary no es muy valorada en su tierra, pero si bien en muchos casos no lo es por haber sido segunda de un Obama y sus políticas bastante criticadas (respetable) o por sus “cambios de chaqueta” para ganar votos, también siembra dudas por temas que en un país desarrollado deberían estar en el olvido. Si bien pueden abundar los que nos digan que se echaron atrás por los escándalos no demostrados que Trump se empeñó en recalcar, difícilmente encontraremos a muchos que reconozcan que no la votaron por no querer estar gobernados por ser la mujer de Clinton, por “una cornuda” y demás comentarios decimonónicos. Que hubo quien le retiró su voto por no tener a una tía de presidenta tras el horror que le supuso tener a un negro es algo evidente. Y penoso, no digamos.

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Él es feliz.

Ahora bien, decepcionados: he de decir que hasta en este despropósito colectivo, brilla un rayo de luz. No sé si la luz es clara, negra o ultravioleta, pero estoy seguro de que habrá algún imbécil que se aferre a ella.

¿Sabéis cuando la gente por las redes sociales nos viene con que los demás son unos hipócritas, unos falsos y demás? Antiguamente, y pese a que el voto era secreto, muchos se avergonzarían de votar a algo como Trump. La corrección política y el miedo al qué dirán, les hacían ocultar dentro esas tendencias, hasta el punto de negarse a sí mismos esos valores. Hasta el punto de que había quien no votaría nunca a algo como Trump aunque lo apoyase, por no ser capaz de aceptarse así. Todos ellos que luchasteis a muerte porque la gente fuese visceral y sacase de dentro su verdadero ser, estáis de enhorabuena.

Tanto hemos luchado contra la hipocresía que, al final, hemos conseguido que la gente muestre abiertamente que es gilipollas.

Lo que da miedo al miedo

Fuego-Apostol quema fachada catedral santiago

El domingo voy a ir a Santiago.

Parece una afirmación cualquiera, intrascendente. Sin embargo, un par de elementos hacen que tenga interés suficiente para que alguien lea esto.

El primero es que se celebra el Día de Galicia, representado por la figura del cristiano apóstol que da nombre a la capital, dando por segura una afluencia masiva que tornará complicado el encontrar aparcamiento por la ciudad, así como posterior sitio en una abarrotada Plaza del Obradoiro. El segundo es la serie de atentados a eventos y ciudades perpetrados en torno al (malamente) denominado Estado Islámico o ISIS.

Son varias ya las voces que oigo hablar sobre la evidencia de la posibilidad de algo así la noche del 24. Hablamos de un evento multitudinario ante la catedral católica de un personaje apodado “Matamoros”. De un país que los radicales árabes prometen reconquistar cada dos por tres, en aras de devolverle el apelativo de Al-Andalus. De un entorno de alerta evidente tras sucesos como los de Niza, el #jesuisParis y el #jesuisBruxelles.

Sin embargo, el domingo yo iré a Santiago.

¿Es que soy un desconsiderado con la probabilidad de que algo ocurra? ¿Es que voy cada año, y he de ir por imperdible tradición? ¿Es que mis ansias de fiesta embriagan sin alcohol mi sentido de la autoprotección?

Me temo que no.

No escribo párrafos amenazadores en vano. Solo he ido una vez en mi vida a la festividad del apóstol. No hay razones para creer que me lo vaya a pasar mejor que aquí entre gente aprovechando para beber hasta reventar. Me temo que no.

Voy a ir —y he convencido para ir— porque creo que el mayor poder de los amantes de la violencia y la muerte es el miedo. Voy a ir porque pienso que el terror que da nombre al término terrorismo es el que lo hace nacer, y lo que hay que combatir. Voy a ir porque pienso que esos que se llaman mártires no son más que ovejas negras de una cultura que ya los desprecia por hacer que sin razón se les desprecie a todos ellos que ni son violentos, ni les interesan ejércitos que se ponen el nombre de su religión para darse unas ínfulas religiosas que se quedan en máscara.

Sé que el domingo por la noche no voy a morir allí: es una cuestión de realismo. Pero, oye, si en algún momento, en algún lugar del mundo, mi vida acaba por la voluntad de generar miedo de otros, os pido que no lo tengáis.

Os pido que no me compadezcáis ni por un absoluto segundo. Os pido que no miréis mal a alguien por compartir lengua o color de piel con quien no debería tenerlos. Os pido que vayáis cada año a Santiago, a la Eurocopa, a los desfiles de Niza y a cada uno de esos eventos que amáis y ellos, falsos profetas, se creen capaces de robaros.

Porque yo no vivo con miedo injusto ni por un momento.

Y eso es lo que da miedo al miedo.

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En este caso no voy a llenar esto de preguntas retóricas invitando a compartir. Creo que es evidente por qué hay que hacerlo o no. No más miedo injusto.

La Hermione negra y la realidad tras el tweet de la discordia

Noma Dumezweni, nueva Hermione

Hermione como trending topic

El otro día me pasó un caso curioso en Twitter.

Es de sobra conocido que entre mis virtudes se encuentra una suerte de apertura mental a las opiniones que rehúye el comentario brusco y unilateral acerca de casi cualquier tema. Sin embargo, el otro día caí en el hacer uno de estos de una vez o dos al trimestre al pulsar en la palabra Hermione para ver qué la hacía ser uno de los temas más populares en Twitter y descubrir que lo era porque la actriz que la iba a interpretar en la nueva obra de teatro, continuación de la saga Harry Potter, es negra.

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Berg, me repugna bastante verlo: es el típico tweet-mina de polémica: ese #racism final es una bomba de relojería y reacciones. A estas horas —y atendiendo a mi definitorio equilibrado comportamiento— casi desearía no haberlo puesto, pero bueno, así es la red social del pájaro azul: un lugar donde o piensas veinte veces las cosas antes de ponerlas y siempre llegas tarde (mea culpa) o donde sacas lo que piensas sin pensar (qué paradoja) y te llevas palos y aplausos a partes iguales, como fue el caso.

Por un lado, tenemos el “cuánta razón” a base de RT y FAVs (perdón: MG) a los que no estoy demasiado acostumbrado por lo mal tuitero que soy; por el otro, la clara defensa del no racismo en el querer que Hermione no sea negra.

Toca analizar las dos posturas extremas y el verdadero porqué de mi hashtag #racism en ese comentario.

“Te das cuen…” y “el #Racism sobra”

Por un lado, tenemos la opinión de que el que una persona encarne a un personaje de otra etnia es algo perfectamente normal. No muy difícil de entender y defender, se basa en el que la raza no es algo más relevante que la capacidad de interpretación de un personaje que pueda tener un intérprete con independencia del color de su piel.

Mucha gente todavía se está tirando de los pelos por el hecho de que Will Smith no acabase siendo Neo en Matrix, aun cuando a día de hoy cuesta no ver al para mí insípido Keanu Reeves en este papel.

keanu reeves meme

En la otra orilla, tenemos la postura en contra, también fácilmente defendible. Y es que no hay cosa que toque más las narices a un fan que el que la adaptación de la historia se pase por el forro el imaginario colectivo de los seguidores.

Que uno se imagine al protagonista como Taylor Lautner y en la adaptación a la gran pantalla aparezca Nicholas Cage suele generar una indignación de lo más notable: al fin y al cabo, te están destrozando tu mundo imaginario y, para una época en la que la alta tasa de paro ha derivado en un auge del tiempo libre para crear nuevos mundos y cabreos innecesarios en nuestras mentes, esto es sabrosa carnaza.

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Imágenes del fail al elegir actor para adaptar al bellísimo vampiro Edward Cullen

El verdadero motivo del #racism

Turno para ver la realidad tras el tweet. Y es que el motivo de mi sorpresa ante el que Hermione haya llegado a ser uno de los temas más populares de la popular red social no está en el que considere racista a la gente que ve su imaginación rota o la que busca una calidad de adaptación buena, tal y como yo siempre la he buscado.

Lo que me llama la atención es el número de gente que lo ha hecho en este caso, por un hecho de tan mínima magnitud.

Y me explico con una comparación.

Cuando Daniel Craig fue investido 007, hubo bastante polémica (“por favor, un Bond rubio, qué locura”). Casino Royale, si no me bailan los ceros, recaudó en torno a 600 millones de dólares, con una cifra de espectadores colosal. Aunque los porcentajes de gente a la que le importa el color de pelo de Bond y el de piel de Hermione sean diferentes, ¿cuántos de los indignados con lo de ella van a ver la obra de teatro? Por mucha taquilla que haga (que la va a hacer) el teatro no va a llegar a la suela de las cifras del cine, por motivos obvios como el tener que desplazarse al Palace Theatre de Londres para ver a Noma.

Sumémosle ahora una incógnita más a esta ecuación: sin buscarlo en Google o haberlo leído en los últimos días, ¿qué porcentaje de los lectores de Harry Potter pueden apostarse su vida a que en alguna parte de los libros se dice la etnia de Hermione?

Ahora, sumemos.

Del ratio de gente que cree que en el libro se dice con claridad que Hermione no es negra, ¿cuántos van a ver la obra de teatro?

Esta ínfima proporción de gente es a la que verdaderamente podría importarle que Hermione fuese negra, asiática, caucásica o verde. Y digo podría porque hay gente a la que no le importaría.

¿Me va a tratar de convencer alguien de que este minúsculo porcentaje de personas convirtió a Hermione en TT?

No.

No os mintáis.

No.

Lo que hizo a Hermione hacerse uno de los temas más populares del día después de unas Elecciones Generales es que a mucha gente le indigna que una persona negra encarne a un personaje que antes interpretó una blanca. Y eso, como dije en el tweet, a mí me hace creer que algo va muy mal.

Una última reflexión

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Este es Paul Thornley, el nuevo Ron Weasley. El amigo de Harry que todos los fans de la saga sabemos que es pecoso y pelirrojo.

Nunca será TT.

Siendo blanco, lo único que importa es que sea un buen actor.

Pray for Paris. Sing for Peace

Noche de viernes 13. París entra en caos por una serie de tiroteos y ataques terroristas en su centro. Los medios de comunicación saltan de sus butacas ante una de las noticias del año. En la calle, brotan lágrimas. Una masacre se produce en una discoteca, sala de conciertos o de fiestas, si prefieres odiar la paradoja. Gritos con tintes religiosos azotan las calamidades. La “ciudad de la luz” llora y tiembla, Europa y el mundo occidental la abrazan. De fondo, suena La Marsellesa.

Creo que a nadie extraña el tema del post de esta semana.

PARIS de luto

Miserias de dioses avergonzados

“Alá es grande”, decían. Luego mataban.

Tiene que volverse duro ser musulmán cuando ves a sádicos izando tus creencias como bandera de muerte. Y es que, como bien dije el otro día en Twitter, Alá es grande, pero esta gente no lo representa; ni a él, ni a ningún dios.

Curioso cómo esta panda de asesinos siguen tratando de enmascarar sus actos de misiones divinas, cuando cada día son más evidentes los intereses tras ellos. La fama egoísta. El miedo. El dinero que este mueve. El afán de poder. La sed de acción. El martirio en algunos casos, que les hará famosos para siempre.

Que no nos vengan de santos, ni a nosotros ni a los que suponen de su misma fe. Los musulmanes no creen en ellos. Su dios siente vergüenza.

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Miserias de mundos sin miedo

Un sentimiento de tristeza invade lo occidental; las redes sociales brillan azules, blancas y rojas. Estamos tristes. Nos sentimos tristes.

A alguien se le ocurre la maravillosamente mainstream idea de decir que esto pasa cada día en Oriente Próximo y a nadie nos importa. Qué bien queda quien lo dice, cuánto aplauso el que recibe: enhorabuena.

Y ahora que su sed de corrección política está saciado, vamos en serio, ¿no ve la diferencia?

Pongamos que en España, Brasil o Australia, un brazo radical de su país o creencias mata a 200 personas. Jamás vamos a ver banderita de Facebook. Pongamos ahora que unos cristianos radicales españoles, brasileños o australianos —valga la imaginación— acaban con 200 personas en  las calles Egipto. Seguramente veamos la banderita.

Lo que duele de este atentado, no es el número de muertos, ni el lugar: lo que realmente molesta es que muera gente por creencias que no comparte o sociedades en las que no vive. ¿Qué culpa tienen 200 en París —en buena parte, inmigrantes temporales o de paso— de que un grupo terrorista siegue sus sueños gritando hacerlo por un dios que no comparten? Eso es lo que molesta de verdad.

Si tu país tiene un conflicto bélico o social grande, si vives en lugares de poco desarrollo o sin una protección internacional ante las guerras, que tus vecinos mueran sin merecerlo entra dentro de lo que llaman la “inestabilidad” de la zona, una realidad que duele, que es intolerable y que hay que luchar por detener, pero que tu mente llega a entender entre malas caras. En un caso como este de París, hablamos de mundos en los que la legislación ante la violencia es muy restrictiva, en los que las cosas se discuten en hemiciclos hechos de papeletas y no con armas, salvo con quienes las llevan en la mano. Ninguno de los de Bataclan mató nunca ha nadie. Ninguno de los de Bataclan mandó bombas a Siria. Que vengan unos que no comparten tus ideas y maten a gente que no cree en ellas sin mediar más palabra que un falso grito religioso es inconcebible y triste, por eso la gente se pone mala.

Mirad este ejemplo.

Imaginemos que somos unos chiquillos jugando a la pelota. Viene un abusón y se pone a meter balonazos, haciendo daño a los pequeños. Le decimos que “no vale tirar fuerte”, pero él sigue haciéndolo y si le decimos que no juegue, no se va. Eso nos pone muy tristes.

Eso es el París del #PrayForParis.

Una tristeza muy grande.

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Miserias de ricos malcriados

En los dos últimos días, Francia ha bombardeado Raqqa, la conocida como capital del Estado Islámico en Siria. Los antimainstream se frotan las manos ante la noticia: “los del IS atacan Europa porque ellos le atacan, tan malos son unos como los otros”. Yo me entristezco, porque dan motivos para pensar eso, pese a que la diferencia sigue siendo tremendamente evidente. Y para explicarla os presento a estas cuatro personas:

  • François Molins. Coartífice de la matanza de Bataclan. Asesino, pues, de cerca de un centenar de personas que, espero, nunca llegue a completarse.
  • Abu Bakr al-Baghdadi. Líder del IS o Daesh, así como de Molins, por si alguien considera a este un pobre infeliz con el cerebro lavado, lo cual yo no haré nunca.
  • Tenemos también aquí a —por ejemplo— François Hollande, al que por su posición como presidente de la república francesa podríamos dar como representante del ataque contra el IS en respuesta a lo de París.
  • Por último, Nohemí González, en un programa de intercambio para estudiar diseño, 23 años, fallecida en el concierto.

Pienso que si en esta lista no se es capaz de diferenciar entre inocentes y posibles artífices de muertes injustas es que algo se está haciendo muy mal.

Que el gobierno de un país responda a un “acto de guerra” —como Hollande lo llamó— lanzando un bombardeo contra la presumible base del grupo terrorista culpable del #PrayForParis es debatible. Puede haber quien crea que es un modo de decirles que si no se detienen serán exterminados. Puede haber quien piense que entre los muertos de ese bombardeo cabría haber civiles tan víctimas como los de París. Puede haber quien vea un duelo entre ricos por discernir quién la tiene más grande, a costa de vidas humanas.

Pero que a nadie, A NADIE, se le ocurra decirme ni a mí ni a ningún otro que Nohemí es tan culpable de la posible muerte de inocentes en Siria como puedan serlo Bakr al-Bahgdadi, Hollande o Molins.

Nohemí solo fue culpable de querer pasar una buena noche en Bataclan, y ahora está muerta por los juegos de mayores de unos niños malcriados.

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Y de fondo, La Marsellesa

De fondo, se oye a gente cantar el himno nacional. Y no por los colores, no por el sentimiento de país.

Por las calles de París, ante fotos de injustos muertos o saliendo de estadios para volver a una realidad nunca igual, se oye a la gente cantar el himno nacional porque todos se lo saben. Porque, cantando junto a otros, las personas nos hacemos una ante el miedo, ante el terror, ante la incomprensión, ante lo injusto.

Ante todo este absurdo que nunca debiese haber ocurrido, la gente canta La Marsellesa.

Solo espero que algún día un himno de paz suene tan fuerte como para que el mundo entero lo escuche. Y se ponga a cantar.

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¿Qué opinas tú? ¿Qué es lo que más duele de todo esto? ¿Algo que decir al mundo? Comenta, comunica, comparte: estás a un par de clicks.

La ciudadanía mundial, señor Trueba

cada uno con su bandera

Hay que ver lo en boga que está el patriotismo y las fronteras últimamente.

La otra semana me veía sorprendido por las curiosas declaraciones del 100% brasileño —a pesar de haber vivido toda su vida en España— Rafinha Alcántara, mientras que esta semana era el señor Fernando Trueba el que —en un amago de defensa a la no-frontera evidentemente infausto— se metía en un importante berenjenal al recibir el Premio Nacional de Cinematografía. Por supuesto, obvio el que estemos en pleno apogeo del conflicto político por la independencia de Cataluña, el cual que nadie piense va a acabarse de hoy a mañana cuando da tanta carnaza a las televisiones, medios de comunicación y opinadores baratos.

Frente a todo esto, y ya desde hace tiempo, surge el utópico pero atractivo concepto de la ciudadanía mundial.

La ciudadanía mundial

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Como excepcionalmente bien explica el glosario cibernético DefiniciónABC, la ciudadanía mundial es un concepto que defiende la ausencia de naciones a la hora de determinar la identidad de una persona, por el considerar tener la misma procedencia que cualquier otro integrante de la especie humana nacido en cualquier otra parte del globo: el propio mundo.

Esta corriente, en gran momento por la globalización e internet, considera que la conciencia como persona es muy anterior al nacimiento de las fronteras y los Estados y—oponiéndose a la división y fragmentación de la especie humana bajo diferentes banderas— que uno es tan igual a otro en un país como su igualdad al haber nacido en el mundo lo hace.

Una de las frases que más podría identificar a esta cultura sería el popular eslogan de la cervecera San Miguel “Ciudadanos de un lugar llamado mundo”.

Una utopía bella

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A nadie escapan las ventajas de los extremos de este irrealizable modelo.

En un primer punto ya podríamos hablar del desvanecimiento a largo plazo de los odiosos clichés culturales (tacaño como un catalán, indeciso como un gallego, currante como un chino…): difícilmente podríamos establecer este tipo de parejas —marginadoras de forasteros— de no haber procedencias. Como consecuencia de esto, la reducción del racismo se volvería notable, más si cabe teniendo en cuenta la tendencia a la polirracia (como es de adivinar, “multiplicidad de razas”) en las sociedades desarrolladas.

Tema de importancia capital se volvería también la disminución de conflictos bélicos por ideales patrióticos. Aunque la causa última de la mayor parte de ellos sea la sed económica de los gobiernos, difícilmente se puede mover a un pueblo a la guerra o el conflicto regional sin tocar la fibra patriótica y las rencillas con el vecino. Buen ejemplo podría ser el actual programa político de Convergencia Democrática de Cataluña: revalidar el poder en base a tapar la mala gestión económica con la senyera, aun teniendo que unirse a un partido de mentalidad tan distinta como puede ser ERC. Este tipo de comportamientos de cuestionable ética se evaporarían de entenderse al humano como única bandera, quedando solo los datos económicos y las falacias en los mítines como recurso para obtener un voto o no. A día de hoy, la gente seguimos votando con el corazón, cuando los políticos nos lo están haciendo latir con sus bocas y cabezas.

Más allá de ello y para terminar con las ventajas principales, está —en el extremo del modelo— la libertad. Poder recorrer el mundo sin pasaportes, ni visados. Montarte en el coche en Chile y parar en Paraguay sin que nadie te diga de dónde eres. “Somos del mundo, narices, ¿o es que acaso no ves que ambos tenemos brazos, ojos y sueños?”

Una utopía que es eso: una utopía

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Eso es, y por eso lo recalco tanto, pese a ser un gran seguidor de la tendencia. Y lo es porque la gente, como siempre, abusamos de las ventajas hasta corromperlas.

Siria, septiembre de 2015. Los países abren sus puertas para que los refugiados puedan huir de las bombas, los edificios derrumbados y todas esas cosas que acaban con niños ahogados a orillas de una playa. Y de pronto vemos como una avalancha de gente que nada tiene que ver con esas necesidades se abalanza sobre la frontera en masa, volviendo la capacidad para alojarlos nula y dejando en las aduanas a gente sin hogar, ni recursos, ni nada.

El principal contra del modelo es la mentalidad humana y la desigualdad económica actual.

El mundo nacionalizado está dividido en zonas ricas y pobres delimitadas por fronteras que de vez en cuando se suavizan de ver que los vecinos tienen un nivel de vida por el estilo (véase la Unión Europea). En el momento en que las fronteras caen entre dos áreas con diferencias claras, el resultado se vuelve igual de transparente: éxodo del país pobre al rico para aprovecharse del modelo de vida de aquel que se ha desarrollado más. La situación potencial de una supresión global de aduanas se vuelve pues obvia: saturación de la población en las zonas ricas, desorden estructural, paro descomunal, escasez de suministros —con su consiguiente delincuencia—, caos, caos y caos.

He ahí pues las principales raíces de que imaginar una supresión política de las fronteras sea un absoluto despropósito.

La solución (parece evidente) recae en la equiparación económica de las zonas, lo cual en apariencia solo podría darse con una reducción drástica del nivel de vida en los países desarrollados, un descenso abismal de población mundial o la renuncia a la vida humana en enormes territorios —como un par de continentes—.  Y estas opciones, amigo lector, sí son una verdadera utopía.

La ciudadanía mundial social

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Por otro lado, y vamos a ver, no tenemos por qué ser tan radicales a la hora de aplicar el concepto general: la gente puede sentirse ciudadana mundial dentro del modelo actual de países. De hecho, el sistema que veíamos arriba, la supresión de los Estados, es un extremo que quizás ya escapa a lo básico. Lo citado en el último apartado nos habla de un antinacionalismo pleno, lo cual deja de tocar la función principal de la ciudadanía mundial, la igualdad entre personas independientemente de donde vengan, para pasar a ser algo político, lo cual (a mi entender) nos preocupa bastante poco a los defensores del estándar.

La ciudadanía mundial tiene que ser, pues, un movimiento social positivo e integrador, no una excusa para imponer un sistema político idealista y de ciencia ficción, como muchos seguramente van a intentar hacer ver. De lo que trata este concepto es de hacer entender a la gente que no tenemos por qué atacar al de fuera, o por qué aplaudir gestos por venir de nuestro país si no estamos de acuerdo. Que no tenemos por qué abuchear a España en el Eurobasket por ser franceses; que podemos ir con Federer o con Rossi si queremos pese a tener Nadales o Lorenzos en los circuitos de tenis o motos.

Y señor Trueba, que el otro día dijo que siempre iba con los de fuera por ser de fuera: podemos sentirnos orgullosos de los representantes del país en el que nacimos si nos caen mejor, si nos gusta como juegan, si queremos compartir las sensaciones con la gente que nos rodea. Señor Trueba, podemos defender los colores de la bandera de nuestro país y a la vez defender que somos tan humanos como un japonés, un marfileño o un alemán. Podemos.

Señor Fernando Trueba: decir que le hubiera encantado que Francia ganase la Guerra de la Independencia por ser de fuera no es ser un defensor de la ciudadanía mundial. La igualdad se consigue viéndonos como iguales y no defendiendo los intereses de uno de los bandos a extinguir por encima de los del otro. Así no funciona esto, señor Trueba.

Que nadie diga ser uno de los míos cuando muestre preferencias por uno u otro solo por su procedencia. Jamás lo será.

niños jugando diferente camiseta

Me gustaría acabar con la frase final del, para la ciudadanía mundial, excepcionalmente representativo Anthem del musical Chess:

“Deja que las pequeñas naciones de los hombres se desgarren entre ellas: las únicas fronteras de mi tierra están alrededor de mi corazón”.